Capítulo 1




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Capítulo 14


Su sabor era dulce, sus labios suaves y jugosos. Pero fue el suave sonido femenino que brotaba de su garganta —algo entre un suspiro y un chillido— lo que provocó un ataque desenfrenado de deseo en su interior y le puso a cien. Tomó aire mientras se estremecía, inhaló su aroma y, cuando volvió a acercar sus labios a los de ella, el beso fue intenso y apasionado.

La sangre le subió a la cabeza al tiempo que la estrechaba contra él, empujaba su lengua al fondo de su boca y la apretaba contra la encimera de la cocina. Enseguida, las impacientes manos de Kara se movieron a tientas por debajo del jersey de él, tirando de su camiseta, sacándola de sus pantalones, en busca de su piel. El hizo lo propio con ella. Deslizó sus manos por debajo de la camiseta sobre su piel sedosa para abarcar sus pechos por encima del molesto encaje del sujetador.

No le bastaba.

—¡Mierda! —Interrumpió el beso, buscó el broche del sujetador, lo encontró entre los pechos y lo soltó, dejando caer el suave peso de sus pechos sobre sus manos. Sus pezones ya estaban duros y los apretó con ansias con las palmas de las manos. Dibujó círculos con los pulgares, sintió el cuerpo de ella estremecerse, luego agachó la cabeza y se metió un pezón duro y excitado en la boca.

Las manos de ella agarraron el pelo de él. Kara jadeó, un sonido que le envió un estímulo de pasión incontrolada a su ya endurecida polla.

Él deslizó sus manos sobre la suave piel de su vientre, le desabrochó los vaqueros, metió las manos por debajo de los pantalones, esperando palpar unas bragas de seda. Para su deleite, no encontró más que el desnudo satén de su piel. Llevaba un tanga.

—¡Dios, Kara!

Mientras tocaba y apretaba su culo desnudo, la fue besando desde los pechos hasta el vientre y luego se arrodilló —las manos de Kara seguían agarrando su pelo. Un trozo de encaje negro cubría el triángulo entre sus muslos, el olor a almizcle se convertía en una invitación irresistible.

Una decena de pensamientos sobre todo lo que deseaba hacerle abarrotaron la mente de Reece, pero uno de ellos prevaleció sobre el resto. Tiró de los pantalones de Kara hacia abajo, los arrojó a un lado y separó sus temblorosos muslos a ambos lados.

Kara estaba siendo víctima de un ataque sexual desenfrenado, incapaz de pensar, apenas capaz de mantener el tipo ante la invasión que era Reece. Le temblaban las rodillas, sintió su cálida respiración humedecida en el interior de sus muslos. Soltó un grito, casi en estado de shock, cuando él le arrancó el tanga y el calor de su boca llegó a ella con rapidez.

—¡Reece! ¡Dios mío!

Las fuertes manos de Reece le agarraron las nalgas y atrajo hacia él sus caderas, mientras su lengua empezó a atormentarla, dibujando círculos hábilmente, explorando, penetrando. La sensación la dejó sin aliento y, por un momento, luchó para mantener el control. Pero entonces los labios de Reece se acercaron a su clítoris y lo succionaron.

Kara gritó en alto su nombre, mientras jadeaba con la respiración entrecortada sin desenfreno. Estaba ahogándose en un mar de sensaciones, incapaz de mantener la cabeza a flote, incapaz de hacer otra cosa que no fuera dejarse llevar por la intensidad del momento. Después, en un momento de gozo y pérdida del control, sintió como él introducía un dedo, luego dos, en el interior de su resbaladizo acaloramiento y acariciaba su interior, empujando hacia dentro.

Un orgasmo fluyó a través de ella como una corriente de agua, un torrente brutal de éxtasis desenfrenado, arrancando de su garganta un grito desmesurado, arrojándola, sin que ella pudiera remediarlo, al borde del abismo y dejándola flotando, sin aliento, en un mar cálido y transparente.

Si Reece no hubiese estado sujetándola desde abajo, se habría caído al suelo sin ninguna duda. Kara sintió cómo Reece subía hacía arriba pegado a su cuerpo y cómo entremezclaba los dedos con su melena, para acercarla hacía él.

—Abre los ojos, Kara. Mírame. —Su voz sonaba afónica.

Hizo lo que le pidió y vio en la cara de Reece una expresión cercana al dolor.

—¡Ahora, prueba tu propio sabor! —Sus labios, mojados en su pasión, se abalanzaron sobre ella en un beso salvaje. La lengua de Reece metida en su boca hizo que ella degustara su propio sabor. Olía a almizcle, era primitivo, erótico.

«Él se ha acordado».

De repente, ella había volvió a perder el oremus, estaba caliente, hambrienta, desesperada por él.

Se tambalearon como dos borrachos mientras abandonaban la cocina, encadenados con un beso. Ella iba ataviada con un collar y un sujetador desabrochado, él completamente vestido. Entonces, Kara sintió el suave tacto de la lana de oveja bajo sus pies. Se hundieron en la alfombra, todavía comiéndose entre ellos con los labios y lenguas. Ella forcejeaba con los exasperantes botones de los pantalones de él al tiempo que él la empujaba para atrás, echándose encima de ella.

Entonces la mano de Reece apartó la de ella hacia un lado, dejando que ella disfrutara del tacto de su pecho mientras él se desvestía.

—Kara, te necesito. Necesito follarte con fuerza y pasión —susurró en voz baja. Entonces se paró un momento y se quejó—: ¡Mierda! Necesito ir a buscar un condón.

—No, no lo necesitas. Ya me he encargado de eso. ¡Y te deseo ahora! —Reece envolvió las piernas alrededor de la cintura de Reece.

Él vaciló un instante, la miró fijamente y se clavó en ella con un lento empujón que casi la hace gritar. Hacía mucho tiempo que no tenía a un hombre dentro de ella, y su cuerpo tardó un instante en ajustarse a la dura y gruesa presencia de él. Luego Reece empezó a moverse, empujando hacia delante y hacia atrás. La dulce y empapada fricción era más valiosa que un lingote de oro.

La mente y el cuerpo de Reece vibraron de deseo. Ella se sentía de maravilla: caliente, mojada, y llena, en definitiva, en perfectas condiciones.

—Dios mío.

Los ojos de Kara estaban cerrados con fuerza, su oscuro pelo se abría en abanico sobre la blanca piel de oveja bajo ella. Pequeños gemidos brotaban de sus pulmones en cada respiración, gemidos que llevaban su nombre, que desprendían dolor y un salvaje sufrimiento sexual.

El aroma y el sabor a ella envolvían a Reece, los sentía en la boca. Las uñas de ella se clavaban en la piel de sus hombros por debajo del jersey, sus piernas le apretaban fuertemente contra el sitio adecuado.

Él giró su cuerpo apoyándose sobre el antebrazo izquierdo, le agarró el culo con la mano derecha y se clavó en ella una y otra vez. Estaba al límite, el orgasmo llamaba a su puerta. Pero antes quería ver su cara de nuevo, quería ver cómo el placer se apoderaba de ella mientras ella se iba, quería sentir el clímax de ella contra su pene. Intentado contenerse con fuerza, se metió en ella profundamente y empezó a moverse haciendo giros dentro de ella.

La respuesta de ella fue inmediata. Se arqueó bajo él, gimiendo frenéticamente.

—Dios mío, Reece.

Y entonces Kara jadeó con intensidad; una expresión de gozo iluminó su preciosa cara, sus músculos internos apretaban a Reece a modo de tornillo mientras ella se iba.

Con un gemido, él la embistió, totalmente fuera de control. No podía parar, no podía pensar, solo podía sentir. Y entonces, él explotó. Sintió cómo el clímax le abrasaba por dentro, blanco, caliente, abrasador, transformándolo en cenizas que flotaron en la estratosfera por un momento y luego se posaron en la tierra.
Reece había perdido la noción del tiempo que había pasado sobre ella, intentaba recuperar el aliento mientras que su mente, todavía en blanco, radiaba una inmensa felicidad. Despacio, rodó, salió de ella y acompañó su cabeza para apoyarla sobre su pecho. Se sentía muy bien con la cabeza de ella encima, acariciando su pelo.

—¿Tienes hambre?

Tras unos minutos de silencio, ella le contestó:

—Estoy muerta de hambre.

Cenaron frente al fuego reclinados sobre cojines, como romanos. Kara llevaba una bata de seda blanca, Reece, unos calzoncillos cortos que dejaban el resto de su cuerpo musculoso al alcance de la vista de Kara. Ella sabía que, de no estar tan hambrienta, no hubiese podido hacer otra cosa aparte de mirarlo fijamente. Pero el sexo le había abierto el apetito.

Por suerte, Reece había contado con eso.

Solomillo de ternera. Patatas asadas con hinojo. Verduras salteadas con queso feta fresco. Mousse de frambuesa. Champán.

Kara tragó la última cucharada de mousse agridulce y gimió como muestra de su agradecimiento.

—Esto es maravilloso. Deberías abrir un restaurante. Chez Reece.

—Prefiero un tipo de clientela más selecta que la que posiblemente encontraría en la calle. Cogió su copa de champán y la miró con sus ojos azul grisáceo, mientras sus labios dibujaban una sonrisa que hizo que a ella se le acelerara el pulso. Seguidamente, bebió.

Ella sintió cómo el calor le subía a las mejillas y se giró, casi incómoda por su mirada seductora.

—Bueno, gracias por compartir conmigo tus extraordinarias destrezas culinarias.

Él puso su copa vacía a un lado.

—Hay más de una manera de hacerle el amor a una mujer.

«Hacerle el amor».

¿Eso es lo que él creía que habían hecho?

Sin duda, el sexo con Reece no tenía nada que ver con ninguna de sus experiencias anteriores. Él pedía y lo daba todo, dejándola a ella mucho más que satisfecha. Cuando él la tocaba, fijaba su atención, y su concentración era total. Parecía estar siempre en armonía con ella, en cada respiro, en cada caricia, en cada temblor, como si él pudiera saber lo que ella sentía y como si eso le preocupara más que cualquier otra cosa. Eso, de hecho, era algo desconcertante.

Pero no era igual de desconcertante que las típicas nociones de amor. La última vez —la única vez— que había estado enamorada, había pagado por ello un precio demasiado alto.

Reece empujó hacia un lado la bandeja que sujetaba los platos, se acercó a Kara y tiró de ella hacia su pecho descubierto.

—¿Qué he dicho que te ha molestado?

¿De verdad ella era tan transparente?

—Nada. Yo...

—Mentirosa. —La besó en la frente, metió la mano por debajo de su bata para alcanzarle el pecho y, con el dedo pulgar, empezó a dibujar círculos sin parar sobre su todavía arrugado pezón—. No soy como él, Kara. Quienquiera que sea, no soy como él.

Ella deslizó su mano sobre la manta de rizos dorados de su pecho y empezó a juguetear con un pezón marrón. El deseo aún corría por las venas de Kara.

—No. Tú no eres así.

Entonces él la besó y ella se olvidó de todo excepto de él.
No había podido entrar a través de la puerta corredera de cristal, así que tuvo que romper una ventana. Esa zorra no tenía un sistema de alarma, lo que hizo que fuera más fácil. Había roto el cristal, luego quitó el seguro de la ventana y la abrió tirando de ella. Se arrastró dentro, con un inoportuno picor en la entrepierna.

En teoría, ella debería estar en casa con su mocoso. Le habían dicho que ella siempre estaba en casa por las noches. Pero esta noche, no estaba en casa. Esto se convertía en un obstáculo.

Supuestamente, él tenía que entrar y obligarla a entregarle los documentos y las cintas. A su jefe no le importaba si tenía que ponerle la mano encima, y eso era bueno. Él había estado deseando este momento. Le gustaba herir a las mujeres. Le gustaba ver el miedo en sus ojos y que rompieran a llorar. Le encantaba que ellas le suplicaran que no las tocara. Esperaba con impaciencia el momento en el que ellas eran conscientes de que sus suplicas no iban a detenerle.

Frotó la protuberancia de sus pantalones, cabreado por haber perdido la oportunidad. Entonces, se sentó a esperar.
Estaban tumbados en la cama, con las extremidades entrelazadas, con los cuerpos fatigados, con la piel brillante a causa del sudor. Un orgasmo había provocado que cayeran dormidos. Una llama crujía contra la puerta de cristal de la chimenea mientras dispersaba un calor intenso y cálido a la vez por todo el dormitorio.

Con la cabeza apoyada en el hombro de Reece, Kara deslizó un dedo por su pecho hasta alcanzar el hoyuelo del centro, al tiempo que sentía la cálida respiración de él en su sien.

—¿Eres real?

Él acarició con los dedos casi en el aire el perfil de su labio.

—Sí. ¿Y tú?

Kara despertó, su cabeza estaba tendida sobre el pecho de Reece. El corazón de éste latía regularmente en su oreja, un ruido fuerte y tranquilizador. Ella se giró poniéndose boca arriba, dejando el musculoso bulto del brazo de Reece bajo la curva de su cuello. Entonces se estiró, sintiéndose tan a gusto como un perezoso gato mimado.

—¡Buenos días, preciosa! —Hablaba bajo y su voz sonaba un poco adormilada.

Ella se giró y quedó apoyada sobre su barriga, le miró a la cara y sintió cómo se le paraba el corazón. Él era detestablemente maravilloso.

—Buenos días, senador.

Fue entonces cuando ella reparó en la cama. La noche anterior estaba todo a oscuras, y había estado tan ensimismada en Reece que ni siquiera se había fijado. Sus cuatro postes claramente habían sido labrados con madera de los que un día fueron álamos. El cabecero y el pie estaban hechos de ramas más pequeñas y flexibles entrelazadas y trenzadas entre sí. Era tosco y bonito al mismo tiempo, un reflejo del talento de su creador.

Ella alargó su brazo y deslizó sus dedos sobre las suaves ramas de madera.

—¿Dónde la conseguiste? Es preciosa.

—La hice yo. —Él rodó a su lado y apoyó su mano en el canalillo de la espalda de Kara—. Teníamos que quitar algunos árboles de la finca antes de empezar a excavar el terreno. Daba pena malgastarlos. Destiné cuatro troncos grandes a los ejes principales mientras que varias ramas flexibles sirvieron para el cabecero. Me llevó más de un verano acoplarlo todo.

—¿Hay algo que no sepas hacer?

Reece presionó sus labios contra el hombro de Kara y acercó su mano al trasero de ella apoyándose en él.

—Bueno, en estos instantes no puedo despegar las manos de tu culo.

Hicieron el amor en la ducha, con las manos deslizándose sobre la piel jabonosa y aceitosa de ambos. Después, se secaron frente a la luz del fuego. Reece preparó unas tortillas francesas con huevos morenos para el desayuno, junto con un tazón de fresas dulces y una cafetera de café recién molido. Mientras Kara lavaba los platos, salió fuera y se puso a cortar leña —ella le observaba clandestinamente a través de la ventana de la cocina. ¿Qué tenía de especial un hombre haciendo cosas de hombres que revolucionaba las hormonas de la mujer?

Luego, tras echar café en un termo y guardar algunos aperitivos en la mochila, Reece acompañó a Kara fuera para enseñarle la propiedad. La nieve cubría lo suficiente para tener que usar raquetas de nieve que él tenía guardadas en un cobertizo en la parte trasera de la cabaña. Kara enseguida se acostumbró a andar con ellas y no tuvo problemas para seguirle entre los árboles.

El sol brillaba, el aire era frío y cortante. Los altos álamos deshojados asomaban sus blancos troncos por encima de la nieve, sus ramas formaban una nube difusa en el cielo. A lo lejos, cumbres de catorce mil pies de altura formaban la espina dorsal de las montañas rocosas que a la luz del sol desprendían un blanco radiante.

Él le mostró las fuentes termales naturales que se habían formado desde el interior de la tierra creando retenciones de agua en las rocas moldeadas a través de erosiones milenarias. Le mostró un salvaje terreno abarrotado de frambuesas que ofrecía su fruto a las ardillas y osos hambrientos durante el verano. Y le enseñó la tumba de su padre, con la lápida medio enterrada en la nieve.

Mientras caminaban, Reece le contó cómo se había hecho con la propiedad a través de un amigo de un amigo, que se mudaba a Texas y antes quería deshacerse del terreno. Pasaron todo el verano siguiente durmiendo en una tienda de campaña por las noches y trabajando en la cabaña durante el día. Durante años, se dedicaron a terminar la cabaña por dentro y a fabricar o comprar los muebles.

—Pasamos cada verano durante quince años mejorando la cabaña, haciéndola más cómoda, cuidando de la propiedad. En su voz había tristeza y orgullo al mismo tiempo.

—Ya se ve. Cuando dijiste cabaña me esperaba un montón de troncos artesanales, decorados con cornamentas y cabezas de animales disecadas.

Reece sonrió oculto tras las gafas de sol.

—¿Estás defraudada? Puedo disparar a unos cuantos animales y colgarlos en la pared, si es lo que te gusta.

—No gracias. Deja que las criaturas conserven sus cabezas.

Tomaron café sentados sobre unas rocas sobresalientes desde las cuales se podía divisar un valle cubierto de blanca nieve. Una manada de alces a lo lejos parecían puntos marrones en movimiento, escarbando en la nieve en busca de forraje, mordisqueando las cortezas de los árboles.

Kara se sintió relajada, dejó su mirada deambular por el paisaje, un paisaje tan ancho y abierto que sembró un extraño dolor en su alma.

—Aquí sólo se respira paz, ¡es tan tranquilo!

Reece la atrajo hacia sí para que descansara apoyada sobre él y la besó en el pelo.

—Mi padre había planeado vivir aquí cuando se jubilara.

—Siento que no llegara a tener la oportunidad.

—Yo también.

—Debes echarlo de menos terriblemente.

—Sí, así es.

Estaban llegando a la cabaña cuando él le hizo un gesto con la mano para que se detuviera y se puso en cuclillas para mirar la nieve.

—Huellas de un puma.

—¿De verdad? —Kara, sobresaltada, miró a su alrededor y luego se quedó mirando fijamente las huellas de zarpas en la nieve—. ¿Las has visto por aquí antes?

Él dejo entrever una sonrisa.

—Todos los días. Hay un viejo macho que considera esto parte de su territorio. Lo he visto unas cuantas veces. Un gato grande. Unos noventa kilos. De vez en cuando me escondo tras la cornamenta de un ciervo que él derribó.

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Kara. Aparte de caminar ocasionalmente y de esquiar era una persona completamente urbana. Ella relacionaba la vida salvaje con las ardillas.

—¿Alguna vez ha intentado atacarte?

Él negó con la cabeza.

—A los pumas no les interesan las personas. Hacen todo lo posible para no cruzarse con nosotros.

—¿Cómo sabes todo esto? Espera, ahora caigo. Tú eres el senador medioambiental, el salvador de los árboles. ¿Cómo pude olvidarlo? Posiblemente, te has estudiado toda la vida salvaje de Colorado.

—Así es. He leído sobre sus condiciones de hábitat, sus hábitos de caza, sus hábitos de apareamiento.

—¿Hábitos de apareamiento?

—Sí, hábitos de apareamiento. —Se paró, la rodeó como un depredador y puso la voz ronca—. El puma macho localiza a la hembra a través de su aroma. —Kara oyó el crujido de la nieve bajo sus pies y sintió la amenaza de ser rastreada. La mano de Reece se deslizó bajo su abrigo y por debajo de sus pantalones, provocando con sus dedos un gemido sofocado al tiempo que éstos alcanzaban su piel y mientras que, una vez más, buscaban y encontraban su punto más sensible—. Sabe perfectamente cuándo está preparada la hembra para aparearse, sabe cuándo está lista para él.

Kara ya estaba lista para él. Ella apretó su trasero contra él y supo por el rígido bulto de su pantalón que él también estaba listo.

—El macho la supera en treinta quilos. —Él le bajó los pantalones de un tirón, le quitó las raquetas de nieve de un puntapié y le apretó con los dientes a un lado de la garganta—. Cuando la localiza, le muerde el cuello y le echa la cabeza al suelo.

Con un gemido de anticipación, ella dejó que él la forzara a ponerse de rodillas, sus manos enguantadas se sumergieron en la nieve hasta las muñecas. Sintió tras ella el sonido de botones metálicos que estaban siendo arrancados violentamente de los ojales del vaquero.

—Entonces el macho la monta por detrás, fuerte y rápido. —Sus manos le agarraron las caderas y se clavó en ella con un único y penetrante empujón.

Las palabras se transformaban en gemidos, jadeos y gritos sofocados a medida que él martilleaba contra ella, mientras sus testículos chocaban contra la helada piel de su desnudo culo.

Kara nunca había llegado al clímax así hasta ahora, de manera que la intensidad de éste la pilló por sorpresa cuando lo alcanzó. Un gritó salvaje brotó libremente a través de su garganta, seguido de un profundo gemido, en el momento en que él entraba dentro de ella. Ambos sonidos fueron absorbidos por el inmenso invierno de Colorado.
Kara perdió la cuenta del número de veces que habían hecho el amor en los dos días siguientes. En el sofá, en la ducha, en el suelo del dormitorio, en la mesa de la cocina, en las fuentes termales. Ella esperaba que la salvaje necesidad de él que ella tenía se fuera apagando, convirtiéndose en algo controlable. Pero eso no pasó. Bastaba con que él la tocara. Algunas veces ni siquiera tenía que llegar a eso.

Hasta el domingo por la noche cuando descansaban desnudos en el agua vaporosa de las fuentes termales, Kara no fue consciente de que no había abierto el ordenador portátil, no había comprobado los mensajes del teléfono móvil ni los de su correo electrónico. Había llamado a su madre para preguntar por Connor tan solo una vez.

Ahora estaba a punto de acabar. El día siguiente por la tarde, ella y Reece estarían de vuelta a Denver, donde les esperaba la vida real. ¿Y luego qué?

No quería pensar en eso.

Se acurrucó contra él, observó los grandes copos de nieve que caían en vano, procedentes del cielo oscuro, y se fundían con la superficie del agua. Su cuerpo estaba saciado y relajado dulcemente tras su último asalto de sexo enloquecido. El fuerte brazo de Reece se acoplaba de una manera muy natural debajo de su pecho. Su cabeza se sentía como en casa apoyada sobre el hombro de él. ¿Por qué no podían permanecer así para siempre?

—Reece.

Él besó su pelo, humedecido a causa del vapor.

—Sí.

—Gracias. Por todo esto. No puedo recordar la última vez que pasé unos días mejores que éstos.

Él la atrajo todavía más y le acarició la oreja con la boca.

—De nada.

—Pase lo que pase, quiero que sepas que siempre voy a recordar esto.

—Eso espero.
Cuando llegaron a las afueras de Denver, Kara sintió cómo la tensión se volvía a apoderar de ella. Su mente empezó a llenarse de todas las cosas que tenía que hacer cuando volviera al periódico al día siguiente, cada tarea, cada irritante grano de arena.

Reece la cogió de la mano y le dio un apretón alentador.

—¿En qué piensas?

—Trabajo.

—¿Puedes hablar de ello?

Ella negó con la cabeza.

—Todavía no.

—Eres increíblemente buena en lo que haces.

El cumplido la pilló por sorpresa.

—Gracias.

—Espero que saques tiempo para mí. Quiero saber más de ti, Kara. No sé lo que está ocurriendo exactamente entre los dos, ni a donde nos va a llevar, pero sé que quiero estar contigo.

Esta era la conversación que ella había estado temiendo.

—No se trata únicamente de mi trabajo. También está Connor. No quiero que se haga una idea equivocada.

—¿Y qué idea es esa?

Ella buscó las palabras adecuadas.

—Es un niño pequeño y vulnerable. Sin padre... No quiero hacerle daño. Si nos enrollamos...

—¿No estamos ya enrollados?

—No de esa manera.

—Entonces. ¿Qué han sido estos tres últimos días? —Su voz sonaba casi al límite.

—Un fin de semana.

—¿Eso es todo lo que ha significado para ti? ¿Un fin de semana?

Ella no podía mentir.

—No, ha sido mucho más que eso, Reece. Ha sido... maravilloso.

—Entonces, ¿dónde está el problema?

—El problema es que tengo un hijo que se va a quedar hecho polvo cuando decidas que ya has tenido suficiente de mí y desaparezcas.

—Ya veo. —Un sentimiento de rabia se revolvía en el interior de Reece. Lo estaba apartando de ella. Ya lo estaba apartando de ella.

—Yo no estoy tan segura de que lo veas. No puedo dejar que mis necesidades o deseos hieran a mi hijo. Eso es todo. No quiero ser la típica madre soltera con un dormitorio visitado por muchos y variados hombres.

Reece respiró profundamente, decidido a no dejar que su tiempo juntos acabara en una discusión.

—Tú no eres ese tipo de mujer, Kara. Pasar un fin de semana conmigo no te convierte en ese tipo de mujer. Te mereces una vida, lo sabes.

Pasaron el resto del viaje en silencio, Reece tragándose su frustración. Se detuvo delante de la casa de Kara, el sol empezaba a bajar por las montañas y una línea morada flotaba sobre el horizonte al oeste. Se encontraron en la parte trasera del jeep. Pero, en vez de abrir el maletero y coger su maleta, él la estrechó entre los brazos.

—No voy a irme a ningún lado, Kara. Y no voy a permitir que me eches de tu vida solo porque tienes miedo. —Reece silenció sus posibles objeciones con un beso y sintió la respuesta de ella cuando se relajó en sus brazos y le correspondió el beso.

No, él no iba a irse a ningún sitio.

—No creo que vayas a permitir que cargue con mi propia maleta, ¿no?

—No.

Ella se acercó a la puerta, metió la llave, la giró y empujó para abrirla.

Y entonces, se quedó helada.


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