Capítulo 1




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Capítulo 16


Kara estaba tumbada boca arriba, con los ojos cerrados, dejando que el agua caliente le acariciara la piel. Una de las cosas buenas de quedarse en casa de su madre era la enorme bañera que había junto al dormitorio principal. Sus sales de baño de lavanda preferidas, una docena de velas, y era el lugar perfecto para Kara para relajarse y pensar. Como su madre estaba leyéndole a Connor un cuento en la cama —un libro infantil sobre un príncipe que se escapaba de casa, es decir, Buda—, tenía tiempo para relajarse y pensar.

Había leído la montaña de documentos durante la semana, tantas páginas que le dolían los hombros y soñaba con gráficas. Lo que ella y los demás habían encontrado había sido una larga lista de quejas de los vecinos de Northrup, incluyendo a Ed y Moira Farnsworth y a Dottie y Cari Perkins. También había docenas y docenas de quejas que habían sido emitidas por el departamento de salud y luego habían pasado al Estado. O sea, se pasaban la patata caliente unos a otros.

También había informes de los inspectores del Estado que mostraban numerosas violaciones de las leyes estatales de calidad del aire, alguno relativas a las chimeneas de la planta y las demás a las emisiones de polvo. En más de un caso, el inspector del Estado había pillado a los empleados de Northrup haciendo malabarismos para que las emisiones tóxicas no superaran los límites del Estado, lo que suponía un delito grave. Lo raro era que si seguía la montaña de papeles relativos a una inspección determinada, siempre terminaba en nada. Ninguna multa. Ninguna penalización. La multa más importante que había descubierto hasta el momento era de seis mil dólares, una cantidad ínfima para una empresa que facturaba diez mil millones al año.

¿Cómo era posible? ¿Por qué los inspectores del Departamento de Salud del Estado, cuyo trabajo era proteger la salud pública, se tomaban la molestia de comprobar dos veces los cálculos de Northrup si el departamento no tenía ninguna intención de denunciar a la empresa por violar la ley? No tenía sentido.

Sabía con exactitud quién podía responder esta pregunta. Pero parecía que dicha persona no quería hablar con ella. Después de avisarla de que ella y su confidente podían estar en peligro, había desaparecido y no le devolvía las llamadas. Pero Hammond había realizado esas inspecciones. Había comprobado los cálculos. Les había pillado falsificando los informes para el Estado. Él sabría por qué Northrup nunca había sido procesado. Había llegado el momento de dejar de esperar a que le devolviera las llamadas e intentar otra forma de establecer contacto.

Kara se estiró, meneó los dedos de los pies en el agua y se preguntó si habría alguna manera de poner una bañera tan grande como ésa en su diminuto cuarto de baño. Hoy era la última noche que pasaba en casa de su madre. El cheque del seguro había llegado el día anterior, y los tres habían pasado la tarde de compras: colchón, sofá, televisor, cadena de música, reproductor de DVD y Bob esponja a granel. Les habían entregado los muebles y la televisión ese día, y Kara había utilizado la hora de comer para correr a casa y acabar de arreglarla. Mañana, ella y Connor irían a una casa un tanto diferente pero familiar. Rellenarían el comedero de pájaros, que seguramente estaría vacío ya, cenarían espaguetis y se arrimarían el uno al otro para leer una pila de libros. La vida volvería a la normalidad.

O quizá no.

¿Qué iba a hacer con respecto a Reece? Sólo con pensar en él, le temblaban las piernas. El senador Reece Sheridan era un hacha en la cama. Eso estaba claro. Pero también era maravilloso fuera de ella. Sin embargo, la cosa iba demasiado deprisa. Kara pensaba en él sin cesar, deseaba estar con él, quería hablar con él, oír su voz, tocarlo, sentir sus manos y sus labios sobre la piel. Era como una adicta, y él era su droga.

Una cosa era que te gustara un hombre y lo pasaras bien en la cama con él, y otra muy diferente era estar atrapada por él, sentir que el día no estaba completo sin él, necesitarlo. Y de ninguna manera, de ninguna manera iba a permitirse enamorarse de él. No si podía evitarlo.

«¿Y qué pasa si no puedes evitarlo, McMillan?».

Con solo pensar en ello le hacía abrir los ojos de golpe y le aceleraba el corazón.

Había llegado el momento de recuperar el timón de su vida, de acabar con la historia de Northrup y centrarse en la educación de su hijo. No podía permitirse el lujo de perder los papeles así por un hombre. ¿Estaba tan caliente que no podía pasar un momento sin él? Era patético.

El pomo de la puerta giró, y su madre entró.

—Está dormido como un tronco. Es un niño maravilloso, Kara. Tiene una buena alma.

Kara se sentó, incómoda. No sentía vergüenza de su cuerpo, menos delante de su madre, pero no estaba acostumbrada a estar tumbada desnuda en la bañera con público.

—Si necesitas usar el baño, ahora mismo salgo.

La madre desestimó la oferta con un gesto de la mano y se sentó en el suelo enmoquetado.

—Quita, quita. Sigue en remojo. Pensé que podíamos hablar. Casi nunca estamos a solas.

Irritada porque habían invadido su intimidad, Kara volvió a tumbarse y cerró los ojos.

—¿De qué quieres hablar?

—De Reece.

Kara sintió un rubor en la cara, pero mantuvo los ojos cerrados.

—No pierdes el tiempo, ¿verdad?

—Connor lo adora, lo sabes.

—Sí.

—Y yo sé que es bueno para ti.

—¿Está mi aura llena de caras sonrientes o algo así?

—Pareces más feliz, más relajada. Es probable que sea porque, por fin, has liberado toda esa energía sexual acumulada.

Kara no dijo nada, sabiendo que cualquier objeción sería una mentira.

—Y, cuando estás con él, hay algo en tu mirada que no había visto desde antes de que naciera Connor. —Su madre nunca mencionaba el nombre de Galen—. Estoy muy contenta por ti, Kara, y no quiero que lo estropees.

Kara se sentó con los ojos abiertos.

—Creo que eres la menos adecuada para darme lecciones sobre relaciones, mamá.

—Si con ello quieres decir que me he acostado con todos los gurús, chamanes y hechiceros de este lado de las Rocosas y todavía sigo sola, tienes razón. Pero te equivocas si crees que es la vida que yo quería.

—Siempre has dicho que lo mejor que te ha pasado en la vida es que mi padre se marchara. —Hacía mucho tiempo que Kara no oía a su madre hablar tan en serio de nada.

—Sólo lo decía porque estaba dolida y enfadada. Un hombre que pensé que me amaba se levantó una mañana y decidió que prefería estar en otro sitio. Al principio, me hundí. Luego, me enfadé, me puse tan furiosa que quería destrozar su mundo.

Kara conocía ese tipo de rabia. La había sentido cuando estuvo tumbada en una cama de hospital sufriendo contracciones y sintiendo que el dolor la partía en dos. La había sentido cuando había tenido que dejar a su precioso hijo de ocho semanas en la guardería para volver al trabajo. La había sentido cuando se pasaba todas las noches despierta por los llantos del bebé, y por la mañana tenía que arreglarse e ir a trabajar. Y la sentía cada vez que Connor preguntaba por su papá.

—El problema es que no podía hacer daño a tu padre. Se había ido. Así que acabé destrozando mi vida. Pero tú no tienes que hacer lo mismo, Kara. No castigues a Reece por los pecados de otro hombre. No dejes que el miedo a que te hagan daño otra vez te aleje de un hombre que te ama de verdad.

Cuando su madre se puso en pie y salió del baño, Kara se sorprendió al descubrir que le caían lágrimas por las mejillas.
La sesión acababa de aplazarse hasta después de la comida cuando Reece la vio acercarse hacia él. Iba vestida para ir a trabajar, pero su cuerpo gritaba sexo. Llevaba un traje negro que se ajustaba a las curvas de su cuerpo, unas medias negras cubriéndole las estilizadas piernas, y el cabello suelto caía oscuro y suave sobre los hombros. Llevaba un botón de la blusa desabrochado. Caminaba con decisión hacia él por el pasillo plagado de senadores, ayudantes, cabilderos, prensa y carroñeros diversos.

Se puso la chaqueta sobre el hombro y se encontró con ella a mitad de camino.

—Señorita McMillan. Del Denver Independent., ¿verdad?

Sus labios se curvaron en una sonrisa traviesa.

—Senador Sheridan. Esperaba que pudiera dedicarme unos minutos. Tengo algunas preguntas.

Reece miró el reloj y simuló reflexionar.

—La sesión se retoma en una hora, así que tengo unos minutos. ¿Le parece bien que vayamos a mi oficina?

La subida en el ascensor y el trayecto por el pasillo casi acaban con él. Quería tocarla, pero no se atrevía. Charlaron sobre cosas sin importancia, aunque Reece casi no sabía lo que decía, en cuanto hubo cerrado con llave la puerta de su despacho se lanzaron uno contra el otro, empezaron a besarse mientras sus manos buscaban la manera más rápida de llegar de la ropa a la piel. Reece le desabrochó unos botones y encontró sus pechos, mientras que ella le bajó la bragueta e introdujo la mano bajo el calzoncillo.

Kara rodeó con la mano la erección de Reece, mientras él tomaba sus pechos con las manos.

—¡Ahora, Dios, ahora!

Reece la apoyó contra la mesa del despacho y le dio media vuelta para ponerla de espaldas a él. Le levantó la falda y sintió los pulmones a punto de estallar.

Llevaba medias, liguero, pero no llevaba bragas.

—¡Dios, Kara! —Se inclinó sobre ella y recorrió con las manos la curva desnuda de su culo. Disfrutó de la vista y del tacto de su piel. Luego, le separó las piernas e, impulsado por los ruegos de Kara, introdujo su pene en ella mientras la sujetaba con las manos por las caderas.

Ella ya estaba húmeda, y se cerró alrededor de él como un puño. Reece intentó aguantar y asegurarse de que ella también disfrutaba, pero la visión de ella inclinada sobre la mesa, con el culo desnudo a la vista y su pene entrando y saliendo de ella, le ponía al límite.

Rápidamente, adelantó la mano y buscó entre sus dulces pliegues el clítoris y lo estimuló. En cuestión de segundos, la respiración de Kara se aceleró. Cada exhalación se le atragantaba, amenazando con convertirse en un grito que podría oírse en todo el pasillo. Cerró las manos con fuerza, agarrando papeles, rebotando contra la madera.

Más rápido, más fuerte. Se sentía de muerte. Mojada. Tensa. Como en el Cielo.

Reece sintió cómo la tensión dentro de ella llegaba al máximo y estallaba. Kara contuvo la respiración un instante y él pensó que iba a gritar, pero lo único que emitió fue un largo y tembloroso suspiro mientras su cuerpo se estremecía al llegar al clímax. Entonces, Reece la poseyó como un loco, perdido en la locura del orgasmo.

Durante unos segundos, permanecieron tal cual estaban, Reece todavía dentro de ella mientras el cuerpo de Kara le envolvía. Entonces, sonó el teléfono, y Reece recordó exactamente dónde estaban. Poco a poco, sin ganas, salió de ella, le dio media vuelta y la atrajo hacia él.

—Bueno, esto es lo que yo llamo un descanso para comer. —La besó en la frente y sintió una oleada de calor cuando ella descansó la cabeza sobre su pecho y rió.

—¡No puedo creer lo que acabamos de hacer! ¿Y si alguien hubiera entrado?

—Habría sido como la historia del vestido de Mónica en el despacho oval. Por cierto, toma. —Le acercó una caja de pañuelos de papel.

En unos minutos, se habían vestido y la única señal que indicaba que no se había llevado a cabo una entrevista era el ambiente de sexo que podía respirarse en el despacho.

«Eso y la enorme sonrisa que luces, Sheridan».

Reece la abrazó con más fuerza, introdujo una mano bajo su falda y le agarró el culo.

—¿Sueles ir así a la oficina? Si es así, va a ser muy duro aguantar toda la jornada laboral.

Kara le miró bajo unas pestañas escandalosamente femeninas.

—En realidad, solo venía para preguntarte si te gustaría venir hoy a casa. ¿Digamos a las nueve y media? El liguero era solo un incentivo.

—Pues ha funcionado, cielo. Si hubiera sabido lo que llevabas bajo la falda, no habríamos salido del ascensor y los tipos de las cámaras de seguridad habrían podido admirar el trasero más delicioso de la Tierra.

Kara se sonrojó.

—Tengo que irme.

—Lo sé. —Le acarició la cabeza y le dio un beso largo y profundo. Luego, se despidió de ella—. A las nueve y media. Ponte el liguero.

Como no se fiaba de poder permanecer junto a ella sin tocarla, esperó hasta que ella se hubo ido para salir del despacho. Vio a Galen Prentice que se dirigía hacia él entre el gentío. Hoy iba a realizarse la segunda lectura de su propuesta de ley sobre la quema de neumáticos. Sin duda, Prentice deseaba repasar algunas de las objeciones surgidas durante la primera lectura.

—¿Acaba de salir de tu oficina Kara McMillan?

Reece se pudo en guardia al momento.

—Tenía algunas preguntas sobre mis propuestas de ley.

—Sí. La conozco, si sabes a lo que me refiero. —Prentice asintió, con una sonrisa de satisfacción en el rostro—. Ten cuidado con ella. Está claro que está muy buena, pero no vale la pena. Lo único que quiere es cazar un marido con éxito. Hace unos años, intentó cazarme a mí. Se quedó embarazada y me miró como si tuviera que casarme con ella o algo. Le dejé muy claro que no iba a caer en esa vieja trampa, que...

—¡Tú eres el impresentable que la dejó embarazada y luego la abandonó! —Sintiendo una ira que le invadía todo su ser, Reece agarró a Prentice por las solapas de la chaqueta y le empujó contra la pared—. ¡Tendrías que pudrirte en la cárcel!

Prentice se puso colorado, e intentó zafarse de Reece con un empujón.

—¡Apártate, Sheridan! ¿Estás loco o qué?

Pero a Reece la sangre le hervía en las venas.

—¡Abandonar a un hijo es delito, Prentice!

—¡No es mío! ¡Yo no lo quería!

—Así funciona la ley, y tú lo sabes. —Oír a Prentice hablar de Connor en esos términos solo consiguió enfurecerlo todavía más. Se acercó todavía más a Prentice hasta casi rozarle la cara—. Quizá no querías un hijo, pero seguro que te lo pasaste de muerte follándotela, ¿verdad? Una jovencita recién salida de la universidad es muy atractiva para un abogado de mediana edad. ¿Te lo pasaste bien con ella? ¿Te jactaste ante tus amigos de lo listo que fuiste cuando la abandonaste?

Prentice sudaba, le caían gotas de sudor por la calva y el labio superior.

—¡Apártate de mí o presentaré una denuncia por agresión!

Entonces, Reece se dio cuenta de que una multitud se había congregado a su alrededor. Soltó a Prentice, pero no le dejó espacio para respirar.

—Cuidado con lo que dices de ella, Prentice. Piénsalo bien antes de abrir la boca.

—¿O qué, senador? ¿Me pegarás? —Prentice se deslizó hacia un lado. Su voz sonó todavía alterada y con miedo.

—Se merece algo mejor que tú. Ambos se lo merecen. Piénsalo, les hiciste un favor a los dos.

La multitud murmuraba, y Reece oyó a Alan, el oficial de orden, pidiéndole a la gente que se dispersara.

—¿Qué sucede, senador? ¿Le está molestando este hombre?

—No, Alan. Ya se iba.

Las aletas de la nariz de Prentice se hincharon y su cara sudorosa se puso colorada como un tomate.

—¡Tengo derecho a estar aquí! ¡No te he molestado! ¡Tú me has atacado!

—Permanece lejos de mí, Prentice. —Entonces, Reece volvió a su oficina sin fijarse en la periodista que había allí mismo, grabadora en mano y con cara de satisfacción.
Kara miró el reloj: las cinco y cuatro minutos.

Había pasado una hora en las oficinas de Tráfico investigando, y ahora había aparcado al otro lado de la calle frente a la dirección más reciente registrada de Scott Hammond. Hacía dos semanas que Hammond no contestaba a sus llamadas ni le respondía los mensajes. Pero no dejaría que se escapara tan fácilmente. Tenía respuestas para algunas preguntas muy importantes, y ella necesitaba conocerlas.

Buscaba un Toyota Corolla plateado del 2001 con la matrícula de Colorado FIJ-2390. Según sus cálculos, había al menos veinte minutos desde las oficinas del Departamento de Salud del Estado hasta la casa de Hammond, una pequeña casa estilo rancho de la década de 1970 con cochera. Pero si Hammond era como la mayoría de los funcionarios, saldría pronto del trabajo. Al fin y al cabo, era viernes. Como todo periodista sabe, es casi imposible encontrar a un funcionario en su oficina a partir de las cuatro y media del viernes.

Se reclinó en el asiento, mientras observaba los coches que pasaban. Todavía se estremecía al recordar su encuentro del mediodía con Reece. Nunca había hecho algo así antes. La noche anterior, se había ido a dormir preocupada por lo que le había dicho su madre, pero se había despertado con la idea de un plan en mente. La idea era hacer una visita rápida a Reece, levantarse la falda y enseñarle lo que no iba a conseguir hasta la noche, eso sí tenía suerte. Había pensando ponerle cachondo, pero caminar por la oficina con el encaje rozándole los muslos y sus partes íntimas expuestas la había puesto caliente. Estaba tan caliente que cuando llegó al Capitolio tuvo que recurrir a todo su autocontrol para no abalanzarse sobre Reece en público. Pero la espera y la frustración valieron la pena. Cuando él le dio media vuelta y la inclinó sobre la mesa y luego la poseyó, se había sentido flotar de placer.

Dios, se ponía caliente solo con recordarlo; bueno eso y pensar que iba a ir a su casa por la noche. Sería su primera noche juntos desde el lunes. Era raro que cuatro días sin sexo le parecieran una eternidad cuando había estado cinco años sin tener relaciones con nadie.

Unos faros giraron por la esquina, deslumbrándola durante un instante. Entonces, el coche giró por el camino de entrada de casa de Hammond y se deslizó dentro de la cochera. Un Toyota Corolla plateado. Eran las cinco y siete minutos.

—Ahí van nuestros impuestos. —Kara se puso la grabadora digital en el bolsillo delantero de la chaqueta del traje, abrió la puerta del coche y se encontró con Hammond en el porche de la casa. Era un hombre bajito con fino cabello moreno y la postura de alguien que pasa mucho tiempo inclinado sobre una mesa—. Es un hombre difícil de encontrar.

Él la miró atónito y luego echó un vistazo alrededor para ver si había alguien más.

—¿Qué hace aquí? ¡Va a conseguir que me despidan... o algo peor!

—Estoy sola, señor Hammond. Y tengo algunas preguntas que requieren respuesta. Usted es el único que puede ayudarme.

Él la miró con un miedo reflejado en la cara tan patente como las palabras en una página. La apartó para abrirse paso e introdujo su llave en la cerradura.

—No puedo ayudarla. Lo siento. De verdad, lo siento.

—He visto sus informes de las inspecciones, señor Hammond. Sé que es un hombre que se toma su trabajo en serio. Quiere proteger a la gente. Comprobó dos veces los cálculos de Northrup y descubrió que falsificaban las cifras. ¿Por qué no les llevaron a juicio?

Cruzó el umbral de la puerta y se dio media vuelta para mirarla a la cara.

—Ojalá pudiera ayudarla. De verdad. Pero tengo una mujer y dos hijos que alimentar. Llegarán en cualquier momento. Necesito que se marche ya.

—Las personas que cooperan con la justicia obtienen protección federal, señor Hammond.

—No si están muertas.


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