Capítulo 1




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Capítulo 2


Reece volvió a mirar a Kara, que lamía la sal del borde de la copa con una rosada y atrevida lengua.

—¿Cómo vas a casa?

Ella miró el sitio vacío de Holly.

—Holly me lleva. Ha sido idea suya venir aquí.

Por el tono de voz, Reece supo que Kara no había querido ir al bar, algo que le resultó extraño con lo bien que la veía.

—Creo que Holly te ha dejado colgada. Acaba de irse.

La cara de pánico y sorpresa de Kara cuando vio a Holly a través de la ventana yéndose y mandándoles un beso con la mano lo convenció de que Kara había caído en la misma trampa que él. Se sintió extrañamente aliviado. No respetaba mucho a las mujeres que engañaban a los hombres para acostarse con ellos. Desde su elección, había conocido a demasiadas mujeres así, mujeres que cazaban hombres según su posición social y poder adquisitivo, y que veían el sexo como el medio más rápido de asegurarse el pan.

Ese tipo de mujeres no se interesaban por él cuando no era más que un profesor de estudios sociales de la escuela superior y entrenador de fútbol. Pero, cuando se añadió el título «senador» delante de su nombre, se abrían de piernas sin pensarlo dos veces. Había aprendido a base de golpes a no confiar en esas sensuales y dispuestas mujeres.

Sin embargo, era obvio que Kara no estaba compinchada con Holly en ningún plan. Kara se sentó sorprendida. Entonces, tomó el bolso, lanzó la tarjeta de crédito sobre la mesa y se levantó, o más bien intentó levantarse. Pero las tres margaritas habían hecho su efecto.

Reece se puso en pie rápidamente y la sujetó con ambos brazos antes de que ella cayera redonda en el pasillo.

—Cuidado.

—Tengo que alcanzarla. No tengo dinero para un taxi. Tendré que ir a casa caminando. —Sus ojos mostraban una auténtica preocupación.

Reece no podía culparla. Las calles de Denver no eran el sitio más seguro para una mujer por la noche, sobre todo si se había tomado tres copas. Tomó su abrigo.

—No pasa nada, Kara, yo te llevo.

Ella le miró con sus ojos verdes dorados llenos de inseguridad.

—¿Seguro que no te importa?

—Para nada. —Reece se sorprendió un poco al darse cuenta de que decía la verdad.

En cuanto Kara pagó la cuenta, pues Holly no lo había hecho, Reece la acompañó por la helada acera de esa fría noche de enero.

La sorpresa de la deserción de Holly pareció cortar en seco la cháchara inducida por el tequila de Kara, así que caminaron en silencio, lo que no era algo malo porque Reece no estaba seguro de si habría soportado más de sus seductoras preguntas sin ponerse en evidencia.

«¿Qué se siente al estar dentro de una mujer?». ¡Por Dios!

—No puedo creer que se haya ido sin mí. ¿Por qué...? —Pero Kara no llegó a terminar la pregunta, ya que resbaló y habría ido a parar al suelo si Reece no la hubiera sujetado con fuerza.

—Más vale que me des el brazo o vas a acabar en el suelo.

—Bueno —Kara sintió la fuerza de sus brazos cuando la rodearon. Le miró a esos ojos azules. Sintió que el corazón le daba un vuelco.

«Gozar en la cama».

En un abrir y cerrar de ojos, él la ayudó a incorporarse y le rodeó la cintura con un fuerte brazo. Fue algo bueno, ya que la acera no solo resbalaba, sino que parecía inclinada, como si la gravedad fuera mayor en unas partes que en otras.

No había bebido tanto, ¿o sí?

Reece la llevó hasta la puerta de un jeep Wrangler amarillo cubierto de barro hasta los faros e introdujo la llave en la cerradura.

—¿Es tu coche? No es un deportivo —Kara le tomó de la mano y se sentó en el asiento del pasajero.

Él cerró la puerta, caminó hasta el lado del conductor y subió.

—Lo siento. He dejado el Jaguar en el garaje con el Porsche.

Kara tardó un segundo en darse cuenta de que bromeaba.

—Estás de broma, senador.

—Me llamo Reece, y sí, bromeo —con una sonrisa, arrancó el coche, encendió la calefacción y se puso en marcha. Entonces, se inclinó hacia ella y le puso el cinturón de seguridad.

—¿Dónde te llevo?

Kara tuvo que pensarlo un segundo.

—A Corona, cuatro manzanas al sur de Colfax.

—Cerca del Capitolio.

—Y cerca de la guardería de mi hijo y del periódico —asintió Kara.

—¿Tienes hijos?

—Uno. Tiene cuatro años.

—¿Cómo se llama?

—Connor.

—Entonces, ¿estás divorciada?

—No, no, qué va —se apresuró a aclarar Kara—. Nunca me he casado.

Mientras Reece conducía por las fangosas calles de la ciudad, Kara recorrió con la mirada su rostro, sin prestar demasiada atención a lo que le contaba, algo sobre leyes y ayudas para madres solteras. Mientras le observaba, sintió algo que no se había permitido sentir desde hacía años: una increíble atracción hacia un hombre de carne y hueso.

Entonces, se acordó de Melanie Malibú. Reece ya tenía novia, una novia guapísima. De ninguna manera iba a dejarla a ella para pasar tiempo con una mujer con tan poco glamour como Kara.

Pero se había ido del bar con ella, no con Melanie Malibú. Sin embargo, una vocecita de su interior acabó con cualquier atisbo de esperanza. La llevaba a casa porque Holly la había dejado tirada, no porque se sintiera atraído por ella. Su gozo en un pozo.

—Corona, ¿verdad?

Kara se dio cuenta de que habían llegado a la calle.

—Gira a la derecha. Es ésa.

Sheridan detuvo el coche en la entrada y dejó el motor en marcha.

—Te acompaño hasta la puerta, el suelo resbala mucho aquí.

Cuando Kara consiguió abrir la puerta tras más de un intento, él estaba de pie a su lado ofreciéndole la mano. El suelo parecía estar tres metros más abajo.

—Con cuidado. —La ayudó a bajar, deslizó su brazo por el de ella y caminaron juntos por el camino de piedra que conducía hasta la puerta principal.

Aunque llevaba un grueso abrigo de invierno, Kara se sintió aturdida por el contacto. Quería saborearlo. Quería que acabara. Había pasado mucho tiempo desde que había tenido tan cerca a un hombre.

—Cuidado con los escalones. Así, bien —la ayudó a subir los peldaños del porche uno a uno y luego la soltó.

Kara sintió una sensación no muy diferente a la desesperación. No quería que se fuera. Todavía no.

—No eres como pensaba.

—¿Ah, no? ¿Cómo pensabas que era? —se acercó tanto que Kara podía notar su calor corporal.

—Te había tomado por uno de esos de las hermandades universitarias.

—Ahora sí me has insultado. Nunca he pertenecido a ninguna hermandad—dijo frunciendo el ceño.

Kara se puso a reír al ver el tono irritado de su voz.

—¿Salías con animadoras?

—No. No querían nada conmigo.

—Y no conduces un deportivo.

—No van bien cuando hay un metro de nieve. Además, me gusta el snowboard.

—Como he dicho, no eres como me imaginaba.

—Me lo tomaré como un cumplido —dijo y curvó los labios en una sonrisa irónica.

Entonces, haciendo caso omiso de la voz de advertencia de su cabeza, Kara le preguntó lo que había querido preguntarle durante todo el trayecto.

—¿Quién es Melanie Malibú? ¿Es tu novia?

—¿Quién? —parecía desconcertado. Frunció el ceño.

—Ya sabes, esa rubia tonta con la que estabas antes. —Vio que él sabía a quién se refería.

—¿Te refieres a quién es Melanie? —sonrió él.

—Sí.

—Es mi hermana pequeña —dijo mientras ponía las palmas de las manos sobre sus hombros y la miraba con una sonrisa.
Kara miraba sin ver la pila de periódicos que tenía en las manos.

Quería morirse, desaparecer, desvanecerse de la faz de la Tierra.

Durante todo el fin de semana había intentado olvidar, pero sin gran éxito. Había bebido lo suficiente como para comportarse como una idiota, pero no lo bastante para no acordarse de nada. Como una canción pegadiza, se había pasado todo el fin de semana oyendo una vez tras otra en su cabeza las palabras que había pronunciado.

«Estaba diciendo que es muy erótico cuando besas a un hombre y notas tu sabor en su boca».

¿Por qué no le había hecho Holly un favor y le había tapado la boca con una servilleta?

«¿Es verdad que las mujeres saben a atún?».

¿Habría sido demasiado pedir que la partiera un rayo?

Sin embargo, eso no era lo peor de todo.

«Ya sabes, esa rubia tonta con la que estabas antes».

Ojalá se la tragara la Tierra. Había llamado rubia tonta a su hermana.

Kara dejó los periódicos sobre la mesa, ocultó el rostro entre las manos y se lamentó por su dignidad perdida. Se había comportado como una verdadera imbécil ante un senador, un hombre al que tendría que entrevistar antes o después, un hombre en una posición de poder que podría difamarla ante muchas personas importantes.

Por suerte, Reece —el senador Sheridan, se corrigió— había mantenido el sentido del humor y se había comportado como un caballero. La había llevado a casa, la había acompañado hasta la puerta y había declinado su flagrante invitación de entrar a tomar una taza de té y lo que siguiera.

—Hoy, no —había dicho mientras le retiraba un mechón de la cara—.Vuelve a pedírmelo cuando no te hayas tomado tres copas.

Kara se había quedado observándolo, muerta de ganas de que la besara.

—Me alegro de haberte conocido mejor.

—Yo he aprendido muchas cosas sobre ti, querida —dijo con una sonrisa.

Luego, se dio media vuelta y bajó las escaleras. Se giró un momento para decirle que se tomara una aspirina y bebiera mucha agua.

Una cosa estaba clara. Kara no pensaba dirigirle la palabra a Holly en la vida. Y nunca más bebería más de una margarita en el Río.

Forzó su atención de nuevo hacia el periódico.

Un anuncio que prometía ganancias a los que estuvieran dispuestos a abonar 500 dólares por asistir a un taller. Una empresa decidida a producir la mayor galleta de chocolate del mundo con productos lácteos ecológicos. Una notificación del Departamento de Salud sobre las clínicas de vacunación gratuita.

Ninguna noticia estaba relacionada con su interés actual, centrado en el medio ambiente. Lanzó el periódico a la papelera de reciclaje y consultó los mensajes de voz del teléfono. Había cinco.

«¡Había llamado rubia tonta a su hermana!».

Kara marcó el código de acceso, determinada a olvidarse de su estupidez y de ese hombre terriblemente sexy que había conseguido que sacara a la luz esa estupidez.

«Hola, Kara, soy Holly. Supongo que todavía no has llegado. Llámame en cuanto oigas el mensaje, ¿vale?»

Borrar.

«Soy Holly. ¿Has llegado ya? Quiero saber qué tal te ha ido».

Borrar.

«Hola, Kara, Soy Holly, espero...»

Borrar.

«Hola, Kara...»

Borrar.

«Hola, señorita McMillan, necesito hablar con usted. Trabajo en una fábrica a las afueras de la ciudad, y hay algo que no va bien aquí. Contaminación y todo eso, usted se encarga de estas cosas. La gente tiene que saberlo. Pero no pueden verme con usted, y necesito saber si puedo confiar en que no usará mi nombre ni le dirá a nadie que consiguió la información a través de mí. Reúnase conmigo al mediodía en el aparcamiento situado detrás del almacén abandonado en la calle Québec con Smith. Venga sola. No se preocupe por saber quién soy. Yo la reconoceré a usted.

Kara volvió a escuchar el mensaje varias veces, escuchando con atención la voz del hombre. No era nadie que conociera. Sonaba rudo, nervioso, pero no amenazante.

Lo más probable es que fuera otro de esos desequilibrados que cree que su jefe es un extraterrestre o quiere vengarse de la empresa por algo. Sin embargo, algo le decía que era auténtico; quizá fuera el miedo real de su voz o quizá el hecho de que supiera que encajaba con los intereses de ella.

Consultó la agenda y vio que tenía una comida en el centro con un miembro de la junta estatal de aguas para su artículo sobre la conservación del agua. Colorado tenia tendencia a la sequía, y con el gran aumento de la población de la última década, los recursos de agua habían llegado a su límite en algunas zonas.

Era una historia importante, y no podía permitirse el lujo de anular la entrevista.

Escuchó el mensaje una vez más y lo guardó. Entonces, buscó el número de la junta estatal de aguas, y estaba a punto de marcarlo cuando el teléfono sonó. La pantalla mostró que era Holly quien llamaba, de nuevo.

—Sé que estás ahí, Kara —dijo Holly por el auricular—. Si no descuelgas...

Kara descolgó el teléfono y volvió a colgarlo, deshaciéndose así de su ex amiga. Luego, volvió a descolgarlo, pidió línea externa y marcó. Acababa de conseguir posponer su reunión hasta la una del mediodía cuando vio que Holly se acercaba a ella con decisión.

—Gracias por ser tan comprensivo. Le veo allí. —Kara colgó y observó a Holly mientras ésta entraba en el cubículo—. No voy a dirigirte la palabra en la vida. Vete.

—Te he llamado cuatro veces este fin de semana, y no me has devuelto las llamadas. —Vestida con una blusa malva y una falda corta de tweed parecía recién salida de las páginas del Vogue—. Ahora cuéntame qué pasó.

—Si no me hubieras dejado tirada, sabrías lo que pasó. Pero te fuiste y me dejaste con él... y con la cuenta.

—Sólo lo hice para asegurarme de que no tenías dinero para un taxi. —Holly mostró un billete de veinte dólares que llevaba en la palma de la mano y lo depositó sobre la mesa—. Toma. Esta es mi parte.

—¿Nunca te cansas de manipular a la gente?

—No te acostaste con él, ¿verdad? —dijo Holly frunciendo el ceño.

—¿Por qué lo dices?

—Si lo hubieras hecho, me darías las gracias en lugar de reprochármelo.

Kara tomó una libreta y un lápiz, y se puso en pie.

—Era demasiado caballero. Me llevó a casa y me acompañó hasta la puerta, eso es todo. Ahora, si me disculpas, tengo una reunión importante. Los que escribís sobre arte y espectáculo tenéis todo el día para cotillear, ver DVDs y escuchar música, pero los periodistas de investigación trabajamos de verdad para ganarnos el pan.

Hizo caso omiso de la cara de cabreo de Holly y se alejó hacia la sala de conferencias.
—Necesitamos un fotógrafo en Boulder a las cinco. Otra protesta sobre amamantar a los bebés en público.

Kara luchó para olvidarse de Reece Sheridan y centrarse en la reunión mientras Tom Trent, el redactor jefe, repartía las tareas de última hora. Era un hombre grande como un armario y con una cara de bulldog a juego que intimidaba a casi todo el mundo. Miraba a la gente con unos ojos verdes que atravesaban a cualquiera y hacían temblar incluso a los hombres. Sólo su canoso cabello rizado, que casi siempre dejaba crecer hasta cubrirle los ojos, suavizaba de alguna manera su aspecto.

—Yo voy —dijo Joaquín Ramírez, el mejor fotógrafo con diferencia del periódico mientras anotaba la hora en su agenda electrónica. Joven y sensual, le recordaba a Antonio Banderas. Si no tuviera solo veinticinco años...

—¿Estará tu madre en la protesta, Kara?

—Es probable. —Kara ocultó su malestar tras una sonrisa.

Joaquín había cubierto la primera de esas protestas en Boulder unas semanas antes y había vuelto con una foto de la madre de cincuenta y dos años de Kara sin ropa en la parte de arriba del cuerpo y con los pechos medio ocultos por un cartel que ponía «Amamantar es alimentar». Sólo la política de la empresa, que prohibía la publicación de fotografías de familiares de los empleados, había evitado que la foto apareciera en primera página.

—Alton, ¿qué tienes tú? —Tom poseía la molesta manía de llamar a todos por el apellido, como si fuera un entrenador de fútbol.

Sophie alzó la vista de las notas que había dispuesto sobre la mesa y se echó el brillante cabello castaño rojizo por detrás del hombro. Con pecas, una amplia sonrisa y ojos azul claro, tenía el típico aspecto de niña buena americana que daba confianza a la gente, lo que Kara sabía que ella usaba en beneficio propio.

—Anoche hubo otro asesinato en la cárcel estatal. Pusieron a un muchacho en una celda con dos sentenciados a cadena perpetua, y lo destriparon.

—¡Dios santo! —la expresión de repugnancia de Kara se unió a las del resto.

—¿De qué hablamos? ¿Tres asesinatos en cárceles este mes? —Tom era el único cuya cara no mostraba sorpresa. Pero Kara sabía que él había visto y oído de todo durante sus treinta años como periodista.

—¿Cuánto espacio quieres? —Syd Wilson, subdirectora, sentada con una calculadora, intentaba conseguir encajar todas las noticias.

—¿Me das cincuenta centímetros?

Syd se paso la mano por su corto cabello en punta y sacudió la cabeza.

—¿Te apañas con cuarenta?

—Qué remedio. —Sophie cruzó una mirada con Kara y la miró como diciendo ¿por qué me molesto? Llevaban trabajando juntas casi tres años y se habían hecho buenas amigas.

—¿Quieres fotos policiales?

—Consigue una de la víctima, si puedes —dijo Syd, todavía calculando—.Y de los asesinos, también.

—Harper, ¿qué tienes para nosotros?

Matt, pelirrojo y con unas pecas que hacían que pareciera un crío a pesar de tener casi cuarenta años, mostró una pila de documentos.

—Esta tarde hay una reunión especial del Ayuntamiento. Tratarán el tema de la propuesta del refugio para vagabundos. No necesito más de quince.

—Perfecto —asintió Syd.

—¿Novak?

Tessa, traspasada de Atlanta y el miembro más nuevo del equipo, jugaba nerviosamente con un lápiz afilado. Con un dulce acento sureño, una larga y ondulada melena color miel y grandes ojos azules, había llamado la atención enseguida de todos los heterosexuales del edificio, incluyendo alguno casado, pero había pasado de todos ellos. Estaba en el periódico para trabajar, no para tontear, decía. Kara la respetaba profundamente.

—El alcalde ha solicitado una investigación interna sobre el tiroteo en Gallegos. Me basta con veinticinco.

Syd asintió y calculó.

Tom se reclinó en la silla con el aspecto de haber acabado con sus anotaciones.

—Quizás el alcalde puede contratar a un consultor que cueste cientos de miles de dólares para que enseñe a los polis la diferencia entre una pistola y un móvil. ¿McMillan?

Kara acababa de tomar un sorbo de su té y lo tragó con rapidez.

—Tengo esa reunión con la junta de aguas a la una y debería acabar la historia esta semana. Además, he recibido una llamada anónima de alguien que afirma tener pruebas contra una fábrica de las afueras de la ciudad. Voy a reunirme con él en Québec con Smith al mediodía. Fue muy misterioso sobre el tema. Podría ser falso, pero solo hay una manera de averiguarlo.
Kara entró lentamente en el aparcamiento con su Nissan Sentra plateado y miró alrededor en busca de señales del hombre que le había dejado aquel extraño mensaje, pero no vio a nadie. En el asfalto que pisaban las ruedas de su coche crecían hierbajos. Al oeste, se extendía un campo vacío. Al sur, estaban los raíles del viejo ferrocarril y, más allá, los siempre abarrotados carriles de la I-70. Al este, estaba el almacén abandonado, con las ventanas rotas y los tablones de los muros descascarillados y medio caídos. No había ningún cartel ni señal que dijera qué tipo de negocio se había llevado a cabo allí, nada excepto vacío y decadencia.

Toc-toc.

Dio un respingo, sorprendida, y vio a un hombre justo al lado de su ventanilla, donde segundos antes no había nadie. Estaba tan cerca que solo veía los desgastados cazadora y pantalones vaqueros, y un trozo de camiseta blanca. Con una mano endurecida por el trabajo físico, le indicó que bajara la ventanilla.

Ella dudó. ¿Y si no era el hombre con quien tenía que encontrarse y era un violador? Incluso si era la persona correcta, ¿cómo saber si podía confiar en él?

No había ninguna forma de saberlo.

Con una mano en el móvil, bajó la ventanilla del coche.

Él se inclinó, y Kara pudo ver un segundo la cara de ese hombre —bigote rubio rojizo, ojos azules, cabello rubio hasta los hombros bajo una gorra de béisbol— antes de que éste lanzara algo al interior del coche.

Fuera lo que fuera, le golpeó en la barbilla y la hizo quedarse sin respiración. Cayó en su regazo, y vio que era un pesado haz de documentos con su nombre.

—¿Qué...?

Pero, al alzar la vista, el hombre había desaparecido.


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