Capítulo 1




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Capítulo 4


—Me encantaría cuidar a Connor el viernes por la noche, pero voy a una actividad nocturna en el centro Dharma. Es un taller tántrico para solteros. La voz de Lily McMillan sonaba muy baja debido a la mala cobertura del teléfono móvil.

Kara puso los ojos en blanco y se preguntó por qué no tenía una madre normal como el resto del mundo. Alguien que preparara galletas, llevara delantal y permitiera que su nieto la llamara abuela en vez de insistir en que la llamara por su nombre de pila.

—¿Tantra para solteros? ¿Eso qué es, masturbación para budistas?

—Ellos prefieren usar el término autoplacer. Masturbarse es una palabra demasiado moral.

—¿Así que vas a ir a un taller de autoplacer? ¿No se supone que eso es algo que las personas hacen solas? —Kara no quería imaginar lo que realmente se hacía en ese curso.

—El tantra es más que sexo. Se trata de canalizar la energía sexual de una manera espiritual. En realidad, Kara, tú lo necesitas más que yo. Tu segundo chakra está a punto de desbordarse y está provocando que tu cuerpo y tu mente se desvinculen por completo.

Kara había oído esto más veces de las que podía contar con los dedos de la mano.

—Deja mi segundo chakra fuera de esto, mamá. ¿Hay alguna manera de que lo cambies por el taller siguiente?

—No, cariño. Ya he pagado la matrícula, y no puedo permitirme perderla. Lo siento.

—¿Cuánto cuesta el taller?

La voz de su madre adoptó un tono evasivo.

—Lo imparten un equipo de maridos y mujeres entrenados en la India.

Un equipo de maridos y mujeres entrenados en la India. Probablemente estén divorciados y se odien entre ellos.

—Mamá, ¿cuánto cuesta?

—Bien, con comidas vegetarianas y meditación diaria guiada son mil doscientos dólares.

Kara se quedó boquiabierta.

—¿Mil doscientos dólares por escuchar a una peculiar pareja de gurús hablar de masturbación?

—Ya te dije, el tantra es más que eso.

Kara divisó al resto de miembros del equipo de investigación en la sala de conferencias y tuvo que contener un emergente sentimiento de frustración. Necesitaba encontrar a alguien de confianza para cuidar a Connor; si no, tendría que cancelar su cita con Reece.

—Tengo que irme, mamá. Tengo una reunión del departamento de investigación.

—Espero que encuentres niñera. ¿Quieres que pregunte por ahí?

—Sí, sería estupendo. Gracias. Luego hablamos.

Kara colgó el teléfono, cogió sus papeles y se apresuró a la sala de conferencias, preguntándose si quizá era adoptada.
Reece leyó intrigado el informe que Cari Hulmán y TexaMent habían elaborado para él. Cada año, la fábrica de Colorado quemaba cien mil toneladas de carbón en su horno transformándolo en escoria de hulla que una vez pulverizada se convertía en cemento. Este proceso implicaba la liberación en el aire de toneladas de mercurio y otros agentes contaminantes, que posteriormente caían en la tierra y en los lagos del Estado en forma de lluvia o nieve.

Ahora, el Consejo de administración de TexaMent quería utilizar neumáticos usados como nueva fuente de combustible. Según los datos que tenían de cualquiera de las fábricas distribuidas por todo el país, el uso de neumáticos viejos como combustible, por un lado, reduciría la contaminación atmosférica; por otro, eliminaría millones de neumáticos de los vertederos de basura; y, finalmente, reduciría la utilización de carbón. Lo único que necesitaba TexaMent era una modificación en las leyes del Estado que les permitiera quemar neumáticos usados en un horno de cemento.

La compañía quería mejorar su situación basándose en que la quema de neumáticos les iba a ahorrar millones de dólares al año, ya que el Estado pagaba a las empresas por deshacerse de neumáticos usados. En vez de gastar dinero para abastecerse de combustible, lo ganarían, formando esto parte de sus ingresos. Aparentemente, parecía una solución que les beneficiaba tanto a ellos como al medioambiente.

Pero ¿dónde estaba la trampa? ¿Había realmente una trampa? ¿O era que Reece estaba tan acostumbrado a desconfiar que siempre buscaba segundas intenciones? Tal vez. Pero había algo sobre Stanfield que le dejaba mal sabor de boca.

Reece revisó detenidamente los datos de la EPA sobre la quema de neumáticos hasta que las columnas empezaron a aparecer borrosas. Miró su reloj. Era casi medianoche. Acababa de meter todo en su cartera cuando un aroma de perfume de mujer inundó la oficina, seguido de Alexis Ryan.

—Trabajando hasta tarde, ¿eh? —Se apoyó en la jamba de la puerta de su despacho, con los brazos cruzados para resaltar su operado escote. Con un traje gris ajustado y el pelo rubio teñido recogido en una trenza, parecía tan fresca como a primera hora de la mañana cuando la había visto en el pasillo.

—Alexis, ¿qué quieres? —Cerró su cartera de golpe y cogió las llaves, la chaqueta y el teléfono móvil.

—¿Eres así de maleducado con todos o solamente conmigo? —Hizo pucheros con sus labios rojo cereza.

Reece caminó hasta Alexis, estiró el brazo hasta la pared situada detrás de ella, y apagó la luz del despacho. La miró a los ojos y sonrió.

—No estoy siendo maleducado, Alexis. Lo que pasa es que te conozco lo suficientemente bien como para saber que tú no vienes a menos que quieras algo.

Alexis se giró hacia él, proporcionándole una mejor vista de sus pechos. Su perfume le envolvía como un banco de niebla cegadora.

—Pensé que nos podíamos reunir esta semana para hablar de la cuenta presupuestaria.

—Déjame adivinar. Quieres asegurarte de que una serie de gastos no sean recortados del presupuesto carcelario.

Alexis ladeó su cabeza con coquetería y le miró a través de sus largas pestañas.

—Algo así.

Reece alcanzó el pomo de la puerta y tiró de él para cerrarla echándola al pasillo.

—De esta forma no conseguirás mi voto, Alexis. Ya lo sabes. Así ya lo has intentado. ¿Te acuerdas?

Reece no conseguía entender por qué le había parecido atractiva en su día. Y le costaba creer aún más que había tenido relaciones sexuales con ella. La había conocido nada más ser elegido. Había aceptado su invitación para comer con ella para conocerse y, sin darse cuenta, estaba viviendo la fantasía sexual de cualquier hombre cuando de postre le hizo una felación en el asiento delantero del jeep. Habían tenido una aventura apasionada que terminó un mes después, cuando Reece no votó a favor de un importante aumento para las prisiones del Estado. La experiencia le había dejado realmente cabreado y con un sentimiento de haber sido utilizado. No obstante, le había abierto los ojos.

La coqueta expresión de su cara dio paso a un gesto de mal humor.

—Reece, eres demasiado arrogante. Realmente, te consideras mejor que todos nosotros, pero tu idealismo basado en la honradez no conseguirá que se aprueben los proyectos de ley.

—Alexis, estás perdiendo el tiempo.

Drew Devlin avanzó a pasos agigantados camino al ascensor. Devlin era el Presidente del Senado y nunca compartía la postura de Reece, fuese el tema que fuese. La falta de simpatía era mutua y muy pública.

—Dos años más y volverá a dar clases de estudios sociales en la escuela superior.

Reece mostró indiferencia al intento de insulto de Devlin. De una manera intencionada, sonrió y miró a Alexis.

—Dudo que mis métodos sean tan efectivos como los tuyos, pero al menos no trabajo a escondidas —dijo Alexis.

Reece hizo caso omiso de ese comentario atropellado, bajó las escaleras de mármol rosa con aire de indiferencia hasta el vestíbulo y salió a la calle, donde la noche era fría.
Kara puso en marcha la grabadora digital y la metió en el bolsillo mientras torcía la esquina hacia la calle Smith. Iba de camino al aparcamiento del almacén abandonado donde había conocido a su fuente el lunes.

Una furgoneta vieja y destartalada se encontraba en el aparcamiento. Su confidente estaba dentro.

—Matrícula de Colorado: MAI-2431. —Leyó la matrícula en alto sabiendo que quedaría registrada en la grabadora para más tarde.

Cuando entró en el aparcamiento, el hombre salió de la furgoneta, caminó hasta la puerta del pasajero del coche de Kara e intentó abrirla.

Estaba cerrada.

A pesar de sus temores, Kara quitó el seguro, y permitió a un desconocido subir a su coche.

Llevaba vaqueros y una chaqueta gruesa a cuadros; la miró a través de unas gafas de sol baratas y después estiró el cuello para mirar alrededor como si pensara que alguien les había seguido.

—Conduzca.

—De acuerdo. —Kara dio marcha atrás en la calle desierta, en dirección de vuelta a Québec, y no hizo caso de la vocecilla interior que le advertía que tuviera cuidado con ese individuo—. Sabe mi nombre. Sabe dónde encontrarme. Le he dado mi palabra de que no le voy a delatar. Ahora le toca a usted decirme quién es y por qué nos reunimos en un aparcamiento abandonado a las afueras de la ciudad.

El hombre seguía mirando por encima del hombro.

—Henry Marsh.

Kara había vivido experiencias como ésta más veces, y sabía que la gente se ponía muy nerviosa cuando decidía romper filas y divulgar actuaciones ilegales que sus jefes y compañeros de trabajo encubrían. Parecía muerto de miedo. Sus movimientos espasmódicos, su respiración acelerada y su sudor eran prueba de ello.

O era paranoico, o realmente estaba aterrorizado.

Fingiendo un estado de calma que realmente no sentía, Kara se dirigió a él con un tono suave y tranquilizador.

—Seguiré conduciendo, señor Marsh. Nadie nos sigue. Dígame por qué un pedazo de hombre como usted está tan intranquilo.
Dos horas más tarde, Kara se abrió paso en el desordenado despacho de Tom.

Él la miró desde el ordenador.

—Siéntate McMillan. ¿Qué tal?

Kara se sentó, con una libreta en una mano y una taza de té en la otra.

—Es capataz de Northrup Mining Corporation, una explotación minera al norte de Denver. Si lo que dice es cierto, y tengo razones de peso para creerlo, el vertido de sustancias tóxicas es solo uno de los múltiples delitos medioambientales que se están cometiendo allí.

Tom escuchaba, de vez en cuando le hacía alguna pregunta, mientras ella le contaba que su fuente había ido a trabajar a Northrup hacía tres años, y que enseguida había sido consciente de que pasaba algo raro. Los datos sobre emisiones que apuntaba durante el día eran modificados en el cambio de turno. Los aceites y disolventes que presuntamente eran almacenados en instalaciones destinadas al almacenaje de residuos tóxicos, en realidad se guardaban en viejos bidones y luego desaparecían por arte de magia. Y el supuesto sistema de control de la contaminación atmosférica, situado en el edificio principal, no funcionaba desde antes de que él llegara a la fábrica. Sin embargo, los informes que la empresa presentaba al Estado afirmaban un funcionamiento perfecto, lo que suponía la absorción de millones de agentes contaminadores. Ya que la empresa pagaba al Estado según la cantidad de este tipo emisiones, la mentira de Northrup les podía suponer un ahorro de cientos de miles de dólares al año.

Tom frunció el ceño pensativo, juntando sus cejas pobladas.

—¿Tiene algún interés personal en la empresa?

Kara ya había pensado en ello. La regla de oro cuando se trabaja con un soplón es averiguar si tiene alguna motivación personal respecto a la empresa.

—Asegura que su historial está limpio, excepto por un altercado con otros trabajadores que él mismo denunció y ganó con la ayuda del sindicato. No obstante, puede que esté mintiendo. No hay manera de saberlo con seguridad, a menos que preguntemos en Northrup, pero entonces lo estaríamos delatando.

—¿Algún informe de Northrup?

—Estoy preparando una solicitud pública de su historial que acabaré tan pronto como terminemos aquí. La tendré lista antes de irme: si el Departamento de Salud o la EPA tienen algo archivado, lo encontraré.

Tan pronto como el gobierno del Estado recibiera su solicitud de documentos públicos, los trabajadores del Departamento de Salud tendrían un plazo de tres días para responder según la ley. No es que el gobierno siempre cumpliera, pero para eso estaban los abogados y los tribunales.

—Solicita cualquier estudio sanitario realizado en la zona. Puede que existan focos cancerígenos o brotes asmáticos en las zonas periféricas a la fábrica.

—¿Se te ocurre algún otro sitio donde pueda mirar? Los ojos azulados de Tom se cruzaron con los de ella. —Siempre te queda ir a la fábrica, pero claro, sería una visita ilegal.

Kara movió la cabeza expresando sus dudas. —Veré lo que puedo hacer.
—No puedo creer que accediera a esto. —Kara conducía el coche de Holly por la autopista en dirección a la fábrica Northrup y miró su reloj. No había podido llevar su coche debido a la inscripción del Colegio de periodistas de Colorado en la matrícula—. No deberías estar aquí. Esto no es un juego.

—Oye, no puedes pretender pasarlo bien tú sola. Holly iba en el asiento del pasajero con una falda larga negra y una blusa de seda roja. Parecía tan ilusionada como un niño de camino al zoo.

—Yo no llamaría pasarlo bien a entrar ilegalmente en un sitio, más bien es un delito grave.

—Kara, no me puedes engañar. Tú vives para esto.

Kara no podía negar que la descarga de adrenalina era realmente estimulante, pero no quería darle la razón a Holly.

—Tú entrevistas a estrellas del rock, actores de cine, estrellas de la televisión. ¿No crees que acercarte a Bono después de un concierto de U2 en Red Rocks cuenta como pasarlo bien?

—Sin ninguna duda. Pero no supone ningún riesgo. Sin riesgo no hay gloria. Vuelve a contarme cuál es el plan.

Kara localizó la entrada de Northrup debajo de la autopista por la que iba, salió de la carretera y paró el coche.

—En un par de minutos, en teoría, tengo que entrar por esa entrada y seguir al camión de riego que estará allí esperando. Tengo que seguirle a distancia a través de la verja de entrada y el puesto de control. Cuando el camión gire a la izquierda, supuestamente tengo que girar a la derecha. Si sigo la carretera, dice que llegaré a una nave de madera. Más allá de los árboles, pasando la nave es donde vierten los bidones. Sacaré unas cuantas fotos que me sirvan de prueba y luego volveremos por el mismo camino.

Holly juntó las manos dando una palmada.

—Dios mío, es como en las películas.

—Si fuera una película, yo sería Julia y tú Brad, nos dispararían y, de alguna manera, nos las arreglaríamos para parecer divinos y enrollarnos rodeados de balas.

—¿Balas? —Holly parecía repentinamente preocupada—. ¿Qué se supone que harán exactamente si nos pillan?

—Llamar a la poli. Hacer que nos arresten. Meter nuestros culos en el calabozo.

—Eso no suena demasiado bien.

—Ya te lo advertí. Pero no nos van a pillar. Me dijo que muchas mujeres entran con sus coches para recoger a sus maridos a esta hora del día porque hay un cambio de turno, nadie se va a fijar en dos mujeres más.

—Esperemos.

—Sí, esperemos. —Kara miró de nuevo el reloj y sintió el pulso acelerado—. Empieza la función.

Volvió a la autopista, condujo el cuarto de milla que le quedaba hasta la salida y entró en la propiedad de Northrup.

Había grandes carteles a ambos lados de la carretera: «No entrar. Los intrusos serán perseguidos por la ley».

—Maravilloso —se quejó Holly.

—Ya te dije que no vinieras. Ahora es demasiado tarde para dejarte aquí.

Enfrente de ellas, un camión grande verde y blanco se metió en la carretera, regando el asfalto a través de unas mangueras que pulverizaban agua por la parte trasera.

Kara miró el reloj. Tres en punto.

—Justo a tiempo.

—Bueno, ahora sé lo que es un camión de riego. ¿Por qué hacen eso?

—Lo hacen para humedecer la grava mineral del suelo. El agua mineral pulverizada ayuda a mantener el polvillo fuera del aire. Ahora solo tengo que seguirle a una distancia prudencial y ver adonde nos lleva.

«Tranquilo, señor Marsh». Kara sabía que no podía oírla, pero de todas formas le mandó pensamientos tranquilizadores. El pobre hombre se había quedado de piedra cuando Kara le sugirió por primera vez que le ayudara a entrar en la planta.

—Si me relacionan con usted, no quiero imaginar lo que pueden hacerme a mí o a mi familia.

Kara había intentado tranquilizarle.

—A mí, pueden arrestarme, pero a usted no pueden hacerle nada. Hay leyes federales que protegen a las fuentes en caso de represalias.

—Las leyes no valen de nada si estás muerto.

—Nadie va a morir, señor Marsh.

Para su sorpresa, se había tranquilizado y él mismo había ideado el plan. Y hasta ahora estaba funcionando a las mil maravillas.

La carretera giraba hacia el oeste, y un muro de hormigón acabado en alambrada apareció ante ellos. Una cabina de control separaba el carril derecho del izquierdo, pero nadie estaba en el puesto. Era el cambio de turno.

Kara sonrió cuando lo cruzaron.

—A pedir de boca.

Habían recorrido una pequeña distancia cuando el camión de riego cruzó una serie de carriles y giró a la izquierda.

Kara divisó una carretera embarrada a la derecha y se metió en ella.

—Holly, respira.

Holly tomó aire profundamente, tenía las manos cerradas en un puño sobre el regazo.

Kara siguió la carretera, sin quitar ojo al espejo retrovisor, hasta que se vieron rodeadas de una plantación de álamos. En el Oeste, donde había álamos, había agua. No podían estar muy lejos.

Habrían conducido medio kilómetro más o menos cuando encontraron una nave de madera a su derecha. Su corazón latía a toda velocidad, paró el coche, miró a su alrededor y comprobó que no había nadie.

Era ahora o nunca.

—Quédate aquí. Si alguien nos descubre, dile que estaba conduciendo y me puse enferma.

En realidad, era Holly la que parecía verdaderamente enferma.

—Vale, pero no tardes mucho. Este sitio me pone la piel de gallina.

Kara cogió la cámara digital, abrió la puerta y se apresuró detrás del edificio. El tenue olor a carbón quemado, trasportado por el frío viento, le hizo cosquillas en la nariz. La nieve crujía bajo sus pies y sus huellas quedaban grabadas a medida que se adentraba entre los árboles. Marcas embarradas de neumáticos y docenas de huellas desgastadas de zapatos hacían intuir que se encontraba en el lugar donde habían sido tomadas las fotografías, tal y como le había dicho Marsh.

Y entonces lo vio.

Un poco más adelante, había una acequia unida a un pequeño lago congelado. Los bidones oxidados flotaban medio sumergidos en el hielo como gemas de escaso valor, entre los hollejos del verano anterior. El hielo tenía un color verde enfermizo y el agua de debajo parecía iridiscente. En varios sitios, un oscuro líquido denso yacía encima del hielo. Los últimos vertidos, imaginó.

Kara sintió cómo se encendía de rabia por dentro. Esto parecía la idea brillante de alguien para reducir costes. Fuese lo que fuese todo aquello, estaba segura de que esa persona dejaba mucho que desear. Estaba claro que ese líquido estaba filtrándose en el agua y extendiéndose por las propiedades de otras personas. La gente de los alrededores utilizaba agua supuestamente potable para beber, lavar, regar y dar a sus animales. Si realmente las toxinas habían alcanzado el agua subterránea, había muchas posibilidades de que las personas, el ganado, y los cultivos también estuvieran contaminados.

Con qué razón Marsh estaba tan preocupado. Un delito medioambiental de tal magnitud podía mandar a más de uno a la cárcel, por no mencionar la multa que la empresa tendría que afrontar. Fuese quien fuese el que estaba detrás de esto, seguramente sería capaz de hacer cualquier cosa para mantenerlo en secreto.

Un escalofrío que nada tenía que ver con el frío recorrió su cuerpo. Tenía que retratar aquello y salir de allí cuanto antes. Cogió la cámara y, sin pararse a buscar una buena composición, empezó a disparar lo más rápido que pudo.

Alguien pagaría por esto. Ella se encargaría de ello personalmente.

A continuación, en un acto reflejo, metió la mano en el bolsillo en busca de la bolsa vacía del sandwich del mediodía. Había comido el sandwich mientras conducía y por suerte no había tirado la bolsa. Pisando con cuidado, se acercó hasta el borde del hielo y, usando un palo para romperlo, metió un trozo en la bolsa. Un buen laboratorio químico debería ser capaz de decirle con exactitud qué sustancias contenía y si realmente eran tóxicas. De hecho, olía muy mal, como a líquido de frenos pero peor.

Cerró la bolsa, volvió deprisa al coche, se deslizó tras el asiento del conductor, y le dio la bolsa y la cámara a Holly.

—Salgamos de aquí.

En silencio, Kara dio la vuelta al coche y volvió por el mismo camino. Giró a la izquierda por la carretera asfaltada y, poco después, divisó la cabina de control frente a ellas.

Un guardia de seguridad vestido de uniforme estaba sentado en su puesto. Su labor era comprobar la identidad de los que intentaban entrar en las instalaciones.

—No nos mires —murmuró Kara entre dientes—. Ni siquiera nos ves.

Despacio, con naturalidad, atravesó el puesto de control con el coche. Tras pasar con éxito, Holly suspiró aliviada.

—Suave como la seda.

Cuando finalmente llegaron a la autopista, Holly encontró su lengua.

—¿Qué fue eso?

—¿Qué fue el qué?

—Ya sabes. Eso de no nos mires. Ni siquiera nos ves.

—No me digas que nunca viste La guerra de las galaxias. —Kara sonrió, sintiendo los efectos embriagadores de la adrenalina—. Fue un truco mental jedi.


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