Capítulo 1




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Capítulo 5


Reece miró el reloj mientras el Comité auditor legislativo continuaba una audiencia interminable. Supuestamente, tenía que irse en veinte minutos para recoger a Kara, pero las declaraciones se estaban alargando. Aunque le encantaría excusarse —había más que suficientes compañeros para un consenso sin él— no quería que la mayoría se inclinara a favor de Devlin, quien, como presidente del Senado, se había elegido a él mismo presidente del Comité. Devlin tenía los valores éticos de un vendedor de pieles de foca. No había ley que no estuviera dispuesto a modificar para su propio beneficio, ni cosa alguna que no fuera capaz de vender. Sus prioridades, según los conocimientos de Reece, se basaban en cualquier cosa que aumentara el tamaño de su ego.

Por otro lado, si Reece cancelaba su cita con Kara, sabía que no habría una segunda cita. Es más, estaba verdaderamente sorprendido de que todavía no hubiera llamado para cancelarla. Sabía que la idea de salir con él no la entusiasmaba demasiado. ¿Era solo el posible conflicto de intereses lo que le echaba para atrás, o en realidad no estaba interesada en él?

—Lo importante, señor Presidente, es que aparentemente hay más de un puñado de senadores que están cargando facturas al Estado sin ser correctas. —Carol, directora de la administración del Senado, estaba enfureciéndose claramente con la constante táctica de cerrojo.

—A mi entender, este asunto debería tratarse directamente con los senadores que están causando el problema. ¿Por qué dedicarle el tiempo de este comité? —La voz de Devlin sonaba con aires de superioridad.

Sus palabras provocaron que el resto de miembros de su partido asintieran con la cabeza.

Una expresión colectiva para ultrajar a Carol que mostraba un gesto de indiferencia.

—Hasta ahora, se está haciendo caso omiso de nuestros esfuerzos, señoría. Sin ninguna duda, el sistema no está funcionando debidamente. Este comité tiene la obligación de vigilar el comportamiento de los legisladores y de los organismos gubernamentales en lo que al Estado se refiere. Sugiero que el comité adopte una medida de investigación en relación con este problema. ¿O es que los senadores no están dispuestos a examinar a sus iguales?

Reece se percató de una fuerte tensión entre ellos y se dio cuenta de que para Devlin era algo personal. Puede que él mismo estuviera abusando del sistema. Reece decidió comprobar su teoría.

—¿Está sugiriendo que el comité audite todos los gastos de los senadores? —se dirigió a Carol.

Devlin giró la cabeza, y Reece no pasó por alto sus ojos alarmados.

—Ella no ha dicho tal cosa. No pongas tus palabras en su boca, Sheridan.

En la primera fila, los periodistas, que parecían haber entrado en un estado de coma, despertaron y se pusieron a escribir a toda prisa. Estaban deseando, Reece lo sabía, un nuevo enfrentamiento entre los dos.

Pero fue Carol la siguiente en hablar.

—Eso es exactamente lo que estoy proponiendo, senador Sheridan. Lo único que necesitamos es la autorización de este comité y la consiguiente cooperación de cada senador.

Reece sonrió. La reunión estaba a punto de finalizar, e iba a conseguir que Devlin abandonara la sala con un fuerte ardor de estómago.

—Entonces, presentaré una moción para que este comité lleve a cabo una auditoría de los gastos de los senadores en un plazo de treinta días. ¿Responde esto a sus preocupaciones, señora?

Carol tenía un gesto triunfal.

—Sí que lo hace, senador.

Dos escaños más abajo, el senador Miguel de la Peña se incorporó sobre su micrófono. Él y Reece habían asumido el cargo el mismo año y, enseguida, se habían hecho aliados y después buenos amigos.

—Apoyo la moción, señor presidente.

Reece cruzó su mirada con el furioso Devlin.

—Señoría, la moción ha sido propuesta y secundada. Le corresponde a usted llamar a votación.
Kara se miró al espejo mientras se peleaba con la cremallera de la falda. Sentía un cosquilleo en el estómago. Tenía que haber llamado a Reece para cancelar la cita. Entonces, estaría libre para disfrutar de una noche tranquila con Connor en vez de estar nerviosa y perder el tiempo tratando de impresionar con su aspecto a un hombre que probablemente buscaba un polvo fácil. ¿Quién podía culparle? Después de todo lo que le había dicho, tenía razones más que justificadas para pensar eso.

«Yo he aprendido muchas cosas sobre ti, querida».

Ella tenía la culpa. Él no la conocía de antes.

Incapaz de mantener su cremallera sin abombarse, se quitó la falda rápidamente y la lanzó al suelo junto con otras prendas que ya se había probado. Entonces, se colocó frente a su catastrófico armario. No era de su estilo darle tantas vueltas a lo que se iba a poner. No obstante, no se había sentido ella misma durante todo el día.

Apenas se había podido concentrar en el trabajo. Los resultados del laboratorio sobre el trozo de hielo que había recogido en Nordirup no estarían listos hasta mediados de la semana siguiente y, por otro lado, el Estado tenía hasta el lunes para responder a su petición pública de archivos. Había intentado concentrarse en los documentos que Marsh le había entregado, solo para mantener la mente alejada de Reece.

La sensación intensa de sus brazos rodeándola mientras evitaba que cayera sobre la nieve. El cálido roce con sus dedos en la mejilla mientras le apartaba un mechón de pelo de la cara. Su irresistible sonrisa.

Ningún hombre tenía el derecho de ser tan sexy.

No, se corrigió a sí misma, Reece Sheridan no era un hombre. Era un político. Siempre que no olvidara esto no tendría problemas.

Miró el reloj despertador y sintió un nudo en el estómago. Reece llegaría en quince minutos y aún no estaba vestida.

—¿Qué es esto mamá? —Connor sujetaba una máscara de pestañas. Tras cansarse del DVD de Bob esponja que ella le había puesto para que se entretuviera, se puso a jugar con los botes de su tocador.

—Es rímel. Sirve para alargar y oscurecer las pestañas de las mujeres. —Revolvió entre la horrible colección de ropa de trabajo y alcanzó el vestido de terciopelo negro que había llevado a la última fiesta de Navidad.

—¿Por qué quieren las mujeres alargar sus pestañas?

—Porque somos tontas y pensamos que con unas pestañas más largas y más oscuras vamos a conseguir que los hombres se enamoren de nosotras. —Dejó caer el vestido sobre su cabeza, tiró de él hacia abajo y se miró en el espejo. El suave género quedaba pegado a su cuerpo, mientras que el bajo escote de princesa le hacía más pecho del que tenía. ¿Por qué iba él a pensar que se había arreglado para impresionarle? Naturalmente, no quería que él supiera que había hecho un esfuerzo especial al prepararse para esta cita.

—¿Va a enamorarse un hombre de ti?

Kara se puso de lado y miró su perfil.

—En esta vida, creo que no.

Sonó el timbre de la puerta.

Su corazón dio un vuelco, y corrió a la ventana de la habitación.

La niñera.

—Connor, ven. Sierra ya está aquí.

Kara le explicó rápidamente a Sierra lo básico —cuánto tiempo calentar la comida de Connor en el microondas, qué DVDs eran los que más le gustaban ahora, dónde localizarla en caso de necesidad— intentando no prestar atención al continuo golpeteo contra los dientes del metal de su nuevo piercing de la lengua. Se acababa de poner unas medias negras y unas botas de estilo Victoriano, cuando volvió a sonar el timbre.

Con el pulso acelerado, se miró al espejo por última vez y retocó su pintalabios.

«¿En qué demonios estabas pensando McMillan?».

Le dio la espalda al espejo, se obligó a respirar profundamente, y caminó al fondo del pasillo para abrir la puerta. Trató de creer que era como Holly y que tenía citas con hombres maravillosos todas las noches.

Nuevo hombre, nueva noche.

Abrió la puerta y olvidó que estaba nerviosa, olvidó pensar, olvidó respirar.

Él estaba ahí fuera con un abrigo gris largo y una sonrisa en sus firmes y sensuales labios.

—Kara.

A pesar del frío, llevaba el abrigo desabotonado dejando entrever una camisa blanca, una corbata de seda granate y unos pantalones entallados gris marengo.

«Si alguna vez se cansa de la política, siempre está a tiempo de posar para Playgirl».

El pensamiento se apoderó de su mente y luego desapareció dando paso a un sentimiento de rubor.

—Reece, pasa dentro que fuera hace mucho frío. Voy a coger el abrigo.

Dejó la puerta abierta, y caminó hasta el armario de los abrigos al final del pasillo. Acababa de coger el abrigo de vestir, cuando Connor salió de la habitación de ella y empezó a dar saltos por el pasillo con algo en la mano.

—Mamá, ¿qué es este palo que se mueve?

Vio a su hijo, que no estaba a más de dos pasos de Reece, con su consolador violeta en la mano. Y estaba agitándolo y sacudiéndolo hacia delante y hacia atrás.

—¡Por Dios, Connor! —Su cara se enrojeció de golpe mientras se apresuraba a quitárselo de las manos—. Dame eso.

Si en aquel instante hubiese podido hacer que la tierra la tragara, lo hubiese hecho de muy buena gana. Incapaz de mirar a los ojos a Reece y haciendo caso omiso a las risitas sofocadas de Sierra, cruzó el pasillo total y completamente humillada.

«¡Magnífico, McMillan! ¡Ahora el senador Reece Sheridan ha visto tu consolador!».

No había ninguna posibilidad de que lo hubiera confundido con otra cosa que no fuera un aparato sexual porque el maldito aparato tenía la apariencia única de un pene.

Un enorme pene violeta.

Un enorme, violeta, un pene con venas, ¡por Dios!

Se sentía completamente humillada y apabullada, y por un momento pensó en atrincherarse en su habitación y permanecer allí para siempre.

Entonces vio que el cajón de los calcetines estaba abierto. No era difícil imaginar lo que había pasado. Connor había estado con ella mientras se ponía las medias. Ella debió de olvidar el cajón abierto. Y encontró el consolador dentro, justo donde lo había dejado la noche anterior tras fantasear sobre cierto senador.

Metió el aparato de nuevo en el cajón, lo cerró de un empujón, y se sentó en el borde de la cama.

No sería capaz de volver a mirar a los ojos a Reece Sheridan.
Reece se mordió la lengua y se prometió no reírse. Había visto la cara de espanto de Kara y sabía que estaba realmente avergonzada.

«Palo que se mueve».

—El mío es negro —comentó la joven niñera encogiéndose de hombros antes de dirigirse a la televisión y empezar a repasar entre una montaña de DVDs.

Reece se mantuvo firme y se arrodilló para ponerse cara a cara con el hijo de Kara.

—Tú debes de ser Connor.

El niño era adorable, tenía rasgos faciales élficos como su madre, su pelo negro, y dos grandes ojos marrones. Miró a Reece con curiosidad y asintió con la cabeza.

—¿Quién eres?

—Me llamo Reece, y a mí también me gustan los Broncos. —Señaló la camiseta de los Broncos de Denver que llevaba Connor. —Apuesto lo que sea a que tienes tu propio balón.

Connor sonrió asintiendo.

—¿Quieres verlo?

—Ya lo creo. —Reece se descubrió intentando adivinar quién era el padre y por qué Kara no se había casado con él.

Connor se giró y corrió a lo largo del pasillo, en ese instante su madre reapareció.

Llevaba un vestido de terciopelo negro que parecía dibujado sobre su esbelto cuerpo. Tenía suficiente escote como para revelar las suaves curvas de su pecho. Llevaba su larga melena oscura recogida con un pasador. Unas perlas sencillas adornaban sus orejas. El aroma de su perfume flotaba dulcemente en el aire a su alrededor.

Clásica. Elegante. Pero también sexy.

El instinto visceral de Reece era saltarse la cena y centrarse en satisfacer un hambre más básico. Quería quitarle el vestido cuanto antes, arrancarle poco a poco el terciopelo negro y dejar que sus manos saborearan su piel sedosa. Pero primero utilizaría su boca para esparcir el pintalabios rojo brillante por todas partes.

Por desgracia, sabía que eso no era lo que ella tenía en mente.

—Reece, lo he estado pensando y puede que esto no sea una buena idea. —Kara no le miró a los ojos, y él sabía que estaba avergonzada.

—Pues yo creo que es la mejor idea que he tenido en mucho tiempo. Estás guapísima. —Reece cogió el abrigo del brazo de Kara y lo sostuvo para que se lo pusiera, sin ni siquiera considerar la posibilidad de irse sin ella—.Vas a venir a cenar conmigo. Hablaremos. Nada más.

Ella le miró a los ojos intentando medir la sinceridad de sus palabras, después se dio la vuelta y metió los brazos en las mangas del abrigo.

—Está bien.

En ese momento, Connor irrumpió en el pasillo, con un balón naranja y azul en la mano, y lanzó un pase peligroso directo a la ingle de Reece. Reece lo cogió al vuelo y se lo tiró suavemente de vuelta.

—Es un buen balón, socio. Tienes un buen brazo. La próxima vez que venga haremos unos tiros.

El niño sonrió, luego corrió a través de la sala como si fuera a hacer un touchdown.

—Sierra, llámame si necesitas cualquier cosa. Connor, pásalo bien. ¿Tienes un beso para mami?
Kara esperó hasta que estuvieron sentados en el restaurante —un restaurante de lujo llamado Lausidio Ristorante Italiano— para sacar el tema.

—El modo de comportarme la noche que nos conocimos... Deberías saber que yo no soy así.

—Teniendo en cuenta todo lo que habías bebido, creo que te las arreglaste bastante bien. —Su voz sonaba seria, pero Kara no pasó por alto que sus labios dejaban entrever una sonrisa contenida—. Dudo mucho que alguien pueda beber tres margaritas en el Río y no decir nada... alegre.

—Aprecio tu tolerancia y espero que me entiendas si digo que no he venido aquí para acostarme contigo.

Reece levantó las cejas.

—Me alegro, porque de no ser así te decepcionaría. Yo he venido aquí a comer.

Kara sintió que se enrojecía. Por lo general, ella nunca se sonrojaba.

—No quise decir... Bueno ya sabes lo que quiero decir.

Reece tomó un sorbo de su vaso de agua y asintió.

—Esta es tu manera de decirme que te avergüenzas de las cosas que dijiste el otro día y de asegurarte al mismo tiempo de que entienda que no vas a acostarte conmigo esta noche.

Aliviada de haber sacado el tema, Kara asintió.

—Exactamente.

Reece posó el vaso de agua y la miró, sus ojos azules se clavaron en los de ella.

—Si solo buscara un polvo fácil, hubiese aceptado tu invitación del otro día a una taza de té. Entonces estabas más que deseándolo, pero rechacé tu invitación. ¿Te acuerdas?

«Hoy no. Vuelve a pedírmelo cuando no te hayas tomado tres copas».

Por segunda vez en menos de un minuto, Kara sintió arder las mejillas. Cerró los ojos y respiró profundamente.

—Lo siento, Reece. Parece ser que no paro de hacer y decir estupideces cuando estoy contigo. ¿Podemos empezar de nuevo?

Él sonrió.

—Claro.

Kara se inclinó hacia delante y le dio la mano.

—Hola, soy Kara McMillan.

El le cogió la mano y acarició la palma con su pulgar. No era el saludo convencional de darse la mano que ella esperaba.

—Encantado de conocerte, Kara. Soy Reece Sheridan.

Cuando Reece le soltó la mano, su corazón palpitaba mucho más rápido de lo normal.

El camarero vestido de esmoquin se acercó,

—¿Ya han decidido que van a tomar? ¿Qué les parece un vino y un aperitivo?

La carta de vinos tenía el tamaño de una carpeta de tres anillas. Kara le había echado un vistazo y había quedado alucinada con lo que podía llegar a costar una botella de vino. ¿Realmente, bebe esto la gente?

Reece saltó directamente a una página y miró a Kara.

—¿Te fías de mí?

—Sí. —La pregunta la había cogido de improvisto y había respondido inconscientemente. ¿Confiar en él? Apenas le conocía.

Reece miró al camarero.

—Tomaremos una copa de Lacryma Christi del Vesuvio 1999 Mastroberadino y de aperitivo, polenta con funghi. —Pronunció las palabras en italiano como si hablara italiano.

El camarero le miró sorprendido y sonrió.

—Conoce bien los vinos italianos, señor.

—Sólo algunos. ¿Te gusta la carne, Kara?

Kara asintió mientras echaba un rápido vistazo al menú.

—Entonces, apunte dos vitello saltimbocca, por favor, con una botella de Barolo 2000 Ginestra Domenico Clerico.

Hasta ahora, ningún hombre había pedido por Kara. Estaba dividida entre un extraño sentimiento de deleite femenino y otro feminista de irritación. Entonces, llegó la comida; primero, el aperitivo de polenta y setas; después, el tierno solomillo de ternera. Kara no podía sentir más que gratitud. Y pese a que Kara no entendía nada de vinos, la variedad que Reece había seleccionado le había encantado. En conjunto, era la comida más deliciosa que había saboreado en años. Cuando el camarero retiró los platos, se sentía sorprendentemente relajada.

Observó a Reece mientras vertía en las copas el vino que quedaba en la botella de Barolo.

—¿Por qué te decidiste por la política?

—Creí que habíamos acordado no hablar sobre el trabajo. —Posó la botella vacía en la mesa y se reclinó, copa en mano, apoyándose en el respaldo de la silla.

Kara no pudo evitar fijarse en lo ancho de su espalda en comparación con el respaldo de la silla y, sin darse cuenta, lo estaba desnudando con la mirada. ¿Serán sus brazos fuertes y musculosos? ¿Tendrá mucho pelo en el pecho, o más bien poco? ¿Tendrá los pezones rojos como el vino, o serán morenos y marrones?

—Me gustaría que me lo contaras.

—Mis estudiantes me retaron a presentarme como candidato. Aquel año, daba clase de política americana a los de primero y segundo de bachillerato. Un día, di un apasionado discurso sobre la imperiosa necesidad que tienen los ciudadanos de participar activamente en política si queremos que la democracia triunfe. Me tomaron la palabra y me dijeron que si creía en lo que decía debía presentar mi candidatura.

—Entonces te presentaste.

—Sí, decidí que tenían razón. Aparte de eso, pensé que la experiencia de la vida real era mejor que un libro de texto. Lo que fuera que aprendiese me serviría para enseñar a mis alumnos.

—¿Piensas volver a la enseñanza?

—No soy un político vocacional, si es lo que preguntas. Cuando empiece a sentir que mi trabajo ya no contribuye positivamente o los votantes se cansen de mi, volveré a hacer lo que realmente me gusta.

Kara empezaba a arrepentirse de haberle preguntado esto. Durante la cena, se había repetido en numerosas ocasiones que no era un hombre, sino un político motivado por un ego descomunal y una ambición insana. Ahora Reece había hecho añicos su teoría. Estaba consiguiendo que ella lo viera no solo como un hombre —un hombre increíblemente sexy— sino como un hombre aparentemente decente. De hecho, no conocía a nadie que hoy en día presentara su candidatura únicamente para ayudar a la gente.

Permanecieron sentados en silencio durante unos segundos.

—Entonces, ¿te gustan los niños? Estaba segura de que conocía la respuesta, más bien la temía.

«Por favor, que diga que odia a los niños».

—Adoro a los niños. Tienen una forma peculiar de ver las cosas. Si tenemos alguna posibilidad de mejorar el mundo en que vivimos es a través de ellos.

Deslizó sus dedos sobre la base mojada de su copa, pensando en cómo su lista mental de motivos en contra para pasar tiempo con Reece se reducía peligrosamente.

—¿Melanie es tu única hermana?

Negó con la cabeza.

—Soy el mayor de cuatro hermanos, tengo un hermano y dos hermanas. Mis padres se divorciaron cuando tenía nueve años. Los tres pequeños se fueron a vivir con mi madre y su familia a Texas, mientras que yo me quedé con mi padre en Denver. Melanie se acaba de mudar hace dos meses. En realidad, nos estamos conociendo.

—Eso suena a una infancia muy solitaria. Ha tenido que ser muy duro crecer con tu madre y tus hermanos tan lejos.

Reece se encogió de hombros.

—Supongo. Creo que mi madre me veía como el hijo de mi padre, mientras que mis hermanos eran sus verdaderos hijos.

Kara no podía entender que una madre abandonara así a su propio hijo.

—¿Estáis tú y tu padre muy unidos? —Un gesto de tristeza se apoderó de su cara y bajó la mirada hacia la mesa—. Lo siento. Puede que esa pregunta sea demasiado personal, ¿verdad?

—No, Kara. Me puedes preguntar cualquier cosa. —Miró hacia arriba y esbozó una triste sonrisa—. Mi padre murió el pasado mes de mayo, en un accidente de coche en la A-25.

Entonces, Kara recordó haberlo visto en un titular. Ni siquiera se había molestado en leer el artículo. Para ella, había sido una noticia más entre muchas, impresa en papel de periódico. Para él, había representado un inmenso dolor, la pérdida de un ser querido.

—Lo siento mucho.

Reece estiró el brazo por encima de la mesa, le cogió la mano y acarició la palma con el dedo pulgar. El contacto era tan intenso que Kara quedó sin respiración.

—Gracias. Y sí, estábamos muy unidos.

El camarero se acercó con la bandeja de postres.

—¿Han probado alguna vez el tiramisú de la casa?

Kara negó con la cabeza, incapaz de articular palabra. Una vez había visto un reportaje en el Discovery Channel que explicaba que los humanos tenemos muchas más terminaciones nerviosas en las manos que en la mayoría de las partes del cuerpo. Pensó que tenía que ser verdad, ya que todos los nervios desde sus dedos hasta su muñeca estaban bien vivos y no paraban de hormiguear.

—Entonces debes probarlo. Compartiremos una porción con dos copas de Reciotto dellaValpolicello 1997 Mazzi.

—De acuerdo. —El camarero se fue deprisa, con una amplia sonrisa en la boca.

—Ya hemos hablado suficiente de mí, Kara. Me has estado entrevistando toda la noche. Ahora me toca a mí. —Se inclinó hacia delante en la silla, mientras seguía agarrándole la mano. —Háblame de tu familia.

Distraída con sus caricias y con su ardiente mirada, intentó encontrar su voz.

—Realmente no hay mucho que contar. Sólo somos mi madre y yo. Mi padre nos abandonó cuando yo aún era un bebé. No llegué a conocerlo.

Reece interrumpió sus continuas caricias para darle un apretón comprensivo.

—Ha tenido que ser duro para las dos.

Incapaz de resistir el impulso, Kara le devolvió sus caricias pasando los dedos lentamente sobre los nudillos de Reece. Se sentía mareada, casi embriagada, pero no era a causa del vino.

—Mi madre nunca lo admitiría. Según ella, fue lo mejor que él pudo hacer por nosotras dos. Ella es un poco... libre de espíritu. Nunca volvió a casarse y juró que no necesitaría ningún hombre en su vida.

—A pesar de lo que ella pensaba, para ti tuvo que ser difícil crecer sin un padre.

Kara sintió un extraño malestar que había conseguido evitar durante su adolescencia. Intentó combatirlo al tiempo que un sentimiento de irritación se apoderaba de ella. No había pensado en su padre durante años y no podía explicarse por qué la pregunta de Reece —similar a las que ella le había formulado— le había provocado una respuesta emocional de ese tipo. Se alegró cuando el camarero les interrumpió con un plato de tiramisú, dos copas de vino y dos cucharillas.

Reece se percató del repentino estado emocional de Kara y decidió dejar el tema. Estaba a punto de preguntarle si su madre y ella no habían sentido nunca la necesidad de una presencia masculina en sus vidas. Después de todo, ella, al igual que su madre, estaba criando un hijo sola. Pero, de una manera instintiva, Reece supo que esa pregunta era ir demasiado lejos.

Reece cogió con rapidez la cuchara de Kara antes de que ella pudiera alcanzarla, partió un trozo pequeño de la tarta y deliberadamente bajó la voz.

—Quiero que tu primer contacto con el paraíso sea a través de mí.

Ella le miró, con los ojos bien abiertos y con un sexy colorete en sus mejillas.

—Estás de broma. ¿Me vas a dar de comer?

Él había conseguido sorprenderla, la había pillado desprevenida. Hasta ahora, ella había conseguido mantener el control. Le había formulado preguntas protegida tras una máscara de periodista, y le había mostrado una imagen seria y contenida de emociones que se correspondía más con la foto de la mujer que aparecía en los periódicos que con la hedonista apasionada que él intuía que era.

—Eso mismo. Ahora prueba. —Le introdujo la cuchara entre los labios y sintió cómo su lengua tiraba de la cuchara hacia dentro.

Kara cerró los ojos y gimió.

¡Dios! Toda la sangre se concentró en su polla y, sin que pudiera hacer nada para remediarlo, se puso dura.

¿Realmente él habría prometido que lo único que iban a hacer aquella noche era hablar? En fin, sí, aunque con menos palabras. Y ella le había dejado claro que no quería nada más de él, por ahora.

«Deberías saber que yo no soy así».

Pese a su continuo intento de esconder su verdadera naturaleza, no había conseguido engañar a Reece. El tequila —y ahora el tiramisú— revelaban una parte de ella que hasta ahora había mantenido oculta. Además, ninguna mujer que tuviera un enorme consolador violeta podía contener su sensualidad para siempre. Y, a pesar de su creciente erección, podía ser un hombre con paciencia, siempre que la recompensa fuera un buen dulce.

—¡Delicioso!

Reece partió otro pedazo y se lo metió en la boca.

Esta vez lo comió ansiosamente y volvió a gemir.

—Nunca había probado nada tan bueno.

Él le dio otro trozo. Se imaginó besándole la boca y sintiendo sus labios sobre su palpitante erección.

—Este tiramisú es un orgasmo culinario —dijo Reece.

Nada más pronunciar la palabra orgasmo, cruzaron sus miradas, y él vio una respuesta en su cara que esta vez nada tenía que ver con sus gustos culinarios.


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