Capítulo 1




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Capítulo 6


Reece entró en el camino de entrada y apagó el motor. Había estado callada desde que salieron de la autopista y entraron en la ciudad. ¿Acaso pensaba que él pretendía cobrarse la comida con sexo? ¿Habían intimado demasiado en la conversación? ¿De qué tenía miedo?

Reece no se había imaginado que una mujer tan sensual, lista y con tanto éxito como Kara McMillan se pusiera nerviosa con los hombres. Tampoco sabía que su padre la había abandonado. ¿Qué había significado aquello para una niña pequeña, para una mujer?

—Gracias, Reece. Me lo he pasado muy bien —dijo ella como si no creyera que hubiera sido posible.

—No lo digas tan sorprendida. Además, el placer ha sido mío. —Le cogió la mano. Tenía los dedos fríos—. Por si te lo estás preguntando, mi intención es acompañarte a la puerta y darte un beso de buenas noches. Espero que no tengas objeción.

—No creo que sea una buena idea.

—Sólo un beso, Kara. Nada más. No me digas que la mujer que puso de rodillas al Ayuntamiento tiene miedo de un beso.

Incluso en la oscuridad, podía apreciar el fuego de sus ojos.

—¡Claro que no tengo miedo de un beso! Pero das por sentado que yo quiero.

Se inclinó sobre ella y acarició sus labios con los de él.

—¿No quieres?

Notó cómo respiraba profundamente, sintió el calor que desprendía su mirada y supo la respuesta.

La envolvió con el brazo, probó primero su labio superior, su labio inferior después, cuidando la cadencia. Pretendía penetrar a través de su exterior reservado, despertar esa parte que ella trataba de esconder, obligarla a admitir, al menos a ella misma, que se sentía atraída por él. Trataba de seducirla. Pero no esta noche.

Y entonces los labios de ella se separaron, y su lengua tocó la de él, tímidamente.

Él dejó ir su mano por la oscura seda de su pelo, la empujó contra él y la besó como había deseado durante toda la noche: profunda, caliente e intensamente.

«Te está besando, McMillan».

Fue el último pensamiento coherente de Kara al tiempo que la lengua de Reece penetraba hondo en su boca. Pero no era solo un beso. Era un asalto en toda regla a sus sentidos: el tacto aterciopelado de su lengua, el frescor de la loción para después del afeitado, la presión de su torso.

Si hubiera podido pensar, probablemente lo habría apartado y le habría pedido que parara. Pero no podía pensar, no con el cerebro. De modo que debía de ser otra parte de ella la que decidió que tenía que deslizar sus brazos por detrás de su cuello, agarrarse fuertemente a él y devolverle el beso.

Y esa otra parte de ella estaba ya palpitante y húmeda.

Dios mío, cómo besaba ese hombre. Inspeccionaba al detalle su boca, presionando con la lengua el interior de su mejilla, mojando y secando sus labios e inclinando la cabeza para besarla más profundamente, robándole la respiración, respirando por ella.

Kara estaba perdida en él, perdida en sus movimientos y sentimientos, mientras él la comía, la devoraba, la seducía con su boca. Por la garganta de ella salió un sonido próximo al gemido y sus caderas se irguieron por reflejo, y entonces se escurrió hacia él, con el deseo de acercarse, con la necesidad de acercarse. Hacía tanto tiempo que un hombre no la tocaba, tanto tiempo que un hombre no la besaba.

De pronto, él interrumpió el beso y le deslizó el pulgar por la suave humedad del labio inferior.

—Te he dicho que iba a darte un beso de buenas noches, nada más. Si he de mantenerlo, es mejor que paremos ahora. —Se reclinó sobre el asiento, y Kara oyó el clic cuando él le soltó el cinturón de seguridad—.Te abro la puerta.

Mientras él pasaba por delante del jeep para ir a la puerta del pasajero, Kara trataba de calmar sus temblores. El hormigueo le iba de la cabeza a los pies, su cuerpo temblaba de necesidad. Aunque lo intentaba, no podía dejar de estremecerse.

«¡Ya vale, McMillan!».

Reece le abrió la puerta, la ayudó a bajarse y, sosteniéndole la mano, le dijo:

—Tienes frío.

Incapaz de cruzarse con su mirada, Kara habló sin pensar.

—N... no, no es eso.

Por un instante, Reece frunció el ceño y, después, pareció entenderlo. Asintió sin separar los labios, con un sonido sensual, como si lo supiera perfectamente, y deslizó su dedo por su mejilla.

—Me alegro de haberte provocado esta reacción.

Su frustración sexual se transformó en irritación. Le miró fijamente.

—¿Cómo puede ser que tú estés tan impasible?

El frunció el ceño y contestó:

—¿Impasible?

Sin previo aviso, le agarró el culo y tiró de ella contra él, y Kara notó la inconfundible evidencia de su erección. La tenía dura y enorme.

Ella sintió cómo sus músculos se contraían, fuertemente, y el aire salió estrepitosamente de sus pulmones.

—¡Vaya!

Mirándola con los ojos foscos de un macho hambriento, con voz profunda sensual y ardiente, le dijo:

—Nada de ti me deja impasible, Kara.

Entonces la soltó, deslizó el brazo a lo largo del de ella y la acompañó hasta la puerta, donde se quedaron un momento en silencio.

—Gracias, Reece. Yo...

Él le apretó los labios con el dedo para que siguiera en silencio.

—El viernes, ¿cena en mi casa? Cocino muy bien.

Él seguía ante ella. Su presencia y su cercanía litigaban contra su capacidad para pensar, para respirar. Si tan solo se callara y se marchara. Si tan solo la besara una vez más.

—Vale.

Reece inclinó la cabeza y frotó suavemente sus labios con los de ella.

—Buenas noches, Kara. Que duermas bien.

Y entonces, se fue.
—El problema es que están metiendo los gastos de todos los senadores en una única cantidad. No podemos distinguir entre un gasto legítimo de un senador y la factura de la tintorería. —Era el primer día de la auditoría, y Carol ya se enfrentaba a obstáculos.

Reece se pasó el teléfono a la otra oreja y se arremangó la chaqueta.

—¿Me estás diciendo que no hay registros individuales? ¿Nada de nada?

Stanfield estaba en el umbral de la puerta del despacho de Reece con Galen Prentice y miraba impaciente su reloj.

—Eso es. Nada.

—¿Y qué hay del sistema de nóminas? Seguro que el Estado tiene registros de las compensaciones pagadas a cada senador. ¿Podríamos conseguirlo por ahí?

Stanfield le miró, se dio unos golpecitos en el reloj y pronunció en silencio la palabra «ahora».

—Es probable, pero ya sabes que la mayoría de los senadores se alzarán en pie de guerra. Las nóminas nunca son registros públicos.

—Por supuesto que no. Pero el Comité auditor legislativo no es un organismo público. Mira a ver qué puedes hacer y mantenme informado. Tengo que irme. Conferencia de prensa. Y Carol, gracias.

Reece colgó el teléfono y cogió sus papeles con calma a propósito.

—¿Podrías encargarte de eso más tarde? —Preguntó Prentice—. ¡La prensa está esperando!

Reece fingía seguir concentrado en sus papeles.

—Esperarán. No querrán irse sin la historia.

«¿Estaría allí Kara?».

El estómago se le encogió por los nervios ante la idea de verla. Le había costado toda su fuerza de voluntad no haberla llamado durante el fin de semana. No quería precipitarse y asustarla. Tenía la sensación de que si ella sabía el ansia con que la deseaba, jamás saldría con él. Así que había decidido no llamarla hasta mediados de semana, e intentar no pensar no ella hasta entonces.

Había entrenado muy duro en el gimnasio el sábado, levantando pesas hasta que sus músculos quedaron tan agarrotados como si hubiera pasado horas en una rueda de tortura. Había ido al Capitolio para intentar examinar unas decenas de propuestas de ley que se esperaba someter a votación. El domingo había ido a la cabaña que tenía en la montaña y había estado cortando leña. Incluso había cogido la tabla de snowboard para hacer unas bajadas.

Pero en ningún momento, había conseguido apartarla de sus pensamientos.

Quería volver a verla.

¿Verla? Dios, lo que quería era llevarla a la cama. Así de sencillo.

Bueno, no a la cama. El suelo bastaría. Un sofá. La mesa de la cocina. La pila del baño. Incluso la tierra.

Sabía que era fogosa, pero no era consciente de lo que implicaría hasta que ella desatara su pasión. Sólo habían compartido un beso, pero en esos pocos minutos, su reacción le había puesto contra las cuerdas. De hecho, ella se había estremecido en el asiento del coche.

Eso es lo que un beso había conseguido.

No podía ni fantasear en cómo sería si ella estuviera desnuda y él tuviera la cabeza hundida entre sus muslos. Pero su intención era descubrirlo.

La voz enfadada de Stanfield le devolvió al presente.

—¡Nos jugamos mucho con esta propuesta de ley, Sheridan, y no vamos a consentir que no pongas en ello todo tu empeño!

Era el pie que Reece necesitaba. Alzó la vista de los papeles, miró a los ojos a ese viejo desalmado y permitió que su voz adoptara tono de enfado.

—Dejemos algo claro, Stanfield. Acepté encargarme de esta propuesta por elección propia. No trabajo para ti. No tengo que rendirte cuentas a ti, sino a los contribuyentes. Yo decido cuáles son mis prioridades, no tú. ¿Está claro?

El rostro de Stanfield enrojeció.

—Por supuesto, senador. No pretendía...

—Bien. —Reece le interrumpió y pasó junto a él en dirección a la sala de prensa, con un único pensamiento en su mente.

¿Estaría allí Kara?
«Nada de ti me deja impasible, Kara».

Si se lo proponía, Kara aún podía sentir sus labios. Podía sentir el hábil deslizamiento de su lengua, la sorprendente dureza de su pecho y su...

Se hizo a un lado en la autopista, pisó el freno y se dio cuenta de que era demasiado tarde. Había perdido la oportunidad.

Se juró, se ordenó a sí misma:

—¡Deja de pensar en él, McMillan!

Había estado pensando en él todo el fin de semana. Cuando el sábado se le quemó la cena. Cuando metió en la secadora la falda de rayón. Cuando fue al colmado y compró pilas pero se olvidó de comprar leche, pan o huevos. Cuando anoche estaba tumbada en la cama sin poder dormir, con cada nervio de su cuerpo activo y hambriento. Deseándole.

Pero la vida no giraba en torno a sus deseos. Había aprendido esa lección hacía mucho tiempo.

Esperó a que pasara el tráfico, realizó lo que probablemente era un cambio de sentido prohibido y se dirigió en sentido opuesto, dejando atrás la entrada de Northrup Mining. Decidió no pensar más en Reece Sheridan.

Vale, Reece sabía besar de un modo increíble. Eso lo tenía que reconocer. La besó como ella siempre había soñado que la besaran. Dios, ese hombre tenía unos labios que parecían tentáculos, por no hablar de su lengua. ¿Pero quería eso decir que tenía que perder el juicio?

Esa pregunta quedó eclipsada por otra: si así es como besaba, ¿cómo sería acostarse con él?

—¡Basta, McMillan! ¡Basta! —Vio el camino que se presentaba, puso el intermitente y giró.

Se obligó a centrarse en el trabajo. El Departamento de Salud del Estado le había enviado por fax la respuesta a su petición de archivos públicos, pidiéndole una semana para organizar los documentos solicitados, algunos de los cuales estaban supuestamente guardados. Legalmente podían hacerlo. La ley de Colorado únicamente exigía que respondieran en un plazo de tres días. Pero no estaban obligados a ofrecer los documentos en los tres días de plazo. Ahora le quedaba esperar una semana.

Había decidido realizar trabajo de calle. Saldría a entrevistar a vecinos de Northrup, con la esperanza de poder aprovechar el día. Si la planta realmente había estado contaminando el aire y el agua durante los últimos años, seguramente los vecinos habrían notado algo. Quizá algunos habrían sido testigos de actividades extrañas en la planta o en sus alrededores.
Llegó a la primera granja, una casita blanca flanqueada por enormes chopos. Aparcó, cogió la libreta y el bolígrafo, y se metió la grabadora digital en el bolsillo. Después salió al aire gélido de la mañana.

La casa tenía un aspecto decadente, con la pintura deteriorada. Un jardín de flores en completa hibernación ocupaba gran parte de lo que habría sido el jardín de la entrada. Los restos secos de girasoles sobresalían de la tierra helada. Un letrero de madera sobre una pequeña valla, también de madera, anunciaba «El jardín de la abuela».

Kara se dirigió hacia la puerta, subió los peldaños de la entrada y llamó.

Tras lo que le pareció un buen rato, una escuálida anciana con el cabello corto y blanco —probablemente, la abuela-abrió la puerta.

—¿Sí?

—Hola, soy Kara McMillan del Denver Independent. Estoy investigando a Northrup Mining Corporation y me preguntaba si tenía unos minutos para hablar conmigo.

—¿Eres periodista? —La abuela abrió un poco más la puerta.

—Sí, señora. —Kara le enseñó su carné de prensa—. Estoy trabajando en un reportaje acerca de su vecino, Northrup.

—Ojalá no fueran vecinos nuestros. —La mujer abrió del todo la puerta—. Pasa.

Kara entró por un pequeño recibidor que finalizaba en una pequeña cocina. Se percibía en el ambiente un intenso olor a beicon y café. Inmaculadamente limpia, la cocina constaba de una pequeña mesa con cuatro sillas, un viejo fogón y una nevera. Los armarios eran de ese color amarillo chillón que había estado tan de moda en los años setenta. En la pared, había un reloj en forma de gato, balanceando la cola y moviendo los ojos con el tictac de los segundos.

—Siéntate, hija. Voy a buscar a mi marido. —Llevaba zapatillas y un vestido floreado de estar por casa; el blanco de sus pantorrillas se entrelazaba con el morado de sus venas varicosas.

Al momento, volvió y acompañó a Kara hasta el salón: una estancia pequeña y acogedora con un sofá decorado con tapetes de encaje blanco. Un anciano, probablemente el abuelo, estaba sentado en un sillón, con un tubo de oxígeno conectado a sus fosas nasales. Tenía las mejillas hundidas, la boca abierta y un mechón de cabello caído sobre la frente. Pero sus ojos resplandecían. Articuló un sonido y señaló el sofá.

—Ésta es Kara McMillan, cariño. Es periodista, viene a hablar de Northrup.

—Hola, señor...

—Farnsworth. Yo soy Moira. Él es Ed.

Kara estrechó la delgada mano del anciano y se sentó en el sofá.

—Estoy investigando unas quejas acerca de que Northrup está contaminando el aire y el agua de los alrededores de la planta. He decidido hablar con todas aquellas personas que viven cerca de las instalaciones para saber si han notado algo. ¿Hace mucho que viven aquí?

Mora respondió:

—Llevamos aquí desde que nos casamos, hace más de cincuenta años. Hemos criado aquí a nuestros hijos. Por lo que se refiere a Northrup, pueden irse al infierno.

Moira pasó la siguiente hora contándole a Kara por qué podían irse al infierno. Aunque la planta había sido un buen vecino durante sus casi treinta años de existencia, durante la última década habían comenzado a realizar detonaciones nocturnas en la mina, y habían empezado a verse las nubes de polvo que recorrían toda la zona. Había empeorado tanto que hacía tiempo que no abrían las ventanas, explicó Moira.

—Si las dejamos abiertas, toda la casa queda con una capa de polvo. ¿Verdad, Ed?

Ed asintió y habló con una voz ronca y desarticulada.

—Casi acaba con toda la pintura de la chapa de mi Ford.

—¿Ha arrancado la pintura de su furgoneta? —Kara tomaba apuntes, sabiendo de todas formas que la conversación estaba siendo grabada digitalmente. La ley del Estado le permitía grabar conversaciones en las que ella participaba sin avisar antes a los interlocutores. Muchas veces, le ayudaba a entender su propia letra de los apuntes.

—Arrancó el acabado. —Moira corrigió a su marido—. Hizo desparecer el brillo. Pasó lo mismo con la pintura de la casa.

Kara se quedó un momento dudosa. Se preguntaba si más que el polvo no tendrían que ver en todo aquello las temperaturas extremas del clima continental de Colorado.

—¿Puedo preguntarle por qué lleva el oxígeno, señor Farnsworth?

Él comenzó a hablar, pero fue interrumpido por su mujer.

—Enfermedad pulmonar obstructiva crónica, ¿verdad, Ed?

Ed asintió.

—Mi marido fumaba dos cajetillas cuando era joven. Lo dejó hace ya unos veinte años, pero ya era demasiado tarde. Supongo.

Kara miró a Ed a los ojos.

—Lo siento. Y no creo que el polvo ayude mucho.

Ed sonrió y sacudió la cabeza.

—No, creo que no.

—Si quieres saber más sobre Northrup, deberías hablar con los Perkins, de dos casas más abajo. Llevan años quejándose del polvo al Departamento de Salud del condado. Aunque no les ha servido de gran cosa.

Kara dio las gracias a Moira y Ed y les entregó una tarjeta suya.

—Por favor, llámenme si se les ocurre algo más. Y muchas gracias por dedicarme su tiempo.

Se dirigió hasta un poco más abajo, hasta la casa de los Perkins y llamó a la puerta.

Un hombre de mediana edad con el pelo largo y barba abrió un poco la puerta. A su lado ladraba un perro lobo.

—¿Quién es, qué desea?

Llevaba un rifle, que le apuntaba directamente hacia el estómago.


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