Capítulo 1




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Capítulo 7


Kara intentó no poner los ojos en blanco y le mostró su tarjeta de prensa.

—Soy Kara McMillan del Denver Independent. Estoy investigando a Nordirup y unos vecinos me han comentado que ustedes pueden contarme algo.

El señor Perkins bajó el rifle, apartó al perro lobo con la pierna, abrió la puerta y cogió el documento de identidad de Kara. Después de leerlo atentamente, la invitó a pasar.

—Perdón por lo del rifle. Por aquí hay alguna gente que es de poco fiar. Todas las precauciones son pocas.

—Ya, entiendo. —Kara volvió a guardar la tarjeta en el bolsillo.

—Pase, pase. No se preocupe por Yukon, aquí dentro es un angelito. Voy a llamar a mi mujer.

Al momento, Kara estaba sentada en otro salón, esta vez con una pareja de hippies ya mayores, una enorme planta de marihuana y un perro roncando, pero escuchando casi una historia idéntica. Nubes de polvo que se colaban por las juntas de puertas y ventanas. Polvo que cubría los tomates y las manzanas. Polvo tan denso que abrumaba el paisaje como una espesa niebla.

Dos años después de mudarse a su nueva casa, a Dottie y a Cari Perkins les diagnosticaron asma, de la que ellos culpaban al polvo, a diferencia del médico, que lo atribuía en parte a su hábito de fumar hierba. Por supuesto, discrepaban de ello.

—Nos hemos quejado del polvo al Departamento de Salud del condado unas cien veces, pero dicen que lo han de ver ellos mismos para poder sancionar a Northrup —dijo Dottie Perkins—. Hemos hecho fotos y se las hemos enseñado, y siempre dicen que van a investigarlo, pero por algún motivo al final no hacen nada.

—Piensan que solo somos un par de colgados a los que les gusta quejarse.

—¿De verdad? ¿Puedo ver las fotos? ¿Quizá puedan dejármelas?

Cari Perkins asintió.

—Claro. A nosotros no nos hacen ninguna falta.

—¿Y qué hay del agua? ¿Usan agua de un pozo?

Dottie sacudió la cabeza, haciendo que su larga melena se balanceara tras su cintura.

—¡Qué va! Hace años que dejamos de beber agua del pozo. Sabe rara. Bebemos agua embotellada.

—¿Les importa si tomo unas muestras?

Ambos la miraron con asombro.

Yukon, que hasta hacía un momento era una bola de pelo roncadora, se incorporó y le prestó una mirada profunda, como si captara el cambio que se había producido en el ambiente de la habitación.

—Piensa que hay algo, ¿verdad? —Cari la miraba con cierta excitación esperando la respuesta.

—No puedo asegurarlo. Pero vale la pena comprobarlo, ¿no? El periódico lo pagará, por supuesto, y les informaré en cuanto sepa algo.

—Por mí, bien. ¿Dottie?

Antes de anochecer, Kara había hablado con otras tres familias, se había topado con un pitbull sobreprotector y había disfrutado de un delicioso té en compañía de una insistente señora procedente de Carolina del Sur. Toda la gente con la que había hablado se quejaba de lo mismo: unas nubes espesas de sofocante polvo. Algunos también le habían hablado del sabor del agua de los pozos. Todos decían haberse puesto en contacto al menos alguna vez con el Departamento de Salud y no haber obtenido más que largas y promesas.

En el camino de vuelta a Denver, Kara hizo un repaso de la creciente lista de preguntas. Con pruebas tan claras como unas fotografías, ¿por qué los funcionarios del Departamento de Salud, cuyo trabajo es justamente proteger a la ciudadanía de la contaminación, no habían hecho absolutamente nada? ¿Sería el polvo el responsable de la enfermedad pulmonar de Ed y del asma de los Perkins? ¿Podían ser los productos químicos empleados por Northrup los causantes del extraño sabor del agua?

Los análisis del laboratorio seguramente le darían la respuesta de esta última pregunta. Había tomado muestras de tres pozos diferentes y las mandaría antes de ir a casa. En cuanto a las demás preguntas, tendría que seguir investigando.
—Venga, Reece. Suéltalo ya. ¿Quién es ella?

Reece miró de reojo a Miguel, que corría en la cinta andadora junto a la suya.

—¿Qué te hace pensar que se trata de una mujer?

—Vamos, amigo1. Cuando un hombre lleva todo el día tan distraído como lo has estado tú, solo puede ser por una mujer. Has pescado a alguna bella muñequita.

—¿Tanto se nota? —No le gustaba aquello.

—No será aquella cabildera, ¿verdad?

—No te pases. No tocaría a Alexis Ryan ni con guantes de látex.

—Vale, eso está bien. ¿Quién es, entonces?

Reece se quedó dudando por un momento, pero se dio cuenta de que, en realidad, deseaba conocer la opinión de Miguel.

—Es una periodista.

—¿Una periodista? ¿Quién? ¿La conozco?

—Todo el mundo la conoce.

—¿Quién es? No me tortures.

—Kara McMillan.

—¿Kara McMillan? —La voz de Miguel retumbó en todo el gimnasio—. ¡Me tomas el pelo!

—¿Quieres bajar la voz?

El rostro sudado de Miguel parecía haber visto un fantasma.

—¿Estás saliendo con Kara McMillan?

—No. Sólo he quedado una vez. Eso es todo. Una vez no es salir.

—Pero a ti te gustaría.

—Supongo que tienes razón. Ella piensa que no deberíamos vernos más. Dice que hay un conflicto de intereses. Pero yo creo que es algo más. No estoy seguro de que le gusten los hombres.

—¿Crees que es lesbiana?

—Yo no he dicho eso. Y no, no es lesbiana. Sólo es que parece... que duda. Ambivalente. —Caliente y fría era una mejor definición.

—¿Duda de los hombres o de ti?

Esta cuestión es la que había estado carcomiendo a Reece.

—No lo sé. De los hombres. De mí. De todo.

Miguel se encogió de hombros.

—Todos tenemos fantasmas.

Eso era una gran verdad. Y al menos dos de los fantasmas de Kara eran hombres: la ausencia de su padre y la del padre de su hijo.

—Esperaba que acudiera a la conferencia de prensa de hoy.

—Puede que el hecho de que no haya venido sea una buena señal.

—¿Qué quieres decir?

—Bueno, que quizá eligiendo no cubrir tus propuestas de ley lo que intenta es distanciarse de ti en el trabajo para poder acercarse a ti fuera de él.

Reece no lo había visto de esa manera. Le gustaba la idea.

En ese momento, algo en la televisión captó su atención. Su conferencia de prensa. Odiaba ver el seguimiento que hacían de él en la televisión, y estaba a punto de apartar la mirada cuando su imagen ante los micrófonos desapareció y fue reemplazada por la cara de Drew Devlin.

Tardó un segundo en asumirlo. Por primera vez desde que entró en la administración, él y Devlin se encargaban del mismo paquete legislativo. Tras Devlin, estaban Galen Prentice y Mike Stanfield.

—Pero, ¿qué demonios? —Reece estaba tan sorprendido que dejó de correr de repente y casi se cae de la cinta.

Miguel se rió.

—Supongo que siempre hay una primera vez para todo.

—No me lo creo.

¿A qué estaba jugando Stanfield?
Todo lo que tuvo de productivo el lunes lo tuvo de improductivo y frustrante el martes. Kara había hecho una visita al Departamento de Salud del condado y se había topado con la demencia burocrática cuando habló con la directora de calidad del aire, una mujer de mediana edad que apestaba a tabaco.

Sí, de hecho era cierto que la legislación exigía que fueran ellos mismos los que vieran las emisiones de polvo antes de poder atribuir a Northrup cualquier incumplimiento. Sí, había unos cuarenta y cinco minutos de trayecto desde la oficina a Northrup. No, en realidad nunca habían sido testigos de aquellas nubes de polvo a las que se referían los vecinos. Sí, se tomaban muy en serio esas informaciones, pero a veces a la gente le gusta quejarse. Sí, las nubes de polvo de cemento podían provocar enfermedades pulmonares, pero, no, nunca habían realizado un estudio de salud en la zona de influencia de la fábrica. Sencillamente, no tenían el dinero necesario para hacerlo.

Entonces, Kara lo intentó con las emisiones de contaminación del aire. Pero el Departamento de Salud del condado no era competente en esa área.

—Es competencia de la EPA —le dijo la directora—. Pero la EPA lo deja en manos de la división de control del aire del Estado casi siempre que se trata de casos que no traspasan los límites estatales.

—Es decir, ¿que el Departamento de Salud del Estado realiza inspecciones periódicas?

—Se presentan un par de veces al año, igual que hacemos nosotros.

—¿Y las inspecciones son sin previo aviso o acuerdan una fecha con Northrup?

—Acordamos una cita. Saben cuándo vamos. Pero tenga en cuenta que una planta de esas dimensiones no puede limpiarse de la noche a la mañana. Si hubiera algún problema, lo descubriríamos, tanto si saben que vamos a ir como si no.

—¿Los inspectores verifican los informes realizados por la propia empresa, efectúan pruebas del aire y se aseguran de que la empresa dice la verdad?

—No. No hacen ese tipo de cosas a menos que la empresa solicite un nuevo permiso o haya presentado problemas. Además, ninguna empresa mentiría acerca de sus emisiones. Se meterían en un gran lío si lo hicieran y les descubrieran.

—Pero a mí me parece que es bastante difícil que te descubran si nadie comprueba lo que haces.

La directora la miró estupefacta.

—¿Y qué hay sobre la contaminación del agua? ¿Cada cuánto comprueba el condado el agua de los pozos?

—Únicamente revisamos los pozos residenciales cuando alguien lo solicita o si hay indicios de contaminación.

—¿Han recibido alguna vez informaciones de que Northrup expulsa toxinas al nivel freático y a la acequia que pasa por su propiedad?

—No, que yo recuerde. En todo caso, sería jurisdicción del Estado o de la EPA.

Después de dos horas de preguntas, lo único que tenía claro es que nadie estaba controlando a Northrup. La EPA lo dejaba en manos del Estado, que lo dejaba casi todo al condado, y ellos, a su vez, trasladaban gran parte de la responsabilidad al Estado y a la EPA. Los inspectores visitaban la planta dos veces al año, confiando ciegamente en los informes que les entregaban y realizando lo que con toda certeza era una visita guiada por las instalaciones. Basándose en los documentos que le había proporcionado Marsh, quedaba muy claro que Northrup se reía de las normas.

Justo antes de abandonar el despacho de la directora, Kara le planteó otra pregunta.

—¿Cómo puede ser que el polvo de una mina de grava estropee la pintura de la chapa de un coche o de las paredes de una casa?

—Northrup machaca la grava, la calienta y la transforma en cemento. Todo el polvo que pueda salir de ella sería probablemente PHC.

—¿PHC?

—Polvo de horno de cemento. Tiene un pH muy bajo, y por eso es cáustico. Puede arrancar la pintura de un coche o quemar la piel.

Kara digirió aquella información y miró fijamente a la directora.

—Si lo sabe, ¿por qué no ha prestado atención a los coches y a las casas que tienen mal la pintura en la zona de influencia de Northrup? Eso, junto con las fotografías y las quejas de los vecinos, ¿no serían motivos suficientes para realizar una investigación más a fondo?

La mujer se ruborizó.

—Como ya le he explicado, necesitamos ver el polvo nosotros mismos antes de tramitar una citación. ¿Cómo podemos saber qué ha deteriorado la pintura de un coche?

Kara no hizo caso de la pregunta para mostrar su disgusto.
No fue hasta que llegó al coche cuando se dio cuenta de que había pasado casi toda la mañana sin pensar en Reece.

Los resultados del laboratorio del bloque de hielo que Kara cogió de Northrup —junto con centenares de correos electrónicos, muchos de los cuales le ofrecían agrandar su pene— la esperaban cuando llegó a las ocho y media. Tan solo pudo leerlo por encima antes de la reunión. Típico miércoles por la mañana.

—Hay altas concentraciones en el agua de componentes químicos que forman parte de aceites lubricantes que se usan en maquinaria industrial pesada.

Tessa sonrió y dijo con su gracioso acento sureño,

—Mete ahí la bolsita del té.

Tom hacía malabarismos con el bolígrafo que tenía en la mano mientras arrugaba la frente.

—De manera que echan los restos de aceite lubricante directamente al agua en vez de pagar para que lo retiren o lo reciclen.

—Eso es lo que me imagino. Pero hay más. El agua presenta niveles muy peligrosos de cloruro de metileno. Es una sustancia altamente tóxica que se encuentra en disolventes que se emplean para desengrasar maquinaria industrial. Al parecer Northrup cambia el aceite de la maquinaria, hace limpieza, y después lo echa todo al agua, aceite y disolventes.

Sophie sacudió la cabeza en señal disgusto.

—Pero eso tiene que ser un delito.

Kara asintió.

—Si pudiera demostrarse que la dirección de Northrup ha realizado intencionadamente los vertidos de estas sustancias, sin duda sería una violación de las leyes contra la contaminación medioambiental. Northrup podría enfrentarse a una multa de millones de dólares, y la dirección podría ser condenada a penas de cárcel. Aunque es difícil demostrar la intencionalidad. Siempre pueden alegar desconocimiento. La gran cuestión es saber si la actividad delictiva de Northrup ha tenido como consecuencia la contaminación de las aguas freáticas. El lunes deberíamos tener los resultados de laboratorio del agua de los pozos. —Kara pasó a hablar del tema que la había inquietado durante casi toda la noche—. He puesto al confidente en contacto con los del Departamento de Trabajo. Por desgracia, no pueden ayudar a nuestra fuente hasta que no se halle bajo amenaza. Pero el confidente cree que la amenaza vendrá en forma de bala o bomba en el coche. Si eso ocurre, claro, el Departamento de Trabajo habrá llegado demasiado tarde.

Tom movió la mano en señal de desaprobación.

—Eso no va a ocurrir. Todos los chivatos se ponen nerviosos.

Kara sabía que probablemente Tom tenía razón, pero el miedo real de Marsh no dejaba de inquietarla.

—¿Y si tiene razón? He prometido que el periódico haría todo lo posible para que todo el mundo estuviera seguro. Si realmente ocurriera...

—El confidente debería llamar a la policía. Nosotros no somos el séptimo de caballería. —Y, de repente, Tom cambió de tema—. Hablando de polis, Novak, ¿alguna novedad sobre el tiroteo en Gallegos?

A veces, era un insensible.

Kara podía imaginarse lo que le diría cuando le pidiera la mañana libre del viernes para llevar a los niños a ver los dinosaurios.
—Así es la política, senador Sheridan. Obtendremos los apoyos de donde haga falta. —Stanfield parecía a la defensiva, incluso por teléfono.

Reece agradeció con la cabeza a Brooke, su becaria, que le trajera la taza de café y sorbió.

—Por supuesto. Pero hay que tener en cuenta en qué momento el senador Devlin dará su apoyo a esta propuesta de ley.

—No se preocupe. Además, sabe perfectamente que en TexaMent somos hombres de palabra —respondió Stanfield.

Reece observó la montaña de trabajo que tenía que acabar antes de poder irse a casa esta noche.

—Me alegro de oírlo. Por eso entenderá que tolero muy mal las jugarretas. Juegue limpio conmigo, Stanfield. Si no, la propuesta está muerta.

Tras aquello, Reece colgó el teléfono. Había otra persona a la que quería llamar.
Kara tomó un sorbo de manzanilla, para intentar no pasarse esa noche sin pegar ojo. Se tumbó en el sofá con el periódico en la mano. Connor por fin se había dormido, dejándole unos momentos de tranquilidad antes de irse a dormir. Se había pasado un buen rato ayudándole a preparar la excursión del viernes sobre los dinosaurios.

Karen pasó algunas páginas y fue a la sección del gobierno del Estado. Se había perdido la conferencia de prensa de Reece, ya que estaba entrevistando a los vecinos de Northrup. La había cubierto una becaria del Independent, y Kara estaba contenta con el trabajo que había hecho, ya que había conseguido hacerle a Reece todas las preguntas que ella le había indicado.

Kara leyó el artículo, estaba bien y era directo. Reflexionó sobre el meollo de la cuestión y pensó que debía trabajarse un poco más. Entonces, se incorporó sorprendida.

El Senador Devlin había dado su aprobación a la propuesta de ley de Reece.

—¿Qué demonios?

Devlin tenía las peores credenciales sobre medioambiente de todo el Estado y odiaba a Reece. Siguió leyendo, y soltó una carcajada cuando leyó la respuesta de Reece.

—Yo también estoy sorprendido —dijo Reece a los periodistas el martes por la tarde—. Quizá alguien debería consultar la previsión del tiempo del Infierno.

Volvió a tumbarse en el sofá, se tocó los labios y se permitió revivir todos y cada uno de los momentos de su beso. Sus labios eran firmes y calientes, y sabía cómo usarlos. Había sido agresivo, pero no en exceso, dominando los movimientos de su lengua. Su cuerpo estaba duro: su pecho, sus hombros, sus brazos eran tan diferentes a los de ella. Y ese sonido tan masculino que había hecho antes de besarla.

Sonó el teléfono.

Se le aceleró el pulso. Pese al coro de voces de su cabeza que le decían que debía de dejar de verse con él antes de que se convirtiera en una auténtica relación, esperaba su llamada. La llevaba esperando todas las noches desde el viernes, y cada noche se llevaba una decepción.

Se quedó dudando si debía dejar sonar el teléfono. Pero, al siguiente tono, se levantó del sofá y fue rápidamente a la cocina.

Descolgó el auricular y dijo, como si no pasara nada:

—¿Diga?

—Escucha, niña, no tienes ni idea de dónde te has metido —murmuró un hombre con un tono malévolo de voz—. No puedes con esto y, si lo intentas, vas a acabar muerta. Retírate ahora o afronta las consecuencias.


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