Capítulo 1




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Capítulo 8


Con un poco de retraso, Kara apretó el botón de grabar del contestador, pero el hombre ya había colgado.

—¡Mierda!

Inmediatamente, quiso comprobar el número desde donde habían llamado, pero aparecía como número oculto. Colgó el teléfono, furiosa consigo misma. ¿Por qué no había apretado antes el botón de grabación? Era periodista, ¡maldita sea!

Se apartó del teléfono y se dio cuenta de que estaba temblando. Ese cabrón en realidad no había conseguido asustarla, ¿verdad? Ya había recibido amenazas de muerte antes. Muchas. Más de las que pudiera recordar. ¿Por qué iba a temblar con ésta?

Y entonces cayó en la cuenta.

Nadie antes la había llamado a casa. Quien fuera la persona que sabía su número de teléfono, sabía también dónde vivía.

«Escucha, niña, no tienes ni idea de dónde te has metido».

Su olfato le dijo que la llamada estaba relacionada con la investigación de Nordirup. Pero ¿cómo podía saber alguien de Northrup que estaba investigando la planta? Aún no se había puesto en contacto con ellos para concertar una entrevista. Los únicos que lo sabían eran sus colaboradores, los vecinos a los que había entrevistado, los funcionarios que tramitaban la petición que había hecho de los archivos públicos y su confidente.

Era posible que alguien del Departamento de Salud del Estado o del condado se lo hubiera comunicado a Northrup. También era posible, aunque poco probable, que algún vecino le hubiera comentado algo a alguien y que el tema hubiera llegado a oídos de la dirección de Northrup. En cuanto al confidente, no podía delatarla sin delatarse a sí mismo.

El teléfono volvió a sonar.

Dejó que la llamada se grabara en el contestador.

«Hola. Has llamado a Kara y Connor. Deja un mensaje y nos pondremos en contacto contigo».

Pero, tras la señal, solo hubo silencio, seguido del tono de línea.

Sonó dos veces más, y dos veces más quien llamaba no quiso dejar ningún mensaje. Quien fuera no quería dejar grabada su voz. Tenía que contestar. Tenía que hablar con él, dejarle que le escupiera el veneno en la oreja.

Esperó. Pasaron cinco minutos y nadie llamó. Miraba el reloj de la pared. Cuando finalmente sonó el teléfono, descolgó rápidamente el auricular, con muy mala leche.

—¡Escuche, sea quien sea, no me da miedo!

Hubo un silencio.

—¿Kara? Soy Reece. ¿Va todo bien?

El alivió que sintió se mezcló con cierta dosis de vergüenza, y no pudo responder sin que le temblara la voz.

—¡Reece! Vaya, Dios... mmm... lo siento. Pensaba... estoy bien. ¿Y tú?

Reece percibió lo extraña que era su voz cuando habló por primera vez, ya que reflejaba enfado y miedo al mismo tiempo.

—¿Te está molestando alguien, Kara?

—No, no. Sólo es... un pervertido. Ya sabes. Ha llamado no sé cuántas veces esta noche.

Reece notó que trataba de quitarle importancia.

—Si vuelve a llamar, deberías decírselo a la policía.

Ella rió como si fuera la sugerencia más absurda que había oído.

—Si me dieran un dólar por cada amenaza de muerte que he recibido, podría comprarme una botella del mejor vino.

De modo que se trataba de una amenaza de muerte. A él no le gustó nada saberlo, de hecho, hizo que se cabreara.

—Es un delito amenazar a alguien de muerte. De verdad que has de llamar a la policía.

—La última vez que lo hice, ¿sabes qué me dijeron? Si el tipo había aparecido en algún momento y de verdad lo había intentado. Así de útil es la poli.—Tenía voz de enfadada.

—Vale, de acuerdo. Olvida a la policía. ¿Y si me paso yo? Puedo quedarme un par de horas y asegurarme de que estás bien. Puedo incluso dormir en el sofá si así estás más tranquila. —Entonces, presintiendo que ella lo rechazaría, añadió—: Eso es lo que haría por mi hermana.

—Bueno, no creo que sea necesario. Te agradezco la intención, Reece, de verdad, pero no necesito que me rescates. —Su voz sonaba a sorpresa, a inseguridad.

¿Acaso nadie había intentado «rescatarla» antes? Incluso antes de hacerse la pregunta, Reece ya supo la respuesta. Ella jamás había tenido ni padre ni marido. Estaba acostumbrada a cuidar de sí misma.

—No quiero herir tu ego feminista, querida. Pero, ¿qué ocurre si soy yo el que quiere rescatarte? Estoy saliendo del Capitolio. En diez minutos pasaré por tu casa y me aseguraré de que todo va bien.

Ella parecía haberse quedado sin argumentos.

—Bueno, no estoy muy presentable. Voy en chándal...

—Yo me he manchado la camisa de salsa en la comida, así que estamos igual. Nos vemos en diez minutos. Cierra bien las puertas.

Colgó antes de que ella pudiera objetar algo, cerró el despacho y fue corriendo al jeep. Se dirigió al este por Colfax, y la carga del día pareció desaparecer de sus hombros y fue reemplazada por una extraña sensación mezcla de protección y anticipación. En el breve tiempo que le costó llegar a su casa, sus pensamientos habían pasado de dejarle su pistola y enseñarle a disparar a todas las cosas que le haría a su dulce cuerpo el viernes por la noche cuando la tuviera en su cama. Cuando entró en el camino de entrada de la casa, tuvo que recordarle a su erección que no había ido a follarla sin sentido, sino a asegurarse de que estaba a salvo.

Pero a su erección pareció no importarle.
Se alegró de ver encendida la luz del porche. Había tomado precauciones. Llamó suavemente a la puerta, al suponer que Connor estaría durmiendo. Vio acercarse la sombra de ella a través de la cristalera.

—Hola —dijo ella, con cierta timidez—. Pasa

Pese a la indumentaria poco sofisticada que llevaba y a la ausencia de maquillaje, estaba espléndida. Limpia. Mujer. Tremendamente sexy.

—¿Ha vuelto a llamar?

—No. Siento haberte dado a entender por teléfono que debías venir. Recibo muchas llamadas de ese estilo. Son gajes del oficio.

Él se quitó el abrigo.

—Entiendo lo que dices. Yo recibo constantemente correos electrónicos y llamadas con amenazas de muerte por ser un fascista. Si ésos se pusieran de acuerdo con los que me llaman para amenazarme por ser comunista...

Ella soltó una carcajada. Le cogió el abrigo y lo colgó en la percha de la entrada.

—¿Te apetece un té?

—Estupendo.

Ella se fijó en la camisa y sonrió.

—Realmente, te has manchado la camisa de salsa. Pensaba que te lo habías inventado. El tomate deja mancha. ¿Quieres que te la lave? En una hora puede estar seca. Eso es lo que yo haría por un amigo.

Estaba a punto de decir que su tintorería sabría cómo quitar la mancha. Pero se mordió la lengua.

—Bueno, te lo agradezco.

Se quitó la corbata, liberó la camisa del pantalón y comenzó a desabrocharse.

Ella se ruborizó y apartó la mirada.

—Voy a poner a hervir agua para el té.

Ella siguió a la cocina. Todo estaba limpio y resplandeciente. La puerta de la nevera estaba cubierta de imanes con letras y dibujos pintados por el niño.

Se quitó la camisa y observó a Kara mientras ella llenaba una tetera plateada. Sus movimientos eran femeninos, graciosos, y su culo era de lo más atractivo enmarcado por la suave tela del pantalón de chándal desgastado. Definitivamente, se imaginaba cómo alguien como ella había llegado a ser madre. Sin duda, no había sido el único hombre que sentía tal atracción por ella.

¿Y qué era ese aroma? Dios, ¡le estaba volviendo loco!

Kara se puso de puntillas para llegar al armario de las tazas situado sobre los fogones.

—¿Prefieres Earl Grey, Lemon Zinder, Hazelnut Vanilla, True Blueberry, Almond Sunset? Mi madre tiene una amiga que trabaja en la fábrica de Celestial Seasonings y me trae té cada vez que viene. También puedo hacer café, si el té no te gusta.

—Earl Grey me parece perfecto.

Reece vio cómo ella se esforzaba por llegar al té, y se dio cuenta de que había elegido el té que estaba más alejado. Con rapidez, se puso tras ella, levantó el brazo y cogió la caja que buscaba.

—Ya lo tengo.

Kara se giró y quedó frente a él antes de que Reece tuviera tiempo de separarse. Los pechos de Kara le rozaron las costillas. Sus pupilas oscuras mostraban una mirada de sorpresa. Y él volvió a olerlo, ese aroma. Emergía por todos los poros de su piel como calor corporal, como feromona, como lujuria. Dulce, pero tóxico, le cautivó desde las gónadas.

Grutas. Sexo primitivo. Bebés. Eso quería.
Kara sabía que estaba en una situación delicada. Reece estaba a su lado, demasiado cerca, llevando una camiseta que insinuaba los músculos que sus manos habían palpado el viernes anterior. A través del tejido blanco, podía ver la sombra de sus pezones. El brazo que tenía levantado, dejaba asomar unos pelos oscuros y mostraba un bíceps bien desarrollado.

«Venga, ya, McMillan. ¡Te estás poniendo caliente con un sobaco!».

Pero así era. Le gustaba eso y el resto de ese cuerpo tan masculino y sensual.

Kara llenó de aire unos pulmones que parecían haberse quedado sin oxígeno y se deslizó de entre él y los fogones con la caja de Earl Grey en la mano.

—Gracias. Voy a poner la camisa en la lavadora mientras se calienta el agua.

Intentando no correr, cogió la camisa de la silla de la cocina donde la había colocado Reece y buscó refugio en el lavadero, que estaba separado de la cocina por la puerta corredera de cristal.

—Háblame de la llamada. —Se acercó a la ventana situada sobre la pila y pareció ir a abrirla.

Entonces, ella se dio cuenta de que estaba comprobando que no pudiera abrirse. Se quedó mirándolo. Realmente quería asegurarse de que estaba a salvo.

—No hay nada que contar. Una llamada más de amenaza de muerte.

—¿Había llamado antes de hoy?

Puso detergente en la mancha, metió la camisa en la lavadora y puso en marcha el programa de lavado.

—No.

Reece se dirigió a la puerta corredera de cristal y comprobó que estuviera bien cerrada.

—¿Podría estar relacionado con algún artículo para el periódico?

Ella dudó si responder o no.

—Sí, pero no puedo hablarte de ello.

—¿Puedes decirme qué te ha dicho?

Kara repitió lo que le había dicho aquel hombre.

—Más o menos.

Reece su puso tenso.

—Puedes comprar cierres especiales para estas puertas, ¿sabes? Son más efectivos que este pestillo de madera para impedir la entrada de desconocidos.

—¿Ah, sí? —Nunca había visto esos cierres, pero claro, no pasaba mucho tiempo patrullando por los lineales de las ferreterías.

Él sonrió.

—Pues claro. Te compraré un par la próxima vez que vaya a la ferretería.

Ella sacudió la cabeza y fue hacia el armario para coger dos tazas. La pava comenzaba a silbar.

—No tienes por qué hacerlo. Puedo comprarlos yo misma. ¿Quieres leche, azúcar?

Al cabo de un momento, estaban sentados en el sofá, con una taza de té cada uno. Pasaron la siguiente hora charlando tranquilamente. Reece le preguntó sobre Connor. Ella sintió que estaba más relajada y le contó la visita al museo que tenían programada. Puso la camisa en la secadora y volvió con dos tazas más de té. Vio que él estaba leyendo la noticia sobre su propuesta de ley.

—Le diste una respuesta muy divertida a la becaria.

Reece rechazó el cumplido con un gesto.

—¿O sea que solo merezco a una becaria? Esperaba haberte visto a ti.

Entonces, sonaron las alarmas de Kara. Dejó el té sobre la mesa y se sentó. Eso era justamente lo que temía, que su relación amistosa supusiera tenerle en mayor consideración.

—Pensé que era mejor que lo hiciera otra persona. No puedo comprometer mi trabajo, Reece.

—Sólo era una broma, Kara. No te pido que comprometas nada.

—Bueno, entenderás que si vamos a ser amigos...

—¿Hacia ahí es hacia dónde vamos, Kara? ¿Estamos empezando a ser amigos? Espero que no sea así. —Estiró el brazo para acariciarle la mejilla. Sus brazos la tocaban como si fueran fuego—. Por favor, dime que has pensado en mí alguna vez desde el viernes.

Sus mejillas se tornaron rosadas. ¿Cómo era posible que le ocurriera eso a ella? No era más que un hombre.

«No sólo un hombre, McMillan, un hombre muy, muy sexy».

—Vale. Reconozco que he pensado en ti una vez. Durante algunos segundos.

—Creo que ha llegado el momento de que deje en ti más que una ligera impresión. —Se acercó más a ella sin apartar la mirada, la abrazó y la besó.

Sonó el teléfono.

Kara se asustó. Tenía el pulso acelerado.

—No puede ser él otra vez. Hace una hora que no llama.

Reece se había levantado para coger el teléfono.

—¿Puedes grabarlo con el contestador?

—Claro. Soy periodista, ¿recuerdas? —Fue corriendo a la cocina, cogió aire, apretó el botón de grabación y descolgó el auricular—. ¿Diga?

—Kara, soy Holly. Casi me beso con el hombre de Orkin. ¿Puedes creértelo? —La voz de Holly se oía alto y claro por el altavoz.

Kara miró a Reece avergonzada y desconectó el botón de grabación para que él no pudiera oír a Holly.

—Vaya, qué interesante. Ahora no puedo hablar contigo. ¿Podemos hablar mañana?

Kara colgó el teléfono y miró la cara pícara de Reece.

—¿El hombre de Orkin?
Kara estaba tumbada en la oscuridad. De nuevo, el sueño parecía no llegar.

Todo iba demasiado rápido. En un instante, había pasado de estar hablando con él, como si fuera una puta borracha en un bar de Babilonia, a sentir que él se preocupaba por ella y que realmente tenía interés.

«¿Hacia ahí es hacia dónde vamos, Kara? Espero que no».

¿Cuándo se había tomado un hombre tantas molestias para asegurarse de que se sentía a salvo? ¿Cuándo había actuado un hombre como si ella fuera algo tan delicioso que tenía que tocarla sin cesar? ¿Cuándo se había interesado algún hombre por Connor o la había escuchado hablar de las chiquillerías que su hijo había dicho?

—¿Sigue en pie lo del viernes por la noche? —Dijo él cuando se dirigía a la puerta.

Ella asintió.

—Mi madre vendrá desde Boulder para cuidar a Connor.

Su voz se tornó más masculina.

—Bien. —Entonces se inclinó y le dio un largo e intenso beso, antes de dar media vuelta para bajar los peldaños—. Cierra bien la puerta y plantéate llamar a la policía.

Kara se imaginó que habría unos cuantos policías a los que no le importaría demasiado encontrársela muerta, pero no le comentó nada a Reece.

—Vale. Y, Reece, gracias.

—Ha sido un placer, como siempre —dijo él mientras abría la puerta de su jeep y le dedicaba una sonrisa que le hizo temblar las piernas.

Pero, cuando cerró los ojos y se sumergió en un inquietante sueño, no fue la sonrisa de Reece ni sus palabras las que acudieron a su mente, sino la ruda voz de un extraño.

«Escucha, niña, no tienes ni idea de dónde te has metido».
Reece abrió la puerta de su apartamento, dejó las llaves en el mueble de la entrada y dejó la cartera en el suelo. Luego, se dirigió al teléfono. El tono que escuchó le indicaba que tenía mensajes, pero hizo caso omiso y marcó el número de la policía de Denver.

No estaba utilizando su posición de senador para pedir favores. Únicamente, había preguntas que necesitaban una respuesta.

—Soy el senador Reece Sheridan. Póngame con el comisario Irving, por favor.

Amenazar a alguien era delito. Según Kara, había hablado con la policía otras veces que la habían amenazado de muerte, y no se lo habían tomado en serio.

Reece iba a averiguar por qué.


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