Capítulo 1




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Capítulo 9


Lo primero que hizo Kara el jueves por la mañana fue llamar a su confidente y dejarle un mensaje en el móvil. Le preocupaba no haber podido hablar con él de forma directa, ya que si alguien relacionado con Northrup sabía que ella estaba investigando la planta, era posible, aunque poco probable, que también supieran de la existencia de Marsh.

Acababa de terminar de preparar sus apuntes sobre los últimos resultados del laboratorio para la reunión del equipo de investigación, cuando Holly entró en el cubículo luciendo un ajustado vestido negro y una amplia sonrisa.

—Siento haber llamado tan tarde, Kara, pero tenía que contártelo.

—Habla rápido. Tengo una reunión con el equipo de investigación a las cinco.

Mientras Kara afilaba unos lápices (como cualquier periodista que se preciara no utiliza bolígrafos porque se congelaban cuando hacía frío, no escribían en papel mojado y se quedaban sin tinta justo cuando más los necesitabas), Holly le contó cómo el hombre de Orkin había ido a su casa a exterminar las cucarachas y casi había acabado poseyéndola en la alfombra del salón.

—Estaba buenísimo, era rubio y enorme, como un vikingo. Sus manos eran gigantescas.

A pesar de esforzarse, Kara fue incapaz de centrarse en la narración de Holly, ya que no dejaba de pensar en la reunión y en lo que seguramente se convertiría en una confrontación con Tom.

—Bueno, quizá vuelva, ¿no? Las cucarachas nunca mueren del todo.

Holly la miró enfadada.

—No has escuchado nada de lo que te he contado. Te digo que no dejaba de pensar en los productos químicos que podía haber en sus manos y no pude hacerlo.

—Bueno, quizá haya sido una buena decisión. Tengo que irme.

Kara tomó sus apuntes, afiló los lápices y se dirigió a toda prisa hacia la sala de reuniones, intentando hacer caso omiso de los nervios que sentía.

Había llegado el día. Iba a decirle a Tom que al día siguiente se tomaría la mañana libre. Y, cuando él se comportara como un idiota, que lo haría, iba a plantarse y no pedir disculpas ni buscar excusas. El periódico le debía más horas de las que sería capaz de tomarse en toda la vida. Tenía derecho a tomarse tres horas libres el viernes sin tener que rendir cuentas a nadie.

Escuchó mientras Tessa les contaba el tiroteo policial del día. Parece ser que los policías de narcóticos habían irrumpido en la casa equivocada y habían disparado al hombre equivocado. Algunos miembros del departamento habían sido suspendidos hasta que finalizara la investigación interna, pero los ciudadanos reclamaban una investigación de todo el departamento.

—Creo que es noticia de primera página, cincuenta centímetros como mínimo —dijo Tessa.

Syd introdujo los números en su calculadora y anotó los resultados en la hoja de control.

—Consigue fotos de los policías suspendidos, si puedes.

—Ya estoy en ello —dijo Joaquín.

—McMillan —Tom miró a Kara.

—Las tres muestras de agua que tomé de los pozos de los vecinos muestran diversos niveles de productos derivados del petróleo y cloruro de metileno. El mismo cóctel que en la acequia.

—Ve a por ellos, Kara —dijo Tessa sacudiendo la cabeza con disgusto.

Matt emitió un silbido de apreciación.

—Buen trabajo, Kara —Sophie sonrió a Kara—. Vas a salvar la vida a esa gente. Lo sabes, ¿verdad?

—Estos resultados nos ponen en un compromiso —dijo Kara quitándole importancia al elogio—. Por ética, no puedo retrasar la entrega de esta información a los departamentos de salud del condado y del Estado ni a las personas dueñas de los pozos contaminados. Pero, en cuanto haga pública esta contaminación y su fuente, los tipos de Northrup irán a por mí.

Si no lo han hecho ya, claro.

—Ahora es cuando empieza lo bueno —dijo Matt con esa sonrisa de complicidad en la búsqueda de adrenalina.

—Sólo para vuestra información, mañana por la mañana no estaré disponible. Voy de acompañante a una excursión de la guardería de mi hijo —Kara respiró hondo y lo dijo de forma casual e informativa, tal como lo había previsto.

El buen ambiente de la sala desapareció en un segundo.

Matt tosió. Tessa tomó un sorbo de su café. Syd dejó de introducir números en la calculadora y alzó la mirada.

—De acuerdo —asintió Tom—. ¿Te sientes cómoda olvidándote de la historia de Northrup durante un día?

Resuelta a hacer frente aTom, Kara le miró a los ojos.

—Ni siquiera es medio día. Dudo que se hunda la tierra en las tres horas que esté fuera. Llevaré el móvil por si acaso. Incluso los periodistas tienen derecho a tiempo libre.

—Es una cuestión de compromiso, no de derechos, McMillan —su voz mostraba una nota clara de decepción.

Matt volvió a toser.

Kara se incorporó en la silla e intentó parecer ofendida y no intimidada.

—¿Estás poniendo en duda mi compromiso, Tom?

Tom restó importancia a la pregunta con un movimiento de la mano.

—Por supuesto que no. Claro, tómate la mañana libre.

Pero la actitud fría que tuvo hacia ella durante el resto de la reunión dejó claro que no se sentía nada contento con su decisión.
Reece olió la camisa y disfrutó del aroma hogareño del suavizante para ropa. Estaba acostumbrado al impersonal olor industrial de la tintorería en la ropa, y se sorprendió al ver cuánto agradecía la diferencia. O quizá lo que le gustaba fuera solo el hecho de que Kara era quien había lavado la camisa. La noche anterior, había estado a punto de colgarla en el armario, pero al final había decidido volver a ponérsela.

Por supuesto, esto sería siempre su secreto. Si se lo contara a cualquiera de sus amigos, se reirían de él. «Pringado», dirían.

Volvió a centrarse en la sesión. Un senador de la zona occidental de Colorado realizaba una apasionada exposición sobre los cambios necesarios en la regulación del mercado de la industria de la fruta. A Reece no se le ocurría por qué una ley del Estado regulaba el mercado de la fruta, así que escuchó con atención, tomando apuntes, hasta que vibró el móvil en el bolsillo. Al echar un vistazo a la pantalla, vio que le llamaba la policía.

Se puso en pie y se apresuró a salir de la cámara del senado al pasillo.

—Al habla Sheridan. Dígame.

—He comprobado los archivos de los últimos cinco años, senador. No he encontrado nada. Si realizó una denuncia, no hay rastro alguno.

—¿El procedimiento estándar es archivar las denuncias?

—Sí. ¿Está seguro de que realizó una denuncia oficial?

—Créame, comisario, si hizo algo, lo hizo de manera oficial y siguiendo la normativa.

—Qué extraño.

—¿Es posible que la persona que redactara la denuncia no se la tomara en serio y la tirara a la papelera?

—Es posible, pero creo que es más probable que se perdiera.

—Pero acaba de decir que ha buscado en todos los registros y no ha encontrado nada.

—Sí, pero...

—¿Dónde más podría estar?

—No lo sé.

—Lo que me preocupa es que Kara McMillan ha irritado a mucha gente en esta ciudad. ¿Y si alguien hubiera hecho caso omiso a su denuncia y la hubiera puesto a ella en peligro solo porque no le gusta?

El comisario Irving dudó un momento.

—Ninguno de mis inspectores haría algo así.

—Me alegro de oírlo porque, según la ley, todos merecemos la misma protección. Por desgracia, la señorita McMillan está tan convencida de que la policía no la ayudará que no ha denunciado un incidente reciente en el que la amenazaron de muerte.

—No me gusta nada oírlo. Dele mi número, senador. Le aseguro que me encargaré de este caso personalmente. Mientras tanto, mandaré más policías a patrullar su calle.

—Gracias, comisario. Se lo agradezco. Le daré su número.

Reece colgó y miró el reloj. Tenía que irse pronto si quería llegar antes de que cerrara la pequeña vinatería de la calle 16. También tenía que comprar comida, encargar flores, lavar sábanas y limpiar la casa.

¿Cuándo fue la última vez que se había tomado tantas molestias por una mujer? No sabía. No le importaba. Lo único que sabía era que tenía mucho trabajo para preparar la casa para el sexo para mañana por la noche, y que todo el tiempo empleado en ello valía la pena por Kara.
Kara comunicó los resultados a la gente que le había dejado tomar muestras de los pozos, y fue testigo de la sorpresa, rabia y miedo de sus reacciones. No podía decirles cuál era el origen de la contaminación porque no estaba segura al cien por cien. Pero al menos sabían que no debían beber el agua ni dársela a ningún ser vivo. Les entregó los números de las oficinas de calidad de agua del condado y del Estado, y el de la EPA para que llamaran si sucedía algo.

—Gracias, cielo —dijo Moira Farnsworth—. Si no fuera por ti, beberíamos esa porquería.

Consiguió hablar con Marsh a última hora de la tarde y se sintió aliviada al comprobar que se encontraba bien.

—Tengo algo para usted —le dijo con una voz que delataba emoción.

—¿Ah, sí? ¿El qué?

—Una cinta de vídeo.

Estaba tan sorprendida que tardó unos segundos en reaccionar.

—¿Una cinta vídeo?

—Sí. Escondí una de esas cámaras de vídeo pequeñas en mi bolsa y filmé todo el interior de la planta.

Kara quería la filmación, y la quería ya.

—Eso ha sido muy arriesgado, señor Marsh. ¿Cree que alguien le ha podido ver filmando?

—Qué va. Me aseguré de que no hubiera nadie cerca. Además, tenía la cámara escondida en la bolsa.

—Eso está bien. ¿Puedo ver la filmación?

—Quedamos donde siempre mañana al mediodía.

—Nos vemos allí.

—¡Una cinta de vídeo! ¿Se os ocurre algo mejor? —le gritó a todo el equipo de investigación.

Estaba tan emocionada con el vídeo que se había olvidado por completo de su problema con Tom. Sabía que lo que había dicho en la reunión no eran sus últimas palabras sobre el tema. El resto siguió cuando Kara se estaba preparando para marcharse a casa.

—¡McMillan! —la voz de Tom salió del altavoz de su teléfono—.Ven a mi oficina, por favor.

—Estamos contigo, Kara —dijo Sophie con una sonrisa de ánimo.

—Tiene suerte de que no le demandes, chica —dijo Tessa sacudiendo la cabeza.

—Gracias —dijo Kara. Respiró hondo y se dirigió a enfrentarse con su destino.

Tom estaba inclinado sobre el ordenador leyendo algún informe en Internet. No la miró cuando ella entró.

—¿Va a convertirse en una costumbre, McMillan?

Kara sintió que se le aceleraba el pulso. Dios, cómo odiaba que la intimidaran. ¿Por qué dejaba que Tom le hablara así?

—No, no había ningún padre más que pudiera acompañarlos y habrían tenido que anular...

—Me alegro —dijo Tom y se giró hacia ella para soltarle una versión del discurso Los perros guardianes de la libertad que reservaba para cuando quería hacer sentir culpable a alguien por tener vida más allá del periódico.

Kara escuchó, y su miedo hacia él fue convirtiéndose en enfado. Intentó no poner los ojos en blanco, no parecer aburrida. Dios, ese hombre podía ser un gilipollas.

«Manten la boca cerrada, McMillan. Necesitas tener una nómina, ¿recuerdas?».

—Lo principal, McMillan, es que somos los perros guardianes de la libertad, el cuarto poder. Vigilamos el futuro. Es una gran responsabilidad que requiere un compromiso total. Tú ya te vas pronto cada día para recoger a tu hijo. Te tomas tiempo libre cuando está enfermo. Y ahora te tomas tiempo libre para llevarlo a un museo. Sí, ya sé que tienes derecho a tomarte tiempo libre, pero no se trata de a qué tienes derecho o cuánto tiempo tienes. Es una cuestión de instinto, McMillan. Tengo que saber que tu corazón está aquí.

Kara no se creía lo que acababa de oír y sintió que se le retorcían las tripas de rabia.

—Por supuesto que mi corazón está aquí, Tom. Ha estado aquí desde el día que crucé esa puerta.

La miró evaluándola sin compasión aparente. Luego, cuando dio por finalizada la bronca, la acompañó hacia la puerta.

Kara se dio media vuelta para marcharse, pero en lugar de sentirse aliviada porque había terminado, se sentía inundada por la ira. Se giró para darle la cara, y las palabras brotaron de sus labios antes de poder detenerlas.

—Eres un cabrón, Tom. No me voy pronto todos los días.

Me voy después de una jornada de ocho horas y luego trabajo un par de horas más cada noche. Trabajo en casa los fines de semana. Me parto el espinazo porque sé lo importante que es la libertad de prensa. Así que no necesito que me des ningún sermón para recordármelo.

—Cierra la puerta, McMillan —le dijo Tom sin inmutarse.

—¿Por qué? No hay nadie en todo el periódico que no haya sentido lo que yo siento ahora. Le rateaste tiempo a Matt para su boda. Le rateaste tiempo a Syd para el funeral de su padre. Me rateaste a mí la baja por maternidad. ¿Y ahora me echas la bronca porque, quiero unas horas para pasarlas con mi hijo? —Estaba tan cabreada que le temblaba la voz—. La verdad es que este periódico me debe tanto tiempo que no podría cobrarlo de ninguna manera. Si quiero tomarme unas horas para ser una madre responsable, entonces, maldita sea, voy a tomarme unas horas, y tú no vas a conseguir hacerme sentir culpable por ello.

—¿Has acabado? —Ahora él sí parecía sorprendido.

«Cállate, McMillan, cierra la boca ahora mismo».

Pero a Kara le hervía la sangre e iba a soltarlo todo.

—Siempre dices que los periodistas vigilamos el futuro. ¿Qué futuro, Tom? ¿Has dejado de trabajar alguna vez el tiempo suficiente para responder a esta pregunta? Bueno, mi hijo es mi futuro. Es un ser humano, y depende de mí para todo. Es mi máxima responsabilidad, y no voy a pedir perdón por intentar darle el amor y el cariño que merece. Si no te gusta, ya puedes llamar a Recursos Humanos, porque yo ya estoy harta de esta mierda. ¡Tengo derecho a tener una vida, joder!

Entonces, se dio media vuelta y, sin prestar atención a los aplausos y gritos de ánimo de sus colegas, tomó su cartera y se apresuró por el pasillo hacia la salida.

Kara estaba tan absorta ponderando las consecuencias de su explosión de rabia que estuvo distraída durante la cena, la hora del baño y los cuentos antes de dormir. Qué duro es ser una buena madre. No tenía ni idea de cuál sería la reacción de Tom. Quizá la valoraría más. Quizá le quitaría la historia de Northrup y se la daría a alguien que no estuviera en la lista negra. Quizá encontraría un cheque en el buzón al día siguiente con una invitación para devolver las llaves y desaparecer.
—Léeme otro, mami —dijo Connor sosteniendo otro libro de dinosaurios.

—Esta noche no, cielo. Pero mañana iremos al museo a ver los fósiles de verdad. Será divertido, ¿verdad?

El niño asintió, se arrebozó bajo las sábanas y sonrió a su madre, con una adoración inocente en la mirada. En ese momento, Kara sintió no merecer tanto amor.

Conteniendo las lágrimas, Kara se sentó y le pasó los dedos por su suave cabello moreno. El perfume del champú infantil, uno de sus olores preferidos, le acarició la nariz.

—Te quiero mucho, Connor. Eres un chico fantástico y te quiero. Pase lo que pase, recuérdalo ¿vale?

El niño asintió.

Le besó en la mejilla y le arropó bien.

—Buenas noches.

—Buenas noches, mami.

Llamó justo cuando ella apagó la luz de la habitación de Connor. Sobrepasada por su confrontación con Tom, se había olvidado de él.

Pero esta vez, pulsó el botón de grabar.

—¡Zorra estúpida! Déjalo o tu hijo va a crecer sin madre. ¿Me entiendes?

A Kara se le aceleró el pulso, y pensó con rapidez en una manera de averiguar quién era o al menos confirmar su conexión con Northrup.

—Creo que se ha equivocado.

«Bravo, McMillan. Seguro que esta respuesta está en el manual de formación del FBI».

—Sé exactamente con quién estoy hablando, Kara McMillan. Más vale que hagas lo que te digo.

—¿Qué quiere que deje? ¿Qué se supone que...?

Pero el hombre había colgado.
Kara no pudo dormir en toda la noche, pero, mientras le ponía la nueva camiseta de dinosaurios a Connor y le preparaba los cereales, se esforzó al máximo por comportarse como una madre cuya única preocupación era pasar un día fabuloso con su hijo en el museo. Añadió trozos de manzana a los cereales, le puso un batido de chocolate con la comida e incluso gruñó con él mientras se cepillaban los dientes de dinosaurio en forma de sierra y de quince centímetros de largo, ocultos por la pasta de dientes, frente al espejo del cuarto de baño.

Hacía sol, era uno de esos extraños días de invierno de Colorado en los que hace tan buen tiempo que la gente camina por calle en pantalón corto y sandalias frente al paisaje nevado de las montañas.

Kara ayudó a Connor a acomodarse en la sillita del coche y luego se sentó ella.

—Vamos a ver fósiles.

Los otros niños de la guardería también gruñían y brincaban sin cesar, y Kara rió con sus ocurrencias del Pleistoceno, a pesar de las preocupaciones.

Recibió la llamada justo cuando iba a subir al autobús escolar que les llevaría al otro lado de la ciudad.

—¿Kara McMillan? —la voz no le sonaba de nada.

—Sí.

—Soy Scott Hammond. Soy inspector del Departamento de Salud del Estado. ¿Podemos hablar de manera extraoficial?

Kara se acomodó en el asiento del autobús junto a Connor y dejó el bolso entre los muslos.

—En realidad, ahora no es un buen momento, pero me encantaría hablar con usted. ¿Puedo llamarle luego?

—No, es importante. Los de Northrup están rondando por aquí. Llevan aquí desde el lunes. Tiene que venir. Sus abogados están revisando nuestros registros y diciéndole al fiscal qué documentos puede incluir en su petición de documentos y cuáles no.

—Eso es ilegal. No pueden hacerlo —Kara sintió emerger la rabia.

—Es peor que eso. Saben lo de Henry Marsh. Vino a verme hace unos meses, me dio unas fotos y me dijo qué estaba pasando. Realicé un registro oficial sobre ello, pero mantuve oculto su nombre en mis archivos personales. Cuando llegué esta mañana, se habían llevado esos archivos. Basándome en lo que usted pidió en su solicitud, me imagino que también ha hablado con usted.

Kara no podía creer lo que oía y eligió las palabras con cuidado. ¿Y si esto era una inteligente trampa para que ella admitiera la identidad de su confidente?

—No puedo hablar de mi investigación, señor Hammond. Ni siquiera puedo estar segura de que usted es quien dice ser.

—Entiendo. Pero, por favor, escúcheme cuando le digo que temo por la seguridad del señor Marsh, señora —el hombre bajó la voz como si temiera ser oído—.Y si va a por esta historia en serio, también temo por su seguridad. Esos tipos no van a escribir una carta al director. Van a abrirle la cabeza con un bate de béisbol.


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