El jardinero fiel: Cubierta John Le Carré




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El jardinero fiel: Cubierta John Le Carré




EL JARDINERO FIEL

(The Constant Gardener, 2000)
John Le Carré
ÍNDICE

1 3

2 19

3 31

4 43

5 53

6 62

7 71

8 80

9 94

10 111

11 120

12 132

13 145

14 153

15 163

16 171

17 185

18 195

19 209

20 214

21 224

22 234

23 244

24 257

25 260

Nota del autor 268

Para Yvette Pierpaoli
que vivió y murió sin darle lo mismo


Ah, pero un hombre debe abarcar más de lo que tiene al alcance de su mano, ¿o para qué está el cielo, si no?

Robert Browning,

Andrea del Sarto

1


La noticia llegó a la embajada británica de Nairobi un lunes por la mañana a las nueve y media. Sandy Woodrow la encajó como un balazo –la mandíbula rígida, el pecho hinchado– justo en el centro de su dividido corazón inglés. Estaba de pie. Hasta ahí, se acordaba. Estaba de pie y sonaba el teléfono interior. Se disponía a coger algo, y al oír el zumbido se interrumpió para alargar la mano hacia el aparato, descolgar el auricular y decir: «Woodrow.» O quizá: «Woodrow al habla.» Y desde luego pronunció su nombre con cierta brusquedad, de eso conservaba un claro recuerdo: de su voz como si fuera la de otro, y del tono arisco: «Woodrow al habla», su apellido absolutamente respetable, pero sin la atenuación del apelativo familiar «Sandy», y proferido como si lo aborreciera, porque, según la agenda del día, la acostumbrada sesión de plegarias del embajador tenía que empezar puntualmente dentro de treinta minutos, con Woodrow, como jefe de cancillería, en el papel de moderador ante una cuadrilla de divos de los grupos de presión, cada uno de los cuales aspiraba a apropiarse en exclusiva del corazón y la mente del embajador.

En suma, un odioso lunes como tantos otros, un lunes de finales de enero, la época más tórrida en el año de Nairobi, una época de sequía y polvo y hierba pardusca y escozor de ojos y calor elevándose de las aceras de la ciudad; y las Jacarandas, como todo el mundo, esperando la estación de las lluvias.

El motivo exacto por el que estaba de pie era una duda que no llegó a resolver. Por lógica, debería haber estado encogido detrás del escritorio, tecleando en el ordenador, revisando solícitamente el material orientativo llegado de Londres y el correo entrante de otras legaciones vecinas. En cambio, estaba de pie ante el escritorio, realizando alguna crucial acción no identificada, tal como, quizá, enderezar la fotografía de su esposa Gloria y sus dos hijos de corta edad, tomada el verano anterior mientras la familia disfrutaba de un permiso en Inglaterra. La embajada se hallaba en una pendiente, y su continuo asentamiento bastaba para ladear los cuadros cuando pasaban solos un fin de semana.

O quizá se dedicaba a fumigar algún insecto keniano de esos a los que ni siquiera los diplomáticos son inmunes. Unos meses atrás habían padecido una plaga de «mosca de Nairobi», unas moscas que, al aplastarlas y restregarlas accidentalmente contra la piel, podían provocar ampollas y forúnculos, e incluso la ceguera. Estaba, pues, echando insecticida, oyó el teléfono y dejó el aerosol en el escritorio para descolgar: también era una posibilidad, ya que en su memoria reciente aparecía una diapositiva en color de un bote rojo de insecticida sobre la bandeja de documentos salientes del escritorio. Así que «Woodrow al habla», y el auricular pegado al oído.

–Ah, Sandy, soy Mike Mildren. Buenos días. ¿Estás solo, por casualidad?

Mildren, de veinticuatro años, lustroso y metido en carnes, secretario particular del embajador, con acento de Essex, recién salido de Inglaterra en su primer destino en el exterior... y conocido entre el personal subalterno, previsiblemente, como Mildred.

Sí, admitió Woodrow, estaba solo. ¿Por qué?

–Por desgracia, ha surgido un imprevisto, Sandy. En realidad, querría bajar a tu despacho si tienes un momento.

–¿No puede esperar hasta después de la reunión?

–Pues... no lo creo, la verdad. No, no puede esperar –respondió Mildren, ganando convicción a medida que hablaba–. Se trata de Tessa Quayle, Sandy.

De pronto un Woodrow distinto, el vello erizado, los nervios a flor de piel. Tessa.

–¿Qué pasa con Tessa? –preguntó con intencionada indiferencia, su mente galopando en todas direcciones. ¡Ay, Tessa! ¡Ay, Dios! ¿Qué has hecho ahora?

–Según la policía de Nairobi, ha sido asesinada –dijo Mildren como si lo dijera todos los días.

–Absurdo –replicó Woodrow sin darse tiempo para pensar–. No digas tonterías. ¿Dónde? ¿Cuándo?

–En el lago Turkana, orilla oriental. Este fin de semana. Se han mostrado diplomáticos respecto a los detalles. En su coche. Un desafortunado accidente, según ellos –añadió Mildren con tono de disculpa–. Me ha dado la impresión de que no querían herir nuestra sensibilidad.

–¿Qué coche? –preguntó Woodrow sin coherencia alguna, ya debatiéndose, negándose a aceptar la desatinada idea, sepultados a gran profundidad el quién, el cómo, el dónde y sus demás consideraciones y presentimientos, borrados rabiosamente sus recuerdos secretos de ella para reemplazarlos por el reseco paisaje lunar de Turkana tal como permanecía en su memoria desde un viaje de sondeo que realizó hacía seis meses en la irreprochable compañía del agregado militar–. No te muevas de ahí. Enseguida subo. Y no lo comentes con nadie, ¿me has oído?

Ahora con sistemática precisión, Woodrow dejó el auricular, rodeó el escritorio, descolgó la chaqueta del respaldo de la silla y se la colocó, primero una manga y después la otra. No tenía por costumbre ponerse la chaqueta para subir al primer piso. No era obligatorio el uso de chaqueta para asistir a las reuniones de los lunes, y menos aún para mantener una charla con el retaco de Mildren en su despacho. Sin embargo, el profesional que llevaba dentro le decía que lo esperaba un largo viaje. Con todo, mientras subía por la escalera, logró, mediante un tenaz esfuerzo de voluntad, acogerse a los elementales principios por los que siempre se regía cuando una crisis se cernía en el horizonte, y se aseguró, tal como había asegurado a Mildren, que aquello era absurdo. Para corroborar su teoría, evocó el sensacional caso de una joven inglesa que había sido descuartizada en la selva africana diez años atrás. Es una broma de mal gusto, claro que sí. Una recreación de aquel episodio fruto de una imaginación perturbada. Algún policía africano resentido, aguantando mecha en su puesto del desierto, medio trastocado de tanto fumar bangi, intentando sacarse un sobresueldo para complementar el miserable salario que no cobraba desde hacía seis meses.

El edificio recién acabado por el que ascendía se caracterizaba por su austeridad y excelente diseño. A Woodrow le gustaba ese estilo, quizá porque concordaba en apariencia con el suyo propio. Con sus espacios nítidamente delimitados, su comedor, su tienda, su surtidor de combustible y sus pasillos limpios y silenciosos, producía una impresión de independencia y robustez. Woodrow, a primera vista, poseía también esas inestimables cualidades. A sus cuarenta años, estaba felizmente casado con Gloria, o si no tan felizmente, daba por sentado que sólo él lo sabía. Era jefe de cancillería y cabía suponer que si jugaba bien sus cartas conseguiría ponerse al frente de alguna modesta misión en su siguiente destino, y de ahí progresaría a misiones menos modestas hasta recibir el título de sir, una perspectiva a la que él personalmente no concedía la menor importancia, desde luego, pero complacería a Gloria. Tenía cierto espíritu castrense pero, al fin y al cabo, era hijo de militar. En sus diecisiete años al servicio de Su Majestad en el extranjero, había dejado bien puesta la bandera en media docena de misiones británicas. No obstante, la peligrosa, desintegrada, saqueada y depauperada Kenia, en otro tiempo colonia británica, le había resultado más estimulante que la mayoría de las anteriores, aunque no se atrevía a preguntarse en qué medida ese interés se debía a Tessa.

–Muy bien –dijo a Mildren con manifiesta agresividad, habiendo antes cerrado la puerta y echado el pestillo.

Mildren exhibía un permanente mohín. Sentado tras su escritorio, parecía un niño gordo y travieso que se ha negado a terminarse los cereales.

–Estaba en el Oasis –informó.

–¿Qué oasis? Sé más preciso si es posible.

Pero Mildren no se dejaba amilanar tan fácilmente como su edad y su rango podían inducir a creer a Woodrow. Tenía todos los datos recogidos en unas anotaciones taquigráficas, que consultó antes de volver a hablar. Debe de ser lo que les enseñan hoy en día, pensó Woodrow con desdén. ¿De dónde, si no, iba a sacar el tiempo un advenedizo de Essex como Mildren para aprender taquigrafía?

–En la orilla este del lago Turkana, en el extremo sur, hay un hotel –explicó Mildren sin apartar la vista de la libreta–. Se llama Oasis. Tessa pasó allí la noche y se marchó a la mañana siguiente en un cuatro por cuatro proporcionado por el dueño del hotel. Dijo que quería visitar la cuna de la civilización, a trescientos kilómetros de allí en dirección norte. El hoyo de Leakey. –Se corrigió–: El yacimiento donde está la excavación de Richard Leakey. En el parque nacional de Sibiloi.

–¿Sola?

–Wolfgang le proporcionó un conductor. Su cadáver ha aparecido en el cuatro por cuatro con el de ella.

–¿Wolfgang?

–El dueño del hotel. Apellido pendiente de averiguación. Todo el mundo lo llama Wolfgang. Es alemán, por lo visto. Un personaje. Según la policía, el conductor fue brutalmente asesinado.

–¿Cómo?

–Decapitado. Paradero desconocido.

–¿Quién está en paradero desconocido? Has dicho que lo habían encontrado en el coche con ella.

–La cabeza está en paradero desconocido.

Podría haberlo adivinado, ¿no?, pensó Woodrow.

–¿Y cuál es la supuesta causa de la muerte de Tessa?

–Un accidente. Es lo único que han dicho.

–¿Le robaron?

–Según la policía, no.

Una vez conocido el asesinato del conductor y descartado el robo, la imaginación de Woodrow se desbocó.

–Cuéntame lo que te han dicho palabra por palabra –ordenó.

Mildren apoyó los amplios mofletes en las palmas de las manos y consultó de nuevo sus notas taquigráficas.

–Nueve veintinueve, llamada de una brigada móvil de la jefatura de policía de Nairobi, preguntando por el embajador –recitó–. He explicado que el embajador había salido a visitar ministerios y tenía previsto volver a las diez como muy tarde. Un agente de guardia con tono de eficiencia; ha dejado su nombre. Ha dicho que la información procedía de Lodwar...

–¿Lodwar? ¡Eso está a kilómetros de Turkana!

–Es la comisaría más próxima –aclaró Mildren–. Un cuatro por cuatro, propiedad del hotel Oasis, Turkana, había aparecido abandonado en el lado oriental del lago, cerca de Allia Bay, en el camino hacia el yacimiento de Leakey. Los cadáveres llevaban allí treinta y seis horas como mínimo. Una mujer blanca, causa de la muerte no facilitada, un africano sin cabeza, identificado como Noah el conductor, casado con cuatro hijos. Una bota de marca Mephisto, del número treinta y ocho. Una chaqueta de safari azul, talla XL, manchada de sangre, hallada en el suelo del vehículo. La mujer, entre veinticinco y treinta años, cabello oscuro, una sortija de oro en el dedo anular de la mano izquierda. Una cadena de oro en el suelo del vehículo.

«¿Y esa cadena de oro que llevas al cuello?», se oyó decir Woodrow a sí mismo en fingido desafío mientras bailaban.

«Mi abuela se la regaló a mi madre el día de su boda –contestó ella–. La llevo con todo, incluso cuando no queda a la vista.»

«¿Incluso en la cama?»

«Depende.»

–¿Quién los encontró? –preguntó Woodrow.

–Wolfgang. Avisó por radio a la policía e informó a su oficina de aquí, de Nairobi. También por radio. En el Oasis no hay teléfono.

–Si el conductor apareció decapitado, ¿cómo supieron que era el conductor?

–Estaba impedido de un brazo. Por eso trabajaba de conductor. Wolfgang vio marcharse a Tessa con Noah el sábado a las cinco y media, en compañía de Arnold Bluhm. Fue la última vez que los vio vivos.

Mildren seguía remitiéndose a sus notas, o como mínimo lo aparentaba. Se sostenía aún los mofletes con las manos y parecía resuelto a permanecer en esa postura, ya que se advertía una obstinada rigidez en sus hombros.

–Repíteme eso último –ordenó Woodrow al cabo de un segundo.

–Arnold Bluhm acompañaba a Tessa. Llegaron juntos al hotel Oasis, pasaron allí la noche del viernes y partieron en el todoterreno de Noah a las cinco y media de la mañana siguiente –volvió a decir Mildren con paciencia–. El cuerpo de Bluhm no estaba en el cuatro por cuatro, y no hay ni rastro de él. O si lo hay, no se ha informado de ello hasta el momento. La policía de Lodwar y la brigada móvil continúan en el lugar de los hechos, pero la jefatura de Nairobi desea saber si pagaremos el coste de un helicóptero.

–¿Dónde están ahora los cadáveres?

Woodrow, digno hijo de su padre militar, era lacónico y práctico.

–No se sabe. La policía quería que el Oasis se hiciera cargo, pero Wolfgang se negó. Dijo que se quedaría sin personal, y también sin clientes. –Un titubeo–. Ella firmó en el registro como Tessa Abbott.

¿Abbott?

–Su apellido de soltera. «Tessa Abbott, con dirección en un apartado de correos de Nairobi.» El nuestro. Aquí no tenemos a ningún Abbott, así que busqué el nombre en los archivos y encontré Quayle, apellido de soltera Abbott, Tessa. Imagino que es el nombre que usaba en sus labores humanitarias. –Mildren examinaba la última página de sus anotaciones–. He intentado ponerme en contacto con el embajador, pero él está haciendo su recorrido por los ministerios y es hora punta –explicó, con lo cual quería decir: ésta es la moderna Nairobi del presidente Moi, donde una llamada local puede representar media hora escuchando «Disculpe, todas las líneas están ocupadas; por favor, vuelva a intentarlo más tarde», repetido incansablemente por una apática mujer de mediana edad.

Woodrow se encontraba ya en la puerta.

–¿Y no se lo has dicho a nadie?

–A nadie.

–¿Y la policía?

–Dicen que no. Pero no pueden responder por Lodwar, y me cuesta creer que puedan responder por sí mismos.

–Y que tú sepas, Justin aún no se ha enterado.

–Exacto.

–¿Dónde está?

–En su despacho, supongo.

–Procura que no salga de allí.

–Ha llegado temprano, como siempre que Tessa sale en viaje de reconocimiento. ¿Quieres que suspenda la reunión?

–Espera.

Convencido ya, si en algún momento lo había dudado, de que se enfrentaba no sólo a una tragedia sino también a un escándalo de Fuerza Doce, Woodrow subió como una exhalación por una escalera al pie de la cual se leía el rótulo sólo personal autorizado y entró en un lúgubre pasillo que conducía a una puerta de acero cerrada con una mirilla y un timbre. Una cámara lo escudriñó mientras pulsaba el timbre. Abrió la puerta una esbelta pelirroja con vaqueros y un blusón floreado. Sheila, la número dos, con perfecto dominio del kiswahili, pensó Woodrow de manera espontánea.

–¿Dónde está Tim? –preguntó.

Sheila apretó un botón y habló por un interfono.

–Es Sandy, y tiene prisa.

–Esperad
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