El jardinero fiel: Cubierta John Le Carré




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títuloEl jardinero fiel: Cubierta John Le Carré
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Aquélla era la casa que aborrecía en su memoria siempre que se hallaba lejos de ella: grande, descuidada y opresivamente paterna, el número cuatro de una recóndita calle arbolada de Chelsea, con un jardín en la parte delantera proclive a permanecer asilvestrado pese a las atenciones dispensadas por Justin cuando disfrutaba de unos días de permiso. Y los restos de la cabaña de Tessa, encallada como una balsa salvavidas putrefacta en lo alto de un roble muerto que ella no le permitía talar. Y globos reventados de épocas lejanas, y jirones de cometas ensartados en las ramas secas y nudosas del árbol muerto. Y una herrumbrosa verja de hierro que, cuando la empujó, arrastrando a la vez un cenagal de hojas descompuestas, hizo huir entre la maleza al gato con leucoma del vecino. Y un par de cerezos intratables por los que supuso que debía preocuparse, ya que estaban plagados de abolladura.

Era la casa que venía amedrentándolo todo el día, y toda la semana anterior, mientras cumplía condena en el piso de abajo, y a lo largo de su penoso recorrido a pie en la solitaria penumbra de una tarde invernal londinense, mientras su confusa mente avanzaba a ciegas por el laberinto de atrocidades surgido en su cabeza, y la bolsa de piel, en su balanceo, le golpeaba la pierna. Era la casa que contenía las partes de Tessa que él nunca había compartido y ya nunca compartiría.

Un aire cortante agitaba los toldos de la verdulería de la acera de enfrente, aventando tanto las hojas caídas como a los compradores de última hora. Pero Justin, pese a su traje ligero, tenía ya bastantes tribulaciones como para notar el frío. Sus pasos resonaron cuando pisó los peldaños embaldosados de la puerta principal. Al llegar arriba se dio media vuelta y, sin saber por qué, escudriñó la calle. Un vagabundo yacía acurrucado bajo el cajero automático del NatWest. Un hombre y una mujer discutían dentro de un coche aparcado en lugar indebido. Un individuo delgado con gabardina y sombrero de fieltro hablaba por su móvil con la cabeza inclinada. En un país civilizado, nunca se sabe. El tragaluz en abanico de la puerta estaba iluminado desde el interior. Como no deseaba coger a nadie por sorpresa, llamó al timbre y oyó el ronco zumbido que tan bien conocía, como la sirena de un barco, procedente del rellano del primer piso. ¿Quién habrá en casa?, se preguntó, esperando el sonido de unas pisadas. Aziz, el pintor marroquí, y su novio Raoul. Petronilla, la muchacha nigeriana en busca de Dios, y su cincuentón sacerdote guatemalteco. Gazon, el alto y macilento médico francés, fumador empedernido, que había trabajado con Arnold en Argelia y tenía la misma sonrisa taciturna de Arnold y, también como Arnold, se interrumpía a veces en medio de una frase, entornaba los ojos asaltado por un doloroso recuerdo y aguardaba a que se desvanecieran en su mente sabía Dios qué pesadillas antes de tomar de nuevo el hilo.

Al no oír voces ni pasos, Justin abrió con su llave y entró en el vestíbulo, esperando encontrarse olores de guisos africanos, el guirigay del reggae en la radio y el clamor de una animada charla de sobremesa proveniente de la cocina.

–¡Hola! ¿Hay alguien? –preguntó–. Soy yo, Justin.

No recibió respuesta, ni lo envolvió la música, ni le llegaron de la cocina olores ni griterío. No se oía nada aparte del rumor del tráfico en la calle y el eco de su propia voz en el hueco de la escalera. Y sólo vio la cabeza de Tessa, recortada de un periódico y pegada a una cartulina, mirándolo desde detrás de una hilera de tarros de mermelada llenos de flores. Y entre los tarros, una lámina de dibujo doblada por la mitad, arrancada, supuso, del cuaderno de Aziz, con mensajes de dolor, afecto y despedida de los desaparecidos inquilinos de Tessa: «Justin, no nos sentíamos con ánimos de quedarnos», fechada el lunes anterior.

Volvió a plegar la hoja y la colocó de nuevo entre los tarros. Permaneció por un momento en posición de firmes, con la vista al frente, intentando contener las lágrimas. Dejó la bolsa de piel en el suelo y, apoyándose en la pared, se dirigió a la cocina. Abrió el frigorífico. Vacío salvo por un frasco de medicamento olvidado, con un nombre de mujer en la etiqueta, desconocido. Annie algo más. Alguna de las acompañantes de Gazon, probablemente. Fue a tientas por el pasillo hasta el comedor y encendió la luz.

El horrendo comedor seudo-Tudor del padre de Tessa. Seis sillas con volutas y emblemas tallados para otros megalómanos como él a cada lado de la mesa. En los extremos, sendas butacas con tapicería bordada para la pareja real. «Mi padre sabía que era espantoso pero le encantaba, y lo mismo me pasa a mí», le explicaba Tessa. Pues a mí no, pensaba él. Pero Dios me libre de decirlo. Durante sus primeros meses juntos Tessa no habló más que de sus padres hasta que, hábilmente guiada por Justin, emprendió la tarea de conjurar sus fantasmas llenando la casa de personas de su misma edad, cuanto más chifladas mejor: trotskistas ex alumnos de Eton, prelados polacos con afición por la bebida y místicos orientales, más la mitad de los gorrones del mundo conocido. Pero cuando descubrió África tomó un rumbo más estable, y el número cuatro pasó a convertirse en refugio de introvertidos cooperantes humanitarios y activistas de las más dudosas tendencias. Mientras observaba el comedor advirtió con desaprobación un semicírculo de hollín al pie de la chimenea de mármol, recubriendo los morillos y el guardafuegos. Grajillas, pensó. Y siguió recorriendo la estancia con la mirada hasta acabar fijándola nuevamente en la mancha de hollín. Esta vez también concentró en ella su mente. Y la mantuvo concentrada mientras debatía consigo mismo. O con Tessa, que venía a ser igual.

¿Qué grajillas?

¿Cuándo, grajillas?

El mensaje del vestíbulo tiene fecha del lunes.

Tata Gates viene los miércoles. Tata Gates era la señora Dora Gates, la antigua niñera de Tessa, y para ella «tata» de por vida.

Y si tata Gates no anda muy bien de salud, viene su hija Pauline.

Y si Pauline no puede, siempre está disponible su descocada hermana Debbie.

Y era impensable que cualquiera de ellas pasara por alto una mancha de hollín tan visible.

Por tanto, las grajillas lanzaron su ataque después del miércoles y antes de esta tarde.

Así pues, si la casa quedó desocupada el lunes –véase el mensaje– y tata Gates limpió el miércoles, ¿por qué se apreciaba en el hollín el nítido contorno de la huella de un pie, de hombre a juzgar por el tamaño, calzado probablemente con zapatillas deportivas?

En el aparador había un teléfono, y al lado de éste una agenda. El número de tata Gates aparecía al dorso de la tapa, escrito de puño de Tessa con rotulador rojo. Justin lo marcó. Contestó Pauline, que rompió a llorar y le pasó a su madre.

–No sabe cuánto lo siento –dijo tata Gates, hablando despacio y claro–. Ni usted ni yo, señor Justin, podríamos expresar con palabras cuánto lo siento. Ni ahora ni nunca.

Justin inició el interrogatorio, sin prisa y con delicadeza como debía ser, escuchando más que preguntando. Sí, tata Gates había ido el miércoles como de costumbre, de nueve a doce, y deseaba ir... Era una oportunidad para estar a solas con la señorita Tessa... Había limpiado como siempre, sin saltarse ni olvidar nada... Y había llorado y rezado... Y si Justin no tenía inconveniente, continuaría yendo como antes, los miércoles como cuando la señorita Tessa vivía, no era por el dinero, era por el recuerdo...

¿Hollín? ¡Claro que no! El miércoles no había hollín en el suelo del comedor, o sin duda ella lo habría visto y lo habría recogido antes de que se incrustara. ¡El hollín de Londres era tan pegajoso! ¡Con esas chimeneas grandes, siempre estaba muy pendiente del hollín! Y no, señor Justin, con toda seguridad el deshollinador no tenía llave de la casa.

Y sabía el señor Justin si habían encontrado ya al doctor Arnold, porque, de todos los caballeros que se habían hospedado en la casa, era el doctor Arnold por quien más aprecio sentía, y aquellas historias de los periódicos eran sólo invenciones...

–Muy amable, señora Gates.

Encendiendo la araña del salón, Justin se permitió echar un vistazo a los viejos recuerdos de Tessa: las escarapelas de los concursos hípicos de su infancia; Tessa vestida de primera comunión; el retrato de boda en la escalinata de la pequeña iglesia de San Antonio, en Elba. Pero fue la chimenea lo que más reclamó su atención. Entre el hogar y el resto del pavimento mediaba una losa de pizarra, y tenía una pantalla baja de estilo Victoriano, aleación de bronce y acero, con abrazaderas de bronce para colocar los accesorios. Una capa de hollín cubría la pizarra y la pantalla. El mismo hollín formaba líneas negras a lo largo de los mangos de acero de las tenazas y el atizador.

He aquí pues un extraordinario misterio de la naturaleza, dijo a Tessa: dos colonias de grajillas sin relación entre sí deciden simultáneamente arrojar hollín por los cañones de dos chimeneas incomunicadas. ¿Cómo debemos interpretar ese hecho? ¿Tú, una abogada, y yo, una especie protegida?

Pero en el salón no había huella. Quienquiera que hubiese registrado la chimenea del comedor había tenido la gentileza de dejar una huella. No así, en cambio, quienquiera que hubiese registrado la chimenea del salón, fuera o no el mismo hombre.

Ahora bien, ¿qué podía inducir a alguien a registrar una chimenea, es más, no una sino dos? Era cierto que tradicionalmente las chimeneas antiguas servían de escondrijo para cartas de amor, testamentos, vergonzosos diarios personales y bolsas repletas de soberanos de oro. Era cierto asimismo, según la leyenda, que en las chimeneas habitaban espíritus. Y cierto también que el viento utilizaba las viejas chimeneas para contar historias, secretas en su mayoría. Y esa tarde soplaba un viento frío, que sacudía puertas y ventanas. Pero ¿por qué registrar e»u chimeneas? ¿Nuestras chimeneas? ¿Por qué las chimeneas del número cuatro? A no ser, claro, que las chimeneas fueran parte de un registro general de toda la casa, aspectos secundarios, por así decirlo, del objetivo central.

En el primer descansillo se detuvo a examinar el botiquín de Tessa, un viejo especiero italiano sin especial valor sujeto con tornillos a la pared en el ángulo de la escalera, identificado mediante una cruz verde pintada a mano por ella misma. No en vano era hija de una médica. La puerta del especiero estaba entornada. Justin la abrió de par en par.

Saqueado. Cajas de esparadrapo mal cerradas, gasas y borotalco desparramados en furioso desorden. Cuando cerraba la puerta, sonó junto a su cabeza el estridente timbre del teléfono mural.

Es para ti, dijo Justin a Tessa. Tendré que darles la noticia de tu muerte. Es para mí. Tendré que escuchar condolencias. Es Alison Landsbury, el bizcocho, para preguntarme si dispongo de todo lo que necesito para mi seguridad y sosiego bajo los efectos del trauma. Es alguien que ha tenido que esperar hasta que la línea ha quedado libre tras mi larga conversación con tata Gates.

Cogió el auricular y oyó a una mujer atareada. De fondo se escuchaban débiles voces y un tabaleo de pasos. Una mujer atareada en un sitio concurrido con el suelo de baldosas. Una mujer atareada de acento londinense y voz desenfadada, como la de una vendedora callejera.

–¡Veamos! Por favor, ¿puedo hablar con el señor Justin Quayle si está en casa? –Preguntado con tono ceremonioso, como un mago a punto de realizar un juego de manos con las cartas. Aparte, dijo–: Sí está, cariño, lo he oído...

–Soy Quayle.

–¿Quieres hablar tú mismo con él, cariño? –Su «cariño» no quería–. Le llamo de la floristería Jeffrey’s, señor Quayle, aquí en King’s Road. Tengo un precioso arreglo floral para entregárselo a usted personalmente esta misma tarde sin falta, lo antes posible, y no puedo decirle quién lo envía... –Aparte–. Lo he hecho bien, ¿cariño? –Evidentemente lo había hecho bien–. La duda es, señor Quayle, si sería posible mandarle al recadero más o menos ahora mismo. En dos minutos lo tendrá ahí, ¿no, Kevin? En uno, si le da una buena propina.

–Mándelo, pues –respondió Justin distraídamente.
Justin se hallaba frente a la puerta de la habitación de Arnold, así llamada porque cuando Arnold pasaba unos días en la casa, dejaba al irse, invariablemente, una nostálgica declaración de su derecho a la permanencia: un par de zapatos, una maquinilla de afeitar eléctrica, un despertador, un fajo de papeles acerca del desastroso fracaso de la ayuda médica al tercer mundo. A pesar de eso, Justin se detuvo en seco al ver el jersey de pelo de camello de Arnold colgado en el respaldo de la silla, y estuvo a punto de llamarlo en voz alta cuando se acercó al escritorio.

También lo habían registrado.

Cajones abiertos a golpe de palanca, papeles y sobres cogidos a bulto y devueltos sin el menor cuidado.

Sonó la sirena de barco. Corrió escalera abajo y, al llegar a la puerta, se obligó a tranquilizarse. Kevin, el recadero de la floristería, era un muchacho de corta estatura y mejillas rubicundas, un recadero dickensiano con la cara lustrosa a causa del frío invernal. El ramo de lirios y azucenas que sostenía entre los brazos era casi más grande que él. Llevaba un sobre blanco atado al alambre que mantenía unidos los tallos. Rebuscando entre un puñado de chelines kenianos, Justin encontró dos libras esterlinas, se las dio al chico y cerró la puerta. El mensaje estaba escrito en caracteres electrónicos.
Justin. Sal de casa hoy a las siete y media de la tarde. Trae un maletín lleno de papel de diario. Ve hasta el Cineflex de King’s Road. Compra una entrada para la Sala Dos y quédate a ver la película hasta las nueve. Abandona el cine por la salida lateral (lado oeste). Busca un microbús azul aparcado cerca de la salida. Reconocerás al conductor. Quema esta nota.
Sin firma.

Examinó el sobre, lo olfateó, olfateó la tarjeta, no olió nada, ni sabía qué esperaba oler. Llevó la tarjeta y el sobre a la cocina, les prendió fuego con una cerilla y, en la mejor tradición del curso de seguridad del Foreign Office, los dejó arder en el fregadero. Una vez carbonizados, disgregó las cenizas e introdujo los fragmentos en el triturador de basura, que mantuvo en funcionamiento más tiempo del necesario. Volvió a la escalera y subió los peldaños de dos en dos hasta lo alto de la casa. No lo impulsaba la prisa sino la determinación: no pienses, actúa. Llegó ante la puerta de un desván con el cerrojo echado. Tenía una llave ya preparada. Su semblante revelaba resolución pero también temor. Era un hombre desesperado armándose de valor para saltar al vacío. Abrió la puerta y entró en el estrecho pasillo. Éste daba acceso a una serie de habitaciones abuhardilladas entre sombreretes de chimenea infestados de grajillas y secretas azoteas donde cultivar plantas en macetas o hacer el amor. Siguió adelante con paso enérgico, entornando los ojos para resistir el resplandor de los recuerdos. No había objeto, cuadro, silla o rincón que no perteneciera a Tessa, en el que no estuviera presente, desde el que no le hablara. El pomposo buró de su padre, transferido a Justin el día de su boda, seguía en su hueco de siempre. Levantó la tapa. ¿Qué te había dicho? Saqueado. Abrió el armario ropero de Tessa y vio sus abrigos y vestidos de invierno, arrancados de las perchas y abandonados con los bolsillos del revés. La verdad, cariño, podrías haberlos colgado. Sabes de sobra que los colgué, y alguien los ha desordenado. Escarbando entre la ropa, desenterró el viejo estuche de partituras de Tessa, lo más parecido que tenía a un maletín.

–Hagamos esto juntos –le dijo Justin, ahora de viva voz.

Antes de marcharse, se detuvo a observarla a través de la puerta abierta del dormitorio. Tessa había salido del cuarto de baño y estaba desnuda frente al espejo, peinándose el cabello húmedo con la cabeza ladeada. Tenía vuelto hacia él uno de sus pies descalzos, en una pose de ballet, como parecía tenerlo siempre que estaba desnuda. Contemplándola, sintió el indescriptible distanciamiento respecto a ella que siempre había sentido cuando vivía. Eres demasiado perfecta, demasiado joven, le dijo. Debería haberte dejado en libertad. Gilipolleces, contestó ella con ternura, y él se sintió reconfortado.

Descendió a la planta baja y encontró en la cocina una pila de números atrasados del Kenyan Standard, Africa Confidential, The Spectator y Private Eye. Los embutió en el estuche de partituras, regresó al vestíbulo y lanzó una última ojeada al altar improvisado y la bolsa de piel. Voy a dejarte donde puedan encontrarte por si no han quedado satisfechos con su trabajo de esta mañana en el ministerio, explicó a Tessa, y salió a la gélida oscuridad. Llegó al cine en diez minutos. En la Sala Dos, el público no pasaba de una cuarta parte del aforo. Justin no prestó atención a la película. Tuvo que escaparse al servicio de caballeros dos veces, estuche de partituras en mano, para consultar su reloj sin ser visto. A las nueve menos cinco abandonó el cine por la salida oeste, encontrándose en una fría calleja. Enfrente vio aparcado un microbús azul, y por un momento imaginó absurdamente que era el camión de safari verde de Marsabit. Sus faros parpadearon. Arrellanada tras el volante, aguardaba una angulosa figura con gorra de marinero.

–Por la puerta de atrás –ordenó Rob.

Justin se dirigió a la parte posterior del microbús y vio la puerta abierta y el brazo de Lesley extendido para cogerle el estuche. Ocupando un asiento de madera en medio de una total oscuridad, se creyó de nuevo en Muthaiga, en el banco de listones de la furgoneta Volkswagen, con Livingstone al volante y Woodrow dando órdenes junto a él.

–Estamos siguiéndote, Justin –explicó Lesley. A oscuras, su voz sonaba apremiante y a la vez delataba un misterioso desánimo. Daba la impresión de que también ella hubiera sufrido una gran pérdida–. El equipo de vigilancia te ha seguido hasta el cine, y nosotros formamos parte de él. Ahora cubrimos la salida lateral por si decides utilizarla. Siempre existe la posibilidad de que la presa se aburra y se marche antes de tiempo. Como acabas de hacer. Dentro de cinco minutos, que es la hora que daremos al informar al centro de control. ¿En qué dirección te irás?

–Hacia el este.

–En ese caso pararás un taxi y te irás en dirección este. Notificaremos el número de matrícula del taxi. No te seguiremos porque nos reconocerías. Hay un segundo vehículo de vigilancia esperándote frente a la entrada principal del cine y otro de reserva en King’s Road por si surge cualquier contingencia. Si decides marcharte a pie o coger el metro, pondrán a un par de peatones tras tus pasos. Si tomas un autobús, te estarán agradecidos porque no hay nada más fácil que pegarse a un autobús de Londres. Si entras en una cabina telefónica y haces una llamada, la escucharán. Tienen un mandato del Ministerio del Interior y los autoriza a intervenir tus llamadas desde cualquier teléfono.

–¿Por qué? –preguntó Justin.

Su vista empezaba a acostumbrarse a la escasa luz. Rob se había dado la vuelta en el asiento y estaba apoyado en el respaldo de cara a Justin, participando en la conversación. Tenía la misma actitud de desaliento que Lesley pero más hostil.

–Porque nos jodiste –contestó.

Lesley extraía el papel de diario del estuche de Tessa y lo metía en una bolsa de plástico. A sus pies había unos cuantos sobres de tamaño grande, quizá una docena. Empezó a cargarlos en el estuche.

–No te entiendo –dijo Justin.

–Pues haz el esfuerzo –aconsejó Rob–. Actuamos con órdenes secretas, ¿de acuerdo? Le contamos al señor Gridley lo que estás haciendo. Alguien de las altas esferas explica por qué lo estás haciendo, pero no a nosotros. Nosotros somos los peones.

–¿Quién ha registrado mi casa?

–¿En Nairobi o en Chelsea? –replicó Rob con sorna.

–En Chelsea.

–No somos quienes para preguntarlo. El equipo fue relevado del servicio durante cuatro horas mientras la registraba quienquiera que lo hiciese. Es lo único que sabemos. Gridley puso a un policía de uniforme ante la puerta por si alguien quería entrar. Si se daba el caso, el policía debía decir al interesado que nuestros agentes investigaban un allanamiento de morada en el edificio y mandarlo a la mierda. Si es que realmente era un policía, cosa que dudo –añadió Rob, y cerró la boca con un chasquido de dientes.

–Rob y yo hemos sido excluidos del caso –informó Lesley–. Gridley nos destinaría a las Oreadas como guardias de tráfico si pudiera, sólo que no se atreve.

–Hemos sido excluidos de todo –precisó Rob–. No existimos. Gracias a ti.

–Nos quiere donde pueda vemos –dijo Lesley.

–En el redil, muertos de asco –añadió Rob.

–Ha enviado a otros dos agentes a Nairobi para ayudar y asesorar a la policía local en la búsqueda de Bluhm, para eso exclusivamente –prosiguió Lesley–. Nada de mirar bajo las piedras, nada de desviarse del camino trazado. Eso se acabó.

–Olvidémonos de los Dos de Marsabit, dejémonos de lamentaciones por negras moribundas y médicos imaginarios –dijo Rob–. Usando las bellas palabras del propio Gridley. Y nuestros sustitutos no están autorizados a hablar con nosotros por miedo a que se contagien de nuestra enfermedad. Son un par de descerebrados a un año de la edad de jubilación, igual que Gridley.

–Es un caso de máxima seguridad, y tú tienes parte en él –explicó Lesley, cerrando el estuche de partituras pero manteniéndolo en su regazo–. ¿Qué parte? Esa es la gran incógnita. Gridley quiere conocer tu vida con pelos y señales. A quién ves, dónde, quién te visita, a quién telefoneas, qué comes, con quién. Día a día. Sólo se nos permite saber que eres un elemento esencial en una operación secreta. Debemos obedecer y no meternos donde no nos llaman.

–No hacía ni diez minutos que habíamos vuelto a la jefatura cuando nos dijo a gritos que quería todas las libretas, cintas y pruebas en su mesa inmediatamente –continuó Rob–. Así que se las entregamos. El juego original, íntegro y completo. Después de hacer copias, claro está.

–La insigne casa de las TresAbejas no debe mencionarse nunca más, y eso es una orden –dijo Lesley–. Ni sus productos, ni sus actividades, ni los nombres del personal. Nada ha de perturbar el equilibrio de la situación. Amén.

–¿Qué situación?

–Diversas situaciones –contestó Rob–. Tienes donde elegir. Curtiss es intocable. Tiene medio negociado un sustancioso acuerdo para la venta de armas británicas a Somalia. El embargo representa un engorro, pero ha encontrado formas de eludirlo. Por otro lado, va a la cabeza en la carrera por proveer al este de África de una vanguardista red de telecomunicaciones usando alta tecnología británica.

–¿Y yo soy un estorbo para esos proyectos?

–Eres un estorbo, y punto –repuso Rob con saña–. Si nos hubieras facilitado las cosas, los tendríamos atados de manos. Ahora estamos a cero, como si éste fuera nuestro primer día de trabajo.

–Ellos creen que sabes lo mismo que Tessa sabía –explicó Lesley–. Eso podría ser malo para tu salud.

–¿Ellos?

Pero la ira de Rob era incontenible.

–Fue un montaje desde el principio, y tú participaste. Los azules se rieron de nosotros, igual que los hijos de puta de TresAbejas. Tu amigo y colega el señor Woodrow nos contó una sarta de mentiras. Tú también. Eras nuestra única opción, y nos dejaste tirados.

–Queremos hacerte una pregunta, Justin –intervino Lesley casi con el mismo encono–. Nos debes una respuesta sincera. ¿Tienes algún sitio adonde ir? ¿Un sitio seguro donde poder sentarte a leer? Si es fuera del país, tanto mejor.

Justin recurrió a las evasivas.

–¿Qué ocurrirá cuando llegue a casa y encienda la luz de mi habitación? ¿Seguiréis fuera espiándome?

–El equipo te acompaña hasta tu casa, te acompaña hasta tu cama. Luego los observadores se van a descansar un rato; los escuchas permanecen conectados a tu teléfono ininterrumpidamente. Los observadores regresan por la mañana temprano para sacarte de la cama. El mejor momento es entre la una y las cuatro de la madrugada.

–En ese caso sí tengo un sitio adonde ir –anunció Justin tras meditar por un instante.

–Estupendo –dijo Rob–. Nosotros no.

–Si es en el extranjero, viaja por tierra y mar –advirtió Lesley–. Cuando llegues al país en cuestión, rompe la cadena. Usa líneas de autobús locales, trenes de cercanías. Viste con ropa corriente, aféitate a diario, no mires a nadie. No alquiles coches, no tomes ningún avión, ni siquiera vuelos nacionales. Dicen que eres rico.

–Así es.

–Entonces reúne la mayor cantidad posible en efectivo. No pagues nunca con tarjeta de crédito o cheques de viaje. No toques un teléfono móvil. No hagas llamadas a cobro revertido ni pronuncies tu nombre por la línea o los ordenadores te localizarán. Rob te ha falsificado un pasaporte y un carnet de prensa del Telegraph. Le ha costado lo suyo conseguir tu foto, hasta que al final ha telefoneado al Foreign Office y ha dicho que necesitábamos una para nuestros archivos. Rob tiene amigos en sitios donde se supone que no debemos tener amigos, ¿verdad, Rob? Así que no los uses para entrar y salir de Inglaterra. ¿Trato hecho?

–Sí –respondió Justin.

–Eres Peter Paul Atkinson, periodista. Y nunca, pase lo que pase, lleves los dos pasaportes encima.

–¿Por qué lo hacéis? –preguntó Justin.

–¿A ti qué te importa? –replicó Rob desde la oscuridad–. Nos encargaron un trabajo y nos molesta dejarlo a medias, así de sencillo. Por eso ahora te endilgamos a ti la tarea, para joderlos. Cuando nos echen a la calle, quizá nos permitas lavarte el Rolls-Royce de vez en cuando.

–Puede que lo hagamos por Tessa –dijo Lesley, plantándole el estuche de partituras en los brazos–. Andando, Justin. No confiaste en nosotros. Quizá con razón. Pero si te hubieras fiado, tal vez habríamos llegado hasta el final, dondequiera que esté. –Alargó la mano hacia el tirador de la puerta–. Cuídate. Matan. Pero eso ya lo has notado.

Justin se encaminó calle abajo y oyó hablar a Rob por el micrófono. «Candy sale del cine. Repito, la chica sale con su bolso.» La puerta del microbús se cerró a sus espaldas. «Cierras con llave al irte, cierras la mente», pensó, recordando las palabras de Pellegrin. Se alejó a pie hasta hallarse a cierta distancia. Candy para un taxi, y es un chico.
Justin se hallaba de pie junto a la alargada ventana de guillotina del despacho de Ham, escuchando las campanadas de las diez por encima del rumor nocturno de la ciudad. Miraba hacia el pasaje sin acercarse demasiado al cristal, desde un punto donde era relativamente fácil ver, pero no tan fácil ser visto. La tenue luz de una lámpara de lectura brillaba en el escritorio. En un ángulo del despacho, Ham descansaba en un viejo sillón de orejas desgastado por el paso de generaciones de clientes insatisfechos. Fuera flotaba una fría bruma procedente del río, recubriendo de escarcha la reja exterior de la capilla de Santa Etheldreda, escenario de las muchas discusiones no resueltas entre Tessa y su Sumo Hacedor. Un tablón de anuncios verde, iluminado, informaba a los viandantes de que la antigua fe había sido reinstaurada en la capilla por los padres rosminianos. Confesiones, bendiciones sacramentales y bodas a horas concertadas. Un goteo de fieles, los últimos del día, subía y bajaba por la escalera de la cripta. En el suelo del despacho, apilado en la cubeta de plástico de Ham, se encontraba el anterior contenido de la bolsa de piel. En el escritorio estaba el estuche de partituras de Tessa y, al lado, en carpetas con el nombre del bufete, la diligente recopilación de listados, faxes, fotocopias, notas tomadas durante conversaciones telefónicas, postales y cartas que Ham había acumulado a lo largo del último año de correspondencia con Tessa.

–Ha habido una cagada, me temo –admitió Ham, avergonzado–. No encuentro su última serie de mensajes.

–¿Que no los encuentras?

–Ni los suyos ni ningún otro, para ser exactos. Ha entrado un virus en el ordenador. El muy cabrón se ha engullido el buzón de correo y medio disco duro. El informático sigue trabajando en ello. Cuando recupere la información te pasaré los mensajes.

Habían hablado de Tessa, de Meg, y luego de críquet, al que Ham también tenía reservado un lugar especial en su gran corazón. Justin no era aficionado al críquet, pero se esforzó por aparentar entusiasmo. Una imagen de Florencia, desdibujada en la penumbra, ilustraba el mugriento cartel publicitario de una agencia de viajes.

–Ham, ¿utilizas aún aquella servicial agencia de mensajería para los envíos semanales entre Londres y Turín? –preguntó Justin.

–Por supuesto. La ha absorbido una empresa mayor, claro. ¿Quién se libra de eso hoy en día? Es la misma gente pero con mucho más jaleo.

–¿Y sigues usando aquellas preciosas sombrereras de piel con el nombre del bufete en la tapa que he visto esta mañana en tu cámara acorazada?

–Mientras de mí dependa, eso es lo último que desaparecerá de aquí.

Entrecerrando los ojos, Justin observó el pasaje exiguamente iluminado. Todavía estaban allí: una mujer alta y robusta con un grueso abrigo y un hombre flaco con un sombrero de ala abarquillada y las piernas arqueadas como un jinete desmontado, y un anorak de esquiador con el cuello levantado hasta la nariz. Llevaban diez minutos mirando el tablón de anuncios de Santa Etheldreda, pese a que toda la información que tenía que ofrecerles en una fría noche de febrero podía memorizarse en diez segundos. Por lo visto, después de todo, en una sociedad civilizada a veces sí se sabe.

–Dime una cosa, Ham.

–Sí, claro, pregunta lo que quieras.

–¿Tenía Tessa dinero disponible en Italia?

–A montones. ¿Quieres ver los extractos de las cuentas?

–No tengo mucho interés. ¿Es mío ahora?

–Ahora y antes. Son cuentas conjuntas, ¿recuerdas? Lo que es mío es suyo, decía. Intenté disuadirla. Me mandó a paseo. Típico.

–Siendo así, tu representante en Turín podría enviarme una parte, ¿no? A tal o cual banco. En cualquier lugar del mundo.

–Sí. Ningún problema.

–O a cualquier otra persona que yo designara, de hecho. Siempre y cuando dicha persona presentara su pasaporte.

–Es tu pasta, muchacho. Haz lo que quieras con ella. Disfrútala, eso es lo más importante.

El jinete desmontado se había vuelto de espalda al tablón de anuncios y fingía contemplar las estrellas. La mujer del abrigo grueso consultaba su reloj. Justin se acordó una vez más del plomífero instructor del curso de seguridad. «Los observadores son actores. Para ellos, no hay nada más difícil que no hacer nada.»

–Tengo cierto amigo, Ham, del que nunca te he hablado. Peter Paul Atkinson. Es un hombre de mi absoluta confianza.

–¿Abogado?

–No, claro que no. Para eso ya estás tú. Es periodista, del Daily Telegraph. Un viejo amigo de mi época universitaria. Quiero otorgarle plenos poderes para todos mis asuntos. Si tú o tu oficina de Turín recibierais alguna vez instrucciones suyas, desearía que las atendierais exactamente igual que si procedieran de mí.

Ham dejó escapar un murmullo de duda y se frotó la punta de la nariz.

–Muchacho, eso no puede hacerse así sin más. No basta con un toque de varita mágica. Se requieren su firma y sus datos. Una autorización formal tuya. Ante testigos, probablemente.

Justin cruzó el despacho hasta el sillón de Ham y le entregó el pasaporte a nombre de Atkinson para que le echara un vistazo.

–Quizá podrías copiar los detalles de ahí –sugirió.

Ham fue directamente a la fotografía del final y, sin ningún cambio perceptible en la expresión, la comparó con las facciones de Justin. Tras una segunda ojeada, leyó los datos personales. Pasó poco a poco las hojas, profusamente selladas.

–Ha viajado lo suyo, tu amigo –comentó con tono flemático.

–Y viajará mucho más, sospecho.

–Necesitaré una firma. Sin una firma, no puedo empezar a moverlo.

–Dame un momento y la tendrás.

Ham se puso en pie, devolvió el pasaporte a Justin y se dirigió con parsimonia hacia el escritorio. Abrió un cajón y sacó un par de impresos de aspecto oficial y unas cuantas hojas en blanco. Justin colocó el pasaporte abierto bajo la lámpara de lectura y, con Ham mirando oficiosamente por encima de su hombro, plasmó unas cuantas firmas de prueba antes de otorgarle plenos poderes sobre sus asuntos a un tal Peter Paul Atkinson, en el bufete Hammond Manzini de Londres y Turín.

–La autenticidad debe ser certificada –dijo Ham–. Por mí.

–Hay otra cuestión si no te importa.

–Válgame Dios.

–Tendré que escribirte.

–Cuando quieras. Estaré encantado de seguir en contacto contigo.

–Pero no aquí. Ni a ningún lugar de Inglaterra. Tampoco a tu oficina de Turín si no te importa. Creo recordar que tienes una legión de tías italianas. ¿Accedería alguna de ellas a recibir correo para ti y mantenerlo a buen recaudo hasta que tú te dejes caer por allí?

–Quizá mi tía de Milán, una vieja solterona –contestó Ham con un gesto de indiferencia.

–Una vieja solterona de Milán es precisamente lo que necesitamos. Podrías tal vez darme su dirección.
Era medianoche en Chelsea. Vestido con una chaqueta informal y un pantalón gris de franela, Justin el cumplidor oficinista estaba sentado a la horrenda mesa del comedor bajo una araña de luces de apariencia artúrica, escribiendo una vez más. Con una estilográfica, en una hoja con membrete del número cuatro. Había roto varios borradores antes de quedar satisfecho, pero su estilo y su letra seguían sin resultarle familiares.
Estimada Alison:

Agradezco tus atentas sugerencias de esta mañana en nuestra reunión. El ministerio siempre muestra su cara humana en los momentos críticos, y hoy no ha sido una excepción. He meditado con el debido detenimiento sobre lo que me has propuesto, y he hablado largo y tendido con los abogados de Tessa. Según parece, había descuidado mucho sus asuntos en los últimos meses, y ahora requieren mi inmediata atención. Hay cuestiones domiciliarias y fiscales por resolver, además de la disposición de bienes tanto aquí como en el extranjero. He decidido por tanto ocuparme antes que nada de estos asuntos económicos, y sospecho que la tarea no me vendrá mal.

Confío, pues, que tengas la bondad de esperar mi respuesta a tus sugerencias durante una o dos semanas. En cuanto a la baja por enfermedad, considero que no debo abusar innecesariamente de la buena voluntad del ministerio. No he tomado ningún permiso en el último año, y creo que tengo derecho a cinco semanas por desembarco, más el pertinente tiempo de permiso anual. Prefiero reclamar lo que me corresponde antes de recurrir a tu indulgencia. Gracias de nuevo.
Un placebo falso e hipócrita, decidió con satisfacción. Justin el incorregible funcionario se plantea, preocupado, si es o no correcto tomar la baja por enfermedad mientras soluciona los asuntos pendientes de su esposa asesinada. Volvió al vestíbulo y lanzó otro vistazo a la bolsa de piel, abandonada en el suelo bajo la consola de mármol. Un candado forzado y ya inservible. El otro desaparecido. El contenido recolocado al azar. Hacéis las cosas tan mal, pensó con desprecio. A continuación se dijo: a no ser que vuestro propósito sea asustarme, en cuyo caso lo estáis haciendo bastante bien. Se examinó los bolsillos de la chaqueta. Mi pasaporte, el auténtico, para utilizarlo al entrar o salir de Gran Bretaña. Dinero. Ninguna tarjeta de crédito. Con aparente determinación, empezó a variar la iluminación de la casa de acuerdo con la imagen que mejor se ajustaba a las horas de sueño.
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