El jardinero fiel: Cubierta John Le Carré




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títuloEl jardinero fiel: Cubierta John Le Carré
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un minuto mientras marco la contraseña –dijo a voz en grito una expansiva voz masculina.

Esperaron.

–Camino totalmente despejado –anunció la misma voz cuando se descorrió el cierre automático de otra puerta.

Sheila se apartó, y Woodrow entró en el despacho con paso enérgico. Tim Donohue, el jefe de inteligencia, se hallaba de pie ante su escritorio, imponente con sus dos metros de estatura. Debía de haber estado poniendo en orden la mesa, porque no había un solo papel a la vista. Donohue ofrecía un aspecto aún más enfermizo que de costumbre. Gloria, la esposa de Woodrow, insistía en que le quedaba poco tiempo de vida. Las mejillas hundidas y sin color. Cúmulos de piel desmoronada bajo los ojos exánimes y amarillentos. El disperso e irregular bigote atusado hacia abajo a zarpazos en cómica desesperación.

–Sandy, muy buenas. ¿En qué podemos ayudarte? –exclamó, mirando a Woodrow a través de sus bifocales y sonriendo con su sonrisa de calavera descarnada.

Se acerca demasiado, recordó Woodrow. Sobrevuela tu territorio e intercepta tus señales antes de que las emitas.

–Según parece, Tessa Quayle ha sido asesinada cerca del lago Turkana –dijo con un vengativo deseo de causar impacto–. Hay en esa zona un hotel que se llama Oasis. Necesito hablar con el dueño por radio.

Así es como los adiestran, pensó. Regla número uno: nunca deben exteriorizarse los sentimientos, si es que se tienen. El pecoso rostro de Sheila, paralizado en una expresión de pensativo rechazo. Tim Donohue sonriendo aún con su necia sonrisa... pero, claro, su sonrisa no significaba nada ya de buen principio.

–¿Ha sido qué, amigo mío? ¿Puedes repetirlo?

–Asesinada. Método desconocido, o no revelado por la policía. Al conductor del todoterreno en el que viajaba le cortaron la cabeza. No tenemos más información.

–¿Asesinada y robada?

–Sólo asesinada.

–Cerca del lago Turkana.

–Sí.

–¿Qué demonios hacía allí?

–No tengo la menor idea. Supuestamente, quería visitar la excavación de Leakey.

–¿Lo sabe Justin?

–Todavía no.

–¿Hay implicada alguna otra persona que conozcamos?

–Ésa es una de las cosas que pretendo averiguar.

Donohue lo guió hasta una cámara de comunicaciones insonorizada que Woodrow no había visto hasta entonces. Teléfonos de distintos colores con casillas para tarjetas romboides codificadas. Un fax sobre lo que parecía un barril de petróleo. Un aparato de radio compuesto de cajas verdes de metal granulado. Un listado de frecuencias en papel de impresora encima de las cajas. Así es, pues, como nuestros espías cuchichean desde el interior de nuestros edificios, pensó Woodrow. ¿Legal o clandestinamente? Nunca lo sabría. Donohue se sentó ante la radio, consultó el listado y luego, manipulando los controles con dedos trémulos, entonó como un héroe de película de guerra:

–ZNB 85, ZNB 85 llamando a TKA 60. ¿Me recibe, TKA 60? Corto. Oasis, ¿me recibe? ¿Oasis? Corto.

Tras una ráfaga de interferencias, se oyó una voz con canallesco acento alemán y tono desafiante:

–Aquí Oasis. Alto y claro, señor mío. ¿Y usted quién es? Corto.

–Oasis, esto es la embajada británica en Nairobi. Le paso con Sandy Woodrow. Corto.

Woodrow apoyó las dos manos en la mesa para acercarse al micrófono.

–Aquí Woodrow, jefe de cancillería. ¿Hablo con Wolfgang? Corto.

–¿Cancillería? ¿Cómo la que ocupaba Hitler?

–La sección política de la misión. Corto.

–Entendido, señor Canciller. Sí, soy Wolfgang. ¿Cuál es el problema? Corto.

–Quiero que me dé, si es tan amable, su propia descripción de la mujer que se registró en su hotel como la señorita Tessa Abbott. No estoy equivocado, ¿verdad? Firmó con ese nombre, ¿no? Corto.

–Exacto. Tessa.

–¿Cómo era? Corto.

–Pelo oscuro, sin maquillar, alta, cerca de treinta años. No era inglesa. Enseguida lo noté. Alemana del sur, austriaca o italiana. Soy hostelero. Me fijo en la gente. Y guapísima. También soy hombre. Se movía con la gracia de un animal. Y llevaba esa ropa que a uno le da la impresión de que podría quitársele de un soplido. ¿Coincide eso con su Abbott o con alguna otra? Corto.

Tenía la cabeza de Donohue a unos centímetros de la suya. Sheila estaba de pie al otro lado. Los tres mantenían la vista fija en el micrófono.

–Sí. Ésa parece la señorita Abbott. Podría decirme, por favor, cuándo y cómo hizo la reserva en su hotel. Según creo, cuenta usted con una oficina en Nairobi. Corto.

–No la hizo.

–¿Disculpe?

–Hizo la reserva el doctor Bluhm. Para dos personas, dos bungalows al lado de la piscina, una noche. «Sólo nos queda un bungalow libre», le digo. No hay problema, lo toma igualmente. Eso sí es un tipo con agallas. ¡Y cómo los miraba todo el mundo! Los huéspedes, los empleados. Una mujer blanca preciosa, un apuesto médico africano. Era digno de verse. Corto.

–¿Cuántas habitaciones tiene un bungalow? –preguntó Woodrow con una débil esperanza de atajar el inminente escándalo.

–Una habitación, dos camas individuales, no muy duras, cómodas y mullidas. Una sala de estar. Aquí todos firman en el registro. Nada de nombres inventados, les digo. La gente se pierde; he de saber quiénes son. Así se llamaba, pues, ¿no? ¿Abbott? Corto.

–Era su apellido de soltera. El apartado de correos que dejó es el de la embajada. Corto.

–¿Dónde está el marido?

–Aquí, en Nairobi.

–¡Vaya, vaya!

–¿Y cuándo hizo Bluhm la reserva? Corto.

–El jueves. El jueves a última hora. Llamó por radio desde Loki. Me dijo que pensaban salir el viernes al clarear el día. Loki, de Lokichoggio. En la frontera norte. Capital de las agencias humanitarias que trabajan en el sur de Sudán. Corto.

–Ya sé dónde está Lokichoggio. ¿Le comentaron cuál era el motivo de su viaje a esa zona?

–Ayuda humanitaria. Bluhm anda metido en ese tinglado, ¿no? Es la única manera de acabar en Loki. Pertenece a una organización médica belga, me dijo. Corto.

–Así que reservó habitación desde Loki, y salieron de Loki el viernes por la mañana temprano. Corto.

–Me dijo que preveían llegar al lado oeste del lago a eso del mediodía. Quería que les consiguiera una embarcación para cruzar el lago desde allí hasta el Oasis. «Oiga», le digo. «Lokichoggio a Turkana, ésa es una ruta poco recomendable. Vale más que viajen con un convoy de alimentos. Las montañas están plagadas de bandidos. Hay tribus robándose el ganado mutuamente, lo cual no es nada nuevo, excepto por el detalle de que hace diez años usaban lanzas y ahora todos tienen fusiles AK47.» Él se echa a reír, y me asegura que ya se las arreglará. Y así fue. Llegaron sin problema. Corto.

–Así pues, se presentan en el hotel, firman en el registro, y luego ¿qué? Corto.

–Bluhm me dice que necesitan un todoterreno con conductor para visitar el yacimiento de Leakey a primera hora de la mañana siguiente. No me pregunte por qué no lo mencionó al hacer la reserva; no se lo pregunté. Quizá lo decidieron sobre la marcha. Quizá preferían no hablar de sus planes por radio. «De acuerdo», le digo. «Están de suerte. Pueden llevarse a Noah.» Bluhm se queda contento. Ella se queda contenta. Pasean por el jardín, nadan juntos, se sientan juntos en el bar, comen juntos, dan las buenas noches a todos, y se retiran a su bungalow. Por la mañana, se van juntos. Yo mismo los vi. ¿Quiere saber qué tomaron de desayuno?

–¿Quiénes más los vieron marcharse, aparte de usted? Corto.

–Todos lo que ya estaban despiertos. Cargaron comida para el almuerzo, una caja de agua embotellada, gasolina de reserva, provisiones para caso de necesidad, botiquín. Los tres en el asiento delantero, con Abbott en medio, como una familia feliz. Esto es un oasis, ¿entiende? Tengo veinte huéspedes, a esas horas dormidos en su mayoría. Tengo cuarenta empleados, despiertos en su mayoría. Tengo un centenar de individuos que no me hacen ninguna falta pululando por el aparcamiento para vender pieles de animales, bastones, machetes. Todos los que vieron marcharse a Bluhm y Abbott los despidieron con la mano. Yo los despedí; los vendedores de pieles los despidieron. Noah devolvió el saludo; Bluhm y Abbott también. No sonrieron. Iban muy serios. Como si tuvieran por delante un trabajo pesado, grandes decisiones que tomar..., yo qué sé. ¿Que quiere que haga, señor Canciller? ¿Mato a los testigos? Mire, yo como Galileo. Métame en la cárcel, y juraré que jamás vinieron al Oasis. Corto.

Por un instante de parálisis, Woodrow no encontró más preguntas, o tal vez encontró demasiadas. Yo estoy ya en la cárcel, pensó. Cumplo condena a cadena perpetua desde hace cinco minutos. Se llevó la mano a los ojos, y cuando la apartó, vio que Donohue y Sheila lo observaban con las mismas expresiones herméticas que habían adoptado al anunciarles la muerte de Tessa.

–¿Cuándo empezó a sospechar que podía haber ocurrido alguna desgracia? Corto –preguntó sin convicción, como si dijera «¿Vive ahí todo el año? Corto» o «¿Cuánto tiempo hace que tiene ese acogedor hotel? Corto».

–El cuatro por cuatro lleva una radio. En una salida con huéspedes, Noah debía llamar para confirmar que todo iba bien. Noah no llamó. Sí, ya sé, las radios se averían, los conductores se olvidan. Establecer conexión es un fastidio. Hay que parar, bajar del vehículo, extender la antena. ¿Aún me recibe? Corto.

–Alto y claro. Corto.

–Sólo que Noah nunca se olvidaba. Por eso trabajaba para mí. Pero no llamó. Ni al mediodía, ni por la noche. Bueno, pienso, quizá han acampado en algún sitio, le han dado de beber demasiado a Noah o algo así. Al final del día, justo antes de cerrar, me pongo en contacto con los guardas del yacimiento de Leakey. Ni señales de vida. A primera hora de la mañana, voy a Lodwar y doy parte de la desaparición. El todoterreno es mío, ¿no? El conductor es mi empleado. No me está permitido informar de una desaparición por radio; he de hacerlo en persona. Es un viaje de órdago, pero así lo exige la ley. La policía de Lodwar, desde luego, se desvive por ayudar a los ciudadanos en apuros. ¿Ha desaparecido mi todoterreno? Mala suerte. ¿Viajaban en él dos de mis huéspedes y mi conductor? Entonces ¿por qué no salgo a buscarlos? Es domingo, no tienen previsto trabajar. Han de ir a misa. «Dénos dinero, préstenos un coche, y a lo mejor le ayudamos», me dicen. Total, vuelvo a casa y organizo una partida de rescate. Corto.

–¿Quiénes la componían? –preguntó Woodrow, cogiendo de nuevo el ritmo.

–Dos grupos. Mi propia gente, dos camiones, agua, combustible de reserva, botiquín, provisiones, whisky por si es necesario desinfectar algo. Corto. –Se produjo un cruce de frecuencias con otras radios. Wolfgang les ordenó con cajas destempladas que cortaran la transmisión. Asombrosamente, obedecieron–. Aquí hace ahora mucho calor, señor Canciller. Estamos a cuarenta y seis grados y tenemos chacales y hienas como ustedes tienen ahí ratones. Corto.

Una pausa, por lo visto para que Woodrow tomara la palabra.

–Le escucho –dijo Woodrow.

–El todoterreno estaba volcado. No me pregunte por qué. Las puertas estaban cerradas. No me pregunte por qué. Una ventanilla abierta, no más de cinco centímetros. Alguien las había cerrado, había echado el seguro y se había llevado la llave. El olor era indescriptible, pese a salir sólo por esa pequeña rendija. Arañazos de hiena por todas partes, abolladuras enormes donde habían embestido intentando entrar. Una maraña de huellas alrededor. Habían dado vueltas y más vueltas, como locas. Una buena hiena huele la sangre a diez kilómetros de distancia. Si hubieran podido llegar hasta los cadáveres, no habría quedado nada de ellos, les habrían sacado hasta los tuétanos. Pero no pudieron. Alguien les cerró las puertas y dejó la ventanilla un poco abierta. Así que enloquecieron. Como le habría pasado a usted. Corto.

Woodrow necesitó un notable esfuerzo para desgranar las palabras.

–Según la policía, Noah fue decapitado. ¿Es cierto? Corto.

–Sí, así es. Era un tipo extraordinario. La familia está muy preocupada. Pusieron a medio mundo a buscar la cabeza. Si no la encuentran, no pueden hacerle un funeral como es debido, y su espíritu vendrá a rondar entre ellos. Corto.

–¿Y la señorita Abbott? Corto. –Una siniestra visión de Tessa sin cabeza.

–¿No se lo han dicho?

–No. Corto.

–Degollada. Corto.

Una segunda visión, esta vez del puño de su asesino arrancándole la cadena para despejar el camino al cuchillo. Wolfgang explicaba cómo actuó a partir de ese momento.

–Ante todo, digo a mis chicos, dejad las puertas cerradas. Dentro no hay nadie vivo. Quienquiera que abra las puertas va a pasar un mal rato. Pido a un grupo que encienda una hoguera y se quede de vigilancia. Regreso con el otro grupo al Oasis. Corto.

–Una pregunta. Corto. –Woodrow luchaba por continuar.

–¿Cuál es su pregunta, señor Canciller? Adelante, por favor. Corto.

–¿Quién abrió el todoterreno? Corto.

–La policía. En cuanto apareció la policía, mis chicos se largaron. A nadie le gusta la policía. A nadie le gusta que lo detengan. No por esta zona. Vino primero la policía de Lodwar, y ahora tenemos aquí también a la brigada móvil, además de unos tipos de la Gestapo personal de Moi. Mis chicos están guardando la caja bajo llave y escondiendo la plata, sólo que no tengo plata. Corto.

Otro lapso mientras Woodrow se esforzaba por dar coherencia a sus palabras.

–¿Llevaba Bluhm una chaqueta de safari cuando partieron hacia el yacimiento de Leakey? Corto.

–Sí. Una vieja. Más bien un chaleco. Azul. Corto.

–¿Se encontró un cuchillo en el lugar del asesinato? Corto.

–No. Y créame, no era un cuchillo cualquiera. Un panga con una hoja Wilkinson. Traspasó a Noah como si fuera mantequilla. De un solo tajo. Y a ella lo mismo. ¡Zas! La mujer estaba desnuda. Llena de magulladuras. ¿Ya se lo había dicho? Corto.

No, no me lo había dicho, respondió Woodrow en silencio. Había omitido usted por completo el detalle de la desnudez. También las magulladuras.

–¿Había un panga en el cuatro por cuatro cuando salieron de su hotel? Corto.

–No he conocido a ningún africano que no lleve su panga en un safari, señor Canciller.

–¿Dónde están ahora los cadáveres?

–El de Noah, lo que quedaba de él, se lo entregaron a su tribu. En cuanto al de la señorita Abbott, la policía envió una yola a motor para recogerlo. Tuvieron que cortar el techo del todoterreno. Les prestamos las herramientas. Luego sujetaron el cuerpo a la cubierta con correas. Abajo no había espacio para ella. Corto.

–¿Por qué no? –dijo Woodrow, pero al instante se arrepintió de haberlo preguntado.

–Un poco de imaginación, señor Canciller. ¿No sabe qué pasa con los cadáveres a estas temperaturas? Si quiere trasladarla en avión a Nairobi, mejor será que la corten en pedazos, o no entrará en la bodega.

Woodrow cayó en un pasajero aturdimiento, y cuando se le aclaró la mente, oyó decir a Wolfgang que sí, que ya antes había visto a Bluhm en una ocasión. Así que Woodrow debía de haber formulado la pregunta, aunque él mismo no la oyera.

–Hace nueve meses. Vino aquí como guía de unos peces gordos del tinglado de la ayuda humanitaria. La alimentación mundial, la sanidad mundial, gastos de representación mundiales. Los hijos de puta se gastaron una fortuna, y querían recibos por el doble de esa cantidad. Los mandé a la mierda, y a Bluhm le gustó. Corto.

–¿Qué impresión le causó Bluhm esta última vez? Corto.

–¿A qué se refiere?

–¿Lo notó cambiado? ¿Más excitable o raro o algo así?

–¿De qué me habla, señor Canciller?

–Quiero decir... si considera usted posible que estuviera bajo los efectos de algo. Bajo los efectos de alguna droga, quiero decir. –Woodrow había elegido un camino poco acertado–. Bueno..., no sé..., cocaína o cualquier otra cosa. Corto.

–¡Qué simpático! –dijo Wolfgang, y se interrumpió la comunicación.

Woodrow percibió de nuevo la escrutadora mirada de Donohue. Sheila había desaparecido. Woodrow tenía la sensación de que había ido a ocuparse de algún asunto urgente. Pero ¿qué podía ser? ¿Por qué la muerte de Tessa habría de requerir la intervención urgente de los espías? Sintió frío y lamentó no llevar un cárdigan, pese a que rezumaba sudor.

–¿En qué más podemos ayudarte, amigo mío? –ofreció Donohue, con extraña solicitud, mirándolo aún fijamente con sus ojos enfermizos y cansados–. ¿Una copita?

–Gracias. Ahora no.

Lo sabían, se dijo Woodrow, colérico, mientras bajaba por la escalera. Sabían ya antes que yo que estaba muerta. Pero eso es precisamente lo que quieren hacerte creer: nosotros los espías sabemos más que tú de cualquier cosa, y lo sabemos antes.

–¿Ha vuelto ya el embajador? –preguntó, asomándose a la puerta de Mildren.

–Llegará de un momento a otro.

–Suspende la reunión.

Woodrow no fue directamente al despacho de Justin. Primero entró a ver a Ghita Pearson, la más reciente incorporación a la cancillería, amiga y confidente de Tessa. Ghita, de origen angloindio, tenía los ojos oscuros y la piel clara y llevaba una marca de casta en la frente. Contratada a título particular por la legación, repasó Woodrow mentalmente, pero aspira a seguir la carrera diplomática. Un fugaz gesto de recelo se dibujó en el entrecejo de Ghita cuando vio que Woodrow cerraba la puerta.

–Ghita, esto debe quedar entre nosotros, ¿de acuerdo? –dijo Woodrow. Ella sostuvo su mirada y esperó–. Bluhm. El doctor Arnold Bluhm. ¿Bien?

–Sí. ¿Qué?

–Es amigo tuyo.

No hubo respuesta.

–Es decir, mantenéis buenas relaciones –insistió Woodrow.

–Es un contacto.

Por exigencias de su trabajo, Ghita trataba a diario con las agencias de ayuda humanitaria.

–Y amigo de Tessa, obviamente.

Los ojos oscuros de Ghita no delataron reacción alguna.

–¿Conoces a alguien más de la organización de Bluhm?

–Telefoneo a Charlotte de vez en cuando. La oficina de Bluhm se reduce a ella. El resto es personal de campo. ¿Por qué?

Woodrow reparó en la cadenciosa entonación angloindia que tan seductora había encontrado al principio. Pero nunca más. Nadie más.

–Bluhm estuvo en Lokichoggio la semana pasada. Acompañado.

Ghita asintió por tercera vez, pero más despacio, y bajando la vista.

–Quiero saber qué hacía allí. Desde Loki, viajó a Turkana por carretera. Necesito saber si ha regresado ya a Nairobi. O si ha vuelto quizá a Loki. ¿Puedes averiguarlo sin armar mucho revuelo?

–Lo dudo.

–Bueno, inténtalo. –De pronto lo asaltó una duda, algo que no se había planteado nunca en todos aquellos meses desde que conocía a Tessa–. ¿Sabes si Bluhm está casado?

–Imagino que sí. Desde hace tiempo, probablemente. Por lo general, todos lo están, ¿no?

Con ese «todos», ¿se refería a los africanos? ¿O se refería a los amantes? ¿Todos los amantes?

–Pero ¿no tiene una esposa aquí, en Nairobi? Al menos, no que tú sepas. No la tiene, Bluhm.

–¿Por qué? –En un susurro, con apremio–. ¿Le ha pasado algo a Tessa?

–Es posible. Estamos haciendo indagaciones.

Al llegar al despacho de Justin, Woodrow llamó a la puerta y entró sin esperar a que contestara. Esta vez no echó el pestillo pero, metiéndose las manos en los bolsillos, apoyó sus anchos hombros contra la puerta, lo cual tenía el mismo efecto mientras permaneciera allí.

Justin estaba de pie, presentando a Woodrow su elegante espalda. Con la acicalada cabeza vuelta hacia la pared, estudiaba un gráfico, uno de los varios dispuestos por todo el despacho, cada uno con una leyenda escrita en mayúsculas negras, cada uno con tramos de distintos colores, ascendentes o descendentes. El gráfico en que en ese momento centraba su atención se titulaba infraestructuras relativas 2005-2010 y, por lo que Woodrow podía distinguir desde donde se hallaba, pretendía pronosticar la prosperidad futura de las naciones africanas. En el alféizar de la ventana, a la izquierda de Justin, había una hilera de macetas con plantas que él cultivaba. Woodrow reconoció el jazmín y la balsamina, pero únicamente porque Justin le había regalado unas matas a Gloria.

–Hola, Sandy –saludó Justin, alargando el «Hola».

–Hola.

–Según parece, esta mañana no nos reunimos. ¿Problemas internos?

La famosa voz de oro, pensó Woodrow, fijándose en todos los detalles como si fuera nueva para él. Empañada por la edad pero con la facultad de cautivar garantizada, siempre y cuando uno prefiriera el tono a la sustancia. ¿Por qué te desprecio si estoy a punto de cambiar tu vida? Desde ahora hasta el final de tus días habrá un antes y un después de este momento, y para ti serán eras distintas, tal como lo son para mí. ¿Por qué no te quitas la condenada chaqueta? Debes de ser el único miembro del cuerpo diplomático que aún va a hacerse los trajes tropicales al sastre. Recordó entonces que también él llevaba puesta la chaqueta.

–Y tú estás bien, espero –dijo Justin con la misma afectada prolongación de las vocales, tan propia de él–. ¿Gloria no languidece con este espantoso calor? ¿Los niños crecen sanos y fuertes, etcétera, etcétera?

–Estamos bien. –Un lapso, con el sello inconfundible de Woodrow–. Y Tessa de viaje por el norte del país –comentó, dándole a ella una última oportunidad para demostrar que todo era un lamentable error.

De inmediato Justin hizo un alarde de efusividad, como siempre que se mencionaba el nombre de Tessa.

–Sí, en efecto. Últimamente se dedica a sus tareas humanitarias sin descanso. –Mantenía abrazado un mamotreto de las Naciones Unidas, con sus buenos ocho centímetros de grosor como mínimo. Inclinándose, lo dejó en una mesa accesoria–. A este paso, cuando nos marchemos de aquí, habrá salvado a toda África.

¿Para qué ha ido al norte exactamente? –preguntó Woodrow, aferrándose todavía a un resquicio de esperanza–. Creía que estaba trabajando aquí en Nairobi. En los barrios pobres. En Kibera, ¿no?

–Y así es –contestó Justin con orgullo–. Día y noche, la pobre. Hace de todo, por lo que sé, desde limpiar el trasero a los bebés hasta informar a los asistentes legales de sus derechos civiles. La mayor parte de sus clientes son mujeres, claro está, que es lo que le interesa. Aunque no interese tanto a sus maridos. –Su sonrisa nostálgica, la que dice «si al menos...»–. Derechos de propiedad, divorcio, malos tratos, violación conyugal, mutilación genital femenina, sexo seguro. La lista completa, a diario. Ya te figurarás por qué sus maridos se vuelven un poco susceptibles. A mí me ocurriría lo mismo si fuera un violador conyugal.

–¿Y qué la ha llevado al norte, pues? –insistió Woodrow.

–¡Ah, Dios sabe! Pregúntaselo a Arnold –dejó caer Justin con excesiva despreocupación–. Arnold es su guía y su filósofo por esos pagos.

Ésa es la comedia en que se escuda, recordó Woodrow. La tapadera que los encubre a los tres. Arnold Bluhm, médico, tutor moral de Tessa, su caballero negro, su protector en la jungla de la ayuda humanitaria. Cualquier cosa menos su amante tolerado.

–¿Dónde exactamente? –preguntó.

–En Loki. Lokichoggio. –Justin se había apoyado en el borde de su escritorio, quizá a imitación inconsciente de la natural postura de Woodrow contra la puerta–. La gente del Programa Mundial de Alimentos ha organizado allí un taller para la concienciación sobre la identidad sexual, ¿te imaginas? Reúnen a mujeres sin conciencia de su condición en las aldeas del sur de Sudán, las trasladan en avión hasta Loki, les dan un cursillo intensivo sobre John Stuart Mill y las devuelven concienciadas. Arnold y Tessa, afortunados ellos, fueron a ver el espectáculo.

–¿Dónde está Tessa ahora?

Dio la impresión de que a Justin no le gustaba la pregunta. Quizá fue entonces cuando cayó en la cuenta de que la intrascendente charla de Woodrow escondía una intención. O quizá –pensó Woodrow– le molestó que le exigieran una respuesta precisa sobre los movimientos de Tessa cuando él mismo no era capaz de exigírsela a ella.

–De regreso, cabe suponer. ¿Por qué?

–¿Con Arnold?

–Eso espero. Dudo que él la dejara allí.

–¿Se ha puesto en contacto?

–¿Conmigo? ¿Desde Loki? ¿Cómo? Allí no hay teléfonos.

–Pensaba que quizá hubiera utilizado los enlaces de radio de alguna agencia humanitaria. ¿No es lo que hace otra gente?

–Tessa no es otra gente –replicó Justin con el entrecejo cada vez más fruncido–. Es una mujer de firmes principios, entre ellos no gastar innecesariamente el dinero de los donantes. ¿Qué pasa, Sandy?

Justin, ya ceñudo, se apartó del escritorio y se plantó en el centro del despacho muy erguido y con las manos tras la espalda. Y Woodrow, contemplando a la luz del sol su rostro cuidadamente atractivo y su canoso pelo negro, recordó el cabello de Tessa, justo del mismo color pero sin la huella de la edad, ni la compostura. Recordó la primera vez que los vio juntos, Tessa y Justin, nuestros fascinantes recién casados, invitados de honor en la fiesta de bienvenida a Nairobi ofrecida por el embajador. Y que al acercarse a saludarlos imaginó que ellos eran padre e hija, y él, Woodrow, el pretendiente que acudía a pedir su mano.

–Así pues, ¿desde cuándo no tienes noticias de ella? –preguntó.

–Desde el martes cuando los acompañé al aeropuerto. ¿A qué viene esto, Sandy? Si Arnold está con ella, no corre ningún peligro. Tessa hará lo que se le diga.

–¿Crees que podrían haber ido al lago Turkana, ella y Bluhm... Arnold?

–Si disponían de un medio de transporte y les apetecía, ¿por qué no? A Tessa le encantan las zonas vírgenes, y siente un gran respeto por Richard Leakey, como arqueólogo y como africano blanco decente. Supongo que Leakey tiene alguna clínica por allí, ¿no? Probablemente Arnold debía ir por razones de trabajo y se llevó a Tessa. Sandy, ¿a qué viene esto? –repitió indignado.

Al asestar el golpe mortal, Woodrow no tuvo más alternativa que observar el efecto de sus palabras en las facciones de Justin. Y vio consumirse los últimos vestigios de la juventud perdida de Justin a la vez que su agradable rostro, tal como una especie de criatura marina, se cerraba y endurecía, dejando sólo engañoso coral.

–Nos han informado del hallazgo de una mujer blanca y un conductor negro en la orilla este del lago Turkana. Muertos –explicó Woodrow, eludiendo intencionadamente la palabra «asesinados»–. El vehículo, junto con el conductor, había sido alquilado en el hotel Oasis. Según la identificación del dueño del hotel, la mujer es Tessa. Dice que ella y Bluhm pasaron la noche en el Oasis antes de partir hacia el yacimiento de Leakey. Bluhm sigue desaparecido. Han encontrado la cadena de oro de Tessa, la que llevaba siempre.

¿Cómo estoy enterado de eso? ¿Por qué demonios elijo este momento para airear mi íntimo conocimiento de su cadena de oro?

Woodrow seguía mirando a Justin. El cobarde que llevaba dentro quería desviar la vista, pero eso, para el hijo de militar, habría sido como condenar a alguien a la horca y no presentarse a la ejecución. Vio abrirse desmesuradamente los ojos de Justin en expresión de dolido desengaño, como si un amigo lo hubiera atacado por la espalda, y a continuación los vio cerrarse casi por completo, como si el mismo amigo lo hubiera dejado sin conocimiento de un golpe. Vio separarse sus labios bien modelados en un espasmo de dolor físico y volver luego a unirse en una musculosa línea de exclusión, desprovista de color por la presión ejercida.

–Gracias por decírmelo, Sandy. Tiene que haber sido un mal trago para ti. ¿Lo sabe Porter?

Porter era el inverosímil nombre del embajador.

–Mildren está intentando localizarlo. Encontraron una bota Mephisto. Número treinta y ocho. ¿Concuerda?

Justin a duras penas podía coordinar. Primero tuvo que esperar a que el sonido de las palabras de Woodrow lo alcanzara. Entonces se apresuró a contestar con frases bruscas y construidas con visible esfuerzo.

–Hay una tienda cerca de Piccadilly. Compró tres pares durante el último permiso. Nunca la había visto darse semejante lujo. Por norma, es poco gastadora. Nunca había tenido que pensar en el dinero. Así que no pensaba. Se viste en la tienda del Ejército de Salvación. A la que uno se descuida.

–Y una especie de casaca de safari. Azul.

–Ah, no resistía esas monstruosidades –replicó Justin, afluyéndole de nuevo con ímpetu el don de la palabra–. Decía que si la sorprendía alguna vez con uno de esos adefesios caquis con bolsillos en los muslos, debía quemarlo o regalárselo a Mustafa.

Mustafa, el criado de Tessa, recordó Woodrow.

–Azul, según la policía.

Detestaba el azul –ahora aparentemente al borde de la cólera–, aborrecía cualquier cosa paramilitar.

Usaba ya el pretérito, advirtió Woodrow.

–Una vez tuvo una cazadora verde, lo reconozco. La compró en Farebelow’s, en Stanley Street. La llevé yo, no sé por qué. Probablemente me obligó a acompañarla. No le gustaba ir de compras. Se la puso y en el acto le dio un ataque. «Mírame», dijo. «Soy el general Patton disfrazado de mujer.» «No, no eres el general Patton», le aseguré. «Eres una chica preciosa con una cazadora verde horrible.»

Empezó a recoger sus cosas. Concienzudamente. A recoger para marcharse. Abriendo y cerrando cajones. Deslizando hacia adentro las gavetas del archivador de acero y cerrándolo con llave. Atusándose distraídamente el cabello desde la coronilla hasta la nuca entre sus sucesivos movimientos, un tic que a Woodrow siempre le había resultado especialmente irritante. Apagando con cautela el recalentado ordenador, mediante un ligero toque con la punta del dedo índice como si temiese que fuera a morderle. Corría el rumor de que se lo hacía encender a Ghita Pearson todas las mañanas. Woodrow lo observó mientras lanzaba un último vistazo al despacho con la mirada perdida. Fin de período. Fin de la vida. Por favor, dejen este espacio en orden para el siguiente ocupante. En la puerta, Justin se volvió y echó una ojeada a las plantas de la ventana, pensando quizá en llevárselas, o al menos dar instrucciones para sus cuidados, pero no se decidió por lo uno ni por lo otro.

Acompañando a Justin por el pasillo, Woodrow hizo ademán de cogerle el brazo pero, asaltado por una extraña aversión, retiró la mano antes de tocarlo. Aun así, tuvo la prudencia de mantenerse a corta distancia de él para sujetarlo si desfallecía o tropezaba, ya que por entonces Justin presentaba el aspecto de un sonámbulo bien vestido que hubiera renunciado al sentido del rumbo. Avanzaban despacio y sin mucho ruido, pero Ghita debió de oírlos acercarse, porque cuando pasaron ante su puerta, la abrió y caminó de puntillas junto a Woodrow por un momento mientras le susurraba al oído, echándose atrás la melena dorada para no rozarlo.

–Ha desaparecido. Están removiendo cielo y tierra para encontrarlo.

Pero Justin oía mejor de lo que ambos habían previsto. O quizá, en su estado de extrema emoción, tenía las facultades perceptivas anormalmente desarrolladas.

–Estás preocupada por Arnold, supongo –dijo a Ghita con el tono servicial de un desconocido indicando el camino.
El embajador era un hombre enjuto e hiperinteligente, un eterno estudiante de una u otra cosa. Tenía un hijo que desempeñaba un cargo directivo en un banco mercantil y una hija pequeña llamada Rosie que padecía graves lesiones cerebrales, y una esposa que, cuando estaba en Inglaterra, actuaba como jueza de paz. Los adoraba a todos por igual y pasaba los fines de semana con Rosie a cuestas, contra el pecho, cargada en una mochila de bebé. Sin embargo, Coleridge permanecía en cierto modo encallado a las puertas de la madurez. Lucía unos juveniles tirantes, que sujetaban un ancho pantalón de estilo años veinte. Una chaqueta a juego colgaba de una percha con su nombre y colegio universitario –P. Coleridge, Balliol– detrás de la puerta. Se hallaba inmóvil en el centro de su amplio despacho, la despeinada cabeza inclinada hacia Woodrow en actitud iracunda mientras escuchaba. Tenía lágrimas en los ojos y las mejillas.

Mierda –declaró con rabia, como si llevara rato esperando el desahogo que esa palabra pudiera proporcionarle.

–Desde luego –dijo Woodrow.

–Esa pobre muchacha... ¿Cuántos años tenía? ¡Pocos!

–Veinticinco. –¿Cómo sabía yo eso?–. Más o menos –añadió para mayor vaguedad.

–Aparentaba dieciocho. Y el pobre gilipollas de Justin con sus flores...

–Desde luego –repitió Woodrow.

–¿Lo sabe Ghita?

–A medias.

–¿Qué va a hacer Justin ahora? Ni siquiera le queda la opción de volcarse en su carrera. Ya habían decidido apartarlo del servicio al final de este período. Si Tessa no hubiera perdido al bebé, lo habrían echado en la siguiente criba. –Cansado de estar quieto en el mismo sitio, Coleridge se dirigió briosamente a otra parte del despacho–. El sábado Rosie pescó una trucha de un kilo y medio –farfulló con tono acusador–. ¿Qué opinas de eso?

Coleridge acostumbraba ganar tiempo con inesperadas maniobras de distracción.

–Magnífico –masculló Woodrow en cumplimiento de su deber.

–Tessa se habría llevado una alegría. Siempre dijo que Rosie llegaría lejos. Y Rosie la adoraba.

–No lo dudo.

–No nos la comimos, que conste. Mantuvimos al jodido pez con respiración asistida todo el fin de semana y luego lo enterramos en el jardín. –Enderezando los hombros, Coleridge indicó que volvían a entrar en materia–. Este asunto nos plantea además otra cuestión, Sandy. Una cuestión francamente espinosa.

–Soy muy consciente de ello.

–Esa gilipollez de la limitación de daños con la que ya venía llorándonos Pellegrin. –Sir Bernard Pellegrin, jerarca del Foreign Office con especial responsabilidad sobre África y archienemigo de Coleridge–. ¿Cómo demonios vamos a limitar los daños si no tenemos ni repajolera idea de cuáles son esos daños? Le habrá estropeado algún partido de tenis, supongo.

–Pasó con Bluhm cuatro días y sus respectivas noches antes de morir –informó Woodrow, lanzando una ojeada a la puerta para cerciorarse de que seguía cerrada–. Si a eso puede llamarse daños... Estuvieron en Loki y después en Turkana. Compartieron un bungalow y sabe Dios qué más. Los vio juntos mucha gente.

–Gracias. Mil gracias. Precisamente lo que deseaba oír. –Hundiendo las manos en los bolsillos del holgado pantalón, Coleridge empezó a pasearse por el despacho–. ¿Dónde carajo está Bluhm, por cierto?

–Están removiendo cielo y tierra para encontrarlo, según dicen. Se lo vio por última vez al lado de Tessa en el todoterreno cuando salieron hacia el yacimiento de Leakey.

Coleridge se dirigió airado hacia su escritorio, se dejó caer en la silla y se recostó con los brazos extendidos.

–Así que el mayordomo es el asesino –declaró–. Bluhm se olvidó de su educación, enloqueció, se los cargó a los dos, se llevó la cabeza de Noah de recuerdo, volcó el todoterreno, cerró las puertas con llave y se dio a la fuga. Bueno, ¿no es lo que haríamos todos? Mierda.

–Lo conoces tan bien como yo.

–No, no lo conozco. Siempre me he mantenido a distancia de él. No me gustan las estrellas de cine metidas en el mundo de la ayuda humanitaria. ¿Adónde demonios ha ido? ¿Dónde está?

Por la mente de Woodrow desfilaban imágenes. Bluhm, el africano de los occidentales, Apolo con barba de las recepciones de Nairobi, carismático, ingenioso, apuesto. Bluhm y Tessa uno junto al otro estrechando la mano a los invitados mientras Justin, en su día el deleite de las debutantes, ronronea y sonríe y reparte las bebidas. El doctor Arnold Bluhm, antiguo héroe de guerra en Argelia, disertando desde la tribuna de la sala de conferencias de las Naciones Unidas sobre las prioridades médicas en situaciones de catástrofe. Bluhm, ya casi concluida la fiesta, desplomado en una silla, con expresión extraviada y vacía, y todo aquello digno de saberse enterrado a diez mil metros de profundidad.

–No podía mandarlos a casa, Sandy –decía Coleridge con la voz más severa de un hombre que ha visitado a su conciencia y ha vuelto reafirmado en sus decisiones–. Nunca he considerado parte de mi trabajo arruinar la carrera a un hombre sólo porque a su mujer le guste echar un polvo. Estamos en el nuevo milenio. La gente tiene derecho a joderse la vida como mejor le parezca.

–Naturalmente.

–Tessa llevaba a cabo una excelente labor en los barrios pobres, dijeran lo que dijeran de ella en el club Muthaiga. Puede que hiciera la pascua a Moi y sus compinches, pero los africanos que realmente importan, todos sin excepción, la adoraban.

–Sin duda –convino Woodrow.

–Andaba en ese rollo de la condición femenina, sí, ¿y qué? Era lógico. Pon África en manos de las mujeres, y posiblemente las cosas marcharán mucho mejor.

Mildren entró sin llamar.

–Han telefoneado de Protocolo, señor embajador. El cadáver de Tessa acaba de llegar al depósito del hospital, y solicitan una identificación inmediata. Y las agencias de prensa reclaman a gritos un comunicado.

–¿Cómo demonios la han traído a Nairobi tan deprisa?

–En avión –dijo Woodrow, recordando la repugnante imagen de Wolfgang respecto a la necesidad de trocear el cuerpo para meterlo en la bodega.

–No habrá comunicado hasta después de la identificación –repuso Coleridge con aspereza.
Woodrow y Justin fueron juntos, agazapados en el banco de listones de una furgoneta Volkswagen de la embajada con las lunas ahumadas. Livingstone iba al volante y junto a él, embutido en el asiento, viajaba Jackson, su fornido paisano kikuyu, por si había que hacer uso de la fuerza. Aun con el aire acondicionado a plena potencia, la furgoneta parecía un homo. El tráfico de la ciudad estaba en su punto de máxima locura. Abarrotados matutu –como allí se llamaba a los microbuses del transporte público– los adelantaban a toda velocidad por ambos lados dando bocinazos, despidiendo humos y levantando nubes de polvo y arena. Livingstone rebasó una rotonda y se detuvo frente a una entrada de piedra en torno a la que se habían congregado grupos de hombres y mujeres que salmodiaban y se mecían. Confundiéndolos con manifestantes, Woodrow dejó escapar una exclamación de enojo y luego se dio cuenta de que eran cortejos fúnebres esperando para recoger a sus difuntos. Junto al bordillo de la acera, había expectantes camionetas y coches oxidados con crespones rojos de duelo.

–No es necesario que hagas esto, Sandy, de verdad –dijo Justin.

–Claro que es necesario –respondió noblemente el hijo de militar.

Una camarilla de policías y hombres con batas blancas salpicadas, al parecer médicos, aguardaban en el umbral para recibirlos. Su único objetivo era complacerlos. Un tal inspector Muramba se identificó y, sonriendo encantado, estrechó la mano a los dos distinguidos caballeros de la embajada británica. Un asiático con traje negro se presentó como el doctor Banda Singh, cirujano, para servirlos. Las tuberías vistas del techo los acompañaron por un rezumante pasillo de hormigón con cubos de basura desbordados dispuestos a lo largo. Las tuberías alimentan las cámaras frigoríficas, pensó Woodrow, pero las cámaras frigoríficas no funcionan porque ha habido un corte de suministro eléctrico y el depósito de cadáveres no dispone de generadores autónomos. El doctor Banda los guió, pero Woodrow podría haber encontrado el camino por sí mismo. A la izquierda, desaparece el olor. A la derecha, se hace más intenso. Su lado insensible había asumido de nuevo el control. El deber de un soldado es estar aquí, no sentir. El deber. ¿Por qué Tessa siempre me lleva a pensar en el deber? Se preguntó si existiría alguna antigua superstición sobre lo que depararía el porvenir a los aspirantes a adúltero si contemplaban los cuerpos sin vida de las mujeres que habían codiciado. Siguiendo al doctor Banda, subieron por una corta escalera. Accedieron a una sala de espera sin ventilación dominada por el hedor de la muerte.

Una herrumbrosa puerta de acero cerrada les cortó el paso, y Banda la aporreó con actitud imperiosa, apuntalando los talones y llamando cuatro o cinco veces a intervalos calculados como si transmitiera un código. La puerta se entreabrió con un chirrido, y a la rendija asomaron los semblantes ojerosos y aprensivos de tres jóvenes. Pero, viendo al cirujano, retrocedieron y le permitieron deslizarse ante ellos, como consecuencia de lo cual Woodrow, plantado aún en la pestilente sala, fue obsequiado con la horrenda visión del dormitorio de su colegio transformado en alojamiento de los muertos de sida de todas las edades. Descarnados cadáveres yacían de dos en dos en las camas. Más cadáveres yacían en el suelo entre ellas, unos vestidos, otros desnudos, cara arriba o de costado. Otros tenían las rodillas encogidas en un inútil intento de protegerse y los mentones levantados en ademán de protesta. Sobre ellos, en una neblina turbia y oscilante, pendían las moscas, produciendo un monocorde bisbiseo.

Y en el centro del dormitorio, sola en medio del pasillo entre las dos hileras de camas, se hallaba la tabla de planchar de la supervisora, con ruedas. Y en la tabla de planchar, una mortaja de la extensión de la masa ártica, y dos monstruosos pies semihumanos que sobresalían por un extremo, recordándole a Woodrow las zapatillas de andar por casa en forma de pies de pato que él y Gloria habían regalado a su hijo Harry la Navidad pasada. Una mano tumefacta había conseguido de algún modo permanecer fuera de la mortaja. Los dedos estaban cubiertos de sangre negra, y la sangre aparecía más concentrada en las articulaciones. Las yemas eran de un azul aguamarina. «Un poco de imaginación, señor Canciller. ¿No sabe qué pasa con los cadáveres a estas temperaturas?»

–El señor Justin Quayle, por favor –llamó el doctor Banda Singh, con la trascendencia de un voceador en una recepción real.

–Voy contigo –musitó Woodrow, y con arrojo dio un paso al frente a tiempo de ver cómo el doctor Banda retiraba la mortaja y descubría la cabeza de Tessa, burdamente caricaturizada y ceñida por una mugrienta tira de tela que encuadraba el óvalo de la cara desde la frente hasta la barbilla y se prolongaba luego alrededor de la garganta allí donde antes colgaba la cadena de oro. Un hombre a punto de ahogarse asomando por última vez a la superficie, Woodrow observó temerariamente el resto. El pelo negro pegado al cráneo por el peine de algún empleado de pompas fúnebres. Las mejillas hinchadas como las de un querubín soplando. Los ojos cerrados y las cejas enarcadas y la boca abierta en laxa incredulidad, llena de sangre seca y negra como si le hubieran arrancado todos los dientes a la vez. ¿Tú?, exhala estúpidamente mientras la matan, el sonido «u» dibujado en sus labios. ¿Tú? Vero ¿a quién se lo dice? ¿En quién fija la mirada a través de los párpados blancos y tensos?

–¿Conoce a esta mujer, caballero? –pregunta el inspector Muramba a Justin con delicadeza.

–Sí. Sí, la conozco, gracias –respondió Justin, midiendo cada palabra antes de pronunciarla–. Es mi esposa, Tessa. Tenemos que ocuparnos del funeral, Sandy. Aquí en África, que es donde ella querría ser enterrada. Lo antes posible. Es hija única. Sus padres ya no viven. Aparte de mí, no hay nadie más a quien consultar. Será mejor hacerlo lo antes posible.

–Bueno, supongo que eso dependerá en parte de la policía –dijo Woodrow con voz ronca, y apenas tuvo tiempo de llegar a un lavabo agrietado donde echó las tripas mientras Justin, siempre cortés, lo rodeaba con el brazo y susurraba condolencias.

Desde el refugio enmoquetado de su despacho, Mildren leía despacio y en voz alta para el joven de voz inexpresiva a través del teléfono:
La embajada anuncia con pesar la muerte por asesinato de la señora Tessa Quayle, esposa de Justin Quayle, primer secretario de la cancillería. La señora Quayle murió a orillas del lago Turkana, cerca de Allia Bay. También resultó muerto el conductor que la acompañaba, el señor Noah Katanga. La señora Quayle será recordada por su dedicación a la causa de los derechos de la mujer en África, así como por su juventud y belleza. Deseamos expresar nuestro más sentido pésame al viudo de la señora Quayle, Justin, y a sus numerosos amigos. Hasta próximo aviso la bandera de la embajada ondeará a media asta. Se colocará un libro de firmas en el vestíbulo de la embajada.
–¿Cuándo lo cursarás?

–Acabo de hacerlo –contestó el joven.
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