El jardinero fiel: Cubierta John Le Carré




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Nota del autor


Me apresuro a salir en defensa de la embajada británica de Nairobi. No es el lugar que aquí he descrito, ya que nunca he estado en ella. El personal allí destinado no es la gente que aquí he descrito, ya que no conozco a sus miembros ni he hablado con ellos. Conocí al embajador hace un par de años, y tomamos juntos una cerveza de jengibre en la terraza del hotel Norfolk, y eso fue todo. No tiene el menor parecido, ni externo ni de ninguna otra clase, con mi Porter Coleridge. En cuanto al pobre Sandy Woodrow..., en fin, si realmente hubiera en la actualidad un jefe de cancillería en la embajada británica de Nairobi, pueden estar seguros de que sería un hombre o una mujer íntegro y diligente que jamás codiciaría a la esposa o el marido de un colega, ni destruiría documentos poco convenientes. Pero no lo hay. En Nairobi, como en muchas otras legaciones británicas, los jefes de cancillería han perecido bajo el hacha del tiempo.

En estos tiempos que corren, en que los abogados rigen el universo, he de insistir en estos descargos de responsabilidad, que además se ajustan a la verdad. Salvo por una excepción, gracias a Dios, ninguna de las personas, organizaciones o empresas aquí mencionadas se basa en gente o entidades del mundo real, ya sea que nos refiramos a Woodrow, a Pellegrin, a Landsbury, a Crick, a Curtiss y su temida casa de las TresAbejas, o a la firma Karel Vita Hudson, también conocida como KVH. La excepción es el gran y buen Wolfgang, del hotel Oasis, un personaje tan grabado en el recuerdo de cuantos lo visitan que sería absurdo tratar de crear un equivalente en la ficción. En su soberanía, Wolfgang no presentó reparo alguno a mi difamación de su nombre y su voz.

La Dypraxa no existe, ni ha existido ni existirá jamás. No conozco ninguna cura milagrosa para la tuberculosis que se haya introducido recientemente en el mercado africano ni en ningún otro –o que vaya a introducirse en breve–, así que, con suerte, no pasaré el resto de mis días en los juzgados o algún sitio peor, aunque hoy por hoy uno nunca tiene la total certeza. Pero sí puedo afirmar algo. Al adentrarme en la jungla farmacéutica, llegué a la conclusión de que mi relato, comparado con la realidad, era tan inocuo como una postal de vacaciones.

En un tono ya más desenfadado, deseo expresar mi cordial agradecimiento a quienes me han ayudado y desean que se mencionen sus nombres, así como a quienes me han ayudado y, por alguna buena razón, no lo desean.

Ted Younie, veterano y compasivo observador de la vida africana, fue quien primero susurró a mi oído el asunto farmacéutico y más tarde expurgó el texto, enmendando varias incorrecciones.

El doctor David Miller, un médico con experiencia en África y el tercer mundo, fue el primero en sugerir la tuberculosis como cauce central, y quien me abrió los ojos a la costosa y sutil campaña de seducción librada por las compañías farmacéuticas contra la clase médica.

El doctor Peter Godfrey-Faussett, profesor adjunto de la London School of Hygiene and Tropical Medicine, me dio valiosos consejos, tanto al principio como una vez completado el manuscrito.

Arthur, hombre polifacético e hijo de Jack Geoghegan, mi difunto editor en Estados Unidos, me contó horrendas anécdotas de su etapa como representante farmacéutico en Moscú y la Europa del Este. El benévolo espíritu de Jack estuvo presente en nuestras conversaciones.

Daniel Berman, de Médicins Sans Frontières de Ginebra, me concedió una reunión informativa de extraordinario valor, que por sí sola justificaba sobradamente el viaje.

buko Pharma-Kampagne de Bielefeld, Alemania –que no debe confundirse con la organización Hipo de mi novela– es un grupo de personas muy sensatas y altamente cualificadas, con financiación independiente y menos personal del necesario, que lucha por sacar a la luz las fechorías de la industria farmacéutica, especialmente en sus relaciones con el tercer mundo. Si se sienten ustedes predispuestos a la generosidad, mándenles un poco de dinero para ayudarlos a continuar con su labor. Dado que la opinión médica sigue viéndose insidiosa y metódicamente tergiversada por los gigantes del sector farmacéutico, la supervivencia de buko adquiere, si cabe, mayor importancia. Y buko no sólo me proporcionó una inestimable ayuda. De hecho, me instó a encomiar las virtudes de las compañías farmacéuticas con una actitud responsable. Por consideración a ellos, he intentado hacer aquí y allá como me decían, pero no era ése el tema de la novela.

Tanto el doctor Paul Haycock, un veterano de la industria farmacéutica internacional, como Tony Allen, un especialista en farmacología de buen corazón y mejor vista, me asesoraron gratuitamente, haciéndome partícipe de sus conocimientos y su buen humor, y soportaron dignamente mis ataques contra su profesión; como también hizo el hospitalario Peter, que en su humildad prefiere permanecer en el anonimato.

Recibí ayuda asimismo de varios inapreciables elementos al servicio de las Naciones Unidas. Ninguno de ellos sabía ni remotamente qué me proponía; aun así, sospecho que lo más acertado es no nombrarlos.

Muy a mi pesar, he decidido no mencionar tampoco por sus nombres a las personas de Kenia que me proporcionaron desinteresadamente su colaboración. Mientras escribo estas líneas, llega la noticia de la muerte de John Kaiser, un sacerdote estadounidense natural de Minnesota que llevaba treinta y seis años trabajando en Kenia. Su cuerpo fue hallado en Naivasha, a ochenta kilómetros al noroeste de Nairobi. Presentaba una herida de bala en la cabeza. Cerca apareció una escopeta. El señor Kaiser era desde hacía mucho tiempo una de las voces críticas en relación con las medidas políticas del gobierno de Kenia respecto a los derechos humanos, o la ausencia de éstos. Accidentes como éste pueden volver a ocurrir.

En mi descripción de las tribulaciones de Lara en el capítulo dieciocho, me inspiré en varios casos, sobre todo en el continente norteamericano, donde investigadores médicos de alto nivel han osado discrepar con las empresas farmacéuticas que les pagan y han sido víctimas por ello de vilipendios y persecuciones. A este respecto, la cuestión no es si sus hallazgos inconvenientes eran o no correctos; es el conflicto entre la conciencia individual y la codicia corporativa. Es el elemental derecho de los médicos a expresar opiniones imparciales sobre temas médicos, y su deber de informar a los pacientes acerca de los riesgos que consideran inherentes a los tratamientos que prescriben.

Y finalmente, si por casualidad visitan alguna vez la isla de Elba, no dejen de visitar la antigua y preciosa finca que me apropié para Tessa y sus antepasados italianos. Se llama La Chiusa di Magazzini, y es propiedad de la familia Foresi. Los Foresi producen vinos tintos, blancos y rosados y licores a partir de sus propios viñedos, así como un inmaculado aceite procedente de sus olivares. Tienen algunas casas que se pueden alquilar. Hay incluso un lagar donde pueden confinarse temporalmente aquellos que buscan respuesta a los grandes enigmas de la vida.

John le Carré

Diciembre, 2000

1 Abad en inglés es Abbott, apellido de soltera de Tessa.

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