El jardinero fiel: Cubierta John Le Carré




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títuloEl jardinero fiel: Cubierta John Le Carré
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Inicialmente la cobertura informativa del asesinato de Tessa no me ni mucho menos tan alarmante como Woodrow y el embajador se temían. Aquellos gilipollas expertos en sacar una noticia de la nada, observó Coleridge con cautela, por lo visto estaban igualmente capacitados para no sacar nada de una noticia. De entrada, así fue. «Asesinos dan muerte en despoblado a la esposa de un enviado británico», rezaban los primeros teletipos, y este sólido enfoque, presentado en términos más elegantes por la prensa seria y más pedestres por los periódicos sensacionalistas, bastó a un público exigente. Se hacía hincapié en los riesgos cada vez mayores que corría el voluntariado en todos los rincones del planeta; había incisivos editoriales sobre la incapacidad de las Naciones Unidas para proteger a los suyos, y el creciente coste en vidas humanas entre los humanitaristas con valor suficiente para dar la cara por sus principios. Tampoco faltaba la exaltada palabrería sobre elementos tribales descontrolados en busca de víctimas a quienes devorar, sacrificios rituales, hechicería y el siniestro tráfico de pieles humanas. Se insistía en la presencia de bandas nómadas de inmigrantes ilegales llegados de Sudán, Somalia y Etiopía. Pero no se hacía la menor referencia al irrefutable hecho de que Tessa y Bluhm, a la vista de empleados y huéspedes del hotel Oasis, hubieran compartido un bungalow la noche antes del asesinato. Bluhm era «cooperante de una organización humanitaria belga» –correcto–, «asesor médico de las Naciones Unidas» –falso–, «experto en enfermedades tropicales» –falso–, y se temía que pudiera haber sido secuestrado por los criminales para matarlo o exigir un rescate.

El lazo que unía al experimentado doctor Bluhm y su joven y bella protegida era la dedicación a una causa, era humanitario. Y con eso quedaba todo dicho. Noah apareció sólo en las primeras ediciones y luego murió una segunda muerte. La sangre negra, como en Fleet Street sabe hasta el más tonto, no es noticia, pero una decapitación bien merece una mención. El interés se centró implacablemente en Tessa, «la chica de la alta sociedad convertida en abogada por Oxford y Cambridge», «la princesa Diana de los necesitados de África», «la Madre Teresa de los barrios pobres de Nairobi» y «el ángel del Foreign Office a quien nada le daba lo mismo». En un editorial del Guardian se concedía gran importancia al hecho de que la Nueva Mujer Diplomática del Milenio (sic) hubiera encontrado la muerte en la cuna de la humanidad descubierta por Leakey, y extraía de ahí la inquietante moraleja de que, aun cuando las actitudes raciales cambien, no podemos sondear los pozos de salvajismo que se esconden en el corazón de las tinieblas de todo hombre. El artículo perdía parte de su impacto cuando, en una nota informativa anexa, un redactor poco familiarizado con el continente africano situaba el asesinato de Tessa a orillas del lago Tanganica en lugar del Turkana.

Se publicaron un sinfín de fotografías. Tessa en la tierna infancia, alegre en los brazos de su padre el juez cuando su señoría era un modesto abogado que, mal que bien, salía adelante con unos ingresos anuales de medio millón de libras. Tessa a los diez años con trenzas y pantalón de montar en su colegio privado de niña rica, un dócil poni en segundo plano. (Pese a ser su madre una condesa italiana, se observaba con aprobación, los padres habían optado sensatamente por una educación británica.) Tessa adolescente, la chica admirada, en biquini, su garganta aún indemne artísticamente realzada por el aerógrafo del editor de fotografía. Tessa con un birrete desenfadadamente ladeado, toga académica y minifalda. Tessa con la ridícula indumentaria de un abogado británico, siguiendo los pasos de su padre. Tessa en el día de su boda, y Justin, viejo alumno de Eton, ya con su sonrisa aún más vieja de ex alumno de Eton.

Respecto a Justin, la prensa mantenía una desacostumbrada discreción, en parte porque no deseaban que nada empañara la resplandeciente imagen de su heroína instantánea, y en parte porque había muy poco que decir sobre él. Justin era «uno de los leales funcionarios de grado medio del Foreign Office» –léase «chupatintas»–, un perpetuo soltero «criado en la tradición diplomática» que antes de contraer matrimonio había representado dignamente a su país en algunas de las zonas conflictivas más desfavorecidas del mundo, entre ellas Adén y Beirut. Sus colegas alababan su sangre fría en situaciones de crisis. En Nairobi había presidido un «foro internacional de la alta tecnología» en el campo de la ayuda humanitaria. Nadie empleó la palabra «estancamiento». Cómicamente, resultó que escaseaban las fotografías de él tanto anteriores como posteriores a la boda. Una «foto casera» mostraba a un muchacho introvertido y taciturno que, en retrospectiva, parecía predestinado a la viudez prematura. Había sido extraída, confesó Woodrow bajo la presión de su anfitriona, de una fotografía en grupo del equipo de rugby de Eton.

–No sabía que hubieras jugado al rugby, Justin. ¡Qué valiente! –exclamó Gloria, que se había autoasignado la tarea de llevarle todas las mañanas, después del desayuno, sus cartas de condolencia y los recortes de prensa enviados por la embajada.

–De valiente, nada –repuso Justin en uno de aquellos ramalazos de genio que tanto complacían a Gloria–. Me obligó a entrar en el equipo el prefecto, un auténtico rufián, convencido de que no éramos hombres hasta que nos destrozaban a patadas. El colegio no tenía derecho a facilitar esa fotografía. –Recobrando la calma, añadió–: Gloria, te estoy muy agradecido.

Como lo estaba por todo, informó Gloria a Elena: por la bebida y la comida y por la celda; por sus paseos juntos en el jardín y sus pequeños seminarios acerca del trasplante desde el vivero al exterior –elogió especialmente el aliso, blanco y morado, al que por fin Gloria había persuadido para que extendiera sus ramas bajo el ceibón–; por su ayuda con los detalles del inminente funeral, incluida una visita en compañía de Jackson al cementerio y la funeraria, ya que Justin, por orden de Londres, debía permanecer recluido hasta que amainara el revuelo. Un fax del Foreign Office a tal efecto, dirigido a Justin a través de la embajada y firmado «Alison Landsbury, jefa de personal», había provocado en Gloria una reacción casi violenta. Después no recordaría otra ocasión en que hubiera estado tan cerca de perder el control.

–Justin, están abusando de ti de una manera indignante. «Entregue las llaves de su casa hasta que las autoridades tomen las medidas pertinentes.» ¡Sí, naranjas de la China! ¿Qué autoridades? ¿Las autoridades keniatas? ¿O esos guris de Scotland Yard que ni siquiera se han tomado aún la molestia de venir a verte?

–Pero, Gloria, ya he estado en mi casa –insistió Justin en un esfuerzo por tranquilizarla–. ¿Para qué librar una batalla que ya se ha ganado? ¿Nos admitirá el cementerio?

–A las dos y media. Tenemos que estar en la funeraria Lee a las dos. Mañana sale la esquela en los periódicos.

–Y la enterrarán al lado de Garth. –Garth, su hijo muerto, al que pusieron ese nombre por el padre juez de Tessa.

–Más cerca imposible. Debajo de la misma Jacaranda. Con un niño africano.

–Eres la bondad en persona –dijo Justin por enésima vez, y sin añadir nada más, se retiró al piso de abajo y a su bolsa de piel.

La bolsa era su paño de lágrimas. A través de los barrotes de la ventana del jardín, Gloria lo había visto ya dos veces sentado en la cama, inmóvil, con la cabeza entre las manos y la vista fija en la bolsa. Albergaba la secreta convicción –compartida con Elena– de que contenía las cartas de amor de Bluhm. Las había rescatado de posibles miradas indiscretas –no gracias a Sandy– y aguardaba el momento en que las fuerzas le permitieran decidir si leerlas o quemarlas. Elena coincidió con ella, aunque opinaba que, por parte de la golfa de su mujer, había sido una estupidez guardarlas. «Léelas y tíralas a la basura, ése es mi lema, cariño.» Advirtiendo la reticencia de Justin a alejarse de su habitación por miedo a dejar la bolsa desatendida, Gloria le sugirió que la pusiera en la bodega, la cual, provista de una reja de hierro en lugar de puerta, contribuía al efecto de severidad carcelaria del piso de abajo.

–Y tú te quedarás la llave, Justin –dijo, confiándosela con ademán solemne–. Aquí tienes. Y cuando Sandy quiera una botella, que venga u pedírtela. Quizá así beba menos.
Gradualmente, a medida que se sucedían las entregas de la prensa, Woodrow y Coleridge casi se convencieron de que las aguas volverían a su cauce sin mayores estragos. O bien Wolfgang había amordazado a sus empleados y huéspedes, o bien la prensa estaba tan obsesionada con el lugar del crimen que nadie se había molestado en ir a indagar al Oasis, se dijeron. Coleridge en persona se dirigió a la asamblea de patriarcas del club Muthaiga para rogarles encarecidamente, en nombre de la solidaridad anglokeniata, que atajaran las habladurías. Woodrow pronunció un sermón parecido ante el personal de la embajada. «Sea cual sea nuestra particular opinión, no debemos echar más leña al fuego», insistió, y sus sabias palabras, expresadas con la máxima seriedad, hicieron mella.

Pero todo era una ilusión, como Woodrow, en el fondo de su corazón racional, sabía desde el principio. Justo cuando la prensa empezaba a perder impulso, un diario belga, en un artículo de primera plana, acusó a Tessa y Bluhm de mantener «un apasionado idilio» y publicó la fotocopia de una página del libro de registro del Oasis y declaraciones de testigos que afirmaban haber visto a la amartelada pareja cenar frente a frente la víspera del asesinato de Tessa. Los dominicales británicos arrimaron el ascua a su sardina. De la noche u la mañana, Bluhm se convirtió para la prensa en un personaje abominable, carnaza en la que cebarse a placer. Hasta entonces había sido el doctor Arnold Bluhm, el hijo adoptivo congoleño de un acaudalado matrimonio belga con intereses en la minería, educado en Kinshasa, Bruselas y la Sorbona, misionero de la medicina, ciudadano de las zonas en guerra, altruista sanador de Argel. En adelante fue Bluhm el seductor, Bluhm el adúltero, Bluhm el maníaco. En un artículo publicado en tercera página sobre los médicos con instintos asesinos u lo largo de los siglos se incluían dos fotografías casi idénticas de Bluhm y O. J. Simpson, a cuyo pie se leía el llamativo epígrafe: «¿Cuál de los dos gemelos es el doctor?» Bluhm, para quien perteneciera a esa clase de lectores de periódico, era el arquetipo del criminal negro. Había encandilado a la esposa de un hombre blanco, la había degollado, había decapitado al conductor y se había echado al monte en busca de una nueva presa o hecho lo que quiera que hiciesen los negros de salón cuando volvían a sus costumbres atávicas. Para que la comparación no dejara lugar a dudas, habían suprimido la barba de Bluhm mediante el aerógrafo.

Gloria llevaba el día entero manteniendo lo peor de eso fuera del alcance de Justin, por miedo a que se trastocara. Pero él insistió en verlo todo, aberraciones incluidas. Así que al atardecer, antes de que Woodrow regresara, Gloria le sirvió un whisky y, a su pesar, le entregó el abigarrado fajo al completo. Cuando entró en su espacio de reclusión, descubrió indignada a su hijo Harry sentado frente a él, uno a cada lado de la desportillada mesa de pino y ambos concentrados con expresión ceñuda en una partida de ajedrez. La asaltaron unos repentinos celos.

–Harry, me parece una imperdonable falta de consideración por tu parte venir a incordiar al señor Quayle con el ajedrez cuando...

Pero Justin la interrumpió antes de que terminara la frase.

–Gloria, tu hijo posee una mente de lo más tortuosa –aseguró–. Vale más que Sandy se ande con cuidado, créeme. –Tras coger el fajo de sus manos, se sentó lánguidamente en la cama y empezó a hojear–. Arnold tiene una idea bastante clara de por dónde van nuestros prejuicios, ¿sabes? –prosiguió con el mismo tono distante–. Si sigue vivo, no se sorprenderá. Y si ha muerto, ya no le importará, ¿no?

Pero la prensa se guardaba en la manga una baza mucho más mortífera que Gloria no habría imaginado ni en sus momentos de mayor pesimismo.
Entre la docena de boletines independientes a los que estaba suscrita la embajada –publicaciones de formato grande y papel de color, escritas bajo seudónimo e impresas artesanalmente–, uno en particular había demostrado una notable capacidad de supervivencia. Se titulaba, sin más adornos, áfrica corrupta, y su línea editorial, si tal término podía aplicarse a los turbulentos impulsos que lo regían, consistía en airear trapos sucios sin tener en cuenta la raza, el color, la verdad o las consecuencias. Si destapaba los supuestos fraudes perpetrados por los ministros y burócratas de la administración de Moi, denunciaba también con igual naturalidad los «chanchullos, la corrupción y la vidorra» de los burócratas de las organizaciones de ayuda humanitaria.

Pero aquel boletín en cuestión –conocido a partir de entonces como Número 64– no abordaba ninguno de esos asuntos. Constaba de una sola hoja de un rosa fosforito y casi un metro cuadrado de superficie, impresa por ambas caras. Bien plegada, cabía holgadamente en el bolsillo de la chaqueta. Una gruesa orla negra daba a entender que los redactores anónimos del Número 64 estaban de duelo. Una sola palabra constituía el titular, tessa, en caracteres negros de ocho centímetros de altura, y el ejemplar de Woodrow llegó a sus manos la tarde del sábado por mediación nada menos que del enfermizo y desgreñado Tom Donohue en persona, con sus gafas, su bigote y sus dos metros de estatura. El timbre de la puerta sonó mientras Woodrow jugaba al críquet con los niños en el jardín. Gloria, normalmente una incansable receptora, lidiaba con un dolor de cabeza en el dormitorio; Justin permanecía oculto en su celda con las cortinas corridas. Woodrow atravesó la casa y, sospechando que podía tratarse cíe una estratagema de algún periodista, echó antes un vistazo por la mirilla. Y allí estaba Donohue, plantado ante la puerta, con una tímida sonrisa en el rostro triste y alargado, agitando algo que a primera vista parecía una servilleta rosa.

–Amigo mío, siento muchísimo molestarte. Ya sé que es sábado, día de guardar y tal. Por lo visto, la proverbial mierda ha empezado a salpicar.

Sin disimular su disgusto, Woodrow lo hizo pasar al salón. ¿A qué demonios se dedicaba ahora aquel mamarracho? O mejor dicho, ¿a que demonios se dedicaba en la vida? Woodrow nunca había sentido gran simpatía por los Amigos, como se llamaba a los espías, y no cariñosamente, en el Foreign Office. Donohue no era una persona cortés, no poseía don de lenguas que se supiera, carecía de encanto. Había superado a todas luces su fecha de caducidad. Por lo que podía verse, se pasaba las horas del día en el campo de golf del club Muthaiga con los más opulentos miembros de la clase empresarial de Nairobi, y las noches jugando al bridge. Sin embargo, vivía a lo grande, en una suntuosa casa de alquiler con cuatro criados y una trasnochada belleza que se llamaba Maud y parecía tan enferma como él. ¿Era Nairobi una sinecura para Donohue? ¿Un premio de despedida al final de una distinguida carrera? Woodrow había oído decir que esa clase de cosas eran habituales entre los Amigos. Ajuicio de Woodrow, Donohue era un lastre innecesario en una profesión parasitaria y obsoleta por definición.

–Casualmente uno de mis muchachos iba paseándose por el mercado hace un rato –explicó Donohue–. Un par de individuos repartían ejemplares gratuitos de una manera un tanto sospechosa, así que el chico ha pensado que quizá no estaría de más que cogiera uno.

El anverso contenía tres panegíricos dedicados a Tessa, cada uno de ellos escritos supuestamente por una amiga africana distinta. Los tres presentaban el característico estilo afroinglés autóctono: un poco de oratoria de pulpito, un poco de retórica callejera, persuasivos alardes de emotividad. Tessa, afirmaba cada una de las autoras a su modo particular, había roto moldes. Con su riqueza, su alcurnia, sus estudios y su belleza, debería haber estado bailando y yendo a banquetes con los peores supremacistas blancos de Kenia. En cambio, era lo opuesto a todo lo que ellos representaban. Tessa se había alzado contra su clase, su raza y cualquier cosa que la coartara, ya fuera el color de su piel, los prejuicios de sus iguales sociales o las cadenas de un matrimonio convencional del Foreign Office.

–¿Cómo lo sobrelleva Justin? –preguntó Donohue mientras Woodrow leía.

–Bien, gracias, dentro de lo que cabe.

–He oído que el otro día estuvo en su casa.

–¿Quieres que lea esto o no?

–Una hábil maniobra, debo admitir, la forma en que esquivaste a esos reptiles apostados ante la puerta. Deberías unirte a nosotros. ¿Está Justin en casa?

–Sí, pero no recibe visitas.

Si África era la patria adoptiva de Tessa Quayle, leyó Woodrow, las mujeres africanas eran su religión adoptiva.
Tessa luchó por nosotras estuviera donde estuviera el campo de batalla, fueran cuales fueran los tabúes. Luchó por nosotras en los cócteles de postín, las cenas de postín y cualquier otra fiesta de postín cuando alguien cometía la insensatez de invitarla, y su mensaje siempre era el mismo. Sólo la emancipación de las mujeres africanas podía salvarnos de los errores garrafales y la corrupción de nuestros hombres. Y cuando Tessa se enteró de que estaba embarazada, insistió en dar a luz a su hijo africano entre las mujeres africanas por quienes tanto amor sentía.
–¡Dios mío! –exclamó Woodrow en un susurro.

–Ésa precisamente ha sido mi reacción, la verdad –convino Donohue.

El último párrafo estaba impreso en mayúsculas. Mecánicamente, Woodrow lo leyó también:
adiós, mamá tessa. somos las hijas de tu valor. gracias, mamá tessa, gracias por tu vida. puede que arnold bluhm siga vivo, pero tu sin duda has muerto. si la reina británica otorga condecoraciones a titulo póstumo, esperamos que, en lugar de conceder al señor porter coleridge el título de sir por sus servicios a la auto-complacencia británica, te premie con la cruz victoria a ti, mamá tessa, nuestra amiga, por tu excepcional valentía ante la intolerancia poscolonial.
–Lo mejor está al dorso, ya verás –dijo Donohue.

Woodrow volvió la hoja.


el bebé africano de mamá tessa
Tessa Quayle era partidaria de poner su cuerpo y su vida allí adonde la guiaran sus convicciones. Esperaba que los demás siguieran su ejemplo. Cuando Tessa fue ingresada en el hospital de Uhuru, en Nairobi, su íntimo amigo el doctor Arnold Bluhm la visitó todos los días y, según dicen, también muchas noches, llevándose incluso una cama plegable para poder dormir junto a ella en la sala.
Woodrow plegó la hoja y se la metió en el bolsillo.

–Creo que voy a acercarme a casa de Porter para enseñarle esto si no tienes inconveniente. Puedo guardármelo, supongo.

–Todo tuyo, amigo mío. Cortesía de la casa.

Woodrow se encaminó hacia la puerta, pero Donohue no hizo ademán de seguirlo.

–¿Vienes? –preguntó Woodrow.

–Pensaba quedarme un rato si no te importa. Para expresarle mis condolencias al pobre Justin. ¿Dónde está? ¿Arriba?

–Si no recuerdo mal, hemos acordado que no lo verías.

–¿Ah, sí? No hay el menor problema. Otra vez será. Tu casa, tu invitado. No tendrás escondido también a Bluhm, ¿verdad?

–No digas tonterías.

Sin inmutarse, Donohue trotó junto a Woodrow y, en actitud teatral, flexionó las rodillas.

–¿Quieres que te lleve? Es a la vuelta de la esquina. Así te ahorras sacar el coche. Hace demasiado calor para ir a pie.

Medio temiendo aún que Donohue pudiera cambiar de idea e insistir una vez más en ver a Justin, Woodrow aceptó el ofrecimiento y luego, para mayor tranquilidad suya, observó el coche hasta que llegó a lo alto de la cuesta y se perdió de vista. Porter y Veronica Coleridge tomaban el sol en el jardín. Detrás de ellos se alzaba la residencia oficial del embajador, comparable a una mansión de Surrey; ante ellos se extendían el impecable césped y los cuidados arriates del jardín de un rico agente de Bolsa. Coleridge ocupaba el balancín y leía los documentos contenidos en un portafolios. Su rubia esposa Veronica, con una falda azul lavanda y un sombrero de paja de ala flexible, yacía con abandono en la hierba junto a una cuna parque. Dentro, su hija Rosie se mecía sobre la espalda, admirando el follaje de un roble por entre los dedos de sus manos mientras Veronica le tarareaba. Woodrow entregó el boletín a Coleridge y aguardó la previsible sarta de reniegos. No los hubo.

–¿Quién lee esta basura?

–Todos los periodistas de medio pelo de la ciudad, supongo –respondió Woodrow con tono inexpresivo.

–¿Cuál será su siguiente paso?

–El hospital –contestó Woodrow con creciente desánimo.

Arrellanado en un sillón tapizado de pana en el estudio de Coleridge, con un oído atento a las cautelosas frases que éste cruzaba con su aborrecido superior de Londres por el teléfono digital, normalmente guardado bajo llave en su escritorio, Woodrow, en el sueño recurrente del que ya no se libraría hasta la hora de su muerte, vio su propio cuerpo de hombre blanco recorrer a velocidad colonial los enormes y atestados pasillos del hospital de Uhuru, deteniéndose sólo para preguntar a cualquier persona de uniforme por la escalera que buscaba, la planta que buscaba, la sala que buscaba, la paciente que buscaba.

–Correr un velo sobre todo el asunto, ésa es la gilipollez con que se descuelga Pellegrin –anunció Porter Coleridge tras dejar bruscamente el auricular–. Correrlo deprisa y tanto como sea posible. El velo más tupido que encontremos. Muy propio de él.

Por la ventana del estudio, Woodrow vio a Veronica sacar a Rosie del parque y llevarla en brazos hacia la casa.

–Creía que eso era lo que estábamos haciendo –objetó, perdido aún en su ensoñación.

–Lo que Tessa hiciera en su tiempo libre era cosa de ella. Eso incluye abrirse de piernas para Bluhm y dedicarse a cualquier causa noble en que anduviera metida. Extraoficialmente, y sólo si nos preguntan, respetábamos sus cruzadas pero las considerábamos poco sólidas y desatinadas. Y nos reservamos la opinión respecto a las acusaciones infundadas de la prensa amarilla. –Una pausa mientras luchaba por contener su indignación consigo mismo–. Y debemos poner en circulación el rumor de que estaba trastornada.

–¿Por qué demonios habríamos de hacer una cosa así? –dijo Woodrow, despertando de pronto.

–Comprender las razones no es nuestro cometido. Se desquició al dar a luz un niño muerto y antes era ya poco equilibrada. Visitó a un psiquiatra en Londres, lo cual ayuda. Esto es asqueroso y me da grima. ¿Cuándo se celebra el funeral?

–A mediados de la semana entrante, como muy pronto.

–¿No puede adelantarse?

–No.

–¿Por qué no?

–Esperamos el resultado de la autopsia. Los funerales no pueden reservarse con antelación.

–¿Un jerez?

–No, gracias. Creo que volveré a casa.

–El ministerio nos exige resignación. Tessa era nuestra cruz pero la llevábamos con dignidad. ¿Serás capaz de actuar con resignación?

–Lo dudo.

–Yo también. Esta mierda me produce náuseas.

Las palabras brotaron de sus labios tan deprisa, con tal convicción y rebeldía, que Woodrow por un momento pensó que eran fruto de su propia imaginación.

–La gilipollez con que nos sale Pellegrin es una llamada a la disciplina –prosiguió Coleridge con tono de cáustico desprecio–. Nada de escépticos, nada de desertores. ¿Lo aceptas?

–Supongo que sí.

–Bien hecho. Yo no sé hasta qué punto seré capaz. Cualquier protesta que ella elevara en cualquier parte..., ella y Bluhm..., juntos o por separado..., ante cualquier persona, incluidos tú y yo..., cualquier obsesión que se le hubiera metido entre ceja y ceja... sobre cuestiones animales, vegetales, políticas o farmacéuticas... –un largo e insufrible silencio durante el cual Coleridge clavó la mirada en la suya con el fervor de un hereje incitándolo a la traición– queda fuera de nuestros dominios y no sabemos una mierda al respecto. ¿He hablado claro o quieres que te lo escriba en la pared con tinta invisible?

–Has hablado claro.

–Porque el propio Pellegrin ha hablado claro, ¿entiendes? Ambiguo no ha sido.

–No. Ya me figuro que no lo ha sido.

–¿Guardamos copia de aquellos documentos que Tessa nunca nos dio? ¿Los documentos que nunca vimos, ni tocamos, ni permitimos que mancharan en modo alguno nuestras puras conciencias?

–Todo lo que nos dio le fue remitido a Pellegrin.

–Muy hábil por nuestra parte. ¿Y tú mantienes la moral alta, Sandy? ¿Estás bien de ánimo y demás, habida cuenta de que atravesamos momentos críticos y tienes a su marido en tu habitación para invitados?

–Creo que sí. ¿Y tú? –preguntó Woodrow, quien desde hacía un tiempo, instigado por Gloria, veía con buenos ojos el creciente distanciamiento entre Coleridge y Londres y se preguntaba cómo aprovecharlo en beneficio propio.

–No estoy muy seguro de tener la moral alta, la verdad –respondió Coleridge con mayor franqueza de la que había mostrado a Woodrow en el pasado–. No estoy ni mucho menos seguro. En realidad, ahora que lo pienso, dudo seriamente que pueda suscribir nada de eso. No puedo, de hecho. Así que, por mí, que se pudran el repajolero Bernard Pellegrin y todas sus obras. Que se vayan a la mierda, para ser más exactos. Y juega al tenis de pena. Pienso decírselo.

Cualquier otro día Woodrow habría recibido con entusiasmo tal declaración de ruptura y aportado su grano de arena para fomentarla, pero sus recuerdos del hospital lo asaltaban con una contundencia a la que no podía escapar, infundiéndole sentimientos hostiles contra un mundo que lo tenía preso contra su voluntad. Entre la residencia del embajador y la suya no había más de diez minutos a pie. En el camino se convirtió en blanco móvil de los ladridos de los perros, los ruegos de los niños mendigos que corrían tras él pidiéndole «cinco chelines, cinco chelines», y las buenas intenciones de amables conductores que aminoraban la marcha y se ofrecían a llevarlo. Aun así, cuando cruzó la verja de su casa, había revivido la hora más acusatoria de su vida.
Hay seis camas en la sala del hospital de Uhuru, tres contra cada pared. Ninguna tiene sábanas ni almohadas. El suelo es de cemento. Hay tragaluces pero no están abiertos. Es invierno pero no corre un soplo de aire, y el hedor de los excrementos y el desinfectante es tan intenso que Woodrow tiene la sensación de ingerirlo además de olerlo. Tessa, en la cama central del lado izquierdo, amamanta a un niño. Ella es lo último que Woodrow ve, deliberadamente. Las camas contiguas están vacías, salvo por las fundas de hule picado abotonadas a los colchones. Al otro lado del pasillo, yace aovillada una mujer joven con la cabeza apoyada directamente en el colchón y un brazo colgando. Sentado en el suelo cerca de ella, un adolescente mantiene fija en su rostro una imperturbable mirada de súplica mientras la abanica con un trozo de cartón. En la cama siguiente, una circunspecta anciana de cabello blanco, encaramada en el borde y rigurosamente erguida, lee una Biblia de las Misiones con unas gafas de concha. Lleva un kanga de algodón, como los que se venden a modo de mantón para los turistas. Más allá, una mujer escucha algo con expresión ceñuda por unos auriculares. En su semblante, sumamente devoto, se advierte la huella del dolor. Woodrow registra todo eso de una sola ojeada, como un espía, a la vez que observa a Tessa con el rabillo del ojo y se pregunta si lo ha visto.

Pero Bluhm sí lo ha visto. Bluhm ha alzado la cabeza en cuanto Woodrow, indeciso, ha entrado en la sala. Bluhm se ha levantado de su silla junto a la cama de Tessa y, tras agacharse para susurrarle algo al oído, se dirige silenciosamente hacia Woodrow y, de hombre a hombre, musita:

–Bienvenido.

¿Bienvenido a qué exactamente? ¿Bienvenido a la presencia de Tessa, por gentileza de su amante? ¿Bienvenido a este agujero maloliente de aletargado sufrimiento? Pero Woodrow se conforma con devolver a Bluhm un reverente saludo mientras éste sale discretamente al pasillo.

–Me alegro de verte, Arnold.

Por lo que Woodrow sabía a partir de su limitada experiencia de la especie, cuando las mujeres inglesas daban de mamar a los niños, actuaban con pudoroso recato. Gloria, desde luego, así lo había hecho. Se abrían la parte delantera tal como los hombres se abren la suya, y luego recurrían a sus artes para ocultar lo que hubiese dentro. Tessa, en cambio, no siente necesidad de decoro en el sofocante aire africano. Está desnuda de cintura para arriba y un kanga parecido al de la anciana cubre la mitad inferior de su cuerpo. Sostiene al niño contra su pecho izquierdo, el derecho libre y en espera. Tiene el torso estilizado y translúcido. Sus pechos, aun después del parto, son tan delicados y perfectos como tantas veces los ha imaginado. El niño es negro. Negro azulado en contraste con la blancura marmórea de su piel. Una de sus manitas negras ha encontrado el pecho que lo alimenta y lo aprieta con extraña confianza mientras Tessa lo observa. Al cabo de un momento, alza sus ojos grandes y grises y mira a Woodrow a la cara. Él busca palabras pero ninguna acude a sus labios. Se inclina sobre ella y el niño y, apoyando la mano izquierda en la cabecera, la besa en la frente. Al hacerlo, ve con sorpresa un cuaderno al otro lado de la cama, el lado donde estaba sentado Bluhm. Se halla en precario equilibrio sobre una mesilla, junto a un vaso de agua de aspecto insalubre y un par de bolígrafos. Está abierto, y Tessa ha escrito en sus páginas con trazos imprecisos y vacilantes que son como un vago recuerdo de la caligrafía aprendida en colegios privados que Woodrow asocia con ella. Pensando algo que decir, se sienta al sesgo en el borde de la cama. Pero es Tessa quien habla primero. Débilmente, su voz indistinta por efecto de los calmantes y ahogada por el dolor, y sin embargo con forzada serenidad, logrando adoptar el tonillo burlón que siempre emplea con él.

–Se llama Baraka –dice–. Significa «bendición». Pero eso ya lo sabías.

–Un buen nombre.

–No es mío –añade Tessa, y Woodrow guarda silencio–. Su madre no puede darle el pecho –explica con voz pausada y nebulosa.

–Entonces tiene suerte de que estés aquí –dice Woodrow con oportuno acierto–. ¿Cómo te encuentras, Tessa? No te imaginas lo preocupado que estaba. Lo siento mucho. ¿Quién cuida de ti, aparte de Justin? ¿Ghita y quién más?

–Arnold.

–Y aparte de Arnold, claro.

–Una vez me dijiste que atraigo las coincidencias –comenta ella, pasando por alto la pregunta–. Que por el solo hecho de ponerme en primera línea precipito los acontecimientos.

–Lo decía con admiración.

–¿Todavía lo piensas?

–Naturalmente.

–Se está muriendo –anuncia Tessa, dirigiendo la mirada hacia las camas de la pared opuesta–. Su madre. Wanza. –Observa a la mujer a la que le cuelga el brazo y al callado muchacho agazapado junto a ella–. Vamos, Sandy. ¿No me preguntas de qué enfermedad?

–¿De qué enfermedad? –pregunta Woodrow, obediente.

–La vida, que es, según los budistas, la causa primera de la muerte. El hacinamiento. La desnutrición. La falta de higiene. –Está hablándole al niño–. Y la codicia. Hombres codiciosos en este caso. Es un milagro que no te hayan matado también a ti. Pero no te han matado, ¿eh que no? Al principio la visitaban un par de veces dianas. Estaban aterrorizados.

–¿Quiénes?

–Las coincidencias. Los codiciosos. Vestidos con elegantes batas blancas. La examinaban. La palpaban un poco. Le tomaban las constantes. Hablaban con las enfermeras. Ahora han dejado de venir. –El niño le hace daño. Lo reacomoda con ternura y continúa–. Para Jesucristo, eso no suponía el menor problema. Jesucristo se sentaba en el borde de la cama del moribundo, pronunciaba las palabras mágicas, el enfermo vivía, y la gente aplaudía. Las coincidencias no eran capaces de hacerlo. Por eso han desaparecido. La han matado, y ahora no saben las palabras mágicas.

–Pobres desdichados –comenta Woodrow, siguiéndole el humor.

–No. –Tessa vuelve la cabeza, contrayendo el rostro en una mueca a causa de una punzada de dolor, y señala con la barbilla hacia el otro lado de la sala–. Ellos son los pobres desdichados. Wanza. Y el chico que está en el suelo, junto a ella. Kioko, su hermano. Recorrió ochenta kilómetros a pie desde su aldea para venir a espantarle las moscas. ¿Verdad que hizo eso, tu tío? –dice al bebé, y tendiéndoselo en el regazo, le da unas suaves palmadas en la espalda hasta que eructa espontáneamente. Se coloca la palma de la mano bajo el otro pecho para ayudar al niño a mamar.

–Escúchame, Tessa. –Woodrow advierte su mirada escrutadora. Ella conoce ese tono de voz. Conoce todos sus tonos de voz. Woodrow ve asomar un atisbo de recelo en su rostro y quedarse fijo en él. Me ha hecho venir porque pensaba que podía serle útil, pero ahora se ha acordado de quién soy–. Por favor, Tessa, atiéndeme. Nadie está muriendo. Nadie está matando a nadie. Tienes fiebre, todo eso son figuraciones tuyas. Estás muy cansada. Deja ese asunto en paz. Concédete a ti misma un poco de paz. Por favor.

Tessa vuelve a concentrarse en el niño y le acaricia la mejilla con la yema del dedo.

–Eres la cosa más preciosa que he tocado en mi vida –susurra–. Y no vayas a olvidarte, eh.

–Estoy seguro de que no lo olvidará –dice Woodrow cordialmente, y el sonido de su voz le recuerda a Tessa su presencia.

–¿Qué tal el invernáculo? –pregunta. El «invernáculo», su término para referirse a la embajada.

–Floreciente.

–Podríais hacer las maletas y marcharos mañana, y nadie notaría la diferencia –declara distraídamente.

–Como siempre me has dicho.

–África está aquí. Vosotros estáis allí.

–Discutámoslo cuando recuperes las fuerzas –sugiere Woodrow con el tono más conciliatorio posible.

–¿Podemos?

–Claro que sí.

–¿Y escucharás?

–Con los cinco sentidos.

–Y entonces te lo contaremos todo sobre las codiciosas coincidencias con batas blancas. Y tú nos creerás. ¿Trato hecho?

–¿Nos?

–Arnold.

La mención de Arnold Bluhm devuelve a Woodrow al mundo real.

–Haré lo que esté en mis manos dadas las circunstancias. Lo que sea. Dentro de lo razonable. Lo prometo. Y ahora intenta descansar. Por favor.

Tessa reflexiona al respecto.

–Nos promete que hará lo que esté en sus manos dadas las circunstancias –explica al niño–. Dentro de lo razonable. Bueno, a eso se llama cooperación. ¿Cómo está Gloria?

–Muy preocupada. Te envía un abrazo.

Tessa deja escapar un interminable suspiro de agotamiento y, con el niño todavía al pecho, se recuesta contra la cabecera y cierra los ojos.

–Vete a casa con ella, pues. Y no me escribas más cartas –dice–. Y deja tranquila a Ghita. Tampoco ella te seguirá el juego.

Woodrow se levanta y se da media vuelta, esperando por alguna razón ver a Bluhm en el umbral de la puerta, en la pose que más detesta: Bluhm apoyado en el marco con displicencia, las manos metidas bajo el postizo cinturón artesanal como un vaquero, enseñando la blanca dentadura en una sonrisa desde dentro de su pretenciosa barba negra. Pero no hay nadie en la puerta. Sale al pasillo oscuro y sin ventanas, iluminado por una hilera de bombillas de escasa potencia como un refugio antiaéreo. Abriéndose paso entre camillas destartaladas con cuerpos yacentes, respirando el hedor de la sangre y los excrementos mezclado con el dulzón olor a cuadra de África, Woodrow se pregunta si esa miseria forma parte de la irresistible atracción que Tessa ejerce en él: me he pasado la vida huyendo de la realidad, pero, por influencia de Tessa, me veo arrastrado hacia esa realidad.

Llega a un concurrido cruce de pasillos y ve a Bluhm enzarzado en una acalorada conversación con otro hombre. Primero oye la voz de Bluhm –aunque no las palabras–, estridente y acusadora, resonando en las vigas de acero. Luego contesta el otro hombre. Algunas personas, una vez que las vemos, permanecen ya siempre en nuestra memoria. Para Woodrow, ese otro hombre es una de tales personas. Un hombre de complexión recia y prominente panza, su cara mantecosa y reluciente ensombrecida por un visaje de abyecta desesperación. Tiene el pelo entre rubio y rojo, tan ralo que deja a la vista las quemaduras solares del cuero cabelludo. En sus labios, apretados como un capullo de rosa, se dibuja un mohín de súplica y negación. Sus ojos, abiertos como platos por la angustia, revelan un horror que en apariencia los dos hombres comparten. Tiene las manos fuertes y salpicadas de manchas, y el sudor le traspasa la camisa caqui, formando líneas en torno al cuello. El resto de él se halla oculto bajo una bata blanca de médico.

«Y entonces te lo contaremos todo sobre las codiciosas coincidencias con batas blancas.» Woodrow avanza furtivamente. Se aproxima a ellos, pero ninguno de los dos vuelve la cabeza. Están demasiado absortos en la discusión. Pasa de largo sin ser visto, y los gritos de ambos se pierden entre el bullicio.
El coche de Donohue estaba de nuevo ante la casa. Al verlo, Woodrow sintió una rabia incontenible. Subió como una exhalación al piso superior, se duchó, se puso una camisa limpia, y su rabia no disminuyó. En la casa reinaba un silencio poco habitual para un sábado, y cuando echó un vistazo por la ventana del cuarto de baño, descubrió a qué se debía. Donohue, Justin, Gloria y los niños jugaban al Monopoly sentados alrededor de la mesa del jardín. Woodrow aborrecía todos los juegos de mesa, pero el Monopoly en concreto le despertaba un odio irracional equiparable a su odio hacia los Amigos y los demás miembros de los inflados servicios de inteligencia británicos. ¿Qué diablos se propone presentándose otra vez aquí minutos después de decirle que se mantenga a distancia? ¿Y qué clase de marido se sienta a jugar alegremente al Monopoly días después de morir su esposa asesinada de un machetazo? Los invitados a una casa, solían decir Woodrow y Gloria entre ellos, citando el proverbio chino, son como el pescado, que empieza a apestar al tercer día. Pero Gloria encontraba a Justin más fragante cada día que pasaba.

Woodrow bajó y los observó desde la ventana de la cocina. El servicio libraba el sábado por la tarde, naturalmente. Estaremos mucho más a gusto solos, cariño. Salvo que no es estaremos sino estaréis. Y conmigo nunca se te nota ni remotamente tan contenta como ahora, con dos hombres de mediana edad adulándote.

En la mesa, Justin había caído en la calle de alguien y pagaba un fajo de dinero en concepto de alquiler mientras Gloria y los niños prorrumpían en carcajadas y Donohue, con tono de queja, declaraba que ya era hora. Justin lucía su ridículo sombrero de paja y, como todo lo que se ponía, le sentaba perfectamente. Woodrow llenó de agua un hervidor y lo colocó sobre un fogón. Les llevaré un té, y así sabrán que he vuelto, a no ser que estén demasiado atentos los unos a los otros para darse cuenta. Cambiando de idea, salió al jardín y se dirigió con paso enérgico hacia la mesa.

–Justin. Perdona la interrupción. Me gustaría hablar un momento contigo si es posible. –Y para los otros (mi propia familia, mirándome como si hubiera violado a la criada) dijo–: No quiero aguaros la fiesta, pandilla. Enseguida acabamos. ¿Quién gana?

–Nadie –respondió Gloria airada, en tanto Donohue, manteniéndose al margen, esbozaba su enfermiza sonrisa.

Los dos permanecieron de pie en la celda de Justin. Si el jardín hubiera estado disponible, Woodrow habría preferido el jardín. Dada la situación, se retiraron al lúgubre cuartucho y se quedaron cara a cara, con la bolsa de Tessa –la bolsa del padre de Tessa– apoyada contra la reja. Mi bodega. Su llave. La bolsa del ilustre padre de su mujer. Pero cuando empezó a hablar, advirtió con asombro que alrededor cambiaba el escenario. En lugar de la cama de hierro, vio la mesa de taracea a la que la madre de Tessa tenía tanto cariño. Y detrás, la chimenea de ladrillo con invitaciones en la repisa. Y en el otro extremo de la habitación, allí donde las falsas vigas de roble parecían converger, la silueta desnuda de Tessa frente a la cristalera. Se obligó a volver al presente y la ilusión óptica se desvaneció.

–Justin.

–Sí, Sandy.

Pero por segunda vez en unos minutos se desvió de la confrontación que había planeado.

–Uno de los boletines locales ha publicado una especie de liber amicorum sobre Tessa.

–Un detalle de agradecer.

–Contiene comentarios bastante inequívocos acerca de Bluhm. Incluida la insinuación de que la asistió personalmente en el parto. Y de ahí se desprende casi por sí sola la conclusión de que quizá el niño era suyo. Lo siento.

–Te refieres a Garth.

–Sí.

Se advertía tensión en la voz de Justin y, a oídos de Woodrow, un tono tan amenazador como el suyo propio.

–Sí, bueno, es una conclusión que la gente ha extraído de vez en cuando durante los últimos meses, Sandy, y dada la actual situación sin duda habrá más de lo mismo.

Pese a que Woodrow le dejó abierta la posibilidad de desmentir tales especulaciones, Justin no lo hizo. Y ello indujo a Woodrow a aumentar la presión. Lo impulsaba alguna fuerza interior desatada por sus remordimientos de conciencia.

–También sostienen que Bluhm llegó al extremo de llevarse una cama plegable a la sala del hospital para dormir cerca de ella.

–La compartíamos.

–¿Cómo dices?

–A veces dormía en esa cama Arnold, y a veces yo. Nos turnábamos, dependiendo de las exigencias de nuestros respectivos trabajos.

–¿No te importa, pues?

–Si no me importa ¿qué?

–Que se diga eso de ellos..., que él le dedicaba tantas atenciones. .. con tu consentimiento, según parece..., mientras Tessa hacía el papel de esposa tuya aquí en Nairobi.

¿El papel? ¡Era mi esposa, maldita sea!

Woodrow no había previsto la ira de Justin más de lo que había previsto la de Coleridge. Tenía suficiente con tratar de dominar la suya propia. Había mantenido un tono de voz sosegado, y en la cocina había logrado sacudirse parte de la tensión de los hombros. Pero el exabrupto de Justin lo cogió totalmente por sorpresa, y lo sobresaltó. Esperaba arrepentimiento y, para ser sinceros, humillación, pero no resistencia armada.

–¿Qué te interesa saber exactamente? –inquirió Justin–. Me parece que no acabo de entenderlo.

–Necesito información, Justin. Así de sencillo.

–¿Qué información? ¿Si tenía bajo control a mi mujer?

Woodrow imploraba y se echaba atrás al mismo tiempo.

–Oye, Justin..., en serio, intenta ponerte en mi lugar... sólo por un momento, ¿de acuerdo? La prensa de todo el mundo va a hacerse eco de esto. Tengo derecho a saberlo.

–Saber ¿qué?

–Saber qué otras actividades de Tessa y Bluhm van a aparecer en primera plana... mañana y durante las seis próximas semanas –terminó Woodrow con cierta autocompasión.

–¿Cómo cuáles?

–Bluhm era su gurú. Bueno, lo era, ¿no? Al margen de que, para ella, fuera también otras cosas.

–¿Y?

–Y tenían causas comunes. Investigaban casos de malos tratos. Asuntos relacionados con los derechos humanos. Bluhm desempeña una función de vigilancia o algo así, ¿no? O ésa es la finalidad de su organización. Y Tessa... –Estaba perdiendo el rumbo, y Justin se limitaba a observar cómo lo perdía–. Ella lo ayudaba. Lógicamente. Dadas las circunstancias. Aprovechaba sus conocimientos jurídicos.

–¿Te importaría decirme adonde quieres ir a parar?

–Sus papeles. Sólo eso. Sus posesiones. El material que fuiste a recoger. Fuimos. Los dos juntos.

–¿Qué problema hay con eso?

Woodrow trató de serenarse: Por Dios, soy tu superior, y no un simple peticionario. No confundamos los papeles, ¿entendido?

–Necesito que me asegures, por tanto..., que todos los documentos reunidos en relación con sus causas... en su calidad de esposa tuya... con estatus diplomático..., aquí a cuenta del gobierno de Su Majestad..., serán entregados al ministerio. Con esa condición te llevé el martes a tu casa. De lo contrario, no habríamos ido.

Justin había escuchado inmóvil. No había movido ni un dedo, ni un párpado, mientras Woodrow pronunciaba aquel falso añadido. Con la luz detrás, permanecía tan quieto como la silueta desnuda de Tessa.

–La otra promesa que debo obtener de ti es evidente –prosiguió Woodrow.

–¿Qué otra promesa?

–Tu propia discreción en el asunto. Sepas lo que sepas de sus actividades..., sus agitaciones..., su supuesto trabajo humanitario que acabó fuera de control.

–¿Del control de quién?

–Me refiero sencillamente a que, respecto a cualquier posible incursión de Tessa en terreno oficial, estás tan obligado como el resto de la embajada a cumplir las normas de confidencialidad. Me temo que ésa es la orden procedente de las alturas. –Pretendía plantear la cuestión en broma, pero ninguno de los dos sonrió–. Es orden de Pellegrin.

«¿Y tú mantienes la moral alta, Sandy? ¿Estás bien de ánimo y demás, habida cuenta de que atravesamos momentos críticos y tienes a su marido en tu habitación para invitados?»

Justin se decidió por fin a hablar.

–Gracias, Sandy. Sé apreciar todo lo que has hecho por mí. Te estoy muy agradecido por permitirme visitar mi propia casa. Pero ahora debo ir a recaudar los alquileres a Piccadilly, donde por lo visto hay un valioso hotel de mi propiedad.

Dicho lo cual, para estupefacción de Woodrow, Justin regresó al jardín y, volviendo a ocupar su puesto junto a Donohue, reanudó la partida de Monopoly donde la había dejado.
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