El jardinero fiel: Cubierta John Le Carré




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títuloEl jardinero fiel: Cubierta John Le Carré
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Woodrow no se dejaba intimidar así como así. En su carrera diplomática, había sobrellevado dignamente no pocas situaciones humillantes, y la experiencia le había enseñado que lo más prudente era actuar como si no ocurriera nada fuera de lo común. Aplicando esta lección describió en versión minimalista, con escuetas frases, la escena presenciada en la sala del hospital. Sí, concedió –un tanto sorprendido por el inusitado interés de los agentes en los nimios detalles del posparto de Tessa–, recordaba vagamente que otra paciente de la misma sala estaba dormida o en coma. Y como no podía amamantar a su hijo, Tessa cumplía las funciones de nodriza del niño. La desgracia de Tessa fue la buena fortuna del recién nacido.

–¿Tenía nombre, la enferma? –preguntó Lesley.

–No que yo recuerde.

–¿Había alguien con la enferma, un pariente o amigo?

–Su hermano. Un adolescente de su aldea. Eso me contó Tessa pero, teniendo en cuenta su estado, no la considero una testigo fiable.

–¿Sabe cómo se llama el hermano?

–No.

–¿O el nombre de la aldea?

–No.

–¿Le explicó Tessa qué le pasaba a esa mujer?

–Casi todo lo que dijo era incoherente.

–Así que el resto era coherente –señaló Rob. Una misteriosa parsimonia iba adueñándose de él. Sus desproporcionados miembros habían hallado un lugar de reposo. De pronto parecía dispuesto a perder el día entero–. En sus momentos de coherencia, ¿qué dijo Tessa sobre la mujer enferma al otro lado de la sala, señor Woodrow?

–Que estaba muñéndose. Que su enfermedad, la cual no nombró, se debía a las condiciones sociales en que vivía.

–¿El sida?

–No es eso lo que ella dijo.

–Para variar, pues.

–En efecto.

–¿Trataba alguien a esa mujer de su enfermedad no identificada?

–Es de suponer. ¿Para qué iba a estar hospitalizada, si no?

–¿Era Lorbeer?

–¿Quién?

–Lorbeer. –Rob lo deletreó–. «Lor» como en dolor, «beer» como en Heineken. Medio holandés. Pelirrojo o rubio. Alrededor de cincuenta y cinco años. Gordo.

–No me suena de nada –repuso Woodrow con absoluta seguridad facial mientras se le retorcían las entrañas.

–¿Vio a alguien atenderla?

–No.

–¿Sabe qué tratamiento seguía?

–No.

–¿No vio a nadie darle una pastilla o ponerle una inyección?

–Ya os lo he dicho: en mi presencia, no apareció nadie del personal interno.

En su ocio recién descubierto, Rob encontró tiempo para meditar sobre la respuesta de Woodrow y su propia reacción a ella.

–¿Y personal externo?

–No en mi presencia.

–¿Y en su ausencia?

–¿Cómo voy a saberlo?

–Por Tessa. Por lo que Tessa le dijo en sus momentos de coherencia –explicó Rob, y desplegó tal sonrisa que su buen humor empezó a resultar un elemento perturbador, el heraldo de un chiste que aún no había contado–. Según Tessa, ¿recibía algún tipo de atención médica de alguien la enferma de su sala, la mujer cuyo bebé amamantaba ella? –preguntó con paciencia, eligiendo las palabras conforme a las reglas de algún juego de salón no especificado–. ¿Era la enferma visitada o examinada o mantenida en observación o tratada por alguien, hombre o mujer, blanco o negro, ya fuera médico, enfermera, auxiliar, externo, interno, empleado del servicio de limpieza, visita o gente normal? –Se arrellanó en la silla: a ver cómo te escapas de ésta.

Woodrow comenzaba a tomar conciencia de la magnitud del aprieto en que se hallaba. ¿Qué más sabían y se guardaban? El apellido Lorbeer había sonado en su mente como un toque de difuntos. ¿Con qué otros nombres le saldrían? ¿Hasta dónde podía negar y mantenerse firme? ¿Qué les había contado Coleridge? ¿Por qué se resistía a darle apoyo, a actuar en connivencia? ¿O acaso estaba confesándolo todo a espaldas de Woodrow?

–Me vino con una historia sobre unos hombrecillos de bata blanca que visitaban a la mujer –contestó con desdén–. Di por supuesto que lo había soñado. O estaba soñándolo mientras lo narraba. No me mereció el menor crédito. –Y tampoco a vosotros debería merecéroslo, pretendía decir.

–¿Por qué la visitaban esos hombres de bata blanca? Según la historia de Tessa, lo que usted considera su sueño.

–Porque los hombres de bata blanca habían matado a la mujer. En cierto punto los llamó «coincidencias». –Woodrow había decidido decir la verdad y ridiculizarla–. Creo que los llamó también «codiciosos». Deseaban curarla pero eran incapaces. La historia era una sarta de tonterías.

–Curarla ¿cómo?

–Eso no salió a relucir.

–La habían matado ¿cómo?

–Lamentablemente, tampoco a ese respecto se expresó con claridad.

–¿Lo tenía por escrito?

–¿La historia? ¿Cómo iba a tenerla por escrito?

–¿Había apuntado algo? ¿Le leyó anotaciones suyas?

–Ya lo he dicho antes. Que yo sepa, no tenía ninguna libreta. Rob ladeó la alargada cabeza para observar a Woodrow desde otro ángulo, quizá más revelador.

–Arnold Bluhm no opina que esa historia sea una sarta de tonterías. No opina que Tessa dijera incoherencias. Según él, daba de pleno en el clavo. ¿Verdad, Les?
A Woodrow se le había demudado el color, él mismo lo notó. No obstante, aun bajo los efectos de la conmoción provocada por aquellas palabras, permaneció tan impávido en la línea de fuego como cualquier fogueado diplomático al pie del cañón. De algún modo reunió fuerzas para hablar. Y para manifestar su indignación.

–Perdón, ¿estáis diciéndome que habéis encontrado a Bluhm? ¡Esto es el colmo!

–¿Acaso no quiere que lo encontremos? –preguntó Rob, perplejo.

–Yo no he dicho eso. Sólo digo que vuestra presencia aquí se halla sujeta a determinadas condiciones, y que si habéis encontrado a Bluhm o hablado con él, estáis sin duda obligados a comunicárselo a la embajada.

Pero Rob movía ya la cabeza en un gesto de negación.

–No, caballero, no lo hemos encontrado ni mucho menos. Ojalá. Pero sí hemos encontrado algunos papeles suyos. Cosas sueltas de cierta utilidad, podríamos decir, tiradas por su piso. Nada extraordinario, por desgracia. Anotaciones sobre casos clínicos, que quizá interesen a alguien. Copias de unas cuantas cartas que escribió el doctor en términos no muy respetuosos a tal o cual empresa, laboratorio u hospital universitario de distintas partes del mundo. Y poco más, ¿verdad, Les?

–Decir «tiradas» resulta un tanto exagerado, en realidad –admitió Lesley–. Escondidas sería más exacto. Había un paquete pegado al dorso de un cuadro y otro debajo de la bañera. Nos llevó todo el santo día. O casi. –Se lamió el pulgar y pasó una hoja de la libreta.

–Además, quienquiera que fuese se olvidó el coche de Bluhm –le recordó Rob.

–Tal como lo dejaron, parecía un vertedero más que un piso –añadió Lesley–. Un trabajo sin el menor arte. A saco. Puro vandalismo. Pero, claro, también en Londres pasa eso hoy en día. Declaran a alguien desaparecido o muerto en los periódicos, y los cacos se presentan en la casa esa misma mañana y se sirven a placer. Los del Grupo de Prevención de la Delincuencia están muy preocupados. ¿No le importa que le mencionemos otro par de nombres? –preguntó, alzando sus ojos grises y fijándolos en él–. Será sólo un minuto.

–Estoy a vuestra entera disposición –dijo Woodrow, como si ellos no lo supieran.

–Kovacs, mujer, joven. Húngara, supuestamente. Cabello negro azabache, piernas largas... sólo falta que nos dé sus medidas... Nombre de pila desconocido, investigadora.

–Desde luego la recordaría, señor Woodrow –comentó Rob.

–Pues me temo que no.

–Emrich. Mujer. Doctora en medicina, investigadora científica, se licenció en San Petersburgo, se doctoró en Leipzig, desarrolló trabajo de investigación en Gdansk. No hay descripción. ¿Le suena el nombre?

–No he oído hablar de esa persona en mi vida. No conozco a nadie con esa descripción, nadie con ese nombre, nadie con ese origen ni con ese currículum.

–¡Caray! Realmente no le suena de nada, ¿eh?

–Y nuestro viejo amigo Lorbeer –continuó Lesley con tono de disculpa–. Nombre de pila desconocido, lugar de procedencia desconocido, probablemente medio holandés o bóer, formación académica también un misterio. Nos remitimos a las notas de Bluhm, ése es el problema; así que estamos a merced de él, por así decirlo. Aparecen los tres nombres encerrados en círculos y conectados como en un organigrama, con breves descripciones en letra muy pequeña dentro de cada redonda. Lorbeer y las dos médicas. Lorbeer, Emrich, Kovacs. Todo un trabalenguas. Le habríamos traído una copia, pero en estos momentos no nos fiamos mucho de las fotocopiadoras. Ya sabe cómo es la policía local. Y en cuanto a las copisterías..., francamente, no les encargaríamos ni una copia del Padrenuestro, ¿eh que no, Rob?

–Utilizad la nuestra –ofreció Woodrow con excesiva presteza.

Siguió un meditabundo silencio, que para Woodrow fue como una sordera donde no circulaban coches, ni cantaban los pájaros, ni pasaba nadie por el pasillo ante su puerta. Lo rompió Lesley, insistiendo obstinadamente en que Lorbeer era el hombre a quien más les interesaría interrogar.

–Lorbeer no para quieto en ningún sitio. Se cree que trabaja en el sector farmacéutico. Se cree que ha entrado y salido de Nairobi varias veces en el último año pero, sorprendentemente, las autoridades kenianas no lo localizan. Se cree que visitó la sala de Tessa en el hospital de Uhuru cuando ella estaba internada. Pujante, ésa es otra descripción que tenemos. Yo pensaba que eso se decía de un negocio o una economía en época de bonanza. ¿Y está seguro, pues, de que nunca se ha cruzado con un tal Lorbeer en uniforme sanitario, más o menos pelirrojo, de aspecto pujante, quizá médico? ¿En alguno de sus viajes?

–No conozco a ese hombre. Ni a nadie parecido.

–Recibimos esa respuesta con mucha frecuencia, la verdad –comentó Rob al margen de la conversación.

–Tessa lo conocía. También Bluhm –dijo Lesley.

–Eso no implica que lo conociera yo.

–¿Y qué es la peste blanca si puede saberse? –preguntó Rob.

–No tengo la más remota idea.

Se fueron tal como se habían ido anteriormente: con un interrogante cada vez mayor.
En cuanto tuvo la seguridad de que se había librado de ellos, Woodrow llamó a Coleridge por la línea interna y sintió gran alivio al oír su voz.

–¿Dispones de un minuto?

–Supongo.

Lo encontró sentado a su escritorio, con una mano extendida sobre la frente. Llevaba unos tirantes amarillos de estampado ecuestre. Tenía una expresión recelosa y hostil.

–Necesito confirmación de que Londres nos respalda en esto –declaró Woodrow sin tomar asiento.

¿Nos? ¿A quiénes exactamente?

–A ti y a mí.

–Y cuando dices Londres, te refieres a Pellegrin, me figuro.

–¿Por qué? ¿Ha habido cambios?

–Que yo sepa, no.

–¿Se prevé que los haya?

–Que yo sepa, no.

–Bueno, planteémoslo de otra manera: ¿Tiene Pellegrin respaldo?

–Ah, Bernard siempre tiene respaldo.

–Siendo así, ¿seguimos con esto o no?

–¿Si seguimos mintiendo, quieres decir? Claro que sí.

–Entonces ¿por qué no nos ponemos de acuerdo sobre... sobre lo que decimos?

–Buena observación. No lo sé. Si yo fuera creyente, escurriría el bulto y me iría a rezar. Pero no es tan fácil, joder. La chica ha muerto. Eso por un lado. Y nosotros estamos vivos. Eso por otro lado.

–¿Les has dicho la verdad, pues?

–No, no, Dios me libre. Soy muy desmemoriado, yo, sintiéndolo mucho.

–¿Vas a decirles la verdad?

–¿A ésos? No, no. Jamás. ¡Menudos mierdas!

–En ese caso, ¿por qué no concertamos nuestras declaraciones?

–Eso es. ¿Por qué no? ¿Por qué no, ciertamente? Has puesto el dedo en la llaga, Sandy. ¿Qué nos lo impide?
–Caballero, hablemos de su visita al hospital de Uhuru –empezó Lesley con determinación.

–Pensaba que eso ya había quedado zanjado en nuestra sesión anterior.

–Su otra visita. La segunda. Pasado un tiempo. Más bien una secuela.

¿Secuela? ¿Secuela de qué?

–Una promesa que usted le hizo, según parece.

–¿Qué estás diciéndome? No entiendo nada.

Pero Rob sí la había entendido a la perfección, y así lo puso de manifiesto.

–A mí me parece, caballero, que Les se ha expresado con toda claridad. ¿Volvió a reunirse con Tessa una segunda vez en el hospital? ¿Unas cuatro semanas después de darla de alta, por ejemplo? ¿En la antesala del dispensario de asistencia posnatal, donde ella tenía hora? Porque así consta en las notas de Arnold, y hasta el momento no se ha equivocado, por lo que nosotros, en nuestra ignorancia, hemos podido ver.

«Arnold», advirtió Woodrow. Ya no Bluhm.

El hijo de militar estaba recapacitando, y lo hacía con la impasible deliberación que le servía de musa en las situaciones de crisis, a la vez que reproducía en su memoria la escena que tuvo lugar en el hospital atestado como si la hubiera vivido otra persona. Tessa lleva un capazo de cáñamo con asas de mimbre. Woodrow no lo había visto antes, pero desde ese momento hasta el final de su corta vida formará parte de la austera imagen que Tessa se creó de sí misma mientras convalecía en el hospital con su niño muerto en el depósito de cadáveres y una mujer agonizante en una de las camas de enfrente y el niño de la mujer agonizante contra su pecho. Se complementa con la cara menos maquillada y el cabello más corto y el gesto ceñudo, no muy distinto de la expresión de escepticismo con que Lesley lo observaba en ese preciso instante, aguardando a oír su versión revisada del suceso. Como en todo el hospital, la iluminación es inconstante. Anchos haces de luz solar bisecan la semioscuridad del interior. Minúsculos pájaros planean entre las vigas del techo. Tessa lo espera de pie, reclinada contra una pared curva, junto a una cafetería maloliente con sillas de color naranja. Un tumulto de gente atraviesa en una y otra dirección la franja– de luz, pero ve a Tessa de inmediato. Sostiene el capazo con ambas manos ante el bajo vientre y está en la postura en que acostumbraban estar las fulanas en los umbrales cuando él era joven y timorato. La pared se halla en penumbra, porque los rayos del sol no llegan a la periferia, y quizá por eso ha elegido ella ese sitio en particular.

«Dijiste que me escucharías cuando recuperara las fuerzas», le recuerda con una voz apagada y ronca que él apenas reconoce.

Es la primera vez que hablan desde su visita a la sala. Woodrow ve sus labios, tan frágiles sin la disciplina del carmín. Ve la pasión en sus ojos grises, y le asusta como le asusta toda pasión, incluida la suya propia.

–La reunión que mencionas no era de carácter privado –contestó Woodrow a Rob, eludiendo la inexorable mirada de Lesley–. Era por motivos profesionales. Tessa afirmó haber dado con ciertos documentos que, en caso de verificarse su autenticidad, podían tener graves repercusiones políticas. Me pidió que nos encontráramos en el dispensario para entregármelos.

–Dio con ellos ¿cómo? –preguntó Rob.

–Tenía contactos externos. Es lo único que sé. Amigos en las organizaciones de ayuda humanitaria.

–¿Cómo Bluhm?

–Entre otros. No era la primera vez, debo añadir, que se dirigía a la embajada con presuntos grandes escándalos. De hecho, se había convertido en un hábito.

–Cuando dice la embajada, ¿se refiere a usted?

–Si te refieres a mí en mi calidad de jefe de cancillería, sí.

–¿Por qué no los hizo llegar a través de Justin?

–Justin debía quedar excluido de la ecuación. Eso fue decisión de ella, y de él, supongo. –¿Estaba dando demasiadas explicaciones? ¿Era otro peligro? Siguió adelante–. Desde mi punto de vista, ése fue un gesto muy respetable. Para ser sincero, cualquier muestra de escrúpulos por su parte me merecía todos los respetos.

–¿Por qué no se los dio a Ghita?

–Ghita es nueva y joven, y además forma parte del personal contratado. No habría sido una mensajera apropiada.

–Así pues, se reunieron –continuó Lesley–. En el hospital. En la antesala del dispensario de asistencia posnatal. ¿No era un lugar de encuentro bastante indiscreto: dos blancos en medio de tantos africanos?

Habéis estado allí, pensó Woodrow, tambaleándose otra vez al borde del pánico. Habéis visitado el hospital.

–No eran los africanos la causa de sus temores. Eran los blancos. A ese respecto, no atendía a razones. Cuando estaba entre africanos, se sentía a salvo.

–¿Eso se lo dijo ella?

–Lo deduje.

–¿De qué? –Rob.

–De su actitud durante esos últimos meses. Después del parto. Hacia mí. Hacia la comunidad blanca. Hacia Bluhm. Para ella, Bluhm era incapaz de equivocarse. Era africano, atractivo y médico. Y Ghita es mitad india... –Empezaba a divagar un poco.

–¿Cómo concertó Tessa la cita? –preguntó Rob.

–Mandó una nota a mi casa por mediación de su criado Mustafa.

–¿Sabía su esposa que se reuniría con Tessa?

–Mustafa entregó la nota a mi criado, y éste me la dio a mí.

–¿Y no se lo dijo usted a su esposa?

–Consideré que era un asunto confidencial.

–¿Por qué no le llamó por teléfono?

–¿Mi mujer?

–Tessa.

–Desconfiaba de los teléfonos diplomáticos. Con motivo. Todos desconfiamos.

–¿No habría sido más sencillo enviar a Mustafa con los documentos?

–Necesitaba de mí cierto compromiso. Ciertas garantías.

–¿Por qué no le trajo aquí los papeles? –Todavía Rob, insistiendo, insistiendo.

–Por las razones que ya he comentado. Había llegado a un punto en el que no se fiaba de la embajada, no quería dejarse contaminar por ella, no quería que la vieran entrar o salir de aquí. Hablas como si sus acciones fueran lógicas, y es difícil encontrar lógica en los últimos meses de Tessa.

–¿Por qué no Coleridge? ¿Por qué siempre usted? Usted junto a su cama, usted en el dispensario. ¿No conocía a nadie más aquí?

Por un peligroso instante, Woodrow se alió con sus interrogadores. Eso, ¿por qué yo?, preguntó a Tessa en un arranque de iracunda autocompasión. Porque tu maldita vanidad no te permitía dejarme escapar. Porque te complacía oírme prometer el alma, bien que los dos sabíamos que a la hora de la verdad ni yo la entregaría ni tú la aceptarías. Porque forcejear conmigo era como chocar frontalmente contra las debilidades inglesas que aborrecías con regodeo. Porque, para ti, yo era una especie de arquetipo, en tus propias palabras, «todo ritual y ni pizca de fe». Nos hallamos cara a cara y a un palmo de distancia, y no me explico por qué somos de la misma estatura hasta que descubro que hay un escalón en la base de la pared curva y que, como otras mujeres a uno y otro lado, te has subido para esperar desde allí a que tu hombre te viera. Nuestros rostros están a igual altura y, pese a tu nueva austeridad, vuelve a ser Navidad y bailo contigo, oliendo el aroma a hierba caliente y fragante en tu pelo.

–Tessa le dio, pues, unos documentos –decía Rob–. ¿De qué trataban?

Cojo el sobre que me tiendes y noto el perturbador roce de tus dedos. Reavivas aposta mi pasión, lo sabes y no puedes evitarlo. Me empujas de nuevo al abismo, aun sabiendo que nunca vendrás conmigo. No llevo chaqueta. Me observas mientras me desabrocho los botones de la camisa y deslizo el sobre contra mi piel hasta que el extremo inferior queda sujeto entre la trincha del pantalón y mi cintura. Vuelves a observarme cuando me abotono la camisa, y me invade la misma sensación de vergüenza que sentiría si hubiera hecho el amor contigo. Como buen diplomático, te invito a una taza de café en la cafetería. Rehúsas el ofrecimiento. Permanecemos cara a cara como bailarines esperando a que suene la música para justificar nuestra proximidad.

–Rob le ha preguntado de qué trataban esos documentos –le recordaba Lesley desde el exterior de su campo de conciencia.

–Supuestamente, proporcionaban información sobre un escándalo de primera magnitud.

–¿Aquí en Kenia?

–Eran material clasificado.

–¿Clasificado por Tessa?

–No digas tonterías. ¿Qué autoridad tenía ella para clasificar algo? –replicó Woodrow con aspereza, arrepintiéndose a destiempo de su exabrupto.

«Debes obligarlos a actuar, Sandy», me pides encarecidamente. Estás pálida a causa del sufrimiento y el arrojo. La experiencia de la tragedia real no ha mermado tus impulsos histriónicos. Se te saltan esas lágrimas que, desde el parto, humedecen tus ojos continuamente. Tu voz apremia, pero también acaricia, recorriendo como siempre todas las notas de la escala. «Necesitamos un paladín, Sandy. Alguien que no esté vinculado a nosotros. Alguien competente y autorizado. Prométemelo. Si puedo tener fe en ti, tú puedes tener fe en mí.»

Así que lo digo. Al igual que tú, me dejo arrastrar por la fuerza del momento. «Creo. En Dios. En el amor. En Tessa.» Cuando estamos juntos en el escenario, creo. Sin vacilar, acepto el compromiso bajo juramento, que es lo que hago siempre que acudo a ti, y lo que quieres que haga porque también tú eres adicta a las relaciones imposibles y las escenas teatrales. «Lo prometo», digo, y me exiges que lo repita. «Lo prometo, lo prometo. Te amo y lo prometo.» Y ése es el pie que te indica que debes besar los labios de los cuales ha salido la ignominiosa promesa: un beso para hacerme callar y sellar el acuerdo; un breve abrazo para ratificar la obligación contraída y dejarme oler tu pelo.

–Enviamos los documentos por valija diplomática al correspondiente subsecretario de Londres –explicaba Woodrow a Rob–. Momento en el cual se convirtieron en material clasificado.

–¿Por qué?

–Por las graves imputaciones que contenían.

–¿Contra?

–Lo siento pero paso.

–¿Una empresa? ¿Un particular?

–Paso.

–¿Cuántas páginas calcula que había?

–Quince. Veinte. Se incluía una especie de anexo.

–¿Y fotografías, ilustraciones, pruebas de alguna clase?

–Paso.

–¿Alguna grabación? ¿Disquetes? ¿Confesiones o declaraciones grabadas?

–Paso.

–¿A qué subsecretario se los enviaron?

–Sir Bernard Pellegrin.

–¿Se guardaron una copia?

–Por norma, guardamos aquí el mínimo material reservado posible.

–¿Se guardaron una copia o no?

–No.

–¿Estaban mecanografiados esos papeles?

–¿Por quién?

–¿Estaban mecanografiados o escritos a mano?

–Mecanografiados.

–¿Con qué?

–No soy un experto en máquinas de escribir.

–¿Eran caracteres electrónicos? ¿De un procesador de textos? ¿Un ordenador? ¿Recuerda el tipo de letra? ¿La fuente?

Woodrow respondió con un ademán malhumorado cercano a la violencia.

–¿No estaban en cursiva, por ejemplo? –insistió Rob.

–No.

–¿O en esa letra que imita la caligrafía?

–Era letra redonda normal y corriente.

–Electrónica.

–Sí.

–O sea que sí se acuerda. ¿Estaba mecanografiado el anexo?

–Probablemente.

–¿Con el mismo tipo de letra?

–Probablemente.

–Así que entre quince y veinte páginas, más o menos, en letra redonda normal y corriente. Gracias. ¿Recibieron respuesta de Londres?

–Pasado un tiempo.

–¿Del propio Pellegrin?

–Quizá de sir Bernard, quizá de alguno de sus subordinados.

–¿Y decía?

–No era necesario emprender diligencias.

–¿Dieron alguna razón en particular? –Todavía Rob, lanzando preguntas como puñetazos.

–Las supuestas pruebas presentadas en los documentos eran tendenciosas. Cualquier investigación basada en ellas hubiera terminado en nada y resultado perjudicial para nuestras relaciones con la nación anfitriona.

–¿Le dijo usted a Tessa que ésa había sido la respuesta: que se descartaba toda actuación?

–No exactamente.

–¿Qué le dijo? –preguntó Lesley.

¿Fue su nueva política de sinceridad lo que indujo a Woodrow a contestar como lo hizo, o un instinto más débil que lo impulsaba a la confesión?

–Le dije lo que consideré aceptable para ella, dado su estado..., dadas la pérdida que había sufrido y la importancia que atribuía a los documentos.

Lesley había apagado el casete y comenzado a recoger sus libretas.

–¿Y qué mentira era aceptable para ella? ¿A su juicio?

–Que Londres se ocupaba del caso. Que estaban tomándose las medidas oportunas.

Por un feliz instante Woodrow creyó que la reunión había concluido. Pero Rob seguía erre que erre, sin prisa.

–Una última cuestión, señor Woodrow, si no le importa. Bell, Barker & Benjamin, más conocidos como las TresAbejas. Woodrow no se inmutó.

–Hay anuncios por toda la ciudad. «TresAbejas, al servicio de África.» «¡Se afanan por ti, cielo! Adoro a las TresAbejas.» La sede está cerca de aquí. Un edificio nuevo y enorme de cristal, parecido a uno de esos Daleks del Doctor Who.

–¿A qué viene eso ahora?

–Es sólo que anoche conseguimos un perfil de la empresa, ¿no, Les? No sé si se ha dado cuenta, pero es un negocio impresionante. Andan metidos en todo, aquí en África, pero son británicos hasta la médula. Hoteles, agencias de viajes, periódicos, compañías de seguridad, bancos, extracción de oro, carbón y cobre, importación de coches, barcos y camiones... Podría seguir eternamente. Además de una amplia gama de fármacos. «Las TresAbejas trabajan por tu salud.» Ése lo hemos visto cuando veníamos hacia aquí esta mañana, ¿verdad, Les?

–En esta misma calle, un poco más abajo –asintió Lesley.

–Y están en contubernio con los chicos de Moi, por lo que hemos podido saber. Aviones privados, todas las chicas a las que den abasto.

–Supongo que pretendéis llegar a alguna parte con esto.

–En realidad, no. Sólo quería ver su cara mientras hablaba de ellos. Ahora ya la he visto. Gracias por su paciencia.

Lesley seguía ocupada con su bolso. Por el interés que había mostrado en este diálogo final, lo mismo podría no haberlo oído siquiera.

–A las personas como usted deberían pararles los pies, señor Woodrow –pensó en voz alta, moviendo la juiciosa cabeza en un gesto de estupefacción–. Se creen que están resolviendo los problemas del mundo, pero de hecho ustedes son el problema.

–Les quiere decir que es usted un embustero de mierda –aclaró Rob.

Esta vez Woodrow no los acompañó hasta la puerta. Permaneció en su puesto detrás del escritorio, escuchando alejarse los pasos de sus invitados, y al cabo de un momento llamó a recepción y, con el tono más despreocupado posible, pidió que lo avisasen en cuanto abandonaran el edificio. Tan pronto como lo informaron de que los agentes habían salido, se dirigió rápidamente al despacho del secretario particular de Coleridge. El embajador, como Woodrow bien sabía, estaba ausente, en reunión oficial con el ministro keniano de Asuntos Exteriores. Mildren hablaba por el teléfono interno, con una molesta apariencia de relajación.

–Esto es urgente –declaró Woodrow, a diferencia de lo que fuera que Mildren creyese estar haciendo.

Sentándose tras el escritorio desocupado de Coleridge, Woodrow observó a Mildren extraer una tarjeta romboide blanca de la caja fuerte privada del embajador e insertarla oficiosamente en el teléfono digital.

–Por cierto, ¿a quién quieres llamar? –preguntó Mildren con la insolencia propia de los secretarios particulares de clase baja al servicio de grandes personalidades.

–Sal de aquí –ordenó Woodrow.

Y en cuanto se quedó solo, marcó el número directo de sir Bernard Pellegrin.
Se hallaban sentados en la terraza, dos colegas del cuerpo diplomático disfrutando de una copa después de la cena bajo el implacable resplandor de las luces de seguridad. Gloria se había retirado al salón.

–No hay ninguna manera suave de decir esto, Justin –empezó Woodrow–. Así que lo diré sin rodeos. Existe una gran probabilidad de que fuera violada. Lo lamento muchísimo, de verdad. Por ella y por ti.

Y Woodrow en efecto lo lamentaba, debía de lamentarlo. A veces uno no necesita sentir algo para saber que lo siente. A veces los sentidos están tan desbordados que otra atroz noticia es sólo un tedioso detalle más que administrar.

–Naturalmente, falta conocer los resultados definitivos de la autopsia, así que es prematuro y extraoficial –prosiguió, eludiendo la mirada de Justin–. Pero, por lo visto, no tienen la menor duda. –Experimentó la necesidad de proporcionar consuelo práctico–. La policía lo considera un dato muy esclarecedor..., como mínimo aporta un motivo. Les permite determinar la naturaleza del caso, aunque no puedan señalar todavía a un culpable.

Justin, erguido en su silla, sostenía la copa de coñac frente a él con las dos manos, como si se la hubieran entregado a modo de premio.

–¿Sólo una probabilidad? –objetó por fin–. ¡Qué extraño! ¿Y cómo es eso?

Woodrow no esperaba que, una vez más, lo sometieran a interrogatorio, pero por alguna siniestra razón se alegró de que así fuera. Un demonio lo impulsaba.

–Bueno, obviamente han de preguntarse si ocurrió de común acuerdo. Es puro trámite.

–¿De común acuerdo con quién? –inquirió Justin, desconcertado.

–Bueno, con quien sea... quien sea que tengan en mente. No podemos hacer su trabajo por ellos, ¿no?

–No. No podemos. Te compadezco, Sandy. Según parece, te caen todos los trabajos sucios. Y ahora creo que debemos prestar atención a Gloria. Ha hecho bien en dejarnos solos. Sentarse aquí fuera con todo el reino de los insectos africanos es más de lo que podría tolerar esa clara piel inglesa suya. –Desarrollando una repentina aversión a la proximidad de Woodrow, Justin se había puesto en pie y había abierto la cristalera–. Mi querida Gloria, te tenemos abandonada.
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