El jardinero fiel: Cubierta John Le Carré




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títuloEl jardinero fiel: Cubierta John Le Carré
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Justin Quayle dio sepultura a su muy asesinada esposa en un precioso cementerio africano llamado Langata, bajo una Jacaranda, entre Garth, su hijo mortinato, y un niño kikuyu de cinco años cuya tumba velaba un ángel genuflexo de escayola con una placa donde se declaraba que el difunto se había reunido con los santos. Detrás de ella reposaba Horatio John Williams de Dorset, en gloria de Dios, y a sus pies Miranda K. Soper, por siempre amada. Pero Garth y el niño africano, que se llamaba Gitau Karanja, eran sus compañeros más cercanos, y Tessa yacía hombro con hombro entre ellos, como era el deseo de Justin, que Gloria, tras el pertinente reparto de la generosidad de Justin, se había encargado de hacer realidad. Durante la ceremonia Justin se mantuvo apartado de los demás, con la tumba de Tessa a su izquierda y la de Garth a su derecha, y dos pasos largos por delante de Woodrow y Gloria, quienes hasta ese momento lo habían flanqueado en actitud protectora, en parte para ofrecerle consuelo, en parte para resguardarlo de las atenciones de la prensa que, siempre consciente de su deber para con el público, permanecía firme en su determinación de obtener fotografías y detalles de interés sobre el cornudo diplomático británico y aspirante a padre cuya esposa blanca degollada –conforme a la versión de los periódicos sensacionalistas más escabrosos– había dado a luz a un niño de su amante africano y yacía ahora junto a él en un rincón de un campo extranjero –en palabras textuales de nada menos que tres de esos periódicos en el mismo día– que sería para siempre tierra inglesa.

Junto a los Woodrow, y a la vez claramente separada de ellos, estaba Ghita Pearson, en sari, la cabeza gacha y las manos entrelazadas ante sí en el eterno ademán del duelo, y al lado de Ghita estaban Porter Coleridge, cadavéricamente pálido, y su esposa Veronica, y a ojos de Woodrow era como si la pareja prodigara a Ghita la protección que en otras circunstancias habría prodigado a su ausente hija Rosie.

El cementerio de Langata, triste y alegre al mismo tiempo, está enclavado en un exuberante llano de hierba alta y barro rojo y árboles ornamentales en flor, a tres o cuatro kilómetros del centro de la ciudad y a sólo un paso de Kibera, uno de los mayores suburbios de Nairobi, una extensa mancha pardusca de chabolas de hojalata apiñadas en la cuenca del río Nairobi, casi pared con pared, bajo una nube de insalubre polvo africano. La población de Kibera asciende a medio millón de habitantes y sigue en aumento, y la cuenca es rica en yacimientos de aguas negras, bolsas de plástico, harapos de vivos colores, pieles de plátano y naranja, mazorcas de maíz secas, y cualquier otro desecho que la ciudad se digne verter en ella. Enfrente del cementerio se hallan el elegante edificio de la Secretaría de Turismo keniana y la entrada del Parque Natural de Nairobi, y detrás de éstos, no muy lejos, los ruinosos barracones del aeropuerto Wilson, el más antiguo de Kenia.

Para los Woodrow y muchos de los asistentes al funeral de Tessa, había algo de aciago y a la par heroico en la soledad de Justin cuando se acercaba el momento de la inhumación. Daba la impresión de estar despidiéndose no sólo de Tessa sino también de su carrera, de Nairobi, de su hijo mortinato y de toda su vida hasta la fecha. Su peligrosa proximidad al borde de la fosa así parecía anunciarlo. Flotaba en el aire el inexorable presentimiento de que buena parte del Justin que conocían, y quizá todo él, partía con Tessa hacia el más allá. En apariencia, sólo una persona viva merecía su atención, advirtió Woodrow, y no era el sacerdote, no era la figura vigilante de Ghita Pearson, no era su jefe de misión, el pálido y reticente Porter Coleridge, ni los periodistas que se disputaban la mejor instantánea, el mejor ángulo, ni las prognatas esposas encerradas en su empática aflicción por la difunta hermana cuyo sino fácilmente podría haber sido el de ellas, ni la docena de obesos policías kenianos que una y otra vez se subían a tirones el cinturón de cuero.

Era Kioko. Era el muchacho que estaba en el hospital de Uhuru, en la misma sala que Tessa, sentado en el suelo, viendo morir a su hermana; el muchacho que había caminado diez horas desde su aldea para hacerle compañía en sus momentos finales, y había caminado diez horas más para estar hoy con Tessa. Justin y Kioko se vieron al mismo tiempo y, a partir de ese instante, cruzaron una ininterrumpida mirada de complicidad. Entre los presentes, observó Woodrow, Kioko era la persona de menor edad. En respuesta a una tradición tribal, Justin había solicitado que se mantuviera al margen a los más jóvenes.

Unos pilares blancos señalaban la entrada del cementerio por donde desfiló el cortejo de Tessa. Cactos gigantes, surcos de barro rojo y dóciles vendedores de plátanos y helados bordeaban el camino hacia su sepultura. El sacerdote era negro, viejo y entrecano. Woodrow recordaba haberle estrechado la mano en una de las fiestas de Tessa. Pero el amor del sacerdote por Tessa era tan efusivo, y su fe en la otra vida tan fervorosa, y el fragor del tráfico rodado y aéreo tan continuo –por no hablar ya de la cercanía de otras comitivas fúnebres, o la estridencia de la música espiritual procedente de los camiones de los deudos, o el vocerío de oradores rivales que, armados de megáfonos, arengaban a los corrillos de amigos y parientes mientras éstos merendaban en la hierba alrededor de los féretros de sus seres queridos–, que a nadie sorprendió que sólo algunas de las sublimes palabras del santo varón llegaran a oídos de su auditorio. Y Justin, si algo oyó del panegírico, se hizo el desentendido. Tan peripuesto como siempre con el traje oscuro de chaqueta cruzada que había conseguido proveerse para la ocasión, mantuvo la mirada fija en Kioko, quien, como Justin, había buscado un pequeño espacio apartado de los demás, y parecía suspendido en él, ya que apenas tocaba el suelo con sus pies descarnados y mecía desacompasadamente los brazos a los lados y, estirando el cuello, proyectaba hacia adelante su cabeza larga y deforme en una postura de permanente interrogación.

El postrer viaje de Tessa no había estado exento de percances, pero ni Woodrow ni Gloria habrían deseado que fuera de otro modo. Tácitamente, los dos consideraban apropiado que en su último acto interviniera el factor de lo imprevisible que había caracterizado su vida. La familia Woodrow madrugó pese a que no había razón alguna para madrugar, salvo el hecho de que en plena noche Gloria recordó que no tenía ningún sombrero oscuro. Una llamada telefónica al rayar el alba estableció que Elena tenía dos, ambos un poco años veinte y estilo aviador, pero si a Gloria le daba igual... Un Mercedes oficial salió de la residencia de su marido griego transportando un sombrero negro en una bolsa de plástico de Harrod’s. Gloria lo devolvió, decantándose por un pañuelo negro de encaje que había heredado de su madre: se lo pondría a modo de mantilla. Al fin y al cabo, explicó, Tessa tenía sangre italiana.

–Española, querida –puntualizó Elena.

–¡Qué tontería! –replicó Gloria–. Su madre era una condesa toscana, lo leí en el Telegraph.

–La mantilla, querida –corrigió Elena pacientemente–. Las mantillas son españolas, me temo, no italianas.

–Pues te aseguro que su madre era italiana –prorrumpió Gloria con virulencia, y cinco minutos más tarde volvió a telefonear para disculparse, achacando su mal genio a la tensión.

Para entonces los niños iban ya camino del colegio y el propio Woodrow se había marchado a la embajada, y Justin deambulaba por el comedor vestido con su traje y su corbata y necesitado de flores. No flores del jardín de Gloria, sino del suyo. Quería las fresias amarillas y fragantes que cultivaba para Tessa todo el año, dijo, y siempre tenía esperándola en el salón cuando regresaba de sus viajes de reconocimiento. Quería como mínimo dos docenas para el ataúd de Tessa. Las deliberaciones de Gloria sobre la mejor manera de conseguirlas se vieron interrumpidas por una equívoca llamada de un periódico de Nairobi, en teoría para comunicar el hallazgo del cadáver de Bluhm en el lecho de un río seco a ochenta kilómetros al este del lago Turkana, y de paso para saber si alguien deseaba hacer declaraciones al respecto.

–Sin comentarios –vociferó Gloria por el auricular, y lo colgó con furia. Pero se quedó de una pieza, y con la duda de si debía dar la noticia a Justin de inmediato o aguardar hasta después del funeral. Por tanto, se quitó un gran peso de encima cuando, transcurridos apenas cinco minutos, Mildren telefoneó para decir que Woodrow estaba reunido pero los rumores sobre el cadáver de Bluhm eran paparruchas: el cuerpo, por el cual una tribu de bandidos somalíes exigía diez mil dólares, llevaba muerto al menos cien años, mil más probablemente, ¿y era posible hablar un momento con Justin?

Gloria acompañó a Justin hasta el teléfono y permaneció oficiosamente a su lado mientras él contestaba que sí, que eso le venía bien, muy amable de tu parte, y que estaría preparado. Pero se quedó a oscuras en cuanto a cuál era el amable servicio prestado por Mildren y para qué se prepararía Justin. Y no, gracias –añadió Justin categóricamente en su diálogo con Mildren, aumentando el misterio–, no deseaba que fueran a recibirlo a su llegada, prefería organizarse él mismo. A continuación colgó y pidió a Gloria –con muy poca delicadeza, considerando todo lo que había hecho por él– que lo dejara solo en el comedor para telefonear a cobro revertido a su abogado de Londres, circunstancia que se había producido ya dos veces en los últimos días, excluyéndose a Gloria en ambos casos. Con gran alarde de discreción, se retiró, pues, a la cocina a fin de escuchar por la ventanilla..., y allí se encontró al afligido Mustafa, quien espontáneamente se había presentado ante la puerta trasera con una cesta de fresias amarillas que por propia iniciativa había cogido del jardín de Justin. Aprovechando esta excusa, Gloria se encaminó resueltamente hacia el comedor con la esperanza de oír el final de la conversación de Justin, pero éste ya colgaba cuando entró.

De pronto, sin que hubiera transcurrido más tiempo, todo iba con retraso. Gloria ya se había vestido pero le faltaba retocarse la cara; nadie había probado bocado y ya había pasado la hora del almuerzo; Woodrow esperaba fuera en la Volkswagen; Justin estaba en la entrada con sus fresias –ahora arregladas en un ramillete–; Juma ofrecía a todos sándwiches de queso en una bandeja, y Gloria intentaba decidir si se ataba la mantilla bajo el mentón o la dejaba caer sobre los hombros como su madre.

Sentada en el banco trasero de la furgoneta entre Justin y Woodrow, Gloria admitió en su fuero interno lo que Elena venía diciéndole a lo largo de esa última semana: que se había enamorado locamente de Justin, cosa que no le sucedía desde hacía años, y la atormentaba pensar que él se iría el día menos pensado. Por otra parte, como Elena había señalado, su marcha le permitiría al menos recuperar la cordura y reanudar sus servicios maritales de rutina. Y si descubría que con la ausencia crecía el cariño, bueno, como Elena había insinuado con descaro, siempre podía hacer algo al respecto en Londres.

Gloria tuvo la impresión de que en el recorrido por la ciudad el traqueteo era mayor que de costumbre y fue muy consciente de lo reconfortante que le resultaba el cálido contacto del muslo de Justin contra el suyo. Cuando la Volkswagen se detuvo frente a la funeraria, se le había formado un nudo en la garganta, tenía el pañuelo hecho un húmedo rebujo en la palma de la mano y ya no sabía si lloraba la pérdida de Tessa o la de Justin. Las puertas posteriores de la furgoneta se abrieron desde el exterior, y Justin y Woodrow se apearon de un salto, dejándola sola en el banco trasero, con Livingstone delante. No había periodistas, advirtió agradecida, esforzándose por recobrar la compostura. O al menos no los había de momento. Observó a sus dos hombres a través del parabrisas mientras ascendían por la escalinata de un edificio de granito de una sola planta con cierto toque Tudor en los aleros. Justin con su traje a medida y su impecable mata de pelo negro grisáceo que nunca se le veía cepillar ni peinar, sujetando con firmeza las fresias amarillas, y con aquel andar de oficial de caballería –común a toda la progenie de los Dudley, por lo que Gloria sabía–, el hombro derecho al frente. ¿Por qué siempre parecía que Justin encabezaba la marcha y Sandy lo seguía? ¿Y por qué Sandy adoptaba últimamente esa actitud tan servil, tan propia de un mayordomo?, se lamentó. Y ya va siendo hora de que se compre un traje nuevo; con ese pingo de sarga tiene pinta de detective privado.

Desaparecieron por el vestíbulo de entrada. «Hay que firmar unos papeles, cariño», había explicado Sandy con tono de superioridad. «La certificación de entrega del cadáver y esas estupideces.» ¿Por qué me trata de repente como a su mujercita? ¿Acaso se ha olvidado de que yo me ocupé de todos los preparativos del condenado funeral? Ante la entrada lateral de la funeraria se congregó un grupo de auxiliares vestidos de negro, aparentemente los portadores del féretro. Se abrían las puertas y hacia ellas retrocedía un coche fúnebre con las palabras coche fúnebre superfluamente pintadas en letras blancas de treinta centímetros de altura en el costado. Gloria atisbo la madera barnizada de color miel y las fresias amarillas cuando el ataúd penetraba en la parte trasera del vehículo deslizándose entre chaquetas negras. Debían de haber sujetado el ramillete a la tapa con cinta adhesiva. ¿Cómo, si no, podían fijarse unas fresias a la tapa de un ataúd? Justin pensaba en todo. El coche fúnebre salió del patio, con los portadores del féretro a bordo. Gloria se sorbió ruidosamente la nariz y luego se sonó.

–Es una pena, señora –declamó Livingstone desde el asiento delantero–. Una verdadera pena.

–¡Y que lo diga, Livingstone! –asintió Gloria, agradeciendo la formalidad de aquel intercambio de palabras. Jovencita, enseguida estarás a la vista de todos, se dijo con firmeza a modo de advertencia. Ha llegado el momento de levantar el ánimo y dar ejemplo. Las puertas traseras de la furgoneta se abrieron de par en par.

–¿Estás bien, nena? –preguntó Woodrow alegremente, dejándose caer como un saco junto a ella–. Se han portado de maravilla, ¿eh que sí, Justin? Muy comprensivos, muy profesionales.

No te atrevas a llamarme «nena», repuso indignada... pero no en voz alta.
Al entrar en la iglesia de San Andrés, Woodrow pasó revista a la concurrencia. En una sola ojeada, divisó al pálido matrimonio Coleridge y, detrás de ellos, a Donohue y su chocante esposa Maud, que parecía una ex corista de capa caída, y junto a éstos a Mildren alias Mildred y una rubia anoréxica con la que, según rumores, compartía piso. La «banda de facinerosos» del club Muthaiga –expresión acuñada por Tessa– formaba militarmente en cuadrilongo. Al otro lado del pasillo central, distinguió un contingente del Programa Mundial de Alimentos y otro compuesto íntegramente de mujeres africanas, unas con sombrero, otras con vaqueros, pero todas con el resuelto ceño de combate que caracterizaba a las amigas radicales de Tessa. De pie detrás de ellas, se apiñaba un grupo de hombres y mujeres jóvenes de aspecto galo, confusos y ligeramente arrogantes, las mujeres con la cabeza cubierta, los hombres sin corbata y con insinuadas barbas de diseño. Tras un instante de desconcierto, Woodrow llegó a la conclusión de que pertenecían a la organización belga de Bluhm. Deben de estar preguntándose si volverán aquí la próxima semana por Arnold, pensó con crueldad. Los sirvientes ilegales de los Quayle se hallaban alineados junto a ellos: Mustafa el criado doméstico, Esmeralda del sur de Sudán y el ugandés manco de nombre desconocido. Y en primera fila, mucho más alta que su menudo y solapado esposo, estaba la figura de orondas formas y cabello de color zanahoria de Elena, querida, en persona, la bestia negra de Woodrow, engalanada con las joyas funerarias de azabache de su abuela.

–Y dime, querida, ¿me pongo los azabaches, o será un tanto extremado? –se había visto en la necesidad de consultar a Gloria a las ocho de esa mañana.

No sin cierta maldad, Gloria le había aconsejado atrevimiento.

–Francamente, El, en otras personas podría resultar un poco excesivo. Pero con tu color de pelo, querida, lánzate.

Y ningún policía, observó Woodrow con satisfacción, ni keniano ni británico. ¿Habrían surtido efecto las pociones de Bernard Pellegrin? A callar tocan.

Lanzó otro furtivo vistazo a Coleridge, a su cara de mártir, blanca como el papel. Recordó la absurda conversación en su residencia el sábado anterior y lo maldijo por sus vacilaciones de santurrón. Dirigió nuevamente la mirada hacia el ataúd de Tessa, de cuerpo presente ante el altar, las fresias amarillas de Justin sanas y salvas sobre la tapa. Los ojos se le rasaron en lágrimas, que de inmediato se volvieron por donde habían venido. El organista interpretaba el Nunc Dimitis, y Gloria entonaba la letra de carrerilla con voz potente. El consabido himno de vísperas en su internado, pensaba Woodrow. O en el mío. Aborrecía ambos establecimientos por igual. Sandy y Gloria, nacidos no libres. La diferencia está en que yo lo sé y ella no. «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz.» Ojalá pudiera. Irme para no regresar nunca más. A veces lo deseo sinceramente. Pero ¿dónde encontraría la paz? Volvió a posar la mirada en el ataúd. Te quise. ¡Cuánto más fácil es decirlo ahora, en pretérito! Te quise. Era el obseso del control incapaz de controlarse a sí mismo, como tuviste la gentileza de decirme. Pues ya ves lo que te ha pasado. Y ya ves por qué te ha pasado.

Y no, nunca he oído hablar de Lorbeer. No conozco a ninguna belleza húngara de piernas largas llamada Kovacs, y no estoy dispuesto a seguir escuchando esas teorías no formuladas ni probadas que doblan como las campanas de una iglesia en mi cabeza, y no tengo el menor interés en los hombros tersos y aceitunados de Ghita Pearson en sari. Pero sí sé una cosa: después de ti, nadie más tiene por qué descubrir al niño timorato que habita en este cuerpo de soldado.
Buscando una distracción, Woodrow se abismó en un intensivo estudio de los vitrales de la iglesia. Santos varones, todos blancos, ningún Bluhm. Tessa hubiera montado en cólera. El vitral conmemorativo en recuerdo de un monísimo niño blanco vestido de marinero, rodeado simbólicamente de animales salvajes en actitud de veneración. «Una buena hiena huele la sangre a diez kilómetros de distancia.» Amenazado de nuevo por las lágrimas, Woodrow se obligó a concentrar la atención en el bueno de san Andrés, vivo retrato de Macpherson, el guía que los acompañó a la pesca del salmón aquella vez que llevó a los niños al lago Awe. La intensa mirada escocesa, la rojiza barba escocesa. ¿Qué opinión tendrán de nosotros?, se preguntó con asombro, pasando los ojos empañados por los rostros del sector negro de la concurrencia. ¿A qué creíamos que nos dedicábamos, por aquel entonces, viniendo aquí a hacer propaganda de nuestro Dios blanco británico y nuestro santo blanco escocés y, al mismo tiempo, usando el país como parque de juego para los esnobs proscritos de la clase alta?

–Personalmente, intento reparar los daños de épocas anteriores –contestas cuando, de manera insinuante, te planteo esa misma pregunta en la pista de baile del club Muthaiga. Pero tú nunca respondes a una pregunta sin darle la vuelta y utilizarla como prueba en mi contra–. ¿Y qué hace usted aquí, señor Woodrow?

La banda toca con ruidoso entusiasmo, y tenemos que acercamos para oírnos. Sí, ésos son mis pechos, dicen tus ojos cuando me atrevo a bajar la vista. Sí, ésas son mis caderas, cimbreándose mientras me sujetas por la cintura. También puedes contemplarlas, regalarte los ojos en ellas. La mayoría de los hombres lo hace, y tú no tienes por qué esforzarte en ser la excepción.

–Lo que realmente hago, supongo, es ayudar a los kenianos a administrar todo aquello que les hemos dado –declaro ampulosamente a voz en grito por encima de la música y noto tu cuerpo tensarse y separarse de mí casi antes de haber acabado la frase.

–¡No les hemos dado maldita la cosa! ¡Lo han cogido ellos! ¡A punta de pistola! ¡No les hemos dado nada! ¡Nada!

Woodrow volvió de repente la cabeza. Gloria, junto a él, hizo lo mismo, como también los Coleridge al otro lado del pasillo. Fuera de la iglesia se había oído un grito, seguido del estruendo producido por algo voluminoso y de cristal al romperse. A través de la puerta abierta, Woodrow vio a dos asustados sacristanes en traje negro cerrar las verjas del patio mientras numerosos policías protegidos con cascos formaban un cordón a lo largo de la reja, blandiendo porras antidisturbios de punta metálica con ambas manos como jugadores de béisbol preparados para batear. En la calle donde se habían congregado los estudiantes, había un árbol en llamas y dos coches volcados, sus ocupantes incapaces de salir a causa del miedo. En medio del clamor de la muchedumbre, una resplandeciente limusina negra, una Volvo como la de Woodrow, se elevaba del suelo con movimientos vacilantes, sostenida por un enjambre de jóvenes de ambos sexos. Ascendió, se bamboleó e inició su breve vuelo, primero de lado y después patas arriba, para ir a caer junto a los otros automóviles con gran estrépito. La policía cargó. Lo que fuera que estuviesen esperando hasta ese momento, había ocurrido. Un segundo antes permanecían totalmente pasivos, y de pronto abrían una brecha roja entre la multitud en retirada, deteniéndose sólo para asestar una lluvia de golpes a los manifestantes caídos. Se acercó un furgón blindado, y a su interior lanzaron media docena de cuerpos ensangrentados.

–La universidad es un barril de pólvora –había informado Donohue cuando Woodrow le preguntó sobre posibles contingencias–. Las becas se han suprimido, el personal no cobra el salario, las plazas van a los ricos y estúpidos, las residencias y las aulas están abarrotadas, los retretes atascados, hay un altísimo riesgo de incendios y guisan con carbón en los pasillos. No tienen luz eléctrica para estudiar, ni libros con los que estudiar. Los estudiantes más pobres se echan a la calle porque el gobierno está privatizando la enseñanza superior sin consultar a nadie y la enseñanza es exclusivamente para los ricos. Además, los resultados de los exámenes están amañados, y el gobierno pretende obligar a los estudiantes a cursar sus carreras en el extranjero. Y ayer la policía mató a un par de estudiantes, cosa que, por alguna razón, sus compañeros se han tomado a mal. ¿Alguna otra pregunta?

Las verjas del patio volvieron a abrirse; el órgano sonó de nuevo. Los asuntos de Dios podían reanudarse.
En el cementerio, el calor era agresivo y personal. El viejo sacerdote entrecano había dejado de hablar, pero el barullo no había disminuido, y el sol pegaba a través de él como un látigo. A un lado de Woodrow, un enorme radiocasete reproducía a todo volumen una versión rock del Avemaría para un grupo de monjas negras con hábito gris. Al otro, en torno a un pimpampum con latas de cerveza vacías como blanco, se hallaban reunidos los miembros de un equipo de fútbol, todos con la chaqueta de su club, mientras un solista cantaba su adiós a un compañero fallecido. Y en el aeropuerto Wilson debía de celebrarse algún festival de acrobacias aéreas, ya que cada veinte segundos pasaban sobre ellos pequeños aviones vistosamente pintados. El viejo sacerdote bajó su devocionario. Los portadores del féretro se acercaron a éste, y cada uno agarró el extremo de una cincha. Justin, todavía aislado de los demás, pareció tambalearse. Woodrow hizo ademán de ir a sujetarlo, pero Gloria lo frenó con una garra enguantada.

–Quiere estar solo con ella, idiota –masculló Gloria con la voz empañada por el llanto.

La prensa no se anduvo con tantas delicadezas. Ésa era la foto que habían ido a buscar: el momento en que los portadores negros depositaban a la mujer blanca asesinada en suelo africano, ante la mirada del esposo engañado. Un hombre con la cara picada de viruela, el pelo cortado al rape y cámaras rebotando contra la panza ofreció a Justin una paleta cargada de tierra, esperando obtener la instantánea del viudo vaciándola sobre el ataúd. Justin la apartó. Simultáneamente, advirtió la presencia de dos harapientos que empujaban una carretilla de madera con un neumático pinchado hasta el borde de la fosa. La carretilla rebosaba cemento fresco.

–¿Qué están haciendo si puede saberse? –les preguntó con tal aspereza que todos se volvieron hacia él–. ¿Tendría alguien la bondad de averiguar qué se proponen hacer estos caballeros con ese cemento? Sandy, por favor, necesito un intérprete.

Olvidándose de Gloria, Woodrow, el hijo del general, se apresuró a acudir junto a Justin. La correosa Sheila del departamento de Tim Donohue habló primero con ellos y luego con Justin.

–Dicen que lo hacen para todos los ricos, Justin –tradujo Sheila.

–Hacen ¿qué exactamente? No te entiendo. Explícate, por favor.

–El cemento. Es para mantener a raya a los intrusos. Los ladrones. Los ricos son enterrados con anillos de boda y ropa elegante. Los wazungu son el blanco preferido de esa gente. Según estos hombres, el cemento es una precaución.

–¿Quién les ha pedido que lo hagan?

–Nadie. Son cinco mil chelines.

–Que se vayan, por favor. Díselo, Sheila, si eres tan amable. No deseo sus servicios y no estoy dispuesto a pagarles ningún dinero. Que cojan su carretilla y se marchen. –Pero de pronto, por temor quizá a que Sheila no transmitiera su mensaje con suficiente firmeza, Justin se dirigió con determinación hacia ellos y, plantándose entre la carretilla y la fosa, extendió un brazo, como Moisés, y señaló por encima de las cabezas de la comitiva fúnebre–. Váyanse, por favor –ordenó–. Márchense inmediatamente. Gracias.

La comitiva se separó para abrir paso a lo largo de la línea indicada por su brazo extendido. Los hombres de la carretilla se escabulleron por allí. Justin los siguió con la mirada hasta perderlos de vista. En aquel vibrante calor, dio la impresión de que los dos hombres se adentraban en el cielo desnudo. Justin giró sobre sus talones, con la rigidez de un soldado de juguete, hasta encarar a la jauría de la prensa.

–Desearía que se fueran todos, por favor –declaró en el silencio que se había formado en medio del generalizado barullo–. Han sido muy amables. Gracias. Adiós.

Calladamente, y para asombro de todos, los periodistas guardaron sus cámaras y blocs y, musitando frases como «Hasta la vista, Justin», abandonaron el cementerio. Justin regresó a su recoleto puesto junto a la cabeza de Tessa. Al mismo tiempo, un grupo de mujeres africanas avanzó en tropel y se dispuso en forma de herradura al pie de la tumba. Todas llevaban el mismo uniforme: un vestido de volantes floreado de color azul y un pañuelo de la misma tela atado a la cabeza. Por separado, quizá hubieran parecido anodinas, pero en grupo se las notaba unidas. Empezaron a cantar, al principio en un leve murmullo. Nadie las dirigía; ningún instrumento las acompañaba; la mayor parte del coro sollozaba, pero no permitían que el llanto quebrara sus voces. Cantaron en armonía, alternando inglés y kiswahili, cobrando fuerza con la repetición: «Kwa heri. Mamá Tessa... Mamita, adiós... –Woodrow trató de captar el resto de la letra–. Kwa heri, Tessa... Tessa, amiga nuestra, adiós... Viniste a nosotras, Mamá Tessa, Mamita, nos ofreciste tu corazón... Kwa heri, Tessa, adiós.»

–¿De dónde demonios han salido? –preguntó Woodrow a Gloria por la comisura de los labios.

–De allá abajo –respondió Gloria entre dientes, señalando con la cabeza hacia el barrio de Kibera.

El canto subió de volumen cuando los portadores empezaron a bajar el féretro. Justin lo observó descender, hizo una mueca de aflicción cuando golpeó el fondo de la fosa y otra cuando la primera paletada de tierra restalló contra la tapa y una segunda cayó sobre las fresias, ensuciando los pétalos. Se oyó de pronto un estremecedor gemido, tan breve como el chirrido de un gozne herrumbroso al abrir de golpe una puerta, pero bastó con eso para que Woodrow se volviese a tiempo de ver a Ghita Pearson postrarse de rodillas a cámara lenta y desplomarse sobre una torneada cadera a la par que hundía la cara entre las manos, y levantarse a continuación, con igual inverosimilitud, ayudándose del brazo de Veronica Coleridge, para adoptar otra vez su ademán de duelo.

¿Llamó Justin a Kioko? ¿O acaso obró Kioko por propia voluntad? Ligero como una sombra, se había situado junto a Justin y, sin reparo alguno, le había tomado la mano. A través de una nueva efusión de lágrimas, Gloria vio reajustarse sus manos entrelazadas hasta encontrar una posición cómoda para ambos. Así cogidos, el desconsolado esposo y el desconsolado hermano contemplaron desaparecer bajo tierra el ataúd de Tessa.
Justin partió de Nairobi esa misma noche. Woodrow, para eterna consternación de Gloria, no la había informado previamente. A la hora de la cena, la mesa estaba puesta para tres, la propia Gloria había descorchado el burdeos y metido un pato en el horno para levantar el ánimo a todos. Oyó una pisada en el vestíbulo y supuso complacida que Justin había decidido tomar una copa antes de la cena, nosotros dos solos mientras Sandy lee las hazañas bélicas de Biggles a los niños en el piso de arriba. Y de pronto allí estaba su gastada bolsa de piel, acompañada de una maleta gris afelpada que Mustafa le había traído, ambas en el vestíbulo, etiquetadas, y Justin de pie junto a ellas con la gabardina colgada del brazo y un neceser al hombro, dispuesto a devolverle la llave de la bodega.

–¡Pero, Justin, no irás a decirme que te vas!

–Todos os habéis portado extraordinariamente bien conmigo, Gloria. Nunca sabré cómo agradecéroslo.

–Perdona por la sorpresa, cariño –entonó Woodrow jovialmente desde la escalera, bajando los peldaños de dos en dos–. Hemos llevado el asunto un poco a escondidas, me temo. No queríamos que los criados se fueran de la lengua. Era la única solución.

En ese preciso instante sonó el timbre de la puerta y era Livingstone, el chófer, con un Peugeot rojo que había pedido prestado a un amigo para trasladarse al aeropuerto sin el reclamo del distintivo diplomático. Y hundido en el asiento contiguo, Mustafa, mirando al frente con los ojos muy abiertos, inmóvil, como su propia efigie.

–¡Pero debemos acompañarte, Justin! ¡Debemos ir a despedirte! ¡He de regalarte una de mis acuarelas! ¿Qué va a ser de ti en Inglaterra? –clamó Gloria con amargura–. No podemos dejarte marchar así, sin más, en plena noche... ¡Cariño!...

En rigor, ese «cariño» iba dirigido a Woodrow, pero bien podría haber sido Justin el destinatario, porque Gloria, nada más pronunciar la palabra, se deshizo en incontenibles lágrimas, las últimas de un largo y lacrimoso día. Sollozando acongojadamente, estrechó a Justin entre sus brazos y, aferrada a él, le golpeó la espalda con los puños, restregó la mejilla contra su pecho y musitó «Oh, Justin, no te vayas, por favor» y otras exhortaciones menos inteligibles, hasta que por fin se desprendió valerosamente de él y, apartando a su marido de un violento codazo, corrió escalera arriba hasta su habitación y cerró ruidosamente la puerta.

–Está un poco alterada –explicó Woodrow, sonriendo.

–Todos lo estamos –dijo Justin, aceptando la mano de Woodrow y dándole un apretón–. Gracias una vez más, Sandy.

–Nos mantendremos en contacto.

–Cómo no.

–¿Y seguro que no quieres un comité de recepción al llegar? Todos están deseando hacer su papel.

–Totalmente seguro, gracias. Los abogados de Tessa lo tienen todo a punto para mi llegada.

Y acto seguido Justin descendió por la escalinata hacia el coche rojo, Mustafa a un lado con la bolsa de piel y Livingstone al otro acarreando la maleta gris.

–He dejado al señor Woodrow sobres para todos vosotros –informó Justin a Mustafa cuando estaban ya en camino–. Y esto es para entregar en mano a Ghita Pearson. Y ya entiendes a qué me refiero cuando digo «en mano».

–Sabemos que el señor será siempre un buen hombre –declaró Mustafa proféticamente, poniendo el sobre a buen recaudo en lo más hondo de su chaqueta de algodón. Pero su voz no revelaba el menor asomo de perdón por abandonar África.
El aeropuerto, pese a las recientes obras de embellecimiento, era un caos. Grupos de turistas cansados y quemados por el sol hacían largas colas, arengaban a los guías y embutían enormes mochilas en los aparatos de rayos X. En los mostradores de facturación, los empleados de las aerolíneas reaccionaban con igual desconcierto ante todos los billetes y sostenían en susurros interminables conversaciones por sus teléfonos. Los incomprensibles avisos del sistema de megafonía sembraban el pánico entre los viajeros en tanto mozos y policías contemplaban ociosamente el espectáculo. Pero Woodrow lo había previsto todo. Cuando Justin apenas había salido del coche, un auxiliar de tierra de British Airways se apresuró a llevarlo a un pequeño despacho, a salvo de las miradas de la gente.

–Si no le importa, me gustaría que me acompañaran mis amigos –dijo Justin.

–No hay problema.

Con Livingstone y Mustafa indecisos detrás de él, le fue entregada una tarjeta de embarque a nombre del señor Alfred Brown. Observó pasivamente mientras el auxiliar etiquetaba la maleta gris con una identificación acorde.

–Y ésta me la quedo como equipaje de mano –anunció con tono imperioso.

El auxiliar, un joven neozelandés de cabello rubio, simuló sopesar la bolsa de piel y lanzó un exagerado gruñido de esfuerzo.

–La plata de la familia, ¿no, señor?

–La de mi anfitrión –respondió Justin, siguiendo cortésmente la broma, pero su semblante dejaba muy claro que ese punto era innegociable.

–Si usted puede cargar con ella, nosotros también –aseveró el auxiliar rubio, devolviéndole la bolsa–. Buen viaje, señor Brown. Si no tiene inconveniente, rodearemos por la terminal de llegadas.

–Muchas gracias.

Volviéndose para las despedidas finales, Justin estrechó los colosales puños de Livingstone en un doble apretón de manos. Pero Mustafa no resistió el momento. Con su habitual sigilo, se había escabullido. Sujetando con firmeza la bolsa de piel, Justin entró en la terminal de llegadas tras los pasos de su guía, y ante sus ojos apareció una giganta de busto generoso y raza indefinible, que le sonreía desde la pared. Medía seis metros de altura y uno y medio de ancho en su punto de máxima amplitud, y era el único anuncio publicitario en toda la terminal. Vestía uniforme de enfermera y tenía tres abejas doradas en cada hombro. Otras tres adornaban de manera ostensible el bolsillo superior de su casaca blanca, y ofrecía diversas exquisiteces farmacéuticas en una bandeja a una familia vagamente multirracial de niños felices y sus padres. La bandeja contenía algo para cada uno de ellos: irascos de medicamentos de un color marrón dorado que más bien parecían whisky para el papá, píldoras recubiertas de chocolate idóneas para el deleite de los chiquitines, y para la mamá productos de belleza decorados con diosas desnudas que extendían los brazos hacia el sol. Destacándose ostentosamente en la parte superior e inferior del cartel, estridentes caracteres morados proclamaban el jubiloso mensaje a toda la humanidad:
TresAbejas

trabajando por la salud de áfrica
El cartel acaparó su atención. Exactamente como había acaparado la de Tessa. Contemplándolo inmóvil, Justin escucha las festivas protestas de ella a su derecha. Aturdidos por el viaje, cargados con el equipaje de mano de última hora, los dos han llegado aquí desde Londres por primera vez hace unos minutos. Ninguno de ellos ha pisado antes el continente africano. Kenia –toda África– los espera. Pero es ese cartel lo que capta el alborotado interés de Tessa.

–¡Justin, mira! No estás mirando.

–¿Qué pasa? Claro que estoy mirando.

–¡Se han apropiado de nuestras abejas! ¡Alguien se cree Napoleón! ¡Qué desfachatez! Esto es un atropello. ¡Tienes que hacer algo!

Y lo era. Un atropello. Un atropello francamente cómico. Las tres abejas de Napoleón, símbolo de su gloria, preciado emblema de la isla de Elba, tan querida por Tessa, donde el gran hombre había contado los días de su primer exilio, habían sido deportadas a Kenia y vendidas como esclavas a la publicidad con todo descaro. Reflexionando ahora sobre ese mismo cartel, Justin no pudo menos que maravillarse ante la indecencia de las casualidades de la vida.
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