Segunda parte: El dinero como puede y debe ser




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títuloSegunda parte: El dinero como puede y debe ser
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En la Oficina de Seguros contra la desocupación



Desde la implantación de la libremoneda, cesó repentinamente la presentación de desocupados, y yo con mis empleados estamos demás. El dinero mismo va ahora en busca de mercancías, y la mercancía es trabajo. El que posee libremoneda trata por todos los medios de colocarla, ya sea comprando mercaderías, ya sea fundando nuevas empresas o prestándola a terceros que puedan hacer uso de ella. Esta conducta se observa, y en esto radica la diferencia con respecto al pasado, en todas las circunstancias, sin tomar en consideración las relaciones políticas o personales. Ni la baja del interés, ni su entera desaparición o la del beneficio pueden impedir la oferta de la libremoneda. Hasta en el caso de que la adquisición comercial de mercadería significará pérdida, en vez de ganancia, la oferta de la libremoneda sería inevitable. Ocurre con la libremoneda lo mismo que con las mercaderías en general; pues también éstas se ofrecen aun cuando su venta implique pérdida.
El que está en posesión de libremoneda, debe volver a ponerla en circulación; resulte de ellas una ganancia o una pérdida. La libremoneda manda; no tolera que se la aprisione; rompe las cadenas. Aplasta al especulador, al banquero, que quiera impedir su circulación, ya sea con objeto de atacar, ya sea tan sólo para defenderse. Con el poder de dinamita destruye las cajas de caudales, los tesoros de los Bancos, así como el baúl o el colchón del obrero para conseguir la libertad y lanzarse al mercado. De ahí su nombre de „Libremoneda“. El que vende mercancías, obteniendo por ellas libremoneda, ha de canjearla nuevamente por mercancías. Y el canje de mercancías significa colocación de ellas, y donde se colocan hay trabajo.
La libremoneda representa ahora la corporización de la demanda, que es la colocación de mercaderías, que es trabajo. Luego, la reforma monetaria nos ha proporcionado un seguro automático contra la desocupación; pero no es un seguro público, fomentado por los empresarios, sino un seguro natural, a base de la división del trabajo; puesto que el trabajo produce mercaderías y las mercaderías sólo tienden al intercambio. Por la intromisión del oro, el intercambio fué tributario de dos fuerzas extrañas: el interés y la codicia, dos intrusos que obstaculizaban el intercambio de los productos. El interés y el tributo formaban la premisa lógica para el intercambio de las mercancías y del trabajo. Cuando no producía interés o ganancia, el intercambio se paralizaba, porque el oro negaba su intervención.
Con la libremoneda se suprimieron tales condiciones. Como un león hambriento que anda en busca de su presa, así se arroja la libremoneda sobre la mercancía, y mercancía significa trabajo. Adquirir mercancía es lo mismo que colocar a un trabajador. El comerciante a quien he comprado la mercancía, tratará de reponer su stock y de desprenderse del dinero, encargando nuevas mercancías al industrial.
Es un seguro contra la desocupación extremadamente sencillo. Cada Peso, que el Estado lanza a la circulación, sustituye un pedido de trabajo, cada millar de estos billetes reemplazan a una oficina de colocaciones. Quien vende mercadería en cambio de dinero, vuelve a adquirir mercaderías, ya sea directamente, ya por intermedio de la persona a quien dió un préstamo, de modo que cada uno compra tanta mercadería cuanta ha vendido y vende cuanto ha comprado. No puede, pues, haber ningún excedente. Se venderán tantas mercaderías cuantas se producen. ¿Cómo sería posible, entonces, que a pesar de esto hayan estancamiento, superproducción y desocupación? Son estos fenómenos que se observan allí, donde periódica o constante y generalmente se compran menos mercancías de las que se venden.
Desde luego, la libremoneda no puede garantizar a cada empresario la salida de sus productos, más bien la garantiza sólo en general. Ella no procura la venta de los productos a quien produce mercancías de mala calidad, o pide precios demasiado altos, o trabaja sin método y sin consultar las necesidades del mercado. La expresión „salida ilimitada“, que varias veces se ha usado aquí, sólo es aplicable para la generalidad. Una vez implantada la libremoneda, ya no podrán dificultar la salida ninguna exigencia de intereses ni perspectivas dudosas. Todo el mundo tendrá que comprar en seguida y exactamente tanto, cuanto el mismo ha vendido; y si cada uno está obligado a hacerlo, no puede haber excedente alguno. En caso de que alguien no tuviese necesidad de mercancías, dejará de trabajar, o prestará el dinero sobrante a otros, que precisan más mercaderías de la que ellos mismos tienen al momento para vender. Si la competencia de un producto (remolacha, hierro, clases de baile, etc.) es muy grande, los precios bajan. Si la producción a precios reducidos no fuera satisfactoria, ya sabrá cada cual lo que debe hacer.
¿Qué es lo que pasaba antes? El comerciante pagaba intereses por su capital, y en consecuencia hacía depender la compra de las mercancías del interés que ellas rendían. Si las circunstancias no permitían cargar el interés al precio de venta, entonces dejaba los productos de los obreros sin tocar, y éstos quedaban cesantes por falta de venta. Sin interés no había dinero; sin dinero se paraliza el intercambio de productos, sin intercambio no hay trabajo.
El interés era la condición fundamental de la circulación del dinero de la que, a su vez, dependía el trabajo. Hasta el mismo Reichsbank no hubiera dado dinero sin interés, ni aun, cuando todo el mundo admitía la escasez del dinero en el mercado, y a pesar de que, según su carta orgánica, era su deber principal ajustar la circulación monetaria a las necesidades del comercio. Estas eran consideradas por el Reichsbank si antes, naturalmente, los intereses del dinero habían sido asegurados. (Por eso no hago reproche alguno al Directorio del Reichsbank. Nadie habría podido administrarlo en forma razonable, bajo la restricción irrazonable de facultades de sus directores).
Actualmente la circulación monetaria en general, no impone ninguna clase de condiciones. Dinero significa venta, cualquiera que sea el resultado. ¡Dinero, venta de mercancías, trabajo, dinero, he aquí una circulación cerrada, bajo todas las circunstancias!
Antes el comerciante pensaba siempre en la ganancia, quiere decir, que el precio de venta, en cada caso, debía sobrepasar el precio de compra. Era esta la condición natural, lógica y, además, enteramente justificada de toda actividad comercial. Fuera de eso, el precio de compra - pagado o acreditado - era, en todo caso, una cantidad fija y conocida (salvo en las ventas por orden de terceros); mientras para el precio de venta sólo existían perspectivas, posibilidades y esperanzas; en una palabra: probabilidades. El precio de venta era siempre un azar y el comercio algo así como una ruleta de Montecarlo. Porque en el intervalo entre la compra y la venta podían variar muchas cosas en el mercado.
Antes de efectuar la compra el comerciante examinaba el mercado, las perspectivas, la política interior y exterior. Sí le parecía que todos opinaban lo mismo, es decir, que un alza general estaba en perspectiva, apresurábase a comprar, para participar en el alza esperada de los precios con la cantidad mayor posible de mercancías. Si acertaba, vale decir, si muchos habían compartido su optimismo, comprando todos ellos, ya por esta sola razón y sin ninguna otra causa, sucedía lo esperado: un alza general de los precios. Pues es evidente que si todo el mundo cree que los precios van a repuntar, el que tiene una reserva de dinero la invierte en compras; y si todas las existencias monetarias se emplean para la adquisición de mercancías los precios tendrán que subir.
He aquí la prueba clásica, de que la fe sola ya trae la felicidad.
Todo lo contrario sucede naturalmente si se cree en una baja de precios. Cuando Pérez creía que todos los comerciantes preveían un descenso de precios, trataba de desprenderse de sus „stocks“, forzando por un lado la venta, aunque mediante una reducción (!) de precios, y por otro, suspendiendo todo pedido para tiempos más favorables. Y como sus colegas procedían de igual manera, sobrevino lo que se temía. Su „creencia“ los había traicionado. Porque bajo el régimen del patrón oro sucedió siempre lo que uno creía. La creencia imperaba en forma ilimitada. La sola creencia en el alza o la baja de los precios bastaba completamente para causarla.
Dependía de la creencia, de la disposición de ánimo, y hasta del tiempo, que el dinero se ofreciera o no, que los obreros dejaran el trabajo o trabajaran hasta de noche y en horas extras. ¡De la creencia dependía la oferta de todas las reservas monetarias!
Ahora la libremoneda ha operado un cambio. El dinero ya no pregunta, a quien lo posee, por sus creencias, ni examina su disposición de ánimo. La Libremoneda simplemente ordena, otorgando los pedidos en su propio nombre.
Pero precisamente porque las „creencias“ han sido eliminadas del comercio, anulándose a la vez la influencia que la fe, la esperanza y el afán de ganancia ejercían sobre la circulación, digo justamente por eso la demanda permanece invariable en el mercado, y las perspectivas y los temores ya no influyen sobre el comercio.
La demanda de mercancías y de trabajo no dependen ya de la voluntad del dinero, ni están sujetos a la arbitrariedad ni al antojo de las personas adineradas, sino que el dinero es la demanda misma.
Antes era lógico y natural que cada obrero fuera en „busca de dinero“, vale decir, de trabajo. Sólo en casos excepcionales el dinero buscaba trabajo. El dinero esperaba, hasta que la mercadería, o sea el trabajo, lo buscara a él. Nadie se escandalizaba por ello, nadie protestó contra esta violación del derecho de igualdad. Todos toleraban este privilegio del dinero, probablemente porque creían que tal privilegio era inseparable del sistema monetario. Mientras el obrero y el dueño de mercaderías, por la postergación de la venta, sufrían grandes quebrantos, que cada día acrecentaban, el dinero producía intereses al comprador. De modo que era natural, justo y lógico, que los vendedores buscaran a los compradores morosos para persuadirlos personalmente a que compraran.
Actualmente no se considera natural semejante temperamento. Al dueño del dinero le arde éste en el bolsillo como al obrero la fugacidad de sus fuerzas lo obligan a emplearlas cuanto antes y mientras pueda, ya que no es posible almacenarlas. Luego, el que tiene dinero ya no espera tranquilamente hasta que el poseedor de las mercancías (el obrero) lo busque. Más bien él mismo busca, madruga y va al encuentro de la mercadería. Y cuando dos se buscan recíprocamente, se encuentran con más facilidad y seguridad que cuando busca uno solo.
Antes el poseedor de dinero tenía, además, la ventaja de cansar al propietario de la mercancía, imponiéndole una larga espera y búsqueda. Hasta lo recibía de mal modo, como para darle a entender que el obrero o vendedor de mercaderías lo molestaba y que él no tenía el menor apuro.
Ahora, en cambio, es el dinero el que busca la mercancía bajo todas las circunstancias. De súbito se volvió famélico, y el hambre le ha dado alas y ha refinado su instinto. Por cierto que no necesita correr tras las mercancías, porque éstas, a su vez, no se esconden, ni pueden hacerlo; ambos encuéntranse en la mitad del camino.
Como la mercancía busca al dinero, así busca ahora también el dinero la mercancía. Y si no la encuentra, no espera pacientemente hasta que la casualidad le ofrezca lo que desea, sino que sigue la pista de la mercancía hasta la fuente, y ésta es el trabajo.
De este modo la Libremoneda ha reemplazado el Seguro oficial por un Seguro automático contra la desocupación. La libremoneda se ha convertido en una oficina automática de colocaciones, y yo con mis 76.000 empleados fuímos despedidos. ¡Qué ironía del destino: los empleados de la Oficina de Seguros contra la desocupación son ahora los únicos desocupados en el país (felizmente encontrarán pronto otro trabajo, y mejor remunerado! El traductor).


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