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fecha de publicación05.01.2016
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ENRIQUE ROJAS


EL HOMBRE LIGHT
UNA VIDA SIN VALORES


Planeta
El contenido de este libro no podrá ser reproducido,

total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito

del editor. Todos los derechos reservados
© 1992, Enrique Rojas

© 1992, Ediciones Temas de Hoy, S.A. (TH)

Paseo de la Castellana, 93, 28046 Madrid ISBN 84-7880-194-4
Diseño de cubierta: Peter Tjebbes
© 1992, 2000, Editorial Planeta Argentina SAI.C.

Independencia 1668, 1100 Buenos Aires

Grupo Planeta
Primera edición en Planeta Bolsillo: octubre de 2000
ISBN 95049-0576-5
Hecho el depósito que prevé la ley 11.723

Impreso en la Argentina


Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta,

puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna

ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico,

de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor.


Para Isabel, Marian, Cristina,

Quique, Isabel y Almudena:

mi ilusión con argumento.
ÍNDICE



PRÓLOGO 5

I. EL HOMBRE LIGHT 7

II. HEDONISMO Y PERMISIVIDAD 11

III. ¿QUÉ ES EL HOMBRE? 14

IV. EL CAMINO DEL NIHILISMO 23

V. LA SOCIEDAD DIVERTIDA 29

VI. SEXUALIDAD LIGHT 32

VII. EL SÍNDROME DEL MANDO 40

A DISTANCIA (ZAPPING) 40

VIII. LA VIDA LIGHT 47

IX. REVISTAS DEL CORAZÓN 55

X. EL CANSANCIO DE LA VIDA 60

XI. LA ANSIEDAD 64

DEL HOMBRE DE HOY 64

XII. PSICOLOGÍA DEL FRACASO 67

XIII. PSICOLOGÍA DE LA DROGA 70

XIV. LA VIDA NO SE IMPROVISA 73

XV. LA FELICIDAD COMO PROYECTO 77

XVI. SOLUCIONES AL HOMBRE LIGHT 84

NOTA DEL AUTOR 95

BIBLIOGRAFÍA 96


PRÓLOGO

Éste es un libro de denuncia. Desde hace ya unos años me preocupan los derroteros por los que se diri­ge la sociedad opulenta del bienestar en Occidente, y también porque su influencia en el resto de los conti­nentes abre camino, crea opinión y propone argumen­tos. Es una sociedad, en cierta medida, que está en­ferma, de la cual emerge el hombre light, un sujeto que lleva por bandera una tetralogía nihilista: hedonismo-consumismo-permisividad-relatividad. Todos ellos enhebrados por el materialismo. Un individuo así se parece mucho a los denominados productos light de nuestros días: comidas sin calorías y sin gra­sas, cerveza sin alcohol, azúcar sin glucosa, tabaco sin nicotina, Coca-Cola sin cafeína y sin azúcar, man­tequilla sin grasa... y un hombre sin sustancia, sin contenido, entregado al dinero, al poder, al éxito y al gozo ilimitado y sin restricciones.

El hombre light carece de referentes, tiene un gran vacío moral y no es feliz, aun teniendo mate­rialmente casi todo. Esto es lo grave. Éste es mi diagnóstico, y a lo largo de estas páginas describo sus principales características, a la vez que hago su­gerencias de cómo escapar y salirse de ese camino errado que tiene un final triste y pesimista.

Frente a la cultura del instante está la solidez de un pensamiento humanista; frente a la ausencia de vínculos, el compromiso con los ideales. Es necesa­rio superar el pensamiento débil con argumentos e ilusiones lo suficientemente atractivos para el hom­bre como para que eleven su dignidad y sus preten­siones. Se atraviesa así el itinerario que va de la inutilidad de la existencia a la búsqueda de un sen­tido a través de la coherencia y del compromiso con los demás, escapando así de la grave sentencia de Thomas Hobbes: «El hombre es un lobo para el hombre.»

Hay que conseguir un ser humano que quiere sa­ber lo que es bueno y lo que es malo; que se apoya en el progreso humano y científico, pero que no se entrega a la cultura de la vida fácil, en la que cual­quier motivación tiene como fin el bienestar, un de­terminado nivel de vida o placer sin más. Sabiendo que no hay verdadero progreso humano si éste no se desarrolla con un fondo moral.

I. EL HOMBRE LIGHT

Perfil psicológico
Estamos asistiendo al final de una civilización, y podemos decir que ésta se cierra con la caída en bloque de los sistemas totalitarios en los países del Este de Europa. Aún quedan reductos sin desman­telar, en esa misma línea política e ideológica, aun­que por otra parte se anuncian nuevas prisiones para el hombre, con otro ropaje y semblantes bien diversos.

Así como en los últimos años se han puesto de moda ciertos productos light -el tabaco, algunas be­bidas o ciertos alimentos-, también se ha ido ges­tando un tipo de hombre que podría ser calificado como el hombre light.

¿Cuál es su perfil psicológico? ¿Cómo podría quedar definido? Se trata de un hombre relativamen­te bien informado, pero con escasa educación huma­na, muy entregado al pragmatismo, por una parte, y a bastantes tópicos, por otra. Todo le interesa, pero a nivel superficial; no es capaz de hacer la síntesis de aquello que percibe, y, en consecuencia, se ha ido convirtiendo en un sujeto trivial, ligero, frívolo, que lo acepta todo, pero que carece de unos criterios só­lidos en su conducta. Todo se torna en él etéreo, leve, volátil, banal, permisivo. Ha visto tantos cambios, tan rápidos y en un tiempo tan corto, que empieza a no saber a qué atenerse o, lo que es lo mismo, hace su­yas las afirmaciones como «Todo vale», «Qué más da» o «Las cosas han cambiado». Y así, nos encon­tramos con un buen profesional en su tema, que co­noce bien la tarea que tiene entre manos, pero que fuera de ese contexto va a la deriva, sin ideas claras, atrapado -como está- en un mundo lleno de informa­ción, que le distrae, pero que poco a poco le convier­te en un hombre superficial, indiferente, permisivo, en el que anida un gran vacío moral.

Las conquistas técnicas y científicas - impensables hace tan sólo unos años- nos han traído unos logros evidentes: la revolución informática, los
avances de la ciencia en sus diversos aspectos, un orden social más justo y perfecto, la preocupación operativa sobre los derechos humanos, la democratización de tantos países y, ahora, la caída en bloque del comunismo. Pero frente a todo ello hay que poner sobre el tapete aspectos de la realidad que funcionan mal y que muestran la otra cara de la moneda:
a) materialismo: hace que un individuo tenga cierto reconocimiento social por el único hecho de ganar mucho dinero.

b) hedonismo: pasarlo bien a costa de lo que sea es el nuevo código de comportamien­to, lo que apunta hacia la muerte de los idea­les, el vacío de sentido y la búsqueda de una serie de sensaciones cada vez más nuevas y excitantes.

c) permisividad: arrasa los mejores propó­sitos e ideales.

d) revolución sin finalidad y sin progra­ma: la ética permisiva sustituye a la moral, lo cual engendra un desconcierto generalizado.

e) relativismo: todo es relativo, con lo que se cae en la absolutización de lo relativo; brotan así unas reglas presididas por la subje­tividad.

f) consumismo: representa la fórmula postmoderna de la libertad.
Así, las grandes transformaciones sufridas por la sociedad en los últimos años son, al principio, contempladas con sorpresa, luego con una progresi­va indiferencia o, en otros casos, como la necesidad de aceptar lo inevitable. La nueva epidemia de cri­sis y rupturas conyugales, el drama de las drogas, la marginación de tantos jóvenes, el paro laboral y otros hechos de la vida cotidiana se admiten sin más, como algo que está ahí y contra lo que no se puede hacer nada.

De los entresijos de esta realidad sociocultural va surgiendo el nuevo hombre light, producto de su tiempo. Si aplicamos la pupila observadora nos en­contramos con que en él se dan los siguientes ingre­dientes: pensamiento débil, convicciones sin firmeza, asepsia en sus compromisos, indiferencia sui generis hecha de curiosidad y relativismo a la vez...; su ideología es el pragmatismo, su norma de conducta, la vigencia social, lo que se lleva, lo que está de mo­da; su ética se fundamenta en la estadística, sustitu­ía de la conciencia; su moral, repleta de neutralidad, falta de compromiso y subjetividad, queda relegada a la intimidad, sin atreverse a salir en público.

El ideal aséptico
No hay en el hombre light entusiasmos desme­didos ni heroísmos. La cultura light es una síntesis insulsa que transita por la banda media de la socie­dad: comidas sin calorías, sin grasas, sin excitan­tes... todo suave, ligero, sin riesgos, con la seguri­dad por delante. Un hombre así no dejará huella. En su vida ya no hay rebeliones, puesto que su moral se ha convertido en una ética de reglas de urbanidad o en una mera actitud estética. El ideal aséptico es la nueva utopía, porque, como dice Lipovetsky, esta­mos en la era del vacío. De esas rendijas surge el nuevo hombre cool, representado por el telespecta­dor que con el mando a distancia pasa de un canal a otro buscando no se sabe bien qué o por el sujeto que dedica el fin de semana a la lectura de periódi­cos y revistas, sin tiempo casi -o sin capacidad- pa­ra otras ocupaciones más interesantes.

El hombre light es frío, no cree en casi nada, sus opiniones cambian rápidamente y ha desertado de los valores trascendentes. Por eso se ha ido volvien­do cada vez más vulnerable; por eso ha ido cayen­do en una cierta indefensión. De este modo, resulta más fácil manipularlo, llevarlo de acá para allá, pe­ro todo sin demasiada pasión. Se han hecho muchas concesiones sobre cuestiones esenciales, y los retos y esfuerzos ya no apuntan hacia la formación de un individuo más humano, culto y espiritual, sino ha­cia la búsqueda del placer y el bienestar a toda cos­ta, además del dinero.

Podemos decir que estamos en la era del plás­tico, el nuevo signo de los tiempos. De él se deriva un cierto pragmatismo de usar y tirar, lo que condu­ce a que cada día impere con más fuerza un nuevo modelo de héroe: el del triunfador, que aspira -co­mo muchos hombres lights de este tramo final del siglo XX- al poder, la fama, un buen nivel de vida.... por encima de todo, caiga quien caiga. Es el héroe de las series de televisión americanas, y sus motiva­ciones primordiales son el éxito, el triunfo, la relevancia social y, especialmente, ese poderoso caba­llero que es el dinero.

Es un hombre que antes o después se irá que­dando huérfano de humanidad. Del Mayo del 68 francés no queda ni rastro, las protestas se han ex­tinguido; no prosperan fácilmente ni la solidaridad ni la colaboración, sino más bien la rivalidad teñida de hostilidad. Se trata de un hombre sin vínculos, descomprometido, en el que la indiferencia estética se alía con la desvinculación de casi todo lo que le rodea. Un ser humano rebajado a la categoría de ob­jeto, repleto de consumo y bienestar, cuyo fin es despertar admiración o envidia.

El hombre light no tiene referente, ha perdido su punto de mira y está cada vez más desorientado an­te los grandes interrogantes de la existencia. Esto se traduce en cosas concretas, que van desde no poder llevar una vida conyugal estable a asumir con dig­nidad cualquier tipo de compromiso serio. Cuando se ha perdido la brújula, lo inmediato es navegar a la deriva, no saber a qué atenerse en temas clave de la vida, lo que le conduce a la aceptación y canoni­zación de todo. Es una nueva inmadurez, que ha ido creciendo lentamente, pero que hoy tiene una nítida fisonomía.

Algunos intelectuales europeos han enunciado este tema. Alain Finkielkraut lo expone en su libro La derrota del pensamiento. Por otra parte, Jean-François Revel, en El conocimiento inútil, resalta que nunca ha sido tan abundante y prolija la infor­mación y nunca, sin embargo, ha habido tanta igno­rancia. El hombre es cada vez menos sabio, en el sentido clásico del término.

En la cultura nihilista, el hombre no tiene vín­culos, hace lo que quiere en todos los ámbitos de la existencia y únicamente vive para sí mismo y para el placer, sin restricciones. ¿Qué hacer ante este es­pectáculo? No es fácil dar una respuesta concreta cuando tantos aspectos importantes se han conver­tido en un juego trivial y divertido, en una apoteósica y entusiasta superficialidad. Por desgracia, muchos de estos hombres necesitarán un sufrimien­to de cierta trascendencia para iniciar el cambio, pe­ro no olvidemos que el sufrimiento es la forma suprema de aprendizaje; otros, que no estén en tan malas condiciones, necesitarán hacer balance per­sonal e iniciar una andadura más digna, de más ca­tegoría humana.

Finalmente, es preciso resumir esa ingente in­formación, la náusea ante un exceso de datos y la perplejidad consiguiente, y para ello lo mejor es ex­traer conclusiones que pueden ser de dos tipos:

1. Generales: ayudan a interpretar mejor la rea­lidad actual, en su rica complejidad.

2. Personales: conseguirán que surja un ser hu­mano más consistente, vuelto hacia los valores y comprometido con ellos.

II. HEDONISMO Y PERMISIVIDAD

El final de una civilización
Estamos ante el final de una civilización. Rele­yendo el libro de Indro Montanelli, Historia de Ro­ma, pienso que nos encontramos en una situación parecida: posmodernismo para unos, era psicológi­ca o post-industrial para otros. La década de los se­senta nos deparó la polémica del positivismo con la confrontación entre Karl Popper y Theodor Adorno. La de los setenta, el debate sobre la hermenéutica de la historia entre Jürgen Habermas y Hans Gadamer. Los ochenta, el significado del postmodernis­mo, y los noventa están presididos por la caída de los regímenes totalitarios. Se ha demostrado que una de las grandes promesas de libertad no era sino una tupida red en la cual el ser humano quedaba atrapa­do sin posible salida.

El panorama hoy es muy interesante: en la po­lítica hay una vuelta a posiciones moderadas y a una economía conservadora; en la ciencia ha tenido lu­gar un despliegue monumental, ya que los avances en tantos campos han dado un giro copernicano bri­llante y con resultados muy prácticos; el arte se ha desarrollado también de forma exponencial, pero ya es imposible establecer unas normas estéticas: he­mos llegado a un eclecticismo evidente en el que cualquier dirección es válida, todos los caminos contienen una cierta dosis artística; igualmente, en el mundo de las ideas y su reflejo en el comporta­miento se ha producido un cambio sensible, que es lo que pretendo analizar a continuación.

Las dos notas más peculiares son -desde mi punto de vista- el hedonismo y la permisividad, am­bas enhebradas por el materialismo. Esto hace que las aspiraciones más profundas del hombre vayan siendo gradualmente materiales y se deslicen hacia una decadencia moral con precedentes muy remo­tos: el Imperio Romano o el período comprendido entre los siglos XVII-XVIII.

Como ya hemos avanzado, hedonismo significa que la ley máxima de comportamiento es el placer por encima de todo, cueste lo que cueste, así como el ir alcanzando progresivamente cotas más altas de bienestar. Además, su código es la permisividad, la búsqueda ávida del placer y el refinamiento, sin nin­gún otro planteamiento. Así pues, hedonismo y per­misividad son los dos nuevos pilares sobre los que se apoyan las vidas de aquellos hombres que quieren evadirse de sí mismos y sumergirse en un caleidoscopio de sensaciones cada vez más sofisticadas y narcisistas, es decir, contemplar la vida como un goce ilimitado.

Porque una cosa es disfrutar de la vida y sabo­rearla, en tantas vertientes como ésta tiene, y otra muy distinta ese maximalismo cuyo objetivo es el afán y el frenesí de diversión sin restricciones. Lo primero es psicológicamente sano y sacia una de las dimensiones de nuestra naturaleza; lo segundo, por el contrario, apunta a la
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