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fecha de publicación05.01.2016
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Express (25-1-91), entre 1984-1990 las recetas de tranquili­zantes han aumentado en un 75 por ciento, lo que equivale a coste de más de mil quinientos francos por persona. Los ansiolíticos constituyen el recurso más fácil. ¿Por qué? Se busca el deseo de evasión de la realidad personal, no grata y con un gran va­cío existencial.

Hay un caso curioso y que pude leer en The Independent (12-II-92). Tras la etapa denominada liberación sexual, que condujo a la desinhibición total y al disfrute de todos los placeres corporales, surge la asociación Sexalholics Anonymous, algo parecido a los alcohólicos anónimos, que pide ayu­da para frenar la campaña sexual actual, sobre todo por parte de la televisión y los mass media. Los que pertenecen a este colectivo son personas para las cuales la actividad sexual se ha convertido en un impulso incoercible e incontrolable, una obsesión y una dependencia de las que no es posible escapar. Con respecto al sexo, es algo irresistible, insaciable, que obliga a pensar en tener relación física con cualquier persona que se le aproxima, una cuestión que se reduce a una búsqueda sin tregua y desespe­rada de sexo una y otra vez... Así sucesivamente, y el sexoadicto acaba por no ver en los demás más que simples objetos como consecuencia de una conducta primaria23.

Pero hay otra adicción, sobre todo en Estados Unidos, los workaholics o adictos al trabajo, gene­ralmente yuppies ansiosos de dinero y de éxito pro­fesional, que suelen cosechar estrepitosos fracasos afectivos y familiares, que en la mayoría de los ca­sos suele ser el precio que pagan por llegar a la cum­bre profesional, dejando de lado todos los valores de su vida; es decir, el hombre light presenta un perfil especialmente claro.

Otro país con el mismo problema, pero más agravado, es Japón, donde esta adicción al trabajo se llama karoshi; se da especialmente entre los cua­renta y cincuenta años, no por iniciativa propia, si­no que son explotados por sus empresas, donde el concepto de rendimiento es casi como una religión.

Hay una novedad reciente en la psiquiatría americana: los sujetos adictos al psicoterapeuta son personas que sufren crisis de identidad, no se en­cuentran a sí mismas, están perdidas o no saben có­mo son ni lo que quieren en la vida.

Por último, la adicción a no estar gorda o la lu­cha por mantener un tipo adecuado, en una sociedad en la que la delgadez es «más que fundamental». De lo anterior se deriva el síndrome de la anorexia/bulimia: negarse a comer, tomar laxantes e incluso pro­vocarse el vómito con el fin de mantener la figura esbelta...; de vez en cuando, la bulimia o la pasión incontrolada por la gran comilona, que se acompa­ña de una reacción de llanto y el vómito de todo lo ingerido.

Éstas y otras adicciones representan las cadenas del hedonismo y de la permisividad a las que se siente atado el hombre actual. Cuando no hay referentes morales, por mucho que a eso le llamemos li­bertad, nuestra vida en poco tiempo se hará víctima de estos dos aspectos.

VII. EL SÍNDROME DEL MANDO

A DISTANCIA (ZAPPING)

La televisión como alimento intelectual
Hoy la televisión lo llena todo. Hace tan sólo veinte o veinticinco años, la vida era diferente sin ella. El hombre actual pasa demasiado tiempo de­lante de la televisión. ¿Por qué? La respuesta no puede darse de una forma simplista, ya que el asun­to es complejo y tiene diferentes lecturas, y más aún con la llegada de los vídeos. La televisión pro­voca el mismo fenómeno que el de la droga: crea adicción. Es la conducta repetitiva que se va ha­ciendo hábito y de la cual es muy difícil sustraer­se; tanto, que las personas con escasos recursos intelectuales, o poca curiosidad por llenar su ocio con una afición o un hobby bien definido, quedan atrapadas en esta malla una y otra vez. Entonces podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que la televisión es casi todo su alimento intelectual. De ahí se derivará un hombre escasamente culto, pasi­vo, entregado siempre a lo más fácil: apretar un bo­tón y dejarse caer, porque todo se reduce a pasto para sus ojos.

Pensemos lo que sucede en muchos países con las películas del fin de semana: se pasa de un argu­mento amoroso a otro policíaco, luego a una de hu­mor... porque al no existir límites de emisión, siempre hay algo que ver en la pequeña pantalla.

En este marco no demasiado positivo - dado que la televisión pocas veces es educativa-, aparece un fenómeno nuevo: la posibilidad de entretenerse cambiando de canal sucesivamente. Esta segunda adicción televisiva puede llegar a ser más fuerte que la primera. Un paciente mío, buen practicador de es­ta técnica, me comentaba hace poco tiempo: «Yo lo hago para relajarme y después coger mejor el sue­ño... Normalmente no me quedo viendo ningún ca­nal en concreto, porque la verdad es que no me interesa casi nada.» Esta filosofía pone sobre el ta­pete algo notable: al telespectador de zapping le in­teresa todo y nada a la vez; lo que quiere es pasar el rato sin más complicaciones, exactamente igual que la mujer adicta a las revistas del corazón, como aquella señora ya madura que me decía: “Ay!, si yo en vez de haberme tragado tantas revistas del cora­zón hubiera estudiado una carrera o hubiera leído li­bros buenos, que me hicieran una persona más culta... Pero las leemos todas y de lo que hablamos es de eso.” Sin comentarios.

¿Por qué se produce esto?, ¿cuáles son sus principales claves? Creo que podrían resumirse en los siguientes puntos:
1. Representa una nueva forma de consumo. La avidez de sensaciones e imágenes se intenta saciar con el telemando, con el fin de ver qué se está dan­do en ese momento en cada cadena. Se pasa así de una película a un debate, de un concurso a una re­transmisión deportiva, etcétera.

2. Significa un interés por todo y por nada, lo cual traduce una clara insatisfacción de fondo. Se busca algo que sea capaz de detener ese cambio fre­nético, pero generalmente no se encuentra. Si ras­treamos más profundamente qué es lo que en reali­dad siente el sujeto del zapping, encontramos el deseo de abarcarlo todo, de que nada se le escape, de poseer todo al mismo tiempo. A esto llaman los americanos picture in picture, una imagen dentro de otra. No hay que olvidar que en Estados Unidos es una costumbre perfectamente asumida, pues desde los años setenta la tecnología ha facilitado esta po­sibilidad. El mando a distancia llega a España hacia 1975 y se populariza hacia 1988-89, aproximada­mente. La experiencia deja un trasfondo, mezcla de codicia y descontento a la vez. El hombre, al no que­dar saciado, pasa y repasa los canales una y otra vez por ver si aparece algo nuevo que sea capaz de sus­citar su interés.

3. Se produce una bulimia de novedades en tanto que se desea una inmersión exploratoria en variedades y mudanzas, buscando no se sabe exactamente qué, zambulléndose en un juego caleidoscópico de impresiones fugaces que no dejan prácticamente ninguna huella. Por debajo de este oleaje discurre una actitud de dispersión: muchas imágenes y poca consistencia, exceso de información y escasa posibilidad de hacer síntesis de lo que llega permanentemente; fuga, huida, carencia de un centro de gra­vedad personal que dirija toda la conducta. Esta diseminación apunta el tono vaporoso y caótico del que lo practica.

4. El mando a distancia tiene un efecto sedan­te. Muchas personas lo utilizan a última hora del día, ya cansados del trabajo de la jornada. Representa una especie de droga que ayuda a conciliar el sue­ño. Tras diez o veinte minutos practicando esta ac­tividad, suele asomar un plácido sueño que conduce al descanso. Puede que para entonces la persona se haya quedado enganchada a algún canal, pero ya da igual, puesto que la capacidad de captación es míni­ma a esa hora del día.

5. La televisión cumple la ley del mínimo es­fuerzo: basta dejarse caer en un cómodo sillón, apretar el mando y nada más. No hay que poner el menor acto de voluntad. Pero el zapping es ya la carta magna del super-mínimo esfuerzo: se trata de pasar-el-rato, de estar distraído, de consumir mi­nutos sin más pretensiones. Es la evasión a través del mundo de la fantasía de las imágenes que van entrando por los ojos y llegan a la cabeza, pero sin archivarse, dada su rápida sucesión y su falta de conexión.

Psicología del zapping
El mando a distancia se convierte en el chupe­te del adulto. ¡ Ay, si no se encuentra puede ser terri­ble! Está claro que la incomodidad de tener que levantarse una y otra vez para cambiar de canal ha­ce descender de forma considerable el número de adictos al zapping, palabra de procedencia anglosa­jona que significa golpear, disparar rápidamente.

En los últimos años, este nuevo fenómeno so­ciológico ha sido estudiado estadísticamente y es más frecuente en el hombre que en la mujer. La in­terpretación, al parecer, de este dato podría ser que la mujer se detiene más en lo que ve, porque si pa­sa muchas horas en su casa quiere aprender todo aquello que pueda enriquecerla. En cambio, el hom­bre es más crítico y casi nada le satisface realmen­te; utiliza el zapping para relajarse, para olvidarse de sus tensiones y problemas de trabajo.

Cuando este síndrome se hace crónico e inven­cible, nos hallamos ante la venganza del telespecta­dor por la pésima programación que hoy, con la llegada de los canales privados, nos ha traído la de­nominada televisión basura: brutalidad descarnada, películas, series y culebrones pobres, amorales, de ínfima calidad; debates con invitados de opiniones tan diametralmente opuestas que el espectador ter­mina más confuso que al principio de los mismos; y qué decir de los concursos triviales, insustanciales, que dan la espalda a cualquier consideración míni­mamente cultural.

Hoy, el telespectador se ha endurecido y ya no le impactan los anuncios, con los que empieza a descubrir eso que, en psicología moderna, se deno­mina el lenguaje subliminal: un discurso enmasca­rado que se cuela por debajo del spot publicitario. Hace quince años la televisión era un medio mági­co; hoy ha perdido credibilidad y, salvo en perso­nas que se lo tragan todo, empieza a aflorar un espíritu crítico muy positivo, que conduce a apagarla con más frecuencia, antes de verse uno manipula­do y cosificado.

Los expertos no han encontrado todavía el mo­do de evitar las fugas de audiencia. La televisión, que nació como una revolución excelente y de gran porvenir para el mundo de las comunicaciones, ha ido cayendo en los últimos años de forma escanda­losa. Por lo general, ver mucha televisión produce seres humanos robotizados, pasivos, acríticos y, lo que es más grave, sin inquietudes culturales.

Cultura del aburrimiento
A lo largo de las páginas de este libro hemos ido hablando de la cultura individualista que se está vi­viendo hoy: frente al concepto de familia, el de in­dividuo; el yo, opuesto al grupo; el placer en el otro extremo del amor auténtico. Reina el consumismo en lugar de la sobriedad; el estrés, en lugar de la vi­da ordenada y armónica; las revistas del corazón, en lugar de los libros... Todo ello envuelto por la tele­visión, a través de la cual se adquiere muy poca cul­tura y, antes o después, asalta el vacío interior. Una nube deambula de acá para allá por el espacio abier­to de la pantalla.

En los últimos años ha empezado a triunfar el consumo psicológico, encaminado a cultivar cada vez más el narcisismo, los horóscopos, la quiromancia, la opinión del psiquiatra o del psicoanalista... Cada uno quiere saber cómo es la geometría de su personalidad, pero ello no suele acompañarse de un deseo de cam­bio, es decir, conocerse mejor para rectificar, cambiar el rumbo y corregir errores de conducta. Es una nue­va bulimia: yoga, meditación, zen, terapias de grupos, expresión corporal... como reafirmación de determi­nadas posturas y satisfacción personal. Es lo que Lasch24 denomina «terapias psi», que suelen estar más o menos teñidas de filosofías orientales. Frente al hombre pentadimensional de Spranger, el homus psicologicus que busca la liberación25 y que trabaja por ­la independencia y autonomía de su yo, rector camu­flado de su comportamiento.

El aburrimiento es consecuencia de un exceso de información que al final distrae pero que, estu­diado con objetividad durante un cierto tiempo, no aporta gran cosa al hombre. Todo lo más, consigue una plétora de noticias dispersas cuyo argumento es la actualidad. Por otro lado, en la sociedad actual, la televisión tiene «el encargo» de divertir, de que la gente lo pase bien y se olvide de sus problemas; ése es su lema, salvo honrosas excepciones, y para eso pone en funcionamiento un exceso de reclamos y ani­maciones sin cuento que pretenden captar la aten­ción como sea. El culto al deseo inmediato, junto a la ausencia de inquietudes culturales verdaderas, provoca la pérdida del centro de gravedad de las jerarquías humanas. Es igual un programa de tele­visión sobre pájaros tropicales que otro sobre el tráfico de drogas, el mundo de los marginados o un debate social en que se busca la verdad por con­senso. Al final, llega el aburrimiento, no por falta de contenidos, sino por sobredosis antitética de ca­si todo. ¿Quién hará la síntesis?... ¿Y para qué?... si a fin de cuentas lo que vale es lo que a uno le pa­rece, ya que no hay que someterse ni sujetarse a ninguna disciplina.

El telespectador está cautivado por todo y por nada, excitado e indiferente, diseminado en una op­ción banal que recorre la pantalla sobresaturada de momentos puntuales.

Parece que en tales situacio­nes se puede decir «lo quiero todo: ya y ahora», co­mo un niño pequeño cuando su padre le hace escoger algún regalo. El sujeto queda zombi, blo­queado por un aluvión de cosas que le alienan mientras le distraen y relajan de sus actividades profesionales.

Nunca como en la actualidad se han preocupado tanto los medios de comunicación de los mecanis­mos intrínsecos de la personalidad. Esa curiosidad no brota de la pretensión de hacer más sólida tal es­tructura o instancia de la conducta, sino que se ori­gina de su caída. Un ejemplo de lo que vengo diciendo lo encontramos en los debates televisivos. La mayoría de las veces, el telespectador sale peor del programa que antes de la polémica. ¿Por qué?

Porque los participantes suelen tener posturas diametralmente opuestas y la discusión -salvo excepcio­nes- se caracteriza por las descalificaciones, por no dejar hablar al otro o por dar cifras estadísticas sin que se sepa cómo se ha realizado ese muestreo y qué fin persigue. Por tanto, uno encuentra a un hombre insatisfecho que, dada su formación intelectual me­dianamente sólida, termina por perder sus referen­cias ante las contradicciones y los diversos puntos de vista que ve reflejados en los contertulios. Ese vérti­go de posturas encontradas actúa como disolvente de cualquier trascendencia; ese gueto de mensajes irre­conciliables deja a la persona informada pero no for­mada, sin criterios, suspendida en la interrogación de eslóganes y tópicos que no sabe combatir, ya que pa­ra ello es necesario tener más cultura, algo que se consigue a través de la lectura reposada y atenta de los grandes libros y autores que han sabido dar res­puesta a las cuestiones esenciales de la existencia.

Así pues, el hombre pegado a la televisión es un ser desmantelado de cultura, que se mueve por la baliza de la indiferencia producida por la satu­ración de antagonismos. Ver la televisión sin espí­ritu crítico es caer en una jungla de manipulaciones que lleva a un narcisismo febril. El hombre, entonces se torna frágil, individualista, incapaz de renunciar a nada.

Relativismo visual
Para analizar el fenómeno del zapping hay que tener en cuenta más ángulos que los ya apuntados; por ejemplo, la obsesión por no renunciar a nada, una especie de temor a perderse algo interesante o actual. En realidad no se busca nada en especial, si­no que se juega a no renunciar; no hay opción ni se elige nada específico. El sujeto deambula por la oferta elástica de posibilidades; está en todo y en na­da, dando lugar a una forma de libertad no descrita hasta ahora: la libertad de verlo todo pero escapan­do fugazmente de cualquier detención. Es una síntesis entre la dispersión y la evasión de uno mismo y de su entorno.

Después de haber comentado el relativismo ideológico del hombre light es preciso hablar del re­lativismo visual, según el cual todo es criticable y, si lo analizamos con detalle, nada merece la pena o todo la merece, dependiendo del punto de vista; el consumidor de zapping comulga con todo y no se identifica con nada, lo que representa la entroniza­ción del individualismo más atroz. El hombre se convierte en un absoluto para sí mismo y, de este modo, se absuelve de cualquier reproche moral; es como una ilusión sin argumento, un castillo de fue­gos artificiales que brilla con esplendor para apagar­se pronto y caer nuevamente en la penumbra.

Utilizando una expresión jurídica, se puede de­cir que el zapping equivale al lucro cesante: aque­llo que se pierde cuando se deja de hacer algo (por ejemplo, tener un piso y no alquilarlo).

En conclusión, podemos afirmar que, el límite del relativismo tiene que venir impuesto por la exis­tencia de algo absoluto, objetivo y punto de encuen­tro de la condición humana. Lo absoluto no puede ser objeto de una opción ni someterse a un estudio estadístico por el que se alcanza la verdad porque lo dice la mayoría. Hay que buscar la verdad univer­sal, aquella que está por encima de las ideas perso­nales o las preferencias particulares. Si no es así, caemos en una verdad a la carta que uno encarga según sus gustos u opiniones. Lo absoluto gira y se compone de valores milenarios e invariables, como esas estrellas fijas que iluminan nuestro caminar nocturno.
VIII. LA VIDA LIGHT

La palabra Light
Light es la palabra mágica que hoy está de mo­da y con la que se trata de vender una serie de pro­ductos de menor valor energético para conseguir una línea esbelta, como por ejemplo la coca-cola sin cafeína, la cerveza sin alcohol, el tabaco sin nicoti­na, la sacarina o el queso sin grasa, entre otros. Su proliferación tuvo lugar hacia los años ochenta en Estados Unidos con la práctica del jogging y del ejercicio en los gimnasios; después llegó a Europa y se extendió por todo el mundo.

La aparición de estos productos cada día es ma­yor y hoy contamos con leches desnatadas, merme­ladas con poco azúcar, pan, cremas sin nata, refres­cos, mayonesas, aceites, etcétera.

Lo light lleva implícito un verdadero mensaje: todo es ligero, suave, descafeinado, liviano, aéreo, débil y todo tiene un bajo contenido calórico; po­dríamos decir que estamos ante el retrato de un nue­vo tipo humano cuyo lema es tomarlo todo sin ca­lorías. Estos alimentos son especiales para el eje­cutivo de nuestros días, que, con frecuencia, come fuera de casa, sin orden, y que a la larga aumenta de peso y tiene un exceso de colesterol (nombre ya mágico también para los consumidores) y de triglicéridos.

La sociedad occidental actual, en una cierta ma­yoría, ha perdido el rumbo y ahora ya no hay gran­des debates sobre las más relevantes encrucijadas de la existencia, como la muerte, el sufrimiento, la an­gustia, la injusticia... Un ejemplo de ello es la po­lémica que se desató hace unos años por el tema del ciclamato, cuando se prohibió su consumo y se ge­neralizó el de la sacarina; otro es el de las campañas napoleónicas contra los fumadores.

A propósito de esto último, recuerdo que hace muy poco, en un viaje a Londres, me colé fumando en pipa a la zona de no fumadores de la sala de es­pera del aeropuerto; el encargado, enfadadísimo, vi­no a decirme que había traspasado unos metros la zona no permitida.

La palabra light, en principio, tiene una conno­tación positiva con respecto a la alimentación, pero mi tesis es que hoy constituye un término emblemá­tico de los tiempos que corren, y que nos refleja cla­ramente un modelo de vida bastante pobre. La vida light se caracteriza porque todo está descalorizado, carece de interés y la esencia de las cosas ya no im­porta, sólo lo superficial es cálido.

Indiferencia por saturación
En Occidente a esto podemos denominarlo indiferencia por saturación. Hay de todo en exceso, y el hombre indiferente no se aferra a nada, no tiene verdades absolutas ni creencias firmes, y sólo Quie­re toneladas de información, aunque no sepa para qué; deserta de cualquier compromiso, menos del que tiene consigo mismo, y así se convierte en un ser megalómano.

Estamos ante una vida-cóctel-devaluada: una mezcla de verdades oscilantes, una conducta centra­da en pasarlo bien y consumir, en interesarse por to­do y, a la vez, no comprometerse en nada. Todo se puede acomodar, todo es transitorio, pasajero, rela­tivo, inconcreto, y hasta la democracia, la vida con­yugal o de pareja se vuelven light. El lema es no exigir demasiado y alcanzar una tolerancia absolu­ta. Ya no hay retos, ni metas heroicas ni grandes ideales, porque lo importante es pasarlo bien, sin es­fuerzos ni luchas contra uno mismo, y cualquier re­sultado es bueno.

La vida es el triunfo de los mass-media, según apunta Guy Debord en su libro Comentarios sobre la sociedad del espectáculo.

La discusión actual está vacía, los medios de comunicación se prestan a damos noticias e informa­ciones que no dicen nada.

Es una tarea ímproba para no aportar nada, para seguir en la línea de diversión de esta sociedad frá­gil, cogida por hilos demasiado finos, siempre a pun­to de romperse. Un ejemplo reciente es la oleada racial en Estados Unidos, sobre todo en Los Ángeles, con motivo de la agresión de un negro por varios po­licías blancos.

Hay dos notas descriptivas que envuelven este clima:
1. La apabullante frivolidad por la que todo se convierte en epidérmico, superficial, tópico; lo importante es seducir, provocar y ser diver­tido. La consecuencia de esto es una medio­cridad pública, una especie de socialización de la trivialidad y de lo mediocre.

2. El ascenso del egoísmo humano hasta cotas demasiado altas, que constituye uno de los males de nuestro tiempo: la insolidaridad, el preocuparse sólo de uno mismo, porque cuando se trata de dos personas surgen de­masiados problemas. Como ejemplo de lo anterior tenemos la inestabilidad conyugal de los últimos tiempos. ¿Cómo puede ser es­to tan complicado? La respuesta reside en la ausencia de grandes ideales y en la caída de los valores humanos.
En fin, nos encontramos ante una sociedad ca­da vez más complicada y difícil de esquematizar en unos cuantos rasgos, ya que surge un tropel de nue­vos envites inesperados y caleidoscópicos que con­figuran un paisaje variopinto con singularidades muy especiales, en el que no existen límites entre lo bueno y lo malo, lo positivo y lo negativo.

En una ocasión leí en una revista especializada de psiquiatría (American Journal of Psychiatry, fe­brero de 1991) que el índice de suicidios, sobre to­do en Europa occidental, sigue ascendiendo. Inclu­so se debate la idea del doctor Kevorkian sobre la máquina de la muerte. Y también el inventario que el doctor Derek Humphry nos muestra en su libro La salida final (o Manual para suicidarse), sobre las formas y los estilos de suicidios. Ambos hechos son comprensibles dada la futilidad en la que ha en­trado gran parte de la humanidad opulenta de Occi­dente.

Una sociedad de espaldas a la muerte
Por otra parte, esto contrasta con una observa­ción que me parece importante: hoy se vive -en bue­na medida- de espaldas a la muerte, como si no existiera. Y cambian los contenidos, ya que ahora existe el tabú de la muerte, junto a una exaltación de lo erótico y lo sexual. Estamos en la era de la in­diferencia, es decir, si la vida estorba, se arranca, y como no podemos hacer lo mismo con la muerte, la borramos psicológicamente de los temas a tratar. No es la autodestrucción lo que late aquí, sino una en­fermedad de la mayoría: la banalización de la exis­tencia y el hastío del ser humano, que oscilan entre la teatralidad de los medios de comunicación y una apatía generada por la tibieza, el escepticismo y la ambigüedad.

Tenemos así un hombre demasiado vulnerable, en el que existe un cansancio por vivir, no como consecuencia de un agotamiento real por hacer mu­chas tareas, sino por falta de una proyección perso­nal coherente y atractiva que tenga la suficiente ga­rra como para arrastrarle hacia el futuro. Además, si atravesamos este «desierto» que he descrito sin nin­gún apoyo trascendente, es más desolador todavía. Por tanto, el narcisismo, la búsqueda personal cons­tante y la obsesión por el hedonismo inmediato ha­cen al hombre indefenso y propenso a hundirse en cualquier momento. Por otra parte, las actividades habituales se vuelven cada vez más difíciles: la edu­cación de los hijos, mantener un matrimonio esta­ble, saber transmitir un orden y una disciplina al educar, ejercer la autoridad, engordar (¡Ay, el drama de unos kilos de más para la mujer actual!), irse de vacaciones, etcétera.

¿Qué hacer? Hay que luchar por vencer la vi­da light, porque ésta conduce a una existencia va­cua; y volver a recuperar el sentido auténtico del amor a la verdad y de la pasión por la libertad au­téntica. Ambas son empresas difíciles que, cuando se consiguen, llenan, dan plenitud, y uno se siente distinto cuando le invaden. La solución no podrá ser nunca degradarlas y someterlas a nuestro capricho sin esfuerzo ni responsabilidad. Esto a lo que aludimos es similar a la psicología del alpinista: al escalar hay un duro trabajo hasta llegar a la cum­bre, pero merece la pena. Porque si la vida se con­cibe como algo dulzón, blando o simplemente desde un punto de vista absolutamente placentero, cometemos un error, pues ni eso es la vida ni se puede interpretar así.

Una sociedad indiferente
Se puede decir, llegados a este punto de nuestro recorrido, que el hombre light es sumamente vulne­rable. Al principio tiene un cierto atractivo, es chis­peante y divertido, pero después ofrece su auténtica imagen; es decir, un ser vacío, hedonista, materia­lista, sin ideales, evasivo y contradictorio26.

El novelista Peter Handke, en su obra La mujer zurda, relata algo que es bastante verosímil en la ac­tualidad y parecido a lo que hemos referido: una mujer casada pide a su marido que la deje sola du­rante una temporada porque necesita estar sola, pe­ro no para analizar su situación afectiva o pensar en el futuro desde su pasado.

No es así, sino que se trata de una soledad indiferente, extraña, rara, que todos los personajes de es­ta obra sienten. No es la soledad de los héroes, ni la de Marcela, la pastora indómita de Cervantes, ni tampoco la que describe Charles Baudelaire con su spleen. Es una soledad que carece de dimensiones profundas.

La soledad y la comunicación interior suelen formar una estructura que en el hombre light no se da y en la que hay banalidad, porque no se interro­ga nada trascendente que le obligue a replantearse la existencia de otro modo. Es una soledad sin rebe­lión personal y sin análisis. Por otra parte, la rela­ción con el otro está muy resquebrajada. Pensemos en el ejemplo de la cantidad de personas separadas que viven casadas con el trabajo y con unas relacio­nes afectivas muy débiles, en las que existe más sexo que afecto. En mi experiencia clínica en los casos de separación, he escuchado muchas veces la frase «Que me dejen solo una temporada», y la impresión inmediata de esa petición es buena, pero en el per­sonaje light todo es «apariencia de», y cuando se de­sea cambiar, hay escasos argumentos y poco deseo de reforma personal.

Otra cuestión importante es la vuelta de una palabra mágica que se repite con insistencia: la éti­ca. Pero ésta no es contemplada desde las grandes leyendas del ser humano como, por ejemplo, el mi­to de Sísifo, el de Fausto, el de Prometeo encade­nado o el de la ambrosía, sino suspendida del mito de Narciso, es decir, por el narcisismo y el subjetivismo.
1. Por el narcisismo, vemos a un ser humano centrado en sí mismo, en su personalidad y en su cuerpo, con un individualismo atroz, desprovisto de valores morales y sociales, y además desinteresado por cualquier cuestión trascendente.

2. Por el subjetivismo, oteamos la caída en un perspectivismo que diluye cualquier soli­dez y en el que nada es válido salvo esas cuatro notas apuntadas -como un ritornelo- a lo largo de estas páginas: hedonismo - consumismo - permisividad - relativismo. Woody Alien es el personaje prototipo que resume lo anteriormente explicado. El es­critor americano Christopher Lasch, en su libro The culture of narcisism, lo expone así: «Cuidar la salud, desprenderse de los complejos, esperar las vacaciones: vivir sin ideal y sin objetivos trascendentes».

Literatura Light
También en el campo de las lecturas nos encontramos con lo light. En el hombre de ciertas inquietudes nos hallamos ante la literatura kleenex, es decir, literatura rápida para lectores fáciles. Un ejemplo lo constituyen las revistas del corazón o, como yo prefiero llamarlas, los tebeos de los adul­tos. Ambos tienen raíces similares, aunque su aná­lisis ha de hacerse por separado27.

Siempre ha existido una diferencia entre la lite­ratura culta y la popular. Asimismo ha sucedido con los libros de pensamiento, en todos sus tipos posi­bles, al ser mucho más densos, son más selectivos y minoritarios. Es evidente que no es lo mismo leer ese gran libro de Sigmund Freud El malestar de la cultura o Ensayos sobre la vida sexual o La teoría de la neurosis que El ser y el tiempo de Martin Heidegger. Estos dos autores son importantes, pero mientras el primero interesa a casi todo el mundo, el segundo queda muy circunscrito a lectores muy determinados y que conocen ya ese lenguaje técni­co o de rigor científico. En estos casos el uso del término técnico excluye a muchos. Por ejemplo, con respecto a la psicología y la psiquiatría de nuestros días, son muchos los que se acercan a ella buscando conocerse mejor a sí mismos. Así, en los libros de bolsillo, que con cierta calidad y difusión, si se obvian los tecnicismos o se aclaran lo sufi­ciente, consiguen saltar esa barrera y amplían su radio de lectores.

Los libros light son como los kleenex: usar y ti­rar. Las editoriales que los publican casi no cuentan con ellos cuando ha transcurrido algo más de un año. En su fondo editorial desaparecen como estre­llas fugaces sin dejar el más mínimo rastro. Literatura de consumo rápido, sin casi nada denso que merezca realmente la pena si no es combatir el abu­rrimiento de una tarde de vacaciones. Lo más fre­cuente es que una persona conocida haga un libro vendiendo su imagen: se trata de fabricar un produc­to ciertamente artificial, pasajero desde su concep­ción. Ahí hay que encuadrar también los best-sellers, ya que su significado psicológico hay que buscarlo en lo siguiente: hay que leer lo que lee la mayoría; así, al mes, uno habla de lo que está en la calle y está de moda. Es una forma light de estar al día, que también es aplicable a las revistas del cora­zón. Todos hablan de lo mismo, el mundo se hace pequeño, los temas son cercanos, las conversacio­nes son unidireccionales.

No obstante, de vez en cuando se produce el fenómeno Umberto Eco: todo el mundo ha comprado El nombre de la rosa, muchos han empezado a leer­lo y muy pocos han llegado al final del mismo. El libro es denso, muy ilustrado, erudito, con sabor en­ciclopédico, de difícil lectura, aunque, por supues­to, muy interesante. Pero había que tenerlo y hablar de él, porque no podemos quedarnos al margen de la mayoría. Algo parecido sucedió hace algunos años con el excelente libro de Milán Kundera La in­soportable levedad del ser, aunque éste era mucho más accesible.

Otra observación interesante es señalar tam­bién que a cualquier libro se le denomina ensayo. Este término se ha convertido en un cajón de sas­tre donde va a parar todo lo que no es ficción: una monografía universitaria, un libro para ser feliz o un título divertido escrito por un autor conocido, etc. El lector busca lo ligero, lo suave, porque no tiene tiempo e inquietud por lo contrario. No hay que olvidar tampoco la falta de hábito a la lectura y la concentración necesaria, que no se adquiere espontáneamente.

Otro aspecto de esta literatura es el comercial. Lo importante es que un libro se venda. Los escán­dalos financieros o los libros de denuncia, pero con trasfondo social, pueden tener tanto éxito como un recetario de cocina escrito por un gran cocinero o un manual para alcanzar la felicidad sin esfuerzo. La situación actual es grave, porque empieza a descui­darse la educación intelectual: curiosidad por los li­bros de siempre, los grandes autores, los temas eternos e imperecederos... Estamos sometidos a muchos mensajes publicitarios y nos llegan libros de grandes editoriales, que tienen sus secciones light, cuya única pretensión es que el lector pase el rato con un libro en las manos. Es un libro para un hom­bre sin cultura, con falta de criterios y que vive pe­gado a la televisión. Por tanto, un hombre así es presa fácil de cualquier encantador de feria que se­pa articular bien el discurso.

Ante este fenómeno literario de nuestro tiempo nos sentimos incapaces de asumir ese legado cultu­ral imponente, que tenemos al alcance de la mano y no lo aprovechamos, sin dejarnos impregnar de su riqueza y su sabiduría. Como psiquiatra, tengo que decir que una de mis mejores experiencias es leer un buen libro escuchando música clásica y levantando de vez en cuando la mirada para saborear la catego­ría de un buen escritor.

Sin embargo -y volviendo a nuestro tema-, un sistema editorial ferozmente comercial elude los grandes autores por falta de interés, tiempo y prepa­ración del medio.

En los programas educativos y en el mundo de la publicidad no se incluyen la compra de libros ni el interés por la vida intelectual. Sólo se insiste en lo que está de moda: ropa, música del momento y autores que se llevan, aunque todo esto sea trivial, ligero, inconsistente. Por eso no debe extrañamos que no surja un modelo humano más completo, sí más actual, pero su destino es perecedero, pasajero e imperdurable. Actualmente hay una gran crisis editorial, dado el descenso de ventas, pero, entre otros motivos, también por la proliferación de los canales televisivos. No obstante, en Estados Unidos muchas editoriales se salvan por los libros denomi­nados no ficción: es una vuelta a textos de cierta en­vergadura, una vez pasada la oleada de libros basu­ra, kleenex o tipo light.

Sin embargo, en países como Inglaterra, Alema­nia u Holanda siguen publicándose libros en esta lí­nea; en otros mercados con más tradición cultural como Francia, los clásicos tienen su público, pero cada vez más selectivo, minoritario.

En España siempre he comentado que la asigna­tura pendiente es la culturización. Aun con la refor­ma televisiva y su programación más o menos uniforme, predominan los concursos en los cuales la pobreza cultural constituye el exponente más marcado, y cuando existe un programa de cierto ni­vel, hay otros factores que nos impiden verlo. El boom televisivo hizo estragos y ha cogido indefen­sos a muchos a la hora de elevar su nivel intelectual y cultural. Los libros con trasfondo e interesantes son los que más notan estas crisis, pues muchos de­jan de editarse por falta de compradores, y quedan reducidos a los alumnos jóvenes que estudian la Historia de la Literatura española y universal, por­que no tienen más remedio que conocer sus nom­bres y, tal vez, hacer un comentario de texto sobre alguna de estas obras.

Un nuevo ideal: la comodidad
La sociedad actual lo trivializa todo y propugna la ley del mínimo esfuerzo y de la máxima comodi­dad. El itinerario ha sido gradual: hemos pasado del pensamiento sólido, del paradigma de Jean Paul Sartre como baluarte del existencialismo, a un nihi­lismo descomunal. La vida ya no tiene los héroes pasados, lo que está de moda es sorprender a los de­más con una vida refinada y descomprometida. Es­te tipo de hombre light no se entrega a nada, sólo se reserva para sí mismo y para su disfrute personal: gimnasia, dietas lights, sauna, cierto esplritualismo diluido de tradición oriental, incultura, muchos pe­riódicos y revistas -mucha información, pero sin capacidad sintética y sin tiempo para madurar inte­lectual y personalmente-. Otro de los gustos actua­les es hacerse varios seguros de vida para que todo esté bien atado: es la nueva atmósfera cálida y sin contenidos. Un hombre así se va escorando hacia una progresiva debilidad: indigencia; deseos capri­chosos; exageración del ideal materialista; y escla­vitud por la ambición y el hedonismo.

¿Cómo se puede entonces mantener un compro­miso serio como el conyugal? De ahí surge el alu­vión de rupturas conyugales en Occidente y se debe a la pérdida de valores y verdaderos fines y a la pri­macía de los medios28. Son modelos de conducta fa­bricados en serie e inducidos por la moda. Estamos ante una sociedad que tiende a la masificación en cualquiera de sus ámbitos:
a) Acumulación de individuos donde sólo los singulares son capaces de ser personas.

b) Despersonalización alienante: un hombre sin la fuerza que dan los ideales, obsesionado y di­rigido por los medios de comunicación.

c) Igualitarismo en decadencia.

d) Carencia de proyecto de vida: lo que importa es tener, comprar más y consumir febrilmente.
Vivimos en una sociedad triste, sin ilusión, dis­traída por cuestiones insustanciales en la que son necesarios mucha fuerza, tesón e ideas claras para salir de ahí. Pero no es fácil. La cotidianidad invita a seguir en ese carrusel. Hay que proyectar y ensa­yar un nuevo esquema para escapar de estas redes que hacen mucho ruido, pero que no satisfacen el corazón humano. El hombre light no es feliz: tiene una cierta dosis de bienestar, pero no puede saborear lo que es la felicidad, aunque solo sea de forma esporádica; tiene placeres, pero sin una verdadera alegría, ya que está centrado en sí mismo, en una egolatría sutil en la que se encuentra atrapado29.

Aquilino Polaino Lorente, en su libro La agonía del hombre libertario, establece la siguiente secuen­cia del consumista: «Hacer para tener; tener para consumir más; consumir más para aparentar una imagen mejor; disponer de una mejor imagen para hacer más.» Así entra en lo que este autor denomi­na el síndrome de la cebolla: como ésta, el hombre se disfraza en sus pertenencias, «acabando por iden­tificarse con su ropaje, siendo imposible distinguir entre uno y otro».

También la cultura light está adulterada, es consumista fácil y materialista. Para demostrar esto no hay más que pensar en la serie televisiva Dallas o en los denominados culebrones o folletines. De aquí deriva una seudocultura rosa repleta de intrigas sen­timentales, dramas humanos, relaciones afectivas caleidoscópicas, cada vez más inusitadas y sorpren­dentes: una verdadera pornografía sentimental, que desemboca en una igualdad de sentimientos pobres y en una inmadurez colectiva. Lo importante es que la vida afectiva brote espontáneamente como resul­tado de algo obligatorio. Es decir, se fomentan rela­ciones en las que el plano racional y los criterios lógico-racionales quedan al margen, y esto es muy grave. Estos programas televisivos se caracterizan por unas cuantas notas: los conflictos son elementa­les; contenidos amorales; y las situaciones, escasa­mente edificantes.

El resultado de todo esto es una actitud de indiferencia y debilidad ante el televisor. Todo está mezclado y, como fondo, una irresponsabilidad en el terreno afectivo que crea escuela: drama, violencia, hiperrealismo y trivialidad.

Para un psiquiatra que observa el fenómeno con cierta perspectiva de análisis, hay una conclu­sión inmediata: esa forma de presentar los temas afectivos y emocionales, además de ser superficial, tiende a hacerse contagiosa. Hay una tendencia ha­cia lo morboso, propio de una sociedad neurótica y bastante desequilibrada que Jean Baudrillard de­nomina desorden posmoderno30 y que lleva a una confusión de géneros: todo es estético, todo es político, todo sexual. En el arte desaparecen las re­glas y los criterios, todas las tendencias viven juntas: nace el antiarte. Todo objeto es bello... puesto que nada es bello. En definitiva, todo es re­lativo, todo depende de muchas cosas que son va­riables. Por eso, lo mejor es navegar en todas las líneas y en ninguna al mismo tiempo.
IX. REVISTAS DEL CORAZÓN

Interesa la vida ajena rota
Las revistas del corazón están de moda. Cada semana o cada dos nos ponen al corriente de los úl­timos acontecimientos sentimentales. La vida priva­da de los personajes famosos o autoridades públicas es puesta sobre el tapete y analizada al milímetro, y así sucesivamente. Da la impresión de que los mu­chos consumidores no se sacian de información de este tipo, quieren más.

¿Qué es lo que está pasando? ¿Por qué esta fie­bre, esta pasión por conocer la vida de los persona­jes más famosos y después comentarla con detalle, traerla y llevarla de acá para allá? El fenómeno es complejo y ofrece muchas perspectivas. Trataré de profundizar en este tema y buscar las causas y mo­tivos principales de esta moda social.

El hombre tiene dos segmentos esenciales en su vida: el público y el privado. Uno se ve con relativa claridad. El otro es interior y es lo que Mi­guel de Unamuno denominaba la intrahistoria, o Ludwig Binswanger la historia vital interna; en una palabra, la trayectoria personal subterránea, la verdad de uno mismo. La faceta pública es some­tida actualmente a la inspección y al análisis de los «asesores de imagen»; éstos ofrecen y «venden» un tipo de hombre que saben que tiene garra para la vida política, social, económica, etc. Después es­tán las revistas del corazón, que nos abren las puer­tas de la casa de los famosos o sujetos con un cierto prestigio, sea cual fuere el motivo. Uno entra en sus casas, ve a su familia, lo que hacen y lo que les sucede: saber si son distintos y cómo es su vida diaria; y si son iguales o diferentes a nosotros, si tienen algún secreto.

Esas personas son la actualidad. Tienen en ese momento concreto una fuerza que desplaza a otros acontecimientos y los sitúa en el punto de referen­cia de las miradas.

El personaje se fabrica, lo hacen los medios de comunicación. Si en las revistas del corazón se des­cubre la vida de la gente sana, normal, una persona cualquiera, eso no vende, no interesa. Sólo vende lo morboso, lo sensacionalista y lo trágico.

La primera pregunta que nos hacemos es: ¿por qué este interés por curiosear en lo que sucede en esos personajes? Para mí la respuesta se divide en distintos motivos, pero como primera aproximación diría que nada interesa más que la vida ajena, o, di­cho de otra forma, la vida sigue siendo la gran cues­tión. Lo importante es saber de los otros, de su vida y, de alguna manera, compararla con la nuestra. Se produce así una especie de análisis comparativo en el que nos reflejamos en el espejo de los demás.

En estas revistas aparecen personas con las que parece que nos sentimos copartícipes, nos mezcla­mos e incluso nos llegan a parecer cercanas y fa­miliares, como si de su intimidad se tratara. Com­probamos gozosamente que tienen las mismas pasiones, fracasos, dificultades, tristezas, reveses: también son humanos. De ese modo la gente se identifica con ellos, aprueba una conducta y repudia otra para acabar estableciendo un sistema de preferencias en esta o aquella historia.

Los consumidores asiduos de las revistas del co­razón suelen negar en público que las leen, en espe­cial los hombres, porque parece que descalifica leer esas historietas, que repiten siempre el mismo ritornello. ¿Cuál es el perfil de los adictos? Ante todo de­sean evadirse, porque la vida personal es lo sufi­cientemente compleja como para sacudirnos del cansancio y agotamiento, por lo que huimos, aun­que sólo sea un instante. Escapamos de los proble­mas: nos escabullimos, nos ausentamos, conseguimos momentáneamente salir de sus agobios.

Revistas del corazón: evasión y pasar el rato
Esta forma de evasión traduce un cierto vacío de intereses, ya que uno podría escoger otra: un buen libro, ver a un amigo o incentivarse con algu­na nueva afición creativa. Pero no, casi siempre se elige ésta. Este vacío, en algunas ocasiones, descu­bre cierto morbo, un ligero regusto por contemplar la desgracia ajena, sobre todo si se trata de estos per­sonajes descritos, por poder comentar el tema a fon­do con otras personas también lectoras de este tipo de prensa: los comentarios, observaciones, críticas, sorpresas, versiones de hechos, interpretaciones y detalles. Todo se alinea en tomo a esas conversacio­nes, tema central de muchos diálogos de cualquier parte, clase social o ambiente, en los que uno va dando su visión de la vida, hace acotaciones sobre aspectos primordiales de la existencia: el amor, los hijos, el tipo de vacaciones.

Hay morbo porque se da una recreación en la vida ajena, que está rota, partida, fragmentada. Después viene indagar qué hacer desde ahí, desde esa posición más o menos fracasada. Pero esto de tener ante nosotros errores, equivocaciones, tropie­zos y naufragios de otros nos es útil para percibir un gozo difuso de sentirse igual o superior a ellos, so­bre todo en una época en la que hemos querido aca­bar con las jerarquías sociales y éstas rebrotan solas, casi espontáneamente.

Además, uno tiene la impresión de codearse con las figuras mágicas del momento, y se exclama con frecuencia: «¡También a los famosos les suceden co­sas!», con cierto consuelo.

La serie de preguntas como: ¿cómo va mi vida?, ¿estoy en buena línea?, ¿cómo va mi proyecto per­sonal?, ¿qué nuevas ilusiones tengo a la vista?, ¿me esfuerzo por cambiar lo que no va bien, rectifico el rumbo?... brota de esta lectura subliminal soterra­da, inconsciente y etérea.

Las personas con una vida más intensa, sobre todo en lo profesional e intelectual, no suelen zam­bullirse en estas lecturas. Ellos nos dirían: esas revis­tas son para pasar el rato. Y pasar el rato significa:

  • Que no se tienen grandes inquietudes -cultu­rales, intelectuales en sus diversos planos, etc.-. Recuerdan de algún modo a aquellos cuentos de hadas que leíamos de niños y que siempre acaba­ban bien. Ahora son historias reales que, por lo ge­neral, terminan mal y asistimos a su reconstrucción o a su derribo.

  • Que no se tienen grandes ideales, sino los que ofrece esta sociedad de finales del siglo XX: hedo­nismo y permisividad, por un lado, y consumismo y relativismo, por otro.



Romanticismo light
Estas revistas ponen de relieve que estamos asistiendo a una vuelta a un nuevo romanticismo, aunque con distintos perfiles que en el siglo XIX. In­teresa todo lo afectivo y sentimental, aunque servi­do de un modo diferente. Estas revistas no tienen casi texto y todo lo ocupan las fotos, con lo cual pueden verse las nuevas tendencias en la moda, el buen gusto o la falta de estilo de los personajes que salen en ellas. Por un lado, el corazón sigue movien­do los hilos de la vida, sigue contando a pesar de to­do, y quizá sea éste el mensaje más positivo que nos comunican.

Siempre ha interesado lo que comúnmente denominamos el cotilleo. Las revistas del corazón constituyen la chismografía de siempre con los medios de hoy en día. No imponen ningún esfuerzo in­telectual, ya que un 90 por ciento son fotos y el res­to un mínimo texto o pies de fotos, que sustituyen a las antiguas viñetas de los tebeos; parecen los dibu­jos animados de los adultos. Existe un claro maniqueísmo ante el que debemos tomar posturas de identificación con uno u otro bando. Es casi como un juego: pasar el rato.

El hombre actual está descontento porque ha perdido la brújula, el rumbo, y se siente bastante va­cío. Hemos ido fabricando un cierto tipo de hombre cada vez más débil, inconsistente, que flota en un constante sinsentido. Así pues, las revistas son co­mo un mecanismo de compensación, a través de las cuales nos consolamos viendo las desgracias que les suceden a otros. Me decía una señora hace unos días: «Tendrá mucho dinero, pero no es feliz; fíjate qué vida tan trágica... es dramático.»

Éste es el típico dispositivo de nivelación o con­trapeso.

Frente a esta borrachera de trasiegos vitales su­giero la vuelta a un ocio más enriquecedor, que do­te de disfrute y de verdad nuestros ratos libres, porque estas revistas dañan sutil y soterradamente. Casi toda su información se basa en vidas partidas, con sus defectos, fallos y errores descritos al deta­lle. Y además con la apostilla de «No pasa nada, la vida es así», con lo que se crea un nuevo modelo de sociedad sin que ellos mismos lo sepan. Para estas publicaciones la vida es una aventura incierta y zigzagueante en la cual casi todo está permitido, todo es posible porque lo sensacional es un ingrediente clave, que no debe faltar.

Frente a la frivolidad estandarizada y al hombre prefabricados lo mejor es tener metas concretas: no­bles, humanas, realistas y ambiciosas, y estar dis­puesto a luchar por conseguirlas.

X. EL CANSANCIO DE LA VIDA

El cansancio psicológico,

fenómeno de nuestro tiempo
El cansancio es un fenómeno habitual de nues­tro tiempo y constituye una constante del hombre de la gran ciudad, del ejecutivo, o de las personas so­metidas a un trabajo intenso y con muy poco tiem­po libre.

El cansancio se define como una sensación de agotamiento posterior a un esfuerzo de cierta en­vergadura. Y hay varias causas que lo motivan: tra­bajar, estudiar, ordenar papeles personales, el ma­rido, la mujer, la política, etc. Ahora bien, cuando alguien dice que está cansado de la vida, es distin­to, porque todo se presenta inconcreto, abstracto, amplio, difuso, desdibujado, sin una referencia cla­ra y precisa.

Cuando estamos cansados, necesitamos hacer un alto, interrumpir la tarea que tengamos entre ma­nos y reponer fuerzas para recomenzar más tarde con nuevos bríos. Si el cansancio es de un día, una semana o una temporada más larga, debemos plani­ficar los días de descanso y llenarlos de calma y so­siego en función del agotamiento que suframos. El descanso debe combinar la inactividad, el cambio de ocupación y la pausa en la vida diaria.

En el cansancio de la vida, la fatiga no se refie­re a nada concreto; alude a aspectos vagos e impre­cisos. Concierne a la vida como totalidad, un concepto demasiado amplio. El análisis de ese esta­do de ánimo nos obliga a tres cosas:
1. Buscar su porqué (etiología).

2. Describir lo que el sujeto experimenta interiormente (vivencia).

3. Diseñar una fórmula para salir de ella (terapéutica).
Para comenzar trataremos el tema de la vida con unas coordenadas adecuadas.

¿Qué es la vida? Ortega decía en Historia co­mo sistema que la vida es la realidad radical, en el sentido de que todas las demás cosas deben referir­se a ella como un eje desde donde todo tiene senti­do y unidad. Julián Marías, en su Antropología metafísica, nos dice que «el sentido primario de la vida no es biológico, sino biográfico, o mejor aún, trayectoria biográfica». Ferrater Mora enfoca el problema de otro modo cuando dice que nuestro anfi­trión es la realidad, el mundo, lo que está fuera de cada uno y nos rodea. Así, en los últimos años se ha hablado mucho en la filosofía occidental de la vida humana, o simplemente de la vida.

La vida está constituida por un complejo grupo de ingredientes de todo tipo a los que cada hombre debe enfrentarse, por eso en una primera aproxima­ción hablaremos de mi vida, como lo más primor­dial que tengo que hacer; mi vida es lo que soy, lo que hago, la situación en la que me encuentro, y el perímetro humano y cultural que me rodea. Si la fi­losofía es algo, debe guiar la vida de cada uno para orientarla lo mejor posible. Para resumir mejor esta cuestión y centrarnos en el punto que nos interesa, podemos decir que la vida tiene dos vectores esen­ciales: personalidad y proyecto, cuya base es bioló­gica, la realidad corporal.

La unidad interna de la vida
A lo largo de mi vida voy formando mi perso­nalidad y realizando mi proyecto concreto. Por eso, decimos acertadamente «hago mi vida». Es­toy ocupado haciendo mi vida, intentando sacar de ella el mejor partido, pero esa operación proyec­tada en un tiempo futuro debe tener una unidad in­terna: estar constituida por una estructura de carácter global, presidida por la coherencia de sus distintos elementos.

Pero volvamos a nuestro primer punto: la etiolo­gía, donde nos encontramos con causas -preferente­mente físicas- y motivos -fenómenos psicológicos, sobre todo-. Entre ambos se teje un conjunto de fac­tores que, unidos, dan como resultado ese peculiar estado de ánimo. El cansancio de la vida no es cual­quier cosa, sino algo importante; no me puedo reti­rar de ella, ni olvidarme, sino que debo vivirla, anticiparla, andar por ella. Esa es la peculiaridad de este cansancio.

Una de las cosas que más cansan es la lucha permanente con los reveses, sinsabores y frustracio­nes que cualquier vida implica, porque para hacer algo grande en ella hay que luchar mucho, y para sa­lir adelante, quemar las naves. Por eso, la vida es milicia, como decía Séneca. ¡Qué fácil es derrum­barse, venirse abajo ante las adversidades! Y me re­fiero aquí a contratiempos serios, graves, no a invenciones imaginarias o a la dramatización de pe­queñas dificultades. Es decisivo, en tales circunstan­cias, valorar adecuadamente los hechos negativos y positivos, para hacer un balance justo y ecuánime, porque muchas veces el derrotismo nos impide ver las cosas positivas que nos han sucedido y caemos en un error de perspectiva.

En segundo lugar, nos interesa describir cuál es la vivencia del sujeto cansado de la vida, ya que la sensación interior es muy profunda. En sus alvéolos reside una mezcla de sentimientos displacenteros: la desidia, la apatía, el abandono, la impresión de ha­cerlo todo siempre con exceso de esfuerzo; y así to­do se desliza hacia una cierta negligencia; la perso­nalidad se tiñe de un regusto indolente, en el que se alinean la pereza, el desaliento, el pesimismo, el de­sánimo, la melancolía y el sentimiento de impoten­cia con respecto a la vida. Emerge lentamente una especie de agobio decepcionante combinado con la impresión de estar herido o roto por dentro. En el cansancio de la vida el sentimiento interior es de de­silusión.

Ese hombre se vuelve débil, extenuado, lángui­do, aplanado, como algo brumoso envuelto en una tonalidad gris; todo lo invade la indiferencia y la desmoralización, culminando en un estado que de­ja al sujeto a la deriva. Son momentos en los que la vida está en peligro. El gran tema que se plantea en el fondo de esta vivencia no es otro que la amenaza del proyecto personal, que ha ido cayendo en pica­do y corre el riesgo de naufragar. Es una crisis psi­cológica que conduce a la pérdida de ilusión por los anhelos personales y quizá también es un error de estrategia, que puede deberse a muy distintos mo­tivos: exceso de actividades, sin tiempo para casi nada; lucha permanente contra la corriente, sin si­quiera pequeñas gratificaciones; pérdida del sentido de los objetivos propios a causa de un ritmo vertigi­noso de vida; el no saber decir «no» a demandas y exigencias que son imposibles de llevar a cabo; en una palabra: tener un tipo de vida con una tensión excesiva y constante, que requiere un esfuerzo su­perior a las propias fuerzas y que roza el agotamien­to, en un equilibrio inestable casi acrobático.

Según hemos referido, el proyecto se diluye, se desdibuja y pierde sus contornos. Todo se toma bo­rroso y poco claro, y uno no entiende lo que pasa por estar siempre abrumado. En consecuencia, no se sabe qué hacer con la vida y nos sentimos desfa­llecidos. Esta corriente despiadada y brutal parece que se lo llevará todo por delante; ese hombre em­pieza a no hacer pie, a perder el equilibrio y a hun­dirse. La evolución anímica va cambiando y ahora se ve llena de tedio, y saciedad, de un vacío terrible y descorazonador que se vive como empalago de rutina y desinterés; en una palabra: hastío. Por ello, hay una expresión coloquial muy acertada que defi­ne lo que aquí sucede: estar quemado, que implica una serie de fracasos no digeridos, de tropiezos sin superar y de contrasentidos rotundos. Se anuncia el derrumbamiento de un hombre desanimado, que se siente impotente y está decepcionado.

¿Qué hacer? La mejor terapia consiste en tres operaciones complementarias:
1. Replantearse la vida en ese determinado momento, con toda la experiencia adquirida, para procurar no caer en los mismos errores; intentar ver la propia vida desde el patio de butacas, con obje­tividad, cueste lo que cueste.

2. Poner orden, porque es necesario estable­cer una jerarquía de valores y preferencias, con rea­lismo y conociendo las limitaciones personales, no queriendo «tocar demasiadas teclas». También es necesario aprender a decir «no», evitando así el des­bordamiento. Esto hay que unirlo a dos notas inte­resantes: a) renovar las ilusiones perdidas, puesto que la felicidad, si consiste en algo, es en eso: tener ilusiones, esperar, anticipar cosas buenas; y b) ade­más, aprender a disfrutar de la vida, desconectan­do de las mil cosas que trae consigo para un hombre lleno de ocupaciones.

3. Finalmente, aplicar una voluntad firme pa­ra llevar a cabo esos propósitos: determinación fé­rrea, decisión esforzada y empeño inquebrantable.
XI. LA ANSIEDAD

DEL HOMBRE DE HOY

Luces y sombras de la sociedad posmoderna
Estamos en la era psicológica. Al llegar a este tramo final del siglo XX podemos afirmar sin temor a la exageración que el hombre se ha psicologizado. Cualquier análisis de la realidad que se precie va a descansar en el fondo sobre elementos psico­lógicos. ¿Por qué? ¿Qué ha pasado para que se ha­ya operado este cambio tan ostensible? ¿Cuáles podrían ser las claves que expliquen este fenóme­no? No se puede dar una respuesta sencilla que re­suma todo lo que está sucediendo. Son muchos los factores que han originado esta instalación en el campo de la psicología, este irnos a vivir a territo­rios psicológicos.

En mi libro La ansiedad abordo éste y otros problemas parecidos; para responder a la pregunta que antes nos formulábamos, hay que observar las luces y sombras de nuestra época actual.

Lo positivo de nuestros días ilumina la reali­dad desde distintos ángulos. Por una parte, están los grandes avances conseguidos en los últimos años en la ciencia, así como la acelerada tecnificación que nos ha permitido metas hasta ahora insos­pechadas. La revolución informática nos simplifica el trabajo mediante la ordenación y procesamiento de datos. De otra parte, la denominada revolución de las comunicaciones: ya no hay distancias en el mundo; en pocas horas nos plantamos en el otro extremo de la Tierra. Esto era inimaginable hace tan sólo unos años. También hay que subrayar el despertar de muchas conciencias dormidas en pla­nos esenciales de la vida: los derechos humanos han alcanzado cimas nuevas, así como la llegada de la democracia a una gran mayoría de países que ahora viven en libertad. La progresiva preocupación por la justicia social, que está llevando a una mayor equidad y a la existencia de una clase me­dia cada vez más sólida y estable. Está claro que en este recorrido nos referimos a los países libres, no a aquellos que están sometidos a la tiranía co­munista, en donde el hombre es un tornillo de la maquinaria del Estado, oprimido y aplastado en sus libertades más elementales.

En esta línea positiva hay que destacar los altos niveles de confort y bienestar, que han cambiado la vida del ser humano de nuestros días, si lo compa­ramos con el de principios de siglo o si nos remon­tamos más atrás, a la última etapa del siglo XIX. Hoy los matrimonios jóvenes a los pocos años de vida conyugal viven como lo hacían sus padres casi al fi­nal de su vida. Ha cambiado el sentido del ahorro y la vida se ha orientado mejor: no esperar al último tramo de la vida para disfrutar de un cierto grado de comodidad y desahogo. La cultura burguesa estuvo centrada en el ahorro, la moderación, las costum­bres puritanas y,
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