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fecha de publicación05.01.2016
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apuntando siempre hacia el día de mañana. Hoy las cosas han cambiado. La cultura posmodernista de nuestros días gira en torno al consumismo, el hedonismo, la permisividad y el cul­to por el instante transitorio.

Otros hechos positivos son la igualdad de oportunidades, la facilidad progresiva para que la cultu­ra llegue a todos. La conciencia ecológica, que demuestra una nueva sensibilidad por la Naturale­za, los espacios verdes y su posible degradación. La nivelación hombre-mujer, en el sentido de ir supe­rando el enorme machismo existente en casi todos los países civilizados, así como el acceso de la mu­jer a todo tipo de actividades profesionales, hasta hace poco reservadas sólo al hombre. De aquí parte la ruta hacia un feminismo bien entendido, que con­serva el papel de la feminidad, pero que insta a la mujer hacia un mejor despliegue de su proyecto per­sonal. La nueva condición femenina va evitando la discriminación política, intelectual, profesional, ar­tística, etcétera.

Pero en la cultura occidental actual, como he­mos ido afirmando a lo largo del libro, hay sombras importantes. Algunas insospechadas, sorprendentes. Los ismos más importantes son los siguientes: el materialismo, el hedonismo, la nueva ética hedonista con varias notas muy particulares: el consumis­mo, la permisividad, revolución sin finalidad y sin programa, que declina hacia el descompromiso...

¿Qué es lo que todavía puede sorprender y escandalizar? Hay que ir por ello. ¿Quién da más? ¿Y por qué no?...

Consumismo, permisividad, vacío
Al mismo tiempo se ha ido produciendo una in­gente información, minuciosa y prolija, que nos lle­ga de aquí y de allá; pero esa información no es formativa, no construye, no edifica un hombre mejor, más rico interiormente, que apunta hacia el huma­nismo y los valores. Antes, al contrario, va gestan­do un individuo frío, desconcertado, abrumado por tanta noticia negativa, incapaz de hacer la síntesis de todo lo que le llega. Se entra así en una forma especial de masificación, gregarismo: todos dicen lo mismo, los tópicos y lugares comunes se repiten de boca en boca. Se alcanza así una cima desolado­ra y terrible: la socialización de la inmadurez, que se va a definir por tres ingredientes: desorientación (no saber a qué atenerse, carecer de criterios firmes, flotar sin brújula, ir poco a poco a la deriva), inver­sión de los valores (como una nueva fórmula de vi­da, con esquemas descomprometidos) y un gran va­cío espiritual pero que no comporta ni tragedia ni apocalipsis.

Así las cosas, ya casi nadie cree en el futuro. Se ha disuelto la confianza en el porvenir ante el espec­táculo que tenemos delante. Ya no hay casi heroís­mos ni entusiasmos en los que se arriesgue la vida. Nos vemos frente a frente con un hombre cada vez más endeble, indiferente y permisivo, que navega sin rumbo, perdido el objetivo de mira y los grandes ideales.

La ansiedad va surgiendo en los recodos de es­te análisis. Si la ansiedad es algo concreto podemos definirla como anticipación de lo peor. En ella el presente está empapado de un futuro incierto, teme­roso y cargado de malos presagios. Esto conduce a estar en guardia, en estado de alerta, al acecho con una atención expectante.

Sociedad decadente y opulenta, en donde todo invita al descompromiso. Pasión de sensaciones y muerte de los ideales. Esto va a conducir a una pro­gresiva incapacidad para el amor auténtico, para la entrega a otra persona buscando su felicidad. Apoteosis de la indiferencia pura y, a la vez, del deseo de experimentar mil sensaciones variadas y excitantes, por si alguna nos diera la clave de la existencia. De aquí se van a derivar tres nuevas epi­demias. Ya no observamos las antiguas epidemias de langostas o esos otros males que afectaron al hombre de siglos pasados.

¿Qué hacer ante la realidad que vivimos? No es fácil dar soluciones sencillas ante un panorama tan complejo. Hay que volver a un humanismo cohe­rente comprometido con los valores. Esto hará que se recupere el sentido de la vida. Spengler publicó en 1917 su libro La decadencia de Occidente. Pien­so que éste tiene una vigencia muy actual. Algunas de sus observaciones terapéuticas podemos tomarlas literalmente, cuando expone su teoría de las cuatro edades de la cultura: Oriente, la antigüedad clásica, el mundo árabe y Occidente. Este trata­miento apuntaría hacia una rehumanización de la sociedad, el no dejarse invadir de tantos esquemas publicitarios e informativos que terminan defor­mando al hombre, la búsqueda de un sentido tras­cendente y el ir edificando una cultura digna, que lleve a un crecimiento interior qué haga más huma­no al hombre, que le llene de amor y libertad.

Rectificar el rumbo, cueste lo que cueste. Y re­cordando que siempre hay buen viento para el que sabe adonde va.

XII. PSICOLOGÍA DEL FRACASO

¿Qué se siente en el fracaso?
Es frecuente hablar del éxito, del triunfo, de có­mo alcanzarlo y de la psicología del que llega a esas cimas, pero pocas veces se estudia el fracaso y el va­lor de las derrotas.

El fracaso es necesario para la maduración de la personalidad. La vida humana está tejida de acier­tos y errores, de cosas que han salido como se ha­bían proyectado, y de otras que no han llegado a buen puerto. La existencia consiste en un juego de aprendizajes. Por lo general, se aprende más con los fracasos que con los éxitos o, por lo menos, tan im­portantes son los unos como los otros.

Pero, ¿a qué se le llama fracaso? Podemos defi­nirlo del siguiente modo: es aquella experiencia in­terior de derrota, consecuencia de haber comprobado que algo en lo que habíamos puesto nuestro esfuer­zo e ilusión no ha salido como esperábamos. Es la conciencia de no haber cubierto la meta propuesta. La vivencia inmediata es negativa, está surcada por una mezcla de tristeza y desazón interior. ¿Qué ca­racterísticas tiene el fracaso desde el punto de vista psicológico?
1. La nota inmediata es una cierta reacción de hundimiento. En ella se alinean una mezcla de me­lancolía, frustración y malestar interno muchas ve­ces presidido por sensaciones indefinibles. Según la importancia del tema así será la altura, la anchura y la profundidad de los sentimientos que se convo­quen. No obstante, hay que hacer una observación complementaria: en personas hipersusceptibles o con un bajo umbral a las frustraciones, cosas menu­das, de escasa importancia, son vividas de forma exagerada. A esto se le llama dramatizar: que no es otra cosa que un mecanismo de defensa, por el cual se agranda cualquier contrariedad.

2. A continuación se produce lo que llama­mos en la psicología moderna respuesta cognitiva, que es una especie de análisis subterráneo que pretende desmenuzar el porqué de este resultado. Nuestro cerebro funciona como un ordenador ad­vertido de sí mismo. A él le llega una serie de in­formaciones que es menester procesar de forma adecuada.

3. Aflora sobre la marcha una cierta paralización. Sorpresa, perplejidad, bloqueo, no saber qué hacer... Si el asunto es importante, uno suele estar acompañado por personas que ayudan a pasar la travesía de mejor manera. En tales casos, la frase oportuna, la capacidad para sobreponerse, el recibir argumentos sólidos o simplemente el sentirse acompañado, pueden ser los elementos esenciales de la ayuda.

4. No es lo mismo que se trate de un fracaso afectivo, que profesional o económico. El termóme­tro de intensidades dependerá en buena medida de los argumentos que cada uno tiene como fundamen­tales para su vida. Hasta hace unos años, podíamos afirmar que la mujer era especialmente sensible a los fracasos afectivos, mientras que el hombre lo era para los profesionales. Hoy las cosas han cambiado. La incorporación a las profesiones liberales y los trabajos tradicionalmente masculinos han hecho gi­rar las tornas. No obstante, estos dos ejes vertebran en sentido general dos grandes motivaciones: la afectiva y la profesional.

La patria del hombre son sus ilusiones
La patria del hombre son sus ilusiones. La vi­da es siempre anticipación y porvenir. Somos pro­yectos. El hombre es, sobre todo, futuro. Ahí se engarzan los pequeños objetivos, las metas y tan­tos afanes como jalonan su recorrido. Y para que éstos salgan adelante, es necesario que sean con­cretos, bien delimitados, con unos perfiles nítidos, sin intentar abarcar demasiado. Después, manos a la obra. La vida es como un bracear de uno mismo con la realidad.

Pero hay que ser realista. ¡Cuántos propósitos y afanes no salen simplemente por falta de tiempo o por no haberlos perseguido con el suficiente esfuer­zo! En el fracaso brota el desaliento. Abandonar la meta y darse por vencido. Como contrapartida apa­rece la fidelidad y el tesón, cueste lo que cueste. Es volver a las pequeñas contabilidades: al haber y de­be seguido de cerca, pero con visión de futuro.

Me interesan los perdedores que han asumido su derrota y han sabido levantarse de ella. Es grande ver a un hombre crecerse ante el fracaso y que empieza de nuevo. Llegará el día -si insiste con tenacidad a pesar de todo- en que esa persona se vaya haciendo fuerte, rocosa, recia, compacta, igual que una fortaleza amurallada. Sabiendo que por encima de la tempestad que ensordece o del oleaje vibrante y amenazador, su rumbo está claro, sus ideas siguen siendo conseguir los puntos de mi­ra iniciales.

Ahí se inician los hombres de vuelo superior. Que no son los que siempre vencen, sino los que sa­ben levantarse, aquellos que tienen capacidad de reacción, sabiendo sacar pequeñas lecciones al filo de los acontecimientos menudos de la vida ordina­ria. Dice el refrán castellano que nadie escarmienta en cabeza ajena; pero, a veces, ni en la propia. Se trata de abrir bien los ojos e ir adquiriendo ese saber acumulado que constituye la experiencia de la vida. Conocimiento subterráneo que opera al actuar, por­que la vida es la gran maestra, enseña más que mu­chos libros.

Un hombre así es como un fuego que está siem­pre ardiendo. Es muy difícil apagarlo. Incluso en los peores momentos hay un rescoldo latente debajo de las cenizas. Ahí se inicia el volver a empezar.

Es la hora del balance personal. Y también, de retomar el hilo de los objetivos, con sus dos orillas.

Una, hecha a base de orden y constancia. El orden nos ayuda a planificar bien las cosas, a sistematizar­las y a trazar una jerarquía de aspiraciones realistas y exigentes a la vez. Constancia es tenacidad, insis­tencia, no ceder terreno, no darse por vencido, per­severar sin desaliento. La otra orilla es la voluntad, ya que ésta no se tiene porque sí, sino que se consi­gue a través de repetidos esfuerzos y ejercicios en esa dirección; ese proceso tiene siempre un fondo ascético, trenzado de lucha y negación.

Madurez y fracaso
Así, el hombre se reconcilia con su pasado. Lo asume y es capaz de superarlo en sus aspectos ne­gativos y dolorosos. La madurez implica vivir ins­talado en el presente, teniendo digerido el pasado y estando abierto hacia el porvenir, que es la di­mensión más importante de la temporalidad. Binswanger hablaba de la historia vital interna, como una especie de subsuelo biográfico. Esta es una de las tareas primordiales del psiquiatra: bajar a los sótanos de la personalidad y observar lo que hay allí, intentando poner orden y jerarquía en sus pro­fundidades. En muchas ocasiones, la labor psico­lógica consiste en ayudar a hacer una lectura positiva del pasado, valorando mejor las distintas etapas del viaje.

Si el sufrimiento es la forma suprema de apren­dizaje, de él hemos de sacar provecho. La vida tie­ne distintos sabores; a lo largo de ella el paladar se va acostumbrando a captar sensaciones de todo ti­po. Lo importante es no perder el hilo conductor de la existencia, tener claros los objetivos, no de­rrumbarse ante las contrariedades ni ante tantos imprevistos como, de un modo u otro, habrán de sobrevivir a toda empresa personal.

No se puede vivir sin ilusiones. Y para que éstas salgan es necesario tener un afán de superación permanente. Ahí está la esencia de muchas vidas ejemplares. Siempre fuertes, a pesar de la adversidad. Esa es, para mí, la mejor fórmula para llegar a ser uno mismo.
XIII. PSICOLOGÍA DE LA DROGA

El tema de la droga tiene hoy proporciones gigantescas. No es una cuestión que pueda ser resuel­ta por un solo país, sino que es necesario una movilización general.

Pero lo que quiero tratar es por qué se drogan los jóvenes, qué mecanismos se dan en su psicolo­gía para verse inclinados a ella, qué resortes se con­jugan para sentirse atraídos en esa dirección.

Voy a enumerar los principales motivos que predisponen y desencadenan la tendencia a las drogas:

1. Los jóvenes empiezan a drogarse por curio­sidad, para saber qué es eso, en qué consiste, qué se experimenta. Como esto sucede en un círculo juve­nil muy contagioso, los que en principio no la prue­ban son tachados de personas no abiertas a la realidad, retrógrados y atrasados, con lo que en se­guida abandonan esa postura. Da la impresión de que para atravesar los umbrales de la adolescencia y pasar a la juventud es menester tomar contacto con ellas.

2. Los jóvenes empiezan a drogarse porque está de moda y se lleva. Este argumento no tiene va­lor para las personas de criterio, pero en la adoles­cencia es casi sustancial. Y las modas se contagian más que las infecciones: éste es un dato extraído de la sociología diaria. Hay que tener mucha persona­lidad y un entorno en donde uno se pueda sentir arropado para no dejarse llevar por esa corriente.

3. El mundo de la droga significa para el jo­ven satisfacer su sed fáustica de aventuras, su ne­cesidad de nuevas experiencias: el deseo de verlo todo, mirarlo todo, curiosear en los entresijos de uno mismo y bajar a los sótanos de la personalidad para descubrir qué encuentra uno allí. Esto, en el lenguaje coloquial de los jóvenes, se expresa así: «Quiero vivir intensamente, experimentar sensa­ciones nuevas e intensas», en un afán desordenado por bucear en todos los rincones de la vida psíqui­ca. Hay también un deseo de escapar de uno mis­mo de vez en cuando, abandonarse en una pasivi­dad que repudia todo lo que significa esfuerzo y responsabilidad.

4. La droga es siempre evasión. Los adolescentes y los jóvenes tienen como una especie de sismógrafo interior capaz de detectar muchas cosas negativas de la sociedad de los mayores. Se produce una reacción contra los adultos y la sociedad que ellos han creado: racionalista, centrada en el éxito y en el dinero, burocrática, montada sobre el consumo, muy alejada de los valores y de lo espiritual.

Rematan su análisis diciendo: «Esta sociedad no me gusta y quiero escapar de ella, ir haciendo otra dis­tinta que no tenga estas coordenadas.» Así se inicia esta fuga hacia los paraísos artificiales que la droga promete y que arrancan de su crítica del «establishment» de los mayores: buscando una nueva libertad que a medio-largo plazo termina en una sugestiva prisión donde va a ir quedándose atrapado física, psicológica y socialmente.

Evasión y protesta son dos notas clave para comprender la psicología de esta plaga social. Por eso podemos descubrir un cierto fondo positivo: el que se droga rechaza conformarse con el mun­do y pretende otro mejor. Desaprueba una realidad considerada como prisión. Y aquí caben muchas observaciones que ciertamente son atinadas: la moral interpretada como hipocresía, la felicidad como autoengaño y la vida como tener y acumu­lar. Eso es lo que ellos captan y el mensaje cifra­do que transmiten.

5. La droga es también una
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