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fecha de publicación05.01.2016
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reacción al vacío espiritual de nuestro tiempo. El hombre necesita del misterio, decía Heidegger. Hay en su fondo más ín­timo una aspiración hacia lo trascendente. Y para muchos esta inquietud se sosiega en estos parajes. En el gran viaje se esconde una pretensión de tras­cendencia, una forma pervertida de la mística, sal­tándose la ascética y todo lo que de ella se deriva. La sed de infinito que todos llevamos dentro se sa­tisface mediante la llave ilusoria de la droga. La pa­ciente aventura de ascética austera, es sustituida por la química que la droga ofrece. La droga es una seudomística en un mundo materialista, hedonista y de consumo. Por eso podemos decir que la dro­ga subraya el vacío de nuestra sociedad. La falta de consistencia en algo sólido y que sea capaz de llenar tantos huecos como tiene el corazón del hombre.

6. La droga permite alejar el dolor y el sufrimiento, desterrar los sentimientos de fracaso y frustración -al menos momentáneamente-. Pero no hay que perder de vista que el sufrimiento es la vía regia de aprendizaje. Decía el maestro Eckart que el sufrimiento bien aceptado es la cabalgadura que con más rapidez conduce al mejoramiento del ser humano. El drogadicto ha renunciado a luchar, quiere sólo las sensaciones evanescentes de flotar y suspenderse en el océano de las vivencias nirvánicas. Por eso, cuando está en pleno proceso
de tratamiento, vuelve a caer en la droga ante situaciones negativas, problemas o dificultades. Escoge el camino más rápido, pero también el más frágil y voluble. Y lo que ocurre es que la droga le tiende una trampa psicológica: pensar que esa huida de las contrariedades es duradera. Esto va a ir significando la pérdida de la libertad interior y la sumisión a un dueño fanático y devorador. Es la dependencia.

7. Del apartado anterior se deriva que la droga representa un medio para incrementar las vivencias de libertad e independencia. Se escamotea, de este modo, el sentido auténtico de la libertad. La libertad tiene un objeto: el bien. Y el bien es aquello capaz de saciar la más profunda sed del hombre. La respuesta a tantas preguntas existenciales decisivas. Se aterriza así en una pasión inútil, totalitaria y descomprometida. Una trampa. En ella se camufla la búsqueda del proceso de identidad personal.

8. Una vez instalado en la droga de una mane­ra más o menos estable, las motivaciones cambian. Se combate con ella el aburrimiento y la falta de un proyecto de vida coherente y realista. El joven se va viendo empujado por una psicología de personas que se arremolinan en tomo a este dios mágico y maravilloso que todo lo arregla de inmediato, pero que pasa una terrible factura por ello: la dependencia y la tolerancia. Por la primera el sujeto no pue­de dejar de consumirla, ya que si no aflora el célebre síndrome de abstinencia o «mono». La dependencia es la progresiva adaptación biológica del organismo, de tal forma que si se interrumpe el consumo se al­teran algunas constantes biológicas. Esto tiene una base metabólica, que no es otra cosa que una protes­ta celular. La tolerancia aparece en una fase poste­rior y consiste en la necesidad de ir incrementando progresivamente la dosis para producir los efectos del principio.

9. La relación con la droga se inscribe en una inexorable subordinación. Ese aferramiento, en vez de hacer progresar, detiene y aprisiona. Hay en ellos unos registros esclavizantes, de tiranía, de apasiona­miento incoercible. El alemán Von Gebsattel, al es­tudiar este fenómeno, utiliza la palabra Sucht, que no tiene una correspondencia directa en castellano. Sucht señala un estado de ánimo que expresa un comportamiento equivalente a avidez, pasión incon­trolable o impulso irracional e incoercible. Pero such procede del verbo alemán sachen, que signifi­ca «buscar». ¿Búsqueda de qué? De la clave que nos da la respuesta última de la existencia... Pero ras­treando más a fondo, lo que de verdad busca el jo­ven es la liquidación de su yo cotidiano, rutinario, estrecho y anodino, y sumergirse en un viaje que pa­rece que apunta al infinito.

La drogodependencia es la expresión permanen­te del mito de la ambrosía: aquella sustancia que, al tomarla los dioses, les hacía inmortales sin esfuerzo alguno.

XIV. LA VIDA NO SE IMPROVISA

La vida como problema
Cada vida humana es una trayectoria dinámica, viva, amplia y plural. Podemos decir que la vida hu­mana es como un problema que hay que ir resolvien­do sucesivamente, al ritmo de su desarrollo. Y como cualquier problema, lo importante es plantearlo bien. Esto es decisivo. Será el mejor modo de que las solu­ciones y el enfoque sean los más adecuados posibles; éstas siempre serán de dos tipos: teóricas y prácticas.

Tener la vida bien planteada es clave. Aunque no podemos perder de vista el azar y tantos posibles imprevistos como pueden aparecer, es esencial el punto de partida. Y éste es siempre teórico, argumental. Para que pueda iniciarse adecuadamente han de estar cubiertas las necesidades básicas; si no, hay que cubrirlas, y eso exige ya ciertos planea­mientos demasiado prácticos.

Creo que es en la familia donde se aprende, de entrada, a plantear adecuadamente la vida. Hay fa­milias con una especial habilidad para esto: todo se traza con buena cabeza, con orden, con realismo, pe­ro también con buenas dosis de exigencia personal. Por el contrario, hay otras en las que todo va a la de­riva, sin orden ni concierto. Buscando salidas a los problemas que se van presentando, pero sin que exista realmente un programa de futuro.

Los psiquiatras sabemos la enorme importancia que tiene el troquelado familiar en la formación de la personalidad. Para llegar a uno mismo hay que partir de posiciones realistas, pero envueltas en optimismo y afán de superación. En algunas ocasiones el plantea­miento que se hace es incorrecto, porque los juicios so­bre las posibilidades y valores de uno mismo se han hecho defectuosamente. El desconocimiento propio y la exageración de los aspectos negativos es un buen exponente de ello. Conocer nuestras aptitudes y limi­taciones es saber nuestra geografía y fronteras.

Existe un mecanismo de defensa bastante fre­cuente en el ser humano: echar una mirada en derre­dor, decir: «¡Qué mal está todo!» y zambullirse en el mar de lo negativo, bajando entonces el nivel de exigencias y proyectos. En esa actitud hay mucha lamentación y poco esfuerzo: se volatizan las ilusio­nes, la voluntad se vuelve vaporosa y se fomenta el desaliento y la mediocridad.

Que la información sea formativa
Una tarea decisiva es la de intentar apresar la ri­queza y complejidad de lo que significa vivir, atra­vesando ese sinfín de cosas, hechos y acontecimien­tos que cruzan la vida a diestro y a siniestro. Y para llevar a cabo esta importante tarea es necesario estar avisado de un fenómeno, muy característico de nues­tros días. Estamos cada vez mejor informados. Pero esa minuciosa y milimétrica información no es formativa: no se acompaña de unas notas positivas, que ayuden al hombre a enriquecerse interiormente, a ser más completo, más sólido, en una palabra, más hu­mano, con más criterio, mejor. El resultado es la con­ciencia de encontrarse perdido, sin saber a qué atenerse, sin tener respuesta para tantos interrogan­tes como van planteándose. El estado anímico inme­diato es la perplejidad: falla la teoría, la base sobre la que el hombre debe sustentarse y entonces va hacia abajo, perdiendo pie y apoyo: hundiéndose.

En esos momentos es más necesario que nunca saber que la vida no se improvisa, sino que se pro­grama. Esto comporta, pues, un planteamiento pre­vio, una filosofía de vida. Son nuestros proyectos, sustentados por nuestras ideas y creencias. Será la mejor manera para ir tras aquel precepto de Píndaro: «Llega a ser el que eres.» Sacar lo mejor de uno mismo. Esta es la mejor fórmula algebraica para ha­cer funcionar la vida, resolviéndola, en medio de los vaivenes.

Los proyectos son la articulación que enlaza las distintas etapas de la historia personal. Cada bio­grafía es como un gran río a donde van a parar pe­queños afluentes que le dan hondura a sus cauces. Así se perfila la vida, anticipándonos a ella: adelan­tándonos, para organizaría y evitar que nos arrolle con su vorágine.

Ahora bien, las cosas no son tan simples. Cada historia humana está transitada por mil azares imprevisibles. Lo importante es que ninguno sea tan fuerte, tan duro, que sea capaz de torcer o cambiar radicalmente la trayectoria emprendida. En ese ca­so el revés es traumático, terrible, definitivo. Y pue­de obligar a cambiar el rumbo personal.

Nos hospedamos en el presente,

pero viajamos hacia el futuro
Por esto, el análisis biográfico, el estudio minu­cioso de una historia humana concreta no se puede realizar sólo desde la cima; es necesario sumergirse y ver qué hay dentro. Me refiero a los motivos: aque­llo que mueve, que arrastra, que tira de nosotros ha­cia delante con fuerza. Nos hospedamos en el presente, pero con tal fugacidad, que toda travesía personal no es otra cosa que una ecuación entre pa­sado y futuro. Ésa es la dialéctica de cada recorrido biográfico: nos apoyamos en el pasado, habiéndolo asumido y aceptado, con todo lo que ello comporta; pero vivimos empapados de porvenir, llenos de pro­yectos concretos, precisos, realistas, bien dibujados y no exentos de ilusión y entusiasmo.

Para programar la vida hacen falta esos dos componentes: ilusión y entusiasmo. Uno y otro des­tilan alegría de vivir, afán de superación permanen­te, capacidad para remontar los reveses, deseos de llegar a ser uno mismo.

Detenernos en la historia de una persona es me­temos en sus entresijos. Se trata de una tarea de ex­plorador. Eso es lo que hacemos tantas veces con la vida ajena: colarnos en ella y, ver lo que pasa y lo que hay en su interior, o bien, pasar de largo y seguir nuestro camino. La vida ajena singular (no masificada) es siempre interesante e invita a contrastarla con la propia. Pienso que hoy vivimos una cierta vuelta al Romanticismo del siglo XIX: nada interesa tanto como la vida de las personas públicas, y, de modo especial, su dimensión sentimental.

De lo que se trata es de buscar el sentido de la vida, el hilo conductor que, a pesar de los cambios, permanece. Descubrir su razón de ser. Así nos va­mos abriendo camino en medio de tantos aconteci­mientos y circunstancias. La vida es tan rica y compleja que hay que espigar el trigo de la paja: distinguir lo accesorio de lo fundamental. Así nos quedaremos con la llave del problema, que es capaz de explicamos su contenido, sus giros, sus cambios.

Ortega hablaba de la razón vital. Esta explica, comprende y da sentido a la vida. Y lo hace convir­tiéndose en razón histórica personal Sólo se com­prende una vida, sólo se la puede analizar y captar con profundidad, estudiando su secuencia histórica: qué ha pasado con ella, qué le ha sucedido por den­tro, qué móviles la han puesto en marcha, cuáles han sido sus éxitos y sus fracasos y cómo se han vivido, qué huellas han dejado las alegrías y las tristezas, qué roturas y qué arreglos se han ido produciendo... y así un largo etcétera.

La vida tiene dos ópticas: desde dentro (ésta es la intrahistoria en el sentido de Unamuno) y desde fuera. La primera es profunda y la segunda, super­ficial. Una es privada y otra pública. La distancia en­tre ambas es la misma que se establece entre lo que es verdadero y lo que es falso. Ahí entra la labor de in­terpretación: reconstruirla, pero andándola por sus pa­sadizos internos. Será la mejor manera de dar con el teorema geométrico final que la resume y sintetiza.

Cuántas veces erramos al contemplar la vida de los que nos rodean. Esto lo sabemos muy bien los psiquiatras, que, por razón de nuestra profesión, nos asomamos al interior de muchas de ellas. El estudio riguroso de una biografía se apoya en cuatro dimen­siones básicas: biológica, psicológica, social y cul­tural. Entre unas y otras se establece una tupida red de influencias recíprocas, que hacen de ella una es­tructura.

De aquí llegamos a la tarea final: el debe y el haber. No valen ya las apariencias: en nuestro fue­ro interno emerge la realidad que somos. Ahora bien, cualquier contabilidad sobre la propia vida es siempre deficitaria y dolorosa. Lo es porque ésta es siempre incompleta, llena de lagunas y cuestiones pendientes, con muchas cosas por hacer.

Planear la vida, diseñarla, ponerle fronteras, acotarla, dibujar sus contornos y luego andarla. Es­te debe ser el objetivo para llegar a uno mismo, pa­ra ser individuo, persona, sujeto con una identidad clara, hombre no masificado. La otra cara de la mo­neda es la del hombre que va tirando, que vive im­provisando, traído y llevado por el bamboleo de tanta circunstancia inesperada.

XV. LA FELICIDAD COMO PROYECTO

La felicidad:

la aspiración más completa del hombre
La felicidad es la vocación fundamental del hombre, su primera inclinación primaria y hacia la que apuntan todos sus esfuerzos, aun en las situacio­nes más difíciles y complejas en que pueda verse el hombre. Unas veces se presenta de forma clara y concreta; otras, lo hace de modo difuso y abstracto. Su objetivo es la realización personal plena, que se concreta en dos segmentos clave: 1) Haberse encon­trado a sí mismo, es decir, tener una personalidad sólida con la que uno se encuentra a gusto. 2) Tener un proyecto de vida.

Estas son las notas primordiales que hacen fe­liz, pero nos referiremos especialmente a la segun­da. ¿Qué significa tener un proyecto de vida? ¿Qué quiere decir esto? ¿Cómo debe ser entendido? La fe­licidad consiste sobre todo en ilusión, que es la me­jor forma de ser feliz, porque se vive la vida con anticipación, porque lo diseñado, cuando llega, lo saboreamos lentamente con todas sus ventajas. La felicidad supone encontrar un programa de vida atractivo, satisfactorio, capaz de llenar y que sea el elemento complementario de la existencia, el texto biográfico. La vida es argumental y el proyecto es su contenido. A continuación veremos cuáles son sus principales características.

El proyecto debe ser personal, y como protago­nista del mismo, su arquitectura la elaboro yo según mis preferencias. No hay que perder de vista a la ho­ra de practicarlo la vieja distinción del pensamiento medieval entre desear y querer.
1. Desear se mueve en el plano de lo senti­mental, prospera en el terreno emocional. Uno pue­de desear esto o aquello, pero sin más.

2. Querer es un acto de voluntad, traduce un empeño, un tesón, una lucha constante por el objetivo.
Esto responde a unas aspiraciones particulares que constituirán el texto de la vida propia, y que dan sentido a la trayectoria de cada uno. La idea de sen­tido aquí adquiere tres connotaciones:
1. Contenido o tejido sustancial del programa.

2. Dirección, que es el aspecto vectorial de la travesía personal.

3. Unidad o estructura compacta donde que­darán integrados armónicamente una serie de ele­mentos.

Es necesario conocer bien el contexto y las coordenadas de la realidad en que nos desenvolve­mos para que nuestro proyecto personal se realice, lo cual comporta dos condiciones: saber qué aptitu­des y limitaciones personales nos definen, para lo cual se requiere un serio esfuerzo si queremos rea­lizarnos personalmente. Asimismo, hay que comba­tir dos peligros:

4. La dispersión, es decir, la falta de profun­didad en los asuntos debidos a los deseos excesivos en querer llevar todo a cabo y sentirnos, en conse­cuencia, desbordados.

5. El compromiso constante por las cosas que nos rodean o las personas, para ello deberemos aprender a hacer uso de la negativa y comprometer­nos con aquello de lo que estamos seguros poder lle­var adelante.
Para la ejecución de dicho proyecto son necesa­rias las siguientes condiciones: a) el orden; b) la constancia; c) la voluntad.

El orden es jerarquía, disciplina, saber que unas cosas son prioritarias a otras y que es necesaria una cierta programación, y produce paz y serenidad.

La constancia es empeño, incidencia, no ce­der terreno, no darse por vencido, perseverar... Así, los propósitos se van haciendo férreos, fir­mes, sólidos, pétreos. Hay que ser obstinados con nuestro proyecto personal, es la única manera de que salga adelante.

La voluntad es la capacidad psicológica que lle­ga a ser algo anticipando consecuencias. Es decir, que la voluntad se educa a base de ejercicios repeti­dos de entrenamiento, a través de los cuales uno busca lo mejor, aunque le cueste; siempre existen en este trasfondo unas notas marcadamente ascéticas. El hombre con voluntad suele llegar más lejos que el inteligente porque es dueño de sí mismo, pero no hay que olvidar que tener una voluntad constante no es fácil, requiere aprender a negarse ante lo inme­diato, buscando lo que está por llegar.

El que tiene voluntad es verdaderamente libre, consigue lo que se propone.

Por consiguiente, debo estar preparado para cualquier tipo de eventualidades que puedan sobre­venirle a mi proyecto, debido a que la vida tiene siempre recodos imprevisibles y azarosos; está teji­da de hilos que se enlazan y se entrelazan, por lo que la necesidad, antes o después, de restaurar el pro­yecto es inminente: cambiando, puliendo y perfilan­do sus aristas.

Tetralogía de la felicidad
En alguna ocasión he comentado la tetralogía de la felicidad que yo propongo: encontrarse a sí mis­mo, vivir de amor, trabajar con sentido y poseer cul­tura como apoyo. Si además de tener un proyecto por el que luchar tenemos estas tres características, seremos felices.

Por eso, a medida que pasan los años tengo más elementos de juicio para analizar cómo va mi vida y al hacerlo extraigo de él haber y debe. Me exami­no, y cada etapa del viaje me ofrece una totalidad interna: alegría, tristeza, decepción, abandono de las metas propuestas, etc., sin olvidar que todo análisis de la vida personal es siempre doloroso porque, a través de él, cada segmento del trayecto recorrido rinde cuentas de su viaje.

Por el amor tiene sentido la vida. El ser huma­no no puede vivir sin un amor en el corazón: es ani­mal amororum, y ahí reside lo más genuino de su condición.

El amor es tendencia, inclinación hacia la per­sona amada, impulso que lo arrastra hacia ella bus­cándola. Dice el conde Danilo a la viuda alegre cuando acepta su amor: «Toco el cielo cuando es­tás junto a mí.» En una palabra, amor es sentirse arrebatado y percibir un incendio que ayuda a mo­ver los proyectos personales, y también esto es vá­lido para lo divino, puesto que Dios debe ser alguien personal.

Ya que nos pasamos la vida trabajando, conclui­mos que el amor por el trabajo bien hecho nos hace saborear la felicidad; amor y trabajo conjugan el verbo ser feliz.

Con respecto a la cultura, su aspiración funda­mental es la libertad; sirve para aprender la realidad, vivir en ella y saber a qué atenerse. Por otro lado, ayuda al hombre a que su vida sea más humana y le revele sus posibilidades. Es un factor que bien en­tendido hace reconciliables progreso técnico y pro­greso humano.

Por último. Infelicidad es comparable a un rompecabezas o un puzzle, en el que siempre falta algu­na ficha, o también a una manta pequeña, que siempre deja al descubierto alguna parte del cuerpo.

Por eso, antes que nada consiste en ilusión, ésa es su nota prospectiva; vivir hacia adelante, pensando en el mañana, con objetivos claros y concretos.

La vida es como un libro en blanco en el que va­mos escribiendo nuestra conducta, y en él se regis­tran alegrías y tristezas, aciertos y errores; pero la ruta de la felicidad pasa por el esfuerzo y la renun­cia, porque todo lo grande del hombre es fruto de la renuncia.

La felicidad no se da en el superhombre, sino en el hombre verdadero.

El hombre feliz tiene paz consigo mismo
Decía el Derecho Romano que eran tres las cla­ves para llevar una existencia positiva: «honesta vivere, alterum non ladere et suum quique tribuere», es decir: vivir honestamente, no dañar a nadie y dar a cada uno lo suyo. Según lo cual quedarían defini­dos los tipos de felicidad.
1. Felicidad del hombre apolíneo, fundamen­tada en el orden y el equilibrio.

2. Felicidad dionisiaca, la del que busca sen­saciones nuevas, movimiento, actividad, y la del que otea por el entorno para ver qué halla y al mismo tiempo explorarse a sí mismo.
Entre estos dos tipos de hombres y felicidad hay muchas concepciones y formas de entender es­te tema, porque el cauce de nuestra vida se abre pa­so con nuestra conducta y se cierra con las distintas etapas de su trayectoria. Necesita a la vez forma y contenido, y de esa simbiosis emerge cada manera de ser feliz, para lo que es preciso unidad; homogeneidad entre lo que el hombre desea ser y lo que quiere hacer con su vida de acuerdo con un programa previo.

Por otra parte, si no hay libertad con minúscula en nuestro medio o contexto social, cualquier dise­ño que se haga puede venirse abajo por la imposi­ción autoritaria del medio, por ejemplo, la Unión Soviética, donde actualmente se abren tantas posi­bilidades nuevas después de setenta años de totali­tarismo, que pensar en la felicidad es más fácil.

Es fácil deducir de todo lo que hemos dicho que el hombre actual busca tanto la libertad como la fe­licidad, pero hay diferencias y rasgos entre ambas que cada uno debe descubrir. Para eso es necesario que no decaiga el esfuerzo por alcanzar la meta pro­puesta, y que en el camino aspiremos a los valores eternos, aquellos que no pasan con los siglos: la paz; la armonía con los demás; el encuentro profundo con el otro; la educación para la libertad y la convi­vencia; la búsqueda de la trascendencia, y promover el amor auténtico.

Si la felicidad es un resultado, la vida es un medio para conseguir exteriorizar lo mejor, lo más humano que llevamos dentro, sin olvidar que para alcanzar esa paz interior son inevitables las con­tradicciones, los reveses y los sufrimientos en sus formas más diversas. Así, poco a poco, nuestra personalidad se va definiendo hasta llegar a su homogénea fisonomía. La felicidad es la experiencia subjetiva de encontrarse bien consigo mismo, con­tentó de su vida hasta ese momento. Su nota esen­cial es de alegría, de júbilo, de satisfacción.

El camino de la felicidad:

conjunto de pequeñas ilusiones
La felicidad es la máxima aspiración del hom­bre, hacia la que apuntan todos los vectores de su conducta, pero si queremos conseguirla, debemos buscarla. Además, la felicidad no supone un hallaz­go al final de la existencia, sino a través de su reco­rrido; es más una forma de viajar que un estado definitivo. Por supuesto, debemos conocer bien sus límites, ya que la felicidad absoluta no existe, es una utopía inalcanzable, ante la que queda saborear y disfrutar de los buenos momentos y tener proyec­ción de futuro. Es algo esporádico, que a veces se nos presenta inexplicablemente y perece demasiado rápido en nuestra caleidoscópica vida. Aunque todo esto parezca una sucesión de contraposiciones, tam­bién sucede con otros aspectos vitales que no son la felicidad. Por eso, debemos saber cuáles son nues­tros objetivos y hacia dónde queremos dirigirlos, si queremos ser más felices. Asimismo, debemos sa­ber combatir dos peligros:
1. El interno, para el que es clave no darse por vencido en esa lucha personal y a la vez mantener un esfuerzo por ser coherentes.

2. Pero también el enemigo está fuera: los avatares de la vida, las mil formas que la desorde­nan y convierten su rumbo en zigzagueante.

El camino de la felicidad debe construirse y ha­cerse de pequeñas ilusiones, hilvanadas por un ar­gumento que le da solidez. De ellas, unas habrán salido y otras, no. El hombre feliz sabe ver en ese resultado lo positivo de su experiencia existencial. Porque la felicidad consiste en una mezcla de ale­grías y tristezas, de luces y sombras, pero dotadas de amor31.

Para que la felicidad esté bien ajustada y no sea un espejismo de ratos más o menos gratificantes, es menester ordenar los latidos de la vida afectiva, pa­ra que ésta no termine revelándose, al comprobar el fraude en el que se ha vivido, cambiando las pala­bras y jugando con ellas.

Es necesario una educación sentimental según proclamaba Gustave Flaubert. El hombre light, debi­do a su hedonismo y permisividad, no se preocupa por su estado afectivo y se deja elevar por la inercia, no tiene principios, va a la deriva. Se convierte en es­pectador de sus propios ríos emocionales interiores, pilotados por dos motores: el placer sin restricciones y la no presencia de prohibicionismo.

Por otra parte, la palabra amor fabrica muchas monedas falsas y la auténtica invitación a la felici­dad debe apoyarse en la vuelta a unos códigos mo­rales claros, cuya objetividad haga al hombre más digno, más humano y más abierto a los demás. El peligro del subjetivismo y el individualismo echan por tierra las mejores pretensiones y amenazan con nuevas formas de angustia, con nuevas prisiones, que en vez de liberar al hombre lo encarcelan en un callejón sin salida.

Sin un norte moral la lucha

por la libertad cae en el vacío
Ahora podemos afirmar que sin unos criterios morales objetivos, la lucha por la libertad no tie­ne sentido. Los grandes logros democráticos en muchos países no servirían de nada, y la moral, in­dividual y subjetiva, se reduciría a un tratado de urbanidad light, inspirada de algún modo en el pensamiento débil preconizado por Gianni Vatimo. Por tanto, pasamos del humanismo espeso del existencialismo (Jaspers, J. P. Sartre, A. Camus, Heidegger, Gabriel Marcel, Edith Stein, Unamuno) al conformismo de la apariencia en la educa­ción, corrección y respeto, lo que denominamos ética.

El progreso material por sí mismo nunca puede colmar las aspiraciones del hombre, ni dar la felici­dad cuando constituye el eje vertebral de una vida. En consecuencia, en el hombre occidental de la so­ciedad del bienestar, la tentación de la opulencia conduce gradualmente al individualismo y, por en­de, a la difusión de falsos esquemas, que llamamos valores: éxito, dinero, poder, avidez de sensaciones, curiosidad por todo sin pretensiones de mejora... En fin, una nueva decadencia, una fabulosa mentira que descubrimos demasiado tarde o en los momentos es­telares, cuando una desgracia nos llega de improvi­so. Esas suspensiones de la cotidianidad, cuando la prisa se detiene y uno encuentra realmente lo que debe ser la vida, esa espontaneidad, efímera, pero decisiva, puede ser uno de los puntos de arranque del hombre light para rectificar, para dejar esa exis­tencia pobre y ridícula, conformista y banal, y una vida sin felicidad auténtica.

¿Qué es lo que desea el hombre light Ya me he referido a ello en capítulos anteriores: es necesario que él mismo diseñe su religión, una moral a la car­ta, en la que escoja unas cosas, es decir, las que le convengan en ese momento, y rechace otras. Por su­puesto, lo anterior le ayudará a llegar al agnosticis­mo por un lado, y a la indiferencia por otro. El objetivo de su conducta empieza y termina en él, en sus planes, sus metas y sus proyectos, alejado de los demás y de los intereses comunes, pero nunca lo confiesa. Porque, eso sí, a la hora de delimitar su conducta, la persona light cuida mucho la aparien­cia humanística, pero como decía Don Quijote: «Cada uno es hijo de sus obras.»

La liberación no genera por sí misma libertad, sino que dependerá de su contenido y su programa: pero ahí radica la línea hacia donde apunta. Por ejemplo, en la historia han existido hombres que han sufrido terribles coacciones y que, ante esas circuns­tancias insoslayables, han manifestado su ansia de libertad y de alguna manera la han conseguido32. El hombre está llamado a la libertad, cuyos fines son la verdad y el amor. Muchas idolatrías actuales elevan formas de liberación que no son más que estilos de vida que arruinan al individuo y a la so­ciedad; para ello no hay más que pensar en los na­cionalismos radicales33, la violencia, el terrorismo en aras de la libertad y de la justicia, la pornografía, la comercialización y la manipulación de la vida hu­mana, etc. El hombre se convierte en esclavo al ido­latrar personajes e ideas insustanciales que la masa mitifica. Por tanto, su aspiración a lo infinito se de­rrumba, al apostar por cosas que no merecen la pe­na. Le decía Sócrates a su amigo Hipócrates: «Un sabio es un comerciante que vende géneros eternos de los que se nutre el alma.» Cuando el corazón co­rre vertiginoso hacia esos ídolos de barro que pron­to se resquebrajan, su final lo hace insatisfecho, pretendiendo la búsqueda de una felicidad que cada vez es más inalcanzable; porque no se puede encon­trar la paz y la verdadera alegría en la propia inma­nencia. La salida para dejar de ser persona light está en el paso de la inmanencia a la trascendencia, dejar el individualismo y el materialismo.

El hombre light no es ni religioso ni ateo, sino que él se ha construido una forma particular de es­piritualidad según su perspectiva. El es quien deci­de lo que está bien y lo que está mal y su anhelo de infinito empieza por una satisfacción materialista (dinero, poder, placeres, distinciones y sitios en los que figurar) y termina por fabricarse una ética a su medida. Mientras tanto, trata a los demás como ob­jetos, e instrumentaliza la relación con ellos.

En el mensaje cristiano, la perfección está en la misericordia. El amor es siempre un acto de entre­ga que busca el bien del prójimo, su mejor desarro­llo. Así, el sentido de la misericordia se completa con el de la justicia, que en los sistemas políticos co­munistas, por ejemplo, se ha sacrificado en aras de la libertad. Existe justicia impuesta, muy cercana a la intolerancia y al dogmatismo.

La idolatría material se mueve en la búsqueda desenfrenada de bienes y placeres, unas veces co­mo nivel de vida y otras, de espaldas a la solidari­dad con los demás. Muchas de estas doctrinas se oponen al hombre mismo, yendo contra su dignidad. Esta antropología materialista resulta contraria a la edificación de un orden social más amable y justo. Hoy parece que al entronizar el concepto de demo­cracia, todo lo demás es secundario.
XVI. SOLUCIONES AL HOMBRE LIGHT

Recuperar el humanismo
La historia del pensamiento nos revela cómo muchos sistemas ideológicos de redención del hom­bre, basados en revoluciones importantes, han deja­do más heridas sin cerrar que la apertura de nuevas vías en que la justicia y la dignidad tuvieran más re­levancia. El comunismo ha implicado una regresión sin precedentes en la historia de la humanidad; se ha perseguido la justicia a costa de la libertad, pero una justicia que se desliza hacia el fanatismo y sus diversas formas de prisión.

Europa, el viejo continente, debe volver a redefinir su identidad, para lo que es necesario volver a sus raíces más próximas, que son:
1. El mundo griego, del que heredamos el pensamiento, desde Sócrates, Platón, Aristóteles, Epicuro, así como sus antecesores; por un lado, escuela jónica de la filosofía, con Tales de Mileto, Anaximandro, Anaxímenes y Heráclito; por otro, los pitagóricos; y por último, el helenismo y el llamado neoplatonismo, con Plotino a la cabeza.

2. El mundo romano, que nos legó el Dere­cho y todo lo que de él se deriva. El Imperio Ro­mano, bajo el emblema del retorno al pasado, instauró las leyes y el realismo de Augusto junto a un cierto lirismo.

  1. El mundo judeocristiano, cuyo valor es im­perecedero. Del mundo judío procede el amor a las tradiciones, el sentido de la familia, el respeto pro­fundo por la vida y el pensamiento analógico, que tanta fuerza tendrá en siglos posteriores. El cristia­nismo trajo un nuevo concepto del hombre, basado en el amor y en un sentido trascendente.

3. Las raíces más remotas de Europa hay que buscarlas, por un lado, en Creta, y por otro, en Mesopotamia, Fenicia y el mundo jónico.

Según el historiador Christopher Dawson34, Eu­ropa supone una concepción de la vida no supera­da hasta el momento, y de ahí procede la mejor versión antropológica que existe. Europa tiene sus rasgos y límites bien definidos y una personalidad que ha abierto paso a los demás continentes; es una idea o conjunto de pensamientos, además de una geografía específica, hoy ampliada con los países del Este, marginados por estar sometidos al comu­nismo hasta hace dos años. Estas raíces son la ba­se sobre la que se ha de levantar Europa y, por consiguiente, el resto de los continentes, pero res­petando las particularidades específicas de cada uno. Por tanto, el hombre light empezará a dejar de serlo cuando cultive en su interior la sabiduría clásica, el significado del mundo romano, el amor por las tradiciones y la vuelta al pensamiento cris­tiano. Aunque esto que ahora propongo es más teó­rico que práctico, pienso que debe ser el punto de partida para reiniciar su nueva andadura.

El espíritu europeo
El nombre de Europa ha tenido una larga polé­mica en su etimología. Para unos, su procedencia es semítica; para otros, helénica. Los primeros la basan en la expresión ereb, «el país de la noche, del ocaso», mientras que los segundos -razón que se ha impuesto- aluden a una raíz más directa: europe, «mirada bella, ojos grandes», que implica un término más bien poético, recogido en la mitolo­gía griega35.

Además de los trasuntos históricos apuntados, helénico, romano, hebreo y cristiano, Europa se hi­zo real en la Edad Media, tras la caída del Imperio Romano, con una base fundamentalmente religiosa, una época denominada por los historiadores como teocéntrica y después del Imperio Romano cristia­nizado surge el protagonismo del mundo germáni­co. Fue Carlomagno el que resucitó la idea de la unificación imperial (siglos VIII y IX), quien recoge las fronteras de Europa que habían trazado Adriano y Trajano y con él toda Europa fue cristiana: desde el Mediterráneo al Canal de la Mancha, pasando por el curso del Danubio hasta los Urales. Los musul­manes y los judíos eran huéspedes tolerados, pero no súbditos. La monarquía franca se extendió entre el Rin y el Sena y llegó hasta el mar del Norte. El imperio carolingio se lleva a cabo ya como algo dis­tinto del imperio bizantino, surgiendo así la Europa occidental36.

Se dibuja así un sistema jerarquizado en el que los poderes espiritual y temporal se fusionan, te­niendo como eje el espíritu cristiano y en el que la hegemonía rural conduce al feudalismo. La reli­gión era lo que aglutinaba a todos estos pueblos. El mundo intelectual tiene como reflejo la escolás­tica, que alcanza su punto álgido hacia el siglo XIII: propugna una jerarquización del conocimiento y la racionalización de la perspectiva sobrenatural, así como la importancia de la función de la autoridad y de la tradición, aunque el eje central de todo el discurso se centra en la consideración de que cual­quier actividad humana está regida por el sentido trascendente de la vida, apoyada en una moral só­lida e independiente de las circunstancias y las si­tuaciones:

Ya a finales del siglo XV, con la llegada del Renacimiento, se produce una vuelta al modelo de la Antigüedad clásica grecolatina basada en tres pilares:
a) La valoración del mundo.

b) Realzar la figura del hombre.

c) Respecto a lo político, la desvinculación del poder temporal y del espiritual.
Así, surge el humanismo renacentista, que más tarde desembocaría en el racionalismo. Todo esto supone el paso del teocentrismo al antropocentrismo, época de la Europa moderna. En este período la preocupación por el hombre y la natu­raleza es esencial y se deja de lado la atención por lo absoluto.

Después, con el tiempo llegamos a la Europa racionalista -entre el Barroco y la Ilustración-, en la que hay que destacar tres notas esenciales:
a) La creación de un Estado absoluto centrado en la economía nacional.

b) La contrarreforma.

c) La llegada del empirismo37
El signo clave de esta etapa es la tolerancia, pe­ro se produce la escisión entre una serie de Estados porque se vigilan celosamente y se mueven con mu­cha inestabilidad.

Poco después surge una unidad o pretensión de ésta propugnada por los intelectuales, despolitizada y de espaldas a los nacionalismos.

Pero es el siglo XIX el que representa la caída de la idea de Europa como bloque sociopolítico y cul­tural. Aquí hay que subrayar una serie de elementos históricos importantes:
1. Las revoluciones políticas38 y técnicas.

2. Los movimientos románticos nacionalistas.

3. La formación de bloques de alianzas en una escalada imperialista por ampliar los territorios coloniales.
Los últimos esfuerzos por mantener una cierta unidad europea se deslizaron hacia la solución de las crisis sociales y económicas, de las que emanó el socialismo marxista, que postulaba la unidad del proletariado. Aquí arranca otra nueva fragmenta­ción, que durará setenta años en Rusia y casi trein­ta en el resto de los países que se hicieron satélites de ella.

Amor, trabajo y cultura,

pero sin falsear las palabras
Aquí apostamos por la primacía de la persona sobre las estructuras. Hay que hacer una llamada a la capacidad oral y espiritual si queremos que el hombre light salga de su estado actual en que sólo preocupa el dinero y el placer para evitar las conse­cuencias típicas que de ello se derivan: tener, acu­mular, amasar y, por supuesto, ruptura de matrimo­nio o pareja (una o varias veces). Hablaremos en este capítulo del estado de vacío, desaliento y escep­ticismo ante la sociedad en que se mueve; sociedad que él mismo ha ido favoreciendo y forjando. Es una contradicción más de este personaje de final de una civilización.

Ya he comentado en anteriores capítulos que la verdad no puede ser sometida a consenso. Los que dirigen los medios de comunicación tienen que sa­ber que tal exploración carece de base argumental. Sí hay una cosa clara, desertamos de los auténticos valores humanos y espirituales para arrojarnos en manos de la moda.

Francis Fukuyama39 dice que tras la euforia de 1989 con la caída del comunismo, ha vuelto a Eu­ropa un pesimismo de perfiles diferentes, ante dos amenazas: un Islam fanático, y los nacionalismos en ebullición. A propósito de esto, Alvin Toffler40, a través de sus distintos trabajos, alude a las tres versiones complementarias del poder en el mundo actual:
1. El poder de la violencia.

2. El poder del dinero.

3. El poder de la información, que implica el conocimiento de la realidad con el fin de operar en la sociedad y conseguir de ella un mejor rendimiento económico.
En definitiva, si el hombre light se centra sólo en lo material, con altas preferencias sobre lo espi­ritual, es difícil que se incline por los valores humanos y espirituales…aunque denomine valores a los fundamentos de su existencia.

Una vida sin valores queda reducida a un pro­grama cuyo argumento carece de unión, ya que el mesianismo ha desaparecido y los sistemas de re­dención del hombre -mitos de realización revolu­cionaria- se han desvanecido. Sin embargo, sí existe la solidaridad y su consolidación en el hombre ac­tual, que es consciente de su estado de microcos­mos, pero que es capaz de unirse con otros en un proyecto común para hacer un mundo mejor, en el que prime el amor, el trabajo y la cultura.

Volver a los valores
Esta breve digresión sobre Europa nos remonta a nuestros orígenes. En los últimos años Occidente ha vivido el mito del progreso indefinido, pero ac­tualmente ya ha finalizado, porque está claro que los avances técnicos y científicos seguirán producién­dose, pero ya sin pensar que serán la única solución del hombre para obtener mayor calidad de vida.

En general, podemos decir que es necesario una vuelta a otros valores por las siguientes razones:
1. El progreso material no puede colmar por sí mismo las aspiraciones humanas.

2. La tetralogía del hombre light es una con­vocatoria que a la larga fabrica un hombre vacío, hueco, sin contenido y sin puntos de referencia.

3. El hedonismo niega el valor del sufrimien­to, porque desconoce lo que significa y la importan­cia que tiene para la madurez personal.

4. La permisividad producirá desde drogadictos a personas adictas a la pornografía, pasando por una violencia y agresividad cuyo final puede ser fa­tal. La patología familiar derivada de aquí tiene un pronóstico muy negativo. Por tanto, es necesario im­buir unos valores imperecederos para salir de estas coordenadas, cuyos códigos de conducta sean am­plios, pero de perfiles nítidos, que hagan más huma­no y digno al hombre.

Uno de los principales valores es el humanis­mo, basado en una formación moral sólida, abierta y pluralista, cuyas coordenadas no dan prioridad al éxito material, al placer y al dinero. Esto constituye una labor personal que conlleva los siguientes requi­sitos:
1. No estimular los instintos y las pasiones, sí educarlos.

2. No caer en la permisividad y tener criterios para distinguir entre el bien y el mal.

3. Intentar el bien colectivo y el propio, pero sin una competencia desaforada, trepidan­te, para llevar a cabo aquella sentencia de homo homini lupus, «el hombre es un lobo para el hombre»: una moral educada en los principios naturales, que es capaz de elevar el vuelo hacía los sobrenaturales; y una cul­tura que lucha por no estar pegada a la te­levisión, como elemento casi único de nutrición intelectual.

En definitiva, se trata de conseguir un hombre más digno, que quiere ser más culto para ser más libre»; hacer un mundo más cordial y comprensivo; crear un espacio más afectivo, donde quepan lo ma­terial, lo espiritual y lo cultural. Todo lo anterior nos ayudará a obtener la felicidad, siempre difícil y cos­tosa, si existe unidad y sentido. El lightismo la quie­re a la carta, rápidamente, en el instante, pero esco­giendo un camino errado, que a la corta es gratificante, y, a la larga, deja frío e insensible al que la posee.

Así, una vez dicho lo anterior, y ante el confor­mismo del todo vale, que lleva a la trivialización de la inteligencia, propongo conectar con las virtudes y los modos de conducta inspirados en lo mejor del pasado y lo más rico del presente. Un pensador fran­cés contemporáneo, Alain Finkielkraus41, reivindica para nuestro tiempo una cultura conectada con la vi­da intelectual. Y sabiendo valorar la vida humana y sus formas de arte, de ciencia, etc., de acuerdo con criterios universales como la verdad, la belleza, la bondad, etcétera.

El hombre soñador

y el hombre pensador que hay en nosotros
Desde Sigmund Freud sabemos lo importante que son los sueños. Su contenido, sus temas, las os­cilaciones y vaivenes de sus mensajes oníricos es­tán conectados con las ilusiones y los proyectos personales. Pero como decía Friedrich Holderlin, en cada uno hay dos territorios diferenciados: el de los sueños y el de la razón. Es necesario trazar fronte­ras interiores que delimiten uno de otro. Cada hom­bre es una promesa, y para que ésta se haga realidad hay que luchar con uno mismo. Para ello necesita­mos un modelo de identidad, un esquema referencial atractivo, sugerente, con fuerza para arrastrar en esa dirección. El hombre de las décadas venideras será profundo, sabio, fuerte moralmente, y tendrá coherencia en su vida. Un hombre que no se de­rrumba con el paso de los años, no se desvanece an­te los giros y las modas. Ejercitará el espíritu y la razón, el pensamiento y una cultura universal, cul­tura por encima de prejuicios y de convencionalis­mos que la aprisionan en muchas ocasiones.

Frente al hombre light, sin perspectivas, propon­go al hombre comprometido y con perspectivas an­te el futuro. Éste que con su misma vida es un acicate ejemplar para otros, ejemplo vital de teoría y práctica. Ahí el hombre evita esa melancolía del ecuador de la existencia, consecuencia de haber te­nido una vida sin norte, insustancial, descomprome­tida, egocéntrica y el principio del placer.

Tenemos que dotar a nuestra vida de valores fuertes y convincentes, porque es evidente que el hombre light es transitorio, pasajero, y tiene poco poder de convicción si sabemos ser críticos con su mensaje y no nos entregamos en sus brazos de mo­do gregario

A propósito de todos estos aspectos de la crisis de valores en Occidente, Alexander Soljenitsin de­cía que esta decadencia occidental era consecuencia de un bienestar exclusivamente material y hedonista42. Si hacemos una prospección humana con res­pecto al pensamiento y la conducta nos daremos cuenta de que no se puede interpretar la vida como lo hace el hombre light, porque implica huir de uno mismo y obviar lo mejor, escapar de lo más verda­dero que hay en él, una andadura en que no sabe quién es y adonde va, un avance en todo, menos en lo esencial. Ése es su lema, aunque no sea conscien­te de ello.

Elogio de la intimidad
La vida humana tiene dos ámbitos de desarro­llo: interior y exterior, y el hombre necesita esta­blecer un especial equilibrio entre los dos. El primero está referido a la interioridad, lo afectivo, etc.; mientras que el exterior se manifiesta a través de la conducta.

El objetivo de los psiquiatras es estudiar, anali­zar y profundizar en la mente humana para ver qué hay. Estudiamos los aspectos más íntimos y recón­ditos para descubrir un mundo oculto, cuya comple­jidad, límites y características están mal definidos y delimitados. De ahí la necesidad de hacer inventa­rio de esta realidad oculta y ordenarla, hacer una re­lación sistemática de cuanto observamos, poniendo orden en ese caos, para entender primero y com­prender después quién es esa persona.

Entender es ir hacia, encaminarse hacia el otro; comprender es algo más, ponerse en el lugar del otro, intentar estar en su sitio, ocupar su lugar existencial.

Pero hay dos perspectivas cuyas coordenadas no debemos perder de vista cuando hacemos esa excur­sión por los pasadizos de la personalidad.
1. Perspectiva estática. Se centra en el estado anímico de la persona con respecto a ella misma y los demás y en qué momento concreto se halla. Es algo parecido a un flash que sintetiza su presente y su actualidad real.

2. Perspectiva dinámica. La vida es una ope­ración evolutiva, vivencia hacia el porvenir, y cada hombre tiene su propia travesía, que puede ser ana­lizada mediante un estudio panorámico.
Ambas perspectivas forman o dan lugar a nues­tra biografía, estudiada paso a paso.

Pero cualquier análisis de la personalidad del hombre es una fuente inagotable, ya que siempre hay parcelas, pliegues y segmentos que es conve­niente aclarar, para descifrar su verdadero significa­do. Por lo general, la dinámica interior se suele hallar enhebrada por el mismo hilo, necesita ser ar­gumentad tejida con contenidos sólidos, firmes, que proyecten nuestra realidad y nuestra vida hacia el futuro.

Al profundizar en nuestro interior descubrimos que hay todavía una estructura creciente que se di­rige hacia un complejo cono. El centro de la intimi­dad tiene también sótano y buhardilla, taller y zaguán. Una parte que da a la calle y otra que se cie­rra sobre su propia estructura.

Dice la expresión coloquial que: «Los trapos su­cios se lavan en casa», y dice bien. Pero también es positivo que las alegrías se vivan personalmente sin exteriorizar todo. ¡Qué pena da ver esas vidas en las que todo se exterioriza! Se vive para el exterior, bus­cando dar una impresión, una imagen; y en muchas ocasiones podemos quedar atrapados en las redes de la apariencia, y, en consecuencia, del materialismo.

En la intimidad uno se encuentra con los suyos. El diálogo se hace fluido, rico, repleto, sereno y dis­tendido, y es donde disfrutamos con una tertulia fa­miliar o viendo cómo crecen los hijos o los cambios graduales físicos y psíquicos que los transforman. Vivir puertas adentro es saborear y conocer huma­namente a los que viven bajo el mismo techo; y te­ner una familia unida se convertirá en uno de los tesoros más preciados y símbolos emblemáticos de la sociedad.

Por todo esto, debemos hacer una aclaración en­tre hombre y mujer, para entender mejor lo anterior. La mujer es concéntrica, el hombre es excéntrico. La mujer vive hacia su cuerpo, de alguna manera es­tá centrada en él, gira en su alrededor; sin embargo, el hombre lo hace hacia el exterior, pero sin cono­cerlo. Además, la mujer tiene la posibilidad de trans­mitir la vida; el segundo, no.

El hombre light no tiene vida interior ni inti­midad, y, por ello, vive para la calle, más pendien­te de su apariencia externa que de su estado interior. Esto constituye un error que debe corregir si quiere escapar de las redes a las que hemos alu­dido anteriormente, porque el componente social no puede ni debe vertebrar la vida humana, y es torpe y elemental guiarse por sus coordenadas. Por otra parte, la educación debe ser profunda y procu­rar con ella tallar y pulir la organización de nues­tra mente, es decir, la personalidad, y de nuestro proyecto personal, desde esos estratos profundos de la interioridad. Por eso es tan importante la so­ledad. Desde ella es posible comprender la histo­ria personal y reorganizarla de nuevo.

La condición privada personal o intimidad tie­ne unos rasgos y elementos secretos que no convie­ne desvelar, por eso, el que la posee sabe mucho de esto y lo cultiva, porque a través de ella nos encon­tramos a nosotros mismos. Desde esos parajes ínti­mos nos conocemos mejor y entendemos o somos capaces de entender a los demás.

Es necesario superar el cinismo
De todo lo anteriormente explicado hay una conclusión bastante clara: el hombre light vive ins­talado en la atalaya del cinismo. Se ha vuelto prag­mático y una cosa es lo que piensa y otra, bien distinta, lo que hace. Oscar Wilde lo definió así: «Aquel que conoce el precio de todas las cosas y el valor de ninguna.» Lo cínico está lleno de contra­dicciones, lo que hoy se critica acaloradamente, mañana se defiende con ardor; lo importante es el momento, el instante concreto del tema que nos ocu­pa. Pero nada es definitivo y hay que apuntarse al ganador, porque lo importante es el éxito y el triun­fo43: es el vértigo de la fugacidad, la revolución de la urgencia.
Vivimos en la era de los antihéroes, de los videoclips, en la que el plástico es el signo de los tiempos: usar y tirar; el modelo del yuppie ha sus­tituido a los viejos ideales revolucionarios. Practi­camos la moral del pragmatismo. Una persona así se vuelve fría, sarcástica, maniqueísta y, quizá, al­go maquiavélica e insensible; es un desvergonza­do, que actúa con descaro y adorna su conducta con un lenguaje florentino que hay que descifrar.

Es la mística de la nada. Al producirse la pérdi­da de todos los referentes, ésta es una de sus conse­cuencias. ¿Qué hacer?
1. Frente al cinismo, luchar por la coherencia personal.

2. Ante el «todo vale», perseguir y apostar por los valores inmutables y positivos que dan trascen­dencia al hombre.

3. Escapar de los falsos absolutos.

4. Huir de la idolatría del sexo, el dinero, el poder o el éxito, porque son medios, nunca pueden ser fines.
En una palabra, se trata de volver al hombre espiritual, capaz de descubrir todo lo bello, noble y grande que hay en el mundo y procurar luchar por alcanzarlo.

Saber que la pérdida de todo paradigma, en aras de una movilidad relampagueante y climatizada, no conduce a la felicidad. Ese no es el camino, sino el de escapar del culto a la novedad, que tanto embria­ga a la persona light y nos muestra otra serie de va­lores muy distintos de los perdidos. Es más, la reli­gión llega a ser lo nuevo, como necesidad del final de un siglo en decadencia que necesita una renova­ción profunda y fuerte. Esta nueva moral individua­lista, a la carta, subjetivista, en la que se escoge lo que gusta y se deja lo que es exigente, está construi­da sobre unas bases amorales, donde existe la liber­tad ilimitada de hacer lo que creemos conveniente sin tener ningún tipo de culpa personal, ya que eso neurotiza.

Frente a esto último, también hay que propug­nar las exigencias personales de una conducta mo­ral que libera, que hace de cada hombre un ser digno, más completo, que desea esforzarse por ser íntegro, una realización personal que pasa por la en­trega al otro, ayudándole a ser mejor. Cultivar y fo­mentar lo valioso, lo auténtico, lo que permanece y edifica un ser humano más amable, humano, fuerte, rico por dentro, armónico... Un modelo por el que merece la pena luchar. Esta meta es una aspiración grande, capaz de superar el paso de muchas décadas con un análisis serio. En ese horizonte aparece la fi­gura de un ser superior, que para el cristiano tiene nombre propio.

La moral cristiana es el mejor vector para la realización de la eterna vocación trascendente del hombre.

La felicidad se alcanza con una vida coherente
Todos buscamos la felicidad, pero son pocos los que la consiguen. Es la meta máxima de nuestra conducta. Para ser feliz es necesario que la vida sea argumental y coherente. Y también que en su seno albergue una serie de elementos que se relacionen de forma congruente entre sí, luchando para que no se produzcan contradicciones, es decir, la formación de un hombre único, en que se relacionen las ideas y sus acciones.

Cada ser humano es insustituible, cada uno so­mos una promesa de futuro. La felicidad consiste en encontrar un programa de vida que nos llene lo su­ficiente como para que motive nuestra trayectoria.

Cuando sabemos qué meta deseamos, el cami­no se inicia y las dificultades se superan. Entonces es cuando entra la voluntad, que debe ser más fuer­te que las adversidades. De este modo pueden apri­sionarnos, amordazarnos, revelarnos en contra de la línea trazada, pero nunca derrotarnos. En una pala­bra: coraje, espíritu de lucha, tesón, firmeza en los objetivos, consistencia en las líneas magistrales del proyecto personal.

La felicidad nunca es un regalo, hay que con­quistarla y trabajarla con ilusión. Siempre, antes o después, hay que bregar contra corriente y debemos experimentar el sentimiento de hacer algo útil, valio­so, por lo que las luchas y desvelos queden justifica­dos por nuestra lucha. El esfuerzo, la alegría, la coherencia y la felicidad se nutren de las mismas raíces. Decía Julián Marías que «La vida en su conjunto tiene una tonalidad, a través de la cual uno se siente bien o mal... A lo primero es a lo que llamamos felicidad»44. Claro está, entendida como balance, como examen y resultado final en un de­terminado momento vital. Es necesario mantener los viejos ideales, mezclados con las nuevas ilusio­nes y los pequeños objetivos, de lo cual surgirá un estilo propio, una forma peculiar de mostrarnos. Así se desenreda la madeja de todas las pretensiones que han circulado por nuestra cabeza.

Pero no confundirla con las fórmulas actuales, que para muchos son sucedáneos de la auténtica fe­licidad: bienestar, nivel de vida, placer, satisfacción personal y sin problemas, o triunfar en la profesión o en los negocios o en cualquier ámbito de la vida. Es más, muchos triunfadores, en su fuero interno, no son felices. Rastreando en el trasfondo de la fe­licidad nos vamos a topar con la fidelidad; es decir, lealtad a los principios, perseverancia en los ideales nobles, tenacidad en mantener los criterios de conducta a pesar de los oleajes y los vaivenes de tantas circunstancias.

Se alinean así, en la felicidad verdadera, la cohe­rencia, la vida como argumento, el esfuerzo porque salga lo mejor que llevamos dentro y la fidelidad. Ca­da ingrediente fija y sostiene lo que para mí es la cla­ve que alimenta ésta, esa trilogía que está compuesta de amor, trabajo y cultura. Y su envoltura: tener una personalidad con un cierto grado de madurez y equi­librio psicológico.

NOTA DEL AUTOR

Los capítulos I, II, VI, VII, VIII, XI, XII, XIII, XIV y XV están basados en los artículos que deta­llo a continuación:
I. «El hombre light» (ABC, Madrid, 4-2-90).

II. «Hedonismo y permisividad» (ABC, Madrid, 18-11-90).

VI. «Sexualidad light» (El Mercurio, Santiago de Chile, 12-4-92).

VII. «El síndrome del mando a distancia (zap­ping)» (ABC, Madrid, 18-7-92).

VIII. «Vida light» (El Mercurio, Santiago de Chile, 19-4-92).

IX. «La ansiedad del hombre de hoy» (El Mercurio, Santiago de Chile, 26-6-91).

X. «Psicología del fracaso» (ABC, Madrid, 14-8-91).

XIII. «Psicología de la droga» (ABC, Madrid, 2-10-91).

XIV. «La vida no se improvisa» (ABC, Madrid, 23-8-87).

XV. «La felicidad como proyecto» (Noveda­des, Moscú, 24-2-90).
BIBLIOGRAFÍA

Adorno
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