Bibliografía Tras un tiempo de decadencia llega el punto crucial. Retorna la poderosa claridad olvidada. Existe un movimiento, pero no se pone de manifiesto a través de la fuerza El movimiento es na­tural, elevándose espontáneamente.




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títuloBibliografía Tras un tiempo de decadencia llega el punto crucial. Retorna la poderosa claridad olvidada. Existe un movimiento, pero no se pone de manifiesto a través de la fuerza El movimiento es na­tural, elevándose espontáneamente.
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La naturaleza es el cuerpo inorgánico del hombre —esto es, la na­turaleza en la medida en que no es en sí misma el cuerpo humano. Que el hombre viva de la naturaleza significa que la naturaleza es su cuerpo, con el que tiene que relacionarse continuamente para no morir. La relación de la vida física y espiritual del hombre con la naturaleza significa simplemente que la naturaleza está vinculada a sí misma, pues el hombre es parte de la naturaleza42.

En todos sus escritos destacó Marx la importancia de la naturaleza en el tejido social y económico, pese a no ser este el problema central de los activistas de aquella época. Tampoco en aquel entonces era la ecología un problema tan candente como lo es hoy, y no cabía esperar que Marx lo recalcase con firmeza. No obstante ello, Marx era muy consciente del impacto ecológico de los sistemas económicos capitalistas, como podemos ver en muchas de sus afirmaciones, por muy fortuitas que parezcan. Por citar sólo un ejemplo: «Todos los adelantos de la agricultura capitalista son adelantos no sólo en el arte de robar al trabajador, sino también en el de robar a la tierra»43

Parecería, entonces, que pese a no haber puesto demasiado énfasis en los problemas ecológicos, el método de Marx podría haber sido utilizado para predecir la explotación ambiental provocada por el ca­pitalismo y perpetuada por el socialismo. No cabe duda de que se podría criticar a los marxistas por no haber comprendido antes el problema ecológico, pues éste les hubiera proporcionado otra crítica devastadora al capitalismo y una confirmación de la fuerza del mé­todo marxista. Desde luego, si los marxistas se hubiesen enfrentado honradamente con la evidencia ecológica, se habrían visto obligados a concluir que las sociedades socialistas no lo habían hecho mejor, y que su impacto en el medio ambiente era menor sólo debido a su nivel de consumo más bajo (que de todos modos estaban tratando de aumentar).

Los conocimientos ecológicos son muy sutiles y resulta muy difícil usarlos como base para el activismo social, puesto que las demás es­pecies —se trate de ballenas, secoyas o insectos— no proporcionan la energía revolucionaria necesaria para cambiar las instituciones hu­manas. Quizá sea este el motivo por el que los marxistas han pasado por alto durante tanto tiempo el aspecto ecológico de las teorías de Marx. Estudios recientes han traído a la luz algunas de las sutilezas del pensamiento orgánico de Marx, pero estos aspectos les resultan muy incómodos a la mayoría de los activistas sociales, quienes pre­fieren organizar su actividad alrededor de temas mucho más simples. Tal vez sea esta la razón por la que Marx dijo al final de su vida «Yo no soy marxista»44.

Igual que Freud, Marx tuvo una vida intelectual larga y fructífera, enunciando muchísimas ideas creativas que han dado forma de ma­nera decisiva a nuestra época. Sus críticas sociales han sido fuente de inspiración para millones de revolucionarios no sólo de todo el mundo socialista sino también en la mayoría de los países europeos, en el Canadá, en África y en el Japón —de hecho, prácticamente en todos los países del mundo excepto en los Estados Unidos. El pen­samiento marxista puede interpretarse de un sinfín de maneras y por ello sigue fascinando a los estudiosos. Un punto que nos interesa particularmente en nuestro análisis es la relación entre la crítica mar­xista y la estructura reduccionista de la ciencia de su tiempo.

Como la mayoría de los pensadores del siglo XIX, Marx estaba muy preocupado por ser «científico» y utilizaba constantemente este término en la descripción de su método de crítica. Por ello, con fre­cuencia intentaba formular sus teorías en un lenguaje cartesiano y newtoniano. Con todo, su amplia visión de los fenómenos sociales le permitió trascender la estructura cartesiana de varias maneras sig­nificativas. No adoptó la postura clásica del observador objetivo, sino que dio gran importancia a su papel de participante, afirmando que su análisis de la sociedad era inseparable de la crítica social. En su crítica fue mucho más allá de las cuestiones sociales y con fre­cuencia reveló unas ideas profundamente humanistas, por ejemplo en su planteamiento del concepto de alienación45. Por último, si bien solía hablar a favor del determinismo tecnológico —lo que hacía a su teoría más aceptable como ciencia— también se adentró en las relaciones que ligan todos los fenómenos, concibiendo la sociedad como un todo orgánico en el que ideología y tecnología tenían la misma importancia.
A mediados del siglo XIX, la economía política clásica se había dividido en dos grandes corrientes. Por una parte estaban los refor­madores: los utopistas, los marxistas y la minoría de economistas clásicos partidarios de John Stuart Mill. Por la otra estaban los eco­nomistas neoclásicos que centraban sus esfuerzos en el proceso del núcleo económico y crearon la escuela de la economía matemática. Algunos de ellos trataron de establecer fórmulas objetivas para al­canzar un máximo de asistencia social, mientras otros se refugiaron en una matemática aún más abstrusa, tratando de escapar a las críticas devastadoras de los utopistas y de los marxistas.

Gran parte de la economía matemática estaba —y, sigue estando—dedicada a estudiar los «mecanismos del mercado» con la ayuda de curvas que describen la oferta y la demanda, que siempre se expresan como funciones de precios y se basan en varias hipótesis sobre el comportamiento económico que suelen resultar extremadamente irreales en el mundo actual. Por ejemplo, la mayoría de los modelos dan por sentada la perfecta competencia en los mercados libres, tal y como fue formulada por Adam Smith. La esencia del enfoque puede ser ilustrada por el gráfico básico de la oferta y la demanda presentado en todos los textos de introducción a la economía (ver gráfico).


La interpretación de este gráfico se basa en la hipótesis newtoniana según la cual los participantes en un mercado «gravitarán» automá­ticamente (y, por supuesto, sin «fricción» alguna) hacia el precio de «equilibrio» situado en el punto de intersección de las dos curvas.

Mientras los economistas matemáticos perfeccionaban sus mode­los a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, la economía mundial se aproximaba a la peor crisis de la historia, una crisis que socavó los cimientos del capitalismo y pareció confirmar todas las predicciones de Marx. Sin embargo, después de la Gran Depresión de 1929, la rueda de la fortuna giró de nuevo a favor del capitalismo, estimulada por las intervenciones sociales y económicas de los go­biernos. Estos programas se apoyaban en la teoría de John Maynard Keynes, economista que influyó de manera decisiva en el pensamiento económico moderno.

Keynes estaba profundamente interesado por toda la escena po­lítica y social y consideraba la teoría económica un instrumento de la política. Modificando los métodos llamados «libres de valores» de la economía neoclásica y utilizándolos para fines y propósitos instru­mentales, Keynes dio nuevamente un valor político a la economía, pero esta vez de una manera totalmente diferente. Desde luego, esto suponía renunciar al ideal del observador científico objetivo, y esto era algo que los economistas neoclásicos hacían sólo de mala gana. Pero Keynes los tranquilizó, demostrándoles que podía derivar sus intervenciones normativas del modelo neoclásico sin interferir con las operaciones estabilizadoras del sistema de mercados. Con este fin demostró que los estados de equilibrio económico eran «casos es­peciales», excepciones y no la regla del mundo real.

Con objeto de determinar la naturaleza de las intervenciones gu­bernamentales, Keynes desplazó su centro de interés del micronivel al macronivel, hacia unas variables económicas como la renta nacio­nal, la suma total de los consumos y de las inversiones, el volumen total de empleo, etc. Estableciendo relaciones simplificadas entre es­tas variables, logró demostrar que eran susceptibles de cambios a corto plazo en los que se podía influir tomando las disposiciones adecuadas. Según Keynes, estos ciclos económicos fluctuantes eran una propiedad intrínseca de las economías nacionales. Esta teoría iba en contra del pensamiento económico ortodoxo, que postulaba el empleo total, pero Keynes defendió su herejía apelando a la expe­riencia y señalando que «una característica destacada del sistema eco­nómico en que vivimos es el hecho de que está sujeto a graves fluc­tuaciones con respecto a la producción y al empleo»46

En el modelo keynesiano, al aumentar la inversión siempre au­mentará el número de puestos de trabajo, y por consiguiente incre­mentará el nivel de renta total, que a su vez conducirá a una mayor demanda de bienes de consumo. Así pues, la inversión estimula el crecimiento económico e incrementa la riqueza nacional que, a la larga, «se filtrará poco a poco» a las clases más pobres. Por otra parte, Keynes nunca dijo que este proceso culminaría en el empleo total: simplemente hará que el sistema se desplace en esa dirección: deteniéndose en algún nivel de subempleo o dando directamente marcha atrás, pues esto depende de muchas hipótesis que no forman parte del mundo keynesiano.

Esto explica la importancia de la publicidad, medio con el que las grandes compañías tratan de controlar la demanda en el mercado. Para que el sistema funcione, no sólo es necesario que los consu­midores gasten cada vez más, sino que lo hagan de una manera pre­visible. En la actualidad, la dirección de la teoría de la economía clásica prácticamente se ha invertido. Los economistas de todas las creencias, cada uno a su manera, formulan distintos tipos de ciclos económicos; los consumidores se ven obligados a convertirse en in­versores involuntarios y las intervenciones gubernamentales y co­merciales controlan el mercado, mientras los teóricos neoclásicos si­guen invocando la Mano Invisible.

En el siglo XX, el modelo keynesiano es totalmente asimilado por la corriente principal del pensamiento económico. A la mayoría de los economistas les sigue interesando muy poco el problema político del paro, y siguen intentando «poner a punto» los remedios key­nesianos para acuñar moneda, aumentar o reducir las tasas de interés, recortar o incrementar los impuestos, y así sucesivamente. Sin em­bargo, al no tener en cuenta la estructura detallada de la economía y la naturaleza cualitativa de sus problemas, estos métodos suelen estar destinados al fracaso. En los años setenta, los fallos de la eco­nomía keynesiana ya se habían hecho evidentes.

Hoy el modelo keynesiano se ha vuelto inadecuado, pues no tiene en cuenta muchos factores que son de importancia capital para com­prender la situación económica. Se concentra en la economía interna, disociándola de la red económica mundial y haciendo caso omiso de los acuerdos económicos internacionales; no tiene en cuenta el enorme poder político de las multinacionales; no presta atención a las condiciones políticas y olvida las costas sociales y ambientales de las actividades económicas. En el mejor de los casos, el enfoque key­nesiano puede proporcionar una serie de escenarios posibles, pero no puede hacer pronósticos específicos. Como gran parte del pen­samiento económico cartesiano, ha durado más que su utilidad.
La economía contemporánea es una mezcla de conceptos, teorías y modelos procedentes de varios períodos de la historia económica. Las principales escuelas de pensamiento son la escuela marxista y la economía «mixta», una versión moderna de la economía neoclásica que usa técnicas matemáticas mucho más complejas, pero que sigue basándose en las nociones clásicas. A finales de los años treinta y en los años cuarenta se proclamó la nueva síntesis «neoclásico-keyne­siana», pero en realidad, dicha síntesis nunca llegó a realizarse. Los economistas neoclásicos simplemente se apropiaron de los instru­mentos keynesianos y los injertaron en sus propios modelos, en una tentativa de influir en las llamadas fuerzas de mercado y a la vez, esquizofrénicamente, retener los antiguos conceptos de equilibrio.

En los últimos años, un grupo heterogéneo de economistas ha sido llamado colectivamente la escuela «post-keynesiana». Los partida­rios más conservadores del pensamiento post-keynesiano anuncian hoy un nuevo tipo de la llamada economía de la oferta, que ha en­contrado fervientes admiradores en Washington. La esencia de su razonamiento es que, tras el fracaso de los keynesianos en sus ten­tativas de estimular la demanda sin aumentar la inflación, hoy se de­bería estimular la oferta: por ejemplo, invirtiendo más en fábricas y en automatización y suprimiendo los «improductivos» controles am­bientales. Este enfoque es obviamente antiecológico: su aplicación probablemente de origen a una rápida explotación de los recursos naturales y por tanto agravaría nuestros problemas. Otros post-keynesianos han comenzado a analizar la estructura económica de ma­nera más realista. Estos economistas rechazan el modelo del mercado libre y el concepto de la Mano Invisible y reconocen que la economía actual se halla dominada por las gigantescas instituciones empresa­riales y por las agencias gubernamentales que suelen atender a sus ne­cesidades. Sin embargo, la mayoría de los post-keynesianos utilizan datos demasiado generales, impropiamente derivados del microa­nálisis; hacen caso omiso del concepto de crecimiento y no parecen tener una visión clara de las dimensiones ecológicas de nuestros pro­blemas económicos. En sus complejos modelos cuantitativos describen segmentos fragmentarios de la actividad económica; se supone que estos fragmentos tienen una base «empírica» y que no represen­tan más que «hechos», pero en realidad se apoyan en una serie de conceptos neoclásicos tácitamente asumidos.

Todos estos modelos y teorías —sean marxistas o no marxistas—siguen estando profundamente arraigados en el paradigma carte­siano, y por ello no sirven para describir las interacciones y las con­tinuas transformaciones del sistema económico mundial actual. A los no iniciados no les resulta nada fácil comprender el lenguaje técnico y extremadamente abstracto de la economía moderna: no obstante, una vez dominado este lenguaje, los principales fallos del pensa­miento económico contemporáneo se tornan inmediatamente evi­dentes.

Una de las más destacadas características de los sistemas econó­micos modernos, tanto del capitalista como del comunista, es la ob­sesión por el crecimiento. Prácticamente todos los economistas y to­dos los políticos consideran esencial el crecimiento económico y tec­nológico, pese a que hoy hay suficientes pruebas de que la expansión ilimitada en un ambiente finito sólo puede llevar al desastre. La creencia en la necesidad de un crecimiento constante es una conse­cuencia de la excesiva importancia dada a los valores yang —la ex­pansión, la autoafirmación, la competitividad— y también puede es­tar relacionada con las nociones newtonianas del tiempo y espacio absolutos e infinitos. Este es un ejemplo de pensamiento lineal, de la creencia errónea de que si algo es bueno para un individuo o un grupo, más de lo mismo será necesariamente mejor.

El enfoque competitivo y autoafirmador usado en el comercio forma parte de la herencia del individualismo atomista de John Locke. Esta filosofía tuvo una importancia vital para los primeros colonos y exploradores del continente americano; hoy, sin embargo, se ha vuelto insuficiente, incapaz de hacer frente a la intrincada red de relaciones sociales y ecológicas que caracterizan a las economías industriales maduras. En el gobierno y en el comercio, el credo pre­dominante sigue siendo que el máximo del bien común se obtendrá cuando los individuos, los grupos y las instituciones logren llegar al máximo de su propia riqueza material: lo que es bueno para la Ge­neral Motors también lo es para los Estados Unidos. El todo se identifica con la suma de sus partes y se olvida la posibilidad de que sea superior o inferior a esta suma, según la interferencia recíproca de las partes. Las consecuencias de esta falacia reduccionista se están haciendo desagradablemente visibles: hay cada vez más choques en­tre las fuerzas económicas, que desgarran el tejido social y arruinan el entorno natural.

De la obsesión mundial por el crecimiento ha resultado el asom­broso parecido entre las economías capitalistas y las comunistas. Los dos representantes principales de estos opuestos sistemas de valores, la Unión Soviética y los Estados Unidos, no parecen hoy tan dife­rentes. Ambas potencias se dedican al crecimiento industrial y a la tecnología «dura», y ambas ejercen un control cada vez más centra­lizado y burocrático, sea por parte del estado, sea por parte de las multinacionales «privadas». La dependencia universal del creci­miento y de la expansión se está haciendo más fuerte que todas las demás ideologías: tomando la frase de Marx, podemos decir que se ha convertido en «el opio del pueblo»

En cierto sentido, la creencia generalizada en el crecimiento se puede justificar, pues el crecimiento es una característica esencial de la vida. El hombre lo ha sabido desde tiempos inmemoriales, como podemos ver por los términos utilizados en la antigüedad para des­cribir la realidad. La palabra griega physis —que es la raíz de nuestros términos modernos física, fisiología etc.—, y el término sánscrito brahman, utilizados ambos para describir la naturaleza esencial de todas las cosas, derivan de la misma raíz indoeuropea bheu, que sig­nifica «crecer». De hecho, la evolución, el cambio y el crecimiento parecen ser aspectos esenciales de la realidad. Sin embargo, el error de las actuales nociones de crecimiento económico y tecnológico es­triba en su falta de restricciones. Se suele creer que todo crecimiento es bueno sin reconocer que, en un ambiente finito, tiene que haber un equilibrio dinámico entre el crecimiento y la decadencia. Mientras que unas cosas tienen que crecer, otras tienen que decaer, para que sus elementos constituyentes puedan ser liberados y aprovechados nuevamente.

La mayor parte del pensamiento económico actual se apoya en la noción del crecimiento no diferenciado. La idea de que el creci­miento puede ser paralizante, malsano o patológico no se toma en consideración. Por tanto, lo más urgente es diferenciar y precisar el concepto de crecimiento. El crecimiento, enfocado hacia la excesiva producción y el enorme consumo del sector privado, ha de canali­zarse hacia ramas del servicio público como el transporte, la edu­cación y la asistencia sanitaria. Este cambio ha de ir acompañado de un cambio fundamental de énfasis, pasando de las adquisiciones ma­teriales al crecimiento y desarrollo interiores.

En las sociedades industriales hay tres aspectos de crecimiento que están íntimamente vinculados entre sí: el económico, el tecnológico y el institucional. La mayoría de los economistas aceptan el dogma del continuo crecimiento económico, suponiendo —como Keynes— ­que es la única manera en que la riqueza material «se filtrará» hacia las clases más pobres. Ahora bien: lo irreal de ese modelo de cre­cimiento «por filtración» ha quedado patente hace mucho tiempo. Los altos índices de crecimiento no resuelven prácticamente ninguno de los problemas sociales y humanos más urgentes y en muchos paí­ses han ido acompañados de un aumento del paro y de un deterioro general en las condiciones sociales47. Así pues, en 1976 Nelson Roc­kefeller afirmó en una reunión del Club dé Roma: «Es esencial au­mentar el crecimiento para que millones de norteamericanos tengan la oportunidad de mejorar su calidad de vida»48.

En realidad, Nelson Rockefeller no se estaba refiriendo a la calidad de vida sino al llamado «nivel de vida» que se equipara con el con­sumo material. Los industriales gastan enormes sumas de dinero en publicidad para mantener un nivel de consumo competitivo; por este motivo, muchos de los bienes consumidos son innecesarios, exce­sivos y con frecuencia directamente perjudiciales. El precio que pa­gamos por estas costumbres derrochadoras es la continua degrada­ción de la verdadera calidad de vida —del aire que respiramos, de la comida que comemos, del ambiente en el que vivimos y de las re­laciones sociales que forman el tejido de nuestras vidas. Las costas de este consumo excesivo basado en el despilfarro fueron muy bien documentadas hace unas décadas y siguen aumentando día a día49.

La consecuencia más grave del crecimiento económico continuo es el agotamiento de los recursos naturales del planeta. A comienzos de los años cincuenta, el geólogo M. King Hubbert predijo con exac­titud matemática el ritmo de tal agotamiento. Hubbert trató de presentar esta hipótesis al presidente John F. Kennedy y a los sucesivos presidentes norteamericanos pero la mayoría de las veces fue tomado por un chiflado. Desde entonces, la historia se ha encargado de con­firmar las predicciones de Hubbert con todo detalle, y últimamente ha recibido muchos premios.

Las estimaciones y los cálculos de Hubbert demuestran que las curvas de producción/agotamiento para todos los recursos naturales no renovables tienen forma de campana, y que son muy parecidas a las curvas que indican el auge y la caída de las civilizaciones50. En un principio la curva sube paulatinamente, luego se empina brus­camente, llega a su punto culminante, desciende de improviso y a la larga desaparece. De esta manera predijo Hubbert que la producción de petróleo y de gas natural en los Estados Unidos alcanzaría su punto máximo en los años setenta —como sucedió— y luego co­menzaría el descenso que continúa en la actualidad. El mismo mo­delo anuncia que la producción mundial de petróleo llegará a su punto culminante hacia 1990, mientras la producción mundial de carbón lo hará en el trascurso del siglo XXI. El aspecto más impor­tante de estas curvas es que describen el agotamiento de todos los recursos naturales, desde el carbón, el petróleo y el gas natural hasta los metales, los bosques y las reservas ícticas e incluso del oxígeno y del ozono. Quizá la solución al problema de la producción de ener­gía se encuentre en los combustibles orgánicos, pero esto no pondrá fin al agotamiento de los otros recursos naturales. Si mantenemos los modelos actuales de crecimiento no diferenciado, pronto agotaremos las reservas de metales, alimentos, oxígeno y ozono que tienen una importancia capital para nuestra supervivencia.

Para reducir el ritmo veloz del agotamiento de nuestros recursos naturales no sólo tenemos que olvidar la idea del crecimiento eco­nómico continuo, sino que también hemos de controlar el incre­mento de la población mundial. Los peligros de esta «explosión de­mográfica» suelen reconocerse, pero las opiniones sobre cómo lograr un «crecimiento demográfico cero» varían mucho, y los métodos propuestos van desde la planificación familiar voluntaria y la edu­cación sexual hasta la coacción con medidas legales y mediante el empleo de la fuerza bruta. La mayoría de estas proposiciones se ba­san en una visión exclusivamente biológica del fenómeno, relacionándolo sólo con la fertilidad y la contracepción. Pero hoy existen una serie de pruebas concluyentes, reunidas por demógrafos de todo el mundo, de que el crecimiento demográfico se ve afectado también, o incluso más, por varios factores sociales poderosos. La concepción sugerida por estas investigaciones ve afectado el índice de creci­miento por la compleja interacción entre varias fuerzas biológicas, sociales y psicológicas.

Los demógrafos han descubierto que el modelo más significativo radica en la transición entre dos niveles de poblaciones estables, que ha sido una característica de todos los países occidentales. En las sociedades premodernas los índices de natalidad eran altos, pero también lo eran los índices de mortalidad, de suerte que el número de la población permanecía estable. Al mejorar las condiciones de vida en la época de la revolución industrial los índices de mortalidad comenzaron a disminuir y, puesto que los índices de natalidad se­guían siendo muy altos, la población comenzó a aumentar rápida­mente. Sin embargo, al mejorar constantemente el nivel de vida y al reducirse cada vez más los índices de mortalidad, también los índices de natalidad comenzaron a disminuir, con ello disminuyó también el ritmo del crecimiento demográfico. La razón de esta disminución se ha observado en todo el mundo. A través de la interacción de las fuerzas sociales y psicológicas, la calidad de vida —la satisfacción de las necesidades materiales, la sensación de bienestar y la confianza en el futuro— se convierte en una motivación muy potente y eficaz para controlar el crecimiento demográfico. De hecho, se ha descu­bierto un nivel crítico de bienestar que conduce a una rápida reduc­ción del índice de natalidad y que tiende al equilibrio demográfico. Las sociedades humanas, pues, han desarrollado un proceso de auto-regulación, basado en las condiciones sociales, que tiene como re­sultado una transición demográfica de una población en equilibrio con un alto índice de natalidad y mortalidad y un bajo nivel de vida a una población con un nivel de vida más alto, mayor en número que la anterior pero igualmente equilibrada, en la que tanto el índice de natalidad como el de mortalidad son muy bajos51.

La crisis demográfica del mundo moderno se debe al rápido au­mento de la población en el Tercer Mundo, y las consideraciones mencionadas anteriormente demuestran con claridad que este aumento continúa al no haberse cumplido las condiciones necesarias para la segunda fase de la transición demográfica. En el pasado colonial, los países del Tercer Mundo experimentaron una mejora de las condiciones de vida que bastó para reducir el índice de mortali­dad, iniciando así el crecimiento demográfico. Ahora bien, el nivel de vida no siguió aumentando, pues las riquezas de las colonias se transferían a los países más desarrollados, donde contribuían a la es­tabilización de sus poblaciones. Este proceso ocurre todavía, pues muchos países tercermundistas siguen estando colonizados económicamente. Esta explotación sigue aumentando la opulencia de los colonizadores e impide que las poblaciones del Tercer Mundo alcancen el nivel de vida necesario para reducir su índice de creci­miento demográfico.

La crisis demográfica mundial es pues un efecto imprevisto de la explotación internacional, una consecuencia de las relaciones fun­damentales dentro del ecosistema mundial, en el que cada explota­ción vuelve, con el tiempo, a perjudicar a los explotadores. Desde este punto de vista resulta evidente que el equilibrio ecológico también requiere la justicia social. La manera más eficaz de controlar el crecimiento demográfico será ayudar a los pueblos del Tercer Mundo a alcanzar un nivel de bienestar que los induzca a limitar volunta­riamente su fertilidad. Para ello, se requiere una redistribución mun­dial de la riqueza, a saber, que parte de la riqueza del mundo se devuelva a los que contribuyeron mayoritariamente a su producción.

Un aspecto importante pero poco conocido del problema demo­gráfico es que el costo de aumentar el nivel de vida de los países más pobres hasta el punto en que la gente se convenza de no tener un número excesivo de hijos es muy reducido con respecto a la riqueza de los países desarrollados. En otras palabras: hay suficiente riqueza para mantener a todo el mundo en un nivel que desemboque en un equilibrio demográfico52. El problema radica en que esta riqueza esta repartida de manera desigual, y que se desperdicia en gran parte. En los Estados Unidos, donde el consumo excesivo y el derroche se han convertido un modo de vida, el 5 por ciento de la población mundial, consume un tercio de los recursos mundiales, con un consumo la energía per cápita que es aproximadamente el doble del de la mayoría de los países europeos. Al mismo tiempo, las frustraciones creadas y mantenidas por las dosis masivas de publicidad, combinadas con la injusticia social dentro del país, contribuyen a determinar el cre­ciente número de crímenes, de actos violentos y otras patologías so­ciales. El triste estado de cosas se refleja muy bien en el esquizofré­nico contenido de los semanarios americanos. La mitad de las pá­ginas están llenas de siniestras historias sobre crímenes violentos, de­sastres económicos, tensiones políticas internacionales y la carrera hacia la destrucción mundial, mientras que la otra mitad retrata gente alegre y despreocupada que nos ofrece paquetes de cigarrillos, bo­tellas de alcohol y flamantes coches nuevos. En la televisión, la pu­blicidad influye en el contenido y la forma de todos los programas, incluidos los noticiarios, y utiliza el enorme poder de sugestión de este medio de comunicación —en funcionamiento durante seis horas y media en la familia norteamericana media— para deformar la ima­ginación de las personas, desvirtuar su sentido de la realidad y de­terminar sus opiniones, sus gustos y sus comportamientos53. El único objetivo de esta peligrosa manera de proceder es condicionar al público para comprar los productos anunciados antes, después y durante cada programa.

En esta cultura, el crecimiento económico está inexplicablemente ligado al crecimiento tecnológico. Los individuos y las instituciones se hallan hipnotizados por los milagros de la tecnología moderna y han acabado por creer que todos los problemas se pueden solucionar con la tecnología. No importa que la naturaleza del problema sea po­lítica, psicológica o ecológica, la primera reacción, casi automática, es tratar de resolverlo aplicando o desarrollando algún nuevo tipo de tecnología. Al derroche del consumo de la energía se responde creando nuevas centrales nucleares; la falta de ideas políticas se com­pensa fabricando más misiles y más bombas, y el remedio para el envenenamiento del medio ambiente es la creación de nuevas tec­nologías que, a su vez, afectan a la naturaleza de varias maneras aún desconocidas. Tratando de encontrar soluciones técnicas para todos los problemas, nos hemos limitado simplemente a cambiarlos de sitio en el ecosistema mundial, y frecuentemente los efectos secundarios de la «solución» son más dañinos que el problema original.

La última manifestación de nuestra obsesión por la alta tecnología es la generalizada fantasía de que nuestros problemas actuales pueden resolverse creando hábitats artificiales en el espacio. No excluyo la posibilidad de que algún día se fabriquen estas colonias espaciales, si bien por lo que he visto de los planos y de la mentalidad que las ha concebido estoy seguro de que no me gustaría vivir allí. Sin em­bargo, el error básico de toda la idea no es tecnológico: se trata de la ingenua creencia de que la tecnología espacial puede solucionar las crisis sociales y culturales de nuestro planeta.

El crecimiento tecnológico no sólo está considerado como la so­lución definitiva del problema, sino también como el factor que de­termina nuestro sistema de vida, nuestra organización social y nues­tro sistema de valores. Este «determinismo tecnológico» parece ser consecuencia del prestigio de la ciencia en nuestra vida pública —en comparación con la filosofía, el arte o la religión— y del hecho que los científicos no han sido generalmente capaces de ocuparse de los valores humanos de manera significativa. Esto ha llevado a muchas personas a creer que la tecnología determina la naturaleza de nuestro sistema de valores y de nuestras relaciones sociales, en vez de re­conocer que es exactamente lo contrario: son nuestros valores y nuestras relaciones sociales los que determinan la naturaleza de nues­tra tecnología.

La conciencia masculina, o «yang», que domina nuestra cultura, se ha visto realizada no sólo en la ciencia «exacta», sino también en la tecnología «dura» que deriva de ella. Esta tecnología es más bien fragmentaria que holística, orientada hacia la manipulación y el con­trol y no hacia la cooperación, autoafirmadora y no integradora, y adecuada a una administración centralizada en vez de a una aplica­ción regional por individuos y pequeños grupos. Como resultado de ello, esta tecnología se ha hecho profundamente antiecológica, anti­social, poco sana e inhumana.

La manifestación más peligrosa de nuestra tecnología dura y «ma­chista» es la difusión de las armas nucleares, que equivale al «boom» militar más caro de la historia54. Tras lavar el cerebro del público americano y controlar eficazmente a sus representantes, el complejo militar-industrial ha logrado obtener con regularidad presupuestos de defensa cada vez mayores y los ha utilizado para diseñar las armas que se utilizarán en una guerra en la que se usarán intensivamente los recursos científicos y que estallará en unos diez o veinte años.

En el campo militar trabajan de un tercio a la mitad de los científicos e ingenieros norteamericanos, utilizando toda su imaginación y su creatividad para inventar medios cada vez más complejos destinados a la destrucción total —sistemas de comunicación por laser, ondas dirigidas de partículas y otras tecnologías complejas destinadas a la «guerra de las galaxias»55.

Resulta sorprendente que todos estos esfuerzos se concentren ex­clusivamente en las armas. Los problemas de defensa de los Estados Unidos, como todos los demás problemas que afectan al país, se per­ciben como simples problemas de alta tecnología. La idea de que las investigaciones en el campo de la psicología, de lo social y de la con­ducta —y no hablemos ya de la filosofía o la poesía— podrían ser importantes pasa desapercibida. Además, el problema de la seguri­dad nacional se analiza principalmente en términos de «bloques de poderes», «acción y reacción», «vacío político» y otras nociones newtonianas parecidas.

Los efectos del extenso uso militar de la tecnología «dura» son semejantes a los que se encuentran en la economía civil. La comple­jidad de nuestros sistemas industriales y tecnológicos ha llegado a un punto en el que muchos de estos sistemas ya no pueden ser mode­lados ni controlados. Las averías y los accidentes suceden cada vez con mayor frecuencia; continuamente surgen costos sociales y am­bientales imprevistos, y se dedica más tiempo a mantener y a regular el sistema que a suministrar bienes y servicios útiles. Estas empresas, por tanto, son extremadamente inflacionarias, además de tener gra­ves consecuencias para nuestra salud física y mental. De ahí que cada vez se haga más evidente, como indicaba Henderson, que podríamos alcanzar nuestros límites sociales, psicológicos y conceptuales de cre­cimiento incluso antes de haber alcanzado los límites físicos56.

Por consiguiente, lo que necesitamos es una nueva definición de la naturaleza de la tecnología, un cambio en su orientación, y una nueva evaluación del sistema de valores en el que se apoya. Si se entiende la tecnología en el sentido más amplio del término —como la aplicación de los conocimientos humanos para resolver una serie de problemas prácticos— se hace evidente que nos hemos concen­trado demasiado en las tecnologías «duras», altamente complejas, que requieren un uso intensivo de los recursos, y que hemos de desplazar nuestra atención hacia las tecnologías «blandas» para resolver los conflictos, llegar a acuerdos sociales, a la cooperación, a la re­cuperación y a la redistribución de los bienes. Como dice Schuma­cher en su obra
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