Memorias del hombre más feo del mundo




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títuloMemorias del hombre más feo del mundo
fecha de publicación05.02.2016
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MEMORIAS DEL HOMBRE MÁS FEO DEL MUNDO

( 1 - 8)





1.
Hay gente con suerte… pero yo no soy uno de ellos. Hay gente que camina acompañado de un amor, de un amigo, de un compañero, de un familiar, o incluso de una mascota… Yo no.

A mí no me acompaña nadie nunca. Si acaso, esa maldita frase que siempre anda tras de mí. Esa que dice: “¡joder, qué tío más feo!.

La habré oído un millón de veces. Quizás más, y siempre sale de una boca distinta.

A pesar de haberme acostumbrado a oírla aún sigue haciéndome daño. Sobre todo cuando es un niño el que la dice, acompañada de un llanto de pavor.

Soy el hombre del saco para esos locos bajitos con los que tanto me gustaría jugar… Pero no puedo acercarme a ellos.

Sí, es verdad… posiblemente soy el hombre más feo del mundo.

Ya cuando nací, el médico le dijo a mi madre que lo sentía mucho, que habían hecho todo lo posible pero...

- Doctor – le dijo mi madre muy seria, aún presa del cansancio posparto – dígame la verdad

- señora, no hemos podido hacer nada… Sigue vivo. Lo siento mucho

- ¿y no se habrá equivocado usted? – preguntó aún esperanzada la buena mujer

- no, señora… en serio que lo siento.

2. Con el paso del tiempo me he ido curando en salud… Digamos que al comprender que tienen razón al llamarme feo todo ha sido más fácil. Técnica de reconocimiento – la llamó el psicólogo.

Eres feo – me dijo el “pedazo de cabrón” – y eso no tiene porqué ser malo. Sólo tienes que asumirlo para ser feliz

Serás hijo de puta… - pensé sonriéndole como un idiota – y lo dices tú que le pareces a Grego Samsa después de su metamorfosis

- mírame – me decía – yo soy feliz

- ¿tú qué vas a ser feliz? – le dije muy serio, y cabreado – tú eres un farsante, capaz de cualquier cosa por tal de sacarme los cuartos

- está bien – me dijo, observando que me empezaba a impacientar – empecemos de cero

- ¿qué quiere decir?

- que hagamos como si no nos hubiéramos visto nunca… como si fuéramos dos desconocidos

- está bien – y aproveché para hacerle caso. Salí. Me marché y siguió siendo un desconocido. Era el tío más falso e hipócrita que había conocido en mi vida.

Vamos, que si la cara es el espejo del alma, la de ese tipo era el espejo retrovisor…

3. En fin… Permite que me presente. Todo el mundo me conoce por “Elade”, que no es mi nombre real, como habrás supuesto. En realidad me llamo José, pero todos me llaman así, que es la cruel abreviatura de “el adefesio”. Así es como me llamaban en el barrio cuando era un chaval.

Reconozco que mi incultura me hizo disfrutar del nombre en un principio. En un barrio tan pobre e inculto como el mío no había calificativos más allá de el feo, la cosa, o, el siempre original, monstruo.

Adefesio me sonaba a dios mitológico, a personaje de cómic. Y un adefesio no podía ser algo feo, sino algo más bien mágico y gigantesco.

Después, en el colegio, descubrí que no era así.

Y es que en mi barrio éramos como los escultores… vivíamos en la edad de piedra.

Pero es verdad que siempre he sido bastante feo. Más que feo… horroroso.

Hay feos graciosos. Hay feos guapos. También los hay locuaces y con personalidad, capaces de borrar su aspecto, pero yo soy de esos que dan miedo.

Si hasta mi madre me utilizaba para dar miedo a mis hermanos.

- Si no os dormís pronto – les decía – os mandaré a dormir a la habitación de “Joseíco”.

Y los cabrones se callaban, se acurrucaban entre sus mantas y no volvían a protestar.

Yo dormía solo, y mi fealdad iba haciéndose supina, alimentándose a base de desdén y de rechazo... incluido el de mi propia madre.

Hay una frase que dice que a nadie le huelen sus peos ni le parecen sus hijos feos… Mi madre, como siempre en su afán de no destacar por encima de los demás, cumplía la regla al cincuenta por ciento…

4. Ya cuando nací, el médico le dijo a mi madre que lo sentía mucho, que habían hecho todo lo posible pero...

- Doctor – le dijo mi madre muy seria, aún presa del cansancio posparto – dígame la verdad

- señora, no hemos podido hacer nada… Sigue vivo. Lo siento

- pero… ese ruido de antes… ¿se les ha caído de la camilla?

- sí, pero no ha pasado nada… no se ha arreglado ni un pelín. Ha nacido así, y no intente denunciarnos porque tenemos todo grabado en video.
La incrédula matrona – hasta ese día juraba haber visto de todo - me pellizcó para que llorase y lo consiguió, por lo menos en cuanto al sonido, porque lágrimas no derramé ni una por culpa de una deshidratación.

En cambio, quienes presenciaron mi nacimiento no dejaron de echar lágrimas. Ya es triste sentir pena por un bebé aparentemente sano.

Dicen que hasta las madres que perdían a sus hijos se acercaban hasta mi habitación para sentirse mejor.

Mi madre dicen que lloró y lloró cuando me cogió entre sus brazos. Yo buscaba su pecho. Ella cerraba un ojo, luego otro… y seguía llorando.

Mi padre hacía rato que se había ido a trabajar. Él mismo derogó el permiso de paternidad que le habían concedido.

- ¿Qué haces aquí, Miguel? – le preguntaron en la obra

- ¿y qué quieres? – dijo él - ¿Que me quede a celebrarlo?

- pues claro hombre… ¿hay algo más hermoso que un hijo?

- sí

- ¿el qué? – le preguntaron los amigos, algo extrañados

- tú mismo, esa hormigonera, la grúa esa… es que no lo habéis visto. Pero tranquilos, oiréis hablar de él… os lo aseguro.
5. Cuando mi madre me vio, allí, en aquel quirófano sin luz, tuvo su primera duda. Por suerte los doctores no le dejaron elegir entre la placenta o yo.

- La placenta puede ayudarnos en nuestras investigaciones – dijeron los doctores - en cambio el chaval no nos sirve para nada. Será de más utilidad en su casa

- algo podrán hacer con él – dijo una de mis tías

- si al menos estuviera muerto podríamos hacer algún uso. Pero así… ustedes me dirán.

Siempre que mi madre se enfada conmigo, que es a diario, recuerda aquella placenta…y habla de ella como ese hermano que nunca tuve y al que tanto añora.
Los primeros tres años de mi vida fueron los mejores, sin duda alguna.

Si bien no guardo ningún recuerdo especialmente bueno, tampoco tengo uno solo malo. Tampoco hay fotografías, ni videos… nada. Y yo imagino esa época como feliz, al menos para mí. Para mis padres sé que no lo fue.

Por suerte en casa me crié como uno más. Y lo pasé bien jugando en esa casa tan grande, con ese jardín…

Ya te digo que los otros perros nunca me trataron como a un diferente. Y eso que tenía la suerte de comer mejor que ellos.

Llámame delicado, si quieres, pero nunca me gustó ese pienso multicolor. Yo prefería las sobras del almuerzo de mis padres y hermanos…. Algunas hasta llegaba a tomarlas calientes aún.
- Nunca me gustó destacar – me decía siempre, sin contemplaciones, cargada de odio y rencor – y por tu culpa no hago otra cosa que llamar la atención allá por donde paso. ¿Es eso justo?

- ¿me lo preguntas a mí? – pensaba yo - ¿y qué culpa tengo yo?. Según el cura del barrio la culpa era vuestra… un castigo divino por una mala obra.

Digamos que Dios se cebó conmigo… o se despistó en el reparto de bienes. Ese día estaría de mal humor con la humanidad y tuvo que tocarme a mí ser yo. ¿No es mala suerte?.

Después de esa discusión con mamá lo pasé tan mal que hasta pensé en el suicidio por primera vez. Lo intenté… pero tuve que dejarlo porque estuve a punto de matarme.
6. No fui al colegio hasta que cumplí los cinco años. Y porque un inspector acudió a casa a obligar a mis padres.

- No nos juzgue – le dijo mi madre – no somos malos padres

- le creo, señora, le creo – dijo el agente, sin dejar de mirarme - ¿saben ustedes que nuestra institución dispone de psicólogos y psiquiatras que podrían ayudarle?

- si el niño es feliz… no necesita ayuda – dijo mi inocente madre

- no lo digo por el niño…lo digo por usted, y por su marido. No dude en llamarnos.

Así que al día siguiente fui al colegio.Volví pronto. Antes del recreo, creo.

No volví a ir por mi bien. De todos modos – me dijo mi madre, siempre pensando en mí… y también en los demás – la escuela es para los listos… Y al cole se va a pasarlo bien

- pero si yo me lo paso bien en el cole – le dije

- tú sí… pero ¿qué hay de la otra mayoría de la clase? Tenemos que pensar también en ellos. No podemos ser tan egoístas…

Ahí empecé a sospechar que mi fealdad podía llegar a ser un auténtico problema, y, seguramente, la razón por la que todo el vecindario, la familia, y hasta los animales, me daban de lado.

En esta vida o eres guapo o listo – me dijo una vez mi madre, muy seria

- ¿Y yo qué soy? – pregunté esperanzado

- tú serás siempre tú - contestó desviando la mirada, con su habitual dejadez

- ya, pero… ¿en qué categoría entro yo?

- tú no entras en categorías – dijo mi padre, hablándome por primera vez en mucho tiempo – si un acaso… tú pertenecerás a una raza

- ¿una raza?

- ni eso – dijo, bebiendo de su cerveza e ignorándome de nuevo – porque nosotros no tenemos pedigrí.

Ahí empecé a comprender porqué no me hablaba ese hombre al que todos llamaban papá. Me odiaba… o por lo menos, me ignoraba.

Un día registrando la cartera de mi padre descubrí que no había quitado la foto del niño que venía al comprarla. De rabia que me dio la saqué para romperla. Mi sorpresa fue mayor cuando vi que la mía estaba debajo. Y del revés.

Para intentar hacerme su amigo fui a buscarle una noche a la taberna. Estaba completamente borracho, y del susto que se dio al verme le dio una angina de pecho.

En la camilla de la ambulancia no paraba de repetir lo mismo: - ¡un extraterrestre… he visto un extraterrestre!.

Juro que nunca beberé – me dije al verle en ese estado.

Mi padre tenía un amigo que era poeta. Él fue el único que me ayudó durante un tiempo. Incluso iba a su casa los fines de semana.

Con él descubrí que podía servir para algo. Resultó que yo – sólo yo – inspiraba al poeta. Y eso me hacía sentir muy bien, que no era poco.

Cuando leí sus poemas vi que realmente lo que le inspiraba era… lástima.

Ahí me sentí tan mal como deben sentirse los ahorcados. No sé cómo explicarlo… Era como si tuviera un nudo en la garganta… y no podía respirar.
7. Y así transcurrió mi más tierna infancia: encerrado en casa. A veces con mamá… pero la mayoría a solas observando el mundo desde el jardín, o desde la ventana de mi dormitorio.

Escondido tras la cortina de mi ventana veía a mis vecinos jugando en sus bañeras con animalitos de plástico, de todos los colores, de todos los tamaños.

Yo siempre me conformé con esa vieja radio y el tostador. Pero siempre se apagaban al meterlas en el agua.

Y mis padres se enfadaban. Y yo no lo entendía porque les decía que siempre pasaba lo mismo, que las rompía. Aun así me volvían a dar otra… y otra más. Tuve más de diez radios diferentes en un mes… pero no eran muy buenas.

O eso, o los tostadores solo servían para hacer tostadas… Porque ahí sí que funcionaban bien.

Mi hermana, en cambio, tenía balones, bicicletas, cometas… juegos con los que podía practicar al aire libre y compartir con los vecinos.

A mí me estaba prohibido… por mi enfermedad.

Desde mi ventana les veía jugar, y disfrutaba observando su felicidad… y les envidiaba.

Aun así, allí arriba, escondido tras la cortina, era feliz.

Todo hermano debe interesarse por una hermana. Y más si esa hermana era la de mi vecino.

María Castillo… morena, alta, guapa, de voz angelical. Me enamoré. Yo tendría nueve años, y no pocas arrugas ya. Ella tendría quince, unas piernas de ensueño y unos pechos turgentes que querían escapar de esas ropas ceñidas que siempre vestía.

Observándola a diario fantaseaba con ella… pero mi apasionamiento no duró mucho.

Ella entró un día en casa a coger una pelota que se había colado en el jardín. No me dio tiempo a esconderme. Yo estaba jugando con el perro… ¡y me vio!.

Pobre… qué susto se llevó. Salió corriendo mientras gritaba a mi hermana:

- ¡El chupacabras… he visto al chupacabras… y se está comiendo a tu perro!

Un nuevo trauma invadió mi vida, y solo pude refugiarme junto a los pinceles de mi amigo el poeta.

- La belleza no da la felicidad – me decía mientras escribía

- ya – contestaba yo – pero la fealdad sí que conlleva la tristeza

- bueno, pero tú no tienes la culpa de eso

- ¿y de quién es la culpa?... ¿de Dios?

- pues sí. Yo creo que eso es una lotería. Cuando nacemos a unos toca la cara de Brad Pitt mientras que a otros les toca la de Danny de Vito. A unos les toca el culo de Banderas y a otros el de Chiquito de la Calzada…

- ya, pero es que a mí me tocó la cara como el culo de Chiquito

- pues sí es verdad. ¿Ves?... te queda el sentido del humor
8.
Cuando salía de paseo con mamá (que era muy pocas veces) por lo menos le evitaba tener que estar corrigiendo como a las demás mamás del parque.

A mí, como sucedía con tantos otros niños que llevaban melenita, por lo menos nunca me confundieron con una niña.

Al verme todo el mundo sabía que no podía ser una niña. Al menos lo suponían. Claro que muchos otros tampoco parecieron tener muy claro que fuera un niño… ¡Cabrones!.

Fue cuando cumplí los diez años cuando pude escapar de casa y salir casi a diario. Como me dejaban en el jardín trasero, jugando con los perros, nadie me echaba de menos hasta la hora de la cena.

Salía por el parque, iba hasta el arroyo, y me encantaba ver jugar a fútbol. Yo habría sido un buen defensa. Al menos eso decía mi primo. Según él, la regla básica para serlo era intimidar… y yo de eso sabía un rato… Y casi sin esfuerzo.
Con diez años, en una de mis salidas, unos tipos me secuestraron.

Vinieron por detrás de mí, y sin decir nada, me pusieron un saco sobre la cabeza y me metieron en una furgoneta.

Cuando me destaparon se llevaron un buen susto.

- ¡Joder! – gritó el jefe de la banda al verme – ¿y ahora a quién le pedimos la recompensa? ¿al zoológico?.
Estuve dos días encerrado, sin visitas, a oscuras… ninguno de ellos se atrevía a acercarse, y es que estaban convencidos de que lo mío era contagioso.

Llamaron a mis padres para pedir un rescate. Mi padre les dijo que si fuera navidad lo que les daba sería el aguinaldo… como agradecimiento.

Para que creyeran que iban totalmente en serio les dijeron que me arrancarían un dedo para enviárselo.

Los secuestradores me contaron después que mis padres no les creían, y que les pedían más pruebas.

- ¿Qué clase de pruebas? – preguntaron

- no sé… ¿un riñón… el hígado? – dijo mi padre.

El pobre secuestrador dijo que si ya era feo por fuera, a ver quién se atrevía a abrirme y mirar por dentro.

- Este en lugar de riñones tiene cojones de tener criadillas… ¡qué asco!
Como mis padres no estaban dispuestos a gastar dinero me soltaron.

Llegué a casa… Pero no se pusieron muy contentos al verme…

- ¡Mamá, papá! – les grité emocionado– he conseguido escaparme

- ¿ves como te dije que teníamos que haberles dado algo de dinero? – dijo mi madre, devolviendo la mirada a la sopa

- si se lo ofrecí – dijo mi padre – pero dijeron que ellos no tenían una guardería y que no pensaban quedárselo más tiempo

- si es que la gente está perdiendo todos los valores – dijo mi madre finalmente, levantándose, dirigiéndose hasta mí, y dándome un leve beso en el hombro. Nunca me lo daba en la cara, y eso empezaba a mosquearme

- ¿has comido algo estos días?

- no

- pues acuéstate y mañana desayunas un buen vaso de leche. ¡Hale, a dormir!
9.
Viendo que mi vida se iba al traste obligaron a mi hermana a sacarme a la calle. Y me sacaba, pero de una manera cruel.

Siempre que iba yo no jugaban a ningún juego divertido. Sólo jugábamos a escondite. Yo me tenía que esconder. Y era el mejor de todos. Nunca me encontraban detrás del río. Más tarde comprendí que es que ni siquiera me buscaban.

Y me dio igual porque allí encontré un perro muy feo que se hizo amigo mío. Al llegar al barrio su dueña me dio un euro y muchas gracias.

El perro llevaba perdido varios días, y era la única compañía de la mujer.

Viendo que los amigos de mi hermana no me aceptaban decidí ganarme un dinerito extra paseando los perros de algunos vecinos.

Decían que era el mejor paseador de perros. Y era verdad. Los animalitos se asustaban tanto de mi cara que no se atrevían a mirar atrás y siempre andaban y andaban.

Cuando se los devolvía a sus dueños se tiraban a por ellos como si llevaran años sin verse. Realmente asustaba hasta a los perros, y eso que algunos eran tan feos como yo.

Un día iba con el perro de la vecina, una viejita adorable, y que me pagaba bien.

De pronto se nos acercó un doberman, empezó a oler al perro. Yo estaba tranquilo, pero poco a poco fui asustándome porque ese doberman estaba intentando montarlo.

Fue allí donde comprendí que Botito, en realidad era Botita… Pero yo no lo sabía. La Señora Gertrudis tampoco lo supo hasta un tiempo después.

El espectáculo era horroroso, y viendo que la pobre perrita estaba sufriendo las acometidas de aquel salvaje decidí intervenir.

Pero el doberman no estaba dispuesto a parar. Tuve que tirarle del rabo con todas mis fuerzas, y los dos caímos al suelo.

Cuando se levantó se abalanzó sobre mí como una bestia y empezó a morderme y arañarme por toda la cara.

Por suerte el dueño acudió rápidamente y el perro me soltó. El dueño, que no me conocía, se asustó al ver mi cara desfigurada y sangrando.

El dueño era uno de los mafiosos de la ciudad, y me ofreció doscientas mil pesetas de entonces si olvidábamos el tema.

Yo, aún asustado, pero sabiendo que tenía mucho menos de lo que él creía, acepté, y él me dio el dinero y me dijo que me debía un favor.

- Muchacho, acude a mí cuando tengas un problema. Me llamo Capo, ¿me conoces?

- no – dije cubriendo mi cara para que no viera que mi fealdad no era culpa del perro

- soy el Señor Capo, para lo que gustes. Seguro que tus padres sí que me conocen.

Yo me fui con el dinero y se lo di a mis padres. Por fin una sonrisa de ambos, pero ni siquiera se dieron cuenta de la sangre de mi cara. Para ellos sería como si me hubiera salido una espinilla, o algo así.

Para colmo el puto doberman dejó preñada a la perra de Doña Gertru – al animal digo - y ahora tengo tres chuchos sin raza porque la vieja se empeñó en que ese no era su perro.

- Mi perro era macho. A mí no me engañas… ¿te crees que estoy ciega? – me dijo hablando con el perchero, cargado de abrigos y sombreros.

Dicen que el dinero no trae la felicidad, pero mientras duraron esas doscientas mil pesetas – que fue poco – yo fui feliz. Me trataron como a un igual. Si hasta me creí guapo…

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