La complejización del comercio exterior en los países subdesarrollados: un objetivo difícil




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títuloLa complejización del comercio exterior en los países subdesarrollados: un objetivo difícil
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externos. Además, su estabilidad política atrae la inversión internacional y contribuye a que se consolide como líder regional y como un actor cada vez más importante de la geopolítica internacional.

Steinberg (2012) sostiene que Brasil corre riesgo frente a este escenario mundial. Su economía se está recalentando a gran velocidad, la inflación está creciendo y su tipo de cambio se está apreciando, lo que perjudica sus exportaciones y podría frenar la exitosa diversificación de su sector exterior y volver a hacer primitiva su estructura productiva. Más allá de esto, Brasil está siendo víctima de la guerra de divisas internacional y de las políticas monetarias ultra-expansivas de EEUU. Gran parte del exceso de liquidez global fluye hacia Brasil en forma de inversión en cartera a corto plazo, lo que está generando burbujas en los mercados de activos y abre la puerta a que se produzca una reversión súbita de los flujos de capital que podría desencadenar una crisis financiera (en términos económicos un sudden stop). El fundamental a tener en cuenta en este análisis es el tipo de cambio, y más concretamente el tipo de cambio efectivo real. Una economía que crece debe asumir como inevitable que el tipo de cambio efectivo real de su moneda subirá a largo plazo para reflejar su mayor riqueza y poder adquisitivo. El problema es que, en el caso de Brasil, esto está sucediendo demasiado rápido debido a factores externos que están fuera del control de las autoridades. Esto hace que el gobierno de la presidenta Rousseff se enfrente a difíciles dilemas de política económica, que además se ven complicados por la desaceleración global.

Si no se produce una reforma del Sistema Monetario Internacional que modifique el papel del dólar como moneda central del sistema, Brasil tendrá que lidiar utilizando los limitados instrumentos de política económica con los que cuenta, entre los que destacan modificaciones de los tipos de interés y la política fiscal, controles de capital o impuestos selectivos para modificar los incentivos de importadores y exportadores y de esta manera, seguir con este proceso de crecimiento y recategorización geopolítica.

Respecto a los demás países que forman el orden económico y político internacional Brasil pone de manifiesto la condición del país como potencia emergente, considerando que es uno de los cinco mayores en términos de población y área, y uno de los quince mayores en términos de ingreso (medida en dólares corrientes o en paridad de poder de compra-PPC) y de producción industrial (Moreira Cunha; Prates; Da Silva Bichara, 2010).

Estos autores concluyen que a pesar de ser una de las mayores economías del mundo, Brasil tiene un posicionamiento menos destacado cuando son considerados indicadores como renta per cápita, índice de desarrollo humano (IDH), participación en las exportaciones mundiales, calidad de la innovación tecnológica y competitividad. Otros indicadores sobre ambiente de los negocios, registrados por el Banco Mundial en el informe anual Doing Businnes, sobre transparencia de las instituciones (calculados por organizaciones no gubernamentales como Transparencia Internacional y Heritage Foundation, entre otros), también sugieren una mayor distancia entre la realidad del país y su potencial. No es posible identificar un indicador económico, social, de ambiente de negocios o capacidad de avanzar en la frontera tecnológica donde Brasil presente una destacada diferenciación positiva.

En los últimos 50 años, la economía mundial y las relaciones internacionales no solo conocen más actores y nuevos temas, sino que además están procesando una mutación y un cambio civilizacional con el ingreso, desigual y conflictivo pero irreversible, a la economía de la información y a la sociedad del conocimiento, tal como lo veremos más adelante. El actual proceso de transición al capitalismo de la información y a la sociedad del conocimiento encuentra una de sus más importantes causas en el agotamiento técnico y social de la división del trabajo taylor-fordista, que desde el último tercio del siglo XX afectó tanto a los capitalismos dominantes de entonces (EE.UU., Japón, U.E.) como a la economía y sociedad soviéticas.

Entre 1980 y 2000, mientras la economía y la sociedad soviéticas permanecían en el estancamiento económico y social, proceso que culminó finalmente en la autodisolución de la URSS, los capitalismos occidentales iniciaron un proceso constante, complejo, desigual y conflictivo de revolución científico-técnica que consistió en aumentar la simbiosis entre la producción de mercancías y la producción del conocimiento.

La tecnociencia se dedica, desde fines de los años 50, a producir de manera creciente las tecnologías que van, una vez más, a revolucionar el capitalismo: la informática, los robots, las telecomunicaciones, la biotecnología que, utilizando los adelantos en la biología molecular y la genética, penetra y cambia diversos sectores de la producción, como es el caso de la agroalimentación y las llamadas “bioindustrias” que producen o copian la propia vida (clonación). Del control de estas cuatro tecnologías fundamentales, conectables entre sí y con el sector energético tradicional, depende ahora, en esta cuarta fase, el grado de riqueza y de poder de una economía, de un Estado, de una empresa, en el capitalismo de la información. Con la revolución informática se amplía, casi ilimitadamente, la capacidad del sistema para producir mercancías, materiales e inmateriales, para poder satisfacer prácticamente cualquier necesidad humana, y se procesa nuevamente una mutación espectacular en la división social y técnica del trabajo, en los procesos productivos, en la organización del propio trabajo y en el conocimiento que de la nueva realidad se puede producir (Arce, 2011).

La principal característica de la producción de la ciencia y de la tecnología es su alta concentración oligopólica, que es verificable tanto por región geográfica, grandes sectores de la actividad económica, su financiamiento (principalmente privado y con fines civiles, en la Unión Europea y Japón, mientras que el destino militar prima en los Estados Unidos), como en el ámbito de las capacidades científicas (investigadores a tiempo completo, cantidad de estudiantes de nivel superior, cantidad de doctores, la producción tecnológica medida en cantidad de patentes y de publicaciones científicas) .

En el 2010, en lo que concierne a la creación del conocimiento, el 95% del gasto mundial en I+D se concentra en tres grandes Regiones: América del Norte (36,2%), Asía (31,2%) y Europa (27,3%). El restante 5% se distribuye en el resto de las regiones, lo que confirma que en la economía de la información la producción del conocimiento es altamente concentrado y oligopólico, más aún que cualquier otra magnitud socioeconómica que se desprende de los clásicos indicadores heredados de la economía keynesiana presentes en las cuentas nacionales. A su vez, a nivel de los Estados el 56% del gasto mundial en I+D se concentra en tres de ellos: Los Estados Unidos (33,5%), Japón (13,3) y China (9,2%). Los Estados con mayor intensidad en I+D son aquellos que alcanzan y superan el 3% de su PIB (OST, 2012). Estos países son Israel (4,76%), Suecia (3,61%), Finlandia (3,47%), Japón (3,44%) y Corea del Sur (3,21%). El resto de los países del mundo esta por debajo de esos porcentajes.

El financiamiento de la I+D a nivel mundial es fundamentalmente realizado por el sector privado (63%), sector que es también quien ejecuta el 69% de la I+D. En lo relativo a las competencias científicas y técnicas -los recursos humanos-, en el 2007 había 151 millones de estudiantes en el mundo: el 42,9% en Asia, el 24,3% en Europa, el 9,9% en América del Norte y el 4,6% en América Central y del Sur, y África. Si se considera la cantidad de estudiantes en relación a la Población Económicamente Activa (PEA), los Estados Unidos poseen una razón casi tres veces mayor que la China y la India (11,5 contra 3,3 y 3,2 respectivamente).

Según el informe de la OST citado, en lo relativo a la producción tecnológica medida por patentes de invención, el 98% de las registradas en el sistema americano de patentes se reparte en tres regiones: América del Norte (52,4%), Asia (30,7%) y Europa (15,1%). A su vez, el 97% de las patentes registradas en el sistema europeo de patentes se reparte en: Europa (45,6%), Estados Unidos (28,4%) y Asia (23%).

Finalmente, en cuanto a la producción científica y técnica medida por las publicaciones científicas, el 90% de las publicaciones mundiales tiene sus principales mercados en: Europa (38,6%), América del Norte (28,4%) y Asia (24,3%).

El ascenso del capitalismo chino en la economía de la información debe seguir siendo analizado con atención. En primer lugar, como señalan Aglietta y Lemoine (2012), la vertiginosa inserción internacional de China, en las tres últimas décadas, se basó fundamentalmente en una apertura a las inversiones extranjeras para aprender de la tecnología foránea, y en un costo salarial cercano a la noción de la ventaja absoluta. Sin embargo, Aglietta y Lemoine, realizando un análisis más fino de los componentes del valor agregado de las exportaciones chinas, ponen en evidencia la reducida innovación aportada por los investigadores chinos, quienes además trabajan y producen en laboratorios de las Empresas Multinacionales Globales (EMG) occidentales, deslocalizadas y organizadas según la lógica posfordista.

En segundo lugar, y en el mismo orden de ideas, demuestran que en el circuito integrado de producción industrial en Asia, la producción no solo se organiza de acuerdo con la lógica posfordista, sino que también la parte del valor agregado, fruto de la innovación producida por los investigadores chinos, es relativamente endeble. Finalmente, los informes del Observatoire des Sciences et des Techniques (OST) relativizan el ascenso del capitalismo chino en la economía de la información, cuando se observan el índice de densidad tecnológica -mide la relación entre la cantidad de patentes registradas en un estado y su población económicamente activa-, el índice de especialización -mide la participación de un país en un dominio tecnológico específico dividida por la participación de ese mismo país en todos los dominios tecnológicos- y el índice de impacto - se define como la cantidad de citaciones bibliográficas de un texto en un determinado dominio tecnológico sobre la cantidad total de publicaciones de ese dominio-.

En conclusión, la producción genuina de conocimiento producido por el capitalismo chino es aún débil frente al estadounidense y al de algunos europeos. Como surge claramente de estos indicadores, en la economía de la información, las desigualdades de todo tipo y naturaleza siguen caracterizando las relaciones entre las regiones, los estados, las naciones y otros actores de las relaciones económicas internacionales. En la economía de la información y en la sociedad del conocimiento, la innovación aparece altamente oligopolizado por la tétrada dominante (Estados Unidos, Japón, Unión Europea y parte de Asia). En el polo periférico y con escaso desarrollo tecnológico, cohabitan y compiten América Latina, Medio Oriente, Australia/ Nueva Zelanda y África.

Mientras que el capitalismo estadounidense aparece especializado liderando los dominios tecnológicos referidos al complejo biotecnológico-fármaco, a la electrónica y a la electricidad; el europeo lo es en la producción y comercio de los bienes finales de consumo, en la construcción y en las obras públicas; los capitalismos asiáticos aparecen en todos los dominios tecnológicos, en una tercera posición.

En esta interpretación sobre la división internacional del trabajo propia del capitalismo de la información, los capitalismos del Norte tienen aún ventajas considerables sobre el polo asiático y el resto del mundo en términos de producción de conocimiento. En consecuencia, asientan su especialización internacional en dicha ventaja dinámica, y han desplazado al Sur las producciones de la primera y segunda revolución industrial que tienen en los recursos naturales, en las producciones primarias y en algunas manufacturas que exigen escasos insumos tecnológicos.

Brasil durante las últimas décadas ha dedicado en forma creciente incentivos tanto económicos como de producción para lograr una mejora en estos sectores. Las ganancias en competitividad que se sustentan en la incorporación de nuevas tecnológicas u organizacionales representan un factor explicativo en la proporción que los bienes con mayor contenido de conocimiento ocupan en la estructura productiva y comercial.

En cuanto a la economía Brasilera, el aumento de la inversión y la evolución del tipo de cambio del real y de las tasas de interés fueron los principales desafíos macroeconómicos que enfrentó. A fin de recuperar la inversión, muy afectada por la crisis, el gobierno aumentó los gastos de capital y la inversión en proyectos de infraestructura y energía e inició un amplio programa de incentivos y subsidios públicos a la construcción de viviendas. En los últimos meses del año 2009 el sector privado dio indicios de retomar los planes de inversiones, especialmente financiados por fuentes públicas como el Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES).

Argentina destaca por su larga trayectoria de esfuerzos públicos destinados a fortalecer las capacidades domésticas en el campo de la ciencia, tecnología e innovación. Esto se remonta a la década de los cincuenta, cuando el país invierte en la creación de institutos públicos de investigación, como la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA ), el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI) y el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET).

En cuanto a los gastos destinados a investigación y desarrollo, puede destacarse que tras alcanzar el menor valor en 2002, el gasto comienza a recuperarse a partir del año siguiente y llega al máximo valor en el año 2010, representando el 0,62% con relación al PBI para dicho año.



Fuente: CEI

Recientemente, el país ha invertido en la generación de una nueva gobernanza para las políticas públicas. Entre las nuevas medidas que facilitan la articulación y la coordinación vertical y horizontal se destacan:

• Creación del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva (2008), al que se asigna la formulación de políticas y programas, la supervisión de los organismos destinados a la promoción, regulación y la ejecución de las políticas (Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica, ANPCYT y CONICET).

• Establecimiento del Gabinete Científico-Tecnológico (GACTEC) y el Consejo Institucional de Ciencia y Tecnología (CICYT) como instancias de coordinación de las políticas.

• Concentración en una misma agencia de la administración de fondos concursables para financiar investigación científica (Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, CONCYT) e innovación empresarial (Fondo Tecnológico Argentino, FONTAR).





En los últimos 30 años, el comercio mundial de bienes industriales se multiplicó por 5. Jamás el sistema productivo proporcionó tantos productos manufacturados, y su volumen a escala mundial creció un 65% entre el 2002 y el 2012. Sin embargo esta actividad parece muy polarizada puesto que el 85% de esta producción se concentra en 15 países: EE.UU., China, Japón, Alemania, Italia, Brasil, Corea del Sur, Francia, Reino Unido, India, Rusia, México, Indonesia, España, y Canadá. Cerca del 50% de esta actividad esta representada solamente por China, EE.UU. y Japón.

No obstante, las cosas están cambiando, y podemos observar como el índice de producción manufacturera (medida por el valor añadido bruto) creció un 2,7% anual en las economías avanzadas. Sin embargo, este índice se dispara hasta el 7,4% en las grandes economías en desarrollo (desde 2000 hasta 2007). Además, tal y como se puede ver en el cuadro que se presenta a continuación, en el cual se simplifica la evolución de las economías globales de manufactura en las últimas cuatro décadas, los líderes están cambiando rápidamente.

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