Evaluación de los ecosistemas del milenio de España VII. 34. Impulsores culturales




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Evaluación de los ecosistemas del milenio de España VII.34. Impulsores culturales





Sección VII




Análisis de los impulsores indirectos de cambio de los tipos operativos de ecosistemas

















Capítulo 34




Impulsores culturales




Universidad Autónoma de Madrid, Departamento de Filosofía
Autor: Jorge Riechmann




Capítulo 29. Impulsores económicos: Conexiones con la insostenibilidad y el bienestar humano

1557

Capítulo 30. Impulsores demográficos

1635

Capítulo 31. Impulsor de género: El papel de los cuidados

1661

Capítulo 32. Impulsores ciencia y tecnología

1691

Capítulo 33. Impulsores sociopolíticos: Instituciones y movimientos sociales

1737

Capítulo 34. Impulsores culturales

1763


ÍNDICE DE CONTENIDOS

1. Introducción 233

2. Lo natural y lo cultural 233

3. Definir la cultura 234

4. Un modelo de interacción entre ideas e intereses 234

5. Afinidades selectivas 235

6. El factor religioso 236

7. Los valores y creencias de la sociedad industrial 237

8. La cuestión de la dominación 238

9. Valores: la importancia del altruismo 239

10. Cinco momentos de ruptura 240

11. La cultura del capitalismo fordista y posfordista: consumismo 242

12. “Escapada virtual” 242

13. Nexos de los impulsores indirectos entre sí, y con los directos 243

14. Valores ambientales: la investigación demoscópica 243

15. Hartazgo de lo que uno no come 245

16. En síntesis: capitalismo e insostenibilidad 245

17. Necesitamos cambiar, pero… 246

18. …no hay atajos 247

19. Hacia una cultura de la sostenibilidad 248

20. Contra la hybris 249

21. Reequilibrar al desequilibrado 250

22. “Expansión ilimitada del (pseudo)dominio (pseudo)racional” 250

23. Opciones de respuesta 251

24. Sísifo y el Barón de Münchhausen como héroes culturales 252

25. Referencias bibliográficas 253


MENSAJES CLAVE
Para localizar las fuentes culturales de la insostenibilidad del modelo de civilización actual no habría que retroceder a las raíces culturales más lejanas (las consecuencias de las religiones judeo-cristianas, por ejemplo). Es la cultura asociada con la Revolución Industrial –que cabría cifrar en la fórmula del filósofo Cornelius Castoriadis la expansión ilimitada del (pseudo)dominio (pseudo)racional”la que nos causa graves problemas.
Prevalece el ímpetu de dominación de la naturaleza mediante la técnica, convirtiendo los ecosistemas y sus componentes --incluida la biodiversidad que albergan-- en mercancías susceptibles de contribuir a la acumulación privada de capital.
Si pese a todo quisiéramos buscar raíces religiosas de la insostenibilidad socioecológica, habría que referirse a la “religión” del dinero y la tecnología (cabe hablar en tales contextos de mercadolatría y tecnolatría).
Entre los valores y creencias que nos desencaminan: la especie humana como dueña y señora de la naturaleza, situada aparte de las demás especies. Valores propios del liberalismo económico, como la defensa de la libre iniciativa privada para la creación de empresas, la ausencia de intervención estatal en la esfera económica o la protección de derechos absolutos de propiedad... Y asimismo: la creencia en el progreso, en el inagotable ingenio humano, en la bondad inherente al crecimiento económico, en la identificación del bienestar humano con el acceso ilimitado a los bienes materiales y en la inagotabilidad de la naturaleza...
En definitiva, la mayoría de la gente, en las sociedades industriales, tiende a creer –erróneamente– que el desarrollo de la tecnociencia, impulsado por el mercado libre, producirá un crecimiento ilimitado de la economía mediante el sometimiento de la naturaleza, y que esto redundará de alguna forma en una vida mejor para los seres humanos.
En nuestro país, movimientos sociopolíticos renovadores como el krauso-institucionismo y el naturismo anarquista, que de manera muy evidente portaban en sí el germen de lo que llamaríamos hoy una conciencia ecológica de gran calidad, fueron laminados por el bloque “nacionalcatólico” vencedor de la Guerra Civil.
La ruptura socio-ecológica (en 1920-1950, en los países más industrializados; en los años sesenta en nuestro país) asociada con la transición a la fase “fordista” del capitalismo resulta ser incluso más importante, en términos de impacto humano sobre la biosfera, que la que se dio con el comienzo de la Revolución Industrial. Cabe caracterizar el consumismo como cultura del capitalismo contemporáneo. En nuestro país se desarrolla a partir de los años sesenta del siglo XX una cultura consumista análoga a la que encontramos en otros países occidentales (y que aquí se acopla, en los últimos dos decenios, con esa transición de nuestra economía a una “economía de la adquisición” que se diagnostica en el capítulo 29).
La cultura (hegemónica) del capitalismo neoliberal actúa como un decisivo impulsor indirecto de la degradación ecológica de España (y de la que causan las conductas de los españoles/as en otros lugares del mundo). La raíz del problema no está en el exceso de población (aunque la estabilización demográfica sea sin duda un requisito previo de la sostenibilidad), ni en la tecnología considerada abstractamente (aunque no quepa aceptar una supuesta “neutralidad” de la tecnología), ni tampoco en las características de la naturaleza humana (aunque encontremos en ésta un problemático componente de desmesura, sabemos que, históricamente, el ser humano ha construido comunidades sostenibles y otras insostenibles). La raíz, el motor causal, se halla en el proceso de acumulación de capital, sobre todo en su forma actual (lo que para abreviar solemos llamar globalización neoliberal). En las instituciones económico-políticas básicas del capitalismo, y la cultura asociada con ellas, se halla la raíz de nuestra insostenibilidad presente.
Un factor de gran importancia es la “escapada virtual” que se generaliza en una sociedad, donde los ojos están cada vez más prendidos de las pantallas de televisiones, ordenadores o consolas de videojuego.
La evidencia demoscópica disponible muestra que la “adhesión moral” de los españoles y españolas a valores proambientales –declarada en encuestas de opinión– no se refleja después en su conducta. Por eso cabe hablar de una generalizada falsa conciencia sobre las políticas ambientales y la cultura ecológica en España. La cultura que prevalece –la que se traduce en prácticas no discursivas– es abrumadoramente productivista.
Esto tiene que ver con la generalizada banalización y mediatización de lo ecológico en una cultura donde las prácticas del marketing tienden a invadirlo todo, de manera que también los discursos de sostenibilidad –por lo demás, a menudo divorciados de las prácticas– tienden a traducirse –muy reductivamente– a mero marketing verde.
Invocar retóricamente los valores de la ética ecológica no nos acerca a ellos. Es cierto que los individuos podemos modelar nuestro carácter de acuerdo con designios conscientes, y los grupos humanos pueden actuar colectivamente sobre su cultura, transformándola hacia nuevos valores (en España, cabe llamar la atención sobre los valiosos precedentes del krauso-institucionismo burgués y el naturismo obrero de signo anarquista). Pero –salvo si hablamos de crisis agudas– se trata de procesos complejos, a medio y largo plazo: exigen esfuerzos sostenidos y los resultados se miden en lustros, en decenios (o sea, los lapsos en que se desarrollan los procesos de socialización). No hay atajos.
Es cierto, por otra parte, que si se dan crisis graves que entrañen quebrantos considerables del orden socioeconómico pueden abrirse “ventanas de oportunidad” para cambios de conciencia menos lineales. Y no cabe en absoluto excluir tal agravamiento de la crisis socio-ecológica de nuestro horizonte, incluso a corto plazo (quizá como consecuencia de la “pinza” entre “cénit del petróleo” y calentamiento climático).
El ser humano es, constitutivamente un ser desequilibrado: pero el capitalismo potencia esto hasta el infinito –exactamente lo contrario de lo que debería hacer un sistema socioeconómico aceptable–. En la cultura de la desmesura que hoy prevalece, necesitamos recordarlo más que nunca. Las instituciones que precisamos deben servir para reequilibrar, no para desequilibrar más aún al ya desequilibrado. Una cultura de la sostenibilidad debe promover activamente ese reequilibrio.
Donde no resulta ya posible una homeostasis natural (porque hemos sido –metafóricamente– “expulsados del Jardín del Edén” y no hay regreso posible al mismo), la inmensa potencia de lo simbólico puede –y debe– sustituirla por una homeostasis cultural: lo sabemos tanto por la historia y la etnografía (que nos aportan múltiples testimonios de sociedades “equilibradas”) como a través del análisis teórico. Con los recursos del lenguaje y la cultura, hemos de aprender a frenar el apetito de mercancías y moderar el exceso de entusiasmo por lo superhumano (o transhumano).
La idea de una cultura de la autocontención apunta a contrariar la fórmula de Castoriadis antes evocada: expansión ilimitada del (pseudo)dominio (pseudo)racional. Parte de la intuición de que los seres humanos, confrontados a su finitud, vulnerabilidad y dependencia, pueden ciertamente ceder a lo tanático –la pulsión de muerte– y emprender la lucha por la dominación (sobre los demás, sobre la naturaleza externa, sobre sí mismos y su propia naturaleza interna); pero pueden también emprender una senda antagónica que se orienta al cuidado de lo frágil, la ayuda mutua, el auxiliarnos unos a otros a confrontar la muerte.
Por eso hay que buscar la desmercantilización –al menos parcial– de los bienes y servicios esenciales de la economía para cubrir las necesidades básicas de la población española, y la provisión socializada de tales bienes y servicios. Hablamos de sectores tan básicos como energía, agua, vivienda, sanidad, educación, crédito… Una economía basada en los bienes comunes ha de asociarse con una cultura que reconstruya una noción de bien común.
La ruptura cultural decisiva tiene que apuntar contra la mercantilización generalizada, el productivismo y el desarrollismo. Se trataría de romper la identificación entre progreso y crecimiento económico (producción de bienes y servicios mercantilizados) que se hizo tan fuerte para la sociedad española tras la ruptura cultural de los años sesenta. Precisamos que la calidad (de la vida, de los vínculos sociales, de los ecosistemas) prevalezca sobre la cantidad: una concepción del progreso “posdesarrollista”, que tendría que coincidir con la siguiente definición breve de desarrollo sostenible: vida buena dentro de los límites de los ecosistemas.


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