El problema del trabajo productivo




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Por lo demás, cuando Mandel habla de la transformación de algo que consiste en el «intercambio de servicios personales por renta» desenfoca el problema, pues lo que nos interesa no es la antigua relación entre el trabajador de servicios y su cliente, ni la nueva entre el capitalista de los servicios y su cliente que la sustituye, sino otra relación también nueva, pero que no sustituye a ninguna: la relación entre el capitalista de los servicios y su asalariado.

«Marx establece, ya en las Theorien, una distinción concerniente a la esfera del transporte, entre el transporte de personas —servicio impersonal, cambiado de manera improductiva por renta— y el transporte de mercancías, que eleva el valor de cambio de esas mercancías y es, por tanto, productivo. Si el servicio de transporte de personas, organizado al modo capitalista, no es ya productivo, lo mismo debería ocurrir, con mayor motivo, con las lavanderías, los locales de conciertos, los circos y los gabinetes médicos (policlínicos) o de asistencia legal»55.

Lo que Marx dice, en realidad, son tres cosas: primera, que en el transporte «la relación entre los obreros productivos o asalariados y el capitalista es absolutamente la misma que en las demás ramas de la producción material»; segunda, que «en lo que se refiere a las personas [al transporte de personas, MFE] podemos concebirlo simplemente como un servicio (...) Sin embargo, la relación entre los compradores y vendedores de este servicio no presenta la menor afinidad con la relación entre los obreros productivos y el capital, ni tampoco, por ejemplo, con la de los compradores y vendedores de hilados»; en tercer lugar, efectivamente, explica que el transporte modifica el valor de uso de la mercancía, luego aumenta su valor de cambio56.

Si recurrimos al texto alemán y hacemos una traducción más precisa del primer fragmento, leemos: «La relación del trabajo productivo, es decir, de los trabajadores asalariados con el capital, es aquí enteramente la misma que en las demás esferas de la producción material»57. Cualquier duda respecto a la interpretación está fuera de lugar: todo trabajador del transporte asalariado (por el capital, se entiende) es un trabajador productivo, y su relación con el capital es la misma que la de cualquier otro trabajador productivo en cualquier otro ramo. Esta afirmación la hace Marx antes de entrar en cualquier distinción entre transporte de viajeros y transporte de mercancías.

¿Y qué nos dice sobre el transporte de viajeros? Uno, que es un servicio, como ya sabíamos; dos, que la relación entre el que vende el servicio y el que lo compra no es una relación de capital, lo que se podría decir también explicando que el segundo compra con renta.
55 E. MANDEL, op. cit., vol. II, p. 427.

56 Cfr. K. MARX, Teorías de la plusvalía, cit., vol. I, p. 224.

57 «Das Verháltnis der prodnkúven arbeit, i.e. des Lohnarbeiters, zum Kapital ist hier ganz dasselbe wie in der andren Spháren der materiellen Produktion», Werke, vol. 26.1, p. 387.
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¿Y la relación entre el que ejercita el trabajo vendido como servicio, el trabajador asalariado en los servicios, y el capitalista que lo emplea? Esa, ya lo ha dicho Marx al principio, es idéntica a la existente en cualquier otra rama de la producción material. Marx es taxativo en este punto; pero, de no haber sido así, nos quedaríamos con que la diferencia entre el transporte de personas y el de mercancías es que el primero es un servicio, es decir, ante el problema, como siempre, de determinar si un servicio es un valor de uso y si basta con ello o tiene que ser un valor de uso incorporado a un objeto con color, olor y sabor.

En el libro II de El capital, Marx se limita a explicar que la circulación de mercancías y el transporte de productos no son una misma cosa58 y que el segundo añade valor a la mercancía, pero en ningún momento trata del transporte de personas. Mandel resume así sus conclusiones: «El límite entre capital productivo y capital de circulación, pues, es exactamente definido por el papel jugado por el trabajo asalariado. Como la mercancía se define por la unidad contradictoria del valor de uso y el valor de cambio, no hay producción mercantil, es decir, aumento del valor productivo, más que en la medida en que el trabajo asalariado acrecienta el valor de uso, lo cambia, lo conserva o es indispensable para su realización. En el caso en que el trabajo asalariado es indiferente a este valor de uso, es decir, para el cuerpo de la mercancía, y no se emplea más que en función de las exigencias específicas del cambio de forma (al contrario de la formación del valor de cambio), este trabajo sigue siendo forzosamente improductivo desde el punto de vista del valor. Ampliando esta determinación marxista, podemos concluir que el capital de los servicios propiamente dichos —en la medida en que no se mezcle equivocadamente con el capital que produce mercancías— es tan poco productivo como el capital de la circulación»59.

Estrictamente hablando, la transposición «valor de uso, es decir, el cuerpo de la mercancía» ni siquiera es válida para el caso específico de la producción de mercancías. Estar en el desierto de Gobi o en Madrid no modifica el cuerpo de un televisor. Transportarlo del desierto de Gobi a Madrid tampoco modifica dicho cuerpo. Lo que sí modifica —o al menos es indispensable para su realización— es su valor de uso, porque en el desierto de Gobi ni hay dónde enchufarlo ni hay nadie para comprarlo, mientras que en Madrid sí. Esto lo distingue perfectamente Marx cuando escribe: «las masas de productos no aumentan porque se las transporte. Incluso la modificación de sus propiedades naturales provocada acaso por el transporte no es, con ciertas excepciones, un efecto útil intencional, sino un mal inevitable. Pero el valor de uso de las cosas sólo se efectiviza en su consumo, y su consumo puede hacer necesario su cambio de lugar y, por ende, el proceso adicional de producción que cumple la industria del transporte»60.
58 Cfr. K. MARX, El capital, cit., libro II, vol. IV, p. 178.

59 E. MANDEL, op. cit., vol. II, pp. 429-430.

60 K. MARX, El capital, cit., libro II, vol. IV, pp. 178-179.
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(Esto en el libro II de El capital. En el apéndice de Las teorías sobre la plusvalía, Marx es más confuso: «En cuanto a las mercancías, el objeto de trabajo, la mercancía, experimenta un cambio durante el proceso de trabajo: cambia de lugar y, por consiguiente, de valor de uso, ya que uno es en función de otro. Su valor de cambio aumenta con el trabajo requerido por esta modificación de su valor de uso y la suma de este trabajo se halla determinada, al igual que en los demás procesos, por el desgaste del capital constante, es decir, del trabajo materializado, y del trabajo vivo. Una vez que la mercancía llega a su lugar de destino, esta modificación de su valor de uso desaparece y no deja más rastro que el aumento que experimenta su valor de cambio, el encarecimiento de la mercancía. Es decir, que aunque el trabajo real no deja huella en el valor de uso se traduce, sin embargo, en el valor de cambio de este producto material. Y podemos afirmar que en esta industria, lo mismo que en las demás ramas de la producción material, este trabajo se materializa en la mercancía, a pesar de no dejar ninguna huella visible en su valor de uso»)61.

Hay otra transposición igualmente inadecuada cuando se salta del trabajo invertido en la circulación de la mercancía, que, efectivamente, nada tiene que ver con su valor de uso, al trabajo de servicios (al capital de los servicios). ¡Fastuoso descubrimiento, que se reduce a que el trabajo de servicios tiene tan poco que ver con el cuerpo y el valor de uso de la mercancía como el trabajo invertido en la mercancía-televisor con el cuerpo y el valor de uso de la mercancía-barra de pan! Se confunde el punto de vista capitalista en general con el punto de vista particular del capital que explota la producción de mercancías, de la misma manera que se podría confundir con el del capitalista aislado que produce loción para después del afeitado, para quien el trabajo del obrero siderúrgico es tan improductivo, produce tan poco plus valor, como el del enseñante o el vendedor de cupones de ciegos. Y se confunde porque se parte precisamente de lo que se debía demostrar: que solamente el trabajo que se materializa en mercancías sensibles, con peso, etc., puede producir valor y, por tanto, plusvalor —es decir, ser trabajo productivo.

En el Tratado de economía marxista, Mandel ya identificaba la producción de valor con la producción material, pero con menos énfasis: «La línea que separa el trabajo que produce nuevo valor y el que no, es difícil de señalar. En general, se puede decir que todo trabajo que crea, modifica o conserva los valores de uso o que es técnicamente indispensable para realizarlos es trabajo productivo, esto es, aumenta su valor de cambio.» Si se añade la determinación de ser trabajo comprado con capital —que produce, por tanto, no sólo valor, sino plusvalor—, probablemente ausente por su carácter obvio, la definición es realmente perfecta. Lo malo viene a continuación: «A esta categoría pertenecen no solamente el trabajo de la producción industrial propiamente dicho, sino también el trabajo de almacenamiento, manejo y trans-
61 K. MARX, Teorías de la plusvalía, cit., vol. I, p. 224.
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porte, sin el cual los valores de uso no podrían ser consumidos»62, enumeración en la que falta ya el trabajo de servicios.

En La troisiéme age du capitalisme, donde el error se refuerza y sistematiza en la forma que hemos visto, encontramos, además, un leitmotiv: «De aquí surge una constatación importante: considerada desde el punto de vista de los intereses de conjunto de la clase capitalista, la extensión del sector de servicios en la época del capitalismo tardío representa un mal menor. Persigue mitigar la existencia de capitales excedentarios, pero sigue siendo un mal, en tanto que no hace sino aumentar de manera indirecta la masa total de plusvalor ingresada por la clase capitalista al acortar la duración del ciclo de reproducción del capital (aceleración de la realización del plusvalor), y ello en una medida relativamente reducida. La lógica del capitalismo tardío le lleva, por consiguiente, a transformar el capital en barbecho en capital de servicios y a sustituir, al mismo tiempo, el capital de servicios por capital productivo, es decir, el suministro de servicios por la producción de mercancías»63. Conclusión impecable... si la premisa fuera cierta.

Vamos a seguir ahora la parte de la exposición, en las Teorías sobre la plusvalía, que se refiere a la definición por Adam Smith del trabajo productivo como aquel que produce mercancías, parte que habíamos dejado antes pendiente64.

En un primer momento, Marx se limita a ir explicando lo que el otro dice, aunque utilizando con frecuencia la terminología propia y desarrollándolo a veces por su cuenta. En general, no obstante, no hace sino citar y resumir a Smith, salvo para corregirle cuando se sale del punto de vista de la producción capitalista en la definición del trabajo productivo. Así, por ejemplo, cuando afirma que en Smith «el trabajo de un obrero se califica de productivo siempre y cuando que reponga por medio de un equivalente el valor consumido y que su trabajo añada a una materia cualquiera la misma cantidad de valor que se contiene en el salario [es decir, aunque no produzca plusvalor, MFE].

Aquí salimos de la definición del obrero productivo o improductivo atendiendo a su relación con la producción capitalista»65. O cuando Smith, tras definir el trabajo improductivo como uno que no deja huella ninguna sobre objeto alguno, se encuentra que algunos trabajos de servicios —a los que en general ha considerado improductivos—, como la costurera que zurce nuestra chaqueta, dejan huella en un objeto y, además, mañana podemos decidir vender este objeto como mercancía con un valor de
62 E. MANDEL, Marxist economic theory, p. 191, The Merlin Press, Londres, 2.a ed., 1971. 63 E. MANDEL, La troisiéme age du capitalisme, cit., vol. II, pp. 430-431.

64 K. MARX, Teorías sobre la plusvalía, cit., pp. 138-150.

65 Ibid., p. 140. 117
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cambio que ha sido aumentado por el trabajo que en él se invirtió. Smith despacha este problema argumentando que tales trabajos especiales son una categoría insignificante frente al conjunto de los trabajos de servicios, pero Marx le corrige, de todos modos, que «lo que clasifica a un trabajo como productivo o improductivo no es forzosamente el carácter especial del trabajo ni la forma de su producto. Un mismo trabajo puede ser productivo, si lo compra un capitalista, un productor, para obtener de él una ganancia, o improductivo, si lo compra un consumidor, una persona que invierte en él una parte de sus rentas para consumir su valor de uso, lo mismo si éste desaparece al ponerse en funciones la fuerza de trabajo, que si toma cuerpo o se realiza en un objeto. Para quien compra su trabajo como capitalista, la cocinera produce una mercancía. (...) En cambio, si compro el trabajo de la cocinera para que guise para mí (...) será (...) un trabajo improductivo»66. En otras palabras: si bien es cierto que algunos trabajadores de servicios modifican materialmente el objeto sobre el que trabajan —lo que los separa de la definición de trabajador improductivo que da Smith—, ello no los convierte en trabajadores productivos, en la medida en que su trabajo se sigue cambiando por renta, es decir, que no son empleados por el capital.

La tercera corrección de peso que Marx hace a Smith apunta en sentido contrario, aunque Marx no llegue a proclamar explícitamente haberse topado con trabajo productivo: «Un empresario de espectáculos, de conciertos, de casas públicas, etc., compra el derecho a disponer temporalmente de la fuerza de trabajo de los actores, de los músicos, de las prostitutas, etc. Luego vende esta fuerza de trabajo al público, reembolsándose con ello de los salarios y obteniendo una ganancia. Y si estos servicios son susceptibles de repetición, pues reponen por sí mismos el fondo que los paga. (...) Es verdad que estos servicios se les pagan a los empresarios a cargo de las rentas del público. Pero no por ello es menos cierto que esto puede decirse de todos los productos, siempre y cuando que entren en el consumo individual»67.

Esta objeción se puede resumir así: supuestos trabajos improductivos, según Smith, se compran con capital, reponen el fondo de que se les paga y arrojan una ganancia, es decir, parecen, al menos, añadir valor; o sea, contradicen tres, o al menos dos, de los criterios que les clasificarían como improductivos, aun cuando respondan al cuarto, no intervenir en la producción material de mercancías.

Una cuarta corrección se refiere a la fuerza de trabajo, que el mismo Smith admite es una mercancía. «La totalidad de las mercancías puede dividirse en dos grandes grupos: de una parte, la fuerza de trabajo; de otra parte, las demás mercancías. Todos los servicios destinados a formar la fuerza de trabajo, a conservarla, a modificarla, etc., a especializarla o simplemente a mantenerla en buen estado, por ejemplo, los servicios del maestro de escuela, en aquello en que son industrialmente necesarios, los del médico que vela por la salud,
66 Ibid., pp. 142-143.

67 Ibid., p. 143. 118
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conservando así la fuente de todos los valores y, por tanto, la fuerza de trabajo misma, son, por consiguiente, servicios que contribuyen a hacer valer una mercancía susceptible de ser vendida, la fuerza de trabajo, y que figuran entre los gastos de producción y reproducción de esta fuerza. (...) [No obstante lo cual,] ni el trabajo del maestro de escuela ni el del médico crean directamente el fondo del que cobran, aunque sus servicios figuren entre los gastos de producción del fondo que crea todos los valores, de la fuerza de trabajo» 68. (Evidentemente, Marx se refiere aquí a un maestro y un médico que no trabajan empleados por un capitalista como tal.)

En realidad, esta objeción se reduce a ser un caso especial de la que hemos visto en segundo lugar. Después de esta serie de correcciones parciales, que se limitan a mostrar algunas insuficiencias, errores y contradicciones internas en las definiciones de Smith, Marx concluye: «A. Smith viene a decir, pues, en resumen, que trabajo productivo es el que produce mercancías y trabajo improductivo el que no produce mercancías. Pero admitiendo que tanto uno como otro son una mercancía. (...) Pero la idea de mercancía supone la plasmación, la materialización o realización del trabajo en su producto»69.

Para responder a la caracterización de la fuerza de trabajo como mercancía, Marx propone, siempre desde el punto de vista y con los elementos aportados por Smith, una síntesis más comprehensiva: «Sin embargo, esta materialización del trabajo no debe tomarse en el sentido estrecho en que la toma A. Smith. Cuando hablamos de la mercancía como materia de trabajo, en el sentido de su valor de cambio, nos referimos a una existencia ficticia, exclusivamente social de la mercancía, totalmente distinta de su realidad física; la enfocamos como una determinada cantidad de trabajo social. Puede ocurrir que el trabajo concreto de que es fruto no deje la menor señal en ella. En el producto industrial, esta huella es la forma externa que conserva la materia prima. En la agricultura, la forma de las mercancías, del trigo, de la ternera, etc., es asimismo el fruto del trabajo humano continuado y completado de generación en generación, pero el producto no lo indica. Otros trabajos industriales no tienen por finalidad modificar la forma del objeto, sino simplemente desplazarlo de un sitio a otro. (...) No es, pues, de este modo cómo hay que entender la materialización del trabajo en las mercancías. La ilusión nace aquí del hecho de que una relación social reviste la forma de un objeto. Lo que sí es exacto es que la mercancía aparece como-trabajo pretérito, materializado, por cuya razón, si no se presenta bajo la forma de un objeto, sólo puede asumir la forma de la fuerza de trabajo, mas no directamente como trabajo vivo, sino dando un rodeo que podrá parecer indiferente en la práctica, pero que no lo es: a través de la determinación de los diversos salarios. Trabajo productivo sería, pues, según esto, el que produce mercancías o produce directamente, forma, desarrolla, conserva o reproduce la fuerza del tra-
68 Ibid., p. 144.

69 Ibid., p. 146.
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bajo misma. A. Smith elimina de su categoría del trabajo productivo el de la segunda clase, dándose cuenta de que si lo incluyese en ella abriría de par en par las puertas e ilusiones de todo género»70.

En suma: si la fuerza de trabajo es una mercancía, todo el trabajo que se emplea en producirla es —siempre que sea trabajo vendido a un capitalista y de nuevo, por éste, al consumidor, al propietario de la fuerza de trabajo en que se invierte— trabajo productivo. Esto ya basta por sí sólo para proclamar el carácter productivo de una buena parte del trabajo de servicios, una parte bastante mayor de lo que parecería a primera vista. Pero hay varias objeciones que merecen ser examinadas. La primera es que la fuerza de trabajo, en cuanto tal, no tiene una existencia separada de la del trabajador, no existe independientemente en forma de objeto antes de ser consumida, a diferencia de todas las demás mercancías, que adoptan esta forma de existencia precisamente antes de su consumo. Sin embargo, ésta es precisamente la objeción a que responde Marx al relativizar la idea de materialización.

Una segunda objeción sería que, aunque el trabajo que se emplea en su especialización o en cualquier otro aspecto de su proceso de producción sea trabajo vendido por un capitalista (el trabajo de un profesor, vendido por su empresario, por ejemplo), en ningún momento aparece la mercancía fuerza de trabajo como resultado de un proceso de producción específico y propiedad de un capitalista determinado, como ocurre con las demás mercancías. Esto, sin embargo, si bien es cierto que ocurre con la mayoría de las otras mercancías, ni ocurre con todas ni tiene nada que ver con el carácter productivo o no del trabajo de que se trate. Así, por ejemplo, el que la mercancía transportada no pertenezca al transportista no afecta en modo alguno al carácter productivo del trabajo de sus asalariados; de la misma manera, el que la fuerza de trabajo pertenezca siempre al joven estudiante y futuro trabajador, no dice nada sobre el carácter productivo o no del trabajo del enseñante, que depende entonces tan sólo de su relación con el capital.

Otra objeción más puede ser la de que la mercancía fuerza de trabajo no puede ser considerada resultado de ningún proceso productivo particular, sino de varios: procreación, alimentación, enseñanza, etc. Desde el punto de vista de la división o la cooperación del trabajo, esto no supone ninguna dificultad: lo mismo ocurre en el interior de un taller que produce una mercancía «normal», que ésta no aparece como resultado de ningún obrero en particular, sino de todo el colectivo, pero esto no afecta al carácter productivo de cada uno de los trabajadores. A esto se puede objetar que en este ejemplo todas las partes del proceso productivo pertenecen al mismo capital, mientras que
70 Ibid., pp. 146-147. 12 0
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en el caso de la producción de la fuerza de trabajo se trata de procesos diferentes.

Entonces daremos un nuevo salto: infinidad de mercancías son el resultado de procesos de producción sucesivos; por ejemplo, un televisor se construye con lámparas que produjo otra empresa, las cuales, a su vez, con vidrio y silicio que fabricó una tercera, etc. Se puede objetar nuevamente que, en cada uno de esos pasos, se manifestaron como mercancías determinadas el vidrio y el silicio, las lámparas y el televisor mismo, como mañana podría hacerlo un yate al que el televisor hubiera sido incorporado como accesorio. Pero esta objeción tampoco es definitiva: ¿y si yo, para dejar el ejemplo del televisor, que tiene demasiados elementos, compro un árbol, contrato a un transportista para que lo traslade a una serrería que trabaja con sus propias materias primas y produce mercancías, pero convenzo al patrón de que me lo corten —pagándole a él— sus operarios, recojo los tablones y, previo transporte, aparezco en una fábrica de muebles donde, en las mismas condiciones, convierten mis tablones en mesas que me dedico a vender tan pronto pueda? El resultado final del proceso es una mercancía, lo mismo que si el maderero hubiera vendido directamente al aserrador y éste al mueblista. Maderero, aserrador y mueblista, así como los transportistas, han explotado el trabajo que sus asalariados han realizado en mi árbol lo mismo que si se hubiera practicado sobre elementos de su propiedad. La madera, a pesar de sus sucesivas metamorfosis sensibles, sólo ha actuado como mercancía al principio, cuando me fue vendido el árbol, y al final, cuando la vendo como muebles. ¿Ha dejado por ello de ser productivo el trabajo de los sucesivos asalariados que le han dado forma? Evidentemente, no, se mire por donde se mire. Este batiburrillo tiene, además, obsérvese bien, la cualidad de mostrar un ejemplo práctico de trabajo de servicios productivos —toda vez que sea explotado en forma capitalista—, pues como trabajos de servicios me han sido vendidos los que sucesivamente he comprado para convertir el árbol en muebles. Más aún, si instalo los muebles en mi casa, es decir, si como resultado del proceso no hay mercancía alguna, parece evidente que, a pesar de ello, los trabajos realizados sobre la madera seguirán siendo trabajos productivos, pues han producido plus valor.

Mas aquí la cosa se complica de nuevo: para que los respectivos capitalistas se hayan podido apropiar de sus respectivos plusvalores, el valor tiene que haberse realizado en alguna parte, y, sin embargo, los muebles, enteros y con todo su valor, están en mi casa y nadie va a sacarlos de ahí. ¿Dónde se ha realizado entonces el valor? En la venta por los capitalistas, compra por mi parte de una porción de la fuerza de trabajo de sus obreros, es decir, en la venta capitalista de servicios.

Volvamos, pues, a la fuerza de trabajo como mercancía y el trabajo que la produce como trabajo productivo. Una cuarta objeción sería la de que un trabajo como el de enseñante, por ejemplo, bien puede incluir muy poco de trabajo útil para cualificar la fuerza de trabajo y mucho, en cambio, de disciplinamiento, inculcación ideológica, etc. Esto es cierto: sólo una pequeña
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parte de la enseñanza resulta «industrialmente necesaria», por utilizar una expresión que acabamos de leer de la pluma de Marx. En todo caso, pues, esa parte de trabajo del enseñante sería trabajo productivo. ¿Quiere decir esto que todo lo demás es trabajo improductivo? No necesariamente. Puede serlo o no serlo. Una parte, indudablemente, no lo será: desde un punto de vista económico, y desde el punto de vista del poseedor de la fuerza de trabajo como poseedor de la fuerza de trabajo o desde el del capitalista que le empleará en su día, la enseñanza de la Constitución es tan productiva como para el fabricante de cigarrillos el trabajo empleado en imprimir sobre la cajetilla que el tabaco produce cáncer. Pero esto no significa que sólo aquella formación que permite directamente aumentar la capacidad o la productividad del trabajo forme parte del costo de la fuerza de trabajo y, por ende, sea productiva. La enseñanza musical puede no ser útil para trabajar, pero ello no impide que pueda formar parte igualmente del componente histórico, social y cultural del coste de la fuerza de trabajo. Si los trabajadores de los ochenta se reponen del esfuerzo realizado en el trabajo yendo al teatro en vez de a la taberna, el tiempo de trabajo invertido en la función teatral pasa a formar parte, a prorrata, del coste de la fuerza de trabajo de los que asisten a ella. Y si los actores son asalariados de un capitalista, su trabajo, que produce plusvalor y se incorpora a un objeto —la fuerza de trabajo, que sale visiblemente más satisfecha al final del programa—, es, por consiguiente, trabajo productivo, trabajo que se cambia por un capital y produce mercancías. (Naturalmente, lo que forma parte del coste de la fuerza de trabajo no es Macbeth interpretado por la compañía X, sino una cierta posibilidad económica de disfrutar de bienes culturales, igual que tampoco entra la verdura que comeré el lunes, sino una cierta cantidad de dinero que emplearé en verdura o en pescado, según me parezca.)

Así, dando un estrepitoso rodeo a través de la teoría de que sólo es productivo el trabajo que produce mercancías, hemos llegado a la conclusión de que lo es una parte muy importante del trabajo de servicios. ¿Por qué llegamos a eso? Por haber considerado, justamente, a la fuerza de trabajo como una mercancía más. (Mandel, en cambio, tiene que prescindir de hecho de la fuerza de trabajo porque se le colarían buena parte al menos de los servicios por la puerta de atrás.) Marx insiste constantemente en que, de las dos definiciones de Smith, la única realmente válida es la segunda, aunque sin pronunciarse nunca en contra de la otra. «La mercancía —escribe— constituye la forma más elemental de la riqueza burguesa. Decir que trabajo productivo es el que produce mercancías es, pues, mantener un punto de vista mucho más elemental que decir que trabajo productivo es el que produce capital»71.
71 Ibid., p. 148.
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De paso, intenta ofrecer una explicación de la génesis de la segunda teoría de Smith: «La determinación de la plusvalía depende, naturalmente, de la forma que se dé al valor. En el sistema monetario y mercantilista presenta la forma del dinero; en los fisiócratas, la del producto de la tierra, la del producto agrícola; finalmente, en Smith, la de la mercancía pura y simplemente. Los fisiócratas, en la medida en que estudian la sustancia del valor, ven, pues, únicamente el valor de uso, la materia; los mercantilistas, simplemente la forma bajo la que se presenta el producto del trabajo social general: el dinero; A. Smith agrupa las dos condiciones, valor de uso y valor de cambio, y entiende que todo trabajo es productivo siempre y cuando que asuma la forma de valor de uso, de producto útil. Lo cual supone, a su vez, que el producto equivale a una determinada cantidad de trabajo social general.

En relación con los fisiócratas, A. Smith restablece el valor del producto como el elemento esencial de la riqueza burguesa, pero repudiando de otra parte la forma puramente imaginaria del oro y la plata. De este modo reincide incuestionablemente en la idea mercantilista de la perdurabilidad o, dicho más exactamente, de la perennidad»72. La teoría de Smith que identifica el trabajo productivo con la producción material de mercancías, pues, se presenta aquí como el resultado de una opción previa: sólo las mercancías representan valor, sólo el valor que perdura es verdadero valor.

Los mercantilistas consideraban que todas las mercancías eran efímeras, se consumían, menos una: el dinero, y por ello identificaban la producción de valor con la acumulación de la única mercancía perdurable, ese mismo dinero. Smith disminuye la exigencia de perdurabilidad, pero la mantiene al exigir que la huella del trabajo no desaparezca con el trabajo mismo; por eso identifica valor con mercancías materiales. En verdad, ésa es la forma real en que la acumulación se presenta en su tiempo. «Adam Smith —prosigue Marx— establece entre las mercancías y los servicios la misma distinción que el sistema monetario [i.e. los mercantilistas, MFE] establece entre el oro y la plata y las demás mercancías. Y, como en el sistema monetario, la distinción sigue respondiendo a la acumulación, que ahora no reviste ya la forma de atesoramiento, sino la de reproducción real. La mercancía desaparece al consumirse, pero reproduce con ello una mercancía de valor superior; y si no se emplea de este modo, es porque ella misma es un valor con el que pueden comprarse otras mercancías. (...) Los servicios, los trabajos improductivos, no se convierten nuevamente en dinero. Nadie puede pagar sus deudas ni comprar mercancías o trabajo productivo de plusvalía con los servicios que paga al abogado, al médico, al sacerdote, al músico, al gobernante, al soldado, etc. Estos servicios desaparecen como artículos de consumo perecederos»73.
72 Loc. cit. Los subrayados son nuestros.

73 Ibid., p. 149. Este pasaje pertenece en realidad a otro lugar que el que le da Kautsky, a la p. 418 del manuscrito. Se encuentra en Werke, vol. 26.1, pp. 275-277.
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El comienzo del pasaje es, simplemente, el reproche a Smith de operar una división tan arbitraria entre las mercancías y los servicios como la que los mercantilistas operaban entre la mercancía-dinero y el resto de las mercancías. A renglón seguido, Marx aborda la línea de razonamiento del mismo Smith. La mercancía produce un valor superior al consumirse porque sigue empleándose como capital, como una de las formas adoptadas por el capital. Por eso es indiferente que se trate de mercancías que entran como valores de uso en el proceso de producción («al consumirse»: por ejemplo, la tela que el fabricante de chaquetas ha comprado como mercancía) o de las mercancías que necesitan cambiarse por otros valores de uso para volver a entrar en la reproducción material (el «valor con el que pueden comprarse otras mercancías»: por ejemplo, el fabricante dedica parte de las chaquetas producidas, previa su venta o transformación en dinero, a comprar de nuevo tela con la que repetir el proceso). En cambio, si nos ponemos en el lugar del fabricante de las telas, la chaqueta que compra para su uso personal (la misma que ha producido el otro) no entra en absoluto en el proceso de producción de la tela, es decir, en su propio proceso de reproducción (aunque formó parte del otro proceso de reproducción). La chaqueta, que para su fabricante era parte de la metamorfosis de su capital tanto como el dinero, la tela o la fuerza de trabajo, para el fabricante de telas era sólo un «artículo de consumo perecedero».

Esto nos permitirá comprender mejor la segunda parte del pasaje. Los servicios, efectivamente, no se convierten de nuevo en dinero. El fabricante de chaquetas no puede volver a convertir en dinero su salud restaurada o la sinfonía recién escuchada; seguramente no lo desea, pero tampoco podría aunque lo deseara. ¿Por qué no puede ni podría? Porque ha comprado estos servicios con renta, porque los ha consumido como artículos perecederos; en fin, por las mismas razones por las que tampoco puede volver a convertir en dinero el cochinillo que comió ayer, aunque lo había comprado como mercancía material.

Pero supongamos que el fabricante no ha alquilado un músico para escucharlo en su casa, sino que ha preferido escuchar a una orquesta; supongamos, cosa nada difícil, que esta orquesta no es independiente, sino que trabaja a cambio de un salario para el propietario de la sala de conciertos. Desde el punto de vista del fabricante de chaquetas, el dinero que gasta en el concierto, no importa cómo lo haya obtenido, sigue siendo, sigue gastándose, de manera tan improductiva como antes. Pero ¿y desde el punto de vista del propietario de la sala de conciertos? No cabe duda de que con el dinero obtenido de las entradas puede comprar mercancías: puede comprar chaquetas al fabricante o puede volver a comprar la fuerza de trabajo de los mismos músicos, además de embolsarse un beneficio. Desde su punto de vista, el trabajo del músico es tan productivo como desde el punto de vista del fabricante el de sus obreros. La música que los músicos producen es tan valor de uso como la chaqueta; se podrá pensar que su valor de uso es menos necesario que el
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de la chaqueta, pero esto poco le importa a nuestro fabricante, que tiene ya el ropero lleno; por lo demás, la música puede ser «menos útil» que las chaquetas, pero sin duda es «más útil» que los collares, a pesar de que éstos sean mercancías de materialidad indudable, creadas por un trabajo productivo cuando éste es empleado por capital. «En el fondo —termina Marx—, A. Smith viene, pues, a decir lo mismo que habían dicho los defensores del sistema monetario. Para éstos, el único trabajo productivo es el trabajo que crea dinero, que crea oro y plata; para A. Smith, es trabajo productivo el que produce dinero para su comprador. La única diferencia estriba en que los defensores del sistema monetario no reconocen como dinero más que los metales preciosos representativos de valor de cambio, mientras que A. Smith atribuye este carácter, aunque bajo una forma indirecta, a todas las mercancías. Esta diferencia tiene su base en el carácter de la producción burguesa: en ella la riqueza no equivale al valor de uso, la única riqueza es la mercancía; el valor de uso no es más que el representante del valor de cambio en cuanto dinero. (...).»

Si A. Smith, con pleno dominio del problema, se hubiese atenido a su análisis material de la plusvalía creada por el cambio de capital por salario, sólo habría reconocido como trabajo productivo el trabajo que se cambia por capital. La renta no puede cambiarse por trabajo productivo más que después de haberse convertido en capital. «Pero, en vez de esto, se abraza a la idea anterior según la cual el trabajo productivo es el que produce directamente riqueza material y la combina con su propia distinción, basada en el cambio entre el capital y el trabajo o entre la renta y el trabajo, llegando así a esta conclusión: el trabajo por el que se cambia capital es siempre productivo, y crea siempre riqueza material, etcétera. El trabajo que se cambia por renta puede ser productivo o no serlo, pero quien invierte su renta prefiere con mucho poner en acción trabajo directamente productivo. Como vemos, con esta combinación, A. Smith atenúa nconsiderablemente la diferencia fundamental».
74 Ibid., pp. 149-150. Una advertencia sobre esta cita: en la edición española —de la que ya sabemos que sigue la de Kautsky—, este pasaje da fin al apartado referente a la teoría del trabajo productivo como trabajo productor de mercancías de Smith. El primer punto —desde «en el fondo» a «en cuanto dinero»— pertenece, efectivamente, a la página 418 del manuscrito y figura así en Werke, 26.1, pp. 275-277. En cambio, los otros dos puntos —desde «Si A. Smith» hasta «la diferencia fundamental»—, que se supone pertenecen a la misma página o a la 419, no hemos podido encontrarlos en la edición Dietz. Desde el final del párrafo del que forma parte el primer punto —párrafo que nosotros hemos omitido sustituyéndolo por puntos suspensivos—, y que finaliza diciendo «sin que su magnitud de valor cambie», en la edición castellana, y «sondern ihre Wert grósse nicht verändern», en la alemana (pp. 150 y 277, respectivamente), las Werke pasan directamente, sin indicar siquiera si la p. 418 del manuscrito se ha agotado, a un epígrafe sobre Necker (p. 278). En la línea 22 de este epígrafe se nos indica que pasemos a la página 420 del manuscrito, lo que hace suponer que veníamos de la 419, pero 22 líneas de esta edición sólo pueden ser. con suerte, la cuarta o la tercera parte de una página original de Marx. En suma, no encontramos en la edición Dietz parte del fragmento que Kautsky atribuye a las páginas originales 418 y 419, pero es evidente que falta —al menos donde hemos tratado de encontrarla— buena parte de la 419 y es posible que falte también algo de la 418. El índice de materias que figura en el vol. 26.3 de las Werke. a pesar de ser muy sistemático y meticuloso, no nos ha permitido resolver el problema.
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Es decir: A. Smith no hace sino ampliar la categoría de perdurabilidad. Los mercantilistas no veían riqueza material sino allá donde no había otro valor de uso que el de representar riqueza, el de ser valor de cambio: en el dinero. Smith comprende que la diferencia entre los valores de uso de las mercancías —incluido el dinero— se borra desde el punto de vista capitalista, que esos valores de uso no funcionan para el capitalista sino como portadores de valor de cambio, y que para esto sirven tanto el dinero —el oro y la plata cuando funcionan como mercancías— como las chaquetas —en cuanto mercancías—. A continuación, Smith recibe un rapapolvo por no haberse limitado a la teoría del trabajo productivo como aquel que se cambia por capital y agarrarse a la teoría de la producción material. (Aunque Marx siga hablando de que «la única riqueza es la mercancía» y de «análisis material de la plusvalía», esto no tiene ningún valor en la discusión sobre la independiente materialidad necesaria o no para el resultado del trabajo productivo, como intentaremos mostrar un poco más adelante.)

Podemos abordar ya aquellos fragmentos en los que Marx habla directamente del trabajo de servicios que se cambia por capital, o del trabajo empleado por el capital de servicios. Pero antes vamos a reseñar dos lugares donde, significativamente, no trata de él: en los Resultados del proceso inmediato de producción y en el libro I de El capital.

En los Resultados leemos: «Cuanto más se desarrolla la producción de mercancías, tanto más cada uno quiere y debe convertirse en vendedor de mercancías, hacer dinero sea con su producto, sea con sus servicios —cuando su producto, debido a su naturaleza, sólo exista bajo la forma de servicio—, y ese hacer dinero aparece como el objetivo último de todo género de actividad. (...) En la producción capitalista, por un lado, la producción de los productos como mercancías y, por otro, la forma del trabajo como trabajo asalariado se absolutizan. Una serie de funciones y actividades envueltas otrora por una aureola y consideradas como fines en sí mismas, que se ejercían de manera honoraria o se pagaban oblicuamente (como todos los profesionales [professionals], médicos, abogados [barristers], etc., en Inglaterra, que no podían o no pueden querellar para obtener el pago de sus honorarios), por una parte, se transforman directamente en trabajos asalariados [literalmente, trabajadores asalariados: Lohnarbeiter], por diferentes que puedan ser su contenido y su pago [aquí hay una llamada que conduce a una referencia a pie de página al Manifiesto comunista, MFE]; por la otra, caen —su evaluación, el precio de estas diversas actividades, desde la prostituta hasta el rey— bajo las leyes que regulan el precio del trabajo asalariado. (... ) Ahora bien,
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este fenómeno, el de que con el desarrollo de la producción capitalista todos los servicios se transforman en trabajo asalariado y todos sus ejecutantes en asalariados, teniendo en consecuencia esa característica en común con el trabajador productivo, induce tanto más a la confusión entre unos y otros por cuanto es un fenómeno característico de la producción capitalista y generado por la misma»75.
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