El problema del trabajo productivo




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La producción mercantil simple, por ejemplo, exige otra definición del trabajo productivo. Es productivo aquel trabajo que, produciendo valores de uso, produce también valor de cambio. De la chaqueta me puede separar ahora no solamente la distancia, sino también el no tener dinero u otro equivalente con que comprarla. El valor de cambio se interpone entre el valor de uso y la necesidad. Ya no hay más valores de uso —siempre desde el punto de vista de la producción mercantil, es decir, siempre que el sastre no se dedique a regalar las chaquetas—, o, mejor dicho, ya no hay más necesidades que aquellas que tienen detrás una demanda solvente. Si el sastre produce más chaquetas que las que la demanda exige, la «ley» de la oferta y la demanda se en-
87 Cfr. ibid., pp. 85 y 89.

88 Cfr. K. MARX, Teorías de la plusvalía, cit., vol. I, p. 142.
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cargará de indicarle que ha empleado más trabajo del socialmente necesario, esto es, de que una parte de su trabajo se manifieste como improductivo.

La producción capitalista hace necesaria, a su vez, otra definición. El objetivo del capitalista no es, como el del pequeño sastre, cambiar equivalentes, sino obtener plusvalor. Para él, o desde el punto de vista de la producción capitalista, es trabajo productivo el que produciendo valores de uso produce también plusvalor. Lo primero es una determinación del proceso laboral en general; lo segundo, de su forma específicamente capitalista (en cuanto proceso social, no en cuanto proceso técnico —hemos visto esto hace un momento—). Donde se dé esta unidad de valor de uso y plusvalor hay trabajo productivo desde el punto de vista del capital. O, lo que es lo mismo, donde se dé la unidad de valor de uso y valor de cambio, producidos por un trabajo que se cambia por capital. O sea: donde se produzcan mercancías o servicios por un trabajo empleado por un capitalista. El trabajo de servicios, por consiguiente, es productivo siempre que se cambie por capital. El comercio, que por su propia naturaleza no es sino un intercambio de equivalentes, que no altera los valores que entran en él (nos referimos al comercio químicamente puro, desprendido de actividades como el transporte, embalaje, almacenamiento, distribución, etc., que pueden ser productivas si no derivan de la circulación misma, sino que son necesarias para llevar el producto desde el productor al consumidor), no puede nunca producir plusvalor y, por lo tanto, las tareas comerciales no pueden ser trabajo productivo por mucho que se cambien por capital (aunque en el trabajo del empleado de comercio se combinen tareas comerciales propiamente dichas y otras que no lo son; por ejemplo, el carnicero que parte la carne en filetes —trabajo productivo— además de discutir el precio con el cliente o esconder la que ya tiene cuando cree que va a haber un alza de los precios —trabajo improductivo—). Los trabajos extraeconómicos, naturalmente, tampoco son productivos. El vigilante que cuida de que no haya robos, incendios o huelgas en una fábrica no produce ningún valor de uso ni, por tanto, ningún valor de cambio. Puede ser tan indispensable como quiera, o como ladrones, incendiarios y huelguistas haya por la zona, pero no es una exigencia técnica del proceso de producción: si ladrones, incendiarios y huelguistas se calmaran, no haría falta para nada. De la misma manera, el Estado, en su condición de vigilante de todas las fábricas, es perfectamente improductivo. Si el Estado invierte millones de horas de trabajo en difundir los principios constitucionales o las normas elementales de la convivencia, se trata de horas de trabajo improductivo, por más que pueda ser considerado tremendamente útil y lo pueda ser en realidad. Todos estos trabajos no producen valor ni, por ende, plusvalor. Y es que no todo trabajo que produce valores de uso produce también valores de cambio. En cambio, lo contrario sí es cierto: todo trabajo que produce valor de cambio produce valor de uso; o, para ser más exactos, todo trabajo que produce valor de cambio es, entre otras cosas, porque produce valores de uso,
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pues si no fuera así no sería trabajo socialmente necesario, con lo que tampoco produciría valor de cambio. La definición del trabajo productivo como aquel que produce valor de uso y plusvalor se puede reducir, por ello, a la siguiente: trabajo productivo es aquel que produce plusvalor. (Esto lo hemos visto antes con más detalle.)

Hay dos objeciones, tan triviales como habituales, a la inclusión de los servicios en el trabajo productivo que queremos responder brevemente. La primera es que sería algo específico del proceso de producción capitalista, y por tanto de cualquier definición desde este punto de vista, la dominación del trabajo muerto, objetivado, sobre el trabajo vivo, la fuerza de trabajo en actividad; es decir, de los medios de producción como capital sobre el trabajo como trabajo asalariado. En los servicios, en cambio, parecería que ningún trabajo objetivado se enfrenta al trabajo vivo, que nada permite aumentar la productividad del trabajador y que, por tanto, sus horas valen lo que cuestan, no producen plusvalor y la ganancia de su capitalista tiene que venir, por consiguiente, del plusvalor que producen los demás. Expresado así o de otro modo, todo esto no es sino la misma lamentable confusión de siempre entre proceso de producción material y proceso de producción de valor, o proceso de valorización, es decir, el fetichismo de todos los días. En el proceso de producción material, el trabajo objetivado se enfrenta al trabajo vivo en la forma de capital fijo, de máquinas, etc., alrededor de las cuales el obrero funciona como un apéndice; éste es el proceso de producción —técnicamente hablando— específicamente capitalista; también lo es socialmente en cuanto que la extracción de plusvalor relativo ha sustituido a la de plusvalor absoluto. En el proceso de producción de plusvalor, o de valorización, son todas las partes del capital indistintamente las que se enfrentan al trabajo; lo mismo el capital fijo —las máquinas, etc.— que la parte circulante del capital constante —los materiales, etc.— o el capital variable —la parte del capital que se convierte en salarios—. No deja de haber proceso de valorización cualquiera que sea la proporción entre las distintas partes del capital, entre su parte variable y su parte constante, entre su parte fija y su parte circulante. La fuerza productiva del trabajo —y, por tanto, el plusvalor relativo— aumenta sobre todo gracias al capital fijo, pero también puede hacerlo en un principio sin necesidad de él; por ejemplo, por la simple cooperación. El capital fijo no es esencial a la producción capitalista en general, y menos aún lo es su proporción respecto al conjunto del capital, ni tampoco la composición orgánica del capital total. Esto tiene que ver con la tasa de plusvalor, pero no con la existencia misma del plusvalor.

Un ejemplo aclarará mejor el problema. En los inicios del capitalismo existieron, e incluso existen ahora, empresas en las que el capital fijo era y es nulo o casi nulo. Existen, por ejemplo, empresas de confección que no reúnen
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en un taller y en torno a unos medios de producción propios a obreras costureras, sino que se limitan a entregarles los materiales de trabajo —la tela— para que realicen el trabajo en su propio domicilio y con sus propios medios de producción —las máquinas de coser—; naturalmente, es posible que la propia empresa haga en sus talleres otras tareas que sí exigen capital fijo, como el corte de la tela, el sobrehilado, etc., pero nada exige que lo haga. Son, si se quiere llamarlas así, «empresas pirata» que, una vez que tienen un mercado asegurado y un cierto fondo de capital, pasan a organizar un proceso de producción capitalista propiamente dicho, pero esto no impide que ya antes sus trabajadores o trabajadoras produjeran plusvalor.

Los servicios se caracterizan porque son actividades que, en general, se aplican a la persona misma del cliente o a cosas que no pueden ser fácilmente o de ninguna manera trasladadas a un centro de trabajo único, por lo que resulta difícil la utilización intensiva de capital fijo. Las empresas que limpian cristales no pueden arrancarlos de las ventanas para meterlos en una máquina, sino que tienen que enviar un obrero que los limpie en el lugar donde están: el capital fijo que emplea el obrero se reduce así a un rodillo, un cubo de plástico, una escalera y, tal vez, un pequeño vehículo para el traslado. Los alumnos pueden ser reunidos en grupos de más o menos decenas y edificios escolares de varios centenares, pero no en grupos de miles y edificios de decenas o centenas de millares. La naturaleza misma de los servicios en general y de cada servicio en particular impone limitaciones al aumento de la fuerza productiva del trabajo que se emplea. En cambio, si se sustituye la escuela por la compra y venta de video-cassettes, no hay razón alguna, sino al contrario, que impida concentrar su producción en unas pocas fábricas y aumentar hasta límites insospechados la fuerza productiva del trabajo empleado en ella, aumentarla por medio del capital fijo. Por eso, el modo de producción capitalista propiamente dicho —la subsunción real del trabajo en el capital y la extracción de plusvalor relativo— tiene poca cabida en los servicios y coincide básica o totalmente con la producción de mercancías, con la fabricación de productos materiales.

La segunda objeción es la que consiste en preguntarse en qué medida es cada vez más rica —si el aumento de la riqueza material es el aumento del valor— una sociedad en la que cada vez se produzcan, proporcionalmente, más servicios y menos mercancías. Estamos otra vez ante el fetichismo de las cosas, que olvida, por cierto, distinguir entre las cosas mismas. Pensando en una sociedad más humana se podría responder directamente que sí, que sería más rica una sociedad que produjera menos mercancías y más servicios, menos cosas que interponer entre las personas y más relaciones entre éstas. Pero éste no es el problema que estamos tratando. Desde el punto de vista de la producción capitalista, cuya riqueza es simplemente el valor, la pregunta es tan banal como en qué medida es más rica una sociedad que produce cada vez, en proporción, más productos superfluos y menos productos necesarios, o más
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productos industriales y menos productos agrícolas; en resumen: más cañones y menos mantequilla. Es una objeción hecha desde el punto de vista exclusivo del valor de uso, pero el capital no tiene otro objetivo que el plusvalor, o sea, el valor de cambio, y no reconoce otro valor de uso que el que es portador de valor de cambio, incluido el plusvalor.

La contusión que reina en torno al carácter productivo o no de los servicios es el resultado de una serie de factores combinados. Entre ellos, no es el menos importante un apego excesivo a lo dicho por Marx, o, mejor dicho, un excesivo apego a lo que parece más evidente en su obra y un insuficiente estudio sistemático de la misma. Marx intentó —con un éxito realmente asombroso— extraer las leyes generales del modo de producción y cambio capitalista a partir del análisis de la sociedad de su tiempo y de su génesis histórica. De la misma forma que le caía lejos en el espacio el modo de producción asiático, le caía lejos en el tiempo el capitalismo actual, con el enorme desarrollo del sector servicios —aunque el análisis ni del uno ni del otro podrá ya prescindir de sus penetrantes observaciones—. En su época, el capital era casi en su totalidad capital productor de mercancías materiales, y aunque pudiera ser previsible la incursión del capital en el sector servicios, Marx tampoco le otorgaba tan larga vida —la que después ha mostrado tener en toda una parte del mundo— como para devanarse los sesos con ello. Por eso en su obra la producción capitalista es identificada con la producción material, de objetos materiales, con una existencia separada del productor.

Así, sus dos obras básicas publicadas en vida, la Contribución a la crítica de la economía política y el libro I de El capital, comienzan por el análisis de la mercancía. La mercancía como producto social, esto es, como unidad de valor de uso y valor de cambio, se confunde constantemente con la mercancía en cuanto producto material. La producción capitalista parece así que tenga que ser necesariamente producción de objetos como mercancías, quedando excluidos los servicios. Estos, por otra parte, no le merecen ningún análisis específico; sólo aparecen en su obra en las sucesivas discusiones sobre el trabajo productivo.

Los economistas clásicos, como buenos espadachines de la burguesía ascendente, habían puesto especial énfasis en mostrar que el dinero que gastaban los señores feudales y su séquito era improductivo, que el dinero sólo era productivo cuando se gastaba como capital. Smith tenía toda la razón tautológica del mundo cuando decía que el capital tendía a gastarse en emplear trabajadores productivos y la renta a hacerlo con trabajadores improductivos, y esta sencilla tautología se convertía casi en una teoría revolucionaria en un período en que los servicios eran, en su inmensa mayor parte, servicios personales comprados por la nobleza. La otra obsesión de los economistas era mostrar a los burgueses que todo dinero que emplearan como renta, en comprar servicios para su propio consumo, lo perderían, mientras que el que
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emplearan en comprar fuerza de trabajo para producir mercancías lo recuperarían aumentado. De la misma forma, podrían haberles explicado que todo el que gastaran en mercancías para su propio consumo lo perderían y todo el que emplearan en explotar trabajadores de servicios de manera capitalista lo recibirían aumentado, pero tenían demasiado clavadas las imágenes contrapuestas del barón con su séquito y el industrial con sus talleres. Además, ¿qué posibilidades podía ofrecer la explotación capitalista de los servicios en una sociedad en la que la mayoría de la población se movía cerca del nivel de subsistencia?

Por lo demás, defendían como única forma de la riqueza la forma en que ésta se les aparecía ante los ojos o se les acumulaba en las manos. El primer capitalismo, fundamentalmente comercial, encontró su expresión en los mercantilistas, para quienes la única riqueza era el dinero en forma de oro y plata acumulados. El capitalismo industrial encontró la suya en los economistas clásicos, para los que la riqueza eran las mercancías materiales y almacenables. El capitalismo de hoy, con su giro a los servicios y la circulación, se ve reflejado en las teorías sobre el crecimiento relativo del sector terciario como expresión del desarrollo económico. Marx, cuya teoría del trabajo productivo se inspira en gran parte en Smith, recoge las fijaciones de éste, lo que se observa en la desmesurada importancia que otorga a la discusión sobre las distintas formas en que puede gastar su dinero el capitalista, como capital o como renta. Cuando desarrolla por su cuenta la teoría, se ve llevado a reconocer que los trabajadores de los servicios pueden ser y son tan productivos como los de la industria. Pero como considera, y en su tiempo era cierto, que como trabajadores de los servicios representan una proporción ínfima en el conjunto de los trabajadores productivos, y como trabajadores productivos una proporción no menos ínfima entre el total de los trabajadores de servicios, propone de inmediato dejarlos de lado como quantité negligeable.

Por otra parte, en cambio, discute el carácter de los trabajadores empleados por el capital en tareas propias de la circulación para llegar, justamente, a la conclusión de que no son productivos. De aquí se deriva que no todos los asalariados son productivos, obviamente. El lector de Marx se encuentra entonces con lo siguiente: 1) No todos los asalariados son productivos. 2) Los trabajadores comerciales no lo son. 3) No se ve por ninguna parte otros trabajadores que los industriales y los comerciales, ni otros capitalistas que el industrial, el comercial y el dinerario; de modo que no aparecen ni el capital de servicios ni el trabajo de servicios al que emplea. 4) No se ve otra producción capitalista que la industrial. 5) Los trabajadores de servicios que aparecen son generalmente curas, servidores domésticos, médicos, etc. ¿Qué puede hacer contra todo esto el sencillo ejemplo del maestro de escuela?

El lector no se da por satisfecho y se lanza sobre el apartado dedicado al transporte, que habla sola y exclusivamente del transporte de mercancías. Si
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fuera con otros ojos, se daría cuenta de que Marx se ve obligado a justificar precisamente la parte del transporte que no es servicio, transporte de personas, es decir, aquella parte del transporte que en sí y por sí no produce ningún valor de uso, sino que simplemente es técnicamente necesaria para la realización de valores de uso ya existentes; pero como llega con los ojos obnubilados de mercancías, no ve más que la ausencia del transporte como servicio en el único lugar en que se habla del transporte —y, por ende, del transporte como trabajo productivo—, sin darse cuenta de que aquél no tenía por qué aparecer en un capítulo que trata exclusivamente de los costos de circulación de la mercancía, como su propio título indica.

Si todavía no se da por satisfecho, no le queda sino recurrir a los otros escritos de Marx, donde se encuentra con la recomendación repetida de que debe dejar de lado el tema, además de con toda otra caterva de servidores domésticos y capitalistas que malgastan su dinero en ellos. Únase todo esto y respóndase a la pregunta: ¿qué otra cosa podía surgir de aquí sino la descalificación del trabajo de servicios tout court como trabajo improductivo? ¿Qué pueden contra esto los propios fragmentos en que Marx declara inequívocamente el carácter productivo del trabajo empleado por capital de servicios, tanto más cuanto que son textos que representan trabajos en curso, reiterativos, adobados con no poca confusión —al menos terminológica—, textos en los que resulta difícil con frecuencia distinguir cuándo habla el propio Marx y cuándo lo hace Smith por su boca, textos por añadidura escasos?

Hay otros motivos, ajenos ya a Marx, que contribuyen a reforzar el error, motivos de los que señalaremos tres. El primero es el fetichismo, fetichismo de la mercancía y del capital, que alcanza a los mismos autores marxistas. La idea de que los valores de cambio tienen que ir necesariamente adheridos a cosas independientes no es más que la versión descafeinada de aquella otra que dice que los valores están en las cosas mismas en vez de en el trabajo humano abstracto materializado en ellas, es decir, el fetichismo de la mercancía; en este caso, la sustitución de la unidad entre valor de uso y valor de cambio —la mercancía como existencia social— por el triángulo valor de uso, valor de cambio y objeto —la mercancía social con su realidad física adherida—.

Otro tanto sucede con la idea de que para que haya «verdadero» plusvalor tiene que haber «verdadero» capital; a saber: capital fijo, o sea, una cosa. Es el fetichismo del capital y el mismo proceso de sustitución o adhesión de la cosa a la relación social. El segundo motivo es la lógica misma del proceso capitalista como proceso de valorización, que le lleva a modificar el proceso material de producción como forma de pasar de la obtención de plusvalor absoluto a la obtención de plusvalor relativo. Este tránsito coincide, básicamente, con el tránsito del ca-
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pital de servicios al capital industrial y con la asunción de un papel dominante en el proceso material por parte del capital fijo. La producción industrial de mercancías parece ser así, como diría Hegel, la «verdad» del capital, con lo que se refuerza la idea de que allá donde no están presentes no hay proceso de producción capitalista propiamente dicho, lo que no deja de ser cierto, pero conduce a olvidar que ya había proceso de valorización.

El tercero es la tricotomía ya tradicional en la economía burguesa entre sectores primario, secundario y terciario, o agrario, industrial y de servicios. Esta herencia fisiocrática, más o menos fructífera desde el punto de vista de la producción de valores de uso y la distribución del trabajo útil —útil en general—, tiene sobre todo, desde el punto de vista de la producción de plusvalor, una función ideológica. En el sector agrario se confunden los pequeños campesinos no capitalistas con el capital empleado en extraer plusvalor de la producción agraria. En el sector «servicios» se confunden los servicios propiamente dichos con el comercio de mercancías y el comercio de dinero (es decir: los servicios y el comercio no capitalistas más los capitales de servicios, comercial y dinerario, o sea, sobre todo bancario), y a ellos se une, para colmo, el Estado.

El capital dinerario ha suscitado durante siglos las iras populares como imagen del vampiro en economía; sobre él y sobre el comercial sentencia Marx que no son productivos; en los servicios y el comercio se mueven todavía más o menos a sus anchas los trabajadores independientes y las empresas familiares, y de chistes sobre la «productividad» de los funcionarios están los tebeos llenos; ni siquiera las empresas capitalistas cuyo capital es de propiedad pública parecen ser muy productivas. ¿Quién se atrevería a declarar productivo semejante sector de «servicios»? «La economía política clásica —escribe Marx en el libro I de El capital, inmediatamente tras una definición del trabajo productivo y el ejemplo del maestro—- consideró siempre que la producción de plusvalor era la característica distintiva del trabajo productivo. Al cambiar su concepción respecto a la naturaleza del plusvalor, cambia también, por consiguiente, su definición del trabajador productivo»89.

La economía clásica defendió concepciones del plusvalor, y por tanto del trabajo productivo, en estrecha correspondencia con la forma que ante sus ojos adoptaba en general el valor. Marx hizo otro tanto, con la diferencia de que lo hizo conscientemente, a renglón seguido de mostrar el carácter productivo del trabajo de servicios empleado por capital proponía sistemáticamente prescindir de él. El análisis materialista no solamente es aplicable a otras teorías, sino también, ¿por qué no?, a la misma teoría marxista. Hoy, un capitalismo diferente, en el que el sector capitalista de servicios ha cobrado una importancia entonces inusitada, exige un análisis diferente. Análisis que, por cierto, puesto que sus líneas básicas se encuentran ya en Marx, requiere en sí mismo poco esfuerzo teórico, salvo el necesario para desbrozar y apartar todo el cú-
89 K. MARX, El capital, cit., libro I, vol. II, pp. 616-617.
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mulo de errores posteriormente acumulados en el camino. En realidad, no requiere otra cosa que el mínimo coraje —o pluscoraje, si se nos permite la broma— para apartarse del camino trillado —esto es, para una investigación productiva. En realidad, no puede decirse que hayan faltado intentos de redefinir el criterio de distinción entre trabajo productivo e improductivo, incluido alguno verdaderamente insólito. Ian Gough señala tres tipos de razones que podrían hacer deseable revisar estos criterios: primera, cambios acaecidos desde la primera formulación en las condiciones reales, entre los que registra el número creciente de bienes y servicios producidos por el Estado que —sin arrojar plusvalor— forman una parte importante del salario real —el llamado salario social—, el crecimiento del número de trabajadores empleados en el comercio y la distribución y el aumento de los productos llamados a satisfacer necesidades que pueden ser consideradas como «superfluas» o «inesenciales»; segunda, un cambio en el objeto del análisis —en parte debido al cambio de las condiciones—, por ejemplo del proceso de creación del plusvalor a la disposición del mismo en las condiciones del capitalismo monopolista; y, tercera, la existencia de ambigüedades en las mismas formulaciones de Marx90.

La segunda nos parece la cuestión más importante, pero empezaremos por la tercera, que es la más fácil. Sencillamente, consideramos que en Marx no hay otras ambigüedades que, por un lado, las que consisten en identificar la mercancía con el objeto material convertido en mercancía y, a la vez, con la unidad no necesariamente material de valor de uso y valor de cambio y otras que no son sino distintas versiones de lo mismo, como la identificación entre producción de riqueza, producción material de la riqueza y producción de la riqueza material, etc., es decir, ambigüedades que ya hemos tratado y resuelto suficientemente; por otro, la difícil distinción, en las Teorías sobre la plusvalía, entre lo que pertenece a Smith y lo que pertenece a Marx, cosa que también hemos visto. Gough señala como «principal ambigüedad» la que «consiste en la utilización de una perspectiva histórica para distinguir el trabajo necesario para producir un valor de uso dado, al tiempo que se rechaza rigurosamente la utilización de tal perspectiva para determinar la "necesidad" o el "valor de uso" final mismo»91. Esta supuesta ambigüedad procede de un error de apreciación del método de Marx. Es preciso distinguir entre la constatación de la existencia de una forma que se sabe histórica y la crítica de esta forma como forma histórica, i.e. no natural ni eterna. Marx hace ambas cosas, tanto con el valor de cambio como con el trabajo necesario para producir un valor de uso o con el valor de uso mismo. En el análisis del trabajo productivo desde el punto de vista capi-
90 Cfr. I. GOUGH, op. cit., pp. 70-71.

91 Ibid., p. 71.
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talista sólo cuentan las constataciones: que la riqueza es valor de cambio y su aumento para el capitalista plusvalor; que el trabajo socialmente necesario está determinado por la productividad —material— social media; que valores de uso son los que se demandan. La crítica queda fuera de este análisis y corresponde a otros lugares de la teoría económica y no económica marxista. La crítica del valor de cambio como forma de la riqueza es, en general, la crítica de las formas mercantil simple y capitalista de la producción; la crítica de la forma histórica del trabajo necesario aparece en la distinción entre fuerzas productivas y fuerzas productivas para el capital, en las alusiones a las «fuerzas destructivas» y en la teoría del conflicto entre fuerzas productivas y relaciones de producción; la crítica de los valores de uso como fenómeno histórico está en la misma definición de valor de uso —lo que se demanda, no lo que es «bueno», etc.— y, como el mismo Gough señala más adelante92, en la teoría de las necesidades, que puede encontrarse sobre todo en los Manuscritos y los Grundrisse. La primera y la segunda cuestiones, en realidad, están fuertemente imbricadas, y es a ambas a lo que han tratado de responder los distintos intentos de reformulación que veremos a continuación.

Una serie de teorías son las que vinculan la distinción entre trabajo productivo e improductivo al proceso de reproducción o a la acumulación. Así, Gillman, Morris y Blake proponen distinguir entre el trabajo que produce capital constante o variable y el que produce artículos de lujo (de los que el componente más importante sería el armamento). Esta distinción se corresponde con la que hiciera Marx entre los sectores I, II y III de la producción capitalista (los sectores que producen medios de producción, bienes de consumo y artículos de lujo, respectivamente). Los trabajadores productivos quedarían así englobados en los sectores I y II (lo que no debe confundirse con que estos sectores produzcan, respectivamente, el capital constante y el variable; lo que producen, respectivamente, es el capital fijo y el capital circulante —o, mejor dicho, las mercancías y servicios llamados a convertirse en tales—, pero esta distinción carece de importancia si los consideramos juntos), y los improductivos en el III. Marx, sin embargo, nunca puso en relación esta distinción entre sectores con su teoría del trabajo productivo. El trabajo empleado por el capital en la producción del sector III seguiría así siendo productivo para Marx y pasaría a ser improductivo para los tres autores citados. El trabajo que produce plusvalor en los sectores I y II y el que no lo produce en el sector III serían, respectivamente, productivo el primero e improductivo el segundo tanto para el uno como para los otros. Una divergencia suplementaria surge con el trabajo que no produce plusvalor en los sectores I y II (por ejemplo, el trabajo enseñante y sanitario de los asalariados del Estado, que éste paga con renta).

Gillman y Morris consideran que su teoría es complementaria con la de Marx, esto es, que la pro-
92 Cfr. ibid., pp. 81-83.
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ducción de plusvalor sigue siendo un requisito del carácter productivo del trabajo, por lo que lo consideran improductivo en el caso que nos ocupa. Blake, en cambio, considera la teoría como alternativa, por lo que lo declara productivo, ya que el trabajo de los empleados del Estado, incorporándose a la fuerza de trabajo, entraría posteriormente como capital variable en la reproducción93. Este tipo de opción tiene sentido desde el punto de vista de una teoría del crecimiento económico. La perennidad que Smith reclamaba para los resultados del trabajo productivo ya no se plantea como duración de los resultados mismos, o sea, de los productos materiales, sino en términos de su mantenimiento o reingreso en el proceso de reproducción.

Pero una cosa es lo que digan los economistas y otra lo que hace el capital. Para éste, la acumulación no es un fin en sí, sino un medio para aumentar la producción de plusvalor. La opción por una teoría del trabajo productivo basada en la reproducción sólo adquiere pleno sentido práctico con la existencia de una economía planificada o desde el supuesto reformista de un Estado capaz de imponerse al capital, lo que no significa negarle otra utilidad de índole analítica. Además, desde el punto de vista de la producción capitalista en general, semejante opción implica, una vez más, la confusión entre proceso de valorización y proceso de producción o, lo que es lo mismo, entre proceso de producción del valor y proceso de producción material. En este sentido, Blake es más consecuente que Gillman y Morris, pues prescinde enteramente del primero —aun conservando la determinación de que se trata de trabajo productor de capital, es decir, de trabajo asalariado— para centrarse en el segundo. (Sería más consecuente todavía, claro está, incluir a los pequeños productores no asalariados, que también «acumulan».) En todo caso, ambas variantes representan una ruptura más o menos neta con la definición marxiana.

Otra clase de teorías está formada por las que intentan definir el trabajo productivo —¡desde un punto de vista marxista!— como aquel que no depende de la forma capitalista o del estadio monopolista de la producción. Así, Sweezy define como improductivas una serie de funciones que sobrepasan los límites de lo que sería socialmente necesario en las condiciones del capitalismo competitivo, con lo que el criterio de la productividad sería ni más ni menos que... ¡el capitalismo de los buenos tiempos! En otro lugar, este mismo autor, junto con Baran, propone como funciones productivas las que se mantendrían en un orden económico «más racional» —lo que debe querer decir un orden socialista o comunista, cosa que ya había sostenido Baran por cuenta propia94.

La primera propuesta no merece mayor discusión. La segunda tiene un interés relativo que constituye a la vez su mayor dificultad: pretende respon-
93 Cfr. J. GILLMAN, The falling rate o] profit, Londres, 1957, y Prosperity in crisis, Nueva York, 1965 (ed. castellana, Anagrama, 1971); T. MORRIS y J. BLAKE, en Science and Society, vols. 22, 1958, y 24, 1960.

94 Cfr. P. M. SWEEZY, Monopoly capital, Londres, 1970.
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der al problema del despilfarro, pero, para ser consecuente, exigiría toda una teoría moral de las necesidades y una amplia futurología sobre las posibilidades técnicas de una producción no dominada por el capital, pues éste conforma la producción tanto técnica como socialmente. Sea como sea, adopta el punto de vista de los valores de uso, se aparta por entero de la definición marxiana y se propone un objetivo diametralmente diferente. Su utilidad, ciertamente, es más política que económica.

Una vez delimitado el concepto de trabajo productivo desde el punto de vista del capital, podemos determinar en qué sectores de la producción material se localiza. En la sociedad actual, la producción material —i.e. de valores de uso, sean bienes o servicios— tiene lugar en cuatro esferas distintas: doméstica, estatal, mercantil simple y capitalista. En la esfera doméstica se producen exclusivamente valores de uso, pues los productos del trabajo no están destinados al mercado ni, en general, a su consumo fuera de la unidad familiar. Una familia puede ser la base de una pequeña unidad de producción mercantil, como ocurre con las explotaciones agrícolas unifamiliares, con las familias de artesanos que trabajan conjuntamente o con las de titiriteros, pero entonces deben ser consideradas como pequeños productores de mercancías —bienes o servicios—, es decir, como parte del modo de producción mercantil simple.

En la esfera del Estado tampoco se produce otra cosa que no sean valores de uso. Que el consumo de estos valores de uso resulte altamente deseable para los consumidores y usuarios, como ocurre con las carreteras, la sanidad o la enseñanza, o indeseable, como puede ocurrir con la protección policial, es algo que no viene al caso —de la misma manera que no importa que el consumo de algunas mercancías adquiridas en el mercado, como, por ejemplo, los cascos de los motociclistas, sea de carácter forzoso—. De la esfera del Estado están excluidas las empresas que, siendo de propiedad pública, producen directamente para el mercado, las cuales quedan dentro de la esfera capitalista.

En la esfera de la pequeña producción mercantil, además de valores de uso, se produce valor de cambio. En esta esfera se incluyen los pequeños agricultores, artesanos —productores de bienes o de servicios— y profesionales liberales, siempre que no tengan trabajadores asalariados a su servicio. En estas tres esferas, como es obvio, no se produce plus valor, cualquiera que sea el grado de productividad técnica y material del trabajo empleado en ellas y cualesquiera que sean las condiciones de trabajo reinantes.

Nos queda por analizar, pues, la esfera del modo de producción capitalista. Distinguiremos dentro de ella cinco sectores: agricultura, industria, servicios no comerciales ni financieros, comercio y finanzas. Los dos primeros, agricultura e industria, producen mercancías no sólo en el sentido marxiano del término, sino también en el sentido vulgar del mismo:
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producen cosas nuevas, objetos contables, pesables, medibles y, sobre todo, acumulables. No es preciso discutir, por tanto, que el trabajo realizado en ellos para el capital es trabajo productivo. En cuanto a los servicios no comerciales ni financieros, creemos haber mostrado suficientemente que constituyen, desde un punto de vista económico y social y en la terminología marxista, mercancías, es decir, unidades de valor de uso y valor de cambio y, si media la explotación de trabajo asalariado por el capital, portadoras de plusvalor. El trabajo invertido en ellos, por lo tanto, es productivo al mismo título que el de la industria o la agricultura.

Restan todavía los sectores del comercio y las finanzas. A primera vista, estos sectores y el trabajo empleado en ellos se identifican con la circulación, que, como ya sabemos, no puede producir valor de nueva planta por sí misma ni, por ende, plusvalor. Sin embargo, ya va siendo hora de abandonar este punto de vista simplista y distinguir la circulación en sentido estricto del trabajo comercial o financiero. El trabajo comercial comprende una parte que podemos llamar distribución, que tiene que ver con el cuerpo material de los productos y constituye los últimos pasos necesarios para su consumo como valores de uso y su realización como valores de cambio, y otra que es la circulación en sentido estricto, es decir, la transmutación de las mercancías en dinero y el dinero en mercancías. Sólo a esta segunda parte, que es la que menos tiempo insume, puede aplicarse la caracterización marxiana de trabajo improductivo. La mayor parte del trabajo comercial, por consiguiente, es trabajo productivo.

En el sector financiero ocurre exactamente lo mismo, aunque en proporciones distintas. Cuando Marx se refiere al capital dinerario o financiero, o al trabajo correspondiente, tiene en mente un apartado de la circulación de mercancías, la circulación de la mercancía dinero. Por supuesto, esta circulación es tan improductiva como la de cualquier otra mercancía. Sin embargo, lo que comúnmente llamamos sector financiero, o sea, la banca, las sociedades de inversión, etc. —la banca comprende a la inmensa mayoría de los trabajadores del sector—, es mucho más que eso. Además de ocuparse de la circulación dineraria en sentido estricto, los bancos ofrecen toda una gama de servicios más o menos útiles: custodia del dinero, administración de nóminas, domiciliación de pagos, etc. Aunque ahora se trate más bien de una pequeña parte del montante global de trabajo, a efectos analíticos el trabajo invertido en estos servicios debe ser cuidadosamente distinguido del invertido en la circulación dineraria, y debe ser considerado productivo al mismo título que cualquier otro trabajo de servicios que se cambie por capital. Cuando un banco realiza un pago en nuestro nombre no sólo lleva la contabilidad de nuestro dinero —lo cual ya es en sí un servicio que, de otro modo, tendríamos que contratar con una empresa o un contable independiente, caso de no querer hacerlo nosotros mismos—, sino que también satisface una necesidad que, sin su intermediación, nos exigiría contratar los servicios de una empresa de men-
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sajeros, comprar una paloma mensajera debidamente adiestrada o desplazarnos nosotros mismos. Una vez dada la necesidad y la demanda solvente de un valor de uso que la satisfaga, lo que convierte la actividad del trabajador bancario en productiva es lo mismo que convertiría en tal la del mensajero o la del criador de palomas amaestradas: el hecho de trabajar para un capital que es el que nos vende el valor de uso requerido reponiendo su valor de cambio y obteniendo un plus valor.

Para terminar, queremos señalar dos problemas que quedan abiertos después de lo dicho. La razón de que queden así es doble: por un lado, su tratamiento exigiría una extensión al menos similar a la ya empleada; por otro, confesamos gustosamente que no creemos tener todavía la suficiente claridad al respecto. El primero, en el que ni siquiera entraremos, consiste en la delimitación de las fronteras del trabajo productivo dentro de una unidad productiva. Ya hemos hecho constar con anterioridad la problemática, señalada por Marx, que surge con el modo de producción capitalista propiamente dicho, es decir, con la reorganización capitalista del proceso de trabajo. Marx salta con cierta tranquilidad de considerar cada puesto de trabajo individualmente, o reglas generales de definición del trabajo productivo aplicables nítidamente a una clasificación de los trabajos individuales, a hablar del «trabajador colectivo». En este punto, sin embargo, creemos que es necesario un análisis mucho más preciso de las distintas funciones en la empresa, particularmente el trabajo que se incorpora directamente al producto, el trabajo que versa sobre la circulación del valor y el trabajo de supervisión de la fuerza de trabajo. El problema deriva sobre todo del hecho de que la reorganización capitalista del proceso de trabajo convierte las funciones de supervisión en algo no sólo social, sino también técnicamente necesario, con independencia del carácter de sus causas originales y de en qué medida sean esas nuevas funciones una cosa u otra.

El segundo problema es el lugar del concepto de trabajo productivo en el análisis de las clases sociales, y particularmente en la definición de la clase obrera. Sin duda, éste es el más-importante, y no queremos dejar de decir algo sobre él. Algunos autores, como Poulantzas o Nicolaus, consideran que las fronteras del trabajo productivo son también las fronteras del proletariado95. Es obvio que, si esto se combina con una definición del trabajo productivo apegada al fetiche de la producción material de objetos, queda una clase proletaria bastante magra y, guste o no, se viene a dar la razón a las teorías de la «sociedad de clase media», por más que a ésta se le aplique el calificativo de «[nueva] pequeña burguesía». Tarde o temprano, estas teorías tienen que acudir a conceptos similares a la «situación de mercado» de Weber96 o la «do-
95 Cfr. N. POULANTZAS, op. át.f y M. NICOLAUS, «Proletariat and middle-class in Marx», Studies on the Left, VII, I, Jan de Foeb, 1967.

96 Cfr. M. WEBER, Economía y sociedad, 1.a parte, II, 8, y 2.a parte, VIII, 6.
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minación» de Dahrendorf97 para explicar por qué los asalariados del capital pertenecen a clases distintas. Como ya se ha dicho, no vamos a entrar aquí de lleno en este debate, que esperamos abordar en otra ocasión. Sin embargo, queremos proponer un punto de partida diferente. El concepto de trabajo productivo carece enteramente de valor para una teoría de las clases sociales. El empeño en su utilización para este fin proviene, en definitiva, de la idea de que la lucha de clases es la lucha por el excedente social, y que éste, bajo el capitalismo, no es otro que el plusvalor. Sin embargo, lo que está en juego en la lucha entre las clases sociales no es simplemente el plusvalor, sino el conjunto de valores de cambio —plusvalor incluido— y de uso producidos por el trabajo humano, es decir, el conjunto de la riqueza generada en las esferas estatal, capitalista, mercantil simple y doméstica.

Por otra parte, las clases no se definen ni se forman en el proceso de producción del valor, de valorización, sino en el proceso de producción material, o proceso de trabajo. La idea de reducir la clase a una posición —los que producen plusvalor o los que no— no es más que una variante pseudomarxista de la idea funcionalista sobre la «ocupación» de posiciones o el «desempeño» de roles prefijados. Si el concepto de clase sirve para algo, por lo demás, no es como definición económico-analítica, sino como expresión de un grupo social del cual, por su lugar y su práctica en las relaciones de producción, se esperan o se consideran como más probables una serie de comportamientos económicos, sociales, políticos y culturales.

Lo que constituye una clase, y a los individuos en miembros de ella, es todo un proceso de experiencia. Esta experiencia depende de la producción de plusvalor, pero no sólo de ella, y si quiere decir algo es la vivencia prolongada de una relación específica con el producto del propio trabajo, con el proceso de trabajo, con los medios de producción, con otros trabajadores, con el mercado, etc. La constitución de la clase obrera no empieza y termina en el momento de la asalarización. Es un largo proceso de división y descualificación del trabajo, de pérdida de control sobre el proceso de trabajo y el ingreso al mismo, de disminución del salario sectorial relativo, de sustitución de unos puestos de trabajo por otros. No hay una clase obrera con una evolución única, sino sectores distintos que se incorporan en momentos diversos y a ritmos diferentes. Ello no significa que haya un centenar de proletariados, ya que las tendencias en el proceso de trabajo y en los salarios son similares en los distintos sectores, pero sí ritmos diferentes en la subsunción en el modo de producción capitalista propiamente dicho —sin olvidar que, en el límite, la automatización hace desaparecer sectores enteros de la clase obrera o los reduce a cifras exiguas, precisamente los sectores más estrictamente proletarizados—.

Por utilizar un ejemplo, las condiciones de trabajo comparativamente mejores respecto
97 Cfr. R. DAHRENDORF, Class and class conflict in industrial society, Stanford University

Press, 1959; ed. castellana, Rialp, 1979.

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de los trabajadores industriales de que disfruta hoy el sector de empleados no manuales, que goza todavía de una cierta autonomía en sus tareas, salarios más altos, empleos más estables, etc., se pueden comparar con las que en su tiempo tuvieron los trabajadores manuales altamente cualificados que eran empleados por la nueva industria capitalista, y el futuro que les espera probablemente no sea distinto del que encontraron éstos. Este enfoque, además, permite un análisis menos sesgado de los colectivos que trabajan para el Estado, algunos de los cuales tienen muy poco que los distinga del proletariado industrial en el sector privado. En definitiva, lo que proponemos es analizar las clases sociales desde el punto de vista de su relación con los medios de producción y de sus condiciones de trabajo, las relaciones sociales de producción en que están inmersas, y no desde la perspectiva de una tipología de los valores de uso en que se invierte su trabajo, que es el punto de partida de quienes emplean una concepción restrictiva del trabajo productivo como rasero, ni de la producción o no de plus valor, que sería el de quienes aplicaran una concepción más amplia del mismo rasero.
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