Capítulo 1




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NOVELAS CON CORAZÓN

Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Hermosilla, 21 28001 Madrid

©2001 Jacqueline Baird. Todos los derechos reservados.

AÑOS DESPUÉS..., Nº 1265 — 6.3.02

Título original: Marriage at His Convenience

Publicada originalmente por Milis & Boon, Ltd., Londres.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproduc­ción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II B V:.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier pareci­do con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

©Harlequin, logotipo Harlequin y Julia son marcas registradas por Harlequin Enterprises II BV. y Novelas con corazón es marca registrada por Harlequin Enterprises Ltd.
I.S.B.N.: 84—396—9494—6

Depósito legal: B—2952—2002

Editor responsable: M. T. Villar

Diseño cubierta: María J. Velasco Juez

Fotomecánica: PREIMPRESIÓN 2000

C/. Matilde Hernández, 34. 28019 Madrid

Impresión y encuadernación: LITOGRAFíA ROSÉS, S.A.

C/. Energía, 11. 08850 Gavá (Barcelona)

Fecha impresión Argentina: 18.7.02

Distribuidor exclusivo para España: LOGISTA

Distribuidor para México: PUBLICACIONES SAYROLS, S.A. DE C.V Distribuidores para Argentina: interior, BERTRAN, S.A.C. Vélez Sársfield 1950 Cap. Fed./ Buenos Aires y Gran Buenos Aires, VACCARO SÁNCHEZ y Cía, S.A.

Distribuidor para Chile: DISTRIBUIDORA ALFA, S.A.


Capítulo 1.


LUCAS Karadines, de pie frente a la ventana de su oficina en Nueva York, observaba el paisaje de Manhattan, sin verlo.

Sonriendo, se pasó una mano por el cabello os­curo, con un brillo de triunfo en los ojos. ¡Lo ha­bía conseguido! Su padre, Theo Karadines, y el presidente de la multinacional Aristides, Alex Aristides, estaban a punto de firmar un acuerdo que convertiría a la empresa Karadines en una de las cadenas hoteleras más importantes del mundo.

Alex Aristides no estaba bien de salud y, al contrario que Theo Karadines, no tenía un hijo que pudiera encargarse del negocio familiar cuan­do él muriese. Por eso iba a firmar el acuerdo. Y al día siguiente lo celebrarían por todo lo alto con una fiesta.

Lucas se volvió hacia su escritorio y miró el te­léfono con el ceño fruncido.

Tenía que hacer una llamada.

Pensativo, miró su Rólex de oro... podría llegar a Londres a las doce. A Amber no le importaría que llegara a medianoche.

Amber Jackson era una mujer presa de sus sen­tidos. Nunca había conocido un ser más sensual. Con la melena de color castaño claro, los ojos de color miel, los pechos firmes... Lucas notó un cos­quilleo entre las piernas y, por un momento, sintió remordimientos.

Pero en la vida hay cosas más importantes que el sexo. Sobre todo, con una mujer tan ocupada como Amber. La última vez que fue a Londres sin avisar, ella estaba en la oficina y cuando por fin volvió al apartamento solo pudo dedicarle media hora porque tenía que asistir a una cena de trabajo.

Después habían compensado el tiempo perdi­do, pero Lucas Karadines no era el tipo de hombre que espera a una mujer. Varias veces había sugeri­do que dejara su trabajo, pero Amber se negaba.

No, estaba decidido. De hecho, la decisión había sido tomada semanas antes. Lucas estaba en medio de las negociaciones con Aristides cuando este le presentó a su hija Christina. La dulce e inocente jo­ven era todo lo que él deseaba en una esposa. Todo lo contrario que Amber Jackson. Christina no tenía ningún deseo de trabajar porque su única ilusión era casarse y tener hijos. Era una chica griega y tenía los mismos valores que él, de modo que sería una esposa perfecta.

Además, era el mejor momento. Tampoco su padre se encontraba bien de salud y tras el último infarto le había confesado su deseo de verlo casa­do y con hijos cuanto antes.

Su madre, que murió cuando Lucas tenía trece años, había dejado una carta a los abogados de Karadines con pruebas que demostraban que él era hijo de Theo y este le había dado inmediatamente su apellido. Siempre lo trató con cariño, como a un hijo más, y por eso le estaría eternamente agra­decido.

Su hermanastro, mucho mayor que él, había muerto en un accidente de avión seis años antes y, sin dudarlo, Theo Karadines le ofreció el puesto de director de la empresa cuando terminó la carre­ra de Económicas. Y él le devolvió el favor am­pliándola y aumentando los beneficios.

Por eso tenía que hacer aquella llamada. Lucas tomó el teléfono y marcó un número que se sabía de memoria.

Amber Jackson entró en su oficina con una son­risa en los labios. Había comido con sir David Jan­son, el presidente del banco Janson, y seguía atóni­ta por lo que él le había revelado. Pero el sonido del teléfono interrumpió sus pensamientos. Debía ser Lucas, pensó, corriendo hacia el escritorio.

—Amber, me alegro de que estés en tu despa­cho.

—Hola, cariño. ¿Nos vemos mañana?

—Lo siento, pero no vamos a poder vernos hasta el sábado. Tengo cosas que hacer en Nueva York.

La sonrisa desapareció del rostro de Amber.

¿Qué podía decir? Lucas era el director de la empresa Karadines y viajaba constantemente a Nueva York y Atenas. Llevaban un año viviendo juntos, pero había aceptado que no podían verse to­dos los días. Ni siquiera todas las semanas. Ella misma tenía un puesto de dedicación exclusiva como corredora de bolsa en una importante firma londinense y entendía bien las presiones del trabajo.

—De acuerdo, pero no me hace mucha gracia. Ha pasado un mes desde la última vez que nos vi­mos y mañana es nuestro primer aniversario. Ade­más, tengo una noticia estupenda que darte.

—Yo también tengo que darte una noticia, pero lo haré el sábado.

No era la respuesta que había esperado y su confianza en él empezó a resquebrajarse. Pero se dijo a sí misma que era una bobada. Lucas la que­ría, estaba segura. Aunque la última vez que se vieron él se enfadó muchísimo porque no podía salir corriendo de la oficina.

Por la noche, había sugerido de nuevo que de­jara su trabajo, insistiendo en que un hombre tan rico como él no necesitaba una novia trabajadora.

«Dejaré de trabajar cuando tenga hijos, pero no antes», le había dicho Amber.

Esperaba que Lucas le dijera entonces: «cásate conmigo», pero no lo hizo. Y no habían vuelto a verse en un mes.

—De acuerdo, pero te echaré de menos. Y es­pero que me compenses —intentó bromear.

—Lo siento, cariño. Hasta el sábado.

Amber colgó con una expresión más sonriente.

Total, solo era un día más.

Pero cuando salía del histórico edificio donde estaban situadas las oficinas de la empresa Brent­ford, no pudo evitar un suspiro. Ella pensaba que la sorpresa era maravillosa, pero... ¿se lo parecería a Lucas?

Lucas Karadines había aparecido en su vida como un vendaval y ella había pasado de ser una alegre chica de veintitrés años, que no se había puesto un vestido de diseño en su vida, a la mujer sofisticada y elegante que era.

Pero a veces cuando se miraba al espejo, no se reconocía...

Sujetando las bolsas y el maletín con una mano, Amber paró un taxi a toda prisa. Ni siquiera se percató de las miradas admirativas que los hombres lanzaban sobre ella.

Con un metro setenta y cinco de estatura, cur­vas notables y una melena de color castaño claro que casi le llegaba hasta la cintura, era una mujer que llamaba la atención. Tenía el rostro ovalado, la nariz recta y labios generosos. Pero lo más bo­nito eran sus ojos de color miel, con puntitos do­rados.

—¿Dónde vamos, señorita?

Amber le dio la dirección de sus amigos Tim y Spiro.

Cuando llegaron al elegante barrio de Pimlico, bajó del taxi y miró la casita pintada de blanco. Era difícil creer que habían pasado cinco años desde que murió su madre y ella se mudó allí con Tim, su amigo de la infancia, para empezar la ca­rrera de Económicas en la universidad de Londres.

La casa era de Spiro Karadines, un chico grie­go que les había alquilado dos habitaciones para poder pagar la hipoteca. Su tío, Lucas Karadines, controlaba el dinero que le dejó su madre y, según él, era peor que el demonio.

Amber llamó al timbre y esperó, con una sonri­sa en los labios.

Había conocido a Lucas un año antes, en el cumpleaños de Spiro. Llegó inesperadamente y después de una acalorada discusión con su sobrino aceptó de mala gana tomar una copa.

Para Amber había sido amor a primera vista. Nada más ver a aquel hombre alto y moreno, ves­tido con un elegante traje de chaqueta italiano y mucho mayor que ella, su corazón le dijo que era el hombre de su vida.

Más de metro ochenta, hombros anchos, pelo oscuro, ojos negros... era el hombre más guapo que había visto en toda su vida. Tenía una presen­cia imponente y exudaba masculinidad. Cuando después de charlar un rato le pidió que cenara con él al día siguiente, ella aceptó sin dudarlo un mo­mento.

Spiro había intentado advertida contra él. Le dijo que su tío era un depredador, un tiburón de los negocios que le rompería el corazón y que, a los treinta y cinco años, era demasiado viejo para ella. Además, según Spiro, le gustaban las muje­res elegantes, sofisticadas... mujeres con expe­riencia.

Pero Amber, ignorando sus advertencias, salió a cenar con él.

Fue una noche maravillosa. Lucas le habló so­bre su vida y ella le contó que acababa de terminar la carrera con unas notas excelentes y había con­seguido trabajo como corredora de bolsa en una de las empresas más prestigiosas de Londres. Le contó todo, incluso que era hija de madre soltera, pero él no pareció sorprendido.

Lucas la invitó a pasar las vacaciones en la isla privada que su familia poseía en el mar Egeo y Amber aceptó, encantada. Curiosamente, se despidió con un simple beso en la mejilla... y eso la decepcionó.

Por eso, al día siguiente se gastó todo el sueldo en ropa, en peluquería y en rayos UVA. Para con­vertirse en la clase de mujer sofisticada que a Lu­cas le gustaba.

Durante las vacaciones conoció a su padre, Theo Karadines, que la trataba como si fuera una niña. Igual que Lucas.

De vuelta en Londres, salieron a cenar media docena de veces, pero la relación no pasaba de un beso en la puerta de casa. Cada uno más apasiona­do que el anterior, pero nada más.

Cuando Lucas se fue a Nueva York, Amber pensó que se había olvidado de ella. Pero dos se­manas más tarde, de nuevo en Londres, volvió a invitarla a cenar y acabaron durmiendo en su habi­tación del hotel Karadines.

Lucas era su primer amante, de modo que no podía compararlo con nadie, pero no le hacía falta. Sabía que había encontrado a su alma gemela. Lu­cas solo tenía que mirarla para hacer que se le ace­lerase el pulso, solo tenía que tocarla para encen­der una pasión que nunca había conocido.

Tenía impresa en la mente la imagen del podero­so cuerpo desnudo, los anchos hombros, el vello oscuro que cubría su torso, los brazos largos y mus­culosos mientras la enseñaba lo delicioso que era hacer el amor con alguien a quien se quiere.

Una semana después, Amber se había ido a vivir a su apartamento, un lujoso dúplex con vistas al Támesis, y su relación se había hecho más seria.

—¿Y esa sonrisa? —la pregunta de Tim inte­rrumpió sus pensamientos.

Amber miró al joven rubio que había abierto la puerta.

—Recuerdos felices —contestó, besándolo en la mejilla—. ¿Dónde está Spiro? Traigo un regalo para él.

—¡Hola, Amber!

—Feliz cumpleaños, Spiro —sonrió ella, dán­dole un abrazo—. Toma, tu regalo.

—Qué honor. El formidable Lucas Karadines te ha permitido venir a visitarme el día de mi cum­pleaños. Hace seis meses que no te vemos el pelo.

—No te pongas tonto, Spiro —replicó ella—. Abre tu regalo. Me ha costado mucho encontrarlo.

—Perdona, cielo. Es que me has pillado en mal momento. Me siento viejo —sonrió el joven.

—¿A los veintitrés años? No me hagas reír.

—Pues tú mereces unas risas, Amber. Te mere­ces ser feliz.

—Y lo soy. Abre el regalo de una vez, pesado.

Dos minutos después, Spiro lanzaba un grito de alegría.

—¡Me encanta! Pero debe haberte costado una fortuna —dijo el joven, mirando el grabado de dos luchadores griegos—. Es un auténtico grabado del siglo XIX, ¿no?

—Por supuesto. No iba a comprarte una falsifi­cación —rió ella.

Spiro odiaba su trabajo en los hoteles de la fa­milia Karadines y lo que quería era abrir una galería de arte. Desgraciadamente, hasta que cumpliera veinticinco años o contrajera matrimonio no podría reclamar la herencia de su difunto padre, que Lucas controlaba con mano de hierro. Aunque recibía un buen estipendio todos los meses era un derrochador nato, siempre sin dinero, siempre quejándose.

A Spiro no le interesaba el negocio familiar y ella había intentado convencer a Lucas de que le adelantase parte de la herencia, pero la respuesta siempre era la misma: «no te metas en los asuntos de mi familia».

La facilidad con la que se volvía un ser frío y distante la asustaba, pero eso era parte de su personalidad.

—Seguro que mi tío no sabe que te has gastado una fortuna en mí —dijo Spiro entonces, colocando el grabado sobre la chimenea.

—Yo me gasto lo que quiero, bobo. A finales de abril recibiré una paga de beneficios de... escuchad atentamente chicos, ¡doscientas mil libras!

—¡Bien hecho, Amber! Siempre supe que eras un genio de las finanzas —exclamó Tim.

—Tenemos que celebrarlo. Saca el champán —rió Spiro—. Los tres mosqueteros vuelven a ponerse en acción.

Los ojos de Amber se llenaron de lágrimas al recordar cómo solían llamarse los tres compañeros de piso.

Tim sacó el champán y brindaron por Spiro, por la carrera de Amber y por todo lo imaginable.

Como en los viejos tiempos.

Dos horas más tarde, con los tres tirados en el sofá, Spiro lanzó una bomba:

—¿Sabes que Lucas quiere casarse? Ayer estuve con mi abuelo y me ha dicho que está decidido.

De repente, a Amber el mundo le parecía un sitio maravilloso.

—¿Te lo ha dicho él? ¿Lucas quiere que nos casemos? —exclamó, emocionada—. No puede venir hasta mañana, pero... ¡me ha dicho que tenía que darme una noticia! Spiro y Tim intercambiaron una mirada de preocupación.

—Según mi abuelo, Lucas tiene que darte una noticia, pero... —empezó a decir Spiro.

—Cállate —lo interrumpió Tim entonces.

—Por favor, dime qué te ha dicho tu abuelo. Lo conozco muy poco, pero sé que le caigo bien.

—Desde luego que le caes bien... pero no tanto como tú crees.

—Spiro, déjalo —volvió a intervenir Tim—. Lo estamos pasando bien y...

—Amber es amiga mía y merece saber la verdad. ¿Quieres que se entere por Lucas?

Perdida en sus sueños de felicidad eterna, Amber apenas los estaba escuchando.

—¿Por qué estáis discutiendo?

Los dos hombres se miraron.

—Tienes razón —dijo Tim—. Merece saber la verdad.

—¿A qué te refieres?

Spiro se levantó del sofá, nervioso.

—Prefiero que te enteres por mí y no por el ca­nalla de mi tío.

—¿Otra vez? ¿Por qué no aceptas que nos que­remos? Nosotros aceptamos que Tim y tú sois pa­reja, ¿por qué no nos devuelves el favor?

Cuando se fue a vivir con Lucas, Spiro hizo todo lo posible para desilusionarla. Le contó que su tío era hijo ilegítimo, que su madre había sido una prostituta de lujo, conocida en Atenas por una cadena de amantes millonarios, y que Lucas no era mejor persona. Aquel día Amber no quiso es­cucharlo y tampoco lo escucharía en aquel momento.

—Es que no quieres verlo. Mi tío es un bastardo...

—¿Ah, sí? Entonces, supongo que yo también soy una bastarda. Ya sabes que mi madre no se casó nunca.

Spiro la miró, apenado.

—Perdona, Amber. No quería insultarte. Pero tienes que saber una cosa: Lucas no te considera su novia, solo su amante.

—Solo los hombres casados tienen amantes —replicó ella—. Además, tú no sabes nada sobre mi relación con Lucas. Y creo que es hora de marcharme.

—Escúchalo, Amber. Es por tu bien —intervi­no Tim.

—Lucas me quiere y eso es lo único que nece­sito saber.

—Tú eres una mujer muy lista con los núme­ros, pero no conoces a los hombres, Amber —in­sistió Spiro—. Lucas es tu primer novio.

—Es el único hombre al que quiero conocer.

—Yo sé con quién va a casarse mi tío y no eres tú.

Amber lo miró, incrédula.

—Estás mintiendo porque no puedes soportar que viva con Lucas —dijo, con lágrimas en los ojos—. Solo quieres hacerle daño porque no te da la herencia de tu padre. Te gusta dominar a todo el mundo y me parece muy bien que Tim se deje, pero yo no voy a hacerlo. Y Lucas tampoco.

Spiro sacudió la cabeza.

—Estás ciega, Amber —murmuró, apenado—. Piensa lo que quieras, pero hazme un favor. Maña­na por la noche ceno con mi abuelo en el hotel Karadines. Da una fiesta para celebrar no sé qué contrato y me ha pedido que vaya contigo. Como Lucas no llegará hasta el sábado, supongo que puedes venir. ¿Quieres?

Ella no sabía qué hacer. Estaba enfadada con Spiro, pero...

—¿De verdad tu abuelo te ha pedido que me lleves?

—Sí. De hecho, insistió varias veces.

—En ese caso, iré.

—Vale. Iré a buscarte a las ocho.

Antes de meterse en la cama, Amber paseó, in­quieta, por la habitación. Las palabras de Spiro la habían preocupado más de lo que quería recono­cer. Nerviosa, abrió uno de los armarios y pasó la mano por los trajes de Lucas. Cuando respiró el olor de su colonia se sintió un poco más segura. Lucas la amaba... Pensando eso, se metió en la cama y se quedó dormida.

Amber se miró al espejo por enésima vez. Es­taba guapa. Más que guapa, preciosa. El pelo le llegaba casi hasta la cintura, liso, con la raya en medio.

Había elegido un escotado vestido negro de Donna Karan con el que podía lucir a la perfección el collar de esmeraldas que Lucas le había regalado. Los pendientes a juego brillaban en su largo y ele­gante cuello de cisne. Para completar el atuendo, se calzó unas sandalias negras de tacón alto.

Tomando su bolso y un chal verde de cachemir, bajó la escalera de caracol que llevaba al amplio vestíbulo del apartamento. Le encantaban los puli­dos suelos de madera, los preciosos sofás y la her­mosa alfombra persa del salón. De hecho, le encantaba su casa.

Pero, ¿dónde estaba Spiro? Llegaba diez minu­tos tarde.

Mientras esperaba, decidió llamar a Lucas. Pero recibió la misma respuesta que una hora antes: la voz de su secretaria en el contestador. Lla­mó también al hotel de Nueva York en el que se alojaba, pero tampoco estaba allí.

En ese momento, sonó el timbre.

Spiro llevaba un elegante esmoquin... y una pa­jarita de color rojo.

—Estás muy guapo. Pero lo de la pajarita...

Mira que eres rebelde.

—Tú estás tan divina como siempre —dijo Spiro.

Pero no sonreía. Todo lo contrario; estaba muy serio.

—¿Qué te pasa?

—Tienes que escucharme, Amber...

—¿Otra vez? —suspiró ella, irritada.

—Lucas estará en la fiesta.

La sinceridad que había en los ojos oscuros de su amigo no dejaba lugar a dudas.

—Pero... no puede ser. Está en Nueva York y no llegará hasta mañana.

—Lo he visto esta tarde en el hotel. Estaba con dos personas, Alex Aristides y su hija Christina. ¿Te suena la multinacional Aristides?

—Sí, claro...

—Lucas y Alex Aristides han firmado una fu­sión comercial esta misma tarde. Y mientras lo ha­cían yo he tenido que entretener a Christina.

—Bueno... Lucas ha firmado un acuerdo. ¿Y qué? —murmuró ella, intentando disimular su an­gustia.

¿Por qué no le había dicho que estaría en Lon­dres?, se preguntaba.

—Christina Aristides tiene dieciocho años y es parte del trato, Amber —dijo Spiro entonces.

—No puede ser. Lucas nunca me haría eso ­—dijo ella con firmeza. Pero una vocecita le advertía que algo raro estaba ocurriendo.

Spiro suspiró, cansado.

—¿Cómo crees que mi abuelo levantó su em­presa? Se casó con la hija de un empresario im­portantísimo, una mujer diez años mayor que él. Pero mi abuela no era tonta. Siempre supo que te­nía amantes y la madre de Lucas era una de ellas. Por eso conservó la mitad de las acciones. Cuando murió, la mitad fue para mi abuelo y la otra mitad para mi padre... y para mí, claro.

—Pero Lucas no necesita casarse por dine­ro...

—Lucas es exactamente igual que mi abuelo. Lo único que le importa es el negocio. Mi tío va a casarse con Christina Aristides, créeme. Y si no fuera ella, sería otra. Él solo te ve como... como mi abuelo veía a sus amantes.

—Tú no conoces a Lucas como yo —replicó Amber, con un nudo en la garganta—. Quizá solo está engañándola para firmar el trato.

¿Qué estaba diciendo? ¿Prefería ver a Lucas como un tirano, un hombre de negocios sin escrú­pulos antes que aceptar que la estaba engañando? ¿Tan desesperada estaba?

—Si eso es lo que quieres creer... Muy bien. Vamos a la fiesta —dijo Spiro entonces—. De he­cho, me encantaría que montases una escena. En­tonces todo el mundo sabría qué clase de canalla es mi tío Lucas.

—¿De verdad crees que va a casarse con esa chica?

—Si vienes podrás comprobarlo con tus pro­pios ojos.

Amber nunca se había negado a aceptar un reto y no pensaba hacerlo en aquel momento. Además, no creía a Spiro. Su corazón no le permitía creer­lo...
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