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Texto 3

Unamuno establecía una diferencia fundamental entre la soledad y la solitariedad. La segunda es una opción consciente, una vocación, la voluntad de un individuo que ha elegido la soledad porque en ella encuentra la paz, la meditación, o porque es latitud propicia para la creación. La solitariedad es el aislamiento necesario del creador, el artista, el filósofo o el científico. Por ejemplo, Beethoven se encerró en su gabinete de trabajo durante dos semanas sin salir de él ni una sola vez. Su secretario, Schindler, le dejaba al pie de la puerta la cena, que a veces volvía a recoger intacta. Desde los pisos inferiores se le oía canturrear y patalear como un poseso. En la solitariedad, el hombre sabe que hay personas que lo esperan, puede salir y volver a entrar en ella cuando le plazca. Si necesita silencio y momentos de soledad, puede vivirlos por el período que su voluntad decida. No está nunca solo porque hay seres humanos de los que dispone cuando quiera volver a salir de su autoexilio y desee reencontrar la compañía de sus semejantes. Todo lo que estos tienen que hacer es respetar su necesidad de aislamiento creativo o meditativo.

4. La línea del tiempo

2. La línea de tiempo es un esquema que muestra una serie secuencial de eventos previamente seleccionados y periodizados en unidades de tiempo como meses, años, décadas, eras, entre otros.

Una línea central es la que contiene los periodos (años, meses, siglos, periodos) de referencia. A determinadas fechas apuntan flechas ligadas con cuadros donde se mencionan los hechos o hitos transcendentales, que se ubicarán en determinados lados (arriba o abajo) convenientemente.

Redacte una línea del tiempo del siguiente texto.

Noticias acerca del tenedor

«Come [Montaigne] —dice Gide— de todo, sin importarle lo que le sirvan, y come con tal glotonería, que llega a morderse los dedos, pues en ese tiempo no se usaban todavía los tenedores.» (André Gide, El Pensamiento Vivo de Montaigne. Segunda edición. Buenos Aires, Editorial Losada, S.A., 1944, 13.)

No se usaban, en efecto, los tenedores en la época de Montaigne, pero ya se conocían; lo que pasa es que tenían uso restricto. La práctica de comer con tenedor comenzó a generalizarse en el último cuarto del siglo XVI. Antes se consideraba objeto de lujo el tenedor y usarlo era un refinamiento muy especial. «Lujo tan excesivo en instrumento tan necesario hoy, prueba que entonces aún no lo era tanto; es decir, que como toda innovación no se impuso de pronto. En prueba de ello encontramos, por una parte, noticias de que la princesa de Condé, en 1609, comía con los dedos y con guantes puestos; por otra parte, Luis XIII, de Francia [1601-1643], que recibió severa educación, usó desde niño tenedor; y por otra, en fin, Ana de Austria [1601-1666], educada en la corte de España, no pudo nunca acostumbrarse a ello, y a pesar de lo vanidosa que se sentía de tener lindas las manos, se servía con los dedos y comía lo mismo. El uso del tenedor se introdujo lentamente, y una de las personas que por su extremada pulcritud contribuyeron a ello, fue, en Francia, el duque de Montansier. De todos modos, consta por documentos que desde el siglo XVI el tenedor era en el ramo de Platería un articulo de cierta importancia en el comercio; [...].A fines del siglo XVII, el uso del tenedor era general, sobre todo entre la gente rica, aunque el número de tenedores en los inventarios no suele pasar de una docena.»

Los tenedores se usaron por primera vez en público en el restaurante La Tour d’Argent, de París, en 1582. «Eran de considerables dimensiones, pues su principal misión consistía en permitir a los caballeros llevar los alimentos a la boca sin poner en grave riesgo la inmaculada blancura de las grandes golas que entonces usaban, siempre en peligro de mancharse con la grasa que se escurría de los dedos, [...].» (DRIC, s.v. «Tenedor», aptdo. 3005.) Desde el siglo XIV se mencionan los tenedores, aunque raramente, en los inventarios; por ejemplo, en el Inventario de Clemente de Hungría (1328) se hace referencia a un tenedor de oro; en el Inventario de Carlos V de Francia (1380), un tenedor que se ponía en la navecilla continente de los utensilios con que comía el monarca (*); en el Inventario de la duquesa de Touraine (1389) se mencionan dos tenedores de plata dorada; y en el Inventario del duque de Berry (1416), cuatro tenedores de plata con mangos de cristal, dentro de un estuche de cuero.

Además, por aquel entonces, el tenedor no se usaba para llevarse a la boca, por ejemplo, trozos de carne o de pescado, sino para comer moras, fresas y peras. Era un tenedor frutal. Y antes de serlo fue trinchante, sujetando, o sosteniendo, o teniendo, los alimentos trinchables y particularmente las carnes que se iban a cortar con el cuchillo. El tridente que menciona Enrique de Villena en su Arte Cisoria (1423) era un trinchante. Antes del advenimiento del tenedor se comía con las manos. En el siglo XIII, Alfonso X el Sabio (1221-1284), en la Segunda Partida del Código de las Siete Partidas, prescribe que no consientan a los infantes sus ayos coger las viandas con los cinco dedos de la mano, lo cual se consideraba pésima educación; había pues que inculcarles que lo hagan con dos o tres dedos, solamente. Erasmo de Rotterdam (1469-1536) recomienda que los alimentos se cojan con tres dedos. Eso era a la sazón lo propio, al paso que valerse de los cinco dedos era lo impropio. O témpora! o mores!

* Decíase navecilla de la caja donde se ponían tales utensilios; caja navicular o de forma abarquillada, semejante a una embarcación o nave.

Marco Aurelio Denegri

Elabore su línea del tiempo aquí.


Elabore una línea de tiempo a partir del documental Nelson Mandela: En nombre de la libertad

https://www.youtube.com/watch?v=USeps3efcJc

SEMANA II. El nivel inferencial
1. Comprensión de textos argumentativos (Identificación de ideas principales y secundarias)
Defendernos del control digital

Todos recordamos el rostro sonriente y esperanzado de Obama en su primera campaña: “¡Yes, we can!” Sí, podíamos dejar atrás el cinismo de la era de Bush y ofrecer justicia y bienestar al pueblo estadounidense. Ahora que vemos que Estados Unidos mantiene sus actividades clandestinas y amplia su red de espionaje, incluso vigilando a sus aliados, imaginamos a los manifestantes que increpan al presidente: “¿Cómo puede utilizar aviones no tripulados para matar? ¿Cómo puede espiar incluso a nuestros aliados?”, mientras Obama murmura, con una sonrisa malvada: “Yes we can”.
Pero es un error personalizar. La amenaza contra la libertad revelada por las denuncias está arraigada en el sistema. No solo hay que defender a Edward Snowden porque haya irritado y avergonzado a los servicios secretos estadounidenses; los actos denunciados los cometen, en la medida de sus posibilidades tecnológicas, todas las grandes (y no tan grandes) potencias: China, Rusia, Alemania, Israel.
Sus revelaciones han dado fundamento a nuestras sospechas de que nos vigilan y controlan, y tienen alcance mundial, mucho más allá de las típicas críticas a Estados Unidos. En realidad, Snowden no ha dicho (y Manning tampoco) nada que no supusiéramos ya. Pero una cosa es saberlo en general y otra tener datos concretos.

En 1843, el joven Karl Marx afirmó que el antiguo régimen alemán “imagina que cree en sí mismo, y exige que el mundo imagine lo mismo”. En esas circunstancias, la capacidad de avergonzar a los poderosos es un arma. Como dice él a continuación: “La presión debe aumentarse con la conciencia de la presión, la vergüenza debe ser más vergonzosa haciéndola pública”.
Muchas de las leyes que constituyen el régimen de secretos de Estado son, a su vez, secretas
Esta es exactamente nuestra situación: nos enfrentamos al desvergonzado cinismo de los representantes del orden mundial, que imaginan que creen en sus ideas de democracia, derechos humanos, etcétera. Tras las revelaciones de WikiLeaks, la vergüenza —la suya, y la nuestra por tolerar ese poder— es mayor porque se hace pública. Lo que debería avergonzarnos es la reducción gradual en el mundo del margen para lo que Kant llamaba el “uso público de la razón”.
En su clásico texto ¿Qué es la Ilustración?, Kant compara el uso “público” y “privado” de la razón. “Privado” es el orden comunitario e institucional en el que vivimos (Estado, nación...) y “público” es el ejercicio universal de la razón: “El uso público de nuestra razón debe ser siempre libre, y es lo único que puede llevar la ilustración a los hombres. El uso privado de nuestra razón, en cambio, puede restringirse sin impedir gravemente el progreso de la ilustración. Por uso público de la razón interpreto el uso que hace una persona, por ejemplo, un sabio ante el público que le escucha. Uso privado es el que puede hacer una persona en un cargo de la administración”.
Se ve la discrepancia de Kant con nuestro sentido común liberal: el ámbito del Estado es “privado”, limitado por intereses particulares, mientras que un individuo que reflexiona sobre cuestiones generales hace un uso “público” de la razón. Esta distinción kantiana tiene especial relevancia ahora que Internet y los demás nuevos medios se debaten entre su “uso público” libre y su creciente control “privado”. Con la informática en nube, nos proporcionan los programas y la información a la carta, y los usuarios acceden a herramientas y aplicaciones en la red a través de los navegadores.
Pero este mundo nuevo y maravilloso no es más que una cara de la moneda. Los usuarios acceden a programas y archivos que se guardan en remotas salas de ordenadores de clima controlado; o, como dice un texto publicitario: “Se extraen detalles a los usuarios, que ya no necesitan conocer ni controlar la infraestructura tecnológica ‘en la nube’ de la que dependen”.
He aquí dos palabras clave: extracción y control. Para administrar una nube es preciso un sistema de vigilancia que controle su funcionamiento, y que, por definición, está oculto a los usuarios. Cuanto más personalizado está el smartphone que tengo en la mano, cuanto más fácil y “transparente” es su funcionamiento, más depende de un trabajo que están haciendo otros, en un vasto circuito de máquinas que coordinan las experiencias de usuarios. Cuanto más espontánea y transparente es nuestra experiencia, más regulada está por la red invisible que controlan organismos públicos y grandes empresas con sus secretos intereses.
Es necesaria una nueva red mundial que proteja a quienes denuncian y difunda su mensaje
Si emprendemos el camino de los secretos de Estado, tarde o temprano llegamos al fatídico punto en el que las normas legales que dictan lo que es secreto son también secretas. Kant formuló el axioma clásico de la ley pública: “Son injustas todas las acciones relativas al derecho de otros hombres cuando sus principios no puedan ser públicos”. Una ley secreta, desconocida para sus sujetos, legitima el despotismo arbitrario de quienes la ejercen, como dice un informe reciente sobre China: “En China es secreto incluso qué es secreto”. Los molestos intelectuales que informan sobre la opresión política, las catástrofes ambientales y la pobreza rural acaban condenados a años de cárcel por violar secretos de Estado, pero muchas de las leyes y normas que constituyen el régimen de secretos de Estado son secretas, por lo que es difícil saber cómo y cuándo se están infringiendo.
Si el control absoluto de nuestras vidas es tan peligroso no es porque perdamos nuestra privacidad, porque el Gran Hermano conozca nuestros más íntimos secretos. Ningún servicio del Estado puede tener tanto control, no porque no sepan lo suficiente, sino porque saben demasiado. El volumen de datos es inmenso, y, a pesar de los complejos programas que detectan mensajes sospechosos, los ordenadores son demasiado estúpidos para interpretar y evaluar correctamente esos miles de millones de datos, con errores ridículos e inevitables como calificar a inocentes de posibles terroristas, que hacen todavía más peligroso el control estatal de las comunicaciones. Sin saber por qué, sin hacer nada ilegal, pueden considerarnos posibles terroristas. Recuerden la legendaria respuesta del director de un periódico de Hearst al empresario cuando este le preguntó por qué no quería irse de vacaciones: “Tengo miedo de irme y que se produzca el caos y todo se desmorone, pero tengo aún más miedo de descubrir que, aunque me vaya, las cosas seguirán como siempre y se demuestre que no soy necesario”. Algo similar ocurre con el control estatal de nuestras comunicaciones: debemos tener miedo de no poseer secretos, de que los servicios secretos del Estado lo sepan todo, pero debemos tener aún más miedo de que no sean capaces de hacerlo.
Por eso es fundamental que haya denuncias, para mantener viva la “razón pública”. Assange, Manning, Snowden son nuestros nuevos héroes, ejemplos de la nueva ética propia de nuestra era de control digital. No son meros soplones que denuncian las prácticas ilegales de empresas privadas a las autoridades públicas; denuncian a esas autoridades públicas y su “uso privado de la razón”.
Necesitamos Mannings y Snowdens en China, en Rusia, en todas partes. Hay Estados mucho más represores que Estados Unidos: imaginen qué le habría pasado a Manning en un tribunal ruso o chino (seguramente, nada de juicio público). Eso no quiere decir que Estados Unidos sea blando, pero no trata a los presos con la brutalidad de esas dos potencias, puesto que, con su superioridad tecnológica, no lo necesita (aunque está más que dispuesto a usarla cuando hace falta). En realidad, es más peligroso que China, porque sus medidas de control no lo parecen, mientras que la brutalidad china es fácil de ver.

Es decir, no basta con enfrentar a un Estado con otro (como hizo Snowden con Rusia y Estados Unidos); necesitamos una nueva red internacional que proteja a los que denuncian y ayude a la difusión de su mensaje. Son nuestros héroes porque demuestran que, si los poderosos pueden, nosotros también.
Slavoj Zizek

Recuperado de http://elpais.com/elpais/2013/09/06/opinion/1378469440_634067.html
Identifique la tesis y, al menos cinco argumentos que el autor usa para sostenerla.
Tesis:

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Argumentos:

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2. Comprensión de textos narrativos
La pequeña vendedora de fósforos
¡Qué frío tan atroz! Caía la nieve, y la noche se venía encima. Era el día de Nochebuena. En medio del frío y de la oscuridad, una pobre niña pasó por la calle con la cabeza y los pies desnuditos.
Tenía, en verdad, zapatos cuando salió de su casa; pero no le habían servido mucho tiempo. Eran unas zapatillas enormes que su madre ya había usado: tan grandes, que la niña las perdió al apresurarse a atravesar la calle para que no la pisasen los carruajes que iban en direcciones opuestas.
La niña caminaba, pues, con los piececitos desnudos, que estaban rojos y azules del frío; llevaba en el delantal, que era muy viejo, algunas docenas de cajas de fósforos y tenía en la mano una de ellas como muestra. Era muy mal día: ningún comprador se había presentado, y, por consiguiente, la niña no había ganado ni un céntimo. Tenía mucha hambre, mucho frío y muy mísero aspecto. ¡Pobre niña! Los copos de nieve se posaban en sus largos cabellos rubios, que le caían en preciosos bucles sobre el cuello; pero no pensaba en sus cabellos. Veía bullir las luces a través de las ventanas; el olor de los asados se percibía por todas partes. Era el día de Nochebuena, y en esta festividad pensaba la infeliz niña.

Se sentó en una plazoleta, y se acurrucó en un rincón entre dos casas. El frío se apoderaba de ella y entumecía sus miembros; pero no se atrevía a presentarse en su casa; volvía con todos los fósforos y sin una sola moneda. Su madrastra la maltrataría, y, además, en su casa hacía también mucho frío. Vivían bajo el tejado y el viento soplaba allí con furia, aunque las mayores aberturas habían sido tapadas con paja y trapos viejos. Sus manecitas estaban casi yertas de frío. ¡Ah! ¡Cuánto placer le causaría calentarse con una cerillita! ¡Si se atreviera a sacar una sola de la caja, a frotarla en la pared y a calentarse los dedos! Sacó una. ¡Rich! ¡Cómo alumbraba y cómo ardía! Despedía una llama clara y caliente como la de una velita cuando la rodeó con su mano. ¡Qué luz tan hermosa! Creía la niña que estaba sentada en una gran chimenea de hierro, adornada con bolas y cubierta con una capa de latón reluciente. ¡Ardía el fuego allí de un modo tan hermoso! ¡Calentaba tan bien!
Pero todo acaba en el mundo. La niña extendió sus piececillos para calentarlos también; más la llama se apagó: ya no le quedaba a la niña en la mano más que un pedacito de cerilla. Frotó otra, que ardió y brilló como la primera; y allí donde la luz cayó sobre la pared, se hizo tan transparente como una gasa. La niña creyó ver una habitación en que la mesa estaba cubierta por un blanco mantel resplandeciente con finas porcelanas, y sobre el cual un pavo asado y relleno de trufas exhalaba un perfume delicioso. ¡Oh sorpresa! ¡Oh felicidad! De pronto tuvo la ilusión de que el ave saltaba de su plato sobre el pavimento con el tenedor y el cuchillo clavados en la pechuga, y rodaba hasta llegar a sus piececitos. Pero la segunda cerilla se apagó, y no vio ante sí más que la pared impenetrable y fría.
Encendió un nuevo fósforo. Creyó entonces verse sentada cerca de un magnífico nacimiento: era más rico y mayor que todos los que había visto en aquellos días en el escaparate de los más ricos comercios. Mil luces ardían en los arbolillos; los pastores y zagalas parecían moverse y sonreír a la niña. Esta, embelesada, levantó entonces las dos manos, y el fósforo se apagó. Todas las luces del nacimiento se elevaron, y comprendió entonces que no eran más que estrellas. Una de ellas pasó trazando una línea de fuego en el cielo.

-Esto quiere decir que alguien ha muerto- pensó la niña; porque su abuelita, que era la única que había sido buena para ella, pero que ya no existía, le había dicho muchas veces: “Cuando cae una estrella, es que un alma sube hasta el trono de Dios”.
Todavía frotó la niña otro fósforo en la pared, y creyó ver una gran luz, en medio de la cual estaba su abuela en pie y con un aspecto sublime y radiante.
-¡Abuelita!- gritó la niña-. ¡Llévame contigo! ¡Cuando se apague el fósforo, sé muy bien que ya no te veré más! ¡Desaparecerás como la chimenea de hierro, como el ave asada y como el hermoso nacimiento!
Después se atrevió a frotar el resto de la caja, porque quería conservar la ilusión de que veía a su abuelita, y los fósforos esparcieron una claridad vivísima. Nunca la abuela le había parecido tan grande ni tan hermosa. Cogió a la niña bajo el brazo, y las dos se elevaron en medio de la luz hasta un sitio tan elevado, que allí no hacía frío, ni se sentía hambre, ni tristeza: hasta el trono de Dios.
Cuando llegó el nuevo día seguía sentada la niña entre las dos casas, con las mejillas rojas y la sonrisa en los labios. ¡Muerta, muerta de frío en la Nochebuena! El sol iluminó a aquel tierno ser sentado allí con las cajas de cerillas, de las cuales una había ardido por completo.
-¡Ha querido calentarse la pobrecita!- dijo alguien.
Pero nadie pudo saber las hermosas cosas que había visto, ni en medio de qué resplandor había entrado con su anciana abuela en el reino de los cielos.
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