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CAPÍTULO XVI

RECAPITULACIÓN; CARACTERES RESPECTIVOS DE LAS TRES GRANDES RAZAS; EFECTOS SOCIALES DE LAS MEZCLAS; SUPERIORIDAD DEL TIPO BLANCO Y, DENTRO DE ESTE TIPO, DE LA FAMILIA ARIANA
Conde de Gobineau
He mostrado el lugar reservado que ocupa nuestra especie en el mundo orgánico. Se ha podido ver que de todas las otras clases de seres vivientes la separan, profundas diferencias físicas y diferencias morales no menos acusadas. Colocadas así aparte, la he estudiado en sí misma, y la fisiología, aunque incierta en sus vías, poco segura en sus medios y defectuosa en sus métodos, me ha permitido, sin embargo, distinguir tres grandes tipos netamente diferentes: el negro, el amarillo y el blanco.

La variedad melania es la más humilde y yace en lo más bajo de la escala. El carácter de animalidad impreso en la forma de su pelvis le impone su destino, a partir del momento de la concepción. Nunca saldrá del círculo intelectual más restringido. Ese negro de frente estrecha y huidiza, no es, sin embargo, un bruto puro y simple que ofrece, en la parte media de su cráneo, los indicios de ciertas energías groseramente poderosas. Si sus facultades pensantes son mediocres o incluso nulas, posee, en cambio, en el deseo y, por consiguiente, en la voluntad, una intensidad a menudo terrible. Varios de sus sentidos se han desarrollado con un vigor desconocido en las otras dos razas: el gusto y el olfato sobre todo.

Pero en esto, principalmente, en la avidez misma de sus sensaciones, se encuentra el sello manifiesto de su inferioridad. Todos los alimentos se le antojan buenos, ninguno le repugna. Lo que desea es comer, comer con exceso, con furor; no hay repugnante carroña indigna de ser engullida por él. Lo mismo le pasa con los olores, y su sensualidad tolera no sólo los más ingratos, sino también los más repulsivos. A estos rasgos principales de carácter junta una instabilidad de humor, una variabilidad de sentimientos que nada puede fijar, y que anula, para él, lo mismo la virtud que el vicio. Se dirá que la misma exaltación con que persigue el objeto que ha puesto en vibración su sensibilidad e inflamado su codicia, es garantía del pronto apaciguamiento de la primera y del rápido olvido de a segunda. En fin, siente igualmente escaso apego a su vida y a la ajena; mata gustosamente por matar, y esta máquina humana, tan fácil de emocionar, se muestra, ante el sufrimiento, o de una cobardía que apela fácil, mente a la muerte, o de una impasibilidad monstruosa.

La raza amarilla resulta ser la antítesis de ese tipo. El cráneo, en vez de ser echado hacia atrás, se inclina precisamente hacia adelante. La frente, ancha, huesuda, a menudo saliente, desarrollada en altura, pesa sobre una faz triangular, en la que la nariz y el mentón no muestran ninguno de los salientes groseros y rudos que distinguen al negro. Una tendencia general a la obesidad no es un rasgo verdaderamente propio de ella, aunque se encuentra con más frecuencia en las tribus amarillas que en las otras variedades. Escaso vigor físico, propensión a la apatía. En lo moral, ninguno de esos extraños excesos, tan comunes en los Melanios. Deseos débiles, una voluntad más bien obstinada que extrema, un gusto perpetuo pero apacible por los goces materiales; con una rara glotonería, se muestra más exigente que los negros en los alimentos destinados a satisfacerla. En todo, tendencia a la mediocridad; comprensión bastante fácil de lo que no es ni demasiado elevado ni demasiado profundo; amor a lo útil, respeto de la regla, conciencia de las ventajas de ciertas dosis de libertad. Los amarillos son gente práctica en el sentido estricto de la palabra. No sueñan, no aman las teorías, inventan poco, pero son capaces de apreciar y adoptar lo que sirve. Sus deseos se limitan a vivir lo más tranquila y cómodamente posible. Se ve que son superiores a los negros. La raza amarilla posee un populacho una pequeña burguesía que todo civilizador desearía escoger como base de su sociedad; no es, sin embargo, el elemento adecuado para crear esa sociedad ni darle nervio, belleza y espíritu de acción.

Vienen ahora los pueblos blancos. Energía reflexiva, o, por mejor decir, una inteligencia enérgica; conocimiento de lo útil, pero en un sentido de la palabra muchísimo más amplio, más elevado, más animoso, más ideal que en las naciones amarillas; una perseverancia que se da cuenta de los obstáculos y encuentra, a la larga, los medios de salvarlos; junto con una mayor energía física, un instinto extraordinario del orden, no ya, sólo como garantía de reposo y de paz, sino como medio indispensable de conservación, y, al mismo tiempo, un gusto pronunciado por la libertad, incluso extrema; una hostilidad manifiesta contra aquella organización formalista en la cual se adormecen de buen grado los Chinos, así como contra el altanero despotismo, único freno eficaz entre los pueblos negros.

Los blancos se distinguen también por un amor singular de la vida. Parece que, sabiendo gustar mejor de ella, le atribuyen más valor, y la respetan más, en sí mismos y en los otros. Su crueldad, cuando se manifiesta, tiene conciencia de sus excesos, sentimiento muy problemático en los negros. Al mismo tiempo, esta vida, que tan admirablemente saben llenar y que consideran tan preciosa, no vacilan en sacrificarla sin murmurar en aras de un ideal o de un principio. El primero de estos móviles es el honor, que, bajo nombres más o menos análogos, ha ocupado un lugar enorme en las ideas, desde el origen de la especie. No necesito añadir que el vocablo honor y la noción civilizadora que encierra son igualmente desconocidos de los amarillos y de los negros.

Para terminar el cuadro, añadiré que la inmensa superioridad de los blancos, en la esfera total de la inteligencia, se asocia a una inferioridad no menos manifiesta en la intensidad de las sensaciones. El blanco está mucho menos dotado que el negro y el amarillo desde el punto de vista sensual. Se siente así menos solicitado y menos absorbido por la acción corporal, aunque su estructura sea notablemente más vigorosa.

Tales son los tres elementos constitutivos del género humano, los que he llamado tipos secundarios, ya que he creído deber dejar al margen de la discusión al individuo adamita. De la combinación de las variedades de cada uno de esos tipos, enlazándose entre sí, han salido los grupos terciarios. Las cuartas formaciones han nacido del enlace de uno de esos tipos terciarios o de una tribu pura con otro grupo perteneciente a una o dos especies extrañas.

Por encima de esas categorías, otras se han manifestado y se manifiestan cada día. Unas, muy caracterizadas, formando nuevas originalidades diferentes, puesto que provienen de fusiones definitivas; otras, incompletas, desordenadas y, cabe decir, antisociales, puesto que sus elementos, ya demasiado dispares, ya harto numerosos e ínfimos, no han tenido ni tiempo ni modo de penetrarse de una manera fecunda. A la multitud de tolos estas razas mestizas tan abigarradas que componen ahora la humanidad entera, no cabe asignar otros límites que la posibilidad pavorosa de combinaciones de números.

Sería inexacto pretender que todas las mezclas son malas y dañosas. Si los tres grandes tipos, permaneciendo estrictamente separados, no se hubiesen unido entre sí, sin duda la supremacía habría sido siempre retenida por las tribus blancas más bellas, y las variedades amarillas y negras se hubieran arrastrado eternamente a los pies de las naciones más insignificantes de aquella raza. Es un estado en cierto modo ideal, que la Historia no ha conocido. No podemos imaginarlo sino reconociendo el incuestionable predominio de aquellos grupos nuestros que se han conservado más puros.

Pero todo no hubiera sido ganancia en una situación semejante. La superioridad relativa, al persistir de una manera más evidente, no hubiese andado hay que reconocerlo acompañada de ciertas ventajas producidas por las mezclas, y que, aunque no contrabalanceen, ni de mucho, la suma de sus inconvenientes, no resultan menos dignas de ser a veces aplaudidas. Así el genio artístico, igualmente extraño a los tres grandes tipos, no surgió sino a raíz del enlace de los blancos con los negros. Así también, gracias al nacimiento de la variedad malaya, surgió de las razas amarillas y negras una familia más inteligente que tales razas, y de la alianza amarilla y blanca surgieron asimismo tipos intermedios muy superiores a los pueblos puramente fineses así como a las tribus melanias.

No lo niego: son todos estos excelentes resultados. El mundo de las artes y de la noble literatura resultante de las mezclas de la sangre, las razas inferiores mejoradas, ennoblecidas, son otras tantas maravillas ante las cuales hay que aplaudir. Los pequeños han sido elevados. Desgraciadamente, los grandes, por efecto de lo mismo, han sido empequeñecidos, y es un mal que nada recompensa ni repara. Puesto que enumero todo lo que resulta favorable a las mezclas étnicas, añadiré todavía que a ellas, se debe no poco el refinamiento de las costumbres y de las creencias, y sobre todo la moderación de las pasiones e inclinaciones. Pero se trata de beneficios transitorios, y si bien reconozco que el mulato, del que cabe hacer un abogado, un médico, un comerciante, vale más que su antepasado negro, enteramente inculto e inútil, debo confesar también que los Brahmanes de la India primitiva, los héroes de La Ilíada, los de Schahnameh, los guerreros escandinavos, todos ellos fantasmas gloriosísimos de las razas más bellas, hoy desaparecidas, ofrecían una imagen más brillante y más noble de la humanidad; eran sobre todo agentes de civilización y de grandeza más activos, más inteligentes, más seguros que los pueblos mestizos, cien veces mestizos, de la época actual, ya no eran puros.

Sea lo que fuere, el estado complejo de las razas humanas es el estado histórico, y una de las principales consecuencias de esta situación ha sido hundir en el desorden una gran parte de los caracteres primitivos de cada tipo. Se ha visto, a consecuencias de enlaces multiplicados, no sólo disminuir en intensidad las prerrogativas, sino también separarse, dispersarse y formar a menudo contraste. La raza blanca poseía originariamente el monopolio de la belleza, de la inteligencia y de la fuerza. A raíz de sus uniones con las otras variedades, aparecieron mestizos bellos pero carentes de vigor, fuertes pero desprovistos de inteligencia, y si inteligentes sumamente feos y débiles. Ocurrió también que la mayor abundancia posible de sangre blanca, cuando se acumulaba, no de un solo golpe, sino por capas sucesivas, en una nación, no le aportaba ya sus prerrogativas naturales. A menudo no hacía más que aumentar la confusión ya existente en los elementos étnicos y no parecía conservar de su cualidad nativa sino una gran fuerza en la fecundación del desorden. Esta aparente anomalía se explica fácilmente, puesto que cada grado de mezcla perfecta produce, además de una alianza de elementos diversos, un tipo nuevo, un desarrollo de facultades particulares. Tan pronto como a una serie de creaciones de este género vienen a juntarse todavía otros elementos, la dificultad de armonizar el todo crea la anarquía, y cuanto más aumenta esta anarquía, más pierden en mérito las más ricas y felices aportaciones, y, por el solo hecho de su presencia, aumentan un mal que se ven incapaces de calmar. Si, pues, las mezclas son, dentro de cierto límite, favorables a la masa de la humanidad, y la mejoran y ennoblecen, no es sino a expensas de esta misma humanidad, puesto que la rebajan, la enervan, la humillan, la decapitan en sus más nobles elementos, y cuando incluso se quisiera admitir que es mejor transformar en hombres mediocres a miríadas de seres ínfimos que conservar razas de príncipes cuya sangre, subdividida, empobrecida, adulterada, se convierte en el elemento envilecido por semejantes metamorfosis, subsistiría aún el infortunio de que las mezclas, no se interrumpen; que los hombres mediocres, no ha mucho formados a expensas de lo que era grande, se unen a nuevas mediocridades, y que de estas uniones, cada vez más envilecidas, nace una confusión que, semejante a la de Babel, conduce a la más completa impotencia, y lleva a las sociedades a la nada, para la que no hay remedio alguno.

Es esto lo que nos enseña la Historia. Ésta nos muestra que toda civilización proviene de la raza blanca, que ninguna puede existir sin el concurso de esta raza, que una sociedad no es grande y brillante sino en el grado en que conserva al noble grupo que la creara, y en que este mismo grupo pertenece a la rama más ilustre de la especie. Para exponer estas verdades a plena luz, basta enumerar y luego examinar las civilizaciones que han reinado en el mundo, cuya lista no es por cierto muy larga.

Del seno de esta multitud de naciones desaparecidas o todavía existentes, únicamente diez se elevaron al estado de sociedades completas. El resto, más o menos independiente, gravita a su alrededor como los planetas en torno a sus soles. Si en esas diez civilizaciones se encuentra, sea un elemento de vida extraño a la impulsión blanca, sea un elemento de muerte que no provenga de las razas anexionadas a los civilizadores, o del hecho de los desórdenes introducidos por las mezclas, es evidente que toda la teoría expuesta en estas páginas es falsa. Si, por el contrario, las cosas resultan tal como las expongo, la nobleza de nuestra especie queda demostrada de la manera más irrefragable, y ya no hay medio de impugnarla. Es ahí donde se encuentran, pues, a un tiempo, la sola confirmación suficiente y el detalle deseable de las pruebas del sistema. Es ahí únicamente donde se puede seguir, con suficiente exactitud, el desarrollo de esta afirmación fundamental, según la cual los pueblos no degeneran sino por efecto y en proporción de las mezclas que experimentan, y en la medida de la calidad de estas mezclas; que, cualquiera que sea esta medida, el golpe más rudo con que quepa hacer vacilar la vitalidad de una civilización, estriba en que los elementos reguladores de las sociedades y los elementos desarrollados por los hechos étnicos alcancen aquel grado de multiplicidad en el cual es imposible que se armonicen y tiendan de una manera sensible hacia una homogeneidad necesaria, y, por consiguiente, lleguen a poseer, con una lógica común, aquellos instintos y aquellos intereses comunes, solas y únicas razones de ser de un lazo social. No hay mayor azote que este desorden, pues, por malo que resulte así el tiempo presente, prepara un porvenir todavía peor.

Para proceder a estas demostraciones, voy a abordar la parte histórica de mi estudio. Es una tarea vasta, lo reconozco; sin embargo, se presenta tan reciamente encadenada en todas sus partes, y, aquí, tan concordante, convergiendo tan estrictamente hacia el mismo objetivo, que, lejos de sentirse embarazada con su grandeza, paréceme que saca de ella una poderosa ayuda para mejor establecer la solidez de los argumentos que voy a recoger. Me será preciso, sin duda, recorrer, con las emigraciones blancas, gran parte de nuestro Globo. Pero será siempre irradiando alrededor de las regiones de la Alta Asia, punto central de donde la raza civilizadora descendió primitivamente. Tendré que introducir, una tras otra, en la esfera de la Historia regiones que, una vez incorporadas a ella, no cabrá ya echar a un lado. Aquí veré desplegarse, con todas sus consecuencias, las leyes étnicas y su combinación. Observaré con qué inexorable y monótona regularidad imponen su aplicación. Del conjunto de esta visión, a buen seguro muy imponente; del aspecto de este panorama animado que abraza, dentro de su inmenso marco, a todos los países de la Tierra en los cuales el hombre se mostró verdaderamente dominador; en fin, de este concurso de cuadros igualmente impresionantes y grandiosos sacaré, para establecer la desigualdad de las razas humanas y la preeminencia de una sola sobre todas las demás, pruebas incorruptibles como el diamante, y en las cuales el diente viperino de la idea demagígica no podrá morder. Voy, pues, a abandonar aquí la forma de la crítica y del razonamiento, para adoptar la de la síntesis y de la afirmación. No me queda más que dar a conocer bien el terreno sobre el cual me establezco. Seré breve.

He dicho que las grandes civilizaciones humanas no son sino en número de diez y que todas se deben a la iniciativa de la raza blanca. Hay que poner al comienzo de la lista:

I. La civilización hindú. Se extendió por el mar de las Indias hacia el Norte y el Este del continente asiático, más allá del Brahmaputra. Su hogar se encontraba en una rama de la nación blanca de los Arios.

II. Vienen luego los Egipcios. Alrededor de ellos se agrupan los Etíopes, los Nubienses algunos pequeños pueblos que habitan al Oeste oasis de Ammon. Una colonia ariana de la India, establecida en lo alto del valle del Nilo, creó esta sociedad.

III. Los Asirios, con los cuales se enlazan los Judíos, los Fenicios, los Lidios, los Cartagineses, los Himiaritas, debieron su inteligencia social a aquellas grandes invasiones blancas a las cuales puede conservarse el nombre de descendientes de Cam y de Sem. En cuanto a los Zoroástricos Iranios que dominaron en el Asia Anterior bajo el nombre de Medos, de Persas y de Bactrianos, eran una rama de la familia aria.

IV. Los Griegos habían surgido del mismo tronco ario, y fueron los elementos semíticos quienes modificaron tal rama.

V. Un parecido de lo que ocurre en Egipto se encuentra en China. Una colonia aria, llegada de la India, aportó allí las luces sociales. Únicamente que en vez de mezclarse, como en las orillas del Nilo, con pueblos negros se fundió con masas malayas y amarillas, y recibió, además, por el Nordeste, aportaciones bastante numerosas de elementos blancos, igualmente arios, pero no ya hindúes.

VI. La antigua civilización de la península itálica, de donde salió la cultura romana, fue una taracea de Celtas, de Iberos, de Arios y de Semitas.

VII. Las razas germánicas que transformaron, en el siglo V, el genio de Occidente. Eran arias.

VIII, IX, X. Bajo estas cifras, clasificaré las tres civilizaciones de América, las de los Alleghanienses, de los Mexicanos y de los Peruanos.

De las siete primeras civilizaciones, que son las del antiguo mundo, seis pertenecen, al menos en parte, a la raza aria, y la séptima, la de Asiria, debe a esa misma raza el renacimiento iranio, que constituyó su más ilustre momento histórico. Casi todo el continente de Europa está ocupado actualmente por grupos en los cuales existe el principio blanco, pero en que predominan los elementos no arios. Nada de verdadera civilización en las naciones europeas cuando las ramas arias no han dominado.

Dentro de las diez civilizaciones, ni una sola raza melania ocupa el rango de los iniciadores. Únicamente los mestizos alcanzan el rango de iniciados.

Igualmente, nada de civilizaciones espontáneas en las naciones amarillas, y completo estancamiento cuando se ha agotado la sangre aria.

He aquí el tema cuyo riguroso desenvolvimiento voy a seguir en los anales universales. La primera parte de mi obra termina aquí.
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