¡QUÉ bien lo pasamos juntos!




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fecha de publicación10.02.2016
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¡QUÉ BIEN LO PASAMOS JUNTOS!

Por Bernardita Barros B. Por Josefina Lecaros S.

Es triste constatar que algunos matrimonios llevan vidas paralelas -“cada uno en lo suyo”- o que, peor aún, son unos amigables desconocidos. ¡Y habría sido tan fácil y entretenido evitarlo! Basta con decidirse a salir juntos en busca de una distracción común y cultivarla hasta que se convierta en una fuente de unión matrimonial. Para graficar el tema, buscamos matrimonios que, aún teniendo muchas ocupaciones, se hacen un momento para una cita con él o ella.

Amor de Pedales

Nuria Pedrals y Christian Samsing (15 años de matrimonio, 2 hijas) se aficionaron a las bicicletas desde que comenzó el romance entre ellos. Partieron en unas pisteras subiendo el Cerro Santa Lucía y el verano pasado recorrieron 420 km de la Carretera Austral ¡a puro pedal!

Este matrimonio, psicóloga e ingeniero comercial, encontraron en su pasión por las bicicletas momentos y lugares para compartir. "Cuando tu estás con tu señora haciendo un deporte en común, ayudándose, cuidándose ... es una cosa espectacular, y la gente no se da cuenta de eso", comenta Christian y Nuria añade: "Es algo simple y bueno que tiene que ver con el placer de estar juntos, donde hay más instancia para la confianza, la amistad, el compañerismo. Tú te reenamoras".

En los Samsing-Pedrals, esta afición está prácticamente presente todo el año. Durante la semana practican en bicicletas estáticas y el fin de semana salen a recorrer... aunque nieve o llueva. Entre risas recuerdan las numerosas veces han tenido que manguerearse antes de entrar a la casa para sacarse el barro. Una vez al año realizan un evento especial: un paseo de una semana; prueba de compañerismo y esfuerzo físico. Muchos de ellos los han organizado empresas de turismo aventura. "La gente que nos acompaña -toda más joven que nosotros- nos ha dicho que es bueno ver matrimonios que disfrutan junos. En mi oficina, cuando cuento las cosas que hacemos, todos dicen ‘ojalá mi señora me acompañara’".

Este matrimonio reconoce que para hacer alguna actividad en común sólo basta tener voluntad -"la perseverancia es muy buena en el matrimonio y en el deporte", comenta Nuria- y las ganas de hacerlo. Además hay que tratar de involucrarse mutuamente en las actividades del otro. Y en eso Christian es ejemplar: "Cuando me compré palos de glof, le regalé a Nuria también. Lo mismo pasó cuando mejoramos las bicicletas. Si te compras sólo tú, ya no la invitaste".

Aunque ninguna de sus dos hijas ha demostrado demasiado interés por las bicicletas, Nuria no pierde las esperanzas de que se integren algunas veces al equipo. "No sé si es bueno obligarlas. Nos gustaría introducirlas con recorridos más livianos. De todos modos, para los niños es importante ver a los papás disfrutar juntos. Siento que mis hijas han aprendido eso de nosotros".

Nuria y Christian siguen pensando en sus nuevos paseos en dos ruedas: San Martín de Los Andes y, por qué no, un recorrido por la Muralla China, el sueño de Christian.

De paso arrabalero

La semana de Georgina Henríquez y Peter Lowick (26 años de matrimonio, 3 hijos) parte con energía. Desafiando los contratiempos, todos los lunes de 21.00 a 23.00 se dan un tiempo para una gran pasión: el baile. Y lo que en un principio partió por el tango hoy se ha derivado en salsa, merengue, vals peruano y el próximo desafío: el mambo. Incluso Peter, durante mucho tiempo, sacrificaba los trabajos en grupo de los lunes -que hacía con sus compañerso del MBA de la Universidad Católica- por estas clases.

Del baile han aprendido mucho más que pasos y compaces. Ellos reconocen que el tango -y la mayoría de los ritmos- son difíciles y significan instancias para peleas y críticas. "Si uno no tiene capacidad para poder administrar esos conflictos, el tango puede ser nefasto", sentencia Peter. Pero Georgina consuela: "Lo bueno es que uno aprende a resolver los conflictos porque, de otro modo, no puedes seguir bailando. Además aprendes a aceptar críticas".

Esta afición se ha expandido más allá de las cuatro paredes de su salón de clases. Es común que una vez al mes visiten una tanguería, "es un ambiente relajado donde no están los niños y te desconectas", comenta Georgina; Peter agrega "en alguna medida el tango nos ha unido. Es una actividad que yo lamentaría no poder hacerla. Es un activo que hemos incorporado al matrimonio y que nos ha dado la oportunidad de estar más tiempo juntos".

Con mirada de cómplices agregan que sus hijos "lo encontraban un poco raro. Las mellizas nos decían ‘papás, ubíquense, nosotros somos los de las fiestas’", se ríe Georgina.

Y el tango les ha dado para muchas anécdotas como participar como extras en la película La Chica del Crillón de Alberto Daiber y terminar bailando en un escenario bonaerense, codo a codo con los profesionales.

Los Lowick Henríquez miraron su actividad en común con visión de futuro: el tango se puede practicar hasta los 80 años o más. "Yo he visto a personas que apenas pueden caminar" -cuenta Peter- "y están bailando tango. Eso lo encuentro fantástico".

Compartir momentos gratos

El amor no es "pura química", los afectos nacen y crecen a partir de temas comunes. Por algo el matrimonio es "unión" de dos. Y si analizamos las primeras salidas, el noviazgo o los primeros años de matrimonio, recordaremos muchos momentos de feliz recreación. Fueron, aunque no se estaba consciente de ello, los cimientos del matrimonio. Y son reservas que alimentan el amor en los momentos de cansancio o de tensión.

La rutina, el apretado horario laboral, los compromisos sociales, la casa, pueden llegar a asfixiar ese amor. Creando una sensación de saber que ahí está (el amor, el cónyuge), pero que no se goza plenamente de él.

Recuperar antiguos pasatiempos, atreverse a iniciar nuevos o animarse a la muy trillada —pero muy sana y a la mano- caminata nocturna es una manera de poder nuevamente exclamar: ¡qué bien se está cuando estamos juntos!

Es hoy cuando se atesora para el mañana. Los matrimonios ya mayores que viven esos años "dorados" como lo que son —un tesoro- es porque han vivido una vida en común. Los hijos fueron —y seguirán siéndolo- el gran tema en común, pero también supieron crecer juntos en otros aspectos. Por eso, aunque los hijos se han ido para formar su propia familia, marido y mujer no sufren del "síndrome del nido vacío", porque éste está lleno.

OJO

Nosotros, ¿tenemos algo en común?

Durante una reunión de matrimonios, el expositor afirmó que los matrimonios debían tener intereses comunes — la lectura, el deporte, el cine, la cocina. De lo contrario, agregó tajante, estaban destinados al fracaso. Al llegar a casa, ella comentó preocupada "¡tenemos que tener algo en común! ¿Qué actividad podemos desarrollar juntos?", (sabiendo que entre su trabajo y el de él sólo quedaba tiempo para la familia). Él le contestó sencillamente: "¿Algo en común? ¿No te parece suficiente cuatro hijos?"

Sí, los hijos son el gran tema matrimonial. Si marido y mujer se saben poner por sobre la realidad cotidiana que los lleva a moverse sólo en improvisación de turnos y permisos, de tareas y médicos... Es decir, si pueden levantar la mirada y pensar en cada uno de sus hijos y luego conversar sobre éstos. Si pueden ponerse metas pequeñas y concretas para la vida de familia, si buscan mejorar como personas para poder formar a los hijos con el ejemplo.

En pocas palabras, si los hijos no ahogan sino que los elevan y mejoran. Así, cuando éstos formen su propia familia, no habrá un "vacío" sino un gran "haber".

Para disfrutar juntos, no necesariamente hay que compartir hobbies o realizar actividades extraordinarias. Algunos matrimonios nos describen sus actividades juntos:

  • Nos ponemos patines y salimos por el barrio. Algunas tardes se nos une algún hijo.

  • Los miércoles vamos al cine. Alguna vez —en ocasiones muy especiales- invitamos a un hijo. Somos cinéfilos.

  • Algún día del fin de semana preparamos una mesita con quesos y vemos una película arrendada o que dan en la televisión. Sin que interrumpan niños ni teléfono.

  • Los sábados vamos a librerías a bucear libros o los domingos vamos a Misa a Iglesias antiguas y luego caminamos esos barrios (a veces los recorremos en auto).

  • Tenemos un circuito por el barrio por el que salimos a caminar antes de comida, cuando los niños ya están en cama, los grandes estudiando (o hablando por teléfono) y nosotros respiramos aire fresco. Entonces nos ponemos al día sobre el día sin interrupciones y conversamos sobre algún hijo, planeamos un paseo...

  • Tenemos el propósito de invitar el primer fin de semana del mes a comer algo preparado por nosotros: original, pero sencillo. Y hacemos que esa tarde metidos entre ollas y sartenes sea productiva.

Los deportistas: pedalear juntos; trotar; patinar; subir algún cerro cercano; etc.

Los intelectuales: Leer juntos; recorrer exposiciones y librerías; ver una buena película; tomar cursos de interés común; etc.

Todos: ir a comer a un restaurant o cocinar comida de restaurant y saborearla en la terraza; viajar por el mundo o por el barrio; cocinar; jardinear; bailar, etc.


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