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Oswald Wirth
EL SIMBOLISMO HERMÉTICO

Y SU RELACIÓN CON LA ALQUIMIA Y LA FRANCMASONERÍA

1910


Digitalización y Arreglos

BIBLIOTECA UPASIKA

Colección Masonería”

ÍNDICE DE MATERIAS
Prólogo, página 3.

La Ideografía Alquímica:

La Enseñanza Muda, página 6.

La Geometría Filosofal, página 8.

El Círculo, página 10.

La Luz Creadora, página 12.

Sol y Luna, página 13.

La Cruz, página 15.

La Sal, página 17.

El Nitro, página 18.

El Vitriolo, página 19.

La Sustancia Animadora, página 21.

Júpiter y Saturno, página 24.

El Mercurio, página 25.

El Triángulo, página 27.

El Azufre, página 29.

El Cuadrado, página 32.

La Escuadra, página 32.

La Svástica, página 33.

El Tártaro, página 34.

La Piedra de los Sabios, página 35.

La Iniciación Hermética, página 36.

Un Simbolismo Inquietante, página 40.

Un Cuadro Alquímico, página 61.

Hermetismo y Francmasonería, página 66.

Algunas Aclaraciones Sobre la Medicina Oculta, página 81.

Nociones Elementales de Hermetismo, página 86.

Los Tres Principios, página 86.

El Cuaternario de los Elementos, página 90.

La Obra de los Sabios, página 92.

El Magisterio del Sol, página 94.

El Septenario, página 97.
PRÓLOGO
Desde 1894 teníamos la idea de publicar una obra sobre la Alquimia y la Francmasonería, pues es nuestra opinión que un mismo programa de iniciación se reconoce en la serie de operaciones de la Gran Obra hermética y la sucesión de pruebas a que han de someterse los francmasones. Mientras proseguíamos con nuestros estudios, se nos presentó una ocasión de comunicar los resultados sucesivos. De este modo fueron apareciendo, uno tras otro, los artículos publicados hasta fines de 1909 en la primera edición de este libro.

Un primer tiraje de 500 ejemplares fue tan bien recibido que nuestro trabajo se agotó rápidamente. ¿Por qué nos demoramos tanto en hacer una nueva edición?. Nos hemos ocupado de otras tareas. El Libro del aprendiz exigía ser completado con los manuales del Compañero y del Maestro; después trabajamos en el Tarot de los imagineros de la Edad Media que, editado en 1927, nos hubiera permitido volver al Simbolismo hermético, pero entonces tuvimos que dedicarnos a los Misterios del Arte Real. Tan sólo en 1930, al cabo de veinte años, nos fue posible reiniciar un trabajo en el cual no habíamos dejado de pensar.

Los comienzos de la obra de 1910 ya no nos satisfacían, y nos propusimos entrar en materia con una precisión acrecentada, absteniéndonos de reescribir el libro en su conjunto. Las correcciones se refieren a detalles: tratan de aclarar los pasajes difíciles sin modificar el sentido original.

Hemos creído necesario un capítulo nuevo, llamado Nociones elementales de hermetismo, que reproduce con leves cambios la segunda parte de una obra publicada en 1897, y sólo conserva la Medicina filosofal sin contar la Imposición de las manos, donde contamos nuestras experiencias en el campo del magnetismo terapéutico. Por consiguiente, en las páginas que siguen se encuentra reunido todo lo que hemos escrito sobre la alquimia.

El lector no encontrará aquí un tratado metódico, pero creemos hacerle un favor obligándolo a coordinar los datos que le presentamos. No deberá irritarse por las repeticiones inevitables ni por las exposiciones que no concuerdan a primera vista. Los símbolos no pueden manifestarse en un solo sentido y pueden, sin contradecirse, decir blanco y negro al mismo tiempo, pues la realidad es compleja y es nuestra propia simplicidad que la simplifica. Las palabras engañan al simplificar, mientras que los símbolos reflejan la complejidad muchas veces insondable de las cosas.

Permítasenos reproducir aquí la página que nos dedicó el director de L’Acacia, nuestro amigo C. M. Limousin, en el artículo póstumo que escribió para su revista:
“...el hermano Wirth es, dentro de la masonería, el jefe de una escuela que en otros tiempos, en Francia, y otros países, fue poderosa: la Escuela de Alquimia”.

“La Escuela Masónica de Alquimia es la escuela francesa, totalmente distinta de la escuela inglesa. Los adeptos franceses de la masonería en el siglo XVIII, influidos por factores que no hay motivo para tratar aquí, introdujeron las ciencias ocultas: magia, cábala, astrología, el magnetismo y sobre todo la alquimia. Basta leer un artículo de Wirth para reconocer en él al alquimista. No digo esto con intención de denigrarlo: por el contrario, lo tengo por el representante de una noble tradición. La alquimia no es, y no fue, lo que piensa el vulgo. Fue eso, pero fue también algo más. En general se cree que la alquimia consistió en una serie de procedimientos químicos para obtener la transmutación de los metales y lograr la fabricación del oro: ese oro con el cual se obtiene todo en el mundo. Así ocurría en otros tiempos. Sin embargo, digamos de pasada que en el curso de las últimas investigaciones y experiencias, los alquimistas hicieron descubrimientos interesantes con los cuales se ha beneficiado la química moderna. La nomenclatura química está llena todavía de términos de origen alquímico: ázoe, vitriolo, nitro, azufre, mercurio, sal, etc”.

“Pero la alquimia no era sólo esto: era también un sistema científico general. Por esta razón los símbolos de notación de los alquimistas eran empleados por los astrólogos y han sido conservados por los astrólogos”.

“La alquimia era otra cosa, además, y es este aspecto que cultiva Wirth: era un sistema filosófico. Es esta identidad de la filosofía y de la ciencia ― por lo menos de lo que se consideraba en otros tiempos ciencia ― que expresa la fórmula del Hermes Trismegistos: “Lo alto es igual a lo bajo: lo que está abajo es igual a lo que está en lo alto”, lo que quiere decir que la ciencia es la imagen de la realidad, y que debe buscarse en la realidad lo que enseña la ciencia. También era algo más: era un arte, el arte de la cultura intelectual y moral del hombre. El “oro potable”, que se procuraba producir simbólicamente, era la perfección humana. Una metáfora alquímica inversa fue la que Racine expresó en el verso célebre de Atalie:
Comment en un plomb vil, l’or pur s’est-il changé?1.
“La transmutación de los metales era la transformación de antropoides ignorantes, groseros, bárbaros e inmorales, en hombres instruidos, corteses y morales”.

“Puede compararse este programa simbólico con el programa del grado de maestre masón especulativo”.

“Es esta la alquimia que cultiva el hermano Wirth. El no sopla y no tiene laboratorio, ni siquiera un diminuto athanor en su domicilio”.
Agregaremos que nuestros conocimientos de química son rudimentarios, por lo cual no podemos apreciar las teorías de los antiguos alquimistas desde el punto de vista científico moderno. El simbolismo de la alquimia no se refiere exclusivamente a las verdades de orden iniciático, pero preferimos no buscar otra cosa en él. Seguimos convencidos de que éste es el terreno más sólido.

No tenemos a la alquimia por un fin, pero la consideramos un poderoso medio de llegar por ella al discernimiento de lo verdadero, y por éste a la realización del bien. La iniciación es una, aunque cada escuela de iniciación use símbolos propios. Aprendamos comparando, transponiendo de un simbolismo a otro, y la luz se hará en nuestro espíritu.
O. W.

París, agosto 1930.

LA IDEOGRAFÍA ALQUÍMICA
LA ENSEÑANZA MUDA
LA ESCRITURA primitiva se basa en signos que evocan ideas, como nuestras cifras, que se leen en cualquier idioma conservando siempre el mismo significado. En Extremo Oriente, la ideografía original se desarrolló por medio de la adaptación de una serie de caracteres que se vinculan, cada uno por separado, a un elemento del pensamiento. Esto hace posible que los asiáticos instruidos puedan comprenderse por escrito, a pesar de que, cuando hablan idiomas diferentes, no pueden entenderse con palabras.

Una escritura como ésta no es práctica en la vida corriente, pero es innegable que tiene muchas ventajas desde el punto de vista filosófico, pues obliga a pensar haciendo abstracción de la palabra. Las palabras permiten hablar volublemente, se pronuncian sin necesidad de que el espíritu se represente lo que expresan los sonidos. Se ha dicho que la palabra le fue dada al hombre para que pudiera disimular su pensamiento. Retengamos más bien el hecho de que el hombre habla para evitar el pensamiento: hablamos mucho para no decir nada.

Estos inconvenientes de la palabra no han pasado por alto a los pensadores serios, que siempre se han negado a dejarse aturdir por el ruido de las palabras. Persuadidos de que la meditación instruye al hombre en las cosas que más le interesan, han fundado las Escuelas de Silencio. En ellas el discípulo no es aleccionado; no recibe ninguna predicación: es puesto en presencia de sí mismo y de los espectáculos puros. Es posible que las cosas, las imágenes y los signos no le sugieran nada; espíritu perezoso, no se siente estimulado a pensar. En ese caso, pierde su tiempo en la Escuela de la Sabiduría: no tiene vocación, y es mejor que se instruya con pedagogos que le dirán qué debe pensar.

Pero supongamos que no es este el caso, y que al aspirante se le ocurren ideas ante todo lo que ve. Esto será normal de parte de un espíritu activo, que tiende a pensar por sí mismo. Esto nos lleva, pues, a la meditación, que debe ser nutrida. ¿En qué debe meditar el aspirante?. Por lo pronto, en los actos en los cuales le harán participar sus maestros. Estos le harán cumplir ritos significativos, extraños y desconcertantes, precisamente para incitarlo a la reflexión. ¿Por qué ― se preguntará ― se me hace desempeñar un papel enigmático con el pretexto de iniciarme?. ¿En qué se me inicia?. En formalidades que ― lo sé ― son simbólicas. Heme aquí frente a símbolos cuyo significado debo descubrir.

Si tal iniciación se realiza con un buen hombre, que no descubre la vuelta, la ceremonia es formal e inoperante desde el punto de vista iniciático. Nadie es iniciado en virtud de una ceremonia, ni por la asimilación de determinadas doctrinas ignoradas por el vulgo. Cada uno se inicia a sí mismo, trabajando espiritualmente para descifrar el gran enigma que nos plantea la objetividad.

Los que hablan nos comunican sus propias ideas, interesantes de conocer desde el punto de vista profano, pero que más vale ignorar a fin de ponerse en condiciones de buscar independientemente la verdad.

Para descubrir a ésta, tenemos que descender dentro de nosotros mismos, hasta el fondo del pozo simbólico donde se oculta púdicamente, en su desnudez, la casta divinidad del pensador. Pero el recogimiento en sí mismo no es más que un ejercicio transitorio, no un fin. Después de entrar en sí hay que salir, hay que elevarse por encima de las cosas para volver a ellas, estar dispuesto a apreciarlas en lo que valen.

La realidad vulgar de las apariencias es el manojo de imágenes que solicita la perspicacia del iniciado. Para él todo es jeroglífico. La vida lo hace intervenir como actor del espectáculo que ella misma proporciona. El actor se interesa en la representación y quiere descifrar el sentido. Iniciarse en la representación, para actuar mejor como artista que entiende las intenciones del autor de la obra, ésa es la suprema regla de sabiduría para el que participa en la divina comedia del mundo.

Pero no todos los ritos son de iniciación: la atención del neófito se siente atraída por símbolos, que son objetos materiales, tenidos por sagrados, o imágenes veneradas, cuando no sencillos signos gráficos, figuras elementales de geometría o dibujos sugestivos que se vinculan a ideas significativas para la inteligencia del hombre.

En lo que sigue no nos ocuparemos de los ritos iniciáticos, estudio que hemos hecho al ocuparnos de los Misterios del arte regio. Tampoco trataremos aquí de los objetos del culto, que muestran los hierofantes, ni siquiera de las imágenes propiamente dichas, de las cuales nada es más revelador que las cartas del tarot. Nuestro programa se limita al examen de los grafismos que favorecen la formación del pensamiento y nos detendremos especialmente en el análisis de los signos alquímicos, pues en ellos se muestra la clave del hermetismo, filosofía muy alejada de las palabras y cuya comprensión está reservada a los iniciados de verdad.
LA GEOMETRÍA FILOSOFAL
Nadie entra aquí si no conoce la geometría. Esta era la advertencia que apartaba de la escuela de Platón a los simples oyentes, no preparados a pensar por sí mismos. La geometría del genial filósofo no era, en efecto, la de Euclides, ciencia de la medida y del espacio, con sus teoremas y sus demostraciones. Se trataba de otra geometría, de más sutil espiritualidad, de un arte más bien que de una ciencia, arte que consistía en vincular las ideas a las formas y en leer los signos compuestos de líneas como las figuras de los geómetras.

Es esforzándose en dar un sentido a las figuras más simples que el espíritu puede elevarse a las concepciones fundamentales de la inteligencia humana. El espíritu se eleva así con plena independencia, y sin que nada le sea dictado, encuentra por sí mismo el sentido de un trazo o de un grafismo poco complicado. Ahora bien, lo que podemos descubrir solos, en virtud del funcionamiento autónomo de nuestro entendimiento, adquiere un carácter de verdad, al menos en relación a nosotros mismos. El valor que asignamos al signo es verdadero para nosotros, y si le somos fieles, asignando otros valores a otros signos, construimos correctamente, como buenos masones especulativos.

La materia prima del gran arte, es decir la idea pura, no falseada por la expresión verbal, debe extraerse de su mina, o sea de nosotros mismos, del famoso pozo en que se oculta la verdad.

Los hermetistas de la Edad Media han hablado reticentemente de los procedimientos requeridos para transmutar al plomo en oro. Era prudente que el vulgo creyera, y sobre todo los inquisidores, que las recetas de los adeptos debían seguirse al pie de la letra. Así fue que algunos ignorantes se arruinaron pretendiendo realizar la Gran obra, y que los charlatanes explotaban la avidez de los ingenuos. De todos modos, estas operaciones insensatas constituyen el origen de la química moderna, vaya dicho en elogio de la Locura, sierva atolondrada de la Sabiduría. Sin embargo, no todos los alquimistas se engañaban con sus propios símbolos. El plomo significaba para ellos la vulgaridad, la pesadez, la ininteligencia, la imperfección, y el oro es exactamente lo contrario. Los iniciados no se interesaban en los bienes perecederos, en los metales ordinarios que fascinan a los profanos.

Todo lo vinculaban al hombre, que es perfectible y en quien el plomo puede transmutarse en oro. Pero en aquellos tiempos el hombre era un bien de la iglesia y ésta, en el pináculo de su poder, era celosa de sus prerrogativas y sus privilegios; de ahí la discreción de los hermetistas.

Estos tuvieron su alfabeto secreto, formado por signos que tenían los nombres de las distintas sustancias. Pero las palabras sólo existían para los profanos, mientras que el simbolismo de los signos informaba a los iniciados sobre el sentido profundo de los términos empleados.

Por otra parte, no se revelaba al adepto ninguna ideografía iniciática: la intuición, personificada por Isis, debía instruirlos. A lo sumo, algunas imágenes podían allanarle el camino (el pentáculo de rebis, redescubierto por Mylius y Valentín en el siglo XVI).

Abajo vemos un círculo en el cual están inscritos una cruz, un triángulo y un cuadrado. Son éstos precisamente los elementos básicos de la ideografía hermética:














Estas figuras se vinculan a las nociones pitagóricas de la Unidad, del Binario, del Ternario y el Cuaternario.

Hay que observar que tres de estas figuras circunscriben superficies, mientras que la Cruz simple I no designa en la Alquimia una sustancia, pues el signo del Vinagre (Disolvente)  es una Cruz con los extremos ensanchados. La Cruz simple + nunca se encuentra aislada, sino combinada con una figura cerrada:



Esto se debe a que las figuras cerradas corresponden a diferentes órdenes de sustancias, que pueden cambiar de estado o de destino de acuerdo a la indicación de la Cruz I que se les añada. Más adelante daremos explicaciones a este respecto.

Comprobaremos simplemente aquí que la Cruz con brazos iguales se une fácilmente al Círculo en el cual se inscribe t para realizar una conciliación ideal de los contrarios. Por otra parte, hay un claro parentesco de forma entre la Cruz I y el Cuadrado cuyos dos lados forman la Escuadra g z y a f.

Hay menos afinidad entre la Cruz I y el Triángulo . Tan sólo la base horizontal de esta figura se encuentra en la Cruz I, que es el gran elemento de conciliación, el signo, religioso por excelencia, el que liga, por el hecho de que vivifica y pone en movimiento.

Pero no nos adelantaremos en la exposición antes de examinar sucesivamente cada uno de los factores de la tetrada hermética:














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