La construcción de la memoria nacional a través de los manuales escolares de ciencias sociales de octavo grado en colombia entre 1984-1996: representaciones sobre el siglo XIX




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títuloLa construcción de la memoria nacional a través de los manuales escolares de ciencias sociales de octavo grado en colombia entre 1984-1996: representaciones sobre el siglo XIX
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3.2 MARCO CONCEPTUAL
Como hemos visto en el balance historiográfico, los conceptos que ayudan a estructurar una investigación pueden ser tratados desde la fuente sin más o pueden llevar un trabajo de pesquisa y reflexión teórica considerable. En nuestro caso, sin pretender agotar los temas y sí más bien iniciar un paseo por los senderos de una bibliografía importante para las Ciencias Sociales, nos dimos a la tarea de realizar unos apuntes sobre los conceptos centrales de este trabajo, a saber: La Nación, La Memoria, La Representación y El Manual Escolar, que serán abordados en tal orden, con el fin de exponer la manera como se van a emplear en esta investigación.
ANOTACIONES SOBRE EL CONCEPTO DE NACIÓN.
Hablar sobre la nación se convierte en una empresa por lo menos ambiciosa. Mucho se ha escrito y desde varias orillas sobre qué es o puede ser eso que se ha denominado como nación, sin llegar a consensos definitivos, más allá del acuerdo en algunos criterios que también han sido sometidos a crítica. En estos tiempos, la reflexión sobre este problema se ha visto envuelta en debates más amplios que aluden a cuestiones tales como la globalización y la supuesta crisis o fin del estado-nación, la emergencia de las identidades étnicas y religiosas, así como la aparición de reivindicaciones que apelan a la misma idea de nación para sustentar sus demandas políticas, sin hablar de las discusiones en torno a la multiculturalidad, la diferencia y las políticas de reconocimiento.
En este contexto, Jesús Martín Barbero plantea que con la fuerza de los procesos globalizadores, materializados en los flujos de diferente índole (financieros o culturales, por ejemplo), la nación ha de ser pensada en una encrucijada entre este marco globalizador y las transformaciones de aquella, lo que pasa por la redefinición de lo público así como las formas de representar e imaginar las sociedades cuando las instituciones socializadoras clave (familia, escuela, ciudad) se están transformando. Se ha pensado la crisis del Estado-Nación como producto de los movimientos económicos, tecnológicos y comunicacionales, cuyos sujetos principales serían las corporaciones transnacionales, acompañado de unos estados que actúan como si hubiese dejado de existir la nación y todo lo que alguna vez se ligaba a ella: los bancos, la industria, el cine, las editoriales, las empresas y la misma cultura, sin hablar de la ausencia de regulación nacional sobre estos cambios. En otros términos, estaríamos asistiendo, si bien no a la desaparición del Estado, tal y como lo conocíamos, sí al asentamiento de “…las tendencias de construcción de un mundo que desubica a la nación al transformar radicalmente las condiciones de existencia del Estado. Como ha planteado el brasileño Renato Ortiz, las naciones no van a desaparecer, pero sus condiciones de existencia ya no son ni serán las mismas que hasta ahora.”
Desde diferentes puntos de Latinoamérica y con una mirada cultural, algunos autores han pensado los cambios que han sufridos naciones como México, Argentina y Brasil. Carlos Monsivais plantea cómo los medios de comunicación contribuyen en este momento a la creación de un nuevo tipo de nacionalismo, desprovisto del patriotismo y concentrado en asuntos tales como la búsqueda y obtención de trabajo, los servicios asistenciales, la educación y el escepticismo en materia política, lo que ha denominado una sociedad postradicional. Grosso modo, esta sociedad se hallaría entre las transformaciones en ámbitos como el idioma, la religión católica y la familia nuclear, los cuales se ven trastocados por la penetración del estilo de vida americano, generando un sentimiento nacionalista “popular” de tipo nostálgico que se ha de acomodar a la lógica del neoliberalismo, cada vez más lejano de las exhortaciones de los nacionalistas modernos. El desenlace inconcluso de este proceso es la configuración de una sociedad “posnacional” en el que predomina la fragmentación de la experiencia colectiva; el ocaso del antiimperialismo como referente aglutinador; un nacionalismo que se acerca al pasado de manera “anárquica” y cifra su existencia en actos de habla ligados a la mera vivencia; al tiempo que se da una revitalización del localismo y el regionalismo, cuyo corolario no podía ser otro que la disminución del uso público del patriotismo y la proclamación de la tolerancia, otra forma de llamar el aplazamiento de los prejuicios.
Los otros dos casos que mencionamos han experimentado esa mutación de la nación de acuerdo a sus procesos históricos. Según Beatriz Sarlo lo sucedido en los primeros años del nuevo milenio en Argentina, específicamente el año 2001, se convirtió en la ruptura de la triada identitaria que se había construido desde el mismo siglo XIX y sobre todo el siglo XX. Se inauguraron tiempos de clausura que se sintetizaban en el NUNCA MÁS contra la dictadura que con la debacle económica fracturaron la idea del argentino alfabetizado, ciudadano y con trabajo seguro. Esta es la forma como la multiplicidad de procesos que es la globalización reconfiguró de manera violenta esa forma de ser argentino.
El caso brasileño es estudiado a partir del papel que los medios de comunicación y las industrias culturales han jugado en la constitución de la brasileñidad durante el siglo XX en el marco del proceso de modernización. De esta forma, Ortiz se da a la tarea de caracterizar cómo entre 1930-1964 y 1964-1990 los medios de comunicación (el cine, las publicaciones impresas, en especial el periodismo en el primer periodo y la radio y la televisión en el segundo) posibilitaron procesos de configuración simbólica de la ciudadanía, a través de la incorporación de actividades como la zamba, el fútbol y el carnaval como parte clave de la identidad brasileña; enmarcados en la modernización autoritaria y la industrialización del país, que abría los mercados culturales y la misma producción para estos. No obstante este proceso, que no estuvo exento de dificultades, la contemporaneidad se vive en la tensión de corrientes internas y externas que ponen en duda la “claridad” de la identidad brasilera, muestra de ello es la penetración de ese modelo civilizador global que choca y amolda lo “popular”, relegando de todas formas lo nacional. Resultado de la vocación del capitalismo de convertirse en global y con ella la modernidad y la mundialización de la cultura.
Por su parte, Colombia no escapa de esta situación que trastoca el significado de la nación y los lugares donde se reconstruye. De manera sucinta podemos decir con Omar Rincón, que la nación colombiana en este momento se construye en la velocidad del fragmento noticioso, en la imagen fugaz que no pasa de la superficie del orgullo nacional y que nos une esporádica y débilmente a partir de relatos y memorias leves, de tipo masivo como el periodismo, el cine y la televisión. Es pues, una identidad que se juega en la narración homogénea cuyo contenido son los episodios de orgullo efímero, que se presenta en signos no reconocibles sin llegar a constituirse como referentes permanentes y sólidos y que finalmente encuentra en los medios los escenarios de esa urdimbre a medias; noticieros, periódicos, películas y programas de televisión (fútbol y novelas) en los que domina y predomina lo “populight”. La necesidad de proyectar una buena imagen. “Todo queda en la superficie de la sentimentalidad colombiana socializada. De una nación superficial y leve, de memoria efímera, de espíritu sentimental, con pocos símbolos de encuentro…”
Pero, ¿para qué mencionar todo esto? De entrada es necesario decir, que es en este marco en el que nos proponemos hacer uso de la categoría de nación, en un periodo en el que la crisis mencionada empezaba a darse, que para el caso colombiano tuvo como relatos centrales la creación de la Constitución Política de 1991 y la reestructuración económica de tipo neoliberal. Ahora bien, para poder comprender de manera más profunda lo que significa el concepto de nación procederemos en dos momentos, algunas de las dimensiones del problema, con el fin de ahondar en la definición que emplearemos en esta investigación. En cuanto a fuentes se refiere, y debido a la ingente cantidad de bibliografía al respecto, decidimos basarnos en los trabajos de Ernest Gellner, Eric Hobsbawm, Benedict Anderson y Tomás Pérez Vejo, así como los Cuadernos de Nación, que nos ofrecen reflexiones recientes sobre la temática que nos convoca.
En la búsqueda de una posible definición de Nación
Muchas son las definiciones que se han dado sobre qué se puede entender por Nación. Estas definiciones por principio terminan reduciendo el problema al cumplimiento de unos criterios o a la decisión de un enfoque para analizar lo que podría o no ser considerado como una nación. En el mismo sentido, definir este concepto, depende de quiénes lo planteen, ya que los militantes de un movimiento nacionalista han de caracterizarla de modo distinto a como lo haría un intelectual crítico conocedor de los debates en torno al tema. En fin, con base en este panorama, nosotros intentaremos exponer algunos de los abordajes que se han hecho sobre este problema teórico, con la pretensión de esbozar la definición que emplearemos en esta investigación.
Los autores consultados coinciden en que generalmente a la nación se le ha definido con base en la disyuntiva entre criterios objetivos y adscripción subjetiva. Dentro de los criterios objetivos se enumeran casi religiosamente aspectos como la lengua; el territorio; las tradiciones heredadas; la raza como grupo genético inmutable y homogéneo del cual se descendería y la experiencia histórica común. Poseer estos elementos culturales convertiría a un grupo humano en una nación. Por el otro lado, los autores consensúan que más allá de ciertas características “objetivas”, la nación también ha sido entendida a partir de la voluntad y la conciencia de pertenencia a ella, en donde predominaría la adhesión voluntaria.
No obstante el uso extendido de estas formas de definición, las críticas no se han hecho esperar. Así, Ernest Gellner plantea que definir a la nación como la reunión de sujetos que desean ser parte de un grupo más grande es insuficiente, en cuanto la historia ha mostrado que muchos grupos que se fundan en la voluntad no necesariamente han devenido en lo que se conoce como una nación. En el mismo sentido, una concepción en la que predomine una cultura común como elemento definitorio de la nación, no concordaría necesariamente con los límites de la unidad política, criterio básico para Gellner que desarrollaremos más adelante. De manera similar, Hobsbawm nos dice que una definición objetiva de la nación olvida que los criterios mencionados como infalibles, en muchos casos no se acomodan a la realidad, puesto que la pretensión de homogeneidad étnica o de uso generalizado de una sola lengua es puesto en entredicho por la diversidad que muestra la mayoría de países; independientemente de la eficacia política de esta concepción, el autor pretende resaltar su fragilidad conceptual. Igualmente, la vía subjetiva presentaría problemas, en tanto para Hobsbawm se podría incurrir en un exceso de voluntarismo que no hace más que indicar qué es lo que se espera de la nación, al tiempo que reduciría al extremo la complejidad por la que un individuo se identifica con múltiples grupos.
Contrario a estos abordajes, que de por sí presentan algunas falencias, los autores que seguimos proponen formas renovadas de acercarse al problema en cuestión. Es así como procederemos a caracterizar lo que hemos denominado los dos principales tipos de concepciones para estudiar la nación: la estructural-modernizadora y la histórica-conceptual. Estas dos visiones comparten la ubicación del origen de la nación como un asunto de la modernidad, al tiempo que se preocupan en gran medida por los procesos que llevaron al surgimiento de esta entidad. Mención aparte merecen la concepción simbólica de la nación, en la que el punto de encuentro radica en la posibilidad de entender a la nación a partir de tesis como la importancia de la narración, la diferencia de las temporalidades, el lugar de la memoria y las reinterpretaciones del pasado, teniendo como preocupación central no ya el origen sino la reproducción de la adscripción nacional. Cabe anotar que estas perspectivas de análisis no se excluyen entre sí, por el contrario las entendemos como complementarias desde la pretensión de construir una idea de nación más comprehensiva.
Antes de adentrarnos en la caracterización de las perspectivas mencionadas, es necesario decir que todas convergen en el planteamiento de que la nación se halla inextricablemente ligada al nacionalismo y al estado. Esta tesis es muy importante en cuanto existen posiciones que consideran que la nación es en primer lugar una forma de agrupación natural y eterna en la que se ha dividido la humanidad, a partir de la cual se originaría el sentimiento nacionalista y que se concretaría en una estructura política llamada Estado. Contrario a esto, los autores referenciados plantean que no es la nación la que da origen al Estado y que el nacionalismo sería el despertar de la conciencia nacional; por el contrario, todos apuntan a que es el nacionalismo el que crea a las naciones y los estados, entendiendo por nacionalismo “…un principio político que sostiene que debe haber congruencia entre la unidad nacional y la política”, así “…el nacionalismo es una teoría de legitimidad política que prescribe que los límites étnicos no deben contraponerse a los políticos, y especialmente –posibilidad ya formalmente excluida por el principio en su formulación general- que no deben distinguir a los detentadores del poder del resto dentro un estado dado”. De esta forma, es en el marco de unas condiciones sociales e históricas específicas como pueden surgir las naciones y los estados modernos, que para autores como Gellner, -y aquí damos los primeros pasos de la visión estructural-modernizante- responde a las características de la sociedad industrial.
Como tesis central, la perspectiva estructural-modernizante, entiende que tanto el nacionalismo como la nación sólo pudieron emerger en el marco de unas condiciones sociohistóricas de la sociedad industrial. En otros términos, lo que propone esta mirada es que solamente en un sistema productivo basado en la acumulación de ciencia y tecnología, una cultura desarrollada, estandarizada y centralizada y la posibilidad de una movilidad social, podría cobrar existencia una unidad política que garantizara el mantenimiento de estas condiciones, y que pudiera iniciar el proceso de construcción de la nación. De esta forma, el autor ofrece la definición de la nación, en cuanto a los componentes que la harían posible: “Es en estas condiciones, y sólo en ellas, cuando puede definirse a las naciones atendiendo a la voluntad y la cultura, y en realidad, a la convergencia de ambas con unidades políticas. En estas condiciones el hombre quiere estar políticamente unido a aquellos, y sólo a aquellos, que comparten su cultura. Es entonces cuando los estados quieren llevar sus fronteras hasta los límites que definen su cultura y protegerla e imponerla gracias a las fronteras marcadas por su poder. La fusión de voluntad, cultura y estado se convierte en norma, y en una norma que no es fácil ni frecuente ver incumplida.” Son estos tres elementos y su convergencia a partir de los cuales se podría hablar de la constitución de las naciones, en el contexto de la era industrial.
Por su parte, Hobsbawm de acuerdo a su enfoque de trabajo, consistente en el estudio de cómo la noción de nación ha cambiado de significado desde 1780 hasta fines de siglo XX, no ofrece una definición estricta de la categoría en cuestión. Sin embargo, este autor reitera la pertinencia de entender la ligazón entre nacionalismo, estado y nación, como origen de esta última, a lo que aporta que el deber político para con la organización política que engloba y representa a la nación, se impone a todas las demás obligaciones públicas y en casos extremos como las guerras, se impone a todas las obligaciones del tipo que sean. Esta sería la característica distintiva del nacionalismo moderno de las otras formas de identificación nacional o de grupo, que se complementaría con la tesis de que la nación es una entidad social sólo en la medida en que se refiere a cierta clase de estado territorial moderno, el estado-nación y de nada sirve hablar de nación o nacionalidad sino se refieren a él. En estos dos autores, tendríamos una posición que recalca y concibe a la nación como una invención, en el sentido de construcción social, en contraposición a la idea de la naturalidad y esencialidad que defienden y emplean los nacionalistas.
En medio de esta distinción entre modernistas y culturalistas, nos encontramos con un autor clave, quien al tiempo que se puede ubicar en el primer grupo por preocuparse por las condiciones sociales e históricas que permitieron el surgimiento de la nación, con su visión de lo que es la nación abre la puerta para pensar el problema de la reproducción y sostenimiento de la nación. Como los autores anteriores, Anderson parte de la consideración de que la nación y el nacionalismo son artefactos culturales construidos por una clase particular, visión que contraría de entrada la pretensión eterna y común de los nacionalistas. En este sentido, el autor nos ofrece una concepción antropológica de la nación, siendo considerada como una comunidad política imaginada como inherentemente limitada y soberana. Es
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