La construcción de la memoria nacional a través de los manuales escolares de ciencias sociales de octavo grado en colombia entre 1984-1996: representaciones sobre el siglo XIX




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títuloLa construcción de la memoria nacional a través de los manuales escolares de ciencias sociales de octavo grado en colombia entre 1984-1996: representaciones sobre el siglo XIX
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Esto no quiere decir que la historia y la cultura nacionales no ocupen un puesto importante –quizá más importante que antes-en los sistemas de educación y la vida cultural de determinados países, especialmente los más pequeños, ni que no puedan florecer localmente dentro de un marco supranacional mucho más amplio…”Como podemos ver, la idea de nación ha dejado de ser paradigma y proyecto de organización social, tampoco puede ser eliminada inmediatamente. Solamente, es una realidad que entra a jugar con proyectos como la globalización, lo regional y lo local, que no deja de ser importante, por ejemplo en el plano cultural y educativo. No obstante, la educación es un campo que ha tenido una gran relevancia en lo que a la nación se refiere, tanto en las condiciones para su surgimiento como para la reproducción y mantenimiento.
Es así como Gellner, preocupado por el proceso social que llevó al origen de la nación señala que hablar de la educación es hablar de una de las formas más importantes de creación de la nación, en tanto esta exige unos sujetos adiestrados homogéneamente, en los que el conocimiento estandarizado sirva como base para el aprendizaje de técnicas específicas y el posterior desempeño de cualquier actividad. Pero además de la necesidad de un sistema educativo estandarizado, para este autor, la educación constituye el único espacio en la sociedad industrial donde el individuo forma su identidad a partir de ciertos referentes culturales, en la medida en que los vínculos de parentesco o de lealtad a un monarca se difuminan. De esta manera, Gellner sostiene que en la sociedad industrial “La cultura ha dejado de ser el mero adorno, confirmación y legitimación de un orden social que también sostenían procedimientos más violentos y coactivos; actualmente es el medio común necesario, el fluido vital, o mejor, la atmósfera común mínima y única en que los miembros de la sociedad pueden respirar, sobrevivir y producir. Tratándose de una sociedad determinada, debe ser una atmósfera en que puedan hacerlo todos, de modo que debe ser una misma cultura. Por otra parte, hoy en día deber ser una cultura desarrollada o avanzada (alfabetizada, basada en el adiestramiento), y no una cultura rudimentaria o tradición diversificada, ceñida al propio ámbito y no basada en la palabra escrita.”
En el momento en que Gellner escribía su texto, el estado todavía ocupaba un gran lugar en la organización de la sociedad, de allí que afirmara que estos objetivos de la educación sólo podían ser cumplidos cuando el estado creara y controlará un sistema educativo nacional, puesto que la importancia y las magnitudes del mismo, sólo podían ser asumidas por el estado. Ello aseguraba la tesis central del autor, quien considera que en la sociedad industrial cultura y estado tendrían que converger a partir de la obligatoriedad de la exosocialización o educación. El sistema educativo deberá producir miembros responsables, leales y competentes, que ocupen puestos dentro de la sociedad, sin depender de lealtades fraccionarias a subgrupos de la comunidad. Será tal la importancia que Gellner le atribuye a la educación que concibe el monopolio a la educación como el criterio decisivo en la conformación del estado, así como la centralidad del profesor, sucesor del sacerdote de la sociedad agraria: “En la base del orden social moderno no está ya el verdugo, sino el profesor…Actualmente es más importante el monopolio de la legítima educación que el de la legítima violencia. Cuando se entiende esto también se pueden entender la perentoriedad del nacionalismo y sus raíces, que no están la naturaleza humana, sino en cierta clase de orden social hoy en día generalizado.”
Ahora bien, entender que la invención de la nación tiene como escenario clave a la educación, nos aboca a pensar los procesos por los cuales se da tal construcción, dentro de los cuales –y este es uno de nuestros planteamientos- ha tenido gran importancia la reinterpretación y creación del pasado del grupo humano catalogado como nación. Es así como Anderson, al referir el origen de la idea de nación destaca cómo ello implicó la creación de unas formas de imaginación hacia el siglo XVIII, cuyas características nos permitirán entender cómo la nación se puede inventar desde los manuales escolares, objeto de nuestro trabajo. Las dos formas analizadas por Anderson son la novela y el periódico, que vendrían a desarrollar su tesis que fue el capitalismo impreso el que permitió la invención de la comunidad imaginada llamada nación.
En primer lugar, la novela antigua dice el autor es un instrumento para la presentación de la simultaneidad en tiempo homogéneo y vacío, que se puede englobar en la idea del “mientras tanto”. Además de exponer situaciones que se suceden al tiempo, el autor sostiene que la novela incorpora a los personajes a sociedades reales, es decir, sus personajes se hallan en el marco de una sociedad específica, asimismo, la novela genera unos lectores omniscientes que como Dios perciben todas las relaciones que se dan simultáneamente. Son pues las ideas de un organismo sociológico que se mueve periódicamente a través del tiempo homogéneo y vacío las que se acercan a la idea de nación, la cual se concibe como una comunidad sólida que avanza sostenidamente de un lado a otro de la historia, en donde cada ciudadano tiene la confianza en la actividad anónima y simultánea de otros que no conocerá. Es así como el autor sugiere que la literatura contribuye a la creación de la comunidad imaginada, por ejemplo al vincular el tiempo de la novela como en el del lector (interior y exterior) el cual remueve a través del tiempo del calendario, todo ello gracias a recursos como el tono íntimo o los escenarios familiares.
Por su parte, el periódico es entendido en su componente ficcional en tanto se yuxtaponen eventos que ocurren independientemente, pero que aparecen como conectados, mostrando la arbitrariedad de su inclusión revelando que la conexión existente entre ellos es imaginada. Esta conexión se deriva de dos fuentes indirectamente relacionadas, por una lado, la coincidencia en el calendario (la fecha es la que provee la conexión esencial), siendo la muestra del avance sostenido del tiempo homogéneo y vacío (el mundo sigue adelante/ ahora), lo que el autor denomina el formato novelístico del periódico en el que aparecen y desaparecen y reaparecen personajes-hechos y por el otro lado, la conexión imaginada se encuentra en la relación entre el periódico como una forma de libro y el mercado, en tanto el libro prefigura la producción en masa industrial de bienes durables. En este sentido, el periódico sería una forma extrema del libro con una venta y producción colosal, aunque con una duración efímera, lo que lleva al autor a decir que esa característica se relaciona con la ceremonia masiva de su consumo casi simultáneo (imaginario) del periódico como ficción, a través de una ceremonia silenciosa individual con la consciencia de que ello está siendo repetida al tiempo por otros muchos. Todo ello, confirma el continuo que el mundo imaginado está visiblemente arraigado en la vida diaria, creando a su vez la confianza en el anonimato como característica distintiva de las sociedades modernas.
Así pues, la idea de simultaneidad gracias a una concepción del tiempo homogéneo y vacío serían los pilares de la construcción de la comunidad imaginada, que se refuerzan en dispositivos como la novela o el periódico. Esta simultaneidad no es sólo temporal sino que involucra la sensación de convivencia con otros sujetos con los que se conformaría un nosotros, complementado con la idea de ligazón de hechos que suceden en un espacio y un tiempo compartidos. Uno de los efectos de estos procesos de construcción de la comunidad imaginada, sería la consideración de la nación como un algo dado, máxime cuando se emplea un lenguaje cálido de pertenencia sobre asuntos que no se pueden escoger como son el color de la piel, el sexo, el linaje o la misma historia. Ahí precisamente residiría el poder movilizador de la nación: en tomar como referentes realidades básicas frente a las cuales habría un aparente desinterés por su origen o explicación, consideradas como naturales y por las que se generaría un amor natural.
De esta forma, la idea de sacrificio final sólo llega o aparece ligada con una idea de pureza, a través de la fatalidad. El hecho de morir por la patria, no escogida, supone una grandeza moral incomparable en relación a otras causas sí escogidas, a excepción quizá la de la revolución que también entraña el halo de pureza. Dentro de los elementos que constituirían la nación, la lengua contiene los elementos de naturalidad que sirven de base para el sacrificio, ya que las lenguas parecen casi eternas, pues no se puede fijar el momento de nacimiento de una lengua, al tiempo que no hay nada que nos una más efectivamente con los muertos, residiendo allí la fuerza de su arraigo. En el mismo sentido, el lenguaje permite la concreción de ciertas comunidades mediante himnos y canciones, que nos posibilitan la experiencia de simultaneidad (la unisonancia) entre personas desconocidas que corean el himno o una poesía, dándole a su vez la idea de desinterés de esta práctica tan natural. Por otro lado, la relación entre nación y lenguaje, permite establecer el vínculo entre la fatalidad que sería la nacionalidad y la historia, que mediante la lengua se puede adquirir, siendo invitados a una comunidad imaginada, de allí la idea y realidad de la naturalización de una persona que por nacimiento no pertenece a tal o cual nación. Al tiempo, si bien las lenguas se pueden aprender, el número limitado de ellas que se puedan adquirir depende la finitud del ser humano, de lo que se deriva cierta calidad de “exclusividad”.
Dentro de los mecanismos que Anderson estimó como claves para el proceso de invención de la nación, que cumplen además con las funciones que mencionamos arriba, tenemos el censo, el mapa y el museo, cuyo estudio para el caso de los estados coloniales del sudeste asiático puede ser de utilidad para comprender el proceso mencionado. Así, el censo como instrumento del estado, -es decir como instrumento de poder- se caracteriza por ser el registro de la clasificación de los seres bajo un poder específico, a partir de categorías que son aglomeradas, disgregadas, recombinadas, mezcladas y reordenadas con base en criterios raciales, sociales, políticos o culturales. Es pues, un instrumento que permite imaginar las identidades de manera clara y contundente. El censo presenta la ficción de que todos están dentro de él y que cada quien tiene un lugar claramente delimitado. Es pues, un modo de imaginar del estado, que le permitía incluso crear o imaginar grupos no existentes. Al mismo tiempo que reduce a un dígito o una cifra las realidades sociales, permite al estado organizar sus acciones con base en serie de datos, aunque tal trabajo llegue a chocar con realidades inquietantes que no se pueden ubicar en las tipologías establecidas, es decir, someterse a las acciones de regulación, constreñimiento, cuantificación, estandarización y jerarquización que se pueden acometer con base en el censo.
En segundo lugar, el mapa implicó la visualización de uno o varios puntos o sitios de una geografía determinada en relación a otros cuya ubicación se estima por el cálculo matemático, y en cuyo desarrollo intervino decisivamente la imprenta. El autor destaca para el caso de Tailandia la conjunción entre los trabajos cartográficos y algunos cambios en el vocabulario de los políticos que tomaron tales trabajos como argumentos para su actividad política. Al igual que los censos, los mapas al estilo europeo sirvieron con base en una clasificación totalizadora, que los empujo al terreno de la política de la mano de los agrimensores, militares y exploradores en la consecución de tratados, afianzando las relaciones entre los mapas y el poder, siendo aquellos configuradores de la realidad antes que un mero reflejo de ella. El mapa vino a resolver los problemas del censo con los grupos inclasificables a partir de la territorialización de los mismos.
Por último, los museos sugerirían un proceso general de herencia política en acción. Para el caso del sudeste asiático, el interés por los museos y los monumentos, implicó un gran papel del servicio arqueológico, quienes concentraron grandes esfuerzos por la restauración de monumentos, que luego aparecerían como ilustraciones públicas. Este impulso coincidió con la lucha política por la política educativa del estado que llevara las restauraciones a los textos escolares bajo patrocinio del estado, al tiempo que el trabajo de restauración organizaba jerárquicamente a los grupos sociales, así como a la creación de nuevas legitimidades luego del establecimiento de colonos europeos, erigiéndose como guardianes de una tradición generalizada con fines en algunos casos turísticos. Este proceso de secularización de lugares otrora sagrados con nuevas funciones sociales, se apoyó en informes técnicos, la imprenta, la fotografía, así como en libros profusamente ilustrados para el consumo público. De esta forma gracias al capitalismo de imprenta, se dispuso de una especie de censo pictórico del patrimonio del estado, al tiempo que también se dio una logoización general, por ejemplo en estampillas, lo cual no demostraba más que la cotidianización de los símbolos en su reproducción mecánica, revelando el auténtico poder del estado.
Para adentrarnos propiamente en la relación entre la invención de la nación y la re-creación del pasado, Hobsbawm plantea que junto con la lengua y la raza, la historicidad de la nación se convirtió en uno de los elementos más fuertes para aglutinar a un colectivo humano considerado como nación. El Objetivo de este elemento, era el de crear unos antecedentes del proyecto estatal que se quería implementar para estimular la adhesión al mismo a partir del sentimiento colectivo, que tenía en últimas como protagonista la trayectoria histórica del estado. La nación para su construcción necesita entonces volver la mirada al pasado.
Esta vuelta al pasado por parte de los nuevos proyectos nacionales, es denominada por Anderson como la lectura genealógica del nacionalismo, entendido como la expresión de una tradición histórica de continuidad serial, es decir, una transición del tiempo nuevo al tiempo viejo, reemplazo de un modular despertar continuo de un sueño cronológicamente calculado, un retorno garantizado a la esencia primigenia. Esta situación se dio tanto para los europeos como para los americanos. Para el caso de Europa, este tropo tendría origen en la conversión del origen de la nación, del nuevo mundo a ubicar unos orígenes tutelares en el viejo, así como ofrecía un nexo entre los nuevos nacionalismos europeos y el lenguaje bajo la idea de un redescubrimiento de algo que siempre había estado en lo más hondo. En el caso americano, la situación se presentó de otra forma, puesto que ya para 1830 la independencia nacional había sido reconocida, era necesario concebirla entonces como una herencia que tenía que entrar en una serie genealógica, aunque debido a la dificultad de los medios, los intentos por darle profundidad histórica a la nacionalidad por vía lingüística chocó con varios obstáculos. A la postre, la medida por la que se optó y fue útil para los dos mundos, se encontró en la historia tramada en formas particulares, que en el decir de Michelet, era escribir en nombre de los muertos. Y fue precisamente la selección de la vida de los personajes de aquellos que se habían sacrificado por la nación, los que ingresaron en la historia, intentando decir y poner de presente las razones reales y últimas de sus vidas, recordando a los muertos y hablando por ellos.
Al tiempo que se daba la creación de los estados nación, hubo autores que reflexionaron sobre la importancia de la reinterpretación del pasado en este proceso. Renan sostuvo en su famoso ensayo Qué es la Nación la necesidad del olvido como fuente de unidad y como uno de los primeros deberes cívicos de los ciudadanos, que en interpretación de Anderson, implicaba el recuerdo de eventos dolorosos que inmediatamente debían ser olvidados, en tanto que el olvido lo entendía como el “tener que haber olvidado ya” algo que se había recordado por medio del sistema escolar estatal como producto de una campaña sistemática del estado, con el fin de alcanzar mayor fraternidad. Esta forma de entender la relación nación-pasado, como recuerdo forzado y olvido consentido es la expresión de un cambio en la conciencia en la experimentación de la nación ya no como una novedad, sino como una realidad que mantener.
Para Anderson, la creación de la nación pasa necesariamente por el recuerdo inducido de eventos dolorosos que luego serán olvidados. Es precisamente este olvido el que estimula la creación de relatos que presentan una apariencia de continuidad, de la que surge una percepción de la persona, de identidad, de eventos que al no poder ser recordados tienen que ser narrados. Así, “….como a las personas modernas, así ocurre a las naciones. La conciencia de estar formando parte de un tiempo secular, serial con todo lo que esto implica de continuidad, y sin embargo de “olvidar” la experiencia de esa continuidad…da lugar a la necesidad de una narración de “identidad”…y sin embargo, entre las narraciones de una persona y de una nación hay una básica diferencia de empleo. En la historia secular de la “persona” hay un principio y un fin….En cambio, las naciones no tienen nacimientos claramente identificables y sus muertes, sí ocurren, nunca son naturales. Y como no hay un autor, la biografía de la nación no se puede escribir evangélicamente “a lo largo del tiempo”, pasando por una larga cadena procreadora de engendramientos. La única alternativa es “remitirla al tiempo”…por doquiera que la lámpara de la arqueología lanza su caprichoso rayo. Sin embargo, esta manera queda marcada por muertes que, en una curiosa inversión de la genealogía convencional, parten de un origen actual.”
Esta tesis sobre la centralidad de la historicidad de las naciones es desarrollada por Tomás Pérez Vejo, planteamiento que nos recuerda al tiempo que la historia ha sido considerada un factor clave en la concepción objetivista de la nación. Retomando el asunto de los tipos de nacionalismos, el autor en mención apunta que los denominados nacionalismos oficiales, encuentran su base última en la historia, una historia codificada por las instituciones estatales como historia nacional y en la que el pasado de la nación se confunde con el del Estado. Por su parte los no oficiales se basan en la etnografía, concebida como el estudio, codificación e idealización de las culturas campesinas hasta convertirlas en el fundamento de la cultura nacional.
De esta forma, la coerción ideológica y física descansaría básicamente en la construcción de una imagen mental de tipo integrador, lo que se conoce como nación. Esta coerción va a centrarse en el desarrollo de una identidad nacional homogénea, capaz de legitimar el lugar del Estado como defensor y garante de dicha comunidad, así una comunidad lingüística, religiosa e ideológicamente homogénea ofrecía muchas ventajas a los gobernantes, lo que hacía más fácil con la identificación con su Estado, al tiempo había más probabilidades de ubicar un origen común, se unieran en la lucha contra un enemigo exterior, al tiempo que legitimaba el propio ejercicio del poder estatal al convertirlo en una emanación de la propia comunidad nacional.
El autor que seguimos plantea que para el caso europeo, la historia no sólo se empleó en su forma de historia nacional canónica, sino también como un argumento histórico, es decir, que los diferentes medios de difusión de la idea de nación, tales como la literatura, el arte, la prensa, entre otros, podían acudir a la historia como sostén del mensaje nacional. En el mismo sentido, la nación al sustituir a la comunidad religiosa, exponía como principal argumento de justificación de su poder, una determinada representación del pasado. No obstante, esta ruptura no era total, tal y como se advierte en las mismas historias nacionales las cuales al margen de la sucesión de héroes y mártires muy cercanos a los santos cristianos, tienden a reproducir y reforzar el arquetipo cristiano de nacimiento, muerte y resurrección (misterios gozosos, dolorosos y gloriosos) de la nación. Esto se produce en la medida en que el nacionalismo asume todas las características de una nueva religión, referente duro de toda identidad colectiva previa al nacionalismo.
Como sugerimos líneas arriba, los nacionalismos oficiales y las concepciones objetivistas buscan recurrir a la historia para darle mayor fuerza a sus proyectos políticos, entendiendo por esta un proceso lento pero inexorable de adaptaciones geográficas, mezclas étnicas o pureza racial y experiencias históricas que iría forjando el alma de los pueblos. A esta definición, subyace una idea de perennidad ahistórica que tiende a prolongar el origen de la nación en la noche de los tiempos, lo que lleva a considerarlas como entidades naturales. Las historias nacionales tienden a incluir como propias épocas muy anteriores al nacimiento de la nación, lo que afirmaría su carácter objetivo al margen de la voluntad individual. La nación se basaría en una concepción orgánica que se mueve en el tiempo pero que responde a una mismidad, ello abocaría a la personalización de la nación en la que se funden la naturaleza y la historia, que reacciona como un individuo.
Esta versión primordialista de la nación llega a plantear que la nación es producto de la naturaleza mientras que los estados son resultado de la cultura. Esta idea nos lleva a la visión consanguínea, en la medida en que se es miembro de la nación por herencia (de ancestros comunes, un mismo grupo étnico). Junto a esta idea que le abre la puerta a la sinonimia entre raza y nación, esta descansa en otra metáfora orgánica de tipo familiar, la patria en la que se resuelve el problema de los antepasados de manera familiar, dejando de lado toda división interna del grupo nacional, todo lo cual favorece la preeminencia de la nación frente a otras formas de identidad colectiva, dado su carácter natural. Incluso en el caso de la idea de nación de tipo político, en el caso francés, terminó por prevalecer un sentido esencial-nacional de los atributos políticos universales.
Sin embargo, todo proyecto nacional pretende hallar argumentos de tipo histórico, no solamente aquellos que son obra de un movimiento nacionalista, en cuanto todo grupo y la identidad colectiva que este crea necesita de elementos de cohesión, imágenes simbólicas o reales capaces de potenciar el sentimiento de pertenencia a la colectividad, que permitan a su vez diferenciar entre quienes forman parte del grupo y aquellos que no. En las sociedades modernas el grupo hegemónico es la nación, así la creación de tales imágenes y símbolos está reservada casi exclusivamente a la historia, la memoria social, en la que todos los elementos de cohesión, tales como la raza, la cultura, la religión, entre otros, encuentran su lugar y explicación en la historia nacional, la cual es capaz de dar sentido a los procesos mediante los cuales unos rasgos y no otros han terminado por configurarse como específicos de esa comunidad. Si bien la interiorización de estos valores puede seguir diferentes caminos, la estrategia de los movimientos nacionalistas siempre busca la legitimación histórica, toda vez que la identidad nacional necesita de unos orígenes remotos y esencias permanentes que justifiquen su propia esencialidad frente a otras posibles. Los recuerdos comunes, la consciencia histórica de un pasado compartido son uno de los elementos fundamentales de la vinculación entre los individuos.
Nuestro autor reconoce que la nación es una comunidad de destino, el cual es memorizado y transmitido de generación en generación a través de diferentes medios (escuelas, libros, leyendas, etc), historia convertida en mito y en una tradición nacional, la cual es en muchas ocasiones una invención, lo que no significa que sea falsa, por el contrario una tradición es cierta y verdadera en la medida en que sea aceptada como tal por la comunidad ritualizada y convertida en historia. De allí que en la mitificación que supone el nacionalismo, el primer campo para ejercerlo sea la historia, en la medida en que sirve para justificar las posibilidades de futuro.
En ese sentido, el autor nos recuerda que el desarrollo de la historia como ciencia positiva se halla ligado a la constitución del estado-nación, en la que el historiador sólo se limita a poder de presente una historia objetiva. Si bien el criterio central de esta versión de la historia es una supuesta objetividad, Pérez Vejo anota que la dimensión ideológica está presente en la medida en que se dan procesos de selección, que oculta como devela, resalta como rechaza. En el caso de la historia nacional sólo se extraen los hechos que justifican la existencia de la nación actual (del estado), aquellos otros serán sistemáticamente ocultados. En este proceso, la profesión del historiador estará indisolublemente ligada al servicio del poder político, funcionarios estatales con una gran responsabilidad social. En esta versión de la historia el estado es el real protagonista de la historia, a la medida de la nación inventada por aquel. Esta legitimación implica acciones de recuerdo y olvido selectivos, que incluso llega a ser más importante este, puesto que la amnesia colectiva, una capacidad colectiva de olvido también contribuyen a configurar la identidad nacional.
La relación entre la identidad nacional y la historia, radica en que el pasado sea un elemento de cohesión, de rememoración del pasado como imagen del presente, es su capacidad de influir en el presente, de hacer del relato de un hecho del pasado una narración con significado simbólico, de convertir cada hecho histórico en punto de encuentro entre el arquetipo y la coyuntura. De allí ese carácter de celebración de sí mismos presente en la selección de los hechos históricos, más allá de su verosimilitud. De esta forma, el uso que se hace de la historia una vez que se hace su apropiación pública no es el de una reconstrucción científica del pasado, sino el de su recreación mítica: la historia como drama colectivo capaz de aportar elementos a la liturgia nacionalista, en cuanto posee un matiz de comunión, de unión de los vivos y los muertos, de integración en un pasado común. Incluso más allá de este uso político para el presente, la misma noción de historicidad o la creencia en un sentido histórico de las acciones humanas es consubstancial a la propia idea de nación, puesto que es la historia la que le otorga sentido a las acciones individuales y les confiere valor colectivo de destino nacional.
En otras palabras, el estado no se limita a ofrecer una organización política, sino que impulsa los lazos culturales, ya sea creando nuevos lazos o convirtiendo los de un grupo en los de la nación, reforzados al tiempo por una experiencia histórica común, real o inventada, interiorizada por los individuos como verdadera. Esta reinterpretación para ser operativa no debe limitarse a una fría lectura académica de los hechos del pasado, sino que ha de conseguir una implicación afectiva de los individuos con este pasado reinterpretado (caso de las fiestas nacionales), que será mayor cuanto sea más intenso el dramatismo del hecho histórico en sí, de allí que las derrotas resulten más interesantes que las mismas victorias como elemento de comunión nacional.
Nuestro autor plantea que es en relación a la historia como la nación se puede entender como una comunidad imaginada, en cuanto se da una forma histórica concreta de legitimación del poder político, que para conjurar la debilidad de su fundamento último, requiere de un mito fundacional y de una historia sagrada que la haga existir, es pues una necesidad ontológica. La solución a ello radica en que el estado reinterpreta la historia, convirtiendo la historia de la creación del estado en la historia de la nación misma, retomando los episodios más remotos a los que se puede atribuir un carácter precursor con respecto al propio estado. Con base en ello se explica la tendencia de los estados a elaborar una historia nacional oficial y normalizada, difundida a través de libros de texto. No obstante, la historia de la nación ha de ser anterior a la nación misma, es decir, se ha de presentar la historia de la nación eterna, ahistoricismo necesario y extremo en tanto la capacidad legitimadora no puede quedar en entredicho.

Cabe mencionar que en el proceso histórico de conformación de los estados-nación y la historia al tiempo que se configuraba como ciencia, también se produjo un cambio en la percepción y concepción de la misma. Se pasó de la idea de una historia que cedía ante la naturaleza, en la que prevalecía la posibilidad de repetición y de ley natural, así como la pretensión de que el conocimiento de lo sucedido se podía evitar los mismos errores de antaño. Desde el siglo XVI, con el surgimiento de la conciencia de la particularidad de los grupos, se introdujo la posibilidad de ubicar y definir periodos distintos con sus rasgos particulares, en otros términos, emergía la conciencia de la particularidad histórica, lo que está a la base del surgimiento de las naciones modernas.
Esto contendría cambios tan importantes como el surgimiento de solidaridad con el propio grupo o la selección dentro de lo considerado antiguo de lo que se puede considerar como propio. En otras palabras, surgió la conciencia de la historia propia aunada a la idea de un pasado glorioso motivo de orgullo para los descendientes. Hay un doble sentimiento de continuidad (no de repetición) y solidaridad con el pasado de la colectividad a la que se pertenece, visto como el momento más prístino de la esencia. En el plano historiográfico, todo esto significará el surgimiento de las historias nacionales, y con ello, el cambio del sujeto histórico (ahora es la nación antes que la monarquía) así como deja de ser un ejemplo a seguir o no, para convertirse en una ciencia empírica, desde la que se podrán establecer leyes que permitan predecir la evolución de los estados y las monarquías. Este proceso entonces tiene dos vertientes, por un lado, el surgimiento de un sentimiento de comunidad de tipo patriótico más amplio que la comunidad local y por el otro, la atribución de un sentido político a la misma, lo que daría como resultado la conversión de la nación como sujeto principal de la vida pública, forma por antonomasia de identificación colectiva y ámbito único de acción política.
En la Ilustración, se asiste a un nuevo impulso respecto a la historia iniciado desde el siglo XVI, específicamente en cuanto a los objetivos que esta debía cumplir para el poder. La historia pasó a ser la ciencia de las naciones, en el sentido de ciencia aplicada, de allí el interés por los orígenes para actuar sobre el presente, que tomaría la forma de una historia pedagógica y moralizante, concebida con un valor ejemplar y formativo, así como la forma por la que un pueblo toma conciencia de sí mismo y desarrolla su espíritu patriótico. Tenemos que la historia sería tanto una forma de conocimiento para los gobernantes como un sistema de cohesión social para los gobernados, la manera de sentirse miembro de una comunidad unida por un pasado común, más allá de las pretensiones de ciencia que pudiera tener. La historia se convierte en un proyecto del pasado, de rescate y vuelta a los orígenes auténticos y puros, donde la nación se expresó diáfana, cuyo corolario sería la encarnación en el estado como máxima expresión de la nación y único proyecto de futuro.
Para cerrar esta breve reflexión sobre el concepto de nación, podemos decir que en este trabajo entenderemos esta categoría como una representación a través de la que se apuesta por la invención de una comunidad imaginada en un momento histórico en que tanto sus funciones como sus posibilidades estaban en proceso de revisión, a saber, la última década del siglo XX. En el mismo sentido, de los dos momentos reflexivos que identificamos (el de los orígenes como su mantenimiento) pretenderemos centrarnos en el segundo, toda vez que en él concurren de manera convergente e inextricable, el campo educativo y la elaboración de la memoria nacional. Dentro de la multiplicidad de relaciones y posibilidades de estudio que entraña entender la nación como una comunidad imaginada, enfocaremos nuestros esfuerzos en el análisis de la representación de la historia nacional que se transmitía en los textos escolares, en el periodo mencionado, y el proyecto de construcción de memoria nacional a finales del siglo XX. Desde luego, entendemos que nuestra reflexión sobre el proyecto de re-construcción de la nación que se dio a inicios de la década del noventa, se halla en el marco de la llamada crisis del estado-nación, lo que no significa que no sea importante realizar un estudio que la tome como eje del trabajo.
Con base en ello, solamente podemos decir con Pérez Vejo, que toda reconstrucción histórica no es más que una respuesta a la pregunta por la identidad, que en las sociedades post Ancien Regime, tiene como respuesta la historia nacional. Historia que contendría todas las claves del cómo somos con base en un pasado que sería el nuestro. Sin embargo, la imagen que brinda esta historia es la del presente, es decir, la de una invención del pasado en función de las condiciones del presente. La nación entonces entendida como una comunidad imaginada es tal, en la medida en que es la invención de una imagen del pasado histórico de la misma, que termina por definir qué es la nación, a partir de procedimientos finalistas, es decir, la historia aparece como el cumplimiento de un plan diseñado desde el principio de los tiempos, cuyo objetivo sería el nacimiento de la nación específica, muestra de ello es la delimitación y cálculo histórico, casi necesidad histórica de los territorios que componen tal o cual unidad política, expresión de una imagen ideal. Este planteamiento, nos abre el camino para iniciar nuestra reflexión sobre cómo la memoria se articula con esta idea de nación. Ese el objeto del siguiente apartado.
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