Economía, Sociedad y Cultura. Siglo XXI editores 1999 Madrid




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MODELOS, ACTORES y LOCALIDADES DE LA REVOLUCIÓN DE LA TECNOLOGÍA DE LA INFORMACIÓN
Si la primera Revolución industrial fue británica, la primera Revolución de la tecnología de la información fue estadounidense, con una inclinación californiana. En ambos casos, científicos e industriales de otros países desempeñaron un papel importante, tanto en el descubrimiento como en la difusión de las nuevas tecnologías. Francia y Alemania fueron fuentes clave de talento y aplicaciones en la revolución industrial. Los descubrimientos científicos originados en Inglaterra, Francia, Alemania e Italia fueron las bases de las nuevas tecnologías de la electrónica y la biología. El ingenio de las compañías japonesas ha sido crítico para la mejora de los procesos de fabricación en la electrónica y en la penetración de las tecnologías de la información en la vida cotidiana de todo el mundo, mediante un aluvión de productos innovadores, de los vídeos y faxes a los videojuegos y buscapersonas. En efecto, en la década de 1980, las compañías japonesas lograron dominar la producción de semiconductores en el mercado mundial, si bien a mediados de la de 1990 las compañías estadounidenses retornaron en conjunto la cabeza de la competición.
La industria entera evolucionó hacia la interpenetración, las alianzas estratégicas el establecimiento de redes entre firmas de diferentes países. Esto hizo que la diferenciación por origen nacional fuera menos importante. No obstante, no sólo hubo innovadores, firmas e instituciones estadounidenses en los orígenes de la revolución durante la década de 1970, sino que han continuado desempeñando un papel dirigente en su expansión, que probablemente se mantendrá en el siglo XXI aunque sin duda seremos testigos de una presencia creciente de firmas japonesas, chinas y coreanas, así como de una contribución europea representativa en biotecnología y telecomunicaciones.
Para comprender las raíces sociales de la Revolución de la tecnología de la información en los Estados Unidos, más allá de los mitos que la rodean, recordaré brevemente el proceso de formación de su medio de innovación más famoso: Silicon Valley. Como ya he mencionado: fue allí donde se desarrollaron el circuito integrado, el microprocesador, el microordenador, entre otras tecnologías clave, y donde ha latido el corazón de la innovación electrónica hace cuatro décadas ya, mantenido por cerca de un cuarto de millón de trabajadores de la tecnología de la información. Además, la zona de la Bahía de San Francisco en su conjunto (que incluye otros centros de innovación como Berkeley, Emeryville, County y el mismo San Francisco) también se halló en los orígenes de la ingeniería genética y, en la década de 1990, es uno de los principales centros del mundo en software avanzado, ingeniería genética y diseño informático multimedia.
Silicon Valley (Condado de Santa Clara, a 48 km al sur de San Francisco, entre Stanford y San José) se convirtió en un medio de innovación por la convergencia en ese sitio del nuevo conocimiento tecnológico de un gran mercado de expertos ingenieros y científicos de las principales universidades de la zona; de financiamiento generoso y un mercado asegurado por parte del Departamento de Defensa; y, en la primera etapa del liderazgo institucional de la Universidad de Stanford. En efecto, los orígenes de la ubicación poco probable de la industria electrónica agradable zona semirrural de California del Norte pueden remontarse hasta el establecimiento en 1951 del Parque Industrial de Stanford, realizado por el visionario decano de Ingeniería y vicerrector de la universidad, Frederick Terman. Había apoyado personalmente a dos de sus estudiantes doctorales, William Hewlett y David Packard, para crear una empresa electrónica en 1938. La Segunda Guerra Mundial fue una bonanza para Hewlett-Packard y otras empresas electrónicas que acababan de ponerse en marcha. Así que, naturalmente, fueron los primeros inquilinos de una nueva y privilegiada ubicación donde sólo las firmas que Stanford juzgara innovadoras podrían beneficiarse de una renta de alquiler simbólica. Como el parque se llenó en seguida, las nuevas firmas electrónicas comenzaron a localizarse a lo largo de la autopista 101 hacia San José.
El hecho decisivo fue la contratación por parte de la Universidad de Stanford de William Shockley, inventor del transistor, en 1956. Y fue algo fortuito, aunque refleja la incapacidad histórica de las firmas electrónicas de prestigio reconocido para adoptar la tecnología revolucionaria de la microelectrónica. Shockley había solicitado el respaldo de grandes empresas de la Costa Este, como RCA y Raytheon, para desarrollar su descubrimiento en producción industrial. Cuando se lo negaron, aceptó la oferta de Stanford, sobre todo debido a que su madre vivía en Palo Alto, y decidió crear allí su propia compañía, Shockley Transistors, con el apoyo de Beckman Instruments. Contrató a ocho ingenieros jóvenes y brillantes, provenientes en su mayoría de los Laboratorios Bell y atraídos por la posibilidad de trabajar con él. Uno de ellos, aunque no precisamente de los Laboratorios Bell, era Bob Noyce. Pronto quedaron desilusionados. Aunque aprendieron los principios de la microelectrónica de vanguardia, les desalentó el autoritarismo y tozudez de Shockley, que condujeron a la empresa a un callejón sin salida. En particular querían, en contra de la decisión de Shockley, trabajar con silicio, como la vía más prometedora para una integración mayor de los transistores. Así que, pasado sólo un año, dejaron a Shockley (cuya firma se derrumbó) y crearon (con la ayuda de Fairchild Carmeras) Fairchild Semiconductors, donde tuvo lugar la invención del proceso planar y del circuito integrado en los dos años siguientes. Tan pronto como descubrieron el potencial tecnológico y comercial de su conocimiento, cada uno de estos brillantes ingenieros dejó Fairchild para iniciar su propia empresa. Y sus nuevos contratados hicieron lo mismo tras cierto tiempo, de tal forma que los orígenes de la mitad de las ochenta y cinco firmas mayores de semiconductores estadounidenses, incluidos los principales productores actuales como Intel, Advanced Micro Devices, National Semiconductors, Signetics, etc., pueden remontarse hasta este proceso de escisión de Fairchild.
Fue esta transferencia de tecnología de Shockley a Fairchild y luego a una red de empresas escindidas la que constituyó la fuente inicial de innovación sobre la que se levantó Silicon Valley y la revolución en la microelectrónica. En efecto, a mediados de la década de 1950, Stanford y Berkeley aún no eran centros punteros en electrónica; lo era MIT y ello se reflejó en la ubicación original de la industria electrónica en Nueva Inglaterra. Sin embargo, tan pronto como Silicon Valley tuvo a su disposición el conocimiento, el dinamismo de su estructura industrial y la continua creación de nuevas empresas lo afirmaron ya como el centro mundial de la microelectrónica a comienzos de la década de 1970. Anna Saxenian comparó el desarrollo de los complejos electrónicos de las dos zonas (la carretera 128 de Boston y Silicon Valley) y llegó a la conclusión de que la organización social e industrial de las empresas desempeñó un papel decisivo en el fomento u obstrucción de la innovación. Así pues, mientras que las grandes empresas de prestigio reconocido del Este eran demasiado rígidas (y demasiado arrogantes) para reequiparse constantemente en pos de nuevas fronteras tecnológicas, Silicon Valley siguió produciendo una profusión de nuevas firmas y practicando la fertilización cruzada y la difusión del conocimiento mediante los cambios de trabajo y las escisiones. Las conversaciones nocturnas en el Walker's Wagon Bar and Grill de Mountain View hicieron más por la difusión de la innovación tecnológica que la mayoría de los seminarios de Stanford.
Un proceso similar se dio en el desarrollo del microordenador, que introdujo una divisoria histórica en los usos de la tecnología de la información. A mediados de la década de 1970, Silicon Valley ya había atraído cientos de miles de mentes jóvenes y brillantes provenientes de todo mundo, que llegaban a la agitación de la nueva Meca tecnológica busca del talismán de la invención y el dinero. Se reunían en clubes abiertos para intercambiar ideas e información sobre los últimos avances Uno de ellos era el Home Brew Computer Club (Club de Ordenadores de fabricación Casera), cuyos jóvenes visionarios (que incluían a Bill Gates Steve Jobs y Steve Wozniak) crearían en los siguientes años hasta 22 firmas, incluidas Microsoft, Apple, Comeco y North Star. Fue la lectura en el club de un artículo aparecido en Popular Electronics que informaba sobre la máquina Altair de Ed Roberts la que inspiró a Wozniak para diseñar un microordenador, Apple I, en su garaje de Menlo Park durante el verano de 1976. Steve Jobs vio el potencial y juntos fundaron Appel con un préstamo de 91.000 dólares de un ejecutivo de lntel, Mike Marl que entró como socio. Casi al mismo tiempo, Bill Gates fundó Microsoft para proporcionar el sistema operativo a los microordenadores, aunque en 1978 ubicó su compañía en Seattle para aprovechar los contactos sociales de su acomodada familia.
Podría contarse un relato bastante similar sobre el desarrollo de ingeniería genética: científicos sobresalientes de Stanford, la Universidad de California en San Francisco y Berkeley crearon en paralelo empresas ubicadas al principio en la zona de la Bahía, que también atravesarían procesos frecuentes de escisión, aunque seguirían manteniendo estrechos vínculos con sus «alma mater». Procesos muy similares ocurrieron Boston/Cambridge en torno a Harvard-MIT, en el Research Triangl rodeaba a la Universidad Duke y la Universidad de Carolina del Norte en Maryland, en tomo a los grandes hospitales de los institutos nacionales de investigación sobre la salud y la Universidad Johns Hopkins.
La enseñanza fundamental que se desprende de estos relatos es doble: el desarrollo de la revolución de la tecnología de la información fue tributario de la formación de medios de innovación donde interactuarían descubrimientos y aplicaciones, en un proceso recurrente de prueba y error, de aprender creando; estos entornos requirieron (y siguen haciéndolo en la década de los noventa, a pesar de la interconexión telefónica) la concentración espacial de los centros de investigación, las instituciones de educación superior, las empresas de tecnología avanzada, una red auxiliar de proveedores de bienes y servicios, y redes empresariales de capitales de riesgo para financiar las primeras inversiones. Una vez consolidado el medio, como lo estaba Silicon Valley en la década de los setenta, tiende a generar su dinámica propia y a atraer conocimiento, investigación y talento de todo el mundo. En efecto, en la década de los noventa Silicon Valley florece con compañías japonesas, taiwanesas, coreanas, indias y europeas, para las que una presencia activa en el valle es la vinculación más productiva con las fuentes de la nueva tecnología y valiosa información comercial. Además, debido a su posicionamiento en las redes de innovación tecnológica, la zona de la Bahía de San Francisco ha sido capaz de acoger todo nuevo avance tecnológico. Por ejemplo, la llegada del multimedia a mediados de la década de 1990 creó una red de vínculos tecnológicos y empresariales entre la capacidad de diseño informático de las compañías de Silicon Valley y los estudios productores de imágenes de Hollywood, etiquetada de inmediato como la industria «Siliwood». Y en un rincón venido a menos de San Francisco, artistas, diseñadores gráficos y escritores de software se unieron en la denominada «Multimedia Gulch» «Barranca Multimedia»), que amenaza con inundar nuestros cuartos de estar con imágenes provenientes de sus mentes febriles.
¿Puede extrapolarse este modelo social, cultural y espacial al resto del mundo? Para responder a esta pregunta, en 1988 mi colega Peter Hall y yo emprendimos un viaje de varios años por el mundo, que nos llevó a visitar y analizar algunos de los principales centros científicos/tecnológicos de este planeta, de California a Japón, de Nueva Inglaterra a la vieja Inglaterra, de París-Sur a Hsinchu-Taiwan, de Sofía-Antípolis a Akadem- gorodok, de Zelenogrado a Daeduck, de Munich a Seúl. Nuestras conclusiones, presentadas en forma de libro, confirman el papel crucial desempeñado por los medios de innovación en el desarrollo de la Revolución de la tecnología de la información: aglomeraciones de conocimiento científico/técnico, instituciones, empresas y trabajo cualificado constituyen las calderas de la innovación en la Era de la Información. No obstante, no necesitan reproducir el modelo cultural, espacial, institucional e industrial de Silicon Valley o de otros centros estadounidenses de innovación tecnológica, como California del Sur, Boston, Seattle o Austin.
Nuestro descubrimiento más sorprendente es que las viejas grandes áreas metropolitanas del mundo industrializado son los principales centros de innovación y producción en tecnología de la información fuera los Estados Unidos. En Europa, París-Sur constituye la mayor concentración de producción e investigación de alta tecnología; y el corredor M-4 de Londres sigue siendo la ubicación preeminente para la electrónica británica, en continuidad histórica con las fábricas de armamento y material que trabajaban para la Corona desde el siglo XIX. El desplazamiento Berlín por Munich está obviamente relacionado con la derrota alemana en la Segunda Guerra Mundial, que supuso el traslado deliberado de Siemens de Berlín a Baviera en previsión de la ocupación estadounidense esa zona. Tokio- Yokohama continúa siendo el núcleo tecnológico de la industria de la tecnología de la información japonesa, a pesar de la centralización de las plantas sucursales operada bajo el Programa Tecnológico Moscú-Zelenogrado y San Petersburgo fueron y son los centros del conocimiento y la producción tecnológicos soviéticos y rusos, tras el fracaso del sueño siberiano de Jruschov. Hsinchu es de hecho un satélite Taipei; Oaeduck nunca desempeñó un papel significativo frente a Seúl Inchon, a pesar de encontrarse en la provincia natal del dictador Park; y Pekín y Shanghai son, como veremos, el núcleo del desarrollo tecnológico chino. Al igual que lo son la ciudad de México en ese país, Sao Paolo-Campinas en Brasil y Buenos Aires en Argentina. En este sentido, el relativo retraso tecnológico de las viejas metrópolis estadounidenses Nueva York-Nueva Jersey, a pesar de su papel prominente hasta la cada de 1960; Chicago; Detroit; Filadelfia es la excepción a nivel internacional, ligada con el excepcionalismo estadounidense del espíritu de frontera y con su huida interminable de las contradicciones de las ciudades construidas y las sociedades constituidas. Por otra parte, sería interesante explorar la relación que existe entre este excepcionalismo estadounidense y su indiscutible preeminencia en una revolución tecnológica caracterizada por la necesidad de romper moldes mentales para espolear la creatividad.

No obstante, el carácter metropolitano de la mayoría de los emplazamientos de la Revolución de la tecnología de la información en todo el mundo parece indicar que el ingrediente crucial en este desarrollo no es que sea nuevo el entorno cultural e institucional, sino su capacidad para generar sinergia basándose en el conocimiento y la información, directamente relacionados con la producción industrial y las aplicaciones comerciales. La fuerza cultural y empresarial de la metrópoli (viejas o nuevas después de todo, la zona de la Bahía de San Francisco es una metrópoli de más de seis millones de habitantes) la convierte en el entorno privilegiado de esta nueva revolución tecnológica, que en realidad desmixtifica la noción de que la innovación carece de lugar geográfico en la era de la información.
De modo similar, el modelo empresarial de la Revolución de la tecnología de la información parece estar oscurecido por la ideología. No sólo son los modelos japonés, europeo o chino de innovación tecnológica bastante diferentes de la experiencia estadounidense, sino que incluso esta experiencia capital con frecuencia se toma en sentido erróneo. El papel del Estado suele reconocerse como decisivo en Japón, donde las grandes compañías fueron guiadas y respaldadas por el MITI durante largo tiempo, hasta bien entrados los años ochenta, mediante una serie de arriesgados programas tecnológicos, algunos de los cuales fracasaron (por ejemplo, los ordenadores de quinta generación), pero la mayoría ayudó a transformar a Japón en una superpotencia tecnológica en sólo unos veinte años, como ha documentado Michael Borrus.
En la experiencia japonesa no puede hallarse la puesta en marcha de empresas innovadoras y las universidades tuvieron un papel pequeño. La planificación estratégica del MITI y la constante interfaz de keiretsu y gobierno son los elementos clave para explicar la proeza japonesa que abrumó a Europa y atajó a los Estados Unidos en varios segmentos de las industrias de la tecnología de la información. Un relato similar puede contarse sobre Corea del Sur y Taiwan, si bien en el último caso las multinacionales desempeñaron un papel mayor. Las fuertes bases tecnológicas de India y China están directamente relacionadas con su complejo industrial militar, finan- ciado y dirigido por el Estado.
Pero también fue el caso de gran parte de las industrias electrónicas británicas y francesas, centradas en las telecomunicaciones y la defensa, hasta la década de 1980ó0. En el último cuarto del siglo XX, la Unión Europea ha seguido con una serie de programas tecnológicos para mantenerse a la altura de la competencia internacional, respaldando de forma sistemática a los «campeones nacionales», incluso con pérdidas, sin mucho resultado. En efecto, el único medio de las compañías europeas de tecnología de la información de sobrevivir fue utilizar sus considerables recursos (una parte sustancial de los cuales proviene de los fondos gubernamentales) para establecer alianzas con las compañías japonesas y estadounidenses, que cada vez más son su fuente principal de conocimientos prácticos en tecnología de la información avanzada.
Hasta en los Estados Unidos es un hecho bien conocido que los contratos militares y las iniciativas tecnológicas del Departamento de Defensa desempeñaron un papel decisivo en la etapa formativa de la Revolución de la tecnología de la información, es decir, entre las décadas de 1940 y 1960. Incluso la principal fuente de descubrimiento electrónicos, los Laboratorios Bell, desempeñó de hecho el papel de laboratorio nacional: su compañía matriz (ATT) disfrutó de un monopolio en las comunicaciones establecido por el gobierno; una parte significativa de sus fondos de investigación provino del gobierno estadounidense; y ATT se vio de hecho obligada por el gobierno, 1956, a cambio de su monopolio sobre las telecomunicaciones públicas a difundir los descubrimientos tecnológicos al dominio público.

Harvard, Stanford, Berkeley, UCLA, Chicago, Johns Hopkins y los laboratorios de armamento nacionales como Livermore, Los Alamos; Sandia y Lincoln trabajaron con los organismos del Departamento de Defensa y para ellos en programas que condujeron a avances fundamentales, de los ordenadores de la década de 1940 a la optoelectrónica y las tecnologías de la inteligencia artificial de los programas «Guerra de las Galaxias» de la década de 1980. DARP A, el organismo de investigación extraordinariamente innovador del Departamento de Defensa, desempeñó en los Estados Unidos un papel no demasiado diferente al del MITI en el desarrollo tecnológico japonés, incluido el diseño y la financiación inicial de Internet. En efecto, en la década 1980, cuando el ultraliberal gobierno de Reagan sintió el pellizco competencia japonesa, el Departamento de Defensa financió SEMATECH, un consorcio de empresas electrónicas estadounidenses para apoyar costosos programas de I+D en la fabricación electrónica por razones de seguridad nacional. Y el gobierno federal también ayudó al esfuerzo cooperativo de importantes empresas para colaborar en la microelectrónica con la creación del MCC, ubicando SEMATECH y MCC en Austin (Tejas). También, durante las decisivas décadas 1950 y 1960, los contratos militares y el programa espacial resultaron mercados esenciales para la industria electrónica, tanto para los gigantescos contratistas de defensa de California del Sur como para los innovadores que se acababan de poner en marcha en Silicon Valley y Nueva Inglaterra. No podrían haber sobrevivido sin la generosa financiación y los mercados protegidos de un gobierno estadounidense ansioso por recobrar la superioridad tecnológica sobre la Unión Soviética, una estrategia que acabaría siendo rentable. La ingeniería genética que se derivó de la investigación de las principales universidades, hospitales e institutos de investigación sobre la salud, fue en buena medida financiada y patrocinada con dinero gubernamental. Así pues, el Estado, no el empresario innovador en su garaje, tanto en los Estados Unidos como en el resto del mundo, fue el iniciador de la Revolución de la tecnología de la información.
Sin embargo, sin estos empresarios innovadores, como los del origen le Silicon Valley o los ordenadores clónicos de Taiwan, la Revolución de la tecnología de la información habría tenido características muy diferentes y no es probable que hubiera evolucionado hacia el tipo de máquinas tecnológicas descentralizadas y flexibles que se están difundiendo en todo los ámbitos de la actividad humana. En efecto, desde los comienzos le la década de 1970, la innovación tecnológica se ha dirigido esencialmente al mercado; y los innovadores, aunque aún suelen ser empleados de las principales compañías, sobre todo en Japón y Europa, continúan estableciendo sus propias empresas en los Estados Unidos y, cada vez más, a lo largo del mundo. Ello provoca la aceleración de la innovación tecnológica la difusión más rápida de esa innovación, ya que las mentes creadoras, evadas por la pasión y la codicia, escudriñan constantemente la industria en busca de nichos de mercado en productos y procesos. En efecto, es por esta interfaz de programas de macroinvestigación y extensos mercados desarrollados por el Estado, por una parte, y la innovación descentralizada por una cultura de creatividad tecnológica y modelos de rápido éxito personal, por la otra, por lo que las nuevas tecnologías de la información llegaron a florecer. Al hacerlo, agruparon a su alrededor redes de empresas, organizaciones e instituciones para formar un nuevo paradigma sociotécnico.
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