¿Dónde están los criminales?




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¿Dónde están los criminales?
Primera parte: Historias paralelas
Capítulo 1. Las huellas de la guerra.
Esta historia comienza en un mundo convulsionado por el crimen, pero no imaginen un mundo caótico, anárquico, en el que cada uno destroza y roba todo lo que puede, porque no tiene sentido. Es cierto. No lo tiene. Por otro lado, no se devanen la cabeza pensando en un mundo irreal donde una mujer y su hija andan con harapos, buscando una fruta podrida que echarse a la boca, entre los contenedores de una ciudad llena de rascacielos. ¿Y por qué no? – Puede que digan ustedes. Porque no hace falta construir un mundo en el que esto pase para contar mi historia. Estamos en ese mundo.
Eso sí, imaginen. ¿No han pensado nunca lo difícil que se va volviendo imaginar cuando uno se va haciendo mayor? Cuesta trabajo pensar algo que nos impresione. Imaginen un campo de batalla, contemporáneo, con casas medio derruidas por las bombas. Y dentro de ese campo de batalla, una casa con tres paredes y dos lonas, una que hace de techo y una de puerta. Un niño de unos doce años camina con gesto asustado. Lo vemos de perfil doblar una esquina y cuando vemos su otro perfil, observamos que tiene una quemadura que deforma la mitad de su cara. El niño es moreno, aún de corta estatura, los ojos negros y el pelo oscuro y liso. Su rostro, a pesar de la quemadura, no es desagradable. “Otros han quedado peor” – piensa, mientras lleva un cubo de agua en mal estado a su pequeño y malherido hogar. Mientras camina, va observando, una a una, las casas de lo que fue su pueblo y ahora parece más bien un cementerio, donde algunos luchan por no unirse a los que ya no volverán. “¿Qué hemos hecho, por qué nos ha castigado así el cielo?” Y lo mira, lo mira con angustia, mientras el cielo, impasible, le devuelve una mirada vasta y azul, inmutable y el sol alumbra de manera molesta su pequeña cabeza.
-He encontrado agua, mamá.
-Muy bien, Hasan. ¿Por qué no vas a jugar con tus amigos?- Le contesta su padre. –Ya debéis estar acabando la casa. Pero ten cuidado y vuelve antes de que oscurezca. Dale un beso a tu madre- y Hasan pasa al fondo, donde su madre prepara la cena con lo que ha comprado en el mercado que algunos de los menos afectados por la guerra, han improvisado en el barrio. Su padre, de unos treinta años, con bigote, no muy alto y también moreno, como Hasan, también se llama como él. Hasan hijo entra a ver a su madre en la cocina, cerrada por lonas y con un agujero de ventilación. Su madre es una mujer muy guapa, de unos treinta años y también es morena y tiene los ojos negros. Negros como los bordes de los mordiscos que han dado las bombas a las paredes y los tejados de las casas. Negros como el futuro que le espera a esta familia, tras la horrible guerra.
Ahora que su hijo se ha ido a jugar, Hasan padre va a ver a su otra hija, de seis años, llamada Isha, que duerme en un rincón, en el mejor sitio de la casa, el más seguro, cálido y seco.

-Voy a contarte una historia, Isha. Pero no es para que te duermas, presta atención. Si hoy te duermes, continuaré mañana y seguiré contando hasta que la historia acabe. Pero no creas que es una historia aburrida. Eso sí, si no quieres que empiece, no empezaré.
-Sí, papá, cuéntame.
-Hace mucho tiempo, hija mía, tu padre estuvo de viaje. Visitó Europa, lo llaman “el viejo continente”, y las cosas que vio allí merece la pena que te las cuente. Allí las mezquitas son muy altas, enormes, parece que vayan a rasgar el cielo. Las casas están construidas todas alrededor de aquellos grandes edificios y cada ciudad tiene uno. Cuanto más grande es la mezquita, más importante es el lugar. Hay gente con la piel muy blanca, los ojos verdes o azules, y algunos con el pelo amarillo o casi rojo. Pero la mayoría de la gente se parece bastante a nosotros. Allí conocí a un amigo, que vendía libros en una de esas grandes ciudades. Se llamaba Marcos y la ciudad, Toledo. Esta ciudad tenía mezquitas muy diferentes, pero el templo más grande de todos, lo llamaban catedral. Era tan grande, que si te acercabas a ella, no eras capaz de verla entera. Había que alejarse para coger perspectiva. ¿Comprendes?
-Sí papá, continúa, por favor – dijo Isha.
Algún día podré explicarte algunas de las razones por las que nuestra casa y las de los vecinos están sin techo hoy. Pero recuerda Toledo. Piensa que está en un país llamado España, muy cerca de su capital, Madrid. Pero según me contó Marcos, hubo un día en que la capital era Toledo y en esta ciudad convivían gentes con culturas muy diferentes, que pensaban de distinta manera, incluso sus religiones eran diferentes.
-No creían en Alá, papá, ni en el profeta?
-Sí, Isha, pero tenían otros nombres para darles, incluso había alguno que no creía en ningún dios, y aún así eran buena gente. O quizá por eso – murmuró para sí mismo Hasan padre. – Pero eso es otra historia, te la contaré algún día. Además se está haciendo tarde...- miró a su hija, que ya dormía profundamente, la arropó, le dio un beso en la mejilla y se acercó a la cocina, donde estaba su esposa.
Capítulo 2. Occidente, la otra cara.
Era una mañana de invierno y Toledo se despertaba con la niebla que venía del Tajo. Aún así, la ciudad seguía siendo preciosa. Por sus entramados de callejuelas, aún en noviembre, paseaban turistas japoneses, con sus cámaras de fotos. La ciudad respiraba arte por los cuatro costados. Arte antiguo, artesanía sencilla, música, mezcla de culturas y, por otra parte, muchas tiendas de recuerdos con las típicas estampas al lado de los jarrones, platos de cerámica, juegos de ajedrez... Y presidiéndolo todo, la magnífica catedral. Este enorme edificio consagrado al culto de la religión cristiana fue edificado por muchos hombres durante muchos años, piedra sobre piedra, para lograr una obra cumbre de la arquitectura de todos los tiempos. Un edificio enorme pero alumbrado con luz natural, gracias al ingenioso invento de los pilares, que sostienen el peso del edificio, descargando del mismo a los muros, en los cuales se pueden poner ventanas y así, la luz del sol entra por las magníficas vidrieras. El esplendor del edificio se observa tanto desde fuera como desde dentro. En su interior hay un enorme y magnífico órgano y un altar tallado. También hay un coro en madera en el que están grabadas escenas de la reconquista. Si lo piensas fríamente, es un tremendo disparate de la humanidad y de la religión, que con sus aires de grandeza, quiso desafiar a la naturaleza a costa del trabajo mal pagado de muchos constructores que no vieron terminada la catedral. Pero esto es otra historia, ya les contaré otro día.
En esta ciudad, en una de sus callejuelas que serpentean entre los grandes edificios del casco antiguo, había una librería, un pequeño negocio regentado por un hombre ya anciano, con barba canosa y no mucho pelo en la cabeza, de estatura mediana pero corpulento. Este hombre se llamaba Marcos. Tenía algunas fotos antiguas con las que adornaba la librería. En las fotos se veía retratado con su esposa, ya fallecida, y dos amigos que conformaban otro matrimonio. Esta pareja, que procedía de oriente medio, pasó algunas buenas veladas con ellos en Toledo. Marcos y su mujer les enseñaron los rincones de la ciudad, los sitios que merecía la pena ver y se hicieron muy amigos. Cuando tuvieron que volver a su país, dejaron un vacío en la vida de Marcos que se hizo más grande cuando perdió a su esposa. No tenía hijos y lo único que le mantenía con vida era el negocio familiar, la librería, que había heredado de su padre y que desaparecería para convertirse, seguramente, en una tienda de postales, recuerdos y objetos antiguos, como las que rodeaban a la catedral, acechando a los turistas ávidos de comprar objetos inútiles que les recordaran su paso por la ciudad.
Marcos estaba pensativo esa mañana. Con su mano izquierda mesaba su barba, pensando en una antigua canción de amor que había escuchado de labios de la mujer de su amigo Hasan, en una de sus veladas por Toledo. Las dos parejas lo pasaban muy bien juntos y Marcos recordaba ahora esa triste canción de amor, que parecía encajar mejor con la melancolía que sentía ahora el anciano:
“Mi corazón es un fuego que sólo puede apagar tu agua. Es una roca que sólo puede horadar tu viento. Es un tormento, que no acabará hasta la muerte, pero es la victoria del amor sobre la suerte. Fuego, agua, roca, viento, tormento, muerte, amor, suerte y vida; eso es lo que siento”.
Este anciano encendió la televisión y pudo ver en las noticias cómo se estaba planeando el ataque a Irak, e inmediatamente recordó a sus amigos, Hasan y su mujer, Fatima. Sintió rabia contra esos políticos estadounidenses sedientos de guerras con cualquier causa, ya fuera venganza, miedo o petróleo.
Pero el mundo seguía dando vueltas. Esos políticos designados por el pueblo seguían abusando del poder con el que eran investidos, provocando muerte y destrucción por el mundo y fomentando las desigualdades, la riqueza extrema y la extrema pobreza, la opulencia y la miseria. Lo que más fastidiaba al viejo Marcos era el clima de intolerancia cultural que se estaba fomentando. Su ciudad, Toledo, había sido y siempre sería un símbolo de convivencia de tres grandes culturas, tres grandes civilizaciones: cristianos, judíos y musulmanes. Sin embargo, ahora sentía cómo se resquebrajaban todas las relaciones entre estas culturas y en los inicios del siglo XXI, la paz mundial era una utopía irrealizable, como, por otra parte, lo había sido siempre. Los israelitas y los palestinos se mataban por un trozo de tierra, la gran potencia de los Estados Unidos de América provocaba guerras a su antojo para mejorar su economía, y ahora el pretexto era la amenaza que representaban los fundamentalistas islámicos, los terroristas que habían sembrado el terror en el país más poderoso del mundo, desde la caída de las torres gemelas.
Por otra parte, España tenía sus propios problemas. Las comunidades con lengua y cultura propias, como Cataluña y el País Vasco reclamaban más autonomía, erigirse como naciones, lo que para los conservadores representaba la ruptura de la unidad de la patria. El terrorismo de ETA estaba en una etapa de tranquilidad, se pensaba que el gobierno estaba intentando negociar con ellos la paz, cediendo a algunas de las condiciones que los terroristas pudieran reclamar. El petróleo subía y hacía que los precios del gasóleo se dispararan. Los pescadores iniciaban una huelga bloqueando los puertos, tras la huelga que ya hicieran los transportistas, ambos por ayudas para poder costearse el combustible con el que se movían sus herramientas de trabajo, ya fueran barcos o camiones. Seguían muriendo mujeres a manos de sus maridos por malos tratos y jóvenes en las carreteras. Un hombre era acusado del asesinato de dos muchachas adolescentes. Las lluvias comenzaban tras un largo período de sequía, provocando inundaciones en algunas zonas del país, como Gerona.
En centroamérica, los huracanes concatenados, Katrina, Stan, Wilma o como quiera que se llamasen provocaban catástrofes, arrasaban viviendas, provocaban inundaciones, incluso llegaban con peligro a algunas zonas de los Estados Unidos.
En definitiva, la vida continuaba en este extraño mundo dentro del cual había un viejo que se mesaba la barba mientras añoraba un pasado que ya no volvería, una juventud que se marchó sin billete de vuelta.
Capítulo 3. Así pues, el espectáculo debe continuar.

The show must go on!, de Queen, sonaba en el equipo de música de Luis, en Madrid. Era una mañana calurosa de verano y las obras continuaban en ese gran proyecto faraónico en el que se estaba convirtiendo Madrid. La contaminación, el ruido, el metro, los autobuses, los atascos, los pisos pequeños donde viven hacinados los madrileños y las madrileñas. Junio en Madrid. ¿Por qué se quedará tan vacío Madrid en Agosto?
Por si fuera poco, también había obras en su piso. Los albañiles trabajaban duro con un calor mortificante y armaban un ruido que le hacía a Luis plantearse ir a la facultad a estudiar. Las noticias que veía por la televisión tampoco le alegraban el día. Deseaba que acabaran de una vez los exámenes para tomar las vacaciones, regresar a su pueblo y dedicarse a leer buena literatura, a escuchar buena música y a escribir algo que mereciera la pena presentar a algún concurso literario del curso siguiente.
Sí, así es, Luis tenía alma de escritor. Un amigo le había dicho que sólo el diez por ciento de los escritores podían ganarse la vida sólo con sus libros. Luis no aspiraba a ser uno de estos, quizá soñara con ello, pero en la vida real tenía pensado opositar para ser profesor de filosofía y asegurarse un buen sueldo y un trabajo estable. La vida no estaba para dejar volar el espíritu creador y esperar la recompensa. Los jóvenes no se iban de sus casas debido, en gran parte, al desmedido auge de la especulación inmobiliaria, que les dejaba sin opciones de comprarse un techo bajo el que vivir y les ataba a hipotecas de las que no se desatarían...¡Ni después de morir! Por tanto, los espíritus bohemios y los artistas anti-sistema, con el paso del tiempo se convertían en maduros funcionarios, empresarios, obreros, que tenían que dedicar sus energías, su trabajo, su tiempo a mantener a sus familias. Un buen día se despertaban, iban a sus cuartos de baño, se lavaban la cara y se miraban al espejo, sin reconocer las caras que les reflejaba el vidrio con fondo opaco, que nunca miente.
Pero cuando se es joven se cree que se puede cambiar el mundo, y uno se abraza a convicciones serias, duda, se balancea, se toma la vida a pecho pero los fines de semana desconecta y se ríe de la vida. Y, sobre todo, aún la vida no le ha pegado a uno suficientes palos como para que se rinda a la evidencia de que es un ser vulgar, uno más entre seis millones de seres humanos, que día a día trabajan para comer, comen para vivir, defienden sus creencias con moderación o fanatismo y en el mejor de los casos buscan algo que aún no han encontrado. Pero la juventud no es eterna, se cura con el tiempo. Se cumple la famosa y citadísima ecuación de Woody Allen: “La comedia es tragedia más tiempo”. Lo que hoy te parecen maravillosos sueños, problemas irresolubles, situaciones incorrectas que hay que cambiar sin remedio, cuando la vejez comienza a devorar inexorablemente tus ganas de vivir, se convierten en utopías, problemas que no te importan y situaciones que pueden esperar a cambiarse, como han esperado tantos siglos y tras el paso de éstos, siguen sin solución. Te das cuenta – o eso te hace creer tu desengaño – de que tú no has cambiado nada. Tú, que desde tu perspectiva de la vida eres el ser más importante del mundo, el ser después del cual no habrá nada y antes de que existieras, lo que ocurrió no son más que cuentos. No eres más que un insignificante grano de arena en la playa que da al océano de la existencia.
Por tanto, con un poco de suerte, Luis sería en un futuro un profesor de instituto con ambiciones literarias, un filósofo en potencia, que habrá leído, escuchado y apuntado toda la historia de la filosofía, se habrá implicado con todos los autores y no habrá encontrado a ninguno que le convenza. Puede que escriba en sus ratos libres, que siga viendo con indignación los telediarios, incluso que mantenga sus ideales políticos de juventud intactos, en un cajón de su memoria, pero el enorme peso del progreso capitalista, de la madurez y de los golpes de la vida le habrán convertido en un burgués con las mismas preocupaciones que aquél y aquél otro. La sociedad por fin habrá conseguido lo que consigue con casi todos: le habrá puesto una etiqueta y le habrá devuelto a la cinta transportadora del mercado del empleo.
Le venía a la mente en este momento una frase de un humorista del momento, el Gran Wyoming, que vaya usted a saber si no la habría plagiado de otro, pero que de todas formas decía así: “todo encaja, como un puzzle sideral”. En este mundo mal globalizado, pero, al fin y al cabo, globalizado, todos dependían de todos y nadie estaba a salvo de llevar el tipo de vida que su lugar de nacimiento le hubiera encomendado. Y en esta reflexión, su pensamiento se unía con el de otros seres del planeta, que en otras circunstancias y condiciones, también reflexionaban sobre el mundo en que les había tocado vivir.

Capítulo 4. La duda de Goliat

No podía comprenderlo. No era capaz de entender una masacre como aquella, aunque ya hubiesen pasado unos cuantos años. Desde su punto de vista neoyorquino, no tenía otro, sólo veía el suelo donde hace un tiempo se levantaron dos torres, el orgullo de un imperio, la joya del mundo empresarial, hoy la Zona Cero. Quizá no había pensado lo suficiente. Quizá en un mundo donde “No time to think”, aquella famosa canción de Bob Dylan pudiera ser el himno de unos hombres del siglo XXI, que se habían esforzado tanto en cubrir como fuera todo su tiempo con actividades y que tenían tanto miedo a sentarse y pensar, que aún estando mejor comunicados que nunca con el resto de la humanidad, estaban más separados que nunca; no se comprendían unos a otros, como siempre.
No era la primera vez que se quedaba mirando el desolador espectáculo del vacío inmenso que dejaron las dichosas torres. Tampoco era la primera vez que reflexionaba sobre ello, que abominaba de un gobierno que subestimaba al resto del mundo, pero no podía evitar preguntarse: ¿Qué le hemos hecho al mundo para que nos conteste de esta manera? No era cuestión de justificar nada, una acción como aquella no podía justificarse de una manera ética. Pero aún así, la historia no se escribe mediante casualidades. James pensaba que para cualquier guerra, detrás de cada acto violento que se cometía a escala mundial, había unas causas, un conjunto de empujones que, aplicados a la vez sobre una enorme piedra, la hacen rodar y despeñarse por el precipicio del conflicto, del atentado, desencadenando tantas muertes y tanto odio. Pero aquella piedra, alimentada de nuevo por ese odio, cual si de la piedra del mito de Sísifo se tratara, volvía a subir la cuesta, que la llevaría al ciclo de subida y bajada que nunca acabaría y que seguiría provocando injusticias y barbaries. “¿Cómo empezó todo? ¿Acabará algún día? ¿Qué podemos hacer?” – estas preguntas martilleaban el cráneo de James, un americano de los muchos que no lo tenían tan claro, a quienes no convencía aquel cuento de buenos y malos, de terroristas y de demócratas salvadores de la dignidad humana por la gracia de Dios, que su gobierno les contaba.

Capítulo 5. Aquel antiguo pueblo
Iker miraba la playa de la Concha, como se mira a aquel viejo amigo con el que te entiendes sin necesidad de hablar demasiado. Veía ir y venir la marea mientras fumaba. Siempre le había tranquilizado el mar, le servía para reflexionar y relajarse. Caía la tarde en San Sebastián. Un crepúsculo emocionante se cernía sobre los donostiarras, el sol era engullido por el horizonte y la tarde se convertía en noche.
Meditaba. Y había mucho que meditar. Sus ideas bailaban en su cabeza, al son de una música cuyo ritmo era la esperanza. Se avecinaba un tiempo decisivo en la historia de su pueblo. Eran ya muchos años de miedo, de libertad con ambages. Paseando por la ciudad se podían observar muestras de la diversidad de opinión que existía en su querida ciudad. Porque San Sebastián se dejaba querer. Era bonita, como una joven en su mejor momento, pero también era acogedora y seductora. Tenía ese encanto especial que compartía con todo el País Vasco. No obstante, era una ciudad dividida, fragmentada en distintas sensibilidades. Había llegado la hora de resolver de una vez los conflictos, de comenzar a cerrar las heridas sangrantes. Nadie decía que fuera a ser fácil. No había mucha confianza en que la banda cediera o negociara y, tras esto, rindiera las armas.
Unas guapas muchachas cruzaban por el bulevar con bolsas que probablemente contenían ropa. Iker las miró, y volvió a mirar al mar. ¿Cómo era posible que una tierra tan hermosa, en la que se acumulaba tanta belleza, sufriera tanta conflictividad social? Pero el futuro aún no estaba escrito, en opinión de Iker. El hombre se forja su destino. Este pueblo merecía la paz, la prosperidad.
Ahora sonaba su móvil. “¿Quién será a estas horas?”. “Hola Iker, soy Ainhoa, ¿dónde te escondes? Da igual, vente que tenemos reunión. Hay que hablar lo que ya sabes. Ahora estamos parados, pero no podemos fiarnos de nadie. Si pueden, nos joderán. Vente para la tasca, allí hablaremos más tranquilos. Venga, un beso.” Iker dio un último vistazo a la playa y al atardecer que terminaba. Tiró aquello que fumaba y se encaminó a aquella tasca. El destino de su pueblo estaba en juego.
La tarde se había transformado en noche. Iker entró en la tasca y cerró la puerta. Sobre la puerta una bandera y un lema. Lo demás sólo alimentaría prejuicios insanos, así pues, dejamos a Iker entrando en la tasca mientras San Sebastián, hermosa como siempre, cerraba sus ojos y se dormía junto al mar...
Capítulo 6. Ocurrió en Madrid
Luis encendió la tele de su piso. Ya no tenía que estudiar, habían acabado los exámenes. En la televisión regional reponían por enésima vez un reportaje sobre el 11-M. Los periodistas habían sacado a flote tantas veces el asunto que la gente sentía hastío, aburrimiento y fastidio cuando lo volvían a ver. En cambio Luis, aquella vez, se preguntó cómo lo vivió el, qué estaba haciendo cuando ocurrió todo, y comenzó a recordar...
Aquel día se levantó temprano y acudió a la facultad de medicina, tal y como había hecho el día anterior y haría el día siguiente. Recorrió en el vagón del metro la distancia hasta su destino con cara de sueño y sin pensar en nada particular. Cuando las entrañas de aquel monstruo subterráneo se abrieron por medio de su boca y Luis pudo ver la luz del sol, subió las escaleras de la boca del metro y caminó el trecho restante, hasta llegar a su facultad y a su clase. Encontró la clase con muy poca gente, circunstancia que comentó con sus amigos y estos le pusieron al corriente de lo que creían que había ocurrido. Se pensaba que habían estallado unas mochilas-bomba colocadas en trenes de cercanía en la estación de Atocha-Renfe. La gente discutía en los pupitres y pronto los profesores anunciaron que se suspendían las clases de ese día. Los alumnos salieron a los pasillos y se agruparon, formando tertulias en los mismos pasillos o en la cafetería. Mucha gente hablaba de E.T.A, de que esta vez se habían pasado de la raya, pero en el grupo de Luis se barajaba otra hipótesis. El portavoz de Batasuna, Arnaldo Otegui, había condenado el atentado y negado que E.T.A tuviera nada que ver con él. Luis y sus amigos estaban casi seguros de que el atentado era obra de los terroristas integristas islámicos, los mismos que causaron la caída de las torres gemelas en Nueva York. A Luis le incomodaba bastante el discurso casi fascista que estaba oyendo a sus espaldas. Un tipo que conocía de vista y de alguna pequeña conversación en las prácticas estaba diciendo que había que mandar tanques al País Vasco, que ya lo decía su padre, que esto con Franco no habría sucedido.
No dejaba de ser irónico cuando lo recordaba. Después vinieron las mentiras del gobierno, la manifestación ante la sede del Partido Popular pidiendo información verídica y la derrota del PP en las elecciones del 14 de Marzo. Aún en aquel momento, verano del 2006, en que Luis miraba su televisor y recordaba, había periodistas empeñados en que E.T.A tuvo algo que ver en el asunto. No conformes con una comisión de investigación que lo había dejado todo bastante claro y un informe judicial de dimensiones bíblicas que narraba los detalles, seguían, cerriles, obcecados en su idea, confundiendo y alarmando a una parte de una ciudadanía que tenía aún muy cercano el horror, el dolor y la muerte de aquel maldito 11 de Marzo.
Y aún más irónico, quizá sarcástico, era recordar la manifestación, a la que Luis asistió, en contra de la Guerra de Irak en la que dos millones de personas recorrieron Madrid pidiendo al gobierno que no fuera a aquella guerra que tantas desgracias tenía guardadas para los españoles. Paradójicamente, esa ciudad de Madrid volcada por la paz fue a la que los terroristas eligieron para satisfacer su venganza. Cruel agradecimiento. Algunos pueblos no merecen a sus gobiernos, pensaba Luis. Y el ruido, el incansable ruido de las obras se confundió con la exclamación que Luis no pudo sofocar del todo con un cojín de su sofá. ¡¿Por qué?!
Capítulo 7. La maldición de Babel

Todo el mundo conoce el mito de la torre de Babel. El mundo actual, en contacto a través de los medios de comunicación, nos muestra un conglomerado de pueblos de diferentes lenguas y culturas que, tras haberse matado unos a otros, tras todo el derramamiento de sangre de los siglos anteriores, parece haber encajado mediante el pegamento engañoso de la televisión y demás información a disposición de muchos. Cuesta pensar, tras estas observaciones, que no sepamos lo que ocurre fuera de nuestras obsoletas fronteras; comerciamos con otros países, mantenemos relaciones económicas y estratégicas con ellos, generamos turismo que visita otros países y permitimos que nos visiten, y facilitamos también la migración de gente de un país a otro buscando trabajo, alimento, prosperidad y mejora del nivel de vida de su tierra natal.
Sin embargo, no nos conocemos lo suficiente. La ilusión de que con una tele, internet y los periódicos, la radio y demás, conocemos todo lo que ocurre en el mundo, no nos permite ver una triste realidad. No conocemos a fondo otras culturas, ignoramos las costumbres y los problemas cotidianos de otros países y, por lo tanto, no los comprendemos, cuando ocurren cosas que se salen de lo cotidiano para nosotros. Nos separan muchas cosas. El idioma es una barrera que ya parece superada, gracias a la expansión del inglés como lengua oficial en todo el planeta. Pero aún existe mucha gente que no lo domina y, aún quien lo conoce, tiene problemas al expresar frases, expresiones propias de su pueblo y al explicar las costumbres de la tierra donde nació.
Qué decir de las religiones. Quizá supusieron en su momento el nacimiento de las culturas y por ello, en sus alegorías están enterradas las raíces de las civilizaciones, pero hoy en día son causa de los enfrentamientos más encarnizados entre pueblos limítrofes, anclados en sus raíces y apegados a tradiciones que los enemistan desde tiempos inmemoriales. Los hijos de los hijos de nuestros hijos puede que sufran conflictos que comenzaron los padres de los padres de nuestros padres.
Puede que no sea deseable que se pierda toda la riqueza que deriva de la diversidad cultural existente hoy en día. Pero deberíamos tomarnos menos en serio las tradiciones. Sería sano que nuestros hijos las aprendieran como historias de los distintos pueblos, sin tomarlas al pie de la letra ni aferrarse a ninguna, quedando ciegos para su interpretación o para la comprensión de las demás. Es posible que John Lennon fuera demasiado lejos con su “...and no religions too” en su canción “Imagine”. No sería necesario que desaparecieran las religiones – ni las drogas – si fuéramos capaces de probarlas sin engancharnos. Tolerancia es una palabra que abarca este pensamiento en su conjunto.

Capítulo 9. Tanques contra piedras

Todo comenzó con una promesa que un antiguo dios le hizo a su pueblo elegido. Les prometió una tierra que sería suya para siempre, donde proliferarían en paz y armonía y tendrían prosperidad y felicidad. Esto puede parecer un mito, una leyenda. Si al lector le parece así, debe reflexionar sobre la seriedad con que se lo toman los actuales mandatarios del estado de Israel. En fin, el dios les prometió una tierra, todo indica que cumplió esa parte de la promesa. Pero lo de la felicidad y la prosperidad, dependían de una pésima situación estratégica del lugar, en el paso de todas las caravanas de mercancías y de los ejércitos en expansión, que arrasaban con todo a su paso, dejando destrucción y terror en la tierra asignada al pueblo de Israel. Varias guerras hicieron que los judíos emigraran de aquella tierra prometida y se esparcieran por todo el mundo, buscándose la vida, cada uno donde pudo. Lo cierto es que a la mayoría les fue bien, puesto que tenían un gran talento con los negocios, y conseguían ahorrar dinero, que siempre aumentaban con los préstamos con intereses. Formaban parte de la élite de las sociedades de todo el mundo, cuando los nazis emprendieron su sórdida tarea de eliminarlos de la faz de la tierra. Tras el horroroso holocausto y la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos entraron en juego. Los judíos eran un pueblo sin tierra, sus tradiciones y su autoestima casi habían desaparecido. Además, los americanos habían recibido a los judíos emigrantes de los países europeos y ahora estaban muy vinculados a ellos, ya que los judíos habían ocupado esos puestos de alta sociedad que tenían en Europa, y habían conseguido una gran influencia. Por todo esto y algo más que se me escapa, los americanos fundaron un país llamado Israel, de manera que restituyeron el mito judío de manera artificial: al fin, la tierra prometida sería, por ley, de los judíos, y con la protección de los Estados Unidos, la gran potencia mundial. Pero, ¿qué trozo de tierra entregaron los americanos a los judíos para que formaran el estado de Israel? Palestina. Ese territorio ya era un país, tenía habitantes, que fueron expulsados de sus casas y tuvieron que refugiarse fuera del territorio asignado al estado de Israel. Esto no podía quedar así, por mucho que los americanos pretendieran ser la policía del mundo, con la ayuda de Dios. Los palestinos se enfadaron muchísimo y emprendieron una lucha para recuperar sus territorios, sus casas, su patria, el lugar donde nacieron y vivieron, ellos y sus antepasados. Y esa lucha dura hasta hoy.
Por otro lado, los judíos habían sufrido lo indecible, marginados, desterrados y odiados en muchos países, con el estigma del holocausto nazi; en fin, que gracias a los americanos habían reencontrado lo que siempre consideraron su tierra y por fin podían vivir en el lugar en que su tradición y sus mitos indicaban que debían asentarse. En la próspera tierra prometida. Con el apoyo militar y económico de los Estados Unidos, se habían armado hasta los dientes y las milicias de terroristas palestinos no podían hacerles ni una parte del daño que les causarían sus tanques a los palestinos. La comunidad internacional aceptaba que los israelíes atacaban por medio de su ejército y los palestinos, en cambio, perpetraban actos terroristas. Lo cierto es que las bajas eran superiores en el pueblo palestino. Pero, ¿quién decide cuáles son los terroristas y cuáles el ejército defensor de su pueblo? Si los terroristas son criminales y los militares son héroes de guerra, debe haber una gran diferencia entre ellos que no se nos aclara. En definitiva: ¿Quiénes son y dónde están los criminales?


Segunda parte: Comienza la acción

Capítulo 10. El club de las mentes inquietas

A pesar de todos los conflictos que ocurrían en el mundo, la vida continuaba de manera monótona y resignada para la mayoría de los habitantes de este planeta. No obstante, existían lugares donde, quizá porque se gozaba de más tiempo libre para pensar, quizá porque eran el centro de reunión de gente con pasión por la literatura y la filosofía, y con preocupación por la política internacional suficiente para formarse opiniones propias... En fin, existían lugares donde se hablaba de todos estos temas esbozados anteriormente en este libro y de muchos más: Uno de ellos estaba en Madrid, en un local cerca del barrio de Lavapiés, crisol de culturas y foco de la inmigración. Constaba de unas veinte personas, que no acudían todas a las reuniones. Además había una fluctuación: había gente que se apuntaba y gente que se borraba. Desde luego, no era un club de alta sociedad, pero las puertas del mismo no estaban cerradas a nadie. Su presidente y fundador era un estudiante de filosofía, al que llamaban Prometeo. En un bloque de pisos cuya dirección no revelaré, tras subir unas angostas escaleras, se leía en una puerta: “El club de las mentes inquietas”.
Prometeo, como líder y fundador del club, tenía mucho trabajo. Después de las clases de la facultad, acudía a su kiosco a comprar un ejemplar de cada periódico. Grababa en vídeo las noticias de la televisión y en cintas las principales tertulias de la radio. Todo esto lo almacenaba en un archivo y, lo que podía, lo archivaba digitalmente en su ordenador. Las reuniones tenían lugar en su piso de Lavapiés, alrededor de una mesa, sentados en un sofá verde. La información era condensada por un equipo de trabajo de tres personas de total confianza de Prometeo. Todos tenían seudónimos; una norma del club era que no se debía revelar la verdadera identidad de los miembros. Helena se encargaba de los periódicos, Virgilio de la radio, Prometeo resumía las noticias de la televisión y, finalmente, en las reuniones, se ponían en común los trabajos de todos y se abrían los debates y tertulias, de los que se escribían actas para todos los miembros del club, que se guardaban y se mantenían disponibles, para consultarlas en un futuro. Por último, un equipo de estudiantes de ciencias consultaban los principales avances de la ciencia en las revistas, publicaciones digitales y bibliotecas de las universidades. También había una responsabilidad de todos los miembros del club, que consistía en mantener un ritmo de lectura, leer todos los libros que estuvieran a su alcance y resumirlos, tanto clásicos como novelas históricas o los últimos libros de los mejores autores. Este club era una especie de escuela filosófica de saber enciclopédico, adaptada a la época contemporánea. Era como el Liceo de Aristóteles, salvando las enormes distancias, pero en los tiempos de internet, la televisión y demás soportes informativos del siglo XXI. Prometeo y sus cuatro amigos formaban el consejo que dirigía todo el club. Su labor era evitar que la información que llegaba al club no fuera simplemente almacenada y etiquetada, porque la esencia del club de las Mentes Inquietas era la crítica, el análisis y la comprensión de los conceptos, la interpretación de los textos y la comunicación de las ciencias entre sí, junto con la incorporación reflexiva de toda la actualidad. No se pretendía llamar la atención. Sin embargo, circulaba por el barrio un semanario elaborado por sus miembros, en el que se publicaban opiniones sopesadas, análisis exhaustivos y reflexiones filosóficas. Pero lo más importante no era el semanario; el club no era un grupo de periodistas, sino que se parecía más a una escuela filosófica. La política era el tema más conflictivo. No en vano había varias tendencias en el club, aunque todas a favor del progreso y la libertad. “Las ideologías son algo muy personal, allá cada cual con sus sueños y utopías” había dicho una vez Prometeo. “Por supuesto es necesario que éstas influyan en nuestra evaluación de toda la información que poseemos y que se encuentren dialécticamente en los debates y tertulias del club”. Con estos ideales y este trabajo incansable, el club siguió creciendo y cobrando importancia. Fue haciéndose famoso y acogiendo discípulos de todo Madrid y alrededores. Pero un día, en una reunión de la cúpula, se planteó un problema insospechado hasta entonces.

Capítulo 11. La tertulia sobre el conflicto vasco.
Era un caluroso día del mes de junio, y Prometeo había quedado con Helena y Virgilio en un café de la capital, con fama de servir uno de los mejores cafés de la ciudad. Helena era una hermosa muchacha morena, inteligente y trabajadora y con unos ojos color miel que paralizaban a cualquiera. Era estudiante de periodismo. Virgilio era el mejor amigo de Prometeo, estudiaba con él en la facultad. Era un chaval algo tímido, con estudios de física y filosofía, que dominaba el inglés a un nivel superior al de los otros dos miembros de la cúpula del club. Por último, Prometeo era un tipo con pasión por la literatura, la música y la filosofía. Había estudiado un año en la facultad de medicina, pero se decantó por la filosofía, carrera de la que iba a empezar el tercer curso en septiembre. El tema de la reunión era la creación de un equipo especial para estudiar a fondo el proceso de paz entre E.T.A y el gobierno español.
-Buenos días, mis queridos compañeros, – dijo Prometeo – estaréis de acuerdo conmigo en que hay que abordar con un gran esfuerzo un tema tan importante como el conflicto vasco, por los cual propongo la creación de un grupo especial para tratar sobre el tema.
-Estoy de acuerdo en que es un tema muy importante, - respondió Virgilio - pero ¿no afectaría a nuestro trabajo diario dedicarle un tiempo suplementario, mediante un grupo de trabajo?
-No tendríamos que ser los mismos que estamos aquí discutiendo, tenemos grandes redactores y analistas. Nuestra labor es coordinarlos y dirigir los debates – añadió Helena.
-Bien, me encantan estas tormentas de ideas. Siempre mejoráis la propuesta original que tenía en mente – sonrió Prometeo. Pidió tres cafés y miró alrededor, cuando vio acercarse a uno de los colaboradores más cercanos, un tal Felipe, hombre de íntegros ideales políticos, un amigo de los tres, que venía con gesto de satisfacción en su rostro.
-Muy buenos días, compañeros. Hoy es un gran día para nuestro club. He fundado el Partido de las Mentes Inquietas, con vistas a presentarnos a las elecciones municipales y regionales del año que viene. ¿Qué os parece?... Antes de que contestéis os diré que el programa será algo revolucionario. Llevaremos en el mismo la propuesta de una república gobernada por filósofos y un senado. Pero antes, para las municipales y regionales, apostaremos por la política social y la ampliación de derechos y libertades.
-Me parece una barbaridad. – contestó Prometeo – Sabes de sobra que una de las normas más importantes que establecimos fue la libertad de ideologías y ahora me propones que un partido con una clara ideología republicana represente a nuestro club. Me niego a la existencia de un partido con el nombre de nuestra escuela.
-Un momento, Prometeo – dijo Helena, conciliadora - . Es cierto que respetamos la libertad de ideologías en nuestro club, pero nosotros siempre hemos tenido un sueño, parecido al de Felipe. Hemos soñado con unos políticos dignos de su cargo, con el gobierno de los filósofos, con Platón y su República.
-¿Estás diciendo que estás de acuerdo con la propuesta? – preguntó indignado Prometeo.
-No, sólo digo que deberíamos pensarlo más despacio.
-Yo estoy de acuerdo con Helena. – dijo Virgilio – Somos teóricos, reflexionamos sobre la esencia de la política y la criticamos. Escribimos sobre nuestro sueño, pero no hemos entrado nunca en acción. Creo que es hora de que reflexionemos sobre la posibilidad de entrar en política. Además, la política es una carrera de fondo. Si la empezamos ahora, puede que dentro de mucho tiempo seamos realmente influyentes.
-Respeto mucho vuestras opiniones pero no las comparto. Fundamos esto como una escuela de filosofía al estilo griego fusionada con un centro de análisis de la actualidad y las ciencias. Nuestro trabajo es analizar la actualidad, no ser sus protagonistas. Si esta idea del partido político sigue en marcha, lo hará sin mi apoyo. – zanjó Prometeo.
-De acuerdo – dijo Felipe. – Sospechaba que dirías eso. De todas formas, el partido seguirá adelante. Te respeto como fundador del club, y siempre te tendré en cuenta para pasar a la acción, si cambias de opinión. Y por supuesto a vosotros también- dijo dirigiéndose a Virgilio y Helena. – Hasta la vista, compañeros.
Quedó el grupo pensativo, tras despedirse de Felipe. El tema de la reunión, el conflicto vasco, con todas sus complicaciones, quedaba ahora relegado a un rincón. Habría un equipo que se ocuparía de ello, pero el tema principal para el club era ahora la corrección o incorrección de la formación del partido político que les representaría.


Capítulo 12. Por un lado, el club; por otro, el partido.

Desde que Felipe les anunció la creación del Partido de las Mentes Inquietas, hubo muchas discusiones entre los “tres mosqueteros” del club. Pero esto no hizo que se distanciaran. La gran valía personal de los tres y su sólida amistad se demostró cuando, a pesar de no estar de acuerdo, pasaban aún más tiempo juntos, se ayudaban en la coordinación del club y todo iba sobre ruedas. Sólo se manifestaban sus diferencias cuando el tema del partido salía a flote. Tenían, sin embargo, muchas preocupaciones. El proceso de paz estaba crispando a la oposición, que intentaba crear alarma y desacreditar al gobierno del PSOE. Sin embargo parecía estar en un punto muerto. Los inmigrantes seguían siendo capturados y devueltos a su lugar de origen, tanto en la costa sur española como en la frontera entre México y Estados Unidos. Irán y Corea del Norte enfadaban a la administración Bush con su tentativa de utilización de energía nuclear. Corea incluso había probado el lanzamiento de uno de sus misiles, que falló y se hundió en el Océano.
Todo esto mantenía entretenidos a Prometeo, Helena y Virgilio. El club seguía su camino. Y por otro lado, de manera paralela, Felipe organizaba y preparaba su campaña para las elecciones regionales, liderando el Partido de las Mentes Inquietas. Por más que Prometeo, burlándose, dijera que sus iniciales le sonaban a un zumo que había bebido alguna vez. Virgilio le propuso a Prometeo visitar a Felipe y tener una charla con él sobre el tema del partido, en profundidad. Prometeo aceptó y aprovechó aquella tarde de julio para invitar a Helena al cine. Ella aceptó con una sonrisa, a condición de que durante la película no se hablara de nada, y menos del partido.
-De acuerdo. – dijo Prometeo. – Pero no se por qué piensas que durante la película íbamos a hablar de algo. Dudo incluso que al acabar sepamos cuál era el título.
-Muy gracioso, pero si pagamos la entrada, no estaría mal que viéramos la película. Un sofá cómodo ya lo tenemos en mi piso.
-No me hagas dudar. Tengo aquí las entradas y me están entrando ganas de tirarlas. A pesar de que la película es de Tim Burton.
-¿De Tim Burton? Me encanta. ¿Sale Johnny Depp?
-Yo soy tu Johhny Depp.
-Vamos, estoy hablando en serio.
-Si actúa, no te dejaré verlo. No entiendo qué ves en ese drogadicto extravagante, que interpreta siempre el mismo papel, sea cual sea la película.
-Si esa es tu definición de Johnny Depp, debes saber mucho de pintura.
-¿De pintura? ¿Por qué?- dijo Prometeo, extrañado.
-Hombre, es obvio que de cine no tienes ni idea.
Prometeo digirió esa broma con buen humor. Le gustaba cuando Helena sonreía y le alegraba profundamente cuando soltaba una carcajada, aunque fuera a su costa. Por supuesto, eso no se lo diría nunca a ella. Fueron andando al cine, aunque hacía un calor horrible, porque Prometeo consideraba que el transporte público en Madrid, era como abandonar una atmósfera de aire muy contaminado para introducirte en un reducto en el que el aire no merecía de ningún modo su nombre. En la calle Preciados paseaba una multitud de transeúntes y ciudadanos de compras. Prometeo le dijo a Helena:
-Es curioso. Camines en la dirección que camines, parece que todo el mundo va en la otra dirección. No hacemos otra cosa que esquivar a la gente.
-Muy observador. ¿Quieres que ahora hablemos de las obras, o prefieres conversar del tiempo atmosférico?
-No tiene gracia, pero es cierto. Todo el día debatiendo y exponiendo temas de actualidad y ahora se me ocurre filosofar sobre la muchedumbre y su forma de caminar. Cambiaré de tema. ¿Nunca te he dicho que tienes unos ojos preciosos?
-¿Estás intentando ligar conmigo?
-Somos compañeros de trabajo; dos de los miembros de la cúpula del club. ¿Cómo puedes pensar que...? Sí, está bien, estoy intentando ligar contigo.
-Sinceridad y honradez, eso me gusta. Pero recuerda, somos compañeros. No quiero decir que no me gustes, pero sería un lastre para nuestra organización que tu y yo estuviéramos liados.
-Cierto, tienes toda la razón. Así que nos enrollamos en el cine, uno rápido en tu piso y mañana en la tertulia, si te he visto no me acuerdo.
-Excelente.
Y eso fue lo que ocurrió. Cuando acabó la película, ninguno de los dos había visto a Johnny Depp. Habían estado demasiado ocupados. Al salir del cine aún era de día. Hacía un calor horrible y salir de una sala con el aire acondicionado al máximo a la calle con treinta y ocho grados a la sombra no era muy agradable. Esta vez cogieron un taxi, para evitar el calor. Finalmente llegaron al piso de Helena. Lo que ocurrió allí dentro rebasa los límites de mi sapiencia narrativa. Pero no les costará imaginárselo teniendo en cuenta el diálogo que Prometeo y Helena mantuvieron antes de entrar en el cine.
Capítulo 13. Indios y pakistaníes.

Al llegar al club, por la mañana, Helena y Prometeo intercambiaron una mirada de complicidad. Virgilio tenía muchas cosas que contarles.
-Felipe no entra en razón. Está convencido de que su partido hará un gran papel en las elecciones municipales y regionales y ha montado una estructura de militantes que parece imparable. Sus mensajes republicanos y comprometidos con lo social, anuncian la renovación de la clase política por gente que merezca la confianza de los ciudadanos, verdaderos políticos cuyo fin sea convertir la potencia del poder del pueblo en el acto de la creación de leyes, el mantenimiento del orden y la garantía del cumplimiento de los derechos humanos. Como discurso de campaña electoral, no suena nada mal. No veo por donde nos puede perjudicar esto a nosotros, Prometeo. De cualquier manera, Felipe no va a ceder. Y, cambiando de tema, ha habido un atentado en Bombay; han muerto al menos 200 personas. Se acusa a los fundamentalistas islámicos, ya que, como sabes, Pakistán e India están en un conflicto a causa de los territorios de Cachemira.
-Hinduismo contra islamismo – sentenció Prometeo. - Simplificando indebida pero útilmente, la guerra de las religiones por el territorio de siempre. Quiero un análisis del conflicto por Cachemira, desde sus inicios hasta la actualidad. En cuanto al tema del partido, he reconsiderado mi posición. Dejaremos que Felipe actúe y lo coordine. Pero nosotros nos mantendremos al margen. Si gana las elecciones, nos hará una gran publicidad que le agradeceremos; si pierde, negaremos toda vinculación con el partido y si Felipe no entra en razón, le denunciaremos por plagio de nuestro nombre, si hace falta. ¿Qué opináis?
-Que eres un genio – dijo Helena.
-A pesar de que estoy de acuerdo con tu propuesta, tengo buenos presentimientos con el PMI. Algo me dice que no tendremos que desvincularnos del bueno de Felipe – afirmó Virgilio.
-Espero que tus vibraciones sean las correctas. Mientras tanto, a trabajar. Debe haber muchos más temas que tratar hoy. Además, hoy traigo energías renovadas. Hay que exprimir al máximo este tiempo de vacaciones, porque cuando comience de nuevo el curso en la facultad, Virgilio y yo tendremos menos tiempo, y te dejaremos al mando, honor de Grecia, perdición de Troya.
-Lo sé, pero no os preocupéis. Y tú, Prometeo, no hagas de Virgilio – dijo Helena.
-A mi, personalmente, me gusta más Homero – dijo Virgilio.
De esta manera, preocupados por las noticias, la ciencia, la literatura y la política, iban pasando los días de ese verano de 2006 en el Club de las Mentes Inquietas. Las encuestas para las elecciones de la próxima primavera eran todavía favorables al PP, en Madrid. Pero había algo curioso. Un nuevo partido, llamado PMI, subía sus porcentajes en cada encuesta, a costa de los votos del PSOE y de gran parte de la gente que hasta entonces se abstenía. Virgilio se mantenía atento a estos datos y, como un agente de bolsa, seguro de los valores en los que ha invertido, comunicaba la buena marcha de sus predicciones a un Prometeo escéptico y burlón. Helena aparentaba mantenerse al margen de la discusión de sus dos amigos, pero lo cierto es que se inclinaba, como Virgilio, por apoyar al partido.
-¿Qué te parece, Prometeo; no te lo decía? – preguntó una mañana Virgilio.
-Es la novedad. La gente ve un partido nuevo y revolucionario y, al principio, se emociona. Mira lo que pasó con ERC en Cataluña. Pero cuando se den cuenta de que es más de lo mismo, políticos con hambre de poder, dejarán de apoyarlos en las encuestas y votarán lo de siempre o se abstendrán.
-Yo no estaría tan segura – dijo Helena. – Pero lo que no entiendo es tu actitud, Prometeo. Si realmente crees que es positiva la influencia de nuestra escuela en la sociedad, la creación de un partido y su crecimiento no hará sino maximizar esa influencia, sobre todo si la escuela apoya al partido y sus principales miembros, es decir, si nosotros nos implicamos en el desarrollo y formación del partido que lleva nuestro nombre. Pero, cambiando de tema y volviendo al trabajo, han comenzado las investigaciones en la India. La cifra final es de 200 muertos y más de 700 heridos en Bombay. Se acusa al SIMI, una organización musulmana de la india y a Lashkar- e-Tolba, un grupo islamista pakistaní, que pide la incorporación de Cachemira a Pakistán. El primer ministro indio Mamohan Singh, ha dicho que su país no se arrodillará ante el terrorismo.
-¿Y qué dicen los del SIMI y los pakistaníes? – preguntó Prometeo.
-Niegan toda responsabilidad. Los estudiantes indios musulmanes del SIMI no se pronuncian y Lashkar-e-Tolba condena el atentado, calificándolo de barbarie. – contestó Helena.
-Bueno, yo he encontrado un buen artículo de un tal Rubén Campos Palarea, de la UCM, que os aconsejo que leáis –sugirió Virgilio- En líneas generales...
-No, es mejor que lo leas entero – dijo Prometeo.
-De acuerdo:
“Más de cincuenta años después de su independencia, las relaciones entre India y Pakistán siguen estando condicionadas por el conflicto de Cachemira. Esta región, situada en el noroeste del subcontinente indio, es objeto de reivindicaciones territoriales por parte de ambos estados, que cuentan con armamento nuclear. El equilibrio del terror, paralelo al de la época de la Guerra Fría, se ha instalado en la zona, pese a las presiones de la comunidad internacional para la distensión y la búsqueda de una solución negociada al conflicto.

Las raíces de las tensiones entre India Y Pakistán se pueden encontrar en la última época del dominio colonial británico en el subcontinente. El movimiento nacionalista liderado por Mohandas K. Gandhi, con su política de la no-violencia, había ido creciendo desde 1915 hasta convertirse en un elemento de presión considerable para el Imperio Indio, también conocido como el Raj. En la década de 1930, las expectativas de una cercana independencia propiciaron una lucha política entre los candidatos a heredar el poder británico. Por una parte, se encontraba el Partido del Congreso, que defendía una India unida y secular donde tuvieran cabida todas las culturas y religiones del subcontinente, pero cuyos principales líderes como Gandhi o Jawaharlal Nehru eran hindúes. Por otra parte, la Liga Musulmana, liderada por M: A. Jinnah, comenzó a reivindicar un estatus independiente para la zona norte del país, donde algunas regiones contaban con mayoría de población musulmana. Jinnah fomentó el miedo a un gobierno democrático de mayoría hindú, que impusiera su prácticas y costumbres a una minoría musulmana. La posible creación de Pakistán (que significa la Tierra de los Puros) se convirtió en una formidable arma ideológica y propagandística. El uso político de temas religiosos derivó en una creciente ola de enfrentamiento y violencia entre las dos comunidades.

La actitud ventajista del poder colonial británico, que intentó fomentar los enfrentamientos entre las dos partes en vez de propiciar un consenso, así como la incapacidad del Partido del Congreso para convencer a la mayoría de musulmanes indios de las ventajas de una India unida, motivaron un clima de creciente tensión y conflicto. Los postreros intentos del gobierno laborista de Clement Attlee, que llegó al poder en Gran Bretaña después de la Segunda Guerra Mundial, por mantener una India unida fracasaron. La postura de fuerza de la Liga Musulmana y el apoyo mayoritario que obtuvo por parte de la población musulmana, propiciaron en 1947 la Partición del subcontinente en dos nuevos estados: India y Pakistán.

Las consecuencias de la Partición fueron tremendas. Diversas fuentes calculan entre cinco y diez millones de desplazados y entre quinientos mil y un millón de muertos en los enfrentamientos civiles del período inmediatamente posterior a la independencia, que se produjeron en las zonas fronterizas. Sin embargo, el efecto más negativo de la Partición fue el legado de odio y tensión que dejó entre los dos nuevos estados. El conflicto abierto en esta misma época sobre la región de Cachemira ha alimentado este legado de enfrentamiento.
El Estado Principesco de Cachemira

A mediados del siglo XIX el gobierno británico realizó lo que por entonces se consideró una brillante operación política y económica al vender al maharajá Gulab Singh el valle de Cachemira por 7,5 millones de rupias. La medida entraba dentro de la estrategia de dominación británica del subcontinente: al menos un tercio del territorio indio estaba bajo control indirecto del Imperio a través de un sistema de acuerdos con gobernantes autocráticos, de origen tanto hindú como musulmán. Dichos monarcas mantenían cierta autonomía de poder local a cambio de observar lealtad al Raj y colaborar económica, política y militarmente con los objetivos del Imperio. Eran los denominados Estados Principescos.

Cachemira era uno de los más grandes y también de los más deseados. La belleza natural del valle donde se asienta ha sido loada por todos sus conquistadores: hindúes, sijs, afganos, mongoles... La mayoría de sus pobladores eran de religión musulmana (un 70%) y aproximadamente un tercio de religión hindú, con minorías budistas y tribales.

En el momento de la Partición existían más de quinientos Estados Principescos como Cachemira. Todos ellos recibieron la opción de unirse a uno de los dos nuevos estados. Pero el maharajá Hari Singh, heredero de Gulab Singh, no parecía interesado en ninguna de las dos posibilidades. La situación fronteriza del reino en medio de los dos nuevos estados complicaba el dilema. Como gobernante autoritario de una región con mayoría musulmana no parecía tener mucho futuro en la India democrática. Tampoco el nuevo estado islámico de Pakistán ofrecía una perspectiva mejor para un maharajá de origen hindú. Mientras recibía las presiones de todas la partes implicadas y coqueteaba con la idea de buscar la independencia, el tiempo pasaba y semanas después de la independencia la situación seguía sin resolverse.

La invasión del territorio cachemir por parte de tribus musulmanas, apoyadas en secreto por el ejército de Pakistán, en octubre de 1947 precipitó los acontecimientos. Hari Singh solicitó de manera urgente el apoyo de ejército indio y para lograrlo firmó el conocido Instrumento de Adhesión, por el que Cachemira se integraba como un nuevo estado en la Unión Federal India. Pakistán se tomó esta intervención como una declaración de guerra y así comenzó el primero de los tres enfrentamientos bélicos entre ambos países. Un armisticio patrocinado por Naciones Unidas en enero de 1948 puso fin a esta primera guerra, pero no al conflicto. La línea del frente quedó legitimada como frontera provisional en los acuerdos de alto el fuego y pasó a conocerse como la Línea de Control. Pese a todos los enfrentamientos y tensiones en la zona, esta frontera provisional no ha variado significativamente desde su establecimiento.

La Línea de Control divide Cachemira en dos regiones diferenciadas: al este y al sur se encuentra el estado indio de Jammu y Cachemira, con unos dos tercios del total del territorio. Su capital es Srinagar, y cuenta con nueve millones de habitantes, un sesenta por ciento de los cuales son de religión musulmana. Al Norte se extiende la región montañosa dominada por Pakistán conocida como Azad (Libre) Cachemira, con tres millones de habitantes y capital en Muzaffarabad. China también controla una pequeña porción, que reivindica como parte de su territorio.

Las promesas del gobierno indio de autonomía para el nuevo estado y de celebración de un plebiscito, apoyado por Naciones Unidas, para determinar su futuro nunca se cumplieron. Pakistán se negó a retirar su ejército de la zona bajo su control y el gobierno indio se basó en esta decisión para cerrar la opción del referéndum. La autonomía política de Jammu y Cachemira ha sufrido también muchas limitaciones a lo largo del tiempo. En 1953, el primer ministro cachemir, Sheik Abdullah, fue detenido acusado de fomentar tendencias autonomistas. Elecciones con sospechas de fraude, represión política con detenciones de los líderes de la oposición, gobierno directo desde Nueva Delhi, son otros ejemplos de las restricciones a la democracia en Cachemira.
Evolución del conflicto

El conflicto sobre Cachemira se basa en una lucha ideológica y nacionalista, teñida de religión. Si bien la riqueza agrícola de algunas partes del territorio cachemir es considerable, no existen en él recursos naturales (como petróleo o gas), que hagan de la región una prioridad estratégica en el ámbito económico. Par Pakistán, Cachemira es simplemente un territorio de mayoría musulmana que necesariamente tendría que haberse incluido desde un inicio en el nuevos estado islámico. El gobierno de Nueva Delhi, por su parte, justifica con la presencia de Cachemira en su seno, el único de los estados federados indios con mayoría de población musulmana, su carácter secular y pluricultural.

El problema se ha agravado por la desconfianza y animadversión mutua entre los dos estados. Desde su origen, la clase dirigente de Pakistán, pronto dominada por el estamento militar, ha condicionado su labor a la necesidad de salvaguardarse de la amenaza de su vecino. Según los dirigentes paquistaníes, India nunca ha aceptado su existencia y sólo espera un momento de debilidad para anexionarse su territorio. Los paquistaníes afirman que la insistencia del gobierno de Delhi en mantener bajo su dominio a Cachemira, población de mayoría musulmana, es una prueba clara en este sentido.

Durante la época de la Guerra Fría, Pakistán buscó alianzas militaros con los actores relevantes del sistema internacional para paliar su posición de debilidad comparativa con la India, que por su tamaño y recursos pronto comenzó a jugar un papel de potencia regional. En una política que parte desde la administración Truman, Estados Unidos llegó a acuerdos de cooperación económica y militar con Pakistán con el objetivo de lograr un aliado estratégico fronterizo con la Unión Soviética. El régimen militar paquistaní olvidó pronto sus compromisos geoestratégicos y aprovechando los recursos militares proporcionados por los estadounidenses invadió Cachemira en agosto de 1965. Pakistán intentaba aprovecharse de un supuesto momento de debilidad indio, con el gobierno en crisis tras la derrota en la guerra con China de 1962, librada en las fronteras del Himalaya, y la muerte del primer ministro Jawaharlal Nehru, que había guiado los destinos del país desde la independencia. Pero las fuerzas indias tomaron la iniciativa en el enfrentamiento y rechazaron el ataque. La presión internacional motivó un nuevo alto el fuego y la vuelta la
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