¿Dónde están los criminales?




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-Es una auténtica revolución... ¿Crees que os votarán con ese programa?
-¿Tú lo harías?
-Sin duda.
-Para mí eso es muy importante. Pero debes saber, Helena, que existe una gran masa de votantes descontentos con la ligera política del PSOE, y a ellos tenemos que sumar un gran grupo que apenas acuden a votar porque piensan como nosotros y quieren un partido que defienda sus ideas y gane las elecciones de una vez, de manera que no sientan que tiran su voto a la papelera. Por último, la precaria situación del PP, que según todos los analistas puede incluso empeorar, lo descarta como temible adversario y los socialistas no tendrán más remedio que pactar con nosotros. Además, hemos absorbido por completo a Izquierda Unida, ofreciendo puestos de organización a sus líderes.
-¡Que viva la revolución! –exclamó Helena. –Haréis que cobre de nuevo sentido la famosa frase de Alfonso Guerra: “A España no la va a conocer... ni la madre que la parió.”
-Puede que tengas razón, pero dejemos ya el trabajo y disfrutemos de nuestro tiempo libre. Voy a hacer que te olvides de la política y que pierdas completamente el respeto al futuro presidente...
-No será necesario... ¿no has oído hablar de la erótica del poder?- decía Helena mientras le despojaba de su ropa. Ahora sí tengo el poder en mis manos...
-¡Oh! Eres terrible, perdición de Troya... –y la madrugada de Madrid fue testigo de su lucha, su amor se manifestó y de qué manera, mientras la ciudad dormía bajo la lluvia de Noviembre.

Capítulo 23. La navidad, tiempo de emociones.
Mientras todos estaban ocupados con sus estudios, sus trabajos y sus ilusiones, el tiempo corría de manera endiablada, no esperó a nadie y de pronto, ya era Navidad, el fin de año se acercaba y las fiestas típicas de esta época inundaban de alegría y de adornos las calles de Madrid. Por su parte, Prometeo y Helena, conociendo las raíces de la festividad que les rodeaba, no la acogieron con mucho entusiasmo. Pero ya se sabe que la Navidad esconde una fiesta pagana, un culto de la familia, del amor y la amistad que todo el mundo celebra, sea cual sea su credo, incluso si su postura es el ateísmo.
Además de todo esto, Prometeo y Helena tenían mucho que celebrar. Este había sido un año intenso. Habían visto surgir de la nada y crecer al club que fundaron y ambos sabían de la oportunidad que se le presentaba a Prometeo de ver realizados sus mejores sueños. Aunque buscarían la intimidad, en las cenas y comidas que celebrarían en las fiestas, el grupo que formaban Felipe, Luis, Virgilio, Teresa, Helena y Prometeo habían acordado reunirse. Formaban una gran familia. Y como en cualquier familia que se encuentra reunida en navidades, habría alguna discusión y algunas incomodidades, como la reciente afrenta sufrida por Felipe por parte de Virgilio y Teresa. Prometeo y Helena sabían que no sería fácil que Felipe acudiera a la cena y que no hubiera problemas, pero ambos pensaban que esto no era una excusa suficiente para no invitar al bueno de Felipe y menos ahora, que tanto bien le había hecho a Prometeo con su reconciliación en forma de candidatura para las elecciones generales. Por otro lado, había llegado a sus oídos que Felipe había rehecho su vida con una mujer del partido llamada Claudia. Claudia era una mujer rubia de pelo rizado, muy bonita y con ojos claros como el lucero del alba. Sensible e inteligente, no se le había escapado que Felipe no había terminado aún de superar su historia con Teresa, pero amaba a Felipe, por lo que decidió ayudarle a olvidar. Por ese lado –pensaba Helena –será bueno que Felipe traiga una acompañante a la cena. Nunca es sano presentarse a una cena de parejas sin acompañante. Luis también tenía su permiso de traer a quien quisiera, pero en su caso era menos predecible, pues cambiaba de pareja con bastante frecuencia. Era un auténtico universitario, con todo lo que eso implicaba. Su vida era desordenada, caótica, las mujeres entraban y salían de su vida tan pronto como lo hacían de su cabeza. Era un soñador, un espíritu libre y un artista. Le apasionaba la escritura y estaba convencido de que un escritor no lo era del todo si su vida no era tormentosa y agitada. Esto lo convertía en un personaje bohemio que parecía sacado de una obra de Valle-Inclán. En cuanto a Teresa y Virgilio, eran uña y carne. Virgilio era una persona muy racional, con las ideas sobre su futuro bastante claras y adoraba a Teresa desde que la conoció. Aunque todos los integrantes de este pintoresco grupo tenían sus propias familias, lo cierto es que estaban tan unidos y alejados de las casas de sus padres que conformaban, de manera independiente, una gran familia. Una familia unida por los sueños comunes, las esperanzas de cambio y el coraje que les proporcionaba su juventud. El primer encuentro festivo de aquel grupo fue la nochebuena de 2006. Decidieron cenar en casa de Prometeo, la cuna del club y un sitio entrañable para todos. Prometeo hizo de anfitrión y Helena se destapó como una magnífica cocinera, preparando un exquisito pavo relleno y acompañantes, entremeses... es decir, comida para un regimiento. Cuando la cena estaba en la mitad de su duración, Prometeo se levantó y descorchó una botella de cava y, llenando las copas de sus amigos, propuso un brindis en el que dijo lo siguiente:
-Quiero agradeceros a todos vuestra presencia en esta cena, en la que celebramos nuestra unión, como una familia feliz. He dicho familia porque eso es lo que sois para mi. Durante estos meses que han pasado como una flecha, nuestras vidas han cambiado mucho, pero nuestra amistad ha sido fuerte y ha aguantado, incluso frente a las adversidades –dijo mirando a Virgilio y después a Felipe. –Por otra parte, no quiero acabar este brindis sin agradecer a mi adorada Helena su esfuerzo y dedicación para cocinar esta magnífica cena y para conducir con mano sabia nuestro querido club. Pido un aplauso para ella y os deseo que el día más triste de vuestras futuras vidas sea como ha sido para mí esta magnífica velada. ¡Muchas gracias, compañeros, y felices fiestas a todos!
El aplauso fue unánime y estruendoso, como si hubiera habido cien comensales en la mesa. Ante la aclamación, Felipe se levantó de su asiento y se propuso decir algo que había postergado para una ocasión como aquella.
-Prometeo, tu discurso ha sido grandioso. Pero, a mi entender, has omitido algo esencial. Aunque estoy seguro de que tu olvido no ha sido tal, estoy decidido a contar ahora mismo la noticia que hemos mantenido en secreto hasta el día de hoy. –Mientras decía esto, Felipe miró a Prometeo con una sonrisa y éste le devolvió el gesto y con la cabeza, asintió para que prosiguiera –Queridos amigos debéis saber todos que Prometeo, nuestro querido anfitrión y fundador del club, es desde hoy el candidato oficial del Partido de las Mentes Inquietas para la presidencia del gobierno de España. –Hubo un silencio que duró un segundo e inmediatamente volvió la aclamación, todo eran abrazos y felicitaciones para Prometeo y Helena y la felicidad se apoderó de los corazones de los presentes. Virgilio, emocionado, abrazó a Felipe y le pidió disculpas, mientras que Felipe hacía lo mismo. Teresa los miraba, contenta.
Como ya había dicho Prometeo, las vidas de todos los presentes en la cena habían cambiado mucho en muy poco tiempo. Estos jóvenes habían vivido el año más intenso de sus vidas hasta entonces, no había duda. Pero los siguientes seis años serían mucho más intensos y emocionantes, mucho más de lo que podían imaginar.

Capítulo 24. Año nuevo, nuevas aventuras.
España saludaba la entrada del nuevo año 2007 con una situación política inédita desde la entrada de la democracia. Después de tantos años con un sistema bipartidista estricto, donde el pastel se lo repartían los dos partidos claramente mayoritarios, ahora surgía de la nada un partido político que no se conformaba con desestabilizar el sistema que había funcionado durante veinte años, sino que además arrebataba al PP la mayoría absoluta, tanto en la presidencia de la comunidad de Madrid como en la alcaldía de la capital de España. Desde Génova se miraban las encuestas con desconfianza y algo de miedo. En cuanto a Ferraz, allí el PSOE estaba sumido en un mar de contradicciones. Por un lado, era muy positivo que un partido claramente de izquierdas derrotara al PP en Madrid, que había sido su feudo durante varias legislaturas. Pero este monstruo que era el PMI, si seguía creciendo, podía convertirse incluso en una amenaza para las elecciones generales, en las cuales tenía puesto el partido del puño y la rosa toda su confianza y sus aspiraciones de futuro.
Mientras todo esto ocurría, el despacho de Felipe no paraba de recibir visitas de posibles patrocinadores o firmas que estarían dispuestas a financiar el partido. La idea más inamovible en la estructura ideológica de Felipe era que su partido tenía que ser independiente y autofinanciarse. Prometeo compartía esta idea, pero, para llevarla a la práctica, había que conseguir una cuota de los socios, conseguir que el partido funcionase como el club. Felipe encargó un anuncio a una empresa de publicidad y comunicó en uno de los discursos de su campaña que el partido necesitaba la ayuda de sus socios, que si la gente quería un partido independiente y sin corrupción iban a tener que colaborar económicamente, con una cuota. El tirón de la campaña publicitaria fue tremendo. Aumentó el número de socios y los que ya lo eran se apresuraron a pagar la cuota. Era un producto que nunca les habían vendido. Un partido autofinanciado, pagado por los propios socios, que no se vendería ante ninguna empresa, banco o inmobiliaria que intentara comprarlo. De nuevo la suerte sonreía a Felipe y Prometeo. La racha era imparable. Los candidatos de Felipe para las autonómicas ya se frotaban las manos y se estudiaban el programa de su secretario general sin protestar. Pero Prometeo era muy distinto. Tenía otra concepción de un gobierno revolucionario; reclamaba a Felipe la inclusión en su programa de un cargo de presidente de la república con las funciones de un jefe de estado y, además, una parte del liderazgo del gobierno, compartido con un senado de gente de confianza, que sustituirían a los ministros. Por último, el parlamento quedaría como está, ya que era un invento tan extraordinario que no podía mejorarse.
-No es que me parezca mal, Prometeo; –le dijo un día Felipe –el problema está en que hay que cambiar la constitución y tú ya sabes lo que significa la constitución para la democracia en España.
-La constitución es un trato que hubo que hacer con los viejos políticos del franquismo y con los monárquicos. Está pasada de moda, Felipe. La gente agradecerá los cambios que hagamos en ella. Además, ten en cuenta que vamos a tener que retocarla para derrocar la monarquía y establecer una república. Tú tienes sólo un líder y en un sistema republicano que, por lo demás, fuera como el actual necesitarías dos: un presidente de la república y un primer ministro. ¿Quién será el hombre que gane las elecciones y luego se convierta en un mero símbolo, sin poder para gobernar?
Hubo un silencio después de lo dicho por Prometeo. Felipe lo estaba pensando y veía que la idea de Prometeo no era tan descabellada. Tras forjar un líder fuerte, no podían desperdiciarlo dándole un cargo simbólico. Por otro lado, el presidente de la república tenía que ser conocido y célebre. Y, finalmente, si dejaban que Juan Carlos primero se erigiera en presidente de la república, la revolución se convertiría en un fraude.
-Tienes razón, Prometeo. El problema es que temo que tanto poder te transforme.
-Vamos, Felipe, nos conocemos desde pequeños... ¿Qué quieres que te diga, que “el poder no me va a cambiar”? Eso ya lo dijo ZP en las pasadas generales. Tengo que cambiar, es necesario. Ahora soy sólo un estudiante de filosofía y he de convertirme en el presidente de la Tercera República Española, el líder de una revolución pacífica que cambiará para siempre nuestro país. Pero no me olvidaré de quiénes son mis amigos, no olvidaré cuáles son mis ideales. No te preocupes, compañero. No voy a fallaros. Sólo seré la imagen, pero vosotros seréis el alma del partido, de nuestro sueño, del club... Nuestra idea es más grande que el poder; el poder es sólo un instrumento para convertir nuestras teorías en realidades prácticas. –Cuando Prometeo acabó de hablar, Felipe lo aplaudió con fuerza.
-¡Bravo, Prometeo! Eso es un discurso. Me has convencido, incorporaré tus ideas a nuestro programa, para que así sea realmente de los dos. Sólo espero que tú mismo te hayas convencido de lo que dices, porque no quiero sólo un gran comunicador, quiero un idealista escondido tras la fachada de un filósofo algo escéptico.
-Acabas de describirme.
-Ya lo sé. Lo he hecho conscientemente. Muy bien, amigo. Nos espera un duro trabajo. Tienes carisma y sinceridad. Tienes todo lo que le hace falta a un líder para llevar a la cima a un partido como el nuestro, que como habrás observado en las encuestas, ya vuela alto con pilotos de segunda categoría. Pero la lucha por la Moncloa no ha hecho más que comenzar. Y te aseguro que no nos van a faltar enemigos ni peces gordos que nos pongan la zancadilla.
-No podrán con nosotros. Cambiando de tema, ¿qué tal te va con Claudia?
-Es una mujer fantástica, Prometeo. No puedo quejarme. Jamás olvidaré a Teresa, pero Claudia me está ayudando a que se convierta en una anécdota de la que dentro de poco me reiré. ¿Y lo tuyo con Helena?
-Ya la conoces. Soy consciente de que me tocó la lotería hace tiempo. A veces me pregunto qué vio en mi, en un estudiante de filosofía que montó un club para adictos al trabajo.
-Sí, lo cierto es que es un ser sobrenatural. Sólo hay que ver cómo lleva el club sin ayuda, mientras que Virgilio y tú estáis estudiando. Si no fuera porque tengo un líder, apostaría por ella para las generales.
-No descartes nada. Nunca se sabe lo que puede pasar.

Capítulo 25. Primavera de campaña.

Era la mañana del día 29 de Marzo de 2007. La primavera había comenzado en Madrid. La ciudad, impertérrita ante cualquier cambio atmosférico, seguía con su frenética actividad. El tráfico seguía siendo un problema, sin contar las obras, a las que los madrileños ya se habían acostumbrado. Sin embargo, en cuanto a esto último, el plan del alcalde había comenzado a cumplirse. Algunas de las obras más importantes ya dejaban entrever parte de sus fastuosos diseños. El faraón estaba terminando su pirámide y la gloria y el esplendor de su obra podía beneficiarle mucho de cara a las elecciones municipales. La gente normal caminaba por las calles centrales, como la calle Preciados, abarrotada de gente que miraba a derecha e izquierda para poder contemplar los llamativos escaparates del Corte Inglés y las tiendas aledañas. Lo cierto era que la nueva moda de primavera y verano ya había hecho su aparición, y en poco tiempo los habitantes de la ciudad cambiarían sus pantalones vaqueros y sudaderas o abrigos por prendas más ligeras, que ayudaran a soportar el calor que, de manera inminente, parecía dispuesto a hacer su aparición. Éste, sin duda, era el motivo por el que las jóvenes y más de un chico también, se agolpaban en sus tiendas favoritas, para renovar su armario con atrevidas ropas veraniegas. Eso sí, sin perder su devoción a las grandes marcas que certificaban su posición social. Aletargados, hambrientos, sucios y malolientes mendigos perdían su dignidad mientras levantaban sus manos mugrientas de largas uñas para pedir una moneda. Una y otra vez eran ignorados por los niños de papá que paseaban por el centro de la capital, muy preocupados, como hemos dicho, de la renovación de su fondo de armario. Músicos excelentes en paro amenizaban el paseo de aquellas gentes ansiosas por consumir, mientras esperaban que un cazatalentos les oyera y les invitara a grabar un disco. Chavales con una carpeta roja, voluntarios de una ONG, pedían firmas para salvar a las ballenas o una suscripción mensual para ayudar a construir aldeas en Namibia. Felipe los miraba mientras pensaba que cada cual tiene su modo de intentar solucionar los problemas que ve a su alrededor, si es que cree que puede. No era un día radiante para Felipe. Las encuestas, que día tras día escuchaba o leía en los periódicos, acercaban peligrosamente los resultados del PP, el partido del actual alcalde a los de su partido, el Partido de las Mentes Inquietas. Felipe no había contado con el efecto del final de las obras. De hecho, los periódicos vaticinaban que la reforma de Madrid haría llover los votos sobre el actual alcalde. No parecía probable aún que terminara la mayoría de sus obras en esta legislatura, pero la cercanía del final de algunas y la buena pinta que mostraban preocupaban seriamente a sus rivales y el PMI se resentía debido a ello. Sólo el tremendo impacto que había producido la ascensión de este nuevo partido a ser la fuerza con mejor resultado en intención de voto y la solidez y lealtad de su grupo de votantes daban motivos a Felipe para no esperar lo peor.
Por su parte, Helena continuaba conduciendo con mano firme el club. Se había convertido en una de las sociedades independientes más importantes del país. Eso si se consideraba que el club era independiente, algo cada vez más difícil, teniendo en cuenta que el nombre de su fundador sonaba muy fuerte como próximo candidato a las generales del PMI. Los rumores se habían calmado por la cercanía de la batalla por la hegemonía que iban a ser las municipales y regionales. Felipe no había perdido el tiempo. Había conseguido, con el apoyo de los socios de su partido, montar una candidatura para cada una de las comunidades y contaba con candidaturas en la mayor parte de los municipios. El partido se estaba convirtiendo en un monstruo de la categoría de los dos grandes partidos españoles. Al final, tras más de cuarto de siglo de democracia en España, el pastel electoral se dividía en tres tercios bastante igualados.
Lo cierto es que esta situación ilusionaba y motivaba a los jóvenes a ir a las urnas. Sentían ahora que su voto podía ser determinante. Esto ya no era un baile entre dos, con la única alternativa de un gobierno socialista o popular. La alegría juvenil no se compartía, sin embargo, en las asociaciones de empresarios ni entre los accionistas de las más grandes compañías del país. Felipe no había permitido ser financiado por ninguna empresa y eso era loable, a favor de su independencia como partido y de la posibilidad de llevar a cabo sus ideales sin pedir cuentas a nadie más que a sus votantes. Pero corría un grave riesgo por ellos. Si en este sistema democrático-económico que era el establecido, donde los partidos que gobernaban eran financiados por empresas, al igual que los medios de comunicación, se colaba un partido independiente y conseguía gobernar, muchos y muy poderosos serían los enemigos que contraería la ejecutiva de ese hipotético gobierno. Quizá la democracia española estaba a punto de pasar por una auténtica prueba de fuego. ¿Qué ocurriría si el PMI se alzara con el poder?
Desde luego, los empresarios no iban a quedarse de brazos cruzados. Quizá entorpecerían, como poco, la labor del gobierno. Lo cierto es que estaban produciéndose reuniones en la más alta sociedad española; reuniones en las que se conspiraba en contra de una futura república. El ejército tampoco veía con buenos ojos aquel cambio. En realidad, nunca habían visto con buenos ojos los cambios bruscos, excepto si eran ellos los que los desencadenaban. No concebían que su Capitán General de todos los ejércitos fuera sustituido por un civil elegido por civiles. En definitiva, en la cargada atmósfera madrileña, llena de humo y contaminación, bajo el cielo azul primaveral se ocultaban unas nubes de naturaleza no atmosférica que acechaban, temerosas de que el cambio de gobierno supusiera, por primera vez en mucho tiempo, un verdadero cambio en la sociedad española.
Tampoco estaban al margen de la agitada situación política las universidades, por lo que Prometeo, Virgilio y Luis estaban enterados de los detalles de este momento apasionante, que los estudiantes vivían con intensidad. El futuro candidato a la presidencia, mantenía su secreto a salvo de cualquier curioso, mientras se confundía junto con sus amigos entre el resto de universitarios y continuaba con su vida cultural y sus juergas juveniles. Ahora las disfrutaba con mayor ímpetu, sabedor de la gran responsabilidad que se había cargado al hombro y de los pocos meses de despreocupación que le quedaban. Prometeo asimilaba, no sin cierta inquietud, que el final de su verdadera juventud se acercaba velozmente. Pero cuando llegaba a casa y encontraba, exhausta, a su preciosa Helena, le entraban ganas de dejar de ser joven, sentar la cabeza y envejecer junto a esa magnífica mujer, formando una familia. ¿Quién iba a decírselo a él, tan apasionado por la buena vida, preocupado por su trabajo y estudios como estaba antes de conocerla? ¿Quién iba a decirle que, por esas fechas, iba a estar a punto de pedirle matrimonio?
Capítulo 26. El milagro de la democracia
La primavera había pasado con la ligereza con que se desliza una mariposa de una flor a otra. Prometeo y Felipe habían hecho un gran trabajo con la campaña. Habían resaltado el cambio social que se produciría si podían desplegar su programa y también habían incidido en el error que sería que unas obras que les habían causado tantas molestias a los madrileños fueran el detonante, sólo por estar casi terminadas, de la victoria del alcalde. Lo cierto es que no hubiera sido necesario el esfuerzo en atacar al adversario, pues la gente de Madrid no perdonaba al alcalde las penurias de las obras, por no hablar de su arrogancia y soberbia. Pero lo que de verdad inclinó la balanza del lado del PMI fue el entusiasmo que causó el partido en los jóvenes, en el centro izquierda y en la izquierda española. Por segunda vez en unas elecciones democráticas en el país, Prometeo y Felipe habían podido ver una bandera de la CNT entre la multitud de camino a las urnas. Los anarquistas le votaban. Esto no ocurría desde la Segunda República.
Las encuestas a pie de urna les daban un resultado del sesenta por ciento de municipios en los que saldrían victoriosos y diez comunidades autónomas que quedarían bajo su poder. El porcentaje de votos que les concedían era de un sesenta y cinco por ciento. Habían estado todo el día disfrutando de la jornada electoral. En la sede del partido, en distintas escuelas... ahora se disponían a almorzar en un restaurante cercano. En medio del almuerzo, Felipe reflexionó en voz alta sobre las encuestas.
-Hay que tener cautela. Los resultados de las encuestas no son definitivos. –dijo Felipe a Prometeo.
-Pero tendrás que reconocer que son unos resultados excelentes, Felipe.
-Eso es cierto, pero es más agradable celebrar la victoria de noche, con cava y rodeado de los tuyos.
-Tenemos que invitar a todos nuestros amigos, si ganamos. No puede faltar nadie.
-Es mucho más placentero disfrutar la victoria con la mujer que quieres, Prometeo.
-Eso es. Claudia y Helena no pueden faltar.
La tarde llegó rápidamente y el crepúsculo anunciaba el final de las votaciones y el comienzo del recuento. Prometeo y Felipe se habían encerrado en la sede del partido y seguían los resultados por las noticias. Comenzaron a llegar los amigos. Virgilio, Teresa, Helena, Claudia, Luis y una amiga suya que le acompañaba rodearon a los virtuales triunfadores. El ruido comenzaba a ser ensordecedor en la calle. La multitud se había agolpado en la puerta del bloque de pisos donde se emplazaba la sede del PMI. Las noticias estaban a punto de dar el resultado del escrutinio al noventa y cinco por ciento.
-¡Por favor, un momento de silencio! Van a decir los resultados definitivos. –Dijo Virgilio con impaciencia.
“Buenas noches. Los resultados de las elecciones municipales y regionales con el noventa y cinco por ciento de los datos escrutados dan la victoria al PMI en el sesenta por ciento de los municipios españoles. También ganan en diez comunidades autónomas y su porcentaje de votos es de un sesenta y cinco por ciento de los votos totales” –dijo la presentadora con el mismo rostro y voz con el que había anunciado que el bombardeo en el Líbano había causado 200 muertos y que Israel no pensaba abandonar la lucha armada.
-¡Ya está aquí la revolución! ¡Por fin los jóvenes toman el poder! –exclamó Luis, inspirado.
-¡Ya era hora de tomar las riendas de nuestro propio destino. Ya esta bien de que unos vejestorios trasnochados decidan por todo el mundo! –le siguió el juego Prometeo.
Ahora sí que había que celebrarlo. Helena abrazó a Prometeo y le dio un beso que le dejó casi sin aliento. Por su parte, Felipe abrazó a Teresa y le dijo, emocionado:
-Ahora mismo soy el hombre más feliz del mundo. Me siento afortunado de poder celebrarlo a tu lado. –Teresa sonrió y le contestó sin palabras, con un beso que compitió en duración e intensidad con el de Helena.
Virgilio y Teresa lo celebraron, entre saltos y abrazos y después se abrazaron todos. Tras la locura, Felipe y Prometeo salieron al balcón y el líder del partido tomó la palabra.
-Os agradezco a todos vuestra presencia aquí y vuestro apoyo durante estos meses. Los resultados no han podido ser mejores. Ahora empieza nuestro camino hacia la Moncloa. Y para ello, tengo aquí conmigo al responsable de todo este movimiento. El fundador del Club de las Mentes Inquietas y candidato oficial del PMI a las elecciones generales: ¡El gran Prometeo!
Prometeo, algo aturdido, se dirigió al micrófono, entre el clamor de la multitud y las palmadas en la espalda de sus amigos.
-Buenas noches a todos. Hoy es un gran día y les agradezco que estén con nosotros, celebrando nuestra victoria. A partir de este momento comienza un cambio radical en la estructura política de nuestro país. Vamos remover los propios cimientos del sistema actual. Será el cambio más importante desde la transición a la democracia. En una sola legislatura, vamos a convertir a España en el país más moderno, con menos índice de paro y una de las mejores medias de salarios del mundo. Pero para todo esto necesitamos su apoyo. Para conquistar la Moncloa necesitamos que nos apoyen hasta las próximas elecciones generales. No les defraudaremos. Y ahora, disfruten de la fiesta, ¡que para eso somos jóvenes!
El estruendo que se formó fue aún mayor que ante el anuncio de la victoria. La gente gritaba: “¡Viva el Partido de las Mentes Inquietas!” “¡Prometeo, Presidente!”. La noche era joven y era toda suya. Los amigos salieron todos juntos al balcón a saludar a las multitudes y después decidieron celebrarlo por lo alto, con una gran juerga que acabó cuando vieron salir el sol.
Acababan de vivir el día más intenso de sus vidas, pero sabían que los habría mejores en el futuro. El optimismo les inundaba. El sol comenzó a alumbrarles por las calles de Madrid y ellos enloquecían con el calor de sus rayos, cantando himnos de la victoria y gritando como adolescentes. Porque eran casi adolescentes: unos jóvenes de veintitantos años con el futuro de España en sus manos. Era fantástico y también, a su modo, era aterrador.

Capítulo 27. Resaca electoral
A la mañana siguiente, tras dormir algunas horas, Prometeo despertó en su piso, junto a Helena. La luz del sol entraba con fuerza por su ventana y anunciaba el bonito día que iba a comenzar. Con un fuerte dolor de cabeza, Prometeo se levantó, dejando que Helena durmiera lo que le apeteciera. De pronto recordó lo que había ocurrido el día anterior y una sonrisa de satisfacción se dibujó en su rostro adormilado y legañoso. Sólo había motivos para estar alegre, su partido había arrasado en las elecciones municipales y regionales. La cara de algunos políticos en los discursos que ofrecieron a sus votantes tras las elecciones era uno de los recuerdos más divertidos que venían a la mente de Prometeo. Lo habían celebrado a lo grande, pero aún faltaba lo más difícil. La primera parte del plan, la mitad de los objetivos, estaba conseguida. La pregunta ahora era si el pueblo seguiría confiando en ellos de cara a las elecciones generales.
Miró a Helena. Los rayos del sol, que alumbraban con fuerza el resto de la habitación, parecía que se volviesen tímidos al acariciar su piel morena. Su cara estaba totalmente relajada y exhibía una belleza que sólo el amor y la tranquilidad más absoluta podían esculpir en el rostro de una mujer como ella. Pensó en despertarla y disfrutar de la luminosidad de sus ojos azules, quizá algo enrojecidos por la falta de sueño y la juerga nocturna. Desechó inmediatamente la idea. Ella había trabajado más que nadie estos días y el cansancio de dirigir el club junto con la resaca de la fiesta le daban derecho a dormir cuanto quisiera. Pensó si se habrían levantado ya sus amigos. Conociendo a Felipe, seguro que estaba despierto, si es que había conseguido dormir algo.
Y así era. Felipe estaba preparándose un desayuno digno de un domingo festivo. Era, sin duda, un desayuno para dos personas y no porque tuviera un hambre voraz, que lo tenía, sino porque al fondo del pasillo, en su habitación, aún dormitaba una bella rubia, Claudia, para la que estaba preparando una sorpresa matinal de aquellas que quedan impresas en la memoria de cualquier pareja. Sabía que, en su relación con Teresa, le había prestado menos atención de la que se merecía, absorbido por el trabajo y las ambiciones derivadas de la buena marcha del partido. Pero había aprendido la lección y ahora se dirigía a la cama con una bandeja con tostadas untadas con mermelada y un vaso de zumo de naranja recién exprimido y colado, además de un café, para que pudiera elegir. Depositó la bandeja sobre la mesilla y acarició la mejilla de Claudia. Ella abrió sus ojos azules y lo miró con cariño.
-Buenos días, princesa –le dijo Felipe a Claudia.
-Buenos días. Te has despertado antes que yo... ¿qué estás tramando? –dijo con una voz en la que se podía entrever el sueño mezclado con una confusión divertida, que también se reflejaba en su rostro de piel clara.
-Aquí tiene su desayuno, señora. Espero que haya descansado y que sus sueños hayan sido agradables, si los ha tenido.
-¡Oh! Muchas gracias, Felipe. Pero no tenías que haberte molestado...
-Ha sido todo un placer. Además, sólo por ver esa cara de sorpresa hubiera vendido mi alma al diablo.
-Dame un beso, Fausto –dijo divertida Claudia.
Unos instantes después, cuando estaba bebiendo el zumo que le había preparado Felipe, la bella Claudia recordó la alegría y las celebraciones de la noche anterior.
-Oye, Felipe, ¿no crees que estaría bien que quedáramos a comer hoy con los amigos del club y del partido? La juerga de anoche estuvo muy bien, pero no tuvimos tiempo de hablar con tranquilidad. Una victoria así hay que disfrutarla con los amigos, eso es indudable, pero supongo que Prometeo y tú tendréis muchas cosas de qué hablar. Además, es una buena excusa para que veamos a Virgilio y Teresa, con los que te reconciliaste ayer, con un gesto que me pareció precioso por tu parte. También tengo ganas de ver a Helena... ¿qué opinas, cariño?
-Opino que tu belleza sólo puede ser superada por tu sensatez, mi querida Claudia.
Claudia soltó una carcajada y su risa alegró el espíritu melancólico que poseía por naturaleza Felipe. Pensó en Teresa y, por primera vez, se alegró de que hubiera encontrado a un hombre que le diera el cariño que necesitaba. Había superado por fin su ruptura, pero no pudo evitar comparar su sonrisa con la de Claudia. Se preguntó qué estaría haciendo en ese momento.
Lo cierto es que Teresa se despertó antes que Virgilio. Abrió los ojos y sintió el brazo de Virgilio bajo su cuello y a su alrededor. Besó su hombro y Virgilio abrió los ojos.
-Buenos días, Virgilio. ¿Cómo vas de resaca electoral?
-Estando a tu lado sólo puedo decir que no me duele la cabeza. Espero que a ti tampoco... –dijo Virgilio, mientras besaba el cuello de Teresa. Ella emitió un sonido de conformidad, seguido de algún gemido y cuando reunió fuerzas para articular alguna palabra, solo pudo decir:
-Queda... demostrado que... esto de la resaca electoral... es un tópico – y por entonces Felipe no estaba en condiciones de hablar y ella se retorcía de placer. Unos instantes después cogió a Felipe la cabeza con las dos manos y le puso a su altura, besándole y acariciándole. –Virgilio, deberíamos escribir una carta de agradecimiento a las empresas de preservativos, pues sin ellos ya seríamos una familia muy numerosa...
En otro piso de Madrid, Luis se despertaba sólo en su cama y, sorprendido, aunque no mucho, leía una nota que decía: “Lo de anoche fue genial. Espero que nos volvamos a ver. Tienes mi teléfono y yo tengo el tuyo. Un beso. Claudia.” La vida de Luis era bastante inestable en el terreno emocional, como se ve. Las mujeres solían durarle una noche y de momento a él no le preocupaba. Mientras tuviera con quién dormir y su acompañante fuera hermosa, el resto de su pasión lo dedicaría al teclado de su ordenador, que por cierto estaba encendido. Aprovechó la situación y escribió un nuevo capítulo de una novela en la que trabajaba en sus ratos libres. Su título era: “El estudiante y sus conquistas”. Con la vida que llevaba y aunque insistiera en considerarlo una novela de ficción, no le costaba mucho perfilar el personaje del estudiante que vivía la juerga madrileña y conocía a fondo a una chica de la ciudad cada noche.

Capítulo 28. Comida en familia y vuelta al trabajo.

Todos los amigos se reunieron en un bonito restaurante, frente a la plaza de la Moncloa. Decidieron celebrar allí la comida, debido a la cercanía del palacio que servía de casa al presidente del gobierno. Para ellos, significaba que cada vez estaban más cerca de conquistar ese ilustre edificio. Era un maravilloso día de sol y, como es natural, hacía bastante calor, por lo que decidieron resguardarse en el interior del restaurante y refrescarse de manera artificial, mediante el aparato de aire acondicionado con el que estaba equipado el local. Todos traían pareja, excepto Luis, circunstancia que aprovechó Prometeo para gastarle una broma.
-Hombre, Luis, te veo solo. ¿Qué ocurre, hemos quedado demasiado pronto y no has tenido tiempo de buscar una sustituta a la belleza de anoche?
-Ya ves, Prometeo. Lo intenté con Helena y cuando ya la tenía casi convencida me salió con que no le saldría rentable dejar ahora al futuro presidente del gobierno. Al menos lo intenté –respondió Luis mirando a Helena, que no pudo evitar reírse, contagiando a todos, incluso a Prometeo, que tuvo que reconocer que la réplica de Luis había sido muy ingeniosa.
Lo cierto es que toda la comida transcurrió en amable charla y bromas del mismo tipo. Se respiraba alegría y confianza y el ambiente aún no se había cargado de responsabilidad, ya que entre los presentes no se hallaba ningún alcalde ni presidente de comunidad. Esta circunstancia obedecía a la estrategia de Felipe de dejar al margen a su gente de confianza, colocando a personas preparadas, a políticos con experiencia en los cargos regionales y municipales y jugar las cartas más explosivas y contundentes de cara a las generales con el gran bombazo de Prometeo como candidato a la presidencia. A pesar de su juventud, el estudiante de filosofía y fundador del Club de las Mentes Inquietas se había convertido en todo un personaje en la esfera política nacional. Todo el mundo sabía que, cuando acabara su tercer curso de filosofía, en Junio, tomaría de nuevo los mandos del club, junto a Helena y Virgilio. Pero la gran noticia es que iban a incorporar a su sociedad una nueva función. La formación de filósofos-políticos, gente con vastos conocimientos de filosofía, derecho y política, jóvenes, audaces y preparados, con el objetivo de abastecer al partido de las futuras promesas que un día, con suerte, ocuparían los más altos cargos en el gobierno de España. El club iba a convertirse, sin perder sus antiguas funciones, en el equivalente a una cantera futbolística del partido.
Este hecho, a todas luces positivo para los intereses de ambas sociedades, no tuvo sin embargo una gran acogida entre los socios más puristas del club. Las leyes estatutarias que, en un principio, garantizaban la neutralidad de la sociedad se infringían vinculando de manera sólida al club con un partido político. Prometeo tuvo que lidiar con este inconveniente, como primera tarea en su regreso al cargo de miembro fundador de la cúpula. Organizó una reunión extraordinaria de la asamblea de socios, donde todos tendrían voz y voto en la decisión. La sala que les prestó el ayuntamiento fue nada menos que el teatro Lope de Vega, que hubo de cerrar por un día su espectáculo musical. Las majestuosas gradas del recinto estaban repletas de gente. La espectacular lámpara de araña que pendía del techo, parecía que iba a desplomarse sobre la platea y acabar con el problema de Prometeo a su manera, pero todos la contemplaban, asombrados por el diseño y la luminosidad que aportaba a la sala. Se abrió el telón y, ante la salida de Prometeo, Helena y Virgilio, acompañados de Felipe, hubo un estruendo ensordecedor de aplausos que encubrieron con ventaja a los tímidos abucheos de una parte del patio de butacas; un grupo de radicales que había conseguido colar en el teatro una pancarta que rezaba:
PROMETEO, NO NOS FALLES: NO NOS VENDAS A LOS POLÍTICOS.
A pesar del triunfo mayoritario de los aplausos, Prometeo leyó preocupado la pancarta y se preparó para un discurso convincente, que eliminara estas enemistades dentro de su amado club.
-Queridos socios. Creo que no exagero si digo que he tenido el placer de conoceros personalmente a todos. Uno por uno habéis pasado por mi despacho o por el de Helena en mi ausencia y, siendo ella mi pareja, si sois amigos suyos, sois también mis amigos. He tenido conocimiento de vuestras quejas sobre la vinculación que el club ha contraído con el PMI. He de decir al respecto que el Partido de las Mentes Inquietas no es un organismo creado totalmente al margen de nuestro club, como su nombre indica y como muestra claramente el hecho de que su presidente sea un miembro destacado dentro de nuestra sociedad. Yo mismo, sin embargo, tuve mis reticencias con respecto al nombre del partido del que hablamos. Pero la trayectoria impecable del mismo y la integridad ideológica que ha mantenido Felipe durante la exitosa vida del partido, me impulsaron a implicarme en su empresa y, conociendo la clara tendencia política de nuestro club, cuya actividad más interesante era la crítica de la política con tintes de claro progresismo, republicanismo y defensa de las libertades y la igualdad social, creí que podía contar con todos vosotros para apoyarme en tal aventura. Nunca os he preguntado por vuestras afinidades políticas ni he cerrado la puerta a nadie por ninguna razón, pero han sido vuestras propias ideologías las que han implicado al club en la lucha política de este país. Hemos permanecido mucho tiempo a la sombra, criticando desde nuestra cómoda posición de comentaristas y espectadores, pero con la secreta ambición de llegar un día a poder cambiar las cosas desde dentro, único sitio desde donde se pueden cambiar, como todos sabéis. A pesar de todo esto, del espíritu de nuestro club, de mi ilusión al fundarlo, ilusión que he compartido hoy con todos vosotros, os he reunido para que, haciendo uso de la democracia más rigurosa, decidáis si estáis a favor o en contra de mi propuesta. En vuestras manos, como si fuera Isabel primera de Inglaterra, dejo la posibilidad de que nuestro club participe en la mayor revolución pacífica de la historia de España. ¡Quien esté conmigo, que haga una cruz en el SÍ de su papeleta! Muchas gracias, compañeros.
El teatro se venía abajo. El discurso de Prometeo había sido algo abucheado al principio pero la minoría radical había terminado por romper el cartel en pedazos y abalanzarse sobre el escenario para abrazar, uno a uno a su presidente. La votación fue unánime, algo preocupante en una democracia, pero demostró el carisma y la capacidad de liderazgo de Prometeo. Tras conocer el resultado, Felipe quiso hablar a solas con Prometeo.
-Hoy me he dado cuenta de todo tu potencial. Te he mirado con ojos de político y no sólo me ha dado envidia tu discurso, sino que la reacción que has causado en la gente ha llegado a darme miedo.
-¡Venga, Felipe, no exageres! Al fin y al cabo eran todos miembros de mi club. Me quieren y yo los quiero a ellos. Como en una familia, las discusiones no pueden durar mucho, ya que hay que compartir la comida cada día y la reconciliación es sólo cuestión de tiempo.
-No exagero. No quiero ni pensar lo que podrían haber conseguido otros si hubieran tenido un líder como tú. Seguro que los populares suspiran por un líder que tenga la mitad de tu gancho. ¡Vas a ser un monstruo! Sólo espero que, desde la cumbre, aún te acuerdes de lo que les has prometido a tus amigos y a todos los que te apoyan. Si soy sincero contigo, eso es lo que me preocupa, ahora que estoy seguro de tu victoria.
-No vendamos la piel del oso antes de cazarla. Ya sé que no es una frase muy original, pero viene de perlas para esta situación. Debes tener paciencia y el tiempo nos dirá si acertamos o nos hemos equivocado. La vida es muy corta para estar siempre pensando en el futuro. Y ahora que ya hemos trabajado, disfrutemos del verano que tenemos por delante... tenemos a dos chicas que nos esperan para ir a la piscina. Me han dicho que en el chiriguito preparan unos cócteles ideales para despreocuparse de cara a unas elecciones generales.
-De acuerdo, Prometeo, pero espero conseguir que alguna vez te tomes algo en serio.
-Ya eres tú suficientemente serio. Creo que eres serio por los dos. –Y ante esto, Felipe no tuvo más remedio que acompañar a Prometeo en una carcajada a dúo.
En el periódico de la mañana siguiente, apareció un artículo en portada: “Prometeo convence a una muchedumbre de socios enfadados con un discurso memorable.” “El que a todas luces será el candidato a presidente del gobierno del PMI es aclamado y abrazado por los socios radicales que protestaron contra él antes de su discurso.” Otro periódico mayoritario titulaba su artículo con esta frase: “ZP ya tiembla desde su escaño presidencial.”


Capítulo 29. La vuelta de los tres magníficos.

Comenzaba el mes de julio de 2007. Junio había sido un mes productivo para Virgilio, Luis y Prometeo. Los tres habían aprobado sin gran esfuerzo todas las asignaturas que habían planificado para el curso 2006-2007. Aunque no habían podido disfrutar del viaje de ecuador –que se realiza a mitad del tercer curso de carrera en las licenciaturas de cinco años –el curso había sido muy intenso. Luis había ganado el concurso de literatura al que presentó su novela “El estudiante y sus conquistas” y Prometeo había triunfado sin paliativos en su discurso ante la asamblea del club al completo. Virgilio, por su parte, había conseguido las mejores notas de su promoción en el tercer curso de filosofía y ya se perfilaba como un claro aspirante a una plaza de profesor en la UCM, aunque era pronto para decir esto. Sus proyectos individuales iban viento en popa, no había duda. Pero con el verano entraba en escena su afición común, el club, en el que invertían generosamente buena parte de su tiempo libre veraniego.
Helena, convertida en toda una profesional en el cargo de presidenta de la asociación, había trabajado duro y ahora les esperaba para compartir el liderazgo de ese ente de prestigio en que se había convertido el Club de las Mentes Inquietas. Durante el curso universitario, el club había crecido en proporciones monstruosas. La recaudación en cuotas de socios comenzaba a ser astronómica y la relevancia de las personalidades que entraban a formar parte había llegado a las más altas esferas de la sociedad española del momento. Colaboraban en los proyectos científicos los mejores investigadores de las universidades más prestigiosas del país y filósofos de renombre participaban en las tertulias que organizaba Helena en cafés y salones de reunión de Madrid. Aunque nadie cuestionaba la sensatez con la que Helena dirigía la entidad, la noticia de que Prometeo y Virgilio volvían y se restauraba el triunvirato de la cúpula resonó en todos los medios de comunicación. Desde la asamblea en el Lope de Vega y el discurso de Prometeo, cada pequeña noticia que se tenía sobre el club era un acontecimiento de interés público.
Pero el club también tenía sus detractores, sobre todo desde el nacimiento del Partido de las Mentes Inquietas, que dirigía Felipe. Los ideólogos conservadores señalaban que el club se había vendido a la política más izquierdista y denostada, más cercana a la Segunda República que a la democracia constitucional del siglo XXI. Advertían, además del peligro y subversión que suponía que los jóvenes tomaran el poder, conociendo las tendencias radicales y apasionadas que, a lo largo de los años, habían constituido el ideario de distintas generaciones de adolescentes. Defendían que, con el paso de los años, la sensatez y la mesura aplacaban esas pasiones y moderaban esas posturas extremas, modelando así políticos tranquilos y con sentido común, curtidos por la experiencia que sólo la madurez podía ofrecer al ser humano. Su discurso apocalíptico se acentuaba día a día, con el conocimiento casi cierto de su impotencia ante las encuestas que les eran totalmente desfavorables. Insistían en la decadencia que supondría el gobierno de la juventud y en el hecho de que ya lo habían avisado, quedando fuera de su alcance la posibilidad de hacer nada al respecto en un sistema como la democracia, en el que las minorías carecían de poder y eran las masas las que controlaban todas las influencias.
Todas estas críticas se acogían con satisfacción en el sector más progresista de la clase política, interpretándolas como muestras claras de la desesperación de la derecha española, que veía cómo estaban a punto de escapársele unas nuevas elecciones generales, quedando relegada de nuevo a la oposición. No obstante, había una cierta preocupación, derivada de la inseguridad ante la posible reacción de una derecha que no acababa de acostumbrarse a no tener el poder. Se barajaban posibilidades de conspiración y golpes de estado que sólo servían para alimentar a la prensa amarilla, sensacionalista, que necesitaba de escándalos para sobrevivir. Pero, de cualquier forma, los analistas políticos e intelectuales dudaban de la posibilidad de que un mundo controlado por gente mayor de cuarenta años consintiera en que la soberanía de un país importante como España cayera en manos de un partido liderado por un estudiante de filosofía de veintidós años de edad, por cultivado y responsable que pareciera este joven.
-¡Haremos que se traguen sus palabras! –dijo Prometeo, visiblemente enfadado por las críticas de algunos de sus más idolatrados pensadores. –El mundo ha de comprender que el sistema de oligarquía de los ancianos quedó atrás, que no hay ningún peligro en que gente joven y preparada tome el poder. Les demostraremos que también nosotros podemos crear un gobierno estable, dinámico y competente. La pasión de la juventud tiene su lado positivo, como lo tiene la sensatez y la experiencia de la senectud. Por fin el mundo podrá ver un gobierno que no frustra los ideales e ilusiones de sus votantes con la maldita prudencia que infunden los altos cargos en quienes los ostentan.
-No debes preocuparte, Prometeo; –dijo Helena, con la sensatez que le caracterizaba –no aspiramos a la unanimidad de criterios, sólo necesitamos una mayoría simple. Además, es positivo que exista la variedad de opinión y de voto, si queremos que la democracia funcione. No sólo debemos aguantar y respetar las críticas, sino que creo que las necesitamos; a todo el mundo le viene bien escuchar opiniones que discrepen de su opinión. De lo contrario, uno termina creyendo que siempre tiene la razón.
-Precisamente, tras oír a Helena, no puedo comprender cómo se nos tacha de insensatos y pasionales –dijo Virgilio. –Querida, eres la voz misma de la prudencia y el sentido común.
-Gracias, Virgilio, eres un encanto –respondió Helena.
-No tengo nada que objetar a lo que has dicho, Virgilio, y de acuerdo con ello yo postulo que la sensatez y la prudencia no son monopolio de la madurez. Helena es un ejemplo claro y alguno de nuestros detractores también lo demuestra, mediante la estupidez de sus comentarios que parece ser proporcional a su edad –sentenció Prometeo.
-Cierto, pero con un respaldo del sesenta por ciento del pueblo español deberíamos ser optimistas. Sólo hemos de dejar que el tiempo nos dé la razón –apuntó Virgilio.
-Como aquella canción de Mike Oldfield, que repetía una frase por el estilo hasta la saciedad. ¿Recuerdas cómo se llamaba, Prometeo?
-Only time will tell –dijo Prometeo, sonriendo ante la ingeniosa cita de su bella e inteligente compañera.
-Exacto –dijo Virgilio, divertido. –Y Mike Oldfield nunca miente.
Capítulo 30. La nueva Madrid.

A pesar de todos los cambios que había sufrido la ciudad desde que comenzaron las dichosas obras de remodelación, incluyendo la pérdida de la alcaldía de su promotor en manos del candidato del PMI, el nuevo alcalde se sentía feliz y satisfecho de poder inaugurar un proyecto tan ambicioso y soberbio como grandioso y sublime. Como en la construcción de una catedral, quienes diseñaron políticamente estas obras habían pasado a la historia en términos políticos, pero podían sentirse orgullosos de su faraónica obra. La entrada por la M-30, la Puerta del Sol y muchos otros lugares arrasados en su día por las excavaciones, con la ayuda de Dulcinea, la mayor máquina excavadora de túneles que, además, aseguraba su firmeza con total fiabilidad; en fin, esos lugares eran ya, en Agosto de 2007, modernas instalaciones, nuevas carreteras, ampliaciones del Metro y zonas verdes diseñadas como parques que embellecían el terreno que hace muy poco mostraba el aspecto de un paisaje lunar. Juan García, el candidato de Felipe a la alcaldía, ya era alcalde de Madrid por el PMI. Juan estaba en el equipo que Felipe preparó de cara a las elecciones. Recordaba formar parte de aquel cuarteto que suministraba al gran líder del partido toda la información sobre sus adversarios políticos, las encuestas y algunas ideas sobre el programa que Felipe pensaba presentar. Ese famoso y misterioso programa que, por entonces no conocía y que recordaba que le hizo pensar que un chaval que apenas había entrado en la universidad no podía haber redactado un texto tan brillante como para ganar unas elecciones, de acuerdo con los ideales radicales del joven Felipe.
Pero el tiempo había pasado y había dictado sentencia. El texto que preparara Felipe, con ayuda de Prometeo en una época muy temprana de sus vidas había llevado a un completo desconocido, bastante exento de carisma y sólo armado con una fidelidad inquebrantable a las ideas defendidas por el PMI, a la alcaldía de la capital de España, robándole el puesto al que antaño fuera el político más prometedor del centro conservador español. Al contemplar la obra de su predecesor, sentía como si hubieran puesto en sus manos un poderoso juguete que no le pertenecía, pero que le conseguiría una gloria que estaba destinada a otra persona. Tenía suerte. Pero no era ningún ingenuo. No desconocía que, con la buena marcha del partido, iban a surgir cargos mucho más importantes que la alcaldía de Madrid: ministerios, senado e incluso la presidencia del gobierno. Pero no era tan ambicioso como para considerarse superior a Prometeo. Cada cual tenía su sitio en el partido y si algo tenía claro Juan era que, en un equipo, todos sus miembros desarrollan una función imprescindible. Y, qué demonios, había conseguido un puesto que jamás había soñado, dirigiendo una ciudad renacida del polvo y el ruido y tan preciosa e imponente que era la envidia de buena parte de Europa. Madrid había renacido y Juan García no tendría que preocuparse más de su fachada. Ahora que la ciudad se había optimizado en lo superficial, su labor sería solucionar los problemas sociales y cotidianos de la vida de los madrileños. Aunque la historia se acuerda de los grandes gobernantes por sus batallas y sus reformas arquitectónicas, lo que verdaderamente cambiaba la vida de las gentes y hacía avanzar la civilización eran las conquistas sociales de libertades y derechos por parte del pueblo. El mismo Juan había salido de las entrañas de la clase obrera de Madrid. Su padre era albañil y su madre trabajaba de dependienta en un supermercado. No olvidaría jamás sus orígenes, eso era lo que pensaba, y defendería con uñas y dientes la igualdad de los ciudadanos madrileños contra la opresión de los patrones y la arrogancia de las clases altas que, a partir del momento de su toma de posesión del cetro de alcalde, habían comenzado a tratarle como un igual y a ofrecérsele como amigos y anfitriones de fiestas a las que estaba invitado.
Madrid no dormía y las celebraciones siempre eran oportunas para quienes podían permitirse todos los lujos. En este ambiente superficial, frívolo y a su manera atractivo era donde tenía que desenvolverse el alcalde. Mantenía las distancias y se mostraba reservado pero, ante la circunstancia de su soltería, las damas de la poderosa burguesía madrileña se lo rifaban en los corros de todas las celebraciones. Se especulaba con la cuestión de quién conseguiría los favores del joven Juan García, ese alcalde con ideas revolucionarias que, en modo alguno asustaban a las jóvenes hijas de papá. Todo lo contrario. No iban a oír de la boca de Felipe ninguna idea que les escandalizara y que no hubieran leído en páginas de Rousseau, Marx o Mao, y hubieran desgranado a fondo en las estériles clases de filosofía a las que sus padres les apuntaban sin pedirles opinión y que tan poco efecto en sus mentes superficiales habían causado. Simplemente, les resultaba divertido que, en pleno siglo XXI, con España en una situación de madurez democrática bipartidista y somnífera, surgiera un joven con ideas revolucionarias que se alzara con el poder en Madrid y destinara su preocupación a las clases más bajas, sobre las cuales había conseguido alzarse con su esfuerzo y dedicación. En una de las fiestas a las que asistía Juan García, una joven atractiva que poseía unos ojos con un brillo que aparentaba inteligencia y astucia, le hizo una pregunta que no olvidaría jamás.
-Señor alcalde...
-Por favor, llámeme Juan. Verá es que no termino de acostumbrarme a los tratamientos oficiales y me hace sentir viejo que una dama a la que no aventajo mucho en edad me llame señor.
-Como quiera, Juan. Yo me llamo Sofía y me gustaría preguntarle qué le empuja a preocuparse, desde su posición privilegiada actual, de los más desfavorecidos, vagos y maleantes que no han cultivado su educación para perfeccionarse y alcanzar los puestos importantes reservados a los mejores. ¿Pretende que todos seamos iguales, aún sabiendo que, partiendo de una situación de igualdad, en sólo cinco o seis años, el sistema volvería a estratificarse y los pobres de antaño derrocharían su dinero, mientras los verdaderos hombres célebres volverían a amasar su fortuna? –le dijo la joven, esbozando una sonrisa encantadora, que a Juan le pareció que contrastaba enormemente con el discurso falaz que había convertido en pregunta para qué él la contestara.
-En primer lugar, quiero que sepa que me siento encantado de poder mantener una conversación basada en argumentos razonados con una mujer de su belleza y posición social. Seguro que sabe que no es muy frecuente que las chicas como usted razonen con tanta naturalidad y precisión. No obstante, me temo que los cimientos de su razonamiento se tambalean cuando se tiene en cuenta la decadencia de la nobleza, de las dinastías de reyes y demás familias afortunadas, que por el hecho de su buen nacimiento, disfrutan de cuantiosas herencias y educaciones privilegiadas. En la historia de este país, pudo comprobarse en la dinastía de los austrias, que el simple hecho de heredar un imperio donde no se ponía el sol no evitó a Carlos II el Hechizado que le consideraran como un tremendo estúpido que perdió gran parte de lo que su familia depositó en sus manos. El ejemplo contrario, que también refuta su razonamiento puede observarlo en mi compañero Prometeo, que a pesar de provenir del proletariado, es muy posible que, en un futuro próximo tenga en sus manos una responsabilidad parecida a la que tuvo Carlos II en su momento –contestó Felipe y después bebió un trago de su copa de cava, para retomar fuerzas tras el extenso razonamiento. Sofía le miraba ahora con cara de sorpresa y admiración.
-Me maravillo de su brillante retórica. Sólo me queda una duda. ¿Si todos los proletarios se igualan a sus patrones, quién trabajará en la construcción, en la minería o en el transporte de mercancía?
-El objetivo, mi joven Sofía, no es que desaparezcan las profesiones que ha nombrado y otras muchas que son imprescindibles para la civilización, tal y como la conocemos. En realidad lo que buscamos mis compañeros y yo es que los sueldos que cobran en esas profesiones les permitan mantener un nivel de vida igual al que mantienen ustedes, las clases acomodadas. Mediante los impuestos puede equilibrarse la balanza y hacer que quienes mueven más dinero colaboren en el restablecimiento de la igualdad de todos los ciudadanos. Esto ha sido siempre una utopía, lo reconozco, pero nuestra meta es convertir la utopía en realidad. Sólo fijándose metas muy altas es posible conquistar libertades aceptables y derechos que mejoren el nivel de vida de nuestra clase obrera. Ya habrá leído en los libros de historia que no es bueno enfadar a quienes nos mantienen viviendo bien... porque cuando se les acaba la paciencia, estallan en revoluciones violentas que pueden acabar muy mal para los ricos. ¿No es así, Sofía?
-Así que va usted en busca de la utopía de la igualdad, la libertad y la fraternidad. Y lo hace a pesar de que sabe que todas las revoluciones han terminado en fracaso y que nunca antes se han alcanzado los objetivos que usted reclama... me parece loable su determinación y valentía, Juan. Si alguna vez necesita ayuda, ya sabe... contactos, financiación o lo que quiera, este es mi número de teléfono. Es un móvil. Estoy a su servicio, no olvide llamarme, lo de menos es el motivo. –Y dicho todo esto, la joven le guiñó un ojo y se despidió de un aturdido Juan, que la vio desaparecer entre la multitud que abarrotaba la fiesta, sin poder lograr que su mandíbula volviera a elevarse hasta que pasaron unos segundos. Esto no se lo esperaba. Había despertado en una joven burguesa de familia acomodada ideas revolucionarias que le divertían, a pesar de que no acababa de creérselas. Pensó que quizás fuera cierto, que lo único que había que hacer para comunicarse y entenderse entre personas de distintas condiciones era no olvidarnos de hablar, como decía Stephen Hawking en aquella canción de Pink Floyd:
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