¿Dónde están los criminales?




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Keep talking.

Capítulo 31. Juan y Sofía

Tenía que volver a hablar con ella. Así que, al día siguiente de la fiesta, llamó al teléfono que ella le había dejado. Preguntó por Sofía y un momento después, oyó su voz de nuevo, llegando a sus oídos a través de las ondas de telefonía móvil.
-¿Diga? –su voz sonó como música para los oídos de Juan. Había contraído una adicción a su presencia que sólo tenía un tratamiento.
-Sí, soy Juan. Me conociste ayer en la fiesta. Tú me diste tu número de teléfono y ahora ya tienes el mío. – lo cierto es que no estaba muy inspirado, pero continuó –Me gustaría que quedáramos en un sitio donde podamos hablar, algo más tranquilo que la fiesta de ayer. ¿Qué te parece?
-Genial, señor... quiero decir, Juan. –sonrió con nerviosismo, a pesar de que él no la veía. –Casi te llamo señor alcalde –susurró. Y después, en tono normal: -Conozco un sitio que coincide con tu descripción. Podemos quedar en la parada del metro Tribunal.
-De acuerdo, iré andando. Así me daré un paseo. ¿A qué hora te parece bien?
-A las nueve de la noche será perfecto. Hasta la noche, señor alcalde –dijo esto último en un susurro y, con una risa encantadora, Sofía colgó el teléfono.
Sería un final estupendo para un día bastante completo. Aquel día Felipe le había invitado a hacer una visita a las instalaciones del famoso Club de las Mentes Inquietas. Conocería a la cúpula del club, al gran Prometeo, a la fantástica Helena y al enigmático Virgilio. Los tres se habían convertido en célebres personalidades de la ciudad de Madrid, además de conocidos en toda España. Era toda una experiencia para él conocer a los socios más importantes, y entre ellos al fundador, del club gracias al cual era alcalde de Madrid. Pero, teniendo en cuenta lo ocurrido la noche anterior en la fiesta y los resultados de su llamada a Sofía, estaría todo el día esperando que el dichoso reloj se animara a dar las nueve de la noche.
Se reunió con Felipe en la sede del partido. Insistió en que montara en el coche que el ayuntamiento le tenía reservado. Felipe estaba sonriente, como quien tiene algo muy interesante que mostrar.
-Vaya, Juan. Veo que últimamente te van bien las cosas. Espero que nuestro ayuntamiento sea, al menos, tan próspero como tu nivel de vida o tendré que pensar que el glamour de las fiestas de Madrid absorbe demasiado tiempo a nuestro alcalde.
-Me conoces y, si hubieras pensado que los lujos me iban a impresionar, no me habrías asignado este puesto –dijo Juan, algo molesto.
-Es una broma, hombre. Sé que serás un buen alcalde, aunque tienes que tener en cuenta que no fui yo quien te designó para el cargo que ocupas sino el pueblo de Madrid, a través de sus votos. Todos confiamos en ti y creemos que no nos defraudarás.
-Me quedo más tranquilo. Ahora dime, Felipe, ¿Dónde está la sede del club?
-Ah, cierto. Pensaba que lo sabías y ahora recuerdo que eres uno de los pocos que no ha ido nunca a la meca del progresismo en la ciudad de Madrid. No es ningún secreto que la sede se encuentra en el barrio de Lavapiés. Continúa allí porque Prometeo se ha negado sistemáticamente a aceptar las ofertas de otros locales más grandes, alegando que el club debe tener su centro de mandos en el sitio donde se fundó. –dijo Felipe.
-Ese Prometeo... no le conozco pero ya empieza a caerme bien. Debe ser un tipo carismático. Vi su discurso en el Lope de Vega, por la televisión. Fue increíble cómo acalló todas las críticas de los más radicales.
-No le fue muy difícil ponerse en su lugar. Has de tener en cuenta que, cuando fui a contarle a Prometeo mi idea de formar un partido político, se mostró muy en contra, e incluso se burló del nombre, que coincidía con una marca de zumo de frutas. Hoy en día hemos comprado la patente sin mucho desembolso. No obstante, no te equivocas en cuanto a Prometeo, es el hombre con más carisma que he visto en los últimos diez años. Por eso lo elegí como candidato a presidente. Sin embargo, tras la arrolladora personalidad de Prometeo se esconden Helena y Virgilio, otros dos seres geniales que tienen gran parte de la culpa de que el sueño de Prometeo se haya convertido en una realidad brillante que, por cierto, tenemos delante ahora mismo –dijo Felipe.
Y era cierto. Tras aparcar el mercedes del ayuntamiento en una zona azul y darle una propina al parquímetro, alzaron la vista para contemplar los amplios cristales que conformaban las ventanas de las oficinas centrales del club. Tras ellos se adivinaba una flota de ordenadores ocupados por atareados periodistas, científicos, filósofos y célebres literatos. La mayor asociación cultural de Madrid en cuanto a número de socios y el fenómeno político-social que estaba cambiando España les saludaba. Y más concretamente, era Prometeo quien salía a su encuentro, abrazando a Felipe y dando la mano a un asombrado Juan.
-Muy buenas tardes, señor alcalde. Ya tenía yo ganas de conocer al edil que dirige los nuevos pasos de nuestra hermosa ciudad. ¿Juan García, no es así? –dijo, sonriente, Prometeo.
-Sí, señor. Y usted no puede ser otro que la gran promesa de la política española, el hombre que hizo temblar los cimientos del Lope de Vega. Su reputación le precede, Prometeo –contestó Juan, ya recuperado de su asombro inicial. –Así que es cierto que usted se acerca a dirigir el club cuando tiene tiempo. No puedo negar que me asombra que un hombre de sus aspiraciones aún vuelva al lugar donde empezó todo. ¿Dónde están Helena y Virgilio?
-Están arriba, terminando una tertulia que comenzamos en la sobremesa. Nos preocupa la situación en Oriente Próximo. Lo cierto es que no sabemos cuándo llegará la paz a los territorios de Israel, Palestina y el Líbano.
-¿Y quién lo sabe, Prometeo? –dijo Felipe, intentando cambiar de tema. No quería escuchar una disertación sobre países en guerra el día que el alcalde debía visitar las instalaciones del club. –Si te parece, nos vas enseñando las instalaciones y, cuando Virgilio y Helena terminen su trabajo, nos reuniremos con ellos en el café de abajo, para tomar algo y que Juan los conozca.

-Como quieras, Felipe. Estáis en vuestra casa, así que pasad.
Prometeo les guió por las instalaciones del club y les presentó a los jefes de cada sección. Más tarde, presentó a Juan al resto de la cúpula. Virgilio y Helena se alegraron de conocer al alcalde de Madrid. Cuando terminó la visita eran las ocho y media. Felipe miró a Juan y le dijo algo que llevaba pensando toda la tarde.
-A pesar de la admiración que se nota que sientes por estos personajes y aunque he visto que te has fijado en la belleza de Helena, algo muy natural, he notado que estabas un poco distraído. ¿Qué te ocurre?
-Tengo una cita a las nueve, con una chica que conocí ayer en una fiesta. No sólo soy el alcalde de Madrid. Ahora también tengo vida privada. La razón de mi inquietud y distracción es que quedamos a las nueve de la noche y ya son menos veinticinco.
-¡Entonces no hay de qué preocuparse! Por supuesto que tienes vida privada y me alegro mucho. Nos dedicamos a la política, pero no sólo vivimos de ello. Adelante, sal a conquistar a esa chica, así en la próxima cena que organice con el club ya seremos cinco parejas, si cuento a la chica que traiga ocasionalmente Luis.
Tras despedirse de Felipe, Juan se dirigió a la estación de Tribunal. Allí estaba Sofía, aún más bonita que la noche anterior.
-Siento haberte hecho esperar... –intentó decir Juan.
-No te preocupes, sólo son las nueve y cinco. Voy a llevarte a una sala de té que hay muy cerca de mi casa. ¿Te gusta el té? -preguntó ella, acercándose peligrosamente a Juan. Juan la miró a los ojos y notó que su respiración se aceleraba y parecía que la de Sofía también. Pensó que era una buena ocasión.
-Envidio a cualquier líquido que pueda mojar tus labios, pero si a ti te gusta, a mí también.
-Noto que estás bastante inspirado. A lo mejor podemos saltarnos lo del té –sugirió Sofía, que no se apartaba más de un palmo de la cara de Juan y miraba ligeramente hacia arriba, al centro sus pupilas.
-Va contra mis principios establecer relaciones con miembros de las clases altas... pero esta vez haré una excepción. Mademoiselle, tengo que decirle que me ha cautivado desde el primer momento en que la vi. –respondió Juan, con cierto tono de ironía, pero en su cara se reflejaba que no podía ir más en serio.
-Basta de palabras –dijo ella y le besó. Besar es un verbo que se queda bastante corto para lo que hicieron en ese momento y ella, como pudo, cogió aire y dijo: -Antes he dicho que el salón de té estaba cerca de mi casa... adivina adónde vamos ahora.
Caminaron sin apenas soltarse y dándose apasionados besos por el trayecto, hasta que entraron en la habitación de Sofía y la puerta se cerró detrás de ellos.

Capítulo 32. Operación Lisboa

Era el día 11 de Agosto de 2007. La ciudad de Lisboa despertaba, con cierta agitación en el puerto. Por un gran puente rojo, el Puente del 25 de Abril, parecido a una gran construcción de la ciudad de San Francisco, circulaba junto a los demás automóviles, un Hyundai Elantra de color plateado. El conductor era un tipo fornido con traje y gafas de sol que llevaba como copiloto a una mujer rubia de unos cincuenta años, cuyas gafas de sol cubrían su cara en la mayor parte de su superficie. La expresión de su rostro denotaba una tremenda seguridad en sí misma pero, en esos momentos, también mostraba, involuntariamente, un ademán de preocupación escrito en unas arrugas en forma de líneas paralelas que atravesaban horizontalmente su frente y una pequeña concentración de piel se contraía entre las cejas por la tensión que acumulaba.
-¿Se encuentra usted bien, señora? –Dijo su acompañante, el hombre fornido que conducía el Hyundai.
-No se preocupe, estoy perfectamente. Lo que ve en mi cara es la tensión que provoca la responsabilidad que supone salvar a todo un país de la locura radical en que se está sumergiendo. Convendrá conmigo en que la salud del país es más importante que la mía.
-Teniendo en cuenta mi dependencia económica de su persona y lo mucho que aprecio los privilegios que pueden disfrutar mis hijos desde que trabajo con usted, me pone usted en un apuro.
-Tendría que haber previsto esa respuesta –dijo la señora rubia y sonrió.
Lisboa estaba preciosa, como siempre. Aparcaron el Hyundai en el Parking de la Plaza de los Mártires de la Patria. No querían llamar demasiado la atención de manera innecesaria, por lo que eligieron un hotel de tres estrellas, descartando los lujosos hoteles de la plaza Marqués de Pombal, en la que se elevaba la estatua del gran estadista portugués, motor del desarrollo de la ciudad en otros tiempos. El hotel se llamaba Dom Carlos Park. Se dirigieron a recepción y pudieron admirar la sala con bellas alfombras, dos cuadros abstractos con lámparas que los iluminaban (de aquel tipo de lámparas que, situadas sobre el cuadro, facilitan la visión del mismo y evitan las sombras que ocultarían parte de la pintura). Uno de los cuadros era una tremenda confusión de colores y formas que parecían congregados en torno a un punto central, como si éste fuera el centro de un círculo. El segundo cuadro era más caótico en cuanto a su composición pero podían distinguirse en él algunas caras, dibujadas con asombrosa economía de trazos. No era el tipo de pintura que le gustaba a la señora rubia, por lo que no le prestó mucha atención y se apresuró a poner los pies sobre la alfombra y a pedir un par de habitaciones individuales o una suite al recepcionista. Éste, un hombre menudo, moreno, con gafas y que debía rondar los cincuenta años le dijo a la señora rubia que tendría que ser una suite con camas separadas, porque no quedaban habitaciones individuales libres.
Lo cierto es que la suite, a pesar de las tres estrellas que ostentaba el hotel, no tenía casi nada que envidiar a los mejores hoteles en los que había estado la señora rubia, a pesar de que había asistido a muchas reuniones en el extranjero y había dormido en grandes hoteles de ciudades importantes. El suelo estaba enmoquetado con dibujos de cuadros marrones con vértices rojos sobre fondo amarillo cremoso. Las paredes lucían pintadas de blanco, al igual que el techo. Había un minibar cargado de bebidas y aperitivos refrigerados. Una larga mesa de madera recorría la pared del fondo, sosteniendo, en el rincón derecho según se entraba a la habitación, una televisión vía satélite y un teclado de ordenador, preparados ambos para conectarse a internet. El armario y el cuarto de baño eran amplios y sobraban cajones donde meter cualquier cosa que pudiera hacer falta guardar. Una vez en la habitación, deshicieron su equipaje y la señora rubia le dijo a su acompañante lo siguiente:
-Ya hemos cumplido nuestra parte. Ahora sólo queda que los demás se reúnan aquí con nosotros. Puedes estar orgulloso. Has colaborado en la mayor misión para preservar nuestra constitución y nuestra democracia desde la transición. Debemos esperar a nuestra gente, no tardarán en llegar.

Capítulo 33. El duro trabajo de Luis

Durante aquel verano de 2007 el equipo que formaba la cúpula del club y del partido había trabajado muy duro para mantener a estas asociaciones en la cresta de la ola del panorama político y filosófico español. Su empeño había sido meritorio y reconocido por los medios de comunicación y por la opinión pública, que seguía transportando el proyecto hacia el éxito en las próximas elecciones generales.
Mientras todo esto ocurría, el responsable de algunos de los más brillantes discursos que había pronunciado Prometeo desde aquél que improvisó en el Lope de Vega, debido a la amistad que le unía al fundador del club, se había mantenido en el anonimato. Sus ambiciones no estaban ligadas, en absoluto, a la política sino al desarrollo de un arte que, con toda probabilidad no le reportaría a corto plazo muchos beneficios pero que, a largo plazo, podría reportarle la inmortalidad y el reconocimiento de futuras generaciones. Luis era consciente de la dificultad de realizar sus ambiciones de inmediato, por lo que se había convertido en el ideólogo del partido que presidía Felipe, concediéndole a Prometeo el favor personal que éste le había pedido.
En cuanto al resto de la vida del escritor, nada había cambiado. Su prolífica pluma le hacía llenar sus cajones de obras por publicar y su promiscuidad convertía su vida sexual en un carrusel de bonitas mujeres que no le costaba olvidar y a las que tampoco quitaba el sueño, con excepciones que conllevaban corazones rotos de preciosas jóvenes enamoradas y pequeños contratiempos en el veloz tren de vida de Luis, aunque en el fondo conseguían elevar el enorme ego de poeta calavera que arrastraba aquel escritor en potencia. Con bastante frecuencia, sus composiciones se convertían en cánones, musicalmente hablando. Comenzaba un gran número de historias que dejaba sin terminar hasta que, por fin, escribía un relato de una sentada. A partir de aquel relato terminado, construía auténticas catedrales de fragmentos de historias, utilizando de manera magistral el salto en el espacio y en el tiempo en la narración. Como resultado, daba a luz unas novelas de una complejidad muy elevada, que a veces tenía que simplificar para que un lector medio pudiera comprenderlas. Pero un hecho ocurrido a finales de agosto de ese año 2007, cambiaría la manera de trabajar de Luis.
Un buen día, de fecha difícil de concretar, teniendo en cuenta la despreocupación de Luis por el calendario y el reloj durante el verano, se presentó en su piso un tipo bien trajeado y con un portapapeles de piel. Tras mirarle con ligera desconfianza y pereza por la mirilla de la puerta, abrió la misma y le preguntó con desgana quién demonios era.
-Me llamo Miguel Tintero y tengo una editorial de la que quizá habrás oído hablar. Nos llamamos “Atenea” –dijo el tipo, y en su cara de forzada indiferencia podía leerse la impaciencia con la que esperaba el reconocimiento de su interlocutor.
-¡Por supuesto que he oído hablar de Atenea! Sois una editorial joven en la que han publicado los más brillantes filósofos y escritores menores de veinticinco años... pero, ¿cómo has llegado a mi casa? ¿Quién te ha dado mi dirección? –mientras hablaba, la cara de Luis se iba iluminando de ilusión. El jefe de Ediciones Atenea estaba en su casa, y el tenía un gran arsenal de manuscritos que enseñarle... no sabía por dónde empezar.
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