¿Dónde están los criminales?




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-He hablado con tu amigo Prometeo. Con amigos así se puede llegar a donde uno se proponga. En fin, parece ser que tu amigo te debe algún que otro favor y está enterado de la enorme colección de papeles manchados de tinta que atesoras y de tu ilusión de ser escritor. Por otra parte, me dedico a esto, así que será un placer revisar todas tus obras disponibles y darte mi opinión de editor sobre ellas, así como publicar las que crea que merecen tal honor. No eres totalmente desconocido para mí, porque he leído tus obras que participaron en los concursos de narrativa joven de la universidad. Me gusta tu estilo y, aunque no te prometo nada, es muy probable que en unas semanas y con tu obra leída pueda ofrecerte un buen contrato y catapultarte al éxito en este trabajo.
-Le agradezco enormemente esta oportunidad –dijo Luis, tras recuperarse de su repentina afasia nerviosa. Inmediatamente llenó un carrito de manuscritos y ante la asombrada mirada del señor Tintero, que no podía creerse la prolijidad de su futuro cliente, transportó el carrito hasta el ascensor y le deseó que la lectura fuese provechosa.
-Necesitaré a todo mi equipo y dos semanas para leer todo esto, pero viendo el volumen de tu obra debo decir que tu amigo Prometeo no me había mentido. Puede que esté hablando con un futuro Stephen King –contestó, manteniendo el tipo, Tintero.
-Como usted sabrá por experiencia, lo importante no es la cantidad sino la calidad –dijo Luis, visiblemente halagado por la comparación.
-Permíteme que discrepe ligeramente. Si tuvieras veinte folios de calidad no me molestaría en leerlos, pero si en este enorme legajo encuentro una calidad regular, puedes prepararte para una larga carrera como escritor. En fin, chaval, encantado de conocerte y espero verte con regularidad, lo que significará que nuestra relación se habrá convertido en profesional.
-El placer ha sido mío. Espero tus noticias, pero tómate el tiempo que consideres necesario. De momento me gano la vida y no me urge el dinero, pero la gloria me atrae como ninguna otra cosa en el mundo, de modo que no quiero que la precipitación sea la causa de la frustración de mis ilusiones.
-Sabias palabras las que has pronunciado. Pero no te canses, resérvate para tu teclado. Algo me induce a pensar que vas a tener mucho trabajo de aquí en adelante. Hasta la vista, Luis, y da recuerdos a Prometeo de mi parte.
-Lo haré, gracias.
Cerró la puerta de su piso y se quedó mirándola durante un rato. Luego dio unos pocos pasos hacia atrás y se dejó caer en su cama con las manos en la cabeza. El famoso tren había pasado por su vida y él se había aferrado con fuerza a uno de sus vagones y ahora estaba embarcado en la mayor aventura de su vida. Después de todo, puede que su colaboración en los discursos del PMI fuera la mejor decisión que había tomado nunca. El gran Prometeo era agradecido, no cabía la menor duda.

Capítulo 34. Cena en Nazaré

Atardecía en el precioso pueblo portugués bañado por las aguas del océano Atlántico. Nazaré era visitado con frecuencia por excursiones de jubilados y por devotos peregrinos que rendían culto a su virgen y consideraban el lugar como sagrado. Lo cierto era que la imagen de la Virgen de Nazaré estaba ubicada en un pequeño recinto, muy cerca de los acantilados y frente a la iglesia del pueblo, muy bonita pero algo pobre si se la comparaba con las hermosas catedrales góticas de Évora o Santarem. Pero, sin duda, lo mejor del lugar eran sus acantilados, situados alrededor del pequeño faro y su playa virgen de difícil acceso, a la que algunos turistas renunciaban por no poder descender a sus arenas... ¡en coche! Los pobres guiris no sabían lo que se perdían, ya que tras una tortuosa bajada, repleta de peldaños peligrosos, se desplegaba ante los ojos del viajero una superficie de arena limpia y pura, sólo adornada por las conchas de los mejillones y los fósiles de algunos parientes suyos, cuya vida había trascurrido hace millones de años. Y, adornando la línea de costa, donde iban y venían las olas, podían verse decenas de gaviotas posadas en la arena mojada, ganándole terreno a la bajamar.
El coche japonés de la señora rubia, conducido por su fiel acompañante, hacía entrada en el hermoso pueblo, llegando desde Lisboa, por las costosas autopistas de peaje conocidas en Portugal como “Autoestradas do Atlántico”. Los compañeros con los que tenía que reunirse habían rehusado el marco de Lisboa, considerándolo demasiado indiscreto. A pesar de la afluencia regular de turistas a Nazaré, este pequeño pueblo era un lugar mucho más seguro para hablar de temas de la máxima importancia y el más elevado secreto, relacionados con la defensa del estilo de vida español. Evitando los acantilados y precipicios, que constituían la más notable belleza de la localidad, la señora rubia prefirió dirigirse al amplio paseo marítimo y dar un paseo junto a su ayudante, mientras escuchaba la música de las flautas de pan que un grupo de peruanos indígenas hacía sonar al ritmo de viejas canciones del pop-rock de los noventa. En la playa, varias mujeres se afanaban en la desecación del pescado y la marea estaba suficientemente baja como para que no se viera romper las olas desde el paseo, debido a la repentina bajada que sufrían las arenas a dos metros del mar. Esto debía ser consecuencia del retroceso de las corrientes submarinas tras el empuje hacia la costa de las olas. El movimiento de vaivén producido por la alternancia de olas y resaca había conseguido excavar un valle en la arena que ocultaba el punto de unión entre la tierra y el agua. La señora rubia sugirió a su ayudante la idea de dirigirse a los faros, situados en un entrante artificial, construido para cortar el ímpetu de las olas y lograr que la playa y el puerto pudieran disfrutar de un mar en calma idóneo para el baño y la entrada de barcos en el puerto.
-Afortunadamente, estas construcciones nos permiten ver romper las olas. Hubiera sido bastante decepcionante desplazarnos hasta aquí y no poder ver la espuma que provoca el mar al estrellarse con las rocas. ¿No te parece? –le dijo la señora a su ayudante, con una sonrisa de satisfacción en su rostro jovial.
-Supongo que tiene razón, aunque usted sabe de lo importante de nuestra misión aquí. Fue usted quien me aleccionó en la urgencia y en la capital trascendencia de este viaje...
-Por supuesto, mi querido chófer. No obstante, considero primordial desconectar de vez en cuando de la tensión del trabajo y premiarse con unas vistas como estas... más que nada, para no olvidarse de que la vida es más que política.
-Me temo, señora, que no va a ser posible una desconexión muy duradera. Se acerca por la calzada del paseo un coche que me resulta bastante familiar.
En efecto, un coche nada discreto, con las lunas tintadas, estaba aparcando muy cerca del magnífico lugar en que se hallaban la señora rubia y su ayudante. Del coche bajó un chofer alto y fornido, que abrió la puerta trasera, facilitando la salida de un hombre menudo, con bigote y alguna cana en su pelo, peinado de forma impecable. La señora de cabellos dorados, al verle, saludó efusivamente con las manos y esto provocó que el hombre del bigote se dirigiera hacia el faro donde ella se encontraba.
-Tiene cierta gracia, mi querida amiga, que la playa virgen que esta al otro lado de aquellos acantilados esté llena de gaviotas, ¿No crees? –dijo con voz algo nasal y una pequeña carcajada el hombre del bigote. Cuando hablaba apenas movía el labio superior y su tono de voz era realmente inconfundible. En Portugal era un perfecto desconocido para casi todo el mundo, pero en España mucha gente le recordaba con más o menos cariño, incluso había quien se acordaba de su madre y del resto de su familia.
-Nunca perderás tu humor, querido amigo. Ni siquiera ante la triste situación que vive nuestra patria.
-¡Nuestra patria! Debes decirlo con todas las letras, querida: ¡España está sumida en el caos! Pero, a pesar de todo, sigue siendo nuestra amada España y requiere de nuestra ayuda en estos momentos de oscuridad. –Había algo curioso en la manera de pronunciar el nombre de su país que tenía el hombre del bigote. Parecía como si sólo escuchar o pronunciar la palabra España le provocara un extraño placer y un desproporcionado orgullo.
-¿Y qué es lo que propones? –dijo intrigada la señora rubia, mientras miraba con admiración a su interlocutor.
-No desconocerás que dispongo de contactos en los Estados Unidos, debidos a mi relación con las más altas esferas de aquél país. Podríamos llamarlo beneficios colaterales debidos a la defensa de la democracia en el mundo.. je, je je. –rió con sorna el hombre del bigote, satisfecho ante lo ingenioso de su comentario. –Y gracias a estos contactos, siempre podemos contar con una solución de urgencia, en caso de que las encuestas se confirmen.
-¡Te refieres a acabar con...
-A eso mismo me refiero, pero haz el favor de no acabar esa frase. Hasta las piedras de hormigón de este falso cabo pueden tener oídos y estar escuchándonos. Me alegro de haber vuelto a verte, estás tan guapa como siempre.
-Y tú tan mentiroso y adulador como en los viejos tiempos. Me quedo más tranquila si sé que estás metido en esto a fondo.
-Pues tranquilízate y olvídate de esto durante una temporada. Si tengo novedades, volveremos a encontrarnos. ¿Te apetece que te invite a cenar?
-Por supuesto.
Y tras esto, la comitiva se dirigió a un restaurante del pueblo, mientras el ocaso era testigo de aquel encuentro que cambiaría el rumbo de la historia de aquel país que, junto a Portugal, conformaba la península ibérica.

Capítulo 35. Nuevo curso y cuenta atrás.
Comenzaba el mes de septiembre del 2007 y el ciclo incansable de alternancia en el liderazgo del club estaba cerca de la larga estación en la que Helena tomaba el poder. Pero este curso 2007-2008 no iba a ser como los demás. Había que recordar que en Marzo de 2008 se celebrarían las esperadas elecciones generales. El ambiente político estaba más enrarecido que nunca, tras los rumores que habían trascendido a los medios de comunicación sobre unas misteriosas reuniones, acontecidas en Portugal, donde al parecer habían estado un par de personalidades importantes, relacionadas con la oposición presente y que, probablemente, formaran parte de la futura oposición. Estaba claro que alguien le había contado algo a la prensa, porque en el artículo editorial del país del pasado domingo había un artículo titulado: “Gaviotas en Portugal”. Este satírico artículo había encolerizado al Partido Popular, que calificó de calumnias sus supuestas conspiraciones contra el PMI, afirmando que, aunque ellos pensaban que España iba a sumirse en el más absoluto de los atrasos si elegían al partido de Felipe y Prometeo, jamás atentarían de hecho, palabra o pensamiento contra la democracia que tanto trabajo les había costado, a ellos como a todos, instaurar y conservar en España.
Mientras la política presentaba un aspecto bastante agitado, los chicos del PMI y del club aprovechaban las primeras semanas de septiembre y últimas del verano tomando unas vacaciones en San Sebastián. La temperatura allí era bastante suave y la ciudad presentaba una bella estampa, demostrando que su encanto y su clase jamás se eclipsaban, sin importar la época del año en que se visitara. Paseando por el bulevar, Helena, Virgilio, Prometeo, Felipe y Luis, conversaban sobre las excelencias de la pequeña y encantadora ciudad y la conveniencia de su decisión de tomar unas pequeñas vacaciones antes de enfrentarse al tremendo desafío de la campaña electoral. Aunque formaban un equipo realmente compenetrado, cada uno tenía sus sueños y ambiciones individuales. Prometeo se preguntaba, no sin cierto vértigo, cómo haría para estudiar filosofía en medio del ajetreo de la campaña. Helena se preparaba para otra larga etapa de dirección a solas del club y para una más que posible mudanza a la Moncloa, junto con Prometeo. Además, maquinaba la manera más adecuada de proponerle a su pareja un matrimonio que sólo podía beneficiarles, tanto a nivel social como en cuanto a su relación, que ya duraba casi dos años. Virgilio no paraba de trabajar en colaboraciones y becas con los mejores profesores de filosofía de Madrid, en su secreta ambición de convertirse en un gran profesor de universidad y filósofo, cuyos ensayos fueran reconocidos en todo el mundo. Felipe pensaba en su posición de secretario general del partido en el gobierno y hombre en la sombra del PMI, soñando que las historia le reconociera como el más importante estadista de su tiempo, fundador de un partido que lograría posicionar a España en uno de los escalafones más altos del primer mundo en cuanto a desarrollo y logros sociales. Y con los pies más en la tierra, aunque tampoco demasiado, estaba Luis, todavía alucinando ante la oferta del señor Tintero, editor de “Atenea”, de publicar varios de sus escritos, producidos gracias a abundantes horas de su sueño y profundas reflexiones acerca de sus sentimientos, opiniones filosóficas y demás filias y fobias, por no hablar de los experimentos al borde de la esquizofrenia que ponía en práctica a la hora de crear cada uno de los numerosos personajes que había dado a la luz, en un sentido menos figurado de lo que podría creerse. Por fin aquellos engendros de su imaginación verían la luz y comunicarían sus aventuras y desventuras a una respetable cantidad de lectores empedernidos, consiguiendo, en el mejor de los casos, hacerles pensar y despertar el dormido espíritu crítico que aún roncaba en el interior de sus cuerpos, entumecidos por la rutina que también oxidaba sus cerebros.
Todos pasaban en aquel momento por el trance de resolver sus vidas, y cada uno de ellos veía más cerca que nunca el vagón abierto del tren de las oportunidades que pasaba cerca de ellos, a una velocidad suficiente para que saltaran a su interior. Habían constituido un grupo de amigos cada vez más unido por las circunstancias, compartiendo sueños, ideas y sentimientos. Sus vidas se habían soldado, formando una simbiosis, una relación beneficiosa para todos sus miembros, relación que quizá tenía mucha culpa de que aquellos sueños, inalcanzables unos años atrás, estuvieran ahora al alcance de sus ávidas manos.
Al fin y al cabo, eran jóvenes y disfrutaban de ello cada minuto; ahora en la costa del Cantábrico, exprimiendo todo el jugo del paisaje que la naturaleza les ofrecía en todo su esplendor subyugándose a su condición de miembros de la especie que ocupaba la cima del reino animal; y también después, trabajando para conseguir sus sueños y ambiciones, para hacer realidad aquellas ilusiones que, como pájaros en sus cabezas de jóvenes soñadores, les exigían que les diesen vida, que les confiriesen la realidad que en esos momentos les faltaba, dándoles a aquellos jóvenes emprendedores un sentido hacia el que vivir la vida, si es que esta magnífica experiencia necesita una razón para ser vivida.
No cabía duda de que sus vidas iban a ser mucho más intensas tras aquellas vacaciones. Pero el presente y el futuro inmediato pasaba por disfrutar de las aguas del mar, de la compañía de sus amigos y, en el caso de Prometeo y Helena, de disfrutar de momentos de pasión y amor en voz activa de los que, probablemente, iban a carecer en los próximos meses. En las noches, cuando la brisa del mar refrescaba, se sentaban alrededor de la luz y el calor de una hoguera, cerca de la arena fina y sedosa de la playa de la Concha y Luis leía algunos de sus mejores fragmentos de novela mientras Virgilio tocaba con maestría la guitarra, acompañando la narración de su amigo escritor. Aquel grupo de jóvenes embelesados por la vida fueron los primeros en disfrutar de la sublime prosa de Luis, quedando maravillados por la profundidad abisal de su mundo interior y la riqueza de su genial imaginación. Una noche, conmovidos por una de sus desgarradoras historias, se miraron casi en trance mientras Prometeo, embriagado por lo idílico de la situación y la agradable compañía de Helena, exclamó:
-Asistimos al nacimiento de un genio. Querido Luis, creo que hablo en nombre de todos nosotros cuando te digo que no he oído ni leído nada igual desde que saboreé la inigualable prosa de Lord Byron.
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