¿Dónde están los criminales?




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-Vamos, amigo, creo que la falta de oxígeno derivada de la inhalación del humo de la hoguera nubla tu intelecto... no me malinterpretes, me halagas en grado sumo, pero la comparación con Byron me deja en mal lugar, sin duda alguna –respondió Luis, con una sonrisa agradecida.
-No deberías ser tan modesto, Luis. Recuerda que los grandes genios, en su mayor parte, han sido egocéntricos narcisistas, alejados de la sociedad y con un complejo de superioridad muy desarrollado. Si vas a ser uno de ellos, como muestra tu maestría narrativa, tendrás que entrenar ese carácter amable y humilde que gastas en la actualidad –dijo Helena, con una sonrisa a la que nada se podía rebatir.
-Tu ingenio, mi querida Helena, siempre me hace sonreír. No obstante, preferiría que no me subierais tanto el ánimo, teniendo en cuenta que mis textos aún tienen que pasar la prueba de fuego de venderse en las librerías. Me conformaría si mis posibilidades de triunfar fueran la mitad de las que tiene el PMI de llegar al gobierno –contestó, pensativo, Luis, y tras un breve silencio, todos se echaron a reír.
-¡Que viva el nuevo Byron! –exclamó con brío Virgilio.
-¡Y que vivan las mentes inquietas! –gritó Felipe, sumándose a la fiesta.
-¡Vivan! –exclamaron todos al unísono, mientras el sol comenzaba a teñir el cielo de rojo por el este y el frío de la madrugada hacía temblar débilmente la suave piel de la hermosa Helena.

Capítulo 36. El invierno que lo cambió todo

Pero las vacaciones siempre son breves. Cuando uno empieza a acostumbrarse a ese tiempo de relajación, desconexión con el trabajo duro y dedicación al disfrute y a los goces de la vida... lo bueno se acaba y hay que volver a la rutina, necesario mal que tiñe las vidas de la mayoría de la gente y les aporta equilibrio, serenidad y un apoyo mental al que asirse cuando se observan por un momento las tinieblas de nuestro atormentado mundo interior.
Muy lejos de esa rutina, tranquila y aburrida, en la que se cimientan las vidas de la gente de la calle, habría que colocar el trabajo que tenían por delante los chicos del movimiento de las Mentes Inquietas, que había revolucionado todo un país y que ahora se disponía a tomar legítimamente lo que era suyo. No iba a ser nada rutinario colaborar en los últimos retoques de una campaña electoral que iba a terminar en el mayor acontecimiento que puede celebrar una democracia. En este caso, las elecciones generales de Marzo de 2008.
Como bien se sabe, en Madrid, como en toda la meseta del interior de la Península Ibérica, el otoño, al igual que la primavera, sólo supone, en el mejor de los casos un corto período de ligeras lluvias que pronto da paso a una de las dos caras de la moneda del clima continental madrileño: la primavera pronto cede su lugar al caluroso verano y, con aún mayor celeridad, entrega el relevo el otoño al largo y frío invierno de la capital. Pero aquel invierno de 2007 llegó con más furia que lo había hecho en los últimos años. El viento helado ya recorría las calles de Madrid a mediados de Octubre y las inclemencias de la meteorología maltrataban de tal modo a la población, sobre todo a los indigentes, que se diría que algún dios se había encolerizado con los madrileños y les castigaba, anunciando el final de una era y el próximo comienzo de un nuevo período...
Desde luego, esto coincidía de pleno con los planes de futuro que pasaban por la cabeza ajetreada de Prometeo. El brillante líder y fundador de todo aquel invento, observaba ahora atónito, cómo crecía y se comportaba el monstruo que había engendrado, así como el doctor Frankestein podría haber mirado a su proyecto de hombre perfecto y creado por sus propias manos, cuando comenzó a descontrolarse. Sin embargo, Prometeo estaba decidido a seguir adelante y la magnífica grandeza de su creación no le daba ningún miedo, convencido ciegamente de los beneficios que traería a su país. No tenía ningún motivo para pensar que fracasaría, debido en gran parte a que ese verbo había desaparecido de su vocabulario cuando comenzó a encadenar éxito tras éxito, desde la fundación del club de las Mentes Inquietas. Atrás quedó aquel joven atormentado por la indecisión y deseoso de dedicar su vida a la búsqueda de respuestas inalcanzables, esquivo a las responsabilidades y con alma de filósofo... ahora Prometeo se había convertido en todo un líder. Estaba convencido de haber encontrado las respuestas a las preguntas que en su día Platón intentó resolver con su República y sus intentos fracasados de imponerla en el mundo real. En definitiva, Prometeo había encontrado las respuestas que buscaba y se disponía a revelárselas al resto del mundo, como tantos profetas, líderes y demás iluminados habían hecho antes que él. Y como todos ellos, quizá, Prometeo se había convertido en un tipo peligroso, porque todo líder con carisma y convencido de sus ideas, por muy brillantes y bienintencionadas que estas sean, termina llevando a la gente a los oscuros terrenos de la disputa, la lucha por derechos inalienables o pertenencias legítimas... y esa barrera tan frágil y delgada que separa nuestro cuerpo del resto de la realidad termina quebrándose, derramando, en nombre de los más sagrados conceptos, como tantas otras veces a lo largo de la historia, el líquido de color púrpura que lleva en su interior la esencia de la vida. En otras palabras, ahora que Prometeo se había convertido en un gran líder y pronto iba a quedar en sus manos el destino de su pueblo, debía cuidarse más que nunca de la terrible posibilidad de cometer los errores que otros habían cometido antes que él.
Pensando en todas estas cosas –porque la mente de un filósofo siempre permanece en la duda, incluso la de los grandes líderes que han filosofado, como el emperador Marco Antonio –Prometeo se juró a sí mismo, por el amor de su futura esposa Helena, que jamás vertería sangre en nombre de ninguna idea. Y tras hacerlo, la miró, enfrascada en los proyectos y las cuentas del dichoso club que la absorbía, pero conservando intacta su belleza. Y fue entonces cuando se decidió a hacer lo que su mente había dado por hecho durante tanto tiempo. Se dirigió a su despacho, abrió un cajón con una llave que llevaba colgada al cuello y sacó una cajita cubierta de terciopelo. Dirigiéndose de nuevo al salón, donde Helena seguía trabajando, se quedó plantado delante de ella, con un brillo de pasión en su mirada...
-Helena, querida compañera, sabes que mi amor es tuyo desde que te conocí, pero, como confirmación de ello y expresión del deseo utópico de que esto dure para siempre... ¿quieres casarte conmigo?
-Claro que sí –fue la rápida respuesta de Helena, que sonreía encantada, al tiempo que sentía cómo se humedecían sus ojos y después sus mejillas, al contacto de las lágrimas de alegría al ver su sueño hecho realidad.
-He estado pensando mucho en las responsabilidades que conllevará el cargo que tendré que aceptar si ganamos las elecciones... ¿Tú crees que estaré a la altura? Temo cometer los errores que siempre he criticado y odiado con todas mis fuerzas.
-Serás un gran presidente, estoy segura. Que alguien como tú tomara un cargo como este es lo que le hacía falta a este país. Y no te atormentes más... al fin y al cabo, no debes temer equivocarte... ¿o acaso olvidabas que estaré a tu lado? –dijo Helena, sonriendo como debieron imaginarse los místicos que lo hacían los propios ángeles.
-Eres maravillosa... –dijo Prometeo y la besó, sintiendo en un momento que desaparecían todas sus preocupaciones, mientras en la calle comenzaba a nevar, con el descarnado frío propio del final de aquel noviembre que agonizaba.

Capítulo 37. Una boda a las puertas de la gloria.

Los últimos días, incluso meses, habían pasado para la feliz pareja como una exhalación. Los preparativos de la ceremonia, mezclados con los de la magnífica y victoriosa campaña electoral habían ocupado sus vidas, llenándolas y haciéndolas resplandecer con una felicidad de la que no habían disfrutado nunca con tanta intensidad. Estaba claro que, en el futuro, cuando envejecieran y sólo tuvieran historias que contar, destacarían aquellos momentos, los que rodearon su boda y las elecciones generales de Marzo del 2008, ambos acontecimientos transcurridos en el mismo mes, como los más felices de sus vidas.
Todos sus amigos estaban invitados, y aquel día 12 de Marzo, resplandecían en sus trajes de gala con la misma intensidad con la que brillaban sus ojos durante las hogueras de sus vacaciones en San Sebastián. Lo que cambiaba era que ahora todos estaban con sus respectivas parejas: Virgilio con Teresa, Felipe con la rubia Claudia, Luis había invitado a una de sus amigas fugaces, llamada Raquel y había un invitado más, el hombre que oficiaría la boda, el joven alcalde de Madrid Juan, junto con su preciosa prometida, una joven de la clase alta madrileña llamada Sofía. A pesar de ser el alcalde de Madrid el encargado de orquestar la ceremonia, el festejo se redujo a una comida en un restaurante de confianza, entre amigos, y Helena y Prometeo decidieron que la luna de miel consistiera en un fin de semana en Venecia, tras el cual se celebrarían las elecciones, que estaban previstas para el día 20 de aquel memorable mes de Marzo del 2008.
Durante aquel emocionante invierno, Felipe había visto con orgullo el ascenso de su partido al poder, al cual sólo le restaba la rúbrica de la ciudadanía en las urnas. Por su parte, Luis había conseguido publicar dos de sus novelas en la editorial “Atenea”, con gran éxito en los lectores y críticos españoles, que veían en el joven escritor un nuevo genio ligado, como tantos otros a una nueva corriente política e intelectual que invadía a la juventud española como una marea de progreso y riqueza cultural. Mientras tanto, Virgilio continuaba con su exitosa carrera de filosofía, especializándose en la ética y en la racionalidad práctica, ramas muy ligadas a la política, de la cual no se había apartado nunca, aunque siempre como teórico. Durante aquella campaña electoral fueron muy repetidas las largas charlas entre los dos viejos amigos, Prometeo y Virgilio sobre la ética y la corrección en la política del futuro gobierno del PMI. Aunque las discusiones eran con frecuencia apasionadas, Prometeo absorbía buena parte de los conocimientos y sabios consejos que el teórico Virgilio le facilitaba.
Observándolo todo, mientras dirigía con sabia mano izquierda el club del que había nacido todo el movimiento político de las Mentes Inquietas, se mantenía la bella y sensata Helena, con la humildad y la serenidad que le hacía parecer un ser superior, pero con la apasionada mirada de una enamorada que no dejaría nunca flaquear a su futuro esposo, sobre cuyas espaldas iba a recaer la responsabilidad más grande que puede contraer un hombre para con su pueblo.
Todos sabían que una época de sus vidas estaba a punto de terminar. Y aquella tarde del 12 de Marzo, en la boda, todos sintieron que algo ya no volvería a ser igual. Sus vidas de adolescentes estudiantes, ansiosos por la cultura y libres de responsabilidades, habían evolucionado. Las flores de sus juventudes apasionadas habían muerto, pero su materia orgánica, en forma de ilusiones, ideales y convicciones amasadas tras años de reflexión, serviría para alimentar a los fuertes troncos de los árboles de sus nuevas vidas de adultos, gente con cargos importantes, gobernantes, ideólogos, escritores, integrantes de la flor y nata de la intelectualidad del país...
El viaje de Helena y Prometeo fue corto pero intenso. Habían disfrutado con pasión alocada de los paseos por la plaza de San Marcos, el Belvedere, los canales en góndola y, como la leyenda decía, sus almas habían quedado unidas eternamente en un beso, en la ciudad del amor incombustible. En el corazón enorme del bueno de Prometeo había quedado grabada con letras de oro esta magnífica ciudad, que prometió volver a ver cuando todo volviera a calmarse, cuando la vida de Helena y la suya pudieran volver a ser anónimas y, satisfechos por la labor realizada, pudieran retirarse a disfrutar de las delicias de una vida en común que les esperaría, si todo iba bien, al final del camino.
Pero aquello acababa de comenzar y les esperaba en Madrid, por lo que volvieron y se instalaron de nuevo en la capital, en su viejo piso y a la espera de que el pueblo español dictara cuál era su voluntad respecto a sus próximos gobernantes. El día anterior a las elecciones generales, el 19 de Marzo, Prometeo quiso hablar con Virgilio y Luis, sus compañeros de estudios, para reunir fuerzas y prometerles que no olvidaría su apoyo y lo solicitaría siempre que le hiciera falta en el futuro.
-Ahora que la vida nos sonríe a los tres, aunque tengo que reconocer que a mí con más fuerza, quiero que sepáis que no me olvidaré de vosotros, mis queridos amigos y compañeros en la búsqueda de la verdad que emprendimos hace unos años. Necesitaré tus potentes discursos, Luis. Y me serán imprescindibles tus conocimientos teóricos sobre ética y filosofía práctica, Virgilio. Quiero que sepáis que sois mis mejores amigos y, por otra parte, quiero saber si podré contar con vosotros para apoyarme en la empresa de la que, de un modo u otro, siempre habéis formado parte y que emprendo ahora.
-Cuenta conmigo. Seré el autor de tus discursos y el poeta y narrador que apoye tu movimiento, pero cuenta también con que seré tu más fiero crítico si me decepcionas... tendrás que aprender a encajar todas las críticas que te lloverán, pero la mía será inmortalizada en mis libros. De todas formas, cuando me necesites estaré ahí, amigo mío –dijo Luis, dándole una palmada cariñosa en el hombro a Prometeo.
-Siempre he estado contigo, desde la creación del Club de las Mentes Inquietas. No voy a abandonarte ahora, sabes que siempre podrás hablar conmigo de lo que quieras. Mi única condición ya la conoces: sólo soy un teórico y quiero seguir siéndolo. No pasaré a la acción por nada del mundo, pero me alegraré infinitamente de que tú lo hagas con éxito. Ánimo, amigo –le dijo Virgilio, abrazándole.
-Muchas gracias. Sabía que podía contar con vosotros. Brindemos ahora por el inicio de una nueva época, también en nuestras vidas. ¡Mañana a estas horas se nos entregará el futuro de nuestro país!

Tercera parte: El gobierno del P.M.I.
Capítulo 38: Las elecciones
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