Un filósofo católico del siglo XX




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Étienne Gilson:

un filósofo católico del siglo XX


Aun hoy existen propuestas gnoseológicas deshumanizantes que nos llevan al escepticismo radical, al agnosticismo funcional, al secularismo y al relativismo en sus diversas formas, desarraigando al hombre de su identidad propia y abandonándolo al nihilismo. Estas corrientes se olvidan del ser y de su relación con el Ser, arrancándole a aquél su finalidad intrínseca, expropiándole su llamado a participar de manera plena con Aquél que lo sostiene en su perfecto acto de ser”. (Étienne Gilson)


Jorge Capella Riera

Introdución
A lo largo de la historia del pensamiento, escribe Moya Obradors (2003), el estudio del hombre ha ocupado un lugar eminente en todas las doctrinas filosóficas, pero nunca con tanta fuerza e intensidad como en el siglo XX. Hemos asistido en los últimos cien años a una eclosión de filosofías, tales como como la marxista, existencialista, nietzscheana, freudiana u otras de semejante signo, que siempre se presentaron “preocupadas por el hombre, hasta el punto de que todas ellas han reivindicado para sí el calificativo de humanistas, intentando hacer ver con ello que su esfuerzo e interés iban más allá de una mera consideración filosófica del problema y que por el contrario era precisamente ese rasgo el que las definía y caracterizaba. Tanto es así, que daba la impresión de que el sólo hecho de presentarse como tal, confería de modo automático una especie de garantía de calidad y eliminaba de por sí cualquier sospecha de error”.
“Sin embargo la historia de tales filosofías y el resultado final de la aplicación de sus postulados, ha demostrado que la gran mayoría de estos autoproclamados humanismos ha fracasado. Nunca tanta preocupación por e l hombre como ahora y nunca tanta destrucción como ahora del verdadero concepto de hombre. Por eso precisamente urgía más que nunca buscar ese humanismo que sería una guía segura para este tercer milenio que recientemente hemos comenzado a recorrer.”

Es entonces que aparece Étienne Gilson quien, según Echauri (1978), “es una de las primeras figuras de la filosofía contemporánea, y posiblemente, el tiempo lo dirá, una de las personalidades más relevantes de toda la historia de la filosofía”.

Fue un incansable defensor de la Filosofía Cristiana, sobre su real existencia, su historicidad, su importancia en la historia del pensamiento en general y su tarea en la filosofía, en la teología y en la Iglesia Católica. Sus extraordinarios estudios sobre el pensamiento medieval y en particular sobre la obra de Tomás de Aquino, una de las mejores aproximaciones al tema, le permitieron acometer esta tarea.
Se me podrá peguntar el porqué de mi interés por nuestro filósofo. No me resulta difícil contestar: de estudiante de la especalidad de filosofía me cuativó el trabajo de Gilson y luego en 1963 se me encomendó reemplazar al recordado Hermano Noé Zevallos en el curso de Historia de la Hilosofía en la Escuela Normal Superior La Salle de Arequipa y tuve la suerte de contar con la obras “Historia de la Filosfía” de Étienne Gilson e “Historia de la Filosofía” de Jean Jolivet que me facilitaron desarrollar el curso según lo había planificado.
El objetivo del presente artículo es exponer y valorar algunos aspectos de la contribución de nuestro filósofo a la historia de la filosofía y a la comprensión del vacío metafísico de nuestro tiempo.
Analizaremos brevemente, como lo demanda un artículo, la vida y obras de Gilson, su pensamiento y la vigencia de éste en nuestros días.
Pero antes de comenzar el trabajo me permito indicar a los lectores que:


  • Gilson tiene la costumbre de insistir -en casi todas sus obras- en ciertas ideas, que algún comentarista ha tildado de obsesivas, y que yo prefiero llamarlas ideas-fuerza; ello hace que se observe una aparente reiteración.

  • Hay que tener en cuenta que los estudios de nuestro filósofo han sido traducidos del francés lo que implica posibles deficiencias.

  • La referencia en la biografía de connotados filósofos, teólogos y sociólogos me exige que resuma -en forma muy breve- su trayectoria mediante notas a pie de página. Tal vez algunas personas juzguen que es exagerada, por lo que pido disculpas.

  • Los textos de Gilson van en letra cursiva.

  • En la redacción del escrito uso varios estilos pues trato de respetar el de cada uno de los autores que cito.


Lima, enero de 2015

Vida y obras
Étienne Gilson ha sido un filósofo que tuvo una trayectoria académica en la que tuvieron que ver circunstancias muy diversas; un gran número de importantes personajes y una amplia produción literaria. Ello hace que considere que, en este primer apartado, me ocupe tanto de la vida como de las obras de este genio.

Vida
Étienne Gilson nace en París el 13 de junio de 1884 en una familia cristiana de clase media y fue educado en escuelas cristianas, donde la fe católica recibida de sus padres se fortaleció y se unió íntimamente a la cultura de su país y de su época;
En esta ciudad recibió su primera educación en el seminario diocesano de Notre–Dame–des–Champs, y luego en el Liceo Enrique IV, donde también estudió Jacques Maritain. Fue formado desde joven en el sentido artístico, siendo la literatura, la música y las artes plásticas intereses que permanecieron en él. En ese Liceo obtuvo el bachillerato en filosofía y letras.
Después de cumplir con el servicio militar, hizo los estudios universitarios en un ambiente agnóstico como el de la Sorbona. Pero supo aprender la técnica de la investigación intelectual de sus profesores Brochard 1, Delbos 2, Lalande 3, Durkheim 4, Lévy-Bruhl 5 … sin dejarse llevar por su orientación antimetafísica y positivista
Echauri (1978) nos dice que “aunque parezca increíble, durante sus años de formación en la Sorbona, justamente en la universidad donde Santo Tomás había ejercido su magisterio doctrinal, Gilson no oyó decir nada acerca de él”.
Su principal interés durante los estudios universitarios fueron los filósofos modernos, y llegó al pensamiento de Santo Tomás a través de sus estudios cartesianos. Lucien Lévy–Bruhl, que como acabamos de ver fue uno de sus profesores, lo orientó a investigar las influencias del pensamiento de Descartes para su tesis doctoral, lo cual lo condujo directamente a la filosofía escolástica.
Interesado en la metafísica desde sus primeros estudios filosóficos, asistió a los cursos de Henri Bergson 6 en el Collége de France, que fueron importantes para él en la toma de distancia del positivismo de sus profesores de la Sorbona.
El mismo filósofo nos relata (1958) "Fui educado en un colegio católico francés, de donde salí, tras siete años de estudios, sin haber oído ni una sola vez, al menos en lo que recuerdo, el nombre de Santo Tomás de Aquino. Cuando me llegó la hora de estudiar filosofía, asistí a un colegio dependiente del Estado, y cuyo profesor de filosofía, un discípulo tardío de Victor Cousin 7, jamás había leído, evidentemente, ni una línea de Santo Tomás de Aquino. En la Sorbona ninguno de mis profesores conocía la doctrina tomista, y todo lo que supe de ella fue que, si hubiera alguien tan tonto como para ponerse a estudiarla, sólo hallaría en ella una expresión de esa Escolástica que, desde los tiempos de Descartes, pasó a ser mera pieza de arqueología mental".
En 1906 termina sus estudios de filosofía en La Sorbona y dos años más tarde se casa con Teresa Gilson con quien tiene 3 hijos.
Al preparar su tesis doctoral tuvo ocasión de estudiar los antecedentes de la filosofía cartesiana, y descubrió que las ideas fundamentales de Descartes derivan de nociones metafísicas propias de la escolástica, es decir, de la filosofía cristiana de la Edad Media. De ahí nació en él el deseo de estudiar a fondo la filosofía medieval, para averiguar hasta qué punto era cierto lo que en su tiempo sostenían los historiadores de la filosofía, es decir, que en la Edad Media no había habido verdadera filosofía sino sólo teología, y que la considerada historia de la filosofía daba un salto de los griegos a Descartes, padre de la filosofía moderna. Desde 1905 hasta 1930 Gilson se dedicó a estos estudios, llegando a la conclusión -actualmente aceptada por los historiadores- de que la época patrística y escolástica dio lugar a un importante y original desarrollo filosófico, produciendo nociones que a través de Descartes han influido también en la filosofía moderna y contemporánea.
Cuando relata el inicio de sus estudios escolásticos, Gilson explica así su orientación: "En cuanto vi claro que, técnicamente hablando, la metafísica de Descartes no era más que un amaño chapucero de la metafísica escolástica, decidí aprender la metafísica de aquellos que realmente la habían sabido, es decir, de aquellos escolásticos a quienes mis profesores de filosofía podían despreciar libremente, ya que no los habían leído".
Tras estudiar a Santo Tomás y a San Buenaventura, se dio cuenta de que el rico florecimiento de la filosofía escolástica había sido silenciado, y que los pensadores modernos dependían de ésta en muchos sentidos. Nuestro protagonista dedicó sus mayores esfuerzos a la comprensión de esta etapa.
Y a partir de ese momento, Gilson comenzó a convertirse en uno de los líderes indiscutidos del tomismo contemporáneo. Incluso, nos atrevemos a afirmar, que sus ideas presentan el rostro más auténtico del tomismo de Tomás de Aquino. Y es así como se inició uno de los mejores historiadores de la filosofía escolástica de nuestro tiempo.
Pero él no se queda en ser estudioso. Siente la necesidad de comunicar lo que ha hallado en sus investigaciones. Es así como en 1913 ingresa como profesor en la École pratique des Hautes-Études de París, donde también empezó a publicar la revista anual "Archivos de historia doctrinal y literaria de la Edad Media".
En 1916 da clases de filosofía medieval en la Universidad de Lille, al norte de Francia y entre 1921 y 1932 enseñó filosofía medieval en La Sorbona.
Luego pasa tres años enseñando en Gran Bretaña, Italia y Bélgica. En este último país, dicta tres importantes conferencias pronunciadas en el Instituto de estudios superiores de Bruselas, y publicadas en 1931 en la "Revue de Métaphysique et de Morale". Sus tesis ya las había puesto por escrito en las primeras ediciones de su Historia de la Filosofía, aparecidas de 1926 a 1928. 

Según Milla Toro (2007), “en 1931 la Sociedad Francesa de Filosofía promovió un primer debate sobre los estudios escolásticos en el que participó Gilson. Las conclusiones a este encuentro fueron realmente históricas y dieron lugar, a una apasionada polémica filosófica en Francia y en toda Europa”.

Más tarde, nos cuenta Zadra (2004), “en 1936 y en ese mismo contexto, tuvo lugar una Polémica sobre la Filosofía Cristiana (Cristianismo y filosofía) en la que participaron filósofos y teólogos de la talla de Léon Brunschvicg 8, Gabriel Marcel 9, Maurice Blondel10, Marie-Dominique Chenu 11, Jacques Maritain 12, Bréhier 13 y Martin Heidegger 14, entre otros”.
Brunschvicg y Blondel intervinieron en la polémica y Brehier fue uno de los principales ponentes disertando en contra de las posiciones de Gilson. Desde su punto de vista la religión es asumida en un nivel superior por la filosofía, y carece por tanto de sentido la idea de una filosofía específicamente religiosa.
Cabe señalar que Heidegger se opuso resueltamente al concepto mismo de filosofía cristiana, y sus argumentos han tenido y tienen aún gran influjo en el pensamiento filosófico. Para él “la noción de filosofía cristiana constituye una contradicción, puesto que el acto filosófico primigenio que es la búsqueda del sentido del ser supone una puesta en cuestión radical que es inadmisible para la fe. Heidegger reconoce que la fe brinda una respuesta a la pregunta filosófica por el sentido del ser, pero considera que al responder se ahoga la pregunta filosófica misma, se elimina. Las sólidas certezas de la fe y el eterno e insaciable preguntar filosófico son planteados así por el pensador alemán como dos caminos posibles y mutuamente excluyentes ante la cuestión fundamental de la vida humana que es la cuestión sobre el sentido del ser . Encontramos aquí una de las más radicales formulaciones de la nefasta oposición entre fe y razón que en nuestro tiempo parece generalizarse, y que deja a tantos en la triste situación de no querer ver saciada su hambre de sentido”.
Posteriormente un gran número de filósofos de diversas líneas de pensamiento se involucrarían en la discusión, haciéndola más compleja y extensa.
Pues bien, como veremos más adelante en esta polémica es donde Étienne Gilson brilló con luz propia en extraordinarias intervenciones.
Desde entonces, se le conoció en Europa y América por su gran dominio de los autores escolásticos desde sus fuentes, y muchos convienen en llamarlo el gran medievalista del siglo XX. Fue solicitado para enseñar en diversos países, y desde el año 1926 empezaron sus viajes a Canadá y Estados Unidos. Se le invitó a fundar el Instituto de Estudios Medievales de la Universidad de Toronto, formado oficialmente en 1929. Sus estudiantes extendieron su influjo por toda América del Norte. Entre los cursos dictados en sus viajes se encuentran lecciones magistrales que luego se convertirían en algunas de sus obras de mayor relevancia en el ámbito filosófico: las " Gifford Lectures" 15 en Aberdeen (1931-32), publicadas bajo el título El espíritu de la filosofía medieval;  las " William James Lectures " 16 en Harvard (1936) publicadas como La unidad de la experiencia filosófica, en que defiende la metafísica, y define al hombre como animal metafísico por naturaleza, en contra de la tesis nietzscheana compartida por el Círculo de Viena; y la inauguración de la Cátedra Cardenal Mercier 17 18 en Lovaina en 1952, que dio origen a su libro Las metamorfosis de la ciudad de Dios.
Igualmente son importantes las” William James' Lectures” que Gilson dictó en Toronto, Canadá. El libro luego es publicado bajo el nombre de "Being and some philosophers".



Pero Gilson no fue un escritor ocasional. Escribió, como veremos enseguida, a lo largo de toda su vida y de forma extraordinaria y relevante. En efecto sus trabajos sobre San Agustín, San Bernardo, San Anselmo, San Buenaventura, Duns Scoto, para citar sólo algunas de sus obras mayores, son puntos de referencia ineludibles para todo cultor de la filosofía medieval. Y no he citado deliberadamente a Santo Tomás de Aquino, porque éste ocupa un lugar de privilegio en su pensamiento. El investigar y escribir sobre el que él llama cariñosamente «mon saint Thomas d’Aquin» ha sido, como él mismo nos lo dice, «no solamente su trabajo, sino su placer».
Ahora bien, no fue nuestro filósofo un hombre ajeno a los avatares de su tiempo pues participó en la primera guerra (Batalla de Verdún19); permaneció prisionero entre 1916 y 1918; fue senador del Movimiento Republicano Popular (MRP) -de orientación demócrata cristiana-; consejero del gobierno y representante de Francia en las Naciones Unidas después de la guerra.
También fue co–director de la Fundación John M. Olin cuyo Centro para la Investigación se dedica al estudio sobre la Teoría y Práctica de la Democracia.
Ya cercano al ocaso vital fue distanciándose fuertemente de la práctica política y de su relación con algunos colegas del pensamiento religioso.
En esta última faceta observo una cierta contradicción pues hay quienes consideran que durante el Concilio Vaticano II, Gilson fue un destacado referente filosófico incluso de la Escuela Romana de Teología y de los teólogos de Pío XII; y otros creen que él es reencontrado, después del Concilio, de entre los grandes desaprovechados.
De todos modos mantuvo una numerosa correspondencia con dos de las mayores celebridades de la época: Jacques Maritain y el Padre Henri de Lubac.
Gilson tuvo varios reconocimientos sobre todo en 1946 que fue elegido miembro de la Academia Francesa. Hay que señalar que perteneció al Collège de France hasta 1951 en que renuncia a su puesto para dedicarse por completo al Instituto Medieval, hasta 1968.
Tuvo que ser hospitalizado de urgencia pues presentaba una hemorragia por úlcera péptica complicada por insuficiencia hepática. Muere el 19 de septiembre de 1978 en Cravant, una localidad  comuna francesa situada en la región de Borgoña, departamento de Yonne, en el distrito de Auxerre, cantón de Vermenton, a la edad de 94 años.
Obras
Étienne Gilson, además de ser un excelente filósofo es un notable escritor. Como afirma Echauri (1978), lo es “no sólo por la elegancia de su estilo, sino también por su precisión y nitidez conceptual. La filosofía adquiere bajo su pluma el rigor de una ciencia, porque toda palabra posee allí su sentido exacto y el hilo de su discurso se puede controlar paso a paso”.

Además, “su producción escrita resulta realmente asombrosa, no sólo por su cantidad, sino sobre todo por su calidad, y es por ello que quizás sea la obra intelectual de mayor envergadura de nuestro siglo. Y decimos «intelectual» por la variedad y amplitud de su espectro temático. Pero dentro de ella estimamos que sus trabajos específicamente filosóficos son los más importantes y decisivos de nuestro tiempo por su profundidad especulativa y su solidez doctrinal”.

Sus escritos son referentes obligados para conocer la metafísica medieval y la discusión en torno a la existencia de una filosofía cristiana en la Edad Media.
Su aporte es resultado del fruto maduro de sus esfuerzos al estudio histórico del pensamiento escolástico. Sus trabajos de historia de la filosofía son abundantes y rigurosos. Tiene obras panorámicas, como La filosofía en la Edad Media y El espíritu de la filosofía medieval.  En esta obra hace ver la originalidad de la filosofía patrística y escolástica, su pluralismo de escuelas y su unidad dentro de la fe cristiana y de la teología y obras más bien monográficas que exponen el pensamiento de un autor, como su Introducción al estudio de San Agustín (1929) o sus libros La filosofía de San Buenaventura (1924) y Duns Scoto (1952).
Pero nuestro filósofo escribió y se han publicado, otras numerosas obras, algunas de las cuales están traducidas al castellano: Lingüística y filosofíaEl tomismoPintura y realidadEl ser y los filósofosLa metamorfosis de la Ciudad de DiosElementos de filosofía cristianaLa unidad de la experiencia filosóficaEl filósofo y la teología y Dante y la filosofía. Pero destacan:  El realismo metodológico, La filosofía de san Buenaventura, El ser y la esencia, El tomismo, Elementos de filosofía cristiana, entre otras.
Son importantes también, aunque en francés: La Théologie mystique de Saint Bernard; Jean Duns ScotÉtudes sur le rôle de la pensée médiévale dans la formation du système cartesian; Réalisme thomiste et critique de la connaissance.
Sin embargo, Gilson es sin duda uno de los principales conocedores del pensamiento de Santo Tomás, en cuyo ámbito se sitúa sobre todo su obra. La principal exposición sistemática que hace del pensamiento del Santo se encuentra en su libro El tomismo. Introducción al sistema de Santo Tomás de Aquino (1925).
Menos conocidos son sus estudios sobre otras etapas de la historia de la filosofía, como Filosofía moderna: de Descartes a Kant (1963), y Filosofía contemporánea: de Hegel al presente (1966).
En su producción Insistía en que la revelación judeo-cristiana de Dios como creador y ser en sí mismo, afectó en profundidad el carácter de la filosofía cristiana.



Crítica, polémica y pensamiento
Como acabamos de ver, Étienne Gilson fue uno de los más ilustrados autores de la neoescolástica y especialista en Santo Tomás de Aquino, y que destacó como un gran polemista tal como lo demostró tanto en el Debate sobre los Estudios Escolásticos, promovido por la Sociedad Francesa de Filosofía, como en la Polémica sobre la Filosofía Cristiana organizada por la misma institución.
En esta parte del artículo voy a intentar presentar, de manera sencilla y breve, ambos aspectos de nuestro filósofo: su capacidad de crítica, de polémica, y su pensamiento.
Tal como señalé en la introducción, en este apartado el lector encontrará distintos estilos de redacción pues trato de respetar el de los autores que cito.
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