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La naturaleza humana consiste en sentirse incompleto en soledad.
Esto es lo opuesto de La Bruyère, quien decía: la naturaleza humana es la soledad y la sociedad surge como una necesidad propia de reconocimiento y valoración, de aplausos, de honores.

Dice Rousseau: El salvaje vive en si mismo, y cree que no necesita a nadie, el hombre sociable vive en manada y obtiene de los demás protección y reconfirmación de su existencia, aplauso o alabanza. El verdadero ser humano se relaciona porque sólo así tiene sentido su vida.
Esta idea tiene tanta fuerza y es tan revolucionaria en la historia de la filosofía, que empieza a modificar el pensamiento político de su entorno.

Soy incompleto si no tengo al otro, no tiene sentido mi vida si no tengo al otro, no puedo significar mi vida si estoy solo, dice Rousseau.
Las ideas de Rousseau tienen dos derivaciones importantísimas para la historia moral. Una es el pensamiento de Adam Smith (1723-1790), un economista muy ligado a la evolución de la humanidad y los procesos sociales. El empieza a traer la idea de la necesidad de aprobación diciendo que no nos alcanza solamente con que el otro esté y nos reconozca, necesitamos además que nos apruebe. A tal punto llega esta concepción en su r afirmando que la búsqueda de la posesión de bienes no es por la riqueza en si misma, sino porque uno sabe que con las posesiones se gana la simpatía y la aprobación de los otros. En ve z de pensar en una sed esencial del hombre, piensa que esto le permite al hombre sentirse mas completo.
Adam Smith es el primero en decir que la indiferencia del afuera es tan terrible que puede llegar a matar. La frase: “lo mato con la indiferencia” está originada en su pensamiento. La mirada del otro es para él una necesidad, no podemos sobrevivir si no h ay por lo menos alguien que nos dé su aprobación, y los bienes materiales son exactamente para esto. El sujeto, decía Smith, está incompleto y necesita de los otros para forjarse su identidad.

Como única alternativa para resolver esta dependencia sin colgarse de los demás, propone una posibilidad que estará reservada sólo para algunos: Dios. Si yo no quiero vivir dependiendo de que otro me califique, siempre me queda la posibilidad de creer que Dios es el que me puede dar esta aprobación.

La fe aparece como un recurso que me devuelve la independencia y la fortaleza sobre mi mismo, reconociendo mi necesidad social pero otra vez volviendo a la primera idea de La Bruyère: la soledad. Ahora puedo estar sin nadie, no me importa, El Jefe me va a dar su aprobación y nunca me sentiré solo, inseguro ni incompleto.
La evolución posterior ha dado algunas otras soluciones para este tema: la conciencia, el superyo. La idea moral y ética de los principios no es ni mas ni menos que la introyección, la puesta adentro, de la aprobación supuesta de los demás.

Yo me siento completo únicamente si hago las cosas de acuerdo con mi conciencia, de lo contrario me siento mal, insatisfecho.

El superyo, la moral, la ética, la sociedad como una abstracción, en última instancia son la respuesta a la necesidad de la búsqueda de simpatía y aprobación de los demás.
Georg Hegel (1770-1831), el último pensador de la época, es tan importante y revolucionario que va a influenciar a todos los que le siguen (Freud, Lacan, Adler, Perls, Pichón Riviera, etc.).

Hegel toma las ideas de Rousseau y las desarrolla a niveles inconmensurables. Dicen los que han estudiado que el pensamiento de Hegel era tan avanzado para su época que nadie lo entendía. Pasaron muchos años antes de que la humanidad pudiera entender lo que Hegel quería decir.

Todo lo que nosotros sabemos de este pensador es lo que Kojeve escribió en el libro Interpretando a Hegel (muchos dicen que tampoco Kojeve era muy fiel a lo que Hegel decía).

A la idea de Rousseau, Hegel le agregó que la incompletud no se resuelve ni con el reconocimiento, ni con la aprobación del otro. Hegel decía que lo que el individuo necesita, no como una cosa aprendida, sino cono condición de su humanidad, es mucho mas: es la admiración de otro.

El individuo necesita que haya alguien que lo valore, que lo reconozca, que lo aplauda, no alcanza con que el otro le diga “Eres Aristófanes” (porque cuando Aristófanes recibe esta mirada, no es la mirada de alguien que lo reconoce, es la mirada de alguien que le da el reconocimiento que implica su admiración, dice Hegel).

Para él, la continua lucha del ser humano es por conseguir que alguien lo valore, le dé un lugar de importancia. Si no fuera así, se quedaría con esta sensación de incompletud, se sentiría mutilado, no tendría la posibilidad de sentirse satisfecho.

Hegel coincide con Rousseau en que la esencia del ser humano es sociable. El dice: el ser humano solo y único en el mundo no sería un ser humano, sino un animal.

Estamos en 1780 y, a partir de ahí, el gran plateo hegeliano nos complica porque las cosas empiezan a mezclarse...

Así como en el pensamiento de Nietzsche se basaron algunas ideas políticas, las nazis entre otras, en las ideas de Hegel, su filosofía y el planteo del amo y el esclavo, se apoyaron varias corrientes ideológicas, entre otras, el marxismo y la fundamentación del materialismo dialéctico.

Hegel dice: siempre que hay dos individuos, cada uno de ellos quiere la admiración del otro, y en esa competencia, uno va a triunfar y el otro no. La historia de la humanidad es la sociabilidad a partir del esquema donde entre dos que se encuentran uno tiende a ser el amo y el otro tiende a ser el esclavo.

No es una idea complicada, miremos la historia de la humanidad y veremos que en realidad siempre hay dos bandos que están peleando por ser el amo y dejar al otro en el lugar del esclavo. Y esto no tiene que ver con conseguir el placer sádico de esclavizar al otro, sino con lograr, dice Hegel, su admiración conseguir que me idolatre, que me ponga en un lugar superior, el lugar de amo. Hace recordar un poco a Nietzsche, a la moral del superhombre y el cordero, ¿verdad?.
Establecido el ganador, todo parece resuelto, pero aquí aparece la paradoja: Recordemos que estamos partiendo de la idea que la completud humana se consigue solamente cuando uno recibe la admiración del otro, y por lo tanto, los que no la reciban quedarán incompletos y perderán su condición mínima de dignidad humana.

En esta batalla entre futuros amos y futuros esclavos, donde estamos compitiendo por ver quién es quién, supongamos que sos el que gana. Vos sos el amo y por ende yo soy el esclavo y lo admito. Ahora, sos un ser humano completo, has conseguido la admiración de alguien, la mía. Yo soy el esclavo y he perdido, vos no me admirás, todo lo contrario, me despreciás. Vas a decir. Yo gané, vos sos el esclavo, vos no sos ni siquiera un ser humano vos no valés. Y cuando no soy ni siquiera un ser humano completo y soy despreciable... mi admiración deja de servirte. Entonces Hegel dice: el final del camino del amo es irremediablemente el vacío existencial, porque cuando finalmente consigue la admiración que necesita, ésta pierde sentido y la desprecia.

(Pequeña derivación cotidiana que veo todos los días: “Quiero que me quieras, quiero que me quieras, quiero que me quieras,.. Pero cuando consigo que me quieras, me doy cuenta de que sos un tarado, quizás por querer a un tipo como yo y ahora te desprecio, y ahora no me importa tu cariño”).

¿Qué hace entonces el amo?. Busca a alguien más, porque la verdadera historia del amo es que siempre tiene que buscar a alguien valioso que le dé la admiración que necesita.

Para Hegel, irremediablemente, los amos están condenados a buscar un tercero, el mundo no se puede plantear de a dos, el mundo se plantea de a tres. ¿Por qué?. Porque hace falta un testigo, alguien que testifique que yo sometí al otro. Con lo cual ese tercero, que no es mi sometido, me va a admirar por haber sometido a mi esclavo.

La trama vital por lo tanto requiere de tres personajes: A que pelea con B y lo vence y C que es testigo de la batalla y concede a A la admiración por ser el vencedor (sin el testigo del triunfo éste no tiene mérito ni trascendencia). Los tres personajes, nos aclara Hegel, son igualmente necesarios aunque sus roles distan mucho de ser rígidos o permanentes.

En efecto, una vez que A vence a B, y B es descalificado como admirador, pasado el primer momento de plenitud frente al aplauso de C, se plantea lo irremediable: entre A y C ¿quién está por encima y quién por debajo?. Deberán competir entre sí, y cuando esto suceda, no importa quién triunfe – y esto es lo más interesante -, el vencedor necesitará que B, el antes esclavo, sea testigo.
El ciclo se ha completado y vuelve a comenzar infinitamente.

La paradójica lucha del amo y el esclavo. La eterna lucha de quién está por debajo de quién y hasta cuándo.
Hegel dice que la historia de la humanidad está cifrada por esta lucha, quién somete a quién en presencia de quién.

Necesito que me den admiración pero en esta búsqueda siempre voy a terminar compitiendo con alguien, en una lucha dinámica donde el derrotado se transformará tarde o temprano en un personaje importante: el testigo de una nueva situación.
Por supuesto que las ideas de Hegel existían antes de Hegel, como las ideas de Nietzsche existían antes de Nietzsche, y las ideas de Aristóteles antes de Aristóteles, porque las ideas no son patrimonio de aquellos que las dijeron, pertenecen a la humanidad. Y esta historia que la izquierda utilizó para explicar la lucha de clases es para Hegel la historia de la humanidad.

Esta es, dice el filósofo, la verdadera historia del hombre y la mujer frente al pecado original, es la historia de Caín y Abel, es la historia de Zeus y Cronos, es la historia de Castor y Polux, es la historia de todos los duelos míticos donde, en realidad, nunca hay sólo dos, siempre hay tres: dos que pelean por la aprobación de un tercero.
Esto es lo que Freud (1856-1939) vuelve a tomar cuando habla del conflicto edípico. Un conflicto planteado entre tres: un hombre, una mujer y un hijo. Una historia de rivalidades sobre quién es el amo, quién es el esclavo, quién es el testigo, un juego de rivalidades que aparece como el mito de Tebas.

Para Freud, toda la historia de la humanidad es una repetición del conflicto edípico. Leyendo a Freud uno podría explicarse todos los fenómenos humanos, como podría explicarse toda la historia desde Montaigne o desde Nietzsche. Quizás sea cierto que en cada pequeño misterio que se resuelve, se resuelve el misterio del universo, cada vez desde un lugar diferente, cada vez desde un lugar nuevo, cada vez desde un lugar mejor.

Siempre asocio este planteo con una antiquísima parábola que una vez me contó un talmudista:

Para el judaísmo , el lugar mas importante de la tierra era el altar del gran templo de Jerusalén, el momento más importante del año era el día de Iom Kipur cuando las puertas del arca se abrían para exponer la Torá ante el pueblo de Israel, y la persona mas importante de todas era el Gran Rabino que oficiaba el servicio ante toda esa concurrencia. En ese instante la conjunción era única: la persona mas importante, en el lugar mas importante, en el momento mas importante. La tradición judía señala que si en ese preciso instante un mal pensamiento hubiera pasado por la cabeza de ese hombre, el mundo entero habría sido destruido... Cuenta el Talmud que en realidad cada hombre es tan importante como el Gran Rabino, cada lugar es tan sagrado como aquel templo y cada momento tan trascendente como la apertura del arca. Cualquier pensamiento dañino, en la mente de cualquier hombre, puede en cualquier momento destruir al mundo.
Cuando uno lee el pensamiento de Hegel, se dice: es cierto, la humanidad realmente se ha manejado así. Y sin embargo lo que Hegel describe no es un modelo funcional de la sociedad, sino una situación social específica, que es la situación de rivalidad, la situación de la batalla, de la guerra. Debe existir otra posibilidad que la de competir por el espacio de admiración..
Sobre finales del siglo XIX, principios del siglo XX empiezan a revisarse estas ideas y se hacen críticas importantes a Hegel y a sus seguidores.

Los post-freudianos critican el modelo del conflicto edípico como explicación universal. Acusan al psicoanálisis de volver demasiado a La Bruyère al sostener que el ser humano es esencialmente solitario y que se conecta con los otros por un tema de necesidad (que define sobre todo desde la teoría de lo sexual).

Freud se destaca por darle a la sexualidad el lugar de pivote sobre el cual giran casi todas las cosas. Si bien hay que aclarar que para Freud el significado de “sexual” difiere mucho del concepto coloquial de la palabra. Para el gran maestro lo sexual refiere a la libido, a la energía que ponemos al servicio de las cosas, es decir al interés sobre hechos y personas. Lo sexual es mucho mas que genital y puede no tener ninguna relación con el pene o la vagina.

La idea sería aproximadamente la siguiente: Partiendo de la idea de La Bruyère que sostenía que el hombre se asociaba para satisfacer un deseo que no puede completar en soledad, el pensamiento psicoanalítico concluyó que si el otro es un objeto de deseo para mi, esto me llevará a juntarme con el. Hasta el concepto del instinto de muerte que liga al inconsciente con la búsqueda de la autodestrucción suena ligado a la historia del aislamiento esencial al que tendemos a volver (con la idea de la sociedad como algo antinatural metido a presión en el ser humano).

Si bien Freud es muy posterior, de alguna forma está retomando aquellas ideas de La Bruyère, de Montaigne y de Hobbes, a quien sita. La naturaleza humana, como el inconsciente, es esencialmente solitaria y egoísta y se rige por el principio del placer.

Así que el debate no termina en Hegel, ni en Nietzsche, ni se termina en ninguno de estos pensadores. El debate sigue y posiblemente seguirá. Porque es muy difícil decir: ahora que tenemos todo sobre la mesa, éstos son de verdad los que dan origen a todas las ideas.

Porque cuando después aparecen Adler, Fromm y otros criticando las ideas de Freud, lo hacen también apoyados en los que criticaron en su tiempo a La Bruyère o a Maquiavelo.
¿Pensar al hombre como un ser solitario por naturaleza (como decía Montaigne o como dice también el psicoanálisis en un principio) o como un ser esencialmente gregario y de alguna manera incompleto cuando está solo y que necesita de los demás para sentirse completo (como sostenía Rousseau)?.

En este debate, los filósofos han preferido predominantemente la idea del ser humano como solitario. Sin embargo, hay un pensador ruso contemporáneo llamado Todorov, un señor de rulitos que vive en Francia, que tiene un planteo muy interesante sobre este asunto.

Todorov dice que la historia de la filosofía ha tomado prioritariamente la idea del individuo en soledad por tres razones.

La primera, porque el filósofo es un individuo solitario y se toma a sí mismo como referencia.

La segunda, porque la pelea y la rivalidad hegeliana ciertamente encaja mejor con el origen de la humanidad ligado a los mitos (Caín y Abel, Cronos y Zeus). Todorov dice que la historia de la humanidad siempre empieza con una lucha porque los que la escribieron son hombres y no mujeres. Es decir, la maternidad, que es el verdadero origen de la humanidad, está excluida de la historia, y de estar incluida haría un origen no belicoso. Pero el hombre no pare los hijos, el hombre no pelea, entonces la filosofía escrita por hombres ha generado una historia de la humanidad originada en mitos de pelea y rivalidad y no en mitos de parto y amores.

El tercer punto que me interesa de Todorov es el siguiente: la soledad del hombre es como una postura amarillista, simplificadora, porque es fácil pensar que primero fue la ameba y que los seres multicelulares aparecieron después. Es decir, él cree que es una postura facilista pensar primero el individuo solo y después la vida en sociedad, ¿por qué no pensar que aparecieron simultáneamente? Todorov opina que la humanidad le gusta autocriticarse, leer los crímenes, los asesinatos, la prensa amarilla.

Entonces es mucho mas atractivos pensar que el ser humano es destructivo y cruel, que pensarlo necesitado de los demás. Y yo modestamente coincido. Pensar que el ser humano necesita del otro para que lo mire y lo quiera tiene mala prensa. Es mas popular decir que el hombre es básicamente malo que decir que es esencialmente bueno.

Después de Freud, Adler retoma a Hegel para cuestionar al maestro. Adler sostiene que la rivalidad del triángulo edípico no comienza con la sensación de desvalorización del niño frente a su madre, sino cuando aparece el padre. Es la aparición del tercero lo que trae la rivalidad, porque hasta ese momento la relación entre la madre y el hijo es de puro amor. En efecto, contrariando a Hegel, la relación entre madre e hijo es un vínculo entre dos que no plantea la competencia por la admiración ni el sometimiento del otro.

La discusión es terna, y se relaciona con la otra idea arquetípica del psicoanálisis: el trauma del nacimiento. Para Freud, nacer es abandonar un lugar maravilloso que es el útero materno, donde somos acunados, alimentados y protegidos. Dicho así, suena muy terrible. Sin embargo, esta conclusión es producto de una interpretación de Freud, pero no es la única interpretación posible. Porque el útero materno es un lugar maravilloso hasta el cuarto o quinto mes, después empieza a ser tan incómodo que si el bebé no nace a los nueve meses se muere por falta de oxígeno.

Yo creo que el bebé nace porque ya no soporta mas, porque necesita liberarse de este lugar que en realidad está asfixiándolo, apretándolo, en cuanto el cuello del útero se dilata el bebé se toma un trabajo muy grande para nacer. Nace para liberarse de una situación que alguna vez fue maravillosa y que hoy es de terror, así que nacer es el alivio de una situación de cárcel donde si se queda se muere.
En la vida hay situaciones muy parecidas. Te sentís mal hasta que tocás fondo y entonces decidís hacer un esfuerzo, un movimiento, buscando la salida. Quizás sea tan parecido, que a veces no nos animamos a pensar que es lo mismo que nos pasó en la panza de nuestra madre: que una vez fue maravilloso y que ahora es asfixiante, y nos quedamos ahí porque una vez fue maravilloso.

Aprender que el parto es un hecho liberador nos enseña a revisar si las situaciones actuales que vivimos no han dejado de ser maravillosas, y por haber sido antes placenteras las seguimos considerando así aunque hoy sean desastrosas.

De alguna forma, es tan difícil cuestionar a Rousseau como no acordar con Hegel. En última instancia, cuando pensamos y decimos, ponemos en palabras cosas contradictorias con lo que otros piensan y dicen. Lo novedoso de nuestro tiempo es que, en el estado actual de nuestro conocimiento, podemos admitir que planteos opuestos entre si pueden ser ciertos aunque se contradigan. Quiero decir, toas las ideas coexisten y quizás todas sean en parte verdaderas, aunque esto no debe evitar que tomemos una posición personal en cada punto.
Personalmente, yo creo que Rousseau tenía razón: si no existe otro en nuestra vida, aparece la sensación de incompletud.

La definición de la identidad personal pasa necesariamente por el hecho de que haya habido otro que diga: éste sos, como en el caso de Aristófanes.

Un otro que simpatice conmigo, que me dé su reconocimiento y que me haga saber de su aprobación.
Narciso era un joven muchacho, tan hermoso que hasta las deidades del Olimpo celaban su belleza. Un día, mientras tomaba agua en un estanque, Cupido fue mandado por los dioses para herirlo con una de sus flechas. Así fue como Narciso se enamoró de su propia imagen, tanto, que ninguna otra persona volvió a parecerle atractiva, aunque todas seguían enamorándose de el. Ese era el resultado deseado por los dioses, el sufrimiento infinito de verse privado del placer de amar.

Eco, por su parte, también había sido víctima de un conjuro, la esposa de Zeus le había quitado el don del habla.

Afrodita, la diosa del amor y de la belleza, se había compadecido de Eco y no pudiendo deshacer el hechizo anterior, lo atenúo permitiéndole hablar pero sólo repetir lo que otros le dijeran.

Cuenta la leyenda que un día Narciso caminaba por la orilla de un río, triste como siempre, sufriendo su pena, y desde detrás de un matorral Eco lo espiaba. Como todos los que se cruzaban con Narciso, también Eco se enamoró del joven pero no se animó a salir a su paso dado que nada podría decirle salvo que él le hablara primero. Dolorida por su condena, Eco lloró.

- ¿Quién está allí? – preguntó Narciso al escuchar el llanto.

- ¿Quién está allí? – contestó Eco.

- Soy yo, Narciso. ¿Y tú quién eres?

- Soy yo – repitió Eco.

- Sal a la luz, quiero verte – dijo el joven.

- Quiero verte – dijo Eco.

- Ven aquí entonces – comandó Narciso.

- Ven aquí – repitió Eco -, ven aquí.

Narciso temió una nueva trampa de los dioses y no se atrevió a internarse en la espesura.

- ¿Tu no entiendes que necesito amar a alguien? – preguntó Narciso.

- Tú no entiendes – contestó Eco llorando.

- Si no sales ya mismo... – exigió Narciso - ...vete y adiós.

- Adiós – repitió Eco -, adiós... adiós...

El bello joven se dio cuenta de que el amor por fin llegaba a su corazón. Quizás porque al no ver a su amada no había tenido una imagen con quien compararla, quizás porque su voz solo le devolvía sus propias palabras... lo cierto es que sin razones para el, Narciso finalmente se había enamorado.

- Vuelve por favor – gritó -. Yo te amo.

Pero era tarde... la doncella ya no podía escucharlo.

Narciso se sentó junto al río y lloró.

Lloró como nunca había llorado, toda esa tarde y también toda esa noche. Tanto lloró Narciso que por la mañana, al salir el sol, su cuerpo se había secado y el joven amaneció transformado en una flor: el narciso, que desde entonces crece en las orillas de los ríos reclinado sobre el agua como llorando sobre su imagen reflejada.

Lo que Narciso recibía de Eco era el reflejo de su propia palabra, pero como estaba enamorado de su imagen, no tenía mas remedio que enamorarse de su propia palabra, que era lo único que Eco podría decir.

En el mito, el espejo no es sólo de imagen, también de palabra.
El mundo externo es una percepción, una abstracción. Yo tengo un registro interno del afuera. Por eso tengo que tratar de entender que el mundo del otro no es el mío, que no hay un mundo que podamos compartir. Podemos hacer un espacio común y transitar por el. El mundo externo es el estímulo y el mundo interno es la percepción, pero yo no tengo trato con el mundo externo.

Por ejemplo, yo te veo, para mi, vos sos como yo te veo. Ahora, ¿cómo sos vos?. Que sé yo, cómo podría saberlo. Lo único que yo sé de vos es como yo te veo. Del mismo modo, lo que vos sabés de mi es lo que vos ves, no lo que yo soy. Es decir, no hay un mundo externo sobre el cual se pueda referenciar. La mirada de las cosas tiene una cuota de relatividad tan grande que las cosas se interpretan dependiendo de cómo se vean.
Un señor llamado Paul Watzlawick cuenta que en un laboratorio donde se hacen experimentos con animales, un investigador está tratando de hacer un reflejo condicionado con dos ratas en un laberinto. Entonces, cuando el señor de guardapolvo blanco entra, una ratita le dice a la otra: “¿Ves a ese señor de guardapolvo blanco?. Lo tengo totalmente amaestrado, cada vez que yo bajo esta palanca, me da de comer”.
Dos maneras de ver el mismo proceso, la situación es exactamente la misma.

Admitir que el único mundo es el interno implica confiar en la esencia del ser humano. Para creer que el único acceso al mundo es mi percepción, tengo que imaginar al hombre esencialmente bueno, noble, generoso y solidario. Si yo pienso que el ser humano es dañino, perverso, cruel y demás, tengo que restringirlo, no puedo dejarlo en libertad.

Afortunadamente, hay seres humanos de estos dos tipos y, como soy un optimista sin remedio, creo que el mundo está compuesto mas por gente esencialmente buena, noble, amorosa y solidaria, que por gente destructiva, cruel y dañina. Será función de quienes nos creemos estas cosas tratar de ver cómo educamos a todos aquellos que son así. En principio, sabiendo que si le damos espacio y lugar al otro para que se desarrolle naturalmente, lo que el otro desarrolla es lo mejor de él, no lo peor.

Un señor muy creyente sentía que estaba cerca de recibir una luz, que le iluminara el camino a seguir. Todas las noches, al acostarse le pedía a Dios que le enviara una señal sobre cómo tenía que vivir el resto de su vida. Así anduvo por la vida, durante dos o tres semanas en un estado semi místico buscando recibir una señal divina.

Hasta que un día, paseando por un bosque, vio a un cervatillo caído, tumbado, herido, que tenía una pata medio rota. Se quedó mirándolo y de repente vio aparecer a un puma. La situación lo dejó congelado, estaba a punto de ver cómo el puma, aprovechándose de las circunstancias, se comía al cervatillo de un solo bocado. Entonces se quedó mirando en silencio, temeroso y también de que el puma, no satisfecho con el cervatillo, lo atacara a él. Sorpresivamente, vio al puma acercarse al cervatillo. Entonces ocurrió algo inesperado, en lugar de comérselo, el puma empezó a lamerle las heridas.

Después se fue y volvió con unas ramas humedecidas y se las acercó al cervatillo con la pata para que éste pudiera beber el agua, y después se fue y trajo un poco de hierva húmeda y se la acercó para que el cervatillo pudiera comer. Increíble.

Al día siguiente. Cuando el hombre volvió al lugar, vio que el cervatillo aún estaba allí, y que el puma otra vez llegaba para alimentarlo, lamerle las heridas y darle de beber. El hombre se dijo: esta es la señal que yo estaba buscando, es muy clara. “Dios se ocupa de proveerte de lo que necesites, lo único que no hay que hacer es ser ansioso y desesperado corriendo detrás de las cosas”. Así que agarró su atadito, se puso en la puerta de su casa y se quedó ahí esperando que alguien le trajera de comer y de beber. Pasaron dos horas, tres, seis, un día, dos días, tres días,... pero nadie le daba nada. Los que pasaban lo miraban y el ponía cara de pobrecito imitando al cervatillo herido, pero no le daban nada. Hasta que un día pasó un señor muy sabio que había en el pueblo y el pobre hombre, que estaba ya muy angustiado, le dijo:

- Dios me engañó, me mandó una señal equivocada para hacerme creer que las cosas eran de una manera y eran de otra. ¿Por qué me hizo esto?. Yo soy un hombre creyente...

Y le contó lo que había visto en el bosque...

El sabio lo escuchó y luego le dijo:

- Quiero que sepas algo. Yo también soy un hombre muy creyente, Dios no manda señales en vano, Dios te mandó esa señal para que aprendieras.

El hombre preguntó:

- ¿Por qué me abandonó?

Entonces el sabio le respondió:

- ¿Qué haces tú, que eres un puma fuerte y listo para luchar, comparándote con el cervatillo?. Tu lugar es buscar algún cervatillo a quien ayudar, encontrar a alguien que no pueda valorarse por sus propios medios.
Casi todo puede ser visto, registrado y analizado desde varios lugares. De echo la humanidad ha mirado al hombre y su problemática poniendo el acento en diferentes aspectos de nuestras dificultades a lo largo del último siglo.

Rollo May dice que el eje problemático del hombre en nuestra sociedad occidental judeocristiana ha ido variando aproximadamente cada veinte años y por ende la psicología ha ido cambiando cada dos décadas el foco de interés de sus planteos teóricos. May sugiere, con gran acierto, que este viraje se debe no sólo a los hechos históricos que modifican hábitos y posibilidades, sino sobre todo justamente a que las escuelas sociales y psicológicas se han ocupado de esos problemas tan adecuadamente, que de alguna manera los han resuelto.

El mejor ejemplo es el de las dos primeras décadas del siglo XX. La problemática del hombre giraba en ese momento alrededor de los mecanismos de represión, sobre todo de la sexualidad y la falta de conocimiento de si mismo por parte del individuo. En ese contexto aparece Freud y con su genialidad diseña una estructura, un modelo y una forma de análisis y tratamiento para esa problemática. Utilizando el psicoanálisis como herramienta, él y sus seguidores realizan tan buen trabajo que el eje fundamental del mundo interno del hombre varía de ahí en adelante. Ese proceso se irá repitiendo y dando espacio a lugares hegemónicos de diferentes escuelas sociales y psicoterapéuticas que intentarán y conseguirán esclarecer y por eso modificar el mundo en el que se desarrollan.

Como un esquema referencial, sin ningún rigor histórico, podríamos sobrevolar las preocupaciones que tuvo nuestra sociedad durante el siglo XX (indico entre paréntesis algunas escuelas en boga o personas que contribuyeron con modificaciones).


1900 -1920

Represión sexual – Autoconocimiento

(Freud, Psicoanálisis)

1920 -1940

Poder y Conducta eficaz

(Watson, Conductismo)

1940 -1960

Desarrollo Humano y Libertad

(Tercer movimiento, Frankl, Maslow, Perls, Fromm, Rogers, Krishnamurti)

1960-1980

Competencia y Trabajo en Grupo

(Ellis, Berne, Cognitiva, Sistemática)

1980-2000

Control Personal y Espiritualidad

(PNL, transpersonal, Silvia, Weiss, Chopra, Watts)


¿Cuáles son los problemas que mas nos inquietarán en los próximos veinte años?. Cada filósofo, cada pensador, cada analista, cada terapeuta tendrá su opinión al respecto. Para mi, el eje de nuestro desarrollo e inquietud pasará fundamentalmente por dos puntos: la crisis de valores y el aislamiento del individuo.

Es del último punto mencionado de lo que intenta ocuparse este libro.

Estas hojas de ruta conducen, o intentan conducir, al antídoto del aislamiento: El encuentro.

¿Cuáles serán las escuelas de pensamiento y quiénes serán los líderes del camino?. No lo sabemos. Pero me parece que valdrá la pena prestar atención a quien yo considero uno de los diez maestros mas importantes e la actualidad: el Dr. Humberto Maturana.

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