Mario Vargas Llosa El Pez En El Agua (Memorias)




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títuloMario Vargas Llosa El Pez En El Agua (Memorias)
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Mario Vargas Llosa
El Pez En El Agua
(Memorias)



«También los cristianos primitivos sabían

muy exactamente que el mundo está regido por

los demonios y que quien se mete en política,

es decir, quien accede a utilizar como medios el

poder y la violencia, ha sellado un pacto con

el diablo, de tal modo que ya no es cierto que en

su actividad lo bueno sólo produzca el bien y lo

malo el mal, sino que frecuentemente sucede

lo contrario. Quien no ve esto es un niño, políticamente hablando.»
Max Weber,

Politik als Beruf (1919)

I. ESE SEÑOR QUE ERA MI PAPÁ



Mi mamá me tomó del brazo y me sacó a la calle por la puerta de servicio de la prefectura. Fuimos caminando hacia el malecón Eguiguren. Eran los últimos días de 1946 o los primeros de 1947, pues ya habíamos dado los exámenes en el Salesiano, yo había terminado el quinto de primaria y ya estaba allí el verano de Piura, de luz blanca y asfixiante calor.

—Tú ya lo sabes, por supuesto —dijo mi mamá, sin que lo temblara la voz—. ¿No es cierto?

—¿Qué cosa?

—Que tu papá no estaba muerto. ¿No es cierto?

—Por supuesto. Por supuesto.

Pero no lo sabía, ni remotamente lo sospechaba, y fue como si el mundo se me paralizara de sorpresa. ¿Mi papá, vivo? ¿Y dónde había estado todo el tiempo en que yo lo creí muerto? Era una larga historia que hasta ese día —el más importante de todos los que había vivido hasta entonces y, acaso, de los que viviría después— me había sido cuidadosamente ocultada por mi madre, mis abuelos, la tía abuela Elvira —la Mamaé— y mis tíos y tías, esa vasta familia con la que pasé mi infancia, en Cochabamba, primero, y, desde que nombraron prefecto de esta ciudad al abuelo Pedro, aquí, en Piura. Una historia de folletín, truculenta y vulgar, que —lo fui descubriendo después, a medida que la reconstruía con datos de aquí y allá y añadidos imaginarios donde resultaba imposible llenar los blancos— había avergonzado a mi familia materna (mi única familia, en verdad) y destruido la vida de mi madre cuando era todavía poco más que una adolescente.

Una historia que había comenzado once años atrás, a más de dos mil kilómetros de este malecón Eguiguren, escenario de la gran revelación. Mi madre tenía diecinueve años. Había ido a Tacna acompañando a mi abuelita Carmen —que era tacneña— desde Arequipa, donde vivía la familia, para asistir al matrimonio de algún pariente, aquel 10 de marzo de 1934, cuando, en lo que debía ser un precario y recientísimo aeropuerto de esa pequeña ciudad de provincia, alguien le presentó al encargado de la estación de radio de Panagra, versión primigenia de la Panamerican: Ernesto J. Vargas. Él tenía veintinueve años y era muy buen mozo. Mi madre quedó prendada de él desde ese instante y para siempre. Y él debió enamorarse también, pues, cuando, luego de unas semanas de vacaciones tacneñas, ella volvió a Arequipa, le escribió varias cartas e, incluso, hizo un viaje a despedirse de ella al trasladarlo la Panagra al Ecuador. En esa brevísima visita a Arequipa se hicieron formalmente novios. El noviazgo fue epistolar; no volvieron a verse hasta un año después, cuando mi padre —al que la Panagra acababa de mutar de nuevo, ahora a Lima— reapareció por Arequipa para la boda. Se casaron el 4 de junio de 1935, en la casa donde vivían los abuelos, en el bulevar Parra, adornada primorosamente para la ocasión, y en la foto que sobrevivió (me la mostrarían muchos años después), se ve a Dorita posando con su vestido blanco de larga cola y tules traslúcidos, con una expresión nada radiante, más bien grave, y en sus grandes ojos oscuros una sombra inquisitiva sobre lo que le depararía el porvenir.

Lo que le deparó fue un desastre. Después de la boda, viajaron a Lima de inmediato, donde mi padre era radio-operador de la Panagra. Vivían en una casita de la calle Alfonso Ugarte, en Miraflores. Desde el primer momento, él sacó a traslucir lo que la familia Llosa llamaría, eufemísticamente, «el mal carácter de Ernesto». Dorita fue sometida a un régimen carcelario, prohibida de frecuentar amigos y, sobre todo, parientes, obligada a permanecer siempre en la casa. Las únicas salidas las hacía acompañada de mi padre y consistían en ir a algún cinema o a visitar al cuñado mayor, César, y a su esposa Orieli, que vivían también en Miraflores. Las escenas de celos se sucedían por cualquier pretexto y a veces sin pretexto y podían degenerar en violencias.

Muchos años más tarde, cuando yo ya tenía canas y

me fue posible hablar con ella de los cinco meses y medio que duró su matrimonio, mi madre seguía aún repitiendo la explicación familiar del fracaso conyugal: el mal carácter de Ernesto y sus celos endemoniados. Y echándose algo de la culpa, pues, tal vez, el haber sido una muchacha tan mimada, para quien la vida en Arequipa había sido tan fácil, tan cómoda, no la preparó para esa prueba difícil, pasar de la noche a la mañana a vivir en otra ciudad, con una persona tan dominante, tan distinta de quienes la habían rodeado.

Pero la verdadera razón del fracaso matrimonial no fueron los celos, ni el mal carácter de mi padre, sino la enfermedad nacional por antonomasia, aquella que infesta todos los estratos y familias del país y en todos deja un relente que envenena la vida de los peruanos: el resentimiento y los complejos sociales. Porque Ernesto J. Vargas, pese a su blanca piel, sus ojos claros y su apuesta figura, pertenecía —o sintió siempre que pertenecía, lo que es lo mismo— a una familia socialmente inferior a la de su mujer. Las aventuras, desventuras y diabluras de mi abuelo Marcelino habían ido empobreciendo y rebajando a la familia Vargas hasta el ambiguo margen donde los burgueses empiezan a confundirse con eso que los que están más arriba llaman el pueblo, y en el que los peruanos que se creen blancos empiezan a sentirse cholos, es decir, mestizos, es decir, pobres y despreciados. En la variopinta sociedad peruana, y acaso en todas las que tienen muchas razas y astronómicas desigualdades, blanco y cholo son términos que quieren decir más cosas que raza o etnia: ellos sitúan a la persona social y económicamente, y estos factores son muchas veces los determinantes de la clasificación. Ésta es flexible y cambiante, supeditada a las circunstancias y a los vaivenes de los destinos particulares. Siempre se es blanco o cholo de alguien, porque siempre se está mejor o peor situado que otros, o se es más o menos pobre o importante, o de rasgos más o menos occidentales o mestizos o indios o africanos o asiáticos que otros, y toda esta selvática nomenclatura que decide buena parte de los destinos individuales se mantiene gracias a una efervescente construcción de prejuicios y sentimientos —desdén, desprecio, envidia, rencor, admiración, emulación— que es, muchas veces, por debajo de las ideologías, valores y desvalores, la explicación profunda de los conflictos y frustraciones de la vida peruana. Es un grave error, cuando se habla de prejuicio racial y de prejuicio social, creer que éstos se ejercen sólo de arriba hacia abajo; paralelo al desprecio que manifiesta el blanco al cholo, al indio y al negro, existe el rencor del cholo al blanco y al indio y al negro, y de cada uno de estos tres últimos a todos los otros, sentimientos, pulsiones o pasiones, que se emboscan detrás de las rivalidades políticas, ideológicas, profesionales, culturales y personales, según un proceso al que ni siquiera se puede llamar hipócrita, ya que rara vez es lúcido y desembozado. La mayoría de las veces es inconsciente, nace de un yo recóndito y ciego a la razón, se mama con la leche materna y empieza a formalizarse desde los primeros vagidos y balbuceos del peruano.

Ése fue probablemente el caso de mi padre. Más íntima y decisiva que su mal carácter o que sus celos, estropeó su vida con mi madre la sensación, que nunca lo abandonó, de que ella venía de un mundo de apellidos que sonaban —esas familias arequipeñas que se preciaban de sus abolengos españoles, de sus buenas maneras, de su hablar castizo—, es decir, de un mundo superior al de su familia, empobrecida y desbaratada por la política.

Mi abuelo paterno, Marcelino Vargas, había nacido en Chancay y aprendido el oficio de radiooperador, que enseñaría a mi padre en las breves pausas de su agitada existencia. Pero la pasión de su vida fue la política. Entró a Lima por la puerta de Cocharcas con las montoneras de Piérola, el 17 de marzo de 1885, cuando era un mozalbete. Y fue después fiel seguidor del caudillo liberal Augusto Durán, en cuyas peripecias políticas lo acompañó, por lo que vivió a salto de mata, pasando de prefecto de Huánuco a deportado en Ecuador y preso y prófugo en muchas ocasiones. Esta sobresaltada vida obligó a mi abuela Zenobia Maldonado —una mujer a la que las fotos muestran con expresión implacable y de quien mi padre decía conmovido que no vacilaba en azotarlos hasta la sangre a él y a sus hermanos cuando se portaban mal— a hacer toda clase de milagros para dar de comer a sus cinco hijos, a los que prácticamente crió y educó ella sola (tuvo ocho, pero tres murieron a poco de nacer).

Debieron vivir muy pobremente, pues mi padre estudió en un colegio nacional —el Guadalupe—, que abandonó a los trece años para contribuir al mantenimiento de la familia. Trabajó como aprendiz, en la zapatería de un italiano, y luego, gracias a los rudimentos de radiotelegrafía que le enseñó don Marcelino, en el correo, como radio-operador. En 1925 murió mi abuela Zenobia y ese mismo año mi padre estaba en Pisco, de telegrafista. Un día compró a medias con un amigo un boleto de la lotería de Lima que salió premiado con el premio mayor: ¡cien mil soles! Con los cincuenta mil que le tocaron, una fortuna para la época, se fue a Buenos Aires (que, en la opulenta Argentina de los años veinte, era para América Latina lo que París para Europa), donde llevó una vida disipada en la que su dinero se agotó rápidamente. Con las sobras, tuvo la prudencia de perfeccionar sus estudios de radiotelefonía, en la Trans Radio, donde sacó un diploma profesional. Un año después ganó un concurso como segundo operador de la marina mercante argentina, en la que permaneció cinco años, viajando por todos los mares del mundo. (De esta época era una fotografía de él, muy apuesto, en uniforme azul marino, que adornó mi velador toda mi infancia cochabambina y que, al parecer, yo besaba al meterme a la cama, dando las buenas noches a «mi papacito que está en el cielo».)

Regresó al Perú hacia 1932 o 1933, contratado por la Panagra como operador de vuelo. En esos avioncitos pioneros estuvo volando más de un año por los inexplorados cielos peruanos hasta que, en 1934, fue destinado al aeropuerto de Tacna, donde se produjo aquel encuentro de marzo de 1934 gracias al cual vine al mundo.

Esa existencia transeúnte y diversa no liberó a mi padre de los tortuosos rencores y complejos de que está hecha la psicología de los peruanos. De algún modo y por alguna complicada razón, la familia de mi madre llegó a representar para él lo que nunca tuvo o lo que su familia perdió —la estabilidad de un hogar burgués, el firme tramado de relaciones con otras familias semejantes, el referente de una tradición y un cierto distintivo social— y, como consecuencia, concibió hacia esa familia una animadversión que emergía con cualquier pretexto y se volcaba en improperios contra los Llosa en sus ataques de rabia. En verdad, estos sentimientos tenían muy poco sustento ya en aquella época —mediados de los años treinta—, pues la familia Llosa, que había sido, desde que llegó a Arequipa el primero de la estirpe —el maese de campo don Juan de la Llosa y Llaguno—, acomodada y con ínfulas aristocráticas, había venido decayendo hasta ser, en la generación de mi abuelo, una familia arequipeña de clase media de modestos recursos. Eso sí, bien relacionada y firmemente establecida en el mundillo de la sociedad. Era esto último, probablemente, lo que ese ser desenraizado, sin familia y sin pasado, que era mi padre, nunca pudo perdonarle a mi mamá. Mi abuelo Marcelino, luego de la muerte de doña Zenobia, había culminado su peripecia aventurera con algo que llenaba de vergüenza a mi progenitor: yéndose a vivir con una india de trenza y pollera a un pueblecito de los Andes centrales, donde terminó su existencia, nonagenario y cargado de hijos, como jefe de estación del Ferrocarril Central. Ni siquiera los Llosa provocaban invectivas semejantes a las que le inspiraba don Marcelino, las raras veces que se refería a él. Su nombre era tabú en la casa, así como todo lo que se vinculaba a su persona. (Y, sin duda por ello, yo alenté siempre una secreta simpatía por el abuelo paterno que nunca conocí.)

Mi madre quedó embarazada, esperándome, a poco de casarse. Esos primeros meses de embarazo los pasó sola en Lima, con la compañía eventual de su cuñada Orieli. Las peleas domésticas se sucedían y la vida para mi madre era muy difícil, pese a lo cual su apasionado amor a mi padre no disminuyó. Un día, desde Arequipa, la abuelita Carmen anunció que vendría a estar al lado de mi madre durante el parto. Mi padre había sido encargado de ir a La Paz a abrir la oficina de Panagra. Como la cosa más natural del mundo dijo a su mujer: «Anda tú a tener el bebe a Arequipa, más bien.» Y arregló todo de tal manera que mi madre no pudo sospechar lo que tramaba. Aquella mañana de noviembre de 1935, se despidió como un marido cariñoso de su esposa embarazada de cinco meses.

Nunca más la llamó ni le escribió ni dio señales de vida, hasta diez años después, es decir, hasta muy poco antes de esa tarde en que, en el malecón Eguiguren de Piura, mi mamá me revelaba que el padre al que yo hasta entonces había creído en el cielo, estaba aún en esta tierra, vivo y coleando.

—¿No me estás mintiendo, mamá?

—¿Crees que te voy a mentir en una cosa así?

—¿De veras está vivo?

—Sí.

—¿Lo voy a ver? ¿Lo voy a conocer? ¿Dónde está, pues?

—Aquí, en Piura. Lo vas a conocer ahora mismo.

Cuando ya pudimos hablar de eso, muchos años después de aquella tarde y muchos años después de que mi padre hubiera muerto, a mi madre todavía le temblaba la voz y se le llenaban los ojos de lágrimas, recordando la desazón de aquellos días, en Arequipa, cuando, ante el total enmudecimiento de su marido —no llamadas por teléfono, no telegramas, no cartas, ningún mensaje indicando sus señas en Bolivia—, comenzó a sospechar que había sido abandonada y que, dado su famoso carácter, sin duda nunca lo volvería a ver ni a saber de él. «Lo peor de todo», dice, «fueron las habladurías. Lo que la gente inventó, los chismes, las mentiras, los rumores. ¡Tenía tanta vergüenza! No me atrevía a salir de la casa. Cuando alguien venía a visitar a los papas, me encerraba en mi cuarto y echaba la llave». Menos mal que el abuelito Pedro, la abuela Carmen, la Mamaé y todos sus hermanos se habían portado tan bien. Acariñándola, protegiéndola y haciéndole sentir que, aunque había perdido a su marido, siempre tendría un hogar y una familia.

En el segundo piso de la casa del bulevar Parra, donde vivían los abuelos, nací en la madrugada del 28 de marzo de 1936, después de largo y doloroso alumbramiento. El abuelo envió un telegrama a mi padre, a través de la Panagra, anunciándole mi venida al mundo. No respondió, ni tampoco una carta que mi madre le escribió contándole que me habían bautizado con el nombre de Mario. Como ignoraban si no contestaba porque no quería hacerlo o porque no le llegaban los mensajes, mis abuelos pidieron a un pariente que vivía en Lima, el doctor Manuel Bustamante de la Fuente, que lo buscara en la Panagra. Éste fue a hablar con él al aeropuerto, donde mi padre había retornado luego de unos meses en Bolivia. Su reacción fue exigir el divorcio. Mi madre consintió y aquél se hizo, por mutuo disenso, a través de abogados, sin que los ex cónyuges tuvieran que verse las caras.

Ese primer año de vida, el único que he pasado en la ciudad donde nací y del que nada recuerdo, fue un año infernal para mi madre así como para los abuelos y el resto de la familia —una familia prototípica de la burguesía arequipeña, en todo lo que la expresión tiene de conservador—, que compartían la vergüenza de la hija abandonada y, ahora, madre de un hijo sin padre. Para la sociedad de Arequipa, prejuiciosa y pacata, el misterio de lo ocurrido a Dorita excitaba las habladurías. Mi madre no ponía los pies en la calle, salvo para ir a la iglesia, y se dedicó a cuidar al niño recién nacido, secundada por mi abuela y la Mamaé que hicieron del primer nieto la persona mimada de la casa.

Un año después de nacido yo, el abuelo firmó un contrato de diez años con la familia Said para ir a trabajar unas tierras que ésta acababa de adquirir en Bolivia, cerca de Santa Cruz —la hacienda de Saipina— donde quería introducir el cultivo del algodón, que aquél había sembrado con éxito en Camaná. Aunque nunca me lo dijeron, nadie puede quitarme de la cabeza que la infortunada historia de su hija mayor, y la tremenda incomodidad que les causaba el abandono y el divorcio de mi madre, impulsaron al abuelo a aceptar aquel trabajo que sacó a la familia de Arequipa, adonde nunca volvería. «Fue para mí un gran alivio ir a otro país, a otra ciudad, donde la gente me dejara en paz», dice mi madre de aquella mudanza.

La familia Llosa se trasladó a Cochabamba, entonces una ciudad más vivible que el pueblecito minúsculo y aislado que era Santa Cruz, y se instaló en una enorme casa de la calle Ladislao Cabrera, en la que transcurrió toda mi infancia. La recuerdo como un Edén. Tenía un zaguán de techo alto y combado que devolvía las voces, y un patio con árboles donde, con mis primas Nancy y Gladys y mis amigos de La Salle, reproducíamos las películas de Tarzán y las seriales que veíamos los domingos, después de la misa del colegio, en las matinales del cine Rex. Alrededor de ese primer patio había una terraza con pilares, unas lonas para el sol y unas mecedoras donde el abuelo Pedro, cuando no estaba en la hacienda, solía dormir la siesta, columpiándose, con unos ronquidos que a mí y a mis primas nos divertían a morir. Había otros dos patios, uno de baldosas y otro de tierra, donde estaban el lavadero, los cuartos de la servidumbre y unos corrales en los que había siempre gallinas y, en una época, una cabrita que trajeron de Saipina y que la abuela terminó por adoptar. Uno de mis primeros terrores de infancia fue esta cabrita que, cuando se soltaba de su amarra, la emprendía a topetazos con todo lo que se le ponía delante, causando una revolución en la casa. En otra época hubo también una lorita parlanchina, que imitaba las ruidosas pataletas que me aquejaban con frecuencia, y chillaba como yo: «¡Abuelaaa, abuelaaa!»

La casa era enorme pues cabíamos en ella, con cuartos propios, los abuelos, la Mamaé, mi mamá y yo, mis tíos Laura y Juan y sus hijas Nancy y Gladys, los tíos Lucho y Jorge, y el tío Pedro, que estudiaba medicina en Chile pero venía a pasar vacaciones con nosotros. Y, además, las sirvientas y la cocinera, nunca menos de tres.

En aquella casa fui engreído y consentido hasta unos extremos que hicieron de mí un pequeño monstruo. El engreimiento se debía a que era el primer nieto para los abuelos y el primer sobrino de los tíos, y también a ser el hijo de la pobre Dorita, un niño sin papá. El no tener papá, o, mejor dicho, que mi papá estuviera en el cielo, no era algo que me atormentara; al contrario, esa condición me confería un
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