Mario Vargas Llosa El Pez En El Agua (Memorias)




descargar 1.5 Mb.
títuloMario Vargas Llosa El Pez En El Agua (Memorias)
página4/42
fecha de publicación10.03.2016
tamaño1.5 Mb.
tipoMemorias
med.se-todo.com > Historia > Memorias
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   42

III. LIMA LA HORRIBLE



Por la avenida Salaverry, frente a la casita de Magdalena, donde llegamos a vivir en esos días finales de 1946 o primeros de 1947, pasaba el tranvía Lima-San Miguel. La casa existe, descolorida y destartalada, y aún ahora, cuando paso por allí, siento ramalazos de angustia. El año y pico que viví en ella fue el más amargo de mi vida. Era una casa de dos pisos. En la planta baja había una salita, un comedor, una cocina y un pequeño patio con el cuarto de la sirvienta. Y, en los altos, el baño y los dormitorios de mis padres y mío, separados por un breve rellano.

Desde que llegamos, me sentí excluido de la relación entre mi mamá y mi papá, un señor del que, a medida que pasaban los días, me parecía distanciarme. Me exasperaba que se encerraran en su dormitorio durante el día, y con cualquier pretexto les tocaba la puerta, hasta que mi padre me reconvino, advirtiéndome que no lo hiciera más. Su manera fría de hablar y sus ojos de luz cortante es lo que más recuerdo de esos primeros días en Lima, ciudad a la que detesté desde el primer momento. Me sentía solo, extrañaba a los abuelos, a la Mamaé, al tío Lucho, a mis amigos de Piura. Y me aburría, encerrado, sin saber qué hacer. A poco de llegar, mis padres me matricularon en el colegio de La Salle, en el sexto de primaria, pero las clases sólo comenzarían en abril y estábamos en enero. ¿Me iba a pasar todo el verano enclaustrado, viendo, de tanto en tanto, el traqueteante tranvía a San Miguel?

A la vuelta, en una casita idéntica a la nuestra, vivían el tío César con la tía Orieli y sus hijos Eduardo, Pepe y Jorge. Los dos primeros eran algo mayores que yo y Jorge de mi edad. Fueron cariñosos conmigo y se esforzaron por hacerme sentir de la familia, llevándome una noche a un chifa de la calle Capón —la primera vez que probé la comida chino-peruana— y, mis primos, al fútbol. Recuerdo mucho la visita al viejo estadio de la calle José Díaz, a las graderías de popular, a ver el clásico Alianza Lima-Universitario de Deportes. Eduardo y Jorge eran hinchas del Alianza y Pepe de la U y yo me hice también, como éste, fanático del equipo crema, y pronto tuve, en mi dormitorio, fotografías de sus cracks: el espectacular arquero Garagate, el defensor y capitán Da Silva, la saeta rubia, Toto Terry, y, sobre todo, el famosísimo Lolo Fernández, gran centro delantero, caballero de la cancha y goleador. Mis primos tenían un barrio, amigos con quienes se reunían frente a su casa a conversar y a patear pelota y hacer tiros al arco, y me llamaban a jugar con ellos. Pero nunca llegué a integrarme a su barrio, en parte porque, a diferencia de mis primos, que podían salir a la calle en cualquier momento y recibir amigos en su casa, a mí eso me estaba prohibido. Y, en parte porque, aunque el tío César y la tía Orieli, así como Eduardo, Pepe y Jorge siempre hicieron gestos para que me acercara, yo me mantuve distante. Porque ellos eran la familia de ese señor, no mi familia.

Al poco tiempo de estar en Magdalena, una noche, a la hora de la comida, me eché a llorar. Cuando mi padre preguntó qué me ocurría, le dije que extrañaba a los abuelos y que quería regresar a Piura. Ésa fue la primera vez que me riñó. Sin golpearme, pero alzando la voz de una manera que me asustó, y mirándome con una mirada fija que desde esa noche aprendí a asociar con sus rabias. Hasta entonces yo le había tenido celos, porque me había robado a mi mamá, pero desde ese día empecé a tenerle miedo. Me mandó a la cama y poco después, ya acostado, lo oí, reprochando a mi madre haberme educado como un niñito caprichoso y diciendo cosas durísimas contra la familia Llosa.

Desde entonces, cada vez que estábamos solos, empecé a atormentar a mi madre por haberme traído a vivir con él, exigiéndole que nos escapáramos a Piura. Ella trataba de calmarme, que tuviera paciencia, que hiciera esfuerzos para ganarme el cariño de mi papá, pues él me notaba hostil y eso lo resentía. Yo le contestaba a gritos que a mí ese señor no me importaba, que no lo quería ni lo querría nunca, pues a quien quería era a mis tíos y a mis abuelos. Esas escenas la amargaban y la hacían llorar.

Frente a nuestra casa, en la avenida Salaverry, había una librería en un garaje. Vendía revistas y libros para niños y las propinas me las gastaba, todas, comprando Penecas y Billikens, una revista argentina de deportes, con lindas ilustraciones de colores, El Gráfico, y los libros que podía, de Salgari, Karl May y Julio Verne, sobre todo, de quien El correo del zar y La vuelta al mundo en ochenta días, me habían hecho soñar con países exóticos y destinos fuera de lo común. Nunca me alcanzaban las propinas para comprar todo lo que quería y el librero, un hombrecito corvo y barbudo, me prestaba a veces una revista o un libro de aventuras, con la condición de que se los devolviera a las veinticuatro horas e intactos. En esos primeros meses largos y siniestros de Lima, en 1947, las lecturas fueron la escapatoria de la soledad en que me hallé de pronto, después de haber vivido rodeado de parientes y amigos, acostumbrado a que me dieran gusto en todo y me celebraran como gracias las malacrianzas. En esos meses me habitué a fantasear y soñar, a buscar en la imaginación, que esas revistas y novelitas azuzaban, una vida alternativa a la que tenía, sola y carcelaria. Si ya había en mí las semillas de un fabulador, en esta etapa cuajaron, y, si no las había, allí debieron brotar.

Peor que no salir nunca y pasarme las horas en mi cuarto, era una sensación nueva, una experiencia que en esos meses se apoderó de mí y fue desde entonces compañera: el miedo. Miedo de que ese señor viniera de la oficina con la palidez, las ojeras y la venita abultada de la frente que presagiaban tormenta, y comenzara a insultar a mi mamá, tomándole cuentas por lo que había hecho estos diez años, preguntándole qué puterías había cometido mientras estuvo separada de él, y maldiciendo a todos los Llosa, uno por uno, abuelos, tíos y tías, en los que él se cagaba —sí, se cagaba—, aunque fueran parientes de ese pobre calzonazos que era el presidente de la República, en el que, por supuesto, también se cagaba. Yo sentía pánico. Me temblaban las piernas. Quería volverme chiquito, desaparecer. Y, cuando, sobreexcitado con su propia rabia, se lanzaba a veces contra mi madre, a golpearla, yo quería morirme de verdad, porque incluso la muerte me parecía preferible al miedo que sentía.

A mí me pegaba también, de vez en cuando. La primera vez fue un domingo, a la salida de misa, en la parroquia de Magdalena. Por alguna razón yo estaba castigado y no debía apartarme de casa, pero supuse que el castigo no incluía faltar a la misa, y, con el consentimiento de mi mamá, me fui a la iglesia. Al salir, en medio de la gente, vi el Ford azul, al pie de las gradas. Y a él, plantado en la calle, esperándome. Viéndole la cara, supe lo que iba a pasar. O, quizá, no, pues era muy al comienzo y aún no lo conocía. Imaginé que, como habían hecho alguna vez mis tíos, cuando ya no soportaban mis travesuras, me daría un coscorrón o un jalón de orejas y cinco minutos después todo habría pasado. Sin decir palabra, me pegó una cachetada que me derribó al suelo, me volvió a pegar y luego me metió al auto a empellones, donde empezó a decir esas terribles palabrotas que me hacían sufrir tanto como sus golpes. Y, en la casa, mientras me hacía pedirle perdón, me siguió pegando, a la vez que me advertía que me iba a enderezar, a hacer de mí un hombrecito, pues él no permitiría que su hijo fuera el maricueca que habían criado los Llosa.

Entonces, junto con el terror, me inspiró odio. La palabra es dura y así me lo parecía también, entonces, y de pronto, en las noches, cuando, encogido en mi cama, oyéndolo gritar e insultar a mi madre, deseaba que le sobrevinieran todas las desgracias del mundo —que, por ejemplo, un día, el tío Juan, el tío Lucho, el tío Pedro y el tío Jorge lo emboscaran y le dieran una paliza—, me llenaba de espanto, porque odiar a su propio padre tenía que ser un pecado mortal, por el que Dios me castigaría. En La Salle había confesiones todas las semanas y yo me confesaba con frecuencia; siempre tenía la conciencia sucia con esa culpa, odiar a mi papá y desear que se muriera para que yo y mi mamá volviéramos a tener la vida de antes. Me acercaba al confesonario con la cara ardiéndome de la vergüenza por repetir cada vez el mismo pecado.

No había sido, ni en Bolivia ni en Piura, muy piadoso, uno de esos beatitos que abundaban entre mis compañeros de La Salle y del Salesiano, pero en esta primera época en Lima estuve cerca de serlo, aunque por malas razones, pues ésa era una manera discreta de resistir a mi papá. El se burlaba de lo beatos que eran los Llosa, y de esa mariconería que me habían inculcado de persignarme al pasar delante de una iglesia y de esas costumbres de los católicos de arrodillarse ante esos hombres con polleras que eran los curas. Decía que para entenderse con Dios él no necesitaba intermediarios, y menos a unos ociosos y parásitos con faldas de mujeres. Pero, aunque se burlaba mucho de lo beatos que éramos mi mamá y yo, no nos prohibía ir a misa, acaso porque sospechaba que, aunque ella obedecía todas sus órdenes y prohibiciones, ésta no la hubiera respetado: su fe en Dios y en la Iglesia Católica era más fuerte que la pasión que sentía por él. Aunque, quién sabe: el amor de mi madre por mi padre, masoquista y torturado como siempre me pareció, tenía ese carácter excesivo y transgresor de los grandes amores-pasión que no vacilan en pagar el precio del infierno para prevalecer. En todo caso, nos permitía ir a misa y a veces —yo suponía que por sus celos desmesurados— nos acompañaba él mismo. Permanecía de pie durante todo el oficio, sin santiguarse ni arrodillarse durante la consagración. Yo, en cambio, lo hacía, y rezaba con fervor, juntando las manos y entrecerrando los ojos. Y comulgaba todas las veces que podía. Esas demostraciones eran un modo de oponerme a su autoridad y, acaso, de irritarlo.

Pero se trataba de algo muy indirecto y poco consciente, porque el miedo que le tenía era demasiado grande para arriesgarme deliberadamente a provocar esos colerones que se convirtieron en la pesadilla de mi infancia. Mis manifestaciones de rebeldía, si se pueden llamar así, eran remotas y cobardes, se fraguaban en mi imaginación, a salvo de sus miradas, cuando, en mi cama, a oscuras, inventaba para él maldades, o con actitudes y gestos imperceptibles para nadie que no fuera yo mismo. Por ejemplo, no volverlo a besar, después de la tarde en que lo conocí, en el hotel de Turistas de Piura. En la casita de Magdalena, besaba a mi mamá y a él le decía «buenas noches» y me iba corriendo a la cama, al principio asustado de mi audacia, temiendo que me llamara, me clavara su mirada inmóvil y con su voz de cuchillo me preguntara por qué no lo había besado también a él. Pero no lo hizo, sin duda porque el palo era tan orgulloso como la astilla.

Vivíamos en tensión. Yo tenía el pálpito de que en cualquier momento iba a ocurrir algo tremendo, una gran desgracia, que en una de sus rabias él iba a matar a mi mamá o a mí o a los dos juntos. Era la casa más anormal del mundo. Nunca se recibía una visita, nunca salíamos a visitar a nadie. Ni siquiera íbamos donde los tíos César y Orieli, porque mi padre detestaba la vida social. Cuando estábamos a solas y yo comenzaba a sacarle en cara el que se hubiera amistado con él para esto, para vivir muertos de miedo, mi mamá trataba de convencerme de que mi papá no era tan malo. Tenía sus virtudes. No bebía una copa de alcohol, no fumaba, jamás echaba una cana al aire, era tan formal y tan trabajador. ¿No eran éstos, acaso, grandes méritos? Yo le decía que hubiera sido preferible que se emborrachara, que fuera un jaranista, porque así sería un hombre más normal, y ella y yo podríamos salir y yo tener amigos e invitarlos e ir a jugar a sus casas.

A los pocos meses de estar en Magdalena, la relación con mis primos Eduardo, Pepe y Jorge se cortó, luego de un pleito familiar que distanciaría a mi papá de su hermano César por muchos años. No recuerdo los detalles pero sí que el tío César vino a la casa con sus tres hijos y me invitó a ir al fútbol. Mi papá no estaba y yo, que había aprendido a ser prudente, le dije que no me atrevía sin haberle pedido permiso. Pero el tío César dijo que él se lo explicaría luego del partido. Al volver, ya de noche, mi padre nos esperaba en la calle, a la puerta de la casa del tío César. Y en la ventana estaba la tía Orieli, con una expresión alarmada, como advirtiéndonos algo. Todavía recuerdo el gran escándalo, los gritos al pobre tío César, que retrocedía, confuso, dándole explicaciones, y mi propio espanto, mientras mi padre me regresaba a la casa dándome de puntapiés.

Cuando me pegaba, yo perdía totalmente los papeles, y el terror me hacía muchas veces humillarme ante él y pedirle perdón con las manos juntas. Pero ni eso lo calmaba. Y seguía golpeando, vociferando y amenazándome con meterme al Ejército de soldado raso apenas tuviera la edad reglamentaria, para que me pusieran en vereda. Cuando aquello terminaba, y podía encerrarme en mi cuarto, no eran los golpes, sino la rabia y el asco conmigo mismo por haberle tenido tanto miedo y haberme humillado ante él de esa manera, lo que me mantenía desvelado, llorando en silencio.

Desde aquel día quedé prohibido de volver a casa de los tíos César y Orieli y de juntarme con mis primos. Mi soledad fue total, hasta terminar el verano de 1947 y cumplir los once años. Con las clases en La Salle, mejoraron las cosas. Estaba varias horas del día fuera de la casa. El ómnibus azul del colegio me recogía en la esquina, a las siete y media, me traía a las doce, me volvía a llevar a la una y media y me regresaba a Magdalena a las cinco. El viaje por la larga avenida Brasil hacia Breña, recogiendo y dejando muchachos, era una liberación del encierro y me encantaba. El hermano Leoncio, nuestro profesor en el sexto de primaria, un francés colorado y sesentón, bastante cascarrabias, de alborotados cabellos blancos, con un enorme rulo que estaba todo el tiempo cayéndosele sobre la frente y que él se echaba atrás con equinos movimientos de cabeza, nos hacía aprendernos de memoria poesías de fray Luis de León («Y dejas, pastor santo...»). Pronto vencí el embarazo inevitable de ser un advenedizo en una clase de muchachos que llevaban ya varios años juntos, e hice buenos amigos en La Salle. Algunos duraron más que los tres años que estudié allí, como José Miguel Oviedo, compañero de carpeta, que sería, luego, el primer crítico literario que escribió un libro sobre mí.

Pero pese a esos amigos, y también a algunos buenos profesores, mi memoria de los años lasallinos está empañada por la presencia de mi padre, cuya sombra aplastante se alargaba, seguía mis pasos y parecía interferir en todas mis actividades y estropearlas. La verdadera vida escolar es la de los juegos y los ritos, no se hace en las clases sino antes y después de ellas, en las esquinas donde los amigos se reúnen, en las casas particulares donde se buscan y se encuentran para planear las matinées o los partidos o las mataperradas que, paralelamente a las clases, constituyen la formación profunda de un muchacho, la hermosa aventura de la infancia. Yo había tenido eso en Bolivia y en Piura y ahora que no lo tenía vivía con la nostalgia de aquella época, lleno de envidia hacia esos compañeros de La Salle, como el Perro Martínez, o Perales, o la Vieja Zanelli, o el Flaco Ramos, que podían quedarse a jugar fútbol en la cancha del colegio después de las clases, visitarse e ir a las seriales de los cines de barrio aunque no fuera domingo. Yo debía regresar a la casa apenas terminaban las clases y encerrarme en mi cuarto a hacer tareas. Y cuando a alguno del colegio se le ocurría invitarme a tomar té o a que fuera a su casa el domingo después de la misa, para almorzar e ir a la matinée, tenía que inventar toda clase de excusas, porque ¿cómo iba a atreverme a pedir permiso a mi padre para semejantes cosas?

Regresaba a Magdalena y le rogaba a mi mamá que me diera temprano la comida para meterme a la cama antes de que él llegara y así no verlo hasta el día siguiente. Muchas veces, cuando aún estaba acabando de comer, sentía el Ford azul frenando ante la puerta, y subía a trancos la escalera, y me zambullía en la cama vestido, tapándome con la sábana hasta la cabeza. Esperaba que ellos estuvieran comiendo u oyendo en Radio Central el programa de Teresita Arce, La Chola Purificación Chanca, que a él lo hacía reír a carcajadas, para levantarme de puntillas y ponerme el piyama.

Pensar que en Lima vivían el tío Juan, la tía Laura y mis primas Nancy y Gladys, y los tíos Jorge y Gaby, y el tío Pedro, y que nosotros no pudiéramos verlos, por la antipatía de él a la familia Llosa, me amargaba tanto como estar sometido a su autoridad. Mi mamá quería hacérmelo entender, con razones que yo no escuchaba: «Tiene su carácter, hay que darle gusto para llevar la fiesta en paz.» ¿Por qué nos prohibía que viéramos a mis tíos, a mis primas? Cuando no estaba él, solo frente a mi madre, yo recobraba la seguridad y las insolencias que antes me consentían los abuelos y la Mamaé. Mis escenas exigiéndole que nos escapáramos donde él nunca pudiera encontrarnos, debían hacer mucho más difícil su vida. Algún día de desesperación llegué a amenazarla con que, si no nos íbamos, le acusaría a mi papá que en Piura había ido a visitarla a la prefectura ese español que se llamaba Azcárate, ese que trataba de comprarme llevándome al campeonato de box. Ella se ponía a llorar y yo me sentía un miserable.

Hasta que un día nos escapamos. No recuerdo cuál de las peleas —aunque llamar peleas a esas escenas en las que él gritaba, insultaba y golpeaba, y mi madre lloraba o lo escuchaba, muda, es una exageración— la decidió a dar el gran paso. Tal vez aquella que mi memoria conserva como una de las más tremebundas. Era de noche y veníamos de alguna parte, en el Ford azul. Mi mamá contaba algo y de pronto mencionó a una señora de Arequipa llamada Elsa. «¿Elsa?», preguntó él. «¿Elsa tal cual?» Yo me eché a temblar. «Sí, ella», balbuceó mi madre y trató de hablar de otra cosa. «La grandísima puta en persona», silabeó él. Estuvo callado un buen rato y de repente sentí dar a mi madre un alarido. La había pellizcado en la pierna con tal furia que se le formó luego un gran hematoma morado. Me lo mostró después, diciendo que no podía más. «Vámonos, mamá, vámonos de una vez, escapémonos.»

Esperamos que hubiera partido a la oficina y, en un taxi, llevando apenas unas cuantas cosas de mano, nos fuimos a Miraflores, a la avenida 28 de Julio, donde vivían el tío Jorge y la tía Gaby, y también el tío Pedro, aún soltero, que ese año terminaba su carrera de médico. Fue emocionante ver de nuevo a los tíos y estar en ese barrio tan bonito, de calles con árboles y casitas que tenían jardines bien cuidados. Sobre todo, era maravilloso sentir que estaba otra vez con mi familia, lejos de ese señor, y saber que nunca volvería a oírlo ni verlo ni a sentir miedo. La casa del tío Jorge y la tía Gaby, que tenían dos hijos de pocos años, Silvia y Jorgito, era muy pequeña, pero nos acomodaron de algún modo —yo dormía en un sillón— y mi felicidad fue ilimitada. ¿Qué ocurriría ahora con nosotros? Mi mamá y mis tíos celebraban largas conversaciones de las que me mantenían apartado. Fuera lo que fuera, yo no tenía palabras suficientes para agradecer a Dios, a la Virgen y a ese Señor de Limpias del que la abuelita Carmen era tan devota, por habernos librado de él.

Unos días después, al salir de clases, cuando estaba por subir al ómnibus de La Salle que llevaba a los alumnos a San Isidro y Miraflores, el alma se me vino a los pies: ahí estaba él. «No te asustes», me dijo. «No te voy a hacer nada. Ven conmigo.» Lo vi muy pálido y con grandes ojeras, como si no hubiera dormido muchos días. En el auto, hablando con amabilidad, me explicó que iríamos a recoger mi ropa y la de mi mamá y que me llevaría después a Miraflores. Yo estaba seguro de que esa manera afable escondía una trampa y que apenas llegáramos a la casa de la avenida Salaverry me pegaría. Pero no lo hizo. Había metido ya parte de nuestras ropas en maletas y tuve que ayudarlo a poner lo demás en unas bolsas y, cuando éstas se acabaron, en una frazada azul, que amarramos de las puntas. Mientras hacíamos eso, yo, con el alma en un hilo, siempre temiendo que en cualquier instante se arrepintiera de dejarme partir, advertí, sorprendido, que había recortado muchas de las fotos que mi mamá tenía en el velador, eliminándonos a ella y a mí, y que a otras les había clavado alfileres. Cuando, por fin, terminamos de hacer los paquetes, bajamos todo al Ford azul y partimos. No podía creer que resultara tan fácil, que él actuara de manera tan comprensiva. En Miraflores, frente a la casa del tío Jorge y la tía Gaby, no me dejó llamar a la empleada para descargar las cosas. Las sacó y las dejó tiradas en la calle, sobre la pequeña alameda, y la frazada se desató y ropas y objetos se esparcieron por el pasto. Mis tíos comentaron después que con semejante espectáculo todo el vecindario se habría enterado de los trapitos sucios de la familia.

Pocos días después, al llegar a almorzar, noté en las caras de mis tíos algo raro. ¿Qué había pasado? ¿Dónde estaba mi mamá? Me dieron la noticia con delicadeza, como hacían ellos las cosas, conscientes de que sería para mí una tremenda decepción. Se habían amistado, mi mamá había vuelto con él. Y esa tarde, a la salida del colegio, en vez de venir a Miraflores, debería ir yo también a la avenida Salaverry. Se me vino el mundo abajo. ¿Cómo podía hacer eso? ¿También me traicionaba mi mamá?

Entonces no podía entenderlo, sólo padecerlo, y de esas fugas nuestras y posteriores reconciliaciones de mis padres yo salía cada vez más amargado, sintiendo que la vida estaba llena de sobresaltos, sin ninguna compensación. ¿Por qué se amistaba mi madre cada vez con él sabiendo muy bien que, después de unos días o semanas de estar calmado, volvería, con el menor pretexto, a sus golpes e insultos? Lo hacía porque, a pesar de todo, lo quería con esa terquedad obstinada que era un rasgo de su carácter (que yo le heredaría) y porque era el marido que le había dado Dios —y una mujer como ella sólo tenía un marido hasta la consumación de los siglos, aunque la maltratara y aunque hubiera una sentencia de divorcio de por medio— y, también, porque, pese a haber trabajado en la casa Grace en Cochabamba y en Piura, mi madre había sido educada para tener un marido, para ser una ama de casa, y porque no se sentía capaz de ganarse la vida para ella y para su hijo con un trabajo independiente. Lo hacía porque le daba vergüenza que yo y ella siguiéramos mantenidos por los abuelos, que no tenían una buena situación —el abuelito jamás había podido ahorrar con esa familia tribal que vivía a sus costillas—, o pasáramos a serlo por mis tíos, que estaban tratando de hacerse una situación en Lima. Eso lo sé ahora, pero a los once o doce años de edad no lo sabía, e incluso si lo hubiera sabido tampoco lo hubiera entendido. Lo único que sabía y entendía era que, cada vez que se amistaban, yo tenía que volver al encierro, a la soledad y al miedo, y eso me fue llenando el corazón de rencor también hacia mi madre, con la que, desde entonces, no volví a estar tan unido como antes de conocer a mi padre.

Entre 1947 y 1949 nos escapamos varias veces, lo menos media docena, siempre a casa de los tíos Jorge y Gaby o Juan y Laura, que vivían también en Miraflores, y todas las veces, a los pocos días, se produjo la temida reconciliación. A la distancia qué cómicas parecen esas fugas, escondidas, recibimientos con llantos, esas camas precarias que nos armaban en las salas o en los comedores de mis tíos. Siempre había ese acarreo de maletas y bolsas, las idas y venidas, esas explicaciones incomodísimas en La Salle, a los Hermanos y a mis compañeros, de por qué súbitamente tomaba el ómnibus a Miraflores en vez del de Magdalena y luego otra vez el de Magdalena. Me había cambiado de casa ¿sí o no? Porque nadie andaba, como nosotros, mudándose y desmudándose cada cierto tiempo.

Un día —era verano, por lo que debió ser poco después de nuestra venida a Lima—, mi papá me llevó a mí solo en el auto y recogimos a dos muchachos de una esquina. Me los presentó: «Son tus hermanos.» El mayor, un año menor que yo, se llamaba Enrique, y el segundo, dos años menor, Ernesto. Este último tenía el pelo rubio y unos ojos tan claros que cualquiera lo hubiera tomado por un gringuito. Los tres estábamos confusos y no sabíamos qué hacer. Mi papá nos llevó a la playa de Agua Dulce, tomó una carpa, se sentó a la sombra, y nos envió a jugar a la arena y a bañarnos. Poco a poco fuimos entrando en confianza. Estaban en el colegio San Andrés y hablaban inglés. ¿El San Andrés no era un colegio de protestantes? No me atreví a preguntárselo. Después, a solas, mi mamá me contó que, luego de separarse de ella, mi papá se había casado con una señora alemana y que Enrique y Ernesto eran los hijos de ese matrimonio. Pero que se había separado de su esposa gringa hacía ya años, porque ella también tenía su carácter y no le aguantaba el mal humor.

No volví a ver a mis hermanos un buen tiempo. Hasta que en una de esas escapadas periódicas —esta vez estábamos refugiados donde la tía Lala y el tío Juan—, mi papá se presentó a buscarme a la salida de La Salle. Como la vez anterior, me hizo subir al Ford azul. Estaba muy serio y yo tenía mucho miedo. «Los Llosa están tramando sacarte al extranjero», me dijo. «Aprovechándose de su parentesco con el presidente. Pero se van a encontrar conmigo y veremos quién gana.» En vez de Magdalena, fuimos a Jesús María, donde frenó ante una quinta de casitas de ladrillos rojos. Me hizo bajar, tocó y entramos. Ahí estaban mis hermanos. Y su mamá, una señora rubia, que me ofreció una taza de té. «Tú te quedas aquí hasta que yo arregle las cosas», dijo mi papá. Y se fue.

Estuve allí dos días, sin ir al colegio, convencido de que nunca más vería a mi mamá. Él me había raptado y ésta sería mi casa para siempre. Me habían dado una de las camas de mis hermanos y ellos compartían la otra. En la noche me sintieron llorar y se levantaron, prendieron la luz e intentaron consolarme. Pero yo seguía llorando, hasta que la señora de la casa se apareció también, y trató de calmarme. Dos días después mi papá vino a recogerme. Se habían reconciliado y mi mamá estaba esperándome en la casita de Magdalena. Luego ella me contó que, en efecto, había pensado pedirle al presidente un puesto en algún consulado peruano en el extranjero, y que mi papá se enteró. Que me hubiera raptado, ¿no era una prueba de que me quería? Cuando mi mamá trataba de convencerme de que él me quería o de que yo debía quererlo a él pues, a pesar de todo, era mi papá, yo le guardaba aún más rencor que por las amistadas.

Creo que no volví a ver a mis hermanos sino un par de veces más en ese año, y siempre por pocas horas. El año siguiente, ellos partieron con su madre a Los Ángeles, donde ella y Ernesto —Ernie ahora, pues es ciudadano norteamericano y próspero abogado— viven todavía. Enrique contrajo una leucemia cuando estaba en el colegio y tuvo una dolorosa agonía. Volvió por unos días a Lima, poco antes de morir. Fui a verlo y apenas pude reconocer, en esa figurita frágil, devastada por la enfermedad, al muchacho apuesto y deportivo de las fotografías que enviaba a Lima y que nos enseñaba a veces mi papá.

Mientras me tuvo secuestrado donde la gringa (como la llamábamos yo y mi mamá), mi papá se había presentado de manera intempestiva en casa del tío Juan. No entró. Dijo a la empleada que quería hablar con aquél y que lo esperaría en el auto. Mi padre no había vuelto a alternar con nadie de la familia desde aquel lejano día en que abandonó a mi madre en el aeropuerto de Arequipa, a fines de 1935. El tío Juan me contó tiempo después la cinematográfica entrevista. Mi padre lo esperaba sentado al volante del Ford azul y cuando el tío Juan entró, lo previno: «Estoy armado y dispuesto a todo.» Para que no cupiera duda, le mostró el revólver que llevaba en el bolsillo. Dijo que si los Llosa, aprovechando su relación con el presidente, trataban de sacarme al extranjero, tomaría represalias contra la familia. Luego, despotricó contra la educación que me habían dado, engriéndome e inculcándome que lo odiara y fomentándome mariconerías como decir que de grande sería torero y poeta. Pero su nombre estaba en juego y él no tendría un hijo maricón. Luego de esa perorata semihistérica, en la que el tío Juan no pudo colocar una frase, advirtió que mientras no se le dieran garantías de que mi madre no viajaría al extranjero conmigo, los Llosa no volverían a verme la cara. Y se marchó.

Ese revólver que le mostró al tío Juan fue un objeto emblemático de mi infancia y juventud, el símbolo de la relación que tuve con mi padre mientras viví con él. Lo oí disparar, una noche, en la casita de La Perla, pero no sé si alguna vez llegué a ver el revólver con mis propios ojos. Eso sí, lo veía sin tregua, en mis pesadillas y en mis miedos, y cada vez que oía a mi padre gritar y amenazar a mi mamá, me parecía que, en efecto, lo que decía, lo iba a hacer: sacar ese revólver y dispararle cinco tiros y matarla y matarme después a mí.

De esas fugas frustradas resultó sin embargo un contrapeso a lo que fue mi vida en la avenida Salaverry, y, luego, en La Perla: poder pasar los fines de semana en Miraflores, con mis tíos. Ocurrió luego de alguna de nuestras escapadas; en la reconciliación, mi madre consiguió que mi papá me permitiera, al terminar las clases del sábado, ir directamente de La Salle a donde la tía Lala y el tío Juan. Regresaba a la casa el lunes, luego de las clases de la mañana. Ese día y medio semanal, en Miraflores, lejos de su vigilancia, haciendo la vida normal de otros chiquillos de mi edad, se convirtió en lo más importante de la vida, el objetivo acariciado con la imaginación durante toda la semana, y ese sábado y domingo en Miraflores, una experiencia que me llenaba de ánimo y de imágenes hermosas para resistir los horrendos cinco días restantes.

No todos los fines de semana podía ir a Miraflores: sólo cuando obtenía en la libreta de notas, que recibíamos cada sábado, los calificativos de E (excelencia) o de O (óptimo). Si mis notas eran D (deficiente) o M (malo), debía regresar a pasar el fin de semana encerrado. Y había, además, los castigos que recibía por alguna otra razón y que, desde que mi padre descubrió que lo que más ilusión me hacía en el mundo era estar lejos de él, consistieron en: «Esta semana no vas a Miraflores.» Los años de 1948, 1949 y el verano de 1950 se dividieron así: de lunes a viernes en Magdalena o en La Perla y sábado y domingo, en el barrio miraflorino de Diego Ferré.

Un barrio era una familia paralela, un grupo de muchachos de la misma edad, con quienes se hablaba de deportes o se jugaba al fútbol (o a su versión en formato menor: el fulbito), se iba a nadar a la piscina y a correr olas a las playas de Miraflores, del Regatas o de La Herradura, a dar vueltas por el parque después de misa de once, a la matinée de los cines Leuro o Ricardo Palma y, finalmente, a pasear por el parque Salazar. Y con quienes, a medida que uno iba creciendo, se aprendía a fumar, a bailar y a enamorar a las chicas, las que, poco a poco, iban consiguiendo permiso de las familias para salir a las puertas de las casas a conversar con los muchachos y organizar, los sábados en la noche, fiestas en las que, bailando un bolero —de preferencia Me gustas de Leo Marini— los chicos les caían (se les declaraban) a las chicas de las que estaban templados (enamorados). Ellas decían «voy a pensarlo», o «sí» o «no quiero tener enamorado todavía porque mi mamá no me lo permite». Si la respuesta era «sí», uno ya tenía enamorada. En las fiestas se podía bailar con ella cheek to cheek, ir juntos a la matinée del domingo y, en la oscuridad, besarse. También, caminar tomados de la mano, después del helado en el Cream Rica de la avenida Larco, e ir a pedir un deseo viendo morir la tarde en el horizonte marino desde el parque Salazar. La tía Lala y el tío Juan vivían en una casita blanca de dos pisos, en el corazón de uno de los barrios más famosos de Miraflores, y Nancy y Gladys pertenecían a la promoción novísima del barrio, que tenía también sus viejos de quince, dieciocho o veinte años y gracias a mis primas me incorporé a él. Todos mis buenos recuerdos entre mis once y mis catorce años se los debo a mi barrio. Se había denominado antes «barrio alegre», pero cambió de nombre cuando los periódicos empezaron a llamar así al jirón Huatica de La Victoria (la calle de las prostitutas) y se transformó en el «barrio de Diego Ferré» o «de Colón», porque era en la intersección de ambas calles donde teníamos nuestro cuartel general.

Gladys y yo cumplíamos años el mismo día, y la tía Lala y el tío Juan hicieron una fiesta con chicos y chicas del barrio ese 28 de marzo de 1948. Recuerdo mi sorpresa al entrar y ver que había parejas bailando y que mis dos primas también sabían bailar. Y que el cumpleaños se celebraba no para jugar sino para poner discos, oír música y estar mezclados los chicos con las chicas. Estaban allí todos mis tíos y mis tías y me presentaron a algunos de los que serían después grandes amigos —Tico, Coco, Luchín, Mario, Luquen, Víctor, Emilio, el Chino— y hasta me obligaron a sacar a bailar a Teresita. Yo me moría de vergüenza y me sentía un robot, sin saber qué hacer con las manos y los pies. Pero después bailé con mis primas y otras chicas y a partir de ese día empecé a soñar románticos sueños de amor con Teresita. Fue mi primera enamorada. Inge la segunda y, la tercera, Helena. A las tres me les declaré muy formalmente. Ensayábamos la declaración antes, entre los amigos, y cada quien sugería palabras o gestos para que no hubiera pierde a la hora que uno le caía a una muchacha. Algunos preferían declararse en la matinée, aprovechando la oscuridad y haciendo coincidir la declaración con algún momento romántico de la película, al que suponían un efecto contagioso. Yo intenté este método, una vez, con Maritza, una chica muy bonita, de cabellos muy negros y piel muy pálida, y el resultado fue farsesco. Porque cuando, después de dudarlo mucho, me atreví a murmurarle al oído las palabras consabidas —«Me gustas mucho, estoy enamorado de ti. ¿Quieres estar conmigo?»—, ella se volvió a mirarme llorando como una Magdalena. Totalmente absorbida por la pantalla, apenas me había escuchado y preguntaba: «¿Qué, qué cosa?» Incapaz de retomar el hilo, sólo atiné a balbucear que qué triste era la película, ¿no?

Pero a Tere, Inge y Helena me les declaré de manera ortodoxa, bailando un bolero en una fiesta de los sábados, y a las tres les escribí poemas de amor que nunca les mostré. Pero soñaba con ellas toda la semana, contando los días que faltaban para ir a verlas y rogando que hubiera alguna fiesta ese sábado para bailar con mi enamorada cheek to cheek. En la matinée del domingo les cogía la mano en la oscuridad, pero no me atrevía a besarlas. Sólo las besaba jugando a la berlina, o a las prendas, cuando los amigos del barrio, que sabían que éramos enamorados, nos mandaban como castigo, si perdíamos en el juego, que nos diéramos tres, cuatro y hasta diez besos. Pero eran besos en la mejilla y eso, decía Luchín, el agrandado, no vale, porque un beso en la mejilla no era un chupete. Los chupetes se daban en la boca. Pero en ese tiempo las parejas miraflorinas de doce o trece años eran bastante arcangélicas y no muchas se atrevían a darse chupetes. Yo, desde luego, no me atrevía. Me enamoraba como los becerros de la luna —linda y misteriosa expresión que solíamos usar para definir a los muchachos templados—, pero era de una timidez enfermiza con las chicas miraflorinas.

Pasar el fin de semana en Miraflores era una aventura libérrima, la posibilidad de mil cosas entretenidas y excitantes. Ir al club Terrazas a jugar fulbito o a bañarme en la piscina, de la que habían salido grandes nadadores. Llegué a dominar bastante bien el estilo libre y una de mis frustraciones fue no haber podido entrenarme en la academia que tenía Walter Ledgard, el Brujo, como hicieron algunos muchachos miraflorinos de mi edad que resultaron luego —como Ismael Merino o el Conejo Villarán— campeones internacionales. Nunca fui muy buen futbolista, pero mi entusiasmo compensaba mi falta de destreza y uno de los días más felices de mi vida fue aquel domingo en que Toto Terry, de los grandes de nuestro barrio, me llevó al Estadio Nacional y me hizo jugar con los calichines del Universitario de Deportes contra los del Deportivo Municipal. Salir a esa enorme cancha, vistiendo el uniforme de los cremas, ¿no era lo mejor que podía pasarle a alguien en el mundo? Y que Toto Terry, la saeta rubia de la U, fuera del barrio, ¿no demostraba que el nuestro era el mejor de Miraflores? Así quedó certificado, en unas olimpiadas que organizamos varios fines de semana consecutivos, y en las que competimos con el barrio de la calle San Martín en pruebas de ciclismo, atletismo, fulbito y natación.

Los carnavales eran el mejor momento del año. Salíamos durante el día a jugar con agua, y, en las tardes, disfrazados de piratas, a los bailes de disfraces. Había tres bailes infantiles a los que no se podía faltar: el del parque de Barranco, el del Terrazas y el del Lawn Tennis. Llevábamos serpentina y chisguetes de éter y la comparsa del barrio era alegre y numerosa. Para uno de esos carnavales llegó Dámaso Pérez Prado con su orquesta. El mambo, recientísima invención caribeña, hacía furor también en Lima y hasta se había convocado un campeonato nacional de mambo en la plaza de Acho, que el arzobispo, monseñor Guevara, prohibió con amenaza de excomunión a los participantes. La llegada de Pérez Prado repletó el aeropuerto, y ahí estuve yo también con mis amigos, corriendo detrás del auto descubierto, que llevaba al hotel Bolívar, saludando a diestra y siniestra, al compositor de El ruletero y del Mambo número cinco. La tía Lala y el tío Juan se reían viéndome, apenas llegaba a la casa de Diego Ferré, los sábados a mediodía, hacer las figuras de los mambos, solo, por las escaleras y los cuartos, en preparación para la fiesta de la noche.

Teresita e Inge fueron unas enamoradas transeúntes, de pocas semanas, algo a medio camino entre el juego infantil y el enamoramiento adolescente, eso que Gide llama los escarceos anodinos del amor. Pero Helena fue una enamorada formal y estable, de largo tiempo, expresión que quería decir algunos meses o acaso un año. Era íntima amiga de Nancy y su compañera de clase en el colegio de La Reparación. Vivía en una quinta de casitas color ocre, en Grimaldo del Solar, sitio algo apartado de Diego Ferré, en el que había también un barrio. Que un forastero viniera a enamorar a las chicas del propio lugar no era bien visto, constituía una violación del espacio territorial. Pero yo estaba muy enamorado de Helena y, apenas llegado a Miraflores, corría a la quinta de Grimaldo del Solar para verla aunque fuera de lejos, en la ventana de su casa. Iba con Luchín y mi tocayo Mario, que enamoraban a Use y a Lucy, vecinas de Helena. Con suerte, podíamos conversar con ellas un momento, en la puerta de sus casas. Pero los chicos de ese barrio se acercaban a insultarnos o tirarnos piedrecitas, y una de esas tardes tuvimos que trompearnos, porque pretendieron expulsarnos del lugar. Helena era rubia, de ojos claros, con unos dientes muy bonitos y risa muy alegre. Yo la echaba mucho de menos en las soledades de La Perla, en esa casita aislada en medio de un vasto descampado a la que nos mudamos, en 1948. Mi padre, además de la International News Service, donde trabajaba, compraba terrenos, construía y vendía luego las casas, y ésa fue para él, durante varios años, creo, una importante fuente de ingresos. Lo digo de manera dubitativa porque su situación económica, como buena parte de su vida, era para mí un misterio. ¿Ganaba bien? ¿Ahorraba mucho? La sobriedad de su existencia era extrema. Jamás salía a un restaurante ni mucho menos, por supuesto, a esas boîtes —La Cabaña, el Embassy o el Grill del Bolívar— a las que iban a bailar a veces mis tíos los sábados en la noche. Sin duda irían él y mi mamá al cine alguna vez, pero yo no recuerdo tampoco que lo hicieran, o tal vez lo hacían los fines de semana que yo pasaba en Miraflores. De lunes a viernes él volvía de la oficina entre las siete y las ocho, y después de la comida se ponía a oír la radio, por una o dos horas, antes de acostarse. Creo que los programas cómicos de Teresita Arce, La Chola Purificación Chanca, en Radio Central, eran la única diversión de la casa, unos programas en los que él siempre se reía. Y mi mamá y yo nos reíamos también, al unísono con nuestro amo y señor. La casita de La Perla la había construido él mismo, con un maestro de obras. A fines de los cuarenta, La Perla era un gigantesco descampado. Sólo en la avenida de Las Palmeras y en la avenida Progreso había construcciones. El resto del sector, comprendido entre esa escuadra de calles y la Costanera, eran manzanas y manzanas trazadas a cordel, con alumbrado y veredas, pero vacías de casas. La nuestra fue una de las primeras de la zona y el año y medio o dos que estuvimos allí, vivimos en un páramo. Hacia Bellavista, a unas cuadras, había una ranchería con una de esas bodegas que en el Perú llaman aún los «chinos», y en el otro extremo, ya cerca del mar, la comisaría. Mi mamá tenía miedo de estar sola allá todo el día, por el aislamiento del lugar. Y, una noche, en efecto, se oyeron pasos en el techo y mi padre salió al encuentro del ladrón. Desperté oyéndolo gritar y fue entonces cuando oí los dos tiros al aire del mítico revólver, que disparó para ahuyentar al intruso. Para entonces ya vivía con nosotros la Mamaé, pues recuerdo la cara asustada de la viejecita, en camisón, en el frío pasillo de baldosas negras y blancas que separaba nuestros cuartos.

Si en la casita de la avenida Salaverry carecía de amigos, en La Perla mi vida fue la de un hongo. Iba y venía de La Salle en el urbanito Lima-Callao, que tomaba en la avenida Progreso, y me bajaba en la avenida Venezuela, de donde tenía varias cuadras de caminata hasta el colegio. Me pusieron medio interno, de manera que almorzaba en La Salle. Al volver a La Perla, a eso de las cinco, y como aún faltaba mucho para el regreso de mi padre, salía a los descampados y me iba pateando una pelota hasta la comisaría o el acantilado y volvía, y ésa era mi diaria diversión. Miento: la importante era pensar en Helena y escribirle cartas y poemas de amor. Escribir esos poemas era otra de esas maneras secretas de resistir a mi padre, pues sabía cuánto le irritaba que yo escribiera versos, algo que él asociaba con la excentricidad, la bohemia y lo que más podía horrorizarlo: la mariconería. Supongo que, para él, si tenían que escribirse versos, algo que no estaba demostrado en absoluto —en la casa no había un solo libro, ni de versos ni de prosa, fuera de los míos, y a él nunca lo vi leer otra cosa que el periódico—, debían escribirlos las mujeres. Que los hombres hicieran eso lo desconcertaba, le parecía una manera extravagante de perder el tiempo, un quehacer incompatible con los pantalones y los huevos.

Pues yo leía muchos versos y me los aprendía de memoria —Bécquer, Chocano, Amado
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   42

similar:

Mario Vargas Llosa El Pez En El Agua (Memorias) iconEntrevista con Mario Vargas Llosa-autor

Mario Vargas Llosa El Pez En El Agua (Memorias) iconPatrick nick arango mejia, hernandez ruiz mauricio, pedraza vargas...

Mario Vargas Llosa El Pez En El Agua (Memorias) icon1el agua. La molécula de agua está formada por dos átomos de hidrógeno...

Mario Vargas Llosa El Pez En El Agua (Memorias) iconSolución a : Añada 400 ml de agua destilada a un vaso de laboratorio...

Mario Vargas Llosa El Pez En El Agua (Memorias) iconAgua ¿Qué es? (definición, fórmula y nombrar las propiedades) Líquido...

Mario Vargas Llosa El Pez En El Agua (Memorias) iconResumen: Hemos realizado un proceso de cristalización de diferentes...

Mario Vargas Llosa El Pez En El Agua (Memorias) icon2 La máxima cantidad de “A” que puede disolverse en 20mL de agua...

Mario Vargas Llosa El Pez En El Agua (Memorias) iconMauricio vargas r. Bioquímica

Mario Vargas Llosa El Pez En El Agua (Memorias) iconAgua a través de nuestras plantas de tratamiento de aguas residuales;...

Mario Vargas Llosa El Pez En El Agua (Memorias) iconDamariz Elena Ortega Vargas


Medicina



Todos los derechos reservados. Copyright © 2015
contactos
med.se-todo.com