Mario Vargas Llosa El Pez En El Agua (Memorias)




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títuloMario Vargas Llosa El Pez En El Agua (Memorias)
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fecha de publicación10.03.2016
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V. EL CADETE DE LA SUERTE


En los años que viví con mi padre, hasta que entré al Leoncio Prado, en 1950, se desvaneció la inocencia, la visión candorosa del mundo que mi madre, mis abuelos y mis tíos me habían infundido. En esos tres años descubrí la crueldad, el miedo, el rencor, dimensión tortuosa y violenta que está siempre, a veces más y a veces menos, contrapesando el lado generoso y bienhechor de todo destino humano. Y es probable que sin el desprecio de mi progenitor por la literatura, nunca hubiera perseverado yo de manera tan obstinada en lo que era entonces un juego, pero se iría convirtiendo en algo obsesivo y perentorio: una vocación. Si en esos años no hubiera sufrido tanto a su lado, y no hubiera sentido que aquello era lo que más podía decepcionarlo, probablemente no sería ahora un escritor.

Que yo entrara al Colegio Militar Leoncio Prado daba vueltas a mi padre desde que me llevó a vivir con él. Me lo anunciaba cuando me reñía y cuando se lamentaba de que los Llosa me hubieran criado como un niño engreído. No sé si estaba bien enterado de cómo funcionaba el Leoncio Prado. Me figuro que no, pues no se habría hecho tantas ilusiones. Su idea era la de muchos papás de clase media con hijos díscolos, rebeldes, inhibidos o sospechosos de mariconería: que un colegio militar, con instructores que eran oficiales de carrera, haría de ellos hombrecitos disciplinados, corajudos, respetuosos de la autoridad y con los huevos bien puestos.

Como en esa época no se me pasaba por la cabeza la idea de ser algún día sólo un escritor, cuando me preguntaban qué sería de grande, mi respuesta era: marino. Me gustaban el mar y las novelas de aventuras, y ser marino me parecía congeniar esas dos aficiones. Entrar a un colegio militar, cuyos alumnos recibían grados de oficiales de reserva, resultaba una buena antesala para un aspirante a la Escuela Naval.

Así que cuando, al terminar el segundo de secundaria, mi padre me matriculó en una academia del jirón Lampa, en el centro de Lima, para prepararme al examen de ingreso al Leoncio Prado, tomé el proyecto con entusiasmo. Ir interno, vestir uniforme, desfilar el 28 de julio junto a los cadetes de la Aviación, la Marina y el Ejército, sería divertido. Y vivir lejos de él, toda la semana, todavía mejor.

El examen de ingreso consistía en pruebas físicas y académicas, a lo largo de tres días, en el inmenso recinto del colegio, a orillas de los acantilados de La Perla, y el mar rugiendo a sus pies. Aprobé los exámenes y en marzo de 1950, días antes de cumplir los catorce años, comparecí en el colegio con cierta excitación por lo que iba a encontrar allí, preguntándome si no serían muy duros esos meses de encierro hasta la primera salida. (Los cadetes del tercer año salían a la calle por primera vez el 7 de junio, día de la bandera, luego de haber aprendido los rudimentos de la vida militar.)

Los «perros», alumnos de tercero de la séptima promoción, éramos unos trescientos, divididos en once o doce secciones, según nuestra altura. Yo estaba entre los más altos, de manera que me tocó la segunda sección. (En cuarto año me pasarían a la primera.) Tres secciones formaban una compañía, bajo el mando de un teniente y un suboficial. El teniente de nuestra compañía se llamaba Olivera; nuestro suboficial, Guardamino.

El teniente Olivera nos hizo formar, nos llevó a nuestras cuadras, nos distribuyó camas y roperos —eran camas camarote y a mí me tocó la segunda de la entrada, arriba—, nos hizo cambiar nuestras ropas de paisano por los uniformes de diario —camisa y pantalón de dril verde, Cristina y botines de cuero café— y, formados de nuevo en el patio, nos dio las instrucciones básicas sobre el respeto, el saludo y el tratamiento al superior. Y luego nos formaron a todas las compañías del año para que el director del colegio, el coronel Marcial Romero Pardo, nos diera la bienvenida. Estoy seguro de que habló de «los valores supremos del espíritu», tema que recurría en sus discursos.

Luego nos llevaron a almorzar, en el enorme pabellón, al otro lado de una explanada de césped en la que se paseaba una vicuña y donde vimos por primera vez a nuestros superiores: los cadetes de cuarto y de quinto. Todos mirábamos con curiosidad y algo de alarma a los de cuarto, pues serían ellos los que nos bautizarían. Los perros sabíamos que el bautizo era la prueba amarga por la que había que pasar. Ahora, acabando este rancho, los de cuarto se desquitarían con nosotros de lo que les habían hecho a ellos, en un día como éste, el año anterior.

Al terminar el almuerzo, oficiales y suboficiales desaparecieron y los de cuarto se lanzaron sobre nosotros como cuervos. Los «blanquitos» éramos una pequeña minoría en ese gran océano de indios, cholos, negros y mulatos, y excitábamos la inventiva de nuestros bautizadores. A mí me llevó un grupo de cadetes junto con un muchacho de una sección de pequeños a una cuadra de cuarto año. Nos hicieron un concurso de «ángulos rectos». Doblados en dos, alternadamente teníamos que patearnos en el trasero; el que pateaba más despacio era pateado por los bautizadores, con furia. Después, nos hicieron abrir la bragueta y sacarnos el sexo para masturbarnos: el que terminaba primero se iría y el otro se quedaría a tender las camas de los verdugos. Pero, por más que tratábamos, el miedo nos impedía la erección, y, al final, aburridos de nuestra incompetencia, nos llevaron al campo de fútbol. A mí me preguntaron qué deporte practicaba: «Natación, mi cadete.» «Nádese de espaldas toda la cancha de atletismo, entonces, perro.»

Guardo un recuerdo siniestro de ese bautizo, ceremonia salvaje e irracional que, bajo las apariencias de un juego viril, de rito de iniciación en los rigores de la vida castrense, servía para que los resentimientos, envidias, odios y prejuicios que llevábamos dentro pudieran volcarse, sin inhibiciones, en una fiesta sadomasoquista. Ya ese primer día, en las horas que duró el bautizo —se prolongaba los días siguientes, de manera mitigada—, supe que la aventura leonciopradina no iba a ser lo que yo, malogrado por las novelas, imaginaba, sino algo más prosaico, y que iba a detestar el internado y la vida militar, con sus jerarquías mecánicas determinadas por la cronología, la violencia legitimada que ellas significaban, y todos los ritos, símbolos, retóricas y ceremonias que la forman y que nosotros, siendo tan jóvenes —catorce, quince, dieciséis años—, comprendíamos a medias y distorsionábamos dándole una aplicación a veces cómica y a veces cruel y hasta monstruosa.

Los dos años en el Leoncio Prado fueron bastante duros y pasé allí algunos días horribles, sobre todo los fines de semana en que me quedaba castigado —las horas se volvían larguísimas, infinitos los minutos—, pero, a la distancia, pienso que ese par de años me fueron más provechosos que perjudiciales. Aunque no por las razones que animaron a mi padre a meterme allí. Por el contrario. Entre 1950 y 1951, encerrado entre esas rejas corroídas por la humedad de La Perla, en esos días y noches grises, de tristísima neblina, leí y escribí como no lo había hecho nunca antes y empecé a ser (aunque entonces no lo supiera) un escritor.

Además, debo al Leoncio Prado haber descubierto lo que era el país donde había nacido: una sociedad muy distinta de aquella, pequeñita, delimitada por las fronteras de la clase media, en la que hasta entonces viví. El Leoncio Prado era una de las pocas instituciones —acaso la única— que reproducía en pequeño la diversidad étnica y regional peruana. Había allí muchachos de la selva y de la sierra, de todos los departamentos, razas y estratos económicos. Como colegio nacional, las pensiones que pagábamos eran mínimas; además, había un amplio sistema de becas —un centenar por año— que permitía el acceso a muchachos de familias humildes, de origen campesino o de barrios y pueblos marginales. Buena parte de la tremenda violencia —lo que me parecía a mí tremenda y era para otros cadetes menos afortunados que yo la condición natural de la vida— provenía precisamente de esa confusión de razas, regiones y niveles económicos de los cadetes. La mayoría de nosotros llevaba a ese espacio claustral los prejuicios, complejos, animosidades y rencores sociales y raciales que habíamos mamado desde la infancia y allí se vertían en las relaciones personales y oficiales y encontraban maneras de desfogarse en esos ritos que, como el bautizo o las jerarquías militares entre los propios estudiantes, legitimaban la matonería y el abuso. La escala de valores erigida en torno a los mitos elementales del machismo y la virilidad servía, además, de cobertura moral para esa filosofía darwiniana que era la del colegio. Ser valiente, es decir, loco, era la forma suprema de la hombría, y ser cobarde, la más abyecta y vil. El que denunciaba a un superior los atropellos de que era víctima merecía el desprecio generalizado de los cadetes y se exponía a represalias. Eso se aprendía rápido. A uno de mis compañeros de sección, llamado Valderrama, durante el bautizo, unos cadetes de cuarto lo hicieron treparse a lo alto de una escalera y luego se la movieron para hacerlo resbalar. Cayó mal y la propia escalera le cercenó un dedo contra el filo de un lavador. Valderrama nunca delató a los culpables y por eso todos lo respetábamos.

La hombría se afirmaba de varios modos. Ser fuerte y aventado, saber trompearse —«tirar golpe» era la expresión que resumía maravillosamente con su mezcla de sexo y violencia ese ideal—, era una de ellas. Otra, atreverse a desafiar las reglas, haciendo audacias o extravagancias que, de ser descubiertas, significaban la expulsión. Perpetrar estas hazañas daba acceso a la ansiada categoría de loco. Ser «loco» era una bendición, porque entonces quedaba públicamente reconocido que no se pertenecería ya nunca a la temible categoría de «huevón» o «cojudo».

Ser «huevón» o «cojudo» quería decir ser un cobarde: no atreverse a darle un cabezazo o un puñete al que venía a «batirlo» a uno (tomarle el pelo o hacerle alguna maldad), no saber trompearse, no atreverse, por timidez o falta de imaginación, a «tirar contra» (escaparse del colegio después del toque de queda, para ir a un cine o una fiesta) o cuando menos esconderse a fumar o a jugar dados en la glorieta o en el edificio abandonado de la piscina en vez de ir a clases. Quienes pertenecían a esta condición eran las víctimas propiciatorias, a quienes los «locos» maltrataban de palabra y de obra para su diversión y la de los demás, orinándoles encima cuando estaban dormidos, exigiéndoles cuotas de cigarrillos, tendiéndoles «cama chica» (una sábana doblada a la mitad que uno descubría al meterse a la cama y encontrarse con un tope para las piernas) y haciéndolos padecer toda clase de humillaciones. Buena parte de estas proezas eran las típicas mataperradas de la adolescencia, pero las características del colegio —el encierro, la variopinta composición del alumnado, la filosofía castrense— muchas veces crispaban las travesuras a extremos de verdadera crueldad. Recuerdo un compañero al que apodamos Huevas Tristes. Era flaquito, pálido, muy tímido, y todavía al comienzo del año, un día que el temible Bolognesi —había sido mi condiscípulo en La Salle y al entrar al Leoncio Prado reveló una naturaleza de «loco» desatado— lo atormentaba con sus burlas, se echó a llorar. Desde entonces, se volvió el payaso de la compañía, al que cualquiera podía insultar o vejar para mostrarle al mundo y a sí mismo lo macho que era. Huevas Tristes llegó a convertirse en una posma, sin iniciativa, sin voz y casi sin vida, al que yo vi un día ser escupido en la cara por un «loco», limpiarse con su pañuelo y seguir su camino. De él se decía, y, como de él, de todos los «huevones», que le habían «ganado la moral».

Para que a uno no le ganaran la moral había que hacer cosas audaces, que merecieran la simpatía y el respeto de los otros. Yo empecé a hacerlas desde el principio. Desde los concursos de masturbación —ganaba el que eyaculaba primero o llegaba más lejos en el disparo— hasta las célebres escapadas, en la noche, luego del toque de queda. «Tirar contra» era la audacia mayor, pues quien era descubierto resultaba expulsado del colegio, sin remisión. Había lugares donde el muro era más bajo y se podía escalar sin riesgo: por el estadio, por La Perlita —un puesto de bebidas cuyo dueño, un serranito, nos vendía cigarrillos— y por el edificio abandonado. Antes de escapar había que hacer un trato con el imaginaria de la cuadra para que, al entregar el parte de efectivos, lo diera a uno por presente. Esto se conseguía a cambio de cigarrillos. Después de que el corneta tocaba el toque de queda y se apagaban las luces de las cuadras, deslizándose pegado a la pared como una sombra, había que atravesar los patios y canchas, a veces a gatas o reptando, hasta el muro elegido. Luego de saltar, uno se alejaba de prisa por las chacras y descampados que entonces rodeaban al colegio. Se tiraba contra para ir al cine Bellavista, a alguno de los cines del Callao, a alguna fiestecita de medio pelo, en esos barrios de baja clase media, de empobrecidas familias que alguna vez fueron burguesas y eran ya casi proletarias, donde estar en el Leoncio Prado tenía cierto prestigio (no lo tenía, en cambio, en San Isidro o Miraflores, donde se lo consideraba un colegio de cholos), y, a veces
—aunque esto era más raro porque estaban ya bastante lejos—, para ir a merodear por los burdeles del puerto. Pero muchas veces se tiraba contra porque era arriesgado y emocionante y porque uno se sentía bien, al regresar, sin haber sido descubierto.

Lo más peligroso era el regreso. Uno podía toparse con las patrullas de soldados que daban vueltas alrededor del colegio, o descubrir, luego de saltar, que el oficial de guardia había descubierto la contra —por los ladrillos o maderas que usábamos para escalar el muro— y esperaba, agazapado en la oscuridad, el retorno de los contreros, para encañonarlos con su linterna, y ordenar: «¡Alto ahí, cadete!» Durante el retorno, a uno le latía muy fuerte el corazón y el menor ruido o sombra, hasta estar acurrucado en la litera de la cuadra, provocaba pánico.

Tirar contra tenía un gran prestigio y las contras más audaces se comentaban, rodeadas de una aureola legendaria. Había contreros famosos, que conocían al dedillo los cientos de metros de muros del colegio y tirar contra con ellos daba seguridad.

Otra actividad importante era robar prendas. Teníamos revista una vez por semana, por lo general los viernes, víspera de la salida, y si el oficial encontraba en un ropero cigarrillos, o que faltaba alguna de las prendas reglamentarias —las corbatas, camisas, pantalones, Cristinas, botines o el grueso sacón de paño que nos poníamos en invierno—, el cadete quedaba consignado el fin de semana. Perder una prenda era perder la libertad. Cuando a uno le robaban una prenda, había que robarse otra o pagar a uno de los «locos» para que hiciera el trabajo. Los había expertos, con manojos de ganzúas en el bolsillo, que abrían todos los roperos.

Otra manera de ser un hombre cabal era tener muchos huevos, jactarse de ser un «pinga loca», que se comía a montones de mujeres, y que, además, podía «tirarse tres polvos al hilo». El sexo era un tema obsesivo, objeto de bromas y disfuerzos, de las confidencias y de los sueños y pesadillas de los cadetes. En el Leoncio Prado, el sexo, lo sexual, fueron perdiendo para mí el semblante asqueroso, repelente, que habían tenido desde que supe cómo nacían los bebes, y allí comencé a pensar y fantasear en mujeres sin sentir desagrado y sentimientos de culpa. Y a avergonzarme de tener catorce años y no haber hecho el amor. Esto no se lo decía, por cierto, a mis compañeros, ante quienes me jactaba de ser también un pinga loca.

Con un amigo leonciopradino, Víctor Flores, con quien solíamos, los sábados, luego de las maniobras, boxear un rato junto a la piscina, un día nos confesamos que ninguno de los dos nos habíamos acostado con una mujer. Y decidimos que el primer día de salida iríamos a Huatica. Así lo hicimos, un sábado de junio o julio de 1950.

El jirón Huatica, en el barrio popular de La Victoria, era la calle de las putas. Los cuartitos se alineaban, uno junto al otro, en ambas veredas, desde la avenida Grau hasta siete u ocho cuadras más abajo. Las putas —polillas, se las llamaba— estaban en las ventanitas, mostrándose a la muchedumbre de presuntos clientes que desfilaban, mirándolas, deteniéndose a veces a discutir la tarifa. Una estricta jerarquía regulaba al jirón Huatica, según las cuadras. La más cara —la de las francesas— era la cuarta; luego, hacia la tercera y la quinta, las tarifas declinaban, hasta las putas viejas y miserables de la primera, ruinas humanas que se acostaban por dos o tres soles (las de la cuarta cobraban veinte). Recuerdo muy bien aquel sábado en que con Víctor fuimos, con nuestros veinte soles en el bolsillo, nerviosos y excitados, a vivir la gran experiencia. Fumando como chimeneas para parecer más viejos, subimos y bajamos varias veces la cuadra de las francesas, sin decidirnos a entrar. Por fin, nos dejamos convencer por una mujer muy habladora, de pelos pintados, que sacó medio cuerpo a la calle para llamarnos. Pasó primero Víctor. El cuarto era chiquito y había una cama, un lavador con agua, una bacinica y un foco envuelto en celofán rojo que daba una luz medio sangrienta. La mujer no se desnudó. Se levantó la falda y, viéndome tan confuso, se echó a reír y me preguntó si era la primera vez. Cuando le dije que sí, se puso muy contenta porque, me aseguró, desvirgar a un muchacho traía suerte. Hizo que me acercara y murmuró algo así como «Ahora tienes tanto miedo pero después cuánto te va a gustar». Hablaba un español raro y cuando eso terminó, me dijo que era brasileña. Sintiéndonos unos hombres completos, fuimos luego con Víctor a tomar una cerveza.

Volví muchas veces a Huatica en esos dos años leonciopradinos, siempre los sábados en la tarde y siempre a la cuadra de las francesas. (Años después, el poeta y escritor André Coyné me juraría que eso de las francesas era una calumnia, pues en realidad se trataba de belgas y de suizas.) Y fui varias veces donde una polilla menuda y agraciada —una morenita vivaz, de buen humor y capaz de hacer sentir a sus fugaces visitantes que hacer el amor con ella era algo más que una simple transacción comercial— a la que habíamos bautizado la Pies Dorados porque, en efecto, tenía los pies pequeños, blancos y cuidados. Se convirtió en la mascota de la sección. Los sábados uno se encontraba a cadetes de la segunda —o de la primera, cuando estuvimos en cuarto año— haciendo cola en la puerta de su pequeño cuchitril. La mayor parte de los personajes de mi novela
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