Mario Vargas Llosa El Pez En El Agua (Memorias)




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títuloMario Vargas Llosa El Pez En El Agua (Memorias)
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fecha de publicación10.03.2016
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VI. RELIGIÓN, MUNICIPIOS Y TRASEROS



Superado el conflicto con ap y el ppc por las candidaturas municipales, regresé a Lima el 14 de julio de 1989, después de veintidós días de ausencia. Una caravana de autos, camiones y ómnibus me recibió en el aeropuerto, encabezados por Chino y Gladys Urbina y el puñado de muchachas y muchachos de la Juventud del Movimiento Libertad, que, con ellos, organizarían todos nuestros mítines de la campaña a lo largo y ancho del Perú. Hablando desde la terraza de mi casa a quienes me acompañaron hasta Barranco, hice las paces con los aliados y agradecí a Acción Popular y al Partido Popular Cristiano haber puesto fin a sus rencillas municipales.

Al día siguiente fui a saludar a Belaunde y a Bedoya y la reconciliación quedó zanjada. En mi ausencia, una comisión de ambos partidos, formada por Eduardo Orrego y Ernesto Alayza Grundy —candidatos a la primera y a la segunda vicepresidencia— habían hecho un salomónico reparto de los concejales y alcaldes en todo el país.

El problema era la alcaldía de Lima, la que tendría mayor efecto político sobre la campaña presidencial. Correspondía a Acción Popular designar al candidato y se daba por hecho que sería el arquitecto Eduardo Orrego. Nacido en Chiclayo en 1933, discípulo y correligionario de la primera hora de Belaunde Terry, Orrego era considerado el heredero natural del trono populista. El congreso de Acción Popular, celebrado a fines de abril de 1989, en el Cusco, lo había elegido candidato a la primera vicepresidencia. Después de Belaunde, era el dirigente con mejor imagen de su partido. Había sido alcalde de Lima entre 1981 y 1983 y tenía experiencia municipal. Su gestión había sido esforzada, no exitosa, por la falta de recursos, algo que el gobierno de Acción Popular le había escatimado, condenándolo a la impotencia. Lo más importante que hizo fue obtener un crédito de ochenta y cinco millones de dólares del Banco Mundial para la alcaldía. Pero la burocracia se encargó de que esos recursos se materializaran cuando ya había terminado su gestión, de modo que sólo pudo aprovecharlos quien lo sucedió, el líder de Izquierda Unida, Alfonso Barrantes, ganador de la elección municipal de 1983.

Conocía a Eduardo Orrego muy por encima, antes de la campaña electoral. Lo consideraba uno de los populistas que había conservado más vivo el espíritu renovador y romántico con que nació Acción Popular durante la dictadura de Odría. Sabía que Orrego había viajado por el mundo en una especie de autoadiestramiento político —trabajó en Argelia y recorrió África, Asia y, extensamente, la República Popular China— y tenía el palpito de que, a diferencia de lo ocurrido con otros de sus correligionarios, los años no habían enmohecido los arrestos de su juventud. Por eso, cuando, algún tiempo atrás, Belaunde me preguntó a quién prefería como primer vicepresidente entre los tres o cuatro nombres que se voceaban, le respondí, sin vacilar: Orrego. Sabía que Eduardo había estado muy delicado, por una operación de corazón, pero me aseguraron que se había recuperado muy bien. Me alegró tenerlo de compañero, aunque, en aquel momento —julio de 1989— todavía me preguntaba, no sin aprensión, cómo sería en el trato y trabajo cotidiano la persona llamada a reemplazarme en caso de vacancia de la presidencia.

Resultó simpático, inteligente y divertido, siempre llano a interceder con Acción Popular para limar aristas y facilitar los acuerdos con los otros aliados y cuyas anécdotas y ocurrencias hacían amenos los largos viajes y las abrumadoras reuniones sociales de la campaña. No sé cómo se las arreglaba, pero, en todas las ciudades y pueblos, se desaparecía siempre unas horas, para explorar los mercados y los talleres de artesanos, o visitar a los secretos huaqueros, e infaliblemente reaparecía con un puñado de hallazgos folklóricos o arqueológicos o con algún pájaro o bicho vivo bajo el brazo (entiendo que su pasión y la de Carolina, su mujer, por los animales han convertido su casa en un zoológico). Yo le envidiaba esa aptitud para preservar, en medio de nuestros absorbentes trajines, sus aficiones y curiosidades personales, pues yo tenía la sensación de que, a mí, la política me había privado de las mías para siempre. En toda la campaña no tuvimos una sola discusión y quedé convencido de que colaboraría conmigo en el gobierno de manera leal.

Pero, aunque nunca me lo dijo, Eduardo me pareció un hombre desencantado de la política y, en lo íntimo, totalmente escéptico sobre las posibilidades de cambiar el Perú. A pesar de que, de una manera muy peruana, lo amortiguaba con bromas y risueñas anécdotas, algo ácido y triste, un fondo amargo, se traslucía en sus palabras cuando recordaba cómo, a su paso por el gobierno —en la alcaldía de Lima o en su breve gestión de ministro de Obras Públicas— había descubierto, a diestra y siniestra, entre amigos y adversarios, e incluso en las personas más insospechables, negociados, tráfico de influencias y robos. Por eso, a él, la corrupción del gobierno de Alan García no parecía sorprenderlo, como si la hubiera visto irse gestando y fuera inevitable culminación de inveteradas prácticas. Era como si esa experiencia, sumada a la sombría evolución de la política peruana desde los años de sus juveniles entusiasmos populistas, hubieran esfumado en Eduardo el dinamismo y la confianza en el Perú.

En los mítines hablaba antes que yo. Lo hacía siempre brevemente, con uno o dos chistes contra el gobierno aprista, y dirigiéndose a mí como «presidente Mario Vargas Llosa», lo que solía provocar una ovación. La agitada, excluyente campaña no me permitió tener nunca con Orrego lo que muchas veces me tentó: una franca conversación, en la que hubiera tal vez llegado a conocer las razones profundas de lo que me parecía su incorregible decepción de la política, los políticos y, acaso, del Perú.

Mi otro compañero en la lista presidencial, el doctor Ernesto Alayza Grundy, era muy diferente. Bastante mayor que nosotros —andaba por los setenta y siete años—, don Ernesto fue designado por el Partido Popular Cristiano candidato a la segunda vicepresidencia como una transacción entre el senador Felipe Osterling y el diputado Celso Sotomarino, cuando, en el congreso de su partido, celebrado entre el 29 de abril y el 1 de mayo de 1989, pareció que Sotomarino ganaría la nominación sobre Osterling, a quien, hasta entonces, se daba por seguro. Hombre conflictivo, de carácter áspero, Sotomarino había sido un tenaz opositor a la idea del Frente, había atacado con frecuencia a Acción Popular y a Belaunde, y cuestionado mi candidatura de manera destemplada, de modo que su designación hubiera sido incongruente. Con buen criterio, Bedoya propuso al congreso un candidato de transacción tras el cual todos cerraron filas: la venerable figura de Alayza Grundy.

Apenó a muchos —entre ellos a mí, pues le tenía un alto concepto— que Osterling, abogado y maestro universitario de prestigio y con una excelente acción parlamentaria, no estuviera en la plancha presidencial, por lo que su energía y buena imagen hubieran aportado. Pero pronto descubrí que, pese a sus años, don Ernesto Alayza Grundy resultaba un espléndido sustituto.

Éramos amigos, a la distancia. Alguna vez habíamos cruzado cartas privadas, polemizando cariñosamente sobre el tema del Estado, al que, en una conferencia, yo califiqué, siguiendo a Popper, de «mal necesario». Don Ernesto, ortodoxo seguidor de la doctrina social de la Iglesia, y, como ésta, receloso del liberalismo, me reconvino en términos corteses, exponiéndome sus puntos de vista al respecto. Le contesté puntualizando los míos y creo que de aquel intercambio quedó claro, para ambos, que, pese a las diferencias, un liberal y un social cristiano como él podían entenderse, pues compartían un ancho denominador ideológico. En otras ocasiones, y siempre con sus finísimas maneras, don Ernesto me había hecho llegar las encíclicas de la Iglesia sobre el tema social, y sus propios escritos. Aunque dichos textos solían provocar en mí más reticencias que entusiasmo —la teoría social cristiana de la supletoriedad, además de un trabalenguas, siempre me pareció una puerta por la que podía filtrarse, de contrabando, un encubierto control de toda la vida económica—, estas iniciativas de don Ernesto me causaron una grata impresión. He aquí, entre los políticos peruanos, alguien interesado en ideas y doctrinas, que entendía la política como hecho cultural.

El no ser yo un creyente fue un motivo de preocupación, acaso de angustia, para los católicos que me apoyaban, en el Movimiento Libertad y en el Partido Popular Cristiano, sobre todo aquellos que no eran, como la mayoría de los que yo conocía, creyentes rutinarios, laxos, puramente sociales, sino que se esforzaban por vivir en coherencia con los dictados de su fe. Conozco pocos católicos de esta índole y don Ernesto Alayza Grundy es uno de ellos. Como lo atestigua su participación, siempre en primera línea, en las actividades promovidas por la Iglesia en el campo educativo o social y su propia vida profesional y familiar (tiene once hijos) y su imagen de integridad y de honradez inmaculada que no habían sufrido el menor rasguño —y es mucho decir— en medio siglo de actuación pública.

Al comenzar mi actividad política, adelantándome a lo que, era evidente, mis adversarios tratarían de explotar a fondo en los meses y años siguientes, expliqué en una entrevista con César Hildebrandt que yo no era creyente, tampoco un ateo, sino un agnóstico, pero que no discutiría en la campaña sobre religión. Pues las creencias religiosas, como las amistades, la vida sexual y la sentimental, pertenecen al dominio de lo privado, deben ser rigurosamente respetadas y en ningún caso convertidas en materia de debate público. Precisé también que, como era obvio, quien gobernase el Perú, cualesquiera que fuesen sus convicciones, debía ser consciente de que la gran mayoría de peruanos eran católicos, y actuar con el debido respeto para con esos sentimientos.

A lo largo de toda la campaña me sujeté a esta regla y nunca volví a tocar el tema, ni respondí, cuando, en los meses finales, el gobierno enviaba a sus voceros a preguntarle al pueblo, el rostro desfigurado por la inquietud: «¿Quieren tener un presidente ateo? ¿Saben lo que significará para el Perú un presidente ateo?»

(Para buen número de mis compatriotas, resultó imposible diferenciar el ateísmo del agnosticismo, por más que, en aquella entrevista, hice cuanto pude para aclarar que un ateo es también un creyente —alguien que cree que Dios no existe— en tanto que un agnóstico se declara tan perplejo sobre la existencia como sobre la inexistencia de un ser divino y una vida ultraterrena.)

Pero, pese a mi negativa a volver a discutirlo, el tema me persiguió como una sombra. No sólo porque el apra y el gobierno se sirvieron de él a sus anchas —hubo artículos innumerables en todas las hojas y pasquines apristas y neoapristas, spots en radio y televisión, volantes callejeros, etcétera— sino porque atormentaba a muchos de mis partidarios. Podría escribir un libro de anécdotas sobre el particular. Tengo centenares de cartas cariñosas, sobre todo de gente humilde, anunciándome que hacían novenas, promesas y rezos por mi conversión, y otras muchas de curiosos, preguntándome qué religión era esa que yo practicaba, el agnosticismo, cuál su doctrina, su moral y sus principios, y dónde estaban sus iglesias y sacerdotes para ir a conocerlos. En todo mitin, encuentro popular y en los recorridos callejeros, infaliblemente decenas de manos me deslizaban en los bolsillos estampitas, medallitas, rosarios, detentes, oraciones, frasquitos de agua bendita, cruces. Y a mi casa llegaban anónimos regalos de imágenes religiosas, vidas de santos, libros píos —el más repetido: Camino, de monseñor Escrivá de Balaguer— o primorosas cajitas con reliquias católicas, agua de Lourdes o de Fátima y tierra de Jerusalén. El día de cierre de campaña, en Arequipa, el 5 de abril de 1990, luego del mitin en la plaza de Armas, hubo una recepción en el convento de Santa Catalina. Una señora vino misteriosamente a decirme que la superiora quería verme. Tomado del brazo me hizo franquear la reja del sector donde viven las religiosas en clausura. Se abrió una puerta. Apareció una monjita con anteojos, risueña y gentilísima. Era la superiora. Me hizo cruzar el umbral y me señaló una pequeña capilla donde divisé en la penumbra tocas blancas y hábitos oscuros. «Estamos rezando por usted», me susurró. «Ya sabe para qué.»

Muy al principio, yo abordé el asunto en una reunión interna del Movimiento Libertad. La Comisión Política estuvo de acuerdo conmigo en que, consecuentes con la norma de sinceridad que nos habíamos trazado, yo no podía disimular mi condición de agnóstico por conveniencias electorales. Al mismo tiempo, era imperioso que, no importa cuan grandes las provocaciones, evitáramos la controversia sobre religión. Ninguno de nosotros sospechaba entonces —fines de 1987— la importancia que cobraría el tema religioso entre la primera y la segunda vuelta, a raíz de la exitosa movilización de las iglesias evangélicas en favor de Fujimori.

En la dirigencia del Movimiento Libertad había un buen número de católicos del mismo fuste que don Ernesto Alayza Grundy: dedicados, consecuentes y muy próximos a la jerarquía o a determinadas órdenes o instituciones eclesiásticas, al extremo de que yo insinué una vez que rodeado de gentes como ellos era probable que las sesiones de nuestra Comisión Política las presidiera el Espíritu Santo. Miguel Cruchaga había sido en los años sesenta el organizador de los cursillos de cristiandad en el Perú. Lucho Bustamante mantenía una muy estrecha amistad con los jesuitas, en cuyo colegio había estudiado, y enseñaba en la Universidad del Pacífico, vinculada a la orden. Nuestro flamante secretario departamental de Lima, Rafael Rey, era numerario del Opus Dei, alguien que ha hecho los votos de obediencia, pobreza y castidad (la que, diré de paso, defendía a piedra y lodo contra los asaltos irrespetuosos de muchas libertarias). Y en la Comisión Política figuraban también «católicos, apostólicos, romanos y beatos», como bromeaba uno de ellos. (Citaré entre los más notorios a Beatriz Merino, Pedro Cateriano y Enrique Chirinos Soto.)

Aunque, estoy seguro, a todos ellos les causaba inquietud mi posición religiosa, tengo que agradecerles el que nunca me lo hicieran sentir ni de manera velada, aun en los momentos en que arreciaba la campaña contra mi «ateísmo». Es cierto que, en coherencia con lo que postulábamos sobre el respeto a la privacidad, nunca discutimos en el Movimiento Libertad asuntos religiosos. Tampoco salió alguno de mis amigos a hacer valer públicamente su condición de católico para contrarrestar los ataques: eran, ya lo he dicho, creyentes que trataban de vivir de acuerdo con sus creencias, para quienes no era concebible traficar con la fe ni para atacar al adversario ni para promoverse a sí mismos.

Éste fue también el comportamiento de don Ernesto Alayza Grundy. A lo largo de toda la campaña, mantuvo discreción absoluta sobre el tema religioso, que jamás asomó en nuestras conversaciones, ni siquiera cuando surgían asuntos espinosos, como el control de la natalidad, que yo defendía de manera explícita y que él difícilmente hubiera podido aprobar.

Pero, aparte de discreto e íntegro —yo estaba feliz con la imagen de limpieza moral que trajo consigo a la vicepresidencia— don Ernesto resultó un maravilloso compañero de campaña. Incansable, siempre de buen humor, su resistencia física nos dejaba a todos asombrados, y también su delicadeza y espíritu solidario: jamás se valió de sus años o de su prestigio para pedir ni aceptó el menor privilegio. Alguna vez tuve que exigirle, de manera firme, que no me acompañara —cuando se trataba, por ejemplo, de ir a lugares como Huancavelica o Cerro de Pasco, donde había que subir a más de cuatro mil metros de altura— porque él estaba siempre con el ánimo dispuesto a trepar cerros en los Andes, sudar la gota gorda en la selva o temblar de frío en la puna para llegar a todos los pueblos del itinerario. Su alegría, su sencillez y llaneza, su capacidad de adaptación a los rigores de la campaña y su entusiasmo juvenil por lo que hacíamos, ayudó a hacer llevadero el infinito recorrido de pueblos, barrios y regiones. Solía ser el primer orador en los mítines. Hablaba despacio, estirando sus largos brazos y empinando su ascética silueta en los estrados. Y con su vocecita un poco en falsete y un brillo pícaro en los ojos concluía su breve discurso con una metáfora: «Me he inclinado para escuchar el pulso del Perú profundo. ¿Y qué escuché? ¿Qué decía ese latido? ¡Fre-de-mo! ¡Fre-de-mo! ¡Fre-de-mo!»

Había oído, desde antes de mi viaje a Europa, que Eduardo Orrego se negaba a aceptar la candidatura a la alcaldía de Lima que le ofrecía Acción Popular. Él partió a Francia con Carolina, casi al mismo tiempo que yo regresaba, y en la prensa había muchas especulaciones al respecto. Belaunde me confirmó las reticencias de Orrego, pero confiaba en hacerlo cambiar de opinión antes de la fecha límite —el 14 de agosto— y me pidió que lo ayudara a convencerlo.

Lo llamé a París. La decisión de Eduardo me pareció muy firme. La razón que esgrimía era táctica. Las encuestas para la alcaldía le pronosticaban un veinte por ciento, la mitad de lo que a mí para las presidenciales. Si sacaba una votación baja o perdía la elección municipal, me dijo, su fracaso resultaría un lastre para mi campaña. No había que exponerse. Juzgada desde la perspectiva de lo que ocurrió en las elecciones municipales, la negativa de Orrego resultó una intuición certera. ¿Hubo en él la adivinación de la derrota?

Quizá, más secreta, había otra razón. Cuando se produjo mi renuncia, y el escándalo consiguiente, el diputado Francisco Belaunde Terry —hermano del ex presidente, fundador de Acción Popular y uno de los populistas que había sufrido más hostigamiento por la dictadura de Velasco— había responsabilizado a Orrego de la intransigencia de ap en lo de las listas conjuntas, usando contra él frases muy duras. Aunque nunca oí a Orrego la menor alusión al incidente, este episodio pesó tal vez en su decisión.

(Diré, entre paréntesis, que Francisco Belaunde Terry había sido, desde siempre, uno de los populistas que yo más respetaba, uno de esos raros políticos que dignifican la política. Por su independencia, que algunas veces lo hizo enfrentarse a su propio partido cuando su conciencia se lo dictaba, y por esa honradez maniática que lo llevó, en el Congreso, pese a sus escasos recursos, a no aceptar nunca los aumentos, bonificaciones, reintegros, que los parlamentarios aprobaban continuamente para mejorar sus ingresos y a devolver los cheques o a donarlos a los porteros y empleados del Parlamento cuando el apra hizo aprobar una disposición que prohibía a un diputado o senador rechazar los aumentos. Por su absoluto desprecio de las convenciones y los cálculos que regulan la vida del político, Francisco Belaunde —de largo y esmirriado cuerpo, enciclopedia histórica viviente, lector voraz y de palabra elegante pero como venida de la literatura y el pasado— me hacía siempre el efecto de un hombre de otro tiempo o de otro país, un cordero metido en una manada de lobos. Era capaz de decir lo que creía y pensaba, aunque eso, como le ocurrió durante las dictaduras de Odría y de Velasco, lo llevara a la cárcel y al exilio, pero, también, aunque ello lo enemistara con sus propios correligionarios o con las instituciones a las que todo buen político teme y adula: los medios de comunicación. En la campaña electoral de 1985, en aquella ocasión en que anuncié en la televisión que no votaría por Alan García sino por Bedoya Reyes para presidente, añadí que, en las listas parlamentarias, daría mi voto preferencial a dos candidatos a los que, para bien del Perú, quería ver en el Congreso: Miguel Cruchaga y Francisco Belaunde Terry.

Desde la manifestación de la plaza San Martín —tal vez desde antes— Francisco Belaunde Terry había sido un tenaz promotor de la idea del Frente y de mi candidatura. Y muy claramente había dicho que discrepaba con los populistas que insistían, a veces de manera agresiva, sin disimular su hostilidad hacia el Movimiento Libertad y hacia mí, en que su hermano Fernando fuera candidato una vez más. Esto, como es natural, le había ganado la ojeriza de muchos de sus correligionarios, sobre todo de aquellas nulidades cuya única credencial para ocupar cargos directivos en Acción Popular y ser sus candidatos al Parlamento era la adulación al líder, y que por eso habían obstruido por todos los medios la forja de la alianza. Esta situación se agravó para Francisco Belaunde Terry, cuando, la noche de mi renuncia, en junio de 1989, se presentó en mi casa, en plena manifestación de libertarios, y fue luego a solidarizarse conmigo al Movimiento Libertad. De otro lado, su esposa, Isabelita, era una empeñosa activista de Acción Solidaria y trabajaba hacía meses con Patricia en programas de promoción y apoyo social en los barrios marginales de San Juan de Lurigancho.

Aquellas mediocridades, que, como ocurre en todos los partidos y sobre todo en los más caudillistas, son las que suelen apoderarse de la cúpula directiva, conspiraron para impedir que Francisco Belaunde Terry —sin la menor duda el parlamentario populista de conducta más meridiana— fuera candidato de su partido en las listas del Frente. El Movimiento Libertad le propuso entonces ser uno de nuestros candidatos a la diputación por Lima y él aceptó, honrando con su nombre nuestra cuota. Pero, para miseria del Parlamento peruano, no salió elegido.)

Cuando di cuenta a Belaunde Terry de mi conversación con Orrego, él se resignó a reemplazarlo. Me preguntó qué me parecía Juan Incháustegui y me apresuré a decirle que una magnífica opción. Ingeniero y provinciano, había sido un buen ministro de Energía y Minas y se había inscrito en Acción Popular no antes sino después de su gestión ministerial, en las postrimerías del segundo gobierno de Belaunde. Aunque yo lo conocía sólo de vista tenía muy presentes los términos elogiosos en los que Belaunde se había referido a él, en nuestras conversaciones en Palacio, a mediados de su gestión presidencial.

Luego de ciertas vacilaciones —era un hombre de modestos recursos y los ingresos del alcalde de Lima son mínimos—, Incháustegui aceptó representar al Frente. Por su parte, el Partido Popular Cristiano eligió a Lourdes Flores Nano como candidata a teniente alcalde. Joven abogada, Lourdes se había hecho muy popular por su simpatía y su buena oratoria durante la movilización contra la estatización de la banca.

La pareja era magnífica y yo respiré, seguro de que ganaríamos la elección municipal en Lima. La presencia llana de Incháustegui, sus chispazos de humor, su falta de aristas polémicas, conquistarían la simpatía de los barrios. Su condición provinciana era otra buena credencial. Aunque nacido en Arequipa, había estudiado y vivido en Cusco y se consideraba él mismo cusqueño, de modo que esto debería ganarle muchos corazones en esa ciudad de provincianos que se ha vuelto la capital del Perú. Y, a su lado, la juventud e inteligencia de Lourdes Flores Nano —una cara nueva en la política peruana— resultaba un excelente complemento.

Sin embargo, a partir de setiembre, las encuestas empezaron a destacar, por encima de Incháustegui, a un recién venido: Ricardo Belmont Cassinelli. Dueño de una radio y de un pequeño canal de televisión, en los que había conducido por varios años un programa muy popular, de diálogos abiertos —Habla el pueblo—, Belmont no había hecho antes política ni parecía interesado en hacerla. Su nombre se asociaba más bien con los deportes, que practicaba y promovía —había sido empresario de boxeo— y a las maratones de la televisión pro fondos para la clínica San Juan de Dios, que organizó varios años. Su imagen era la de un animador simpático y populachero —por su habla atiborrada de dichos, como «manito», «patita», la «chelita» y todas las expresiones pintorescas de la jerga juvenil—, asociado al mundo de la farándula, de los cantantes, los cómicos y las vedettes, no a los asuntos públicos. Sin embargo, en la elección municipal anterior, algunos órganos de prensa, entre ellos Caretas, habían mencionado su nombre como posible candidato independiente a la alcaldía de Lima.

A mediados de julio de 1989, súbitamente Belmont convocó un mitin en la plaza Grau, de La Victoria, en el que, acompañado por el compositor de música criolla Augusto Polo Campos, anunció la creación del movimiento cívico obras y su candidatura.

En las entrevistas de televisión que le hicieron, en las semanas siguientes, expuso unas ideas muy simples, que repetiría a lo largo de toda su campaña. Él era un independiente decepcionado de los partidos y de los políticos, pues nunca habían cumplido sus promesas. Era hora de que los profesionales y técnicos tomaran en sus manos la solución de los problemas. Añadía siempre que su ideario cabía en una fórmula: a favor de la empresa privada. Dijo también que iba a votar por mí en las presidenciales, «porque mis ideas son las mismas de Vargas Llosa», pero que él no confiaba en mis aliados: ¿acaso no habían estado ap y ppc en el gobierno? ¿Y qué habían hecho?

(Éstas eran las cosas que Mark Mallow Brown hubiera querido que yo dijera; o mejor dicho, las que, según sus encuestas, querían oír los electores peruanos. Entre las personas que escucharon este mensaje, despotricando contra los políticos y los partidos, alguien tan novato como Belmont en estas lides, un oscuro ex rector de una universidad técnica llamado Fujimori, debió enderezar las orejas y llenarse de sugestiones.)

Desde que se anunció la candidatura de Belmont yo estuve seguro de que este llamado a los independientes y sus ataques al establecimiento político harían mella en nuestro electorado. Pero quien anticipó los hechos con exactitud fue Miguel Cruchaga. Recuerdo una conversación con él en la que lamentó que Belmont no fuera nuestro candidato: una cara nueva y sin embargo muy conocida, que, por debajo de la superficialidad y chabacanería de sus declaraciones, representaba lo que nosotros queríamos promover: un joven empresario que se había hecho a sí mismo, en favor de la iniciativa privada y el mercado, sin el estigma de un pasado político.

El 27 de julio tuve una larga entrevista con Ricardo Belmont, en mi casa de Barranco, a la que asistió también Miguel Vega Alvear. Por los acuerdos internos del Frente, no pude proponerle lo que, sin duda, hubiera aceptado —ser nuestro candidato a la alcaldía—, sino limitarme a hacerle ver el riesgo de que su candidatura, al dividir el voto independiente y democrático, terminase dándole una vez más la municipalidad de Lima al apra (su candidata era Mercedes Cabanillas) o a la Izquierda Unida (cuya crisis interna, largamente fermentada, estalló en esos días y produjo su partición).

Belmont estaba muy confiado. Mi alianza con los partidos le parecía una equivocación, porque en el sector más popular, cuyos sentimientos él pulsaba a diario en sus programas, había un rechazo generalizado contra ellos y sobre todo contra Acción Popular. Él compartía ese criterio. Estaba dolido, además, porque el gobierno de Belaunde había discriminado contra él, negándose a devolverle el canal que le expropió la dictadura militar, como había hecho con los otros canales de televisión.

«Mis electores están sobre todo en los sectores C y D, me aseguró, y a quien yo le voy a quitar votos no será al Frente sino a la Izquierda Unida. A mí, mi propia clase, la burguesía, me desprecia, porque hablo en jerga y porque me creen un inculto. En cambio, aunque sea un blanquito, los cholitos y los negros de los pueblos jóvenes me tienen mucha simpatía y votarán por mí.»

Ocurrió como me lo dijo. Y fue también cierto lo que me prometió en aquella conversación, con una alegoría que repetiría muchas veces: «Las elecciones municipales son el partido preliminar y en ellas yo y el Frente debemos bailar con nuestro pañuelo. Pero la elección presidencial es el partido de fondo y allí saldré a apoyarte. Porque comparto tus ideas. Y porque necesito que seas presidente para tener éxito como alcalde de Lima.»

La campaña de Belmont fue muy hábil. Hizo menos publicidad en televisión que nosotros y que el apra, recorrió una y otra vez las barriadas más humildes, declaró hasta el cansancio que estaba a mi favor pero en contra de «los partidos ya quemados» y, para sorpresa de todos, en la polémica por televisión con Juan Incháustegui, en la que estábamos seguros de que éste lo abrumaría con su preparación técnica, quedó muy bien parado, gracias a los asesores que llevó, y, sobre todo, a su picardía criolla y su experiencia ante las cámaras.

Los comicios municipales precipitaron la ruptura de la izquierda, reunida hasta entonces en una precaria coalición bajo el liderazgo de Alfonso Barrantes Lingán. Este liderazgo era cuestionado hacía tiempo por los sectores más radicales de Izquierda Unida, quienes acusaban al ex alcalde de Lima de caudillismo, de haber suavizado su marxismo hasta mudarlo en una posición social demócrata y, más grave aún, de haber hecho una oposición tan respetuosa al gobierno de Alan García que se parecía a la complicidad.

Pese a esfuerzos desmedidos del Partido Comunista por evitar la ruptura, ésta se produjo. Izquierda Unida presentó como candidato a la alcaldía de Lima a un católico de izquierda, el sociólogo y profesor universitario Henry Pease García, quien sería, también, su candidato a la presidencia de la República. El sector barrantista, por su parte, bajo la etiqueta de Acuerdo Socialista, lanzó a otro sociólogo, el senador Enrique Bernales, asimismo candidato a la primera vicepresidencia con Barrantes.

Se acercaba el segundo aniversario del Movimiento Libertad —habíamos designado el 21 de agosto de 1987, fecha del mitin de la plaza San Martín, como día de su nacimiento— y en la Comisión Política pensamos que ésta era una buena ocasión para mostrar que, a diferencia de comunistas y socialistas, nosotros sí habíamos conseguido la unidad.

El primer aniversario lo habíamos celebrado en la ciudad de Tacna, con una manifestación en el Paseo Cívico. Hasta poco antes de la hora anunciada para el mitin, apenas había unos cuantos curiosos en los alrededores de la tribuna. Yo esperaba en una casa vecina, de amigos de mi familia, y, minutos antes de las ocho, subí al techo a espiar. En el estrado, Pedro Cateriano, con voz estentórea y gesto convencido, arengaba al vacío. O poco menos, pues el Paseo Cívico se veía semidesierto, en tanto que, en las esquinas y veredas laterales, grupos de curiosos observaban con indiferencia lo que ocurría. Pero, media hora después, cuando ya había empezado el acto y estábamos en los himnos de rigor, los tacneños empezaron a afluir, y siguieron haciéndolo hasta cubrir un par de cuadras. Al final, una muchedumbre me acompañó por las calles y tuve que hablar de nuevo desde los balcones del hotel.

Para celebrar el segundo aniversario elegimos el coliseo Amauta de Lima, que Genaro Delgado Parker nos cedió gratis, porque era muy amplio —cabían dieciocho mil personas— y porque creímos que la oportunidad sería buena para hacer una exposición seria de la propuesta del Frente Democrático, reuniendo a todos nuestros candidatos a alcaldes y regidores en los distritos de Lima. Invitamos también a los principales dirigentes de ap, ppc, del sode y de la uci (pequeña agrupación, dirigida por el entonces diputado Francisco Díez Canseco, que luego se apartaría de la alianza).

El programa constaba de dos partes. La primera, de bailes y canciones, fue confiada a Luis Delgado Aparicio, quien, de un lado, era un abogado especializado en cuestiones laborales y, de otro, una figura popular de la radio y la televisión por sus programas de salsa, o, como él dice, con inimitable estilo, de música «afro-latino-caribeño-americana», además de un eximio bailarín. La segunda parte, la propiamente política, serían los discursos de Miguel Cruchaga y el mío.

Movilización, la Juventud, los comités de distrito y Acción Solidaria hicieron un gran esfuerzo para llenar el Amauta. El problema fue el transporte. El responsable, Juan Checa, había contratado algunos ómnibus y camiones y cedido otros de su empresa, pero el día señalado muchos de estos vehículos no se presentaron a los puntos de reunión. De modo que los libertarios y libertarias encargados de la movilización se encontraron, en muchos distritos, con centenares de personas que no tenían cómo desplazarse hasta el coliseo. Charo Chocano, en Las Delicias de Villa, salió a la carretera y contrató a dos ómnibus que pasaban, y en Huaycán, la infatigable Friedel Cillóniz y su gente tomaron literalmente por asalto un camión a cuyo conductor persuadieron de que los llevara hasta el Amauta. Pero miles de personas se quedaron con los crespos hechos. Pese a ello, las tribunas del coliseo quedaron colmadas.

Yo estaba desde las siete de la noche, listo, en el automóvil, acompañado por el personal de seguridad, dando vueltas por los alrededores del Amauta. Pero, por la radio, los responsables del acto dentro del local —el Chino Urbina y Alberto Massa— me contenían, diciéndome que todavía entraba gente y que había que dar tiempo a los animadores —Pedro Cateriano, Enrique Ghersi y Felipe Leño— para que calentaran el ambiente. Así pasó media hora, una hora, una hora y media. Para aplacar la impaciencia, dábamos vueltas por Lima y, vez que hablábamos con el coliseo, la respuesta era la misma: «Un ratito más.»

Cuando, al fin, me dieron luz verde y entré al Amauta, había una contagiante atmósfera de fiesta y euforia, con las banderas y cartelones de los distintos comités flameando en las tribunas, y las barras de cada lugar compitiendo en cantos y estribillos. ¡Pero habían pasado cerca de dos horas de la hora fijada! Roxana Valdivieso cantaba, en la tribuna, el himno del Movimiento. Hacía poco, Juan Incháustegui y Lourdes Flores habían hecho una entrada triunfal que remataron bailando un huaynito. Y ya había terminado el espectáculo de Lucho Delgado Aparicio. Los diarios y canales hostiles hicieron luego un escándalo, porque, entre los números folklóricos, aparecieron de pronto unas rumberas en ropas ligeras bailando una furiosa salsa. Según la prensa, la visión de aquellas caderas, nalgas, senos y muslos disforzados había provocado sofocos y bochornos a muchos respetables parlamentarios del Partido Popular Cristiano, y alguno afirmó que don Ernesto Alayza Grundy, encarnación de la probidad, se había sentido agraviado por el espectáculo. Pero Eduardo Orrego me aseguró después que todo eso era falso y que, en verdad, don Ernesto había contemplado a las rumberas con perfecto estoicismo. Y me consta que Enrique Chirinos Soto bufaba de felicidad por lo que vio.

En todo caso, cuando yo comencé a hablar, después de una introducción proustiana de Miguel Cruchaga (porque, de acuerdo a su afición por las alegorías, Miguel se sirvió esta vez de Proust para estructurar una de ellas), eran cerca de las diez de la noche. No llevaba cinco minutos desarrollando el primer tema —cómo había cambiado el panorama político nacional, en el que, antes, imperaban las ideas estatistas, en tanto que ahora el debate público giraba sobre la economía de mercado, la privatización y el capitalismo popular— cuando comencé a notar movimientos en las tribunas. Las luces de los reflectores me cegaban y no podía ver lo que ocurría, pero me pareció que aquéllas se vaciaban. En efecto, la gente partía en estampida. Sólo el cuadrilátero que tenía delante, los doscientos o trescientos candidatos municipales y dirigentes del Frente permanecieron allí hasta el final del discurso, que terminé a saltos, preguntándome qué demonios sucedía.

Los ómnibus y camiones habían sido contratados hasta las diez de la noche y la gente, sobre todo la de apartados pueblos jóvenes, no quería regresar a su casa haciendo cinco, diez o veinte kilómetros andando.

Total, que nuestra inexperiencia y descoordinación hizo que los festejos del segundo aniversario del Movimiento fueran, en lo que a publicidad se refiere, un desastre. La República, La Crónica, El Nacional y demás publicaciones oficialistas destacaron las tribunas semivacías del Amauta mientras yo hablaba e ilustraron las informaciones con los traseros contoneantes de las rumberas de Delgado Aparicio. Para contrarrestar el mal efecto, Lucho Llosa produjo en esos días un spot mostrando otra cara de la celebración: tribunas pletóricas de gente y unas ñustas bailando un huaynito.

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