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nejushtán, palabra que juega con bronce (nejoshet) y culebra (najash). Se trataba, según el relato, de una especie de amuleto mágico contra las mordeduras de serpiente: cuando alguno era mordido, “miraba a la serpiente de bronce, y se curaba”.

Sin embargo, las propias narraciones bíblicas dan a entender que la nejushtán era algo más que un simple amuleto. De acuerdo con el libro de Reyes, el ofidio de bronce fue venerado en el Templo hasta la llegada del rey reformador Ezequías (716-687 a. C.): “Él fue quien quitó los altos, derribó las estelas, cortó los cipos y rompió la serpiente de bronce que había hecho Moisés, porque los israelitas le habían quemado incienso hasta aquellos días”.


Eunucos
Los eunucos, varones castrados, desempeñaban labores de confianza, particularmente en los harenes de los reyes. Sus amos tenían la tranquilidad de que esos siervos, por más tentación sexual que sintieran, no podrían preñar a sus mujeres. Como ya se ha señalado, los israelitas tenían en escasa consideración a los eunucos, y la legislación mosaica vetaba el ingreso en la congregación de Israel a quienes tuvieran amputados o magullados los órganos genitales. Ese veto, sin embargo, fue sufriendo fisuras, como lo evidencian las siguientes palabras del profeta Isaías:
Que no diga el eunuco:

“Yo soy un árbol seco”.

Porque así dice Yavé a los eunucos

que guardan mis sábados,

y eligen lo que me es grato,

y se adhieren firmemente a mi pacto:

Yo les daré en mi casa, dentro de mis muros,

poder y nombre mejor que hijos e hijas.

Yo les daré un nombre eterno,

que no se borrará.
Seis siglos después, dice el autor de Sabiduría:
Dichoso también el eunuco,

que no ha obrado la maldad con sus manos

ni ha concebido malos pensamientos contra el Señor,

porque le será otorgado un galardón escogido por su fe

y una suerte más deseable en el tiempo del Señor.


Los castrados del harén de Asuero
En la Biblia aparecen numerosos eunucos, desempeñando los más diversos papeles. Cuenta el libro de Ester que el emperador persa Asuero tenía siete a su servicio personal: Mahuman, Bizta, Harbona, Bigta, Abagta, Zetar y Carcas. A ellos les encargó traer a su presencia a la reina Vasti, a quien pretendía exhibir ante sus invitados en una fiesta grandiosa. Vasti se negó, y ello le costó la corona, que pasó a la judía Ester mediante la convocatoria de un concurso de belleza en todo el imperio. Otros dos eunucos —Birgán y Teres— planeaban conspirar contra el monarca, pero Mardoqueo, primo de Ester, los denunció y fueron ahorcados. Cuando Ester entró en el harén de Asuero junto a las demás seleccionadas para participar en la final del concurso de belleza, quedó al cuidado del eunuco Hegue, que le tomó afecto y la trató con especial atención. Otro eunuco, Saasgaz, se ocupaba de la casa de las concubinas. Cuando el malvado Amán convenció a Asuero de que exterminara al pueblo judío, uno de los eunucos al servicio de la ya reina Ester, Hatac, sirvió de mensajero entre su ama y el primo de ésta, Mardoqueo, que estaba fuera de palacio, y su labor de intermediario contribuyó a echar por tierra el proyecto de Amán.


Bagoas, un mal consejero
Otro eunuco, de nombre Bagoas, también ayudó a la salvación de los judíos, aunque en su caso sin pretenderlo. Jefe de intendencia del ejército asirio, fue él quien persuadió al general Holofernes de que invitase a un banquete a la hermosa judía Judit, que se hallaba en su campamento. Bagoas consideraba vergonzoso dejar marchar a semejante mujer sin “tener comercio con ella”. “Se iría riendo de nosotros”, alegó. Holofernes cedió al razonamiento de su empleado e invitó a Judit, que, al quedar más tarde a solas con el general, aprovechó la borrachera de éste y lo decapitó con un alfanje. Por la mañana, Bagoas entró en la tienda del general y llamó agitando la cortina, pensando que su jefe se hallaba con Judit. Como nadie respondía, corrió la cortina y, para su horror, se encontró con Holofernes sin cabeza.


Los ejecutores de Jezabel
El libro segundo de Reyes cuenta la llegada del guerrero Jehú a la ciudad de Jezrael para poner fin a la dinastía reinante de Israel. Al ver a la reina Jezabel, que desde su palacio lo desafiaba con los ojos pintados y peinada como una amante, Jehú dijo: “¿Quién está conmigo? ¿Quién?”. Entonces lo miraron “dos o tres eunucos” y él les ordenó: “Echadla abajo”. Los eunucos obedecieron. Jezabel fue arrojada desde lo alto, “y su sangre salpicó los muros y los caballos; y Jehú la pisoteó con sus pies”.


Abdemelec, el salvador del profeta
Otro eunuco, Abdemelec (“Siervo del rey, significa su nombre) rescató al profeta Jeremías cuando fue arrojado a una cisterna bajo la acusación de ser partidario de una alianza con los babilonios en lugar de hacerla con los egipcios. El etíope Abdemelec acudió ante el debilitado rey Sedecías y le dijo: “Rey, mi señor, han hecho mal esos hombres tratando así a Jeremías, profeta, metiéndolo en la cisterna para que muera allí de hambre, pues no hay ya pan en la ciudad”. Pese a haber autorizado el confinamiento del profeta por la presión de los antibabilonios, Sedecías dijo al eunuco que tomara a tres hombres y sacaran a Jeremías de la cisterna antes de que muriera. Abdemelec cogió del ropero del palacio unas ropas viejas y, con ayuda de unas cuerdas, las hizo llegar al profeta para que se vistiera, tras lo cual lo sacaron con ayuda de las propias cuerdas. Jeremías pasó a cumplir su detención en el vestíbulo de la cárcel. En señal de gratitud, el profeta prometió al eunuco que, cuando la ciudad fuera destruida, él se libraría de la muerte y no sería entregado a manos del enemigo.


Aspenaz y los cuatro mozos israelitas
El libro de Daniel cuenta una historia muy peculiar en la que el jefe de eunucos del emperador babilonio Nabucodonosor, llamado Aspenaz, ejerce de juez en lo que se podría denominar un concurso de belleza y talento masculinos. Miles de judíos habían sido conducidos por la fuerza a Babilonia a raíz del asedio de Nabucodonosor a Jerusalén. En un momento dado, el monarca dijo a su jefe de eunucos “que trajese de los hijos de Israel, del linaje real y del de sus nobles, cuatro mozos en los que no hubiera tacha, de buen parecer, de talento, instruidos en toda suerte de sabiduría, dotados intelectualmente y educados, capaces de servir en el palacio del rey”. Los elegidos fueron Daniel, Ananías, Misael y Azarías. El rey les asignó para cada día una porción de los manjares de su mesa, del vino que él bebía, y mandó que los criasen durante tres años antes de que entrasen a servirle. Daniel pidió al jefe de eunucos que no lo obligase a contaminarse con la comida del monarca. Aspenaz se mostró renuente a atender la petición, pues temía por su vida si el aspecto de los muchachos desmejoraba. Pero Dios hizo que Daniel “hallase gracia y favor ante el jefe de los eunucos”, y éste aceptó poner a prueba durante diez días a los muchachos dándoles tan sólo legumbres y agua. Y sucedió que, vencido el plazo, Daniel y sus compañeros “tenían mejor aspecto y estaban más metidos en carnes que los mozos que comían los manjares del rey”.

Capítulo XII
Incesto
Las uniones prohibidas
“Hombre cualquiera no se acercará a todo pariente de su carne para descubrir su desnudez, yo Yavé”. A partir de este precepto, el libro de Levítico establece una lista de personas con las que el varón israelita tendrá prohibido mantener relaciones sexuales: la madre, cualquier otra mujer del padre, la hermana por parte de padre o de madre, la nieta, la hermanastra, la tía —ya sea la hermana del padre o de la madre, o la esposa del hermano del padre—, la nuera y la esposa del hermano. En la lista no figura la hija, lo que los expertos atribuyen a un descuido del legislador o a que no consideró necesario incluir la prohibición por obvia. Por otra parte, la prohibición de acostarse con la mujer del hermano tenía una excepción en el matrimonio de levirato, según el cual la viuda sin hijos debía ser tomada por alguno de sus cuñados. La ley añade la prohibición de unirse a una mujer junto a su hija o su nieta, y a una mujer junto a su hermana. Estas proscripciones se recogen en el capítulo 18 del libro de Levítico, que algunas Biblias encabezan con el epígrafe Uniones ilícitas y pecados contra naturaleza. El castigo para los infractores figura en el capítulo 20 del mismo libro, y oscila entre la pena capital y ser “cortado del pueblo”, expresión aún sujeta a debate que podría significar la exclusión de la congregación.

Resulta imposible establecer con exactitud en qué momento los israelitas comenzaron a repudiar cada una de estas relaciones sexuales antes de su prohibición formal por el código levítico, en el siglo VIII a. C. Lo que sí es seguro es que sucedió de manera gradual. Los propios relatos del Antiguo Testamento dejan constancia de que se trató de un largo proceso de refinamiento cultural, al mostrar que algunas uniones —como las de un hombre con su hija o con la mujer de su padre— eran ya objeto de reprobación en la antigüedad más remota, mientras que otras, como la relación entre hermanos, se aceptaban aún en tiempos de la monarquía.


Abraham y Sara: esposos y hermanos
El patriarca Abraham y su esposa, Sara, se habían instalado en Guerar, una región al occidente del desierto del Negueb. Abraham temía por su vida a causa de su mujer, que era muy bella, así que optó por decir que eran hermanos. El rey de Guerar, Abimélec, mandó traer a Sara a su palacio, pero Dios se le apareció en sueños antes de que se acercara a ella y le dijo: “Vas a morir por la mujer que has tomado, pues tiene marido”. “Señor —respondió Abimélec— ¿matarías así al inocente? ¿No me ha dicho él: ‘Es mi hermana’, y no me ha dicho ella: ‘Es mi hermano’? Con corazón íntegro y pureza de manos hice yo esto”. Dios reconoció que el monarca había actuado sin malicia. “Bien sé yo que lo has hecho con pureza de corazón; por eso he impedido que pecaras contra mí y no te he consentido que la tocaras. Ahora, pues, devuelve la mujer al marido, pues él, que es profeta, rogará por ti y vivirás; pero si no se la devuelves, sabe que ciertamente morirás tú con todos los tuyos”. A la mañana siguiente Abimélec contó lo ocurrido a sus servidores y se apoderó de todos un gran terror. Seguidamente llamó a Abraham y le dijo: “¿Qué es lo que nos has hecho? ¿En qué te he faltado yo para que trajeras sobre mí y sobre mi reino tan gran pecado? Lo que has hecho con nosotros no debe hacerse”. A lo que el patriarca le respondió: “Es que me dije: De seguro que no hay temor de Dios en este lugar y van a matarme por causa de mi mujer. Aunque es también en verdad mi hermana, hija de mi padre, pero no de mi madre, y la tomé por mujer; y desde que me hizo Dios errar fuera de la casa de mi padre, le dije: ‘Has de hacerme la merced de decir en todos los lugares adonde lleguemos que eres mi hermana’”. El relato concluye con que Abimélec no sólo le devolvió a Abraham su mujer, sino que le regaló ovejas, bueyes, siervos y siervas, y a Sara la resarció con mil monedas de plata. Abraham, a su vez, intercedió ante Dios para que curara la casa de Abimélec, donde se habían cerrado todos los úteros “por lo de Sara, la mujer de Abraham”.

El libro de Génesis recoge otras dos historias muy similares en las que el marido, temiendo que le hagan daño por la belleza de su esposa, presenta a ésta como su hermana. Una la protagoniza el propio Abraham, esta vez en Egipto, donde el faraón toma a Sara y luego la devuelve tras ser castigado por Dios con grandes plagas. La otra se repite en Guerar y con el rey Abimélec, pero sus protagonistas son ahora el hijo de Abraham, Isaac, y Rebeca, su mujer. Las cosas no llegan aquí tan lejos: Abimélec descubre, asomado a la ventana, que Isaac y Rebeca se acarician en una actitud más que fraternal y por tanto no toma para sí a la hermosa forastera. En estos dos relatos, ni Abraham ni Isaac ofrecen explicaciones cuando el rey del lugar les reprocha que hayan mentido al presentar a sus esposas como hermanas, si bien sabemos por otros pasajes bíblicos que Isaac es en realidad primo hermano del padre de Rebeca. El relato de Abraham en Guerar es el único en que el protagonista se defiende de la acusación de falsedad: el patriarca alega que Sara es hermana suya por parte de padre, dato que hasta ese momento no había sido citado en la Biblia.

Hasta el día de hoy se sigue discutiendo sobre el origen y el sentido de estos tres pintorescos relatos. Quizá la intención de los narradores haya sido presentar a los patriarcas como unos seres excepcionales que a punta de ingenio y con la ayuda de Dios se enfrentaron a la lascivia de los pueblos vecinos. Sin embargo, cualquier persona que lea desapasionadamente las historias podría llegar a una conclusión muy diferente y a cuestionar en el plano ético la conducta de los protagonistas. Lo que a nosotros nos importa a efectos de este libro es la información de que Abraham y Sara eran medio hermanos, hijos de Téraj con distintas mujeres. Ese tipo de unión, aceptable en la era patriarcal, fue terminantemente prohibida algunos siglos después por el código levítico: “Hombre que tome a su hermana, hija de su padre o hija de su madre, y vea su desnudez y ella vea la desnudez de él, detestable es y serán cortados a los ojos de los hijos de su pueblo; desnudez de su hermana descubrió, su culpa llevará”.


Lot y sus hijas
Lot, sobrino del patriarca Abraham, vivía en Sodoma con su mujer y sus dos hijas solteras. Un día llegaron dos ángeles de apariencia humana y exhortaron a Lot para que abandonara la ciudad porque Dios se disponía a destruirla a causa de sus pecados. Lot tomó a su familia y emprendió la huida. Mientras se alejaban de la ciudad, sobre la que empezó a caer una lluvia de azufre y fuego, la mujer de Lot desobedeció la orden dada por los ángeles de que no mirasen hacia atrás y quedó convertida en una estatua de sal.

Temeroso de vivir en la ciudad de Soar, donde en un principio se había refugiado, Lot subió al monte con sus hijas y habitaron en una cueva. En esa atmósfera de soledad y aislamiento se desencadenó uno de los incestos más famosos de la Biblia, que el narrador cuenta de este modo: “Y dijo la mayor a la menor: ‘Nuestro padre es ya viejo, y no hay aquí hombres que entren a nosotras, como en todas partes se acostumbra. Vamos a embriagar a nuestro padre y a acostarnos con él, a ver si tenemos de él descendencia’. Embriagaron, pues, a su padre aquella misma noche, y se acostó con él la mayor, sin que él la sintiera ni al acostarse ella ni al levantarse. Al día siguiente dijo la mayor a la menor: ‘Ayer me acosté yo con mi padre; embriaguémosle también esta noche, y te acuestas tú con él, para ver si tenemos descendencia de nuestro padre’. Embriagaron, pues, también aquella noche a su padre, y se acostó con él la menor, sin que ni al acostarse ella, ni al levantarse, la sintiera. Y concibieron de su padre las dos hijas de Lot. Parió la mayor un hijo, a quien llamó Moab. Este es el padre de Moab [el pueblo moabita] hasta hoy. También la menor parió un hijo, a quien llamó Ben Ammi, que es el padre de los Bene-Ammón [el pueblo ammonita] hasta hoy”.

El relato sugiere que ya desde la época patriarcal, en la que se enmarca el relato de Lot, era censurable la unión entre padre e hija: las muchachas urden su plan con nocturnidad y emborrachan a su progenitor para que participe en un acto sexual que en su sano juicio seguramente reprobaría. Sin embargo, el narrador evita descalificar la conducta de las dos hermanas. Incluso justifica de alguna manera su comportamiento al recalcar que su objetivo era tener descendencia. En la cronología bíblica, Moab y Ben Ammi nacen antes que Isaac, el hijo de Abraham del que surgiría el pueblo de Israel, con lo que el relato sobre Lot y sus hijos tal vez evoque una realidad histórica: que los ammonitas y los moabitas llegaron a la zona antes que los israelitas. El autor reconocía así la precedencia de los dos odiados pueblos en la región, pero al mismo tiempo enlodaba su genealogía al presentarlos como hijos de un incesto, por comprensible que este hubiera sido.


La mujer del padre. La nuera. Las dos hermanas
Dos bisnietos de Abraham aparecen manteniendo unas relaciones sexuales que habían de ser castigadas siglos después con la muerte por la ley levítica. Ambos casos se han tratado, por otros motivos, en distintos capítulos de este libro. Aquí se rescatan para señalar su vínculo con el incesto. Rubén, el primogénito del patriarca Jacob, se acostó con una de las concubinas de su padre. Otro de los hijos de Jacob, Judá, yació con su nuera, Tamar.

Ninguno de los infractores sufrió la pena capital. Sin embargo, las duras palabras que Jacob dirige a Rubén, desheredándolo, indican que acostarse con la mujer del padre se consideraba ya una abominación en los tiempos patriarcales. “No tendrás la primicia, porque subiste al lecho de tu padre. Cometiste entonces una profanación”, le dice. El asunto es más complicado en el segundo caso. Judá yació con Tamar sin saber que era su nuera, ya que la muchacha se había disfrazado de meretriz para seducirlo y tener la descendencia que él le negaba al incumplir el compromiso de darle como marido al último de sus hijos. Al quedar en evidencia su embarazo, Tamar fue condenada a muerte por adúltera, pero se salvó al demostrar que el hijo que esperaba era de su suegro. Judá admitió su responsabilidad. Respecto a su relación posterior con Tamar, el narrador recalca que “no se acercó más” a ella, es decir, no volvieron a mantener relaciones sexuales. Esta aclaración pone de manifiesto que la unión que habían mantenido era censurable. Lo que no queda claro es si la censura obedecía en exclusiva al carácter adúltero de la relación o si se refería además al hecho de que ya en aquellos tiempos remotos se reprobaba el acto sexual de un hombre con su nuera.

Jacob, padre de Rubén y Judá, mantuvo también una relación que había de ser proscrita en la ley levítica: estaba casado con dos mujeres, Lía y Raquel, que eran hermanas entre ellas. El legislador prohibió este tipo de matrimonio para evitar rivalidades entre hermanas. A juzgar por la feroz competencia entre Lía y Raquel por ganarse los favores del marido, la ley tenía sobrado fundamento.


Amram y su tía Joquebed
La Biblia está llena de maravillosas paradojas. Una de las más fascinantes, sin duda, es la que atribuye a Moisés la prohibición de que un hombre se una carnalmente con su tía, ya que él mismo fue fruto de una relación de ese tipo.

El caudillo que liberó a los israelitas del yugo egipcio era hijo de Amram y Joquebed. Los narradores bíblicos apenas informan sobre esta pareja, pese a ser los progenitores del personaje más importante de la historia de Israel. Por los tiempos en que nació Moisés, el faraón había ordenado arrojar al río a todos los varones que nacieran entre los hebreos. Joquebed escondió a su hijo cuanto pudo, hasta que, a los tres meses de edad, lo introdujo en una cesta de papiro y lo dejó en la ribera del Nilo. La hermana del niño se quedó a poca distancia para ver qué sucedía. Bajó entonces la hija del faraón a bañarse en el río y descubrió la cestilla. Al abrirla vio al bebé, que lloraba. “Es un hijo de los hebreos”, dijo con compasión, y decidió quedarse con él. La hermana preguntó a la hija del faraón si necesitaba una nodriza que le criase al niño. “Ve”, obtuvo por respuesta, y la joven trajo a la madre de la criatura. “Toma este niño, críamelo, y yo te daré tu merced”, le dijo la hija del faraón a la mujer. De ese modo Joquebed no sólo salvó a su hijo de la muerte, sino que tuvo la posibilidad de criarlo. Cuando el niño estuvo grandecito, se lo llevó a la hija del faraón “y fue para ella como un hijo”. El rastro de los padres de Moisés se pierde en ese momento hasta que, en el libro de Números, aparece una genealogía de los clanes israelitas donde se dice lacónicamente que “Caat engendró a Amram, y la mujer de Amram se llamaba Joquebed, hija de Levi, que le nació a Levi en Egipto”. En otros pasajes de la Biblia se dice que Caat también era hijo de Levi. De modo que Joquebed era hermana de Caat y tía de Amram, su marido.

La tradición considera que todo el cuerpo legal del Pentateuco fue obra de Moisés bajo el dictado de Dios. De ser así, el gran profeta debió de pasar un mal trago cuando Dios le ordenó incluir el siguiente mandato, que censuraba lo que había hecho su propio padre: “Desnudez de hermana de tu madre y de hermana de tu padre no descubrirás, pues a su pariente deshonrará; su iniquidad llevarán”. En realidad, dicha prohibición la redactó a finales del siglo VIII a. C. —cinco siglos después de la época de Moisés— el legislador del código levítico. Para entonces, la sociedad israelita había dejado muy atrás la vida endogámica de los clanes, en la que hermanos se casaban con hermanas, suegros copulaban con nueras y tías se juntaban con sobrinos.


Amnón y Tamar
Amnón, hijo del rey David, estaba enamorado de su media hermana Tamar. El amor se había convertido para Amnón en tormento y enfermedad, pues, al ser virgen la muchacha, “le parecía difícil obtener nada de ella”. Amnón tenía un primo astuto llamado Jonadab, que le preguntó un día por qué se veía tan desmejorado. “Es que estoy enamorado de Tamar, la hermana de Absalón, mi hermano”, le reveló Amnón. Jonadab le dio la solución para sus males: le dijo que se tumbara en la cama y fingiera estar enfermo, y que cuando su padre fuera a visitarlo le dijera: “Que venga, por favor, mi hermana Tamar a darme de comer; que prepare delante de mí algún manjar para que lo vea yo y lo coma de su mano”.

Amnón siguió las instrucciones de su primo, y consiguió que el rey le enviase a Tamar a su casa. La muchacha tomó harina, la amasó, hizo los pasteles y los puso a freír delante de su hermano; luego vació la sartén delante de él; pero Amnón no quiso comer. “Que salgan todos de aquí”, ordenó. Y todos salieron. Entonces dijo Amnón a Tamar: “Tráeme la comida a la alcoba para que coma de tu mano”. Cuando la muchacha le llevó las frituras y se las acercó para que comiese, él la sujetó. “Ven, acuéstate conmigo, hermana mía”, le dijo. Ella le respondió: “No, hermano mío, no me fuerces, pues no se hace esto en Israel. No cometas esa infamia. ¿A dónde iría yo deshonrada? Y tú serías como un infame en Israel. Habla, te lo suplico, al rey, que no rehusará entregarme a ti”. Pero Amnón no atendió su súplica “y forzándola se acostó con ella”.

Aterrada ante la idea de ser violada y perder su virginidad, Tamar implora a Amnón que la pida por esposa al rey. Estas palabras pueden reflejar que la unión entre medios hermanos, castigada con la muerte en el código levítico, aún era aceptada en tiempos de la monarquía. Pero también podrían significar que dicha relación estaba ya prohibida y que lo que Tamar pretendía era un permiso excepcional del rey.


Herodes y Herodías
Un incesto —o para ser más exactos, la denuncia de un incesto— condujo a la muerte a Juan el Bautista. Herodes Antipas, tetrarca de Galilea desde el año 4 a. C. hasta el año 39 d. C., había dejado a su primera mujer para casarse con Herodías, hija de su medio hermano Aristóbulo y ex esposa de otro medio hermano, Filipo, que la había repudiado. Juan el Bautista censuró el matrimonio de Antipas y Herodías, porque la ley levítica prohibía la unión entre un hombre y su cuñada. “No te es lícito tenerla”, decía al tetrarca. Éste, por insistencia de su mujer, hizo encarcelar al molesto predicador e incluso quiso matarlo, pero se reprimió por miedo a la muchedumbre, que consideraba a Juan el Bautista un profeta.

En el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías con su anterior marido bailó delante de todos, y gustó de tal modo al tetrarca que prometió a la muchacha darle lo que quisiese. “Dame aquí, en la bandeja, la cabeza de Juan el Bautista”, contestó la muchacha, inducida por su madre. Herodes “se entristeció”, mas por la promesa hecha y la presencia de los convidados ordenó degollar al predicador. La cabeza fue traída en una bandeja y entregada a la joven, que se la llevó como trofeo a su madre.

La narración bíblica no ofrece detalles sobre el célebre baile que hizo perder, metafóricamente, la cabeza de Herodes y, literalmente, la del Bautista. Tampoco menciona a la bailarina por su nombre. La literatura extrabíblica la llamó Salomé. Herodes Antipas fue quien interrogó a Jesús la víspera de su crucifixión; Poncio Pilatos se lo había enviado porque, al ser Jesús galileo, estaba bajo su jurisdicción. Tras intentar sin éxito que el detenido contestara a sus preguntas, lo devolvió a Pilatos, no sin antes burlarse de él. En el año 39 d. C., Herodes Antipas fue depuesto y desterrado a la Galia por el emperador Calígula bajo la acusación de conspirar contra Roma. En una demostración de lealtad, Herodías lo acompañó en su destierro.

Capítulo XIII
Adulterio
“No codiciarás a la mujer de tu prójimo”
Los autores de la Biblia sentían una evidente obsesión al tratar el adulterio. Ninguna otra conducta relacionada con el sexo recibe tanta atención y es objeto de tan repetitivas prohibiciones. “No adulterarás”, sentencia el séptimo mandamiento del Decálogo, en el libro de Éxodo. “No tendrás comercio con la mujer de tu prójimo, manchándote con ella”, afirma el legislador del Levítico, y señala el castigo para los infractores: “Si adultera un hombre con la mujer de su prójimo, hombre y mujer adúlteros serán castigados con la muerte”. El libro de Deuteronomio recoge de nuevo el Decálogo, con su séptimo mandamiento: “No adulterarás”. El legislador deuteronómico reitera además, con sus propias palabras, el castigo para los adúlteros ya señalado en el código levítico: “Si se sorprende a un hombre acostado con una mujer casada, morirán los dos: el hombre que se acostó con la mujer y la mujer misma. Así harás desaparecer de Israel el mal”. En el caso de la desposada —es decir, la casada que aún vivía con sus padres a la espera de la consumación carnal con su marido—, el legislador establecía un matiz. Si era sorprendida con otro hombre en la ciudad, se castigaba a ambos con la muerte, por “no haber gritado” ella en petición de auxilio. En cambio, si se le sorprendía en el campo con otro hombre, y éste utilizó violencia para acostarse con ella, sólo el hombre era lapidado, porque “cogida en el campo, la joven gritó, pero no había nadie que la socorriese”.

Los legisladores israelitas entendían el adulterio como la violación por un hombre de la propiedad de otro hombre. El delito propiamente dicho lo cometía el varón —casado o soltero— que se acostara con la mujer o la desposada aún virgen del prójimo. La esposa infiel era condenada a muerte junto a su amante, pero en calidad de propiedad violada. Casi como el buey que era sacrificado cuando un hombre mantenía relación sexual con él. El décimo mandamiento deja patente este concepto de que la mujer era un bien más del varón, al señalar: “No desearás la casa de tu prójimo, ni la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada de cuanto le pertenece”. Jesús fue mucho más lejos. Para él no hacían falta testigos del adulterio, ya que el pecado se cometía con sólo pensarlo. “Todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón”, dijo.

Mientras la mujer casada pagaba con la vida su infidelidad conyugal, el esposo podía mantener relaciones sexuales, sin incurrir en adulterio, con una esclava perteneciente a otro hombre o con una soltera libre. En ambos casos la ley le imponía sanciones, pero eran insignificantes en comparación con la muerte prevista para los adúlteros. En el primer caso, debía ofrecer un carnero en sacrificio a Yavé. En el segundo, debía casarse con la muchacha, con el añadido de que, si se hubiera tratado de un caso de violación y no de seducción, perdía el derecho a repudiarla en toda su vida. El esposo tenía otra posibilidad menos arriesgada de relación extramarital: recurrir a los servicios sexuales de una prostituta.


Las artimañas de la “mujer perversa”
Parece ser que el adulterio estaba muy extendido en Israel. De otra forma no se entendería tal avalancha de prohibiciones legales y consejos para evitar que los jóvenes fogosos sucumbieran a la tentación de acostarse con la mujer del prójimo, una tentación que podía costarles la vida. Los libros sapienciales previenen a menudo contra la “mujer perversa”, como llaman a la casada proclive a la fornicación. Dice el Eclesiástico:
No te sientes nunca junto a mujer casada

ni te recuestes con ella a la mesa,

ni bebas con ella vino en los banquetes,

no se incline hacia ella tu corazón

y seas arrastrado a la perdición.
El autor de los Proverbios describe con extraordinaria minucia las artimañas que una mujer casada utiliza para seducir a un muchacho aprovechando que su marido está en viaje de negocios. El narrador aconseja al joven que mantenga la entereza y le recuerda que el adulterio está penado con la muerte. El texto no tiene desperdicio:
Guarda, hijo mío, los mandatos de tu padre

y no des de lado las enseñanzas de tu madre.

Ten siempre ligado a ellos tu corazón,

enlázalos a tu cuello.

Te servirán de guía en tu camino

y volverán por ti cuando durmieres,

y cuando te despiertes te hablarán;

porque antorcha es el mandamiento, y luz la disciplina,

y camino de vida la corrección del que te enseña.

Para que te guarden de la mala mujer,

de los halagos de la mujer ajena.

No codicies su hermosura en tu corazón,

no te dejes seducir por sus miradas;

porque si la prostituta busca un pedazo de pan,

la casada va a la caza de una vida preciosa.

¿Puede alguno llevar fuego en su regazo

sin quemarse los vestidos?

¿Quién andará sobre brasas

sin que se le abrasen los pies?

Así el que se acerca a la mujer ajena,

no saldrá indemne quien la toca.

¿No es tenido en poco el ladrón cuando roba

para saciar su hambre, si la tiene?

Y si es sorprendido, tendrá que pagar el séptuplo

de toda la hacienda de su casa.

Pero el adúltero es un mentecato;

sólo quien quiere arruinarse a sí mismo hace tal cosa.

Se hallará con palos e ignominia

y su afrenta no se borrará nunca.

Porque los celos del marido le ponen furioso

y no perdona el día de la venganza.

No se contentará con una indemnización

y no aceptará dones por grandes que sean.

Hijo mío, guarda mis palabras

y pon dentro de ti mis enseñanzas.

Guarda mis preceptos y vivirás,

sea mi ley como la niña de tus ojos.

Átatelos al dedo,

escríbelos en la tabla de tu corazón.

Di a la sabiduría: “Tú eres mi hermana”,

y llama a la inteligencia tu pariente,

para que te preserven de la mujer ajena,

de la extraña de lúbricas palabras.

Estaba yo un día en mi casa a la ventana

mirando a través de las celosías,

y vi entre los simples un joven,

entre los mancebos un falto de juicio,

que pasaba por la calle junto a la esquina

e iba camino de su casa.

Era el atardecer, cuando ya oscurecía,

al hacerse de noche, en la tiniebla.

Y he aquí que le sale al encuentro una mujer

con atavío de ramera y astuto corazón.

Era parlanchina y procaz

y sus pies no sabían estarse en casa;

ahora en la calle, ahora en la plaza,

acechando por todas las esquinas.

Agarróle y le besó

y le dijo con toda desvergüenza:

“Tenía que ofrecer un sacrificio,

y hoy he cumplido ya mis votos.

Por eso te he salido al encuentro;

iba en busca de ti y ahora te hallo.

He ataviado mi lecho con tapices,

con telas de hilo recamado de Egipto;

he perfumado mi cámara

con mirra, áloe y cinamomo.

Ven, embriaguémonos de amores hasta la mañana,

hartémonos de caricias.

Pues mi marido no está en casa,

ha salido para un largo viaje;

se ha llevado la bolsa

y no volverá hasta el plenilunio”.

Con la suavidad de sus palabras le rindió

y con sus halagos le sedujo;

y se fue tras ella entontecido,

como buey que se lleva al matadero,

como ciervo cogido en el lazo,

hasta que una flecha le atraviesa el hígado,

o como pájaro que se precipita en la red,

sin saber que le va en ello la vida.

Óyeme, pues, hijo mío,

y atiende a las palabras de mi boca.

No dejes ir tu corazón por sus caminos,

y no yerres por sus sendas.

Porque a muchos ha hecho caer traspasados

y son muchos los muertos por ella.

Su casa es el camino del sepulcro,

que baja a las profundidades de la muerte.


Juicio por adulterio
La muerte de los adúlteros se producía antiguamente en la hoguera, como a punto estuvo de perecer Tamar cuando descubrieron que estaba preñada de un presunto desconocido. Pero en algún momento impreciso fue adoptada la lapidación. Esta pena aparece en el código deuteronómico, redactado hacia finales del siglo VII a. C. La lapidación existía aún en tiempos de Jesús, como lo refleja el célebre episodio de la mujer adúltera narrado en el Evangelio de Juan. Deseosos de poner a Jesús en un dilema entre la ley romana y la judía, los escribas y fariseos se presentaron ante él con una mujer, y le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante delito de adulterio. En la Ley nos ordena Moisés apedrear a éstas; tú, ¿qué dices?”. Jesús les respondió: “El que de vosotros esté sin pecado, arrójele la piedra el primero”.

El código de Hammurabi, del siglo XVIII a. C., que ejerció una notable influencia en todas las naciones de Oriente, condenaba a los adúlteros a ser arrojados al río, pero permitía que el marido perdonara a su mujer y, por extensión, a su amante. La Ley Asiri, del siglo XIII a. C., también dejaba en manos del marido la decisión final sobre el destino de su esposa, subrayando que dicha decisión sería aplicada en términos semejantes a quien faltó con su mujer. La ley israelita se limitaba a decretar la muerte para los infractores, sin aclarar si quedaba lugar o no para la compasión. Es probable que también en la sociedad israelita el marido tuviera la potestad para perdonar a la mujer infiel. Así lo sugieren los discursos alegóricos de algunos profetas, en los que Yavé perdona a sus esposas Israel y Judá después de que han fornicado con otros dioses.

Llegar a una condena de muerte no era sencillo. La ley exigía un juicio escrupuloso —normalmente frente a la casa del acusado— con al menos dos testigos que aseguraran haber presenciado el delito. La figura del abogado era desconocida. En una medida concebida para que los testigos actuaran en conciencia y no tuvieran la menor duda sobre la culpabilidad del acusado, la ley disponía que arrojasen las primeras piedras en caso de una sentencia condenatoria. Si en el curso del juicio se descubría que los testigos estaban confabulados para levantar falso testimonio, se les castigaba con la misma pena que pedían para el acusado. Las acusaciones debían coincidir en todos sus detalles. Tras escuchar a los testigos, el tribunal de ancianos pronunciaba el veredicto. Si el acusado era hallado culpable, aún le quedaba una posibilidad de salvación: camino del lugar de la ejecución, el tribunal preguntaba al pueblo si alguien tenía algo que decir en favor del condenado, en cuyo caso se reabría el juicio.

Es probable que, en la práctica, la pena de muerte por adulterio se aplicase raramente. Primero, porque no era común que dos o más testigos sorprendieran in fraganti a una pareja de amantes. Y segundo, porque la persona normalmente interesada en descubrir la infidelidad de la mujer —su marido— tenía la posibilidad de divorciarse con relativa facilidad alegando cualquier motivo, sin pasar por el trago amargo de airear su deshonra en un juicio.


El juicio de Susana
El caso de Susana, recogido en el libro de Daniel, da una idea de cómo se desarrollaba un juicio por adulterio, al menos en el siglo II a. C., del que data el texto. Susana era una mujer “muy hermosa y temerosa de Dios”. Su marido, Joaquín, hombre muy rico, gozaba de enorme prestigio entre sus correligionarios judíos. A la casa de la pareja empezaron a acudir dos ancianos que acababan de ser elegidos jueces por el pueblo. Con el paso del tiempo los dos insignes visitantes comenzaron a desear a Susana, atraídos por su extraordinaria belleza.

Un día los ancianos se escondieron en el jardín de la casa y esperaron la oportunidad para sorprender a Susana a solas. La mujer no tardó en salir acompañada de dos jóvenes doncellas. Como el día era caluroso, decidió darse un baño. Dijo entonces a las doncellas que le trajeran aceite y perfume y cerraran las puertas que daban al jardín. En cuanto se marcharon sus acompañantes, aparecieron los dos jueces lascivos y dijeron a Susana que se entregara a ellos. “Las puertas están cerradas, nadie nos ve, y nosotros sentimos pasión por ti; consiente, pues, y entrégate a nosotros; de lo contrario daremos falso testimonio contra ti de que estabas con un joven y por esto despediste a las doncellas”, la amenazaron. Susana se puso a gemir por el aprieto en que se encontraba. Finalmente decidió que era mejor morir a causa de un falso testimonio que cometer ante los ojos de Dios el pecado de adulterio, y comenzó a gritar. Los dos ancianos gritaron también contra ella, y uno de ellos corrió a abrir las puertas del jardín. Al oír la algarabía, los criados se asomaron para ver qué ocurría, y los ancianos les contaron su versión.

A la mañana siguiente, el pueblo se reunió en casa de Joaquín para juzgar a la supuesta adúltera. Los dos testigos de cargo mandaron traer a Susana, que compareció acompañada de sus padres, de sus hijos y de todos sus parientes. Los dos ancianos “pusieron sus manos sobre la cabeza de Susana” y expusieron su testimonio. Dijeron: “Mientras nos paseábamos solos por el jardín, entró ésta con dos doncellas y, cerrando la puerta, despidió a las dos doncellas. Enseguida se acercó un joven que estaba escondido en el jardín y se acostó con ella. Y hallándonos nosotros en un ángulo del jardín, vimos la maldad y corrimos a ellos, y los vimos que estaban pecando, pero no pudimos detener al joven, por ser más fuerte que nosotros, y abriendo las puertas, se escapó. Pero tomamos a ésta, y preguntándole quién fuese el joven, no quiso decírnoslo. De esto damos nosotros testimonio”. El tribunal les creyó, porque los testigos eran también ancianos y jueces, y Susana fue condenada a muerte.

Cuando la mujer era conducida al lugar de la lapidación, un muchacho muy joven llamado Daniel gritó: “Yo soy inocente de esta sangre”. La gente del pueblo le pidió que se explicase, y él respondió: “¿Tan insensatos sois, hijos de Israel, que, sin inquirir ni poner en claro la verdad, condenáis a esa hija de Israel? Volved al tribunal, porque éstos han testificado falsamente contra ella”. El pueblo volvió entonces a casa de Joaquín, y los ancianos de la asamblea invitaron a Daniel a que se sentara entre ellos y hablara. Daniel pidió interrogar a los testigos por separado. Cuando estuvo a solas con uno de ellos, le preguntó bajo qué árbol había sorprendido a los supuestos amantes, y el anciano respondió: “Bajo un lentisco”. Hizo después la misma pregunta al segundo, y éste respondió: “Bajo una encina”. Tras escuchar las versiones contradictorias de los testigos, la asamblea absolvió a Susana y aplicó a los dos ancianos lascivos la misma condena que habían querido infligir a la muchacha.


El “rito de los celos”
Cuando un hombre sospechaba que su mujer le era infiel, pero carecía de pruebas, podía llevarla ante el sacerdote para que le practicara el “rito de los celos”. Se trataba de una prueba siniestra emparentada con las ordalías de la Edad Media, en la que los tribunales apelaban al castigo o el perdón divinos para obtener la confesión del acusado.

El ritual es descrito con todo detalle en el libro de Números. El marido debía presentarse ante el sacerdote con su mujer y una ofrenda consistente en la décima parte de un efá (más o menos 1,7 kilos) de harina de cebada. El sacerdote iniciaba el ritual poniendo a la mujer “ante Yavé”. A continuación llenaba un vaso de barro con “agua amarga” —tomada quizá de una pila de bronce como la descrita en Éxodo—, y esparcía sobre el agua “polvo de la Morada”, en referencia al tabernáculo. Se dirigía entonces a la mujer, que permanecía de pie con la ofrenda en las manos y con la cabeza descubierta en señal de penitencia, y le decía: “Si no ha dormido contigo ninguno y si no te has descarriado, contaminándote y siendo infiel a tu marido, indemne seas del agua amarga de la maldición; pero si te descarriaste y fornicaste infiel a tu marido, contaminándote y durmiendo con otro, hágate Yavé maldición y execración en medio de tu pueblo y séquense tus muslos e hínchese tu vientre, entre esta agua de maldición en tus entrañas para hacer que tu vientre se hinche y se pudran tus muslos”. La mujer debía responder: “¡Amén, amén!”. El sacerdote tomaba entonces la ofrenda que sostenía la mujer, quemaba un puñado de la harina en el altar e instaba a la supuesta adúltera a beber el contenido del vaso.

La finalidad de tan escalofriante ritual era que la mujer, si había sido infiel, confesara su culpabilidad con tal de no beber el brebaje supuestamente destructivo y espantoso. En tal caso el marido debía optar entre divorciarse o perdonarla; no podía reclamar la pena de muerte prevista para el adulterio, pues, como ya se explicó, este castigo sólo podía aplicarse tras un juicio con dos o más testigos que hubieran presenciado el delito. Ahora bien, si la mujer bebía el contenido del vaso y nada le sucedía, al marido se le presentaba el dilema entre reconocer la fidelidad de su esposa o seguir prisionero de los celos.


La matriarca Sara y el faraón
En el capítulo anterior, al tratar el incesto, mencionamos tres relatos muy curiosos en los que Abraham e Isaac presentaban como hermanas suyas a sus bellísimas esposas para evitar que los matasen por ellas. En dos de ellos —los que tienen como escenario a Guerar— los narradores dejan muy claro que la artimaña de supervivencia de los patriarcas no condujo a sus mujeres al adulterio. En el primero, el rey Abimélec toma a Sara, pero la devuelve sin haberse acercado a ella después de que Dios le revelase en sueños que es la mujer de Abraham. En el segundo, Abimélec descubre a Isaac y Rebeca acariciándose, y los invita a abandonar el pueblo antes de que alguno de sus súbditos tome a Rebeca sin saber que es casada. El problema estriba en el tercero de los relatos, el que protagoniza Abraham en Egipto.

La historia es como sigue: en una época de hambruna en Canaán, Abraham (aún llamado Abram) y su mujer Sara (entonces llamada Sarai) bajaron a Egipto para pasar allí una temporada. Cuando estaban próximos a entrar en el país del Nilo, Abram dijo a su esposa: “Mira que sé que eres mujer hermosa, y cuando te vean los egipcios dirán: ‘Es su mujer’, y me matarán a mí, y a ti te dejarán con vida; di, pues, te lo ruego, que eres mi hermana, para que así me traten bien por ti, y por amor de ti salve yo mi vida”.

Lo que sucedió a continuación lo cuenta de la siguiente manera la Biblia: “Cuando hubo entrado Abram en Egipto, vieron los egipcios que su mujer era muy hermosa; y viéndola los jefes del faraón se la alabaron mucho, y la mujer fue llamada al palacio del faraón. A Abram le trataron muy bien por amor de ella, y tuvo ovejas, ganados y asnos y camellos. Pero Yavé afligió con grandes plagas al faraón y a su casa por Sarai, la mujer de Abram; y llamando el faraón a Abram, le dijo: ‘¿Por qué me has hecho esto? ¿Por qué no me diste a saber que era tu mujer? ¿Por qué dijiste: es mi hermana, dando lugar a que la tomase yo por mujer? Ahora, pues, ahí tienes a tu mujer; tómala y vete’. Y dio el faraón órdenes acerca de él a sus hombres, y le despidieron a él y a su mujer con todo cuanto era suyo”.

Este relato deja dudas sobre si Sara llegó a acostarse con el faraón o no. Más bien sugiere lo primero. Los rabinos de tiempos posteriores han sentido la necesidad de aclarar qué ocurrió realmente durante la estancia de la matriarca en el palacio del rey egipcio. Por supuesto, ellos dan por sentado que la gran matriarca del pueblo judío no llegó a consumar la unión carnal con el rey de Egipto. Varios midrashim —comentarios rabínicos escritos y recopilados entre los siglos II y XII d. C.— sostienen que Abram, después de que su mujer fuera llevada ante el faraón, se puso a llorar e imploró a Dios para que Sarai conservase su integridad. Dios atendió sus súplicas, y envió un ángel para que la protegiera. Cuando el faraón intentó abrazar a Sara, recibió un golpe de una mano invisible. Lo mismo sucedió cuando trató de quitarle el calzado y la ropa. En ésas se le fue la noche al faraón, que no consiguió copular con la hermosa forastera. A la mañana siguiente, vio con horror rastros de lepra en los rostros de sus eunucos. Entonces Sarai le confesó que era mujer de Abram. El faraón la devolvió de inmediato a su marido, y para congraciarse con éste, le regaló aún más riquezas de las que ya le había dado.


El gran adulterio: David y Betsabé
De todas las historias de adulterio narradas en la Biblia, la más famosa es, sin ninguna duda, la del rey David y Betsabé, que se cuenta con lujo de detalles en el libro segundo de Samuel.

Una tarde, mientras David se paseaba por el terrado de su palacio, divisó a una mujer que se estaba bañando. Era muy hermosa. Mandó preguntar quién era, y le informaron de que se trataba de Betsabé, mujer de Urías el jeteo, destacado oficial del ejército y miembro del cuerpo de élite de los Treinta. A pesar de que se trataba de una mujer casada, David ordenó que la trajeran a su presencia, y se acostó con ella, que estaba “purificada de su impureza”. Es decir, acababa de pasar el período menstrual. Betsabé, cómo no, quedó embarazada y se lo hizo saber a David.

El monarca, hombre frío y calculador, mandó decir a Joab, general de sus ejércitos, que le enviara a Urías. El ejército israelita se encontraba lejos, sitiando a Rabbá, capital del vecino reino de Amón. Cuando Urías llegó a presencia de David, el rey le hizo algunas preguntas protocolarias sobre el estado de la guerra, y a continuación le dijo: “Baja a tu casa y lávate los pies”. Aunque el narrador no lo dice de modo explícito, el objetivo de David era que Urías fuese a su hogar y se acostara con su mujer, con el fin de que más adelante creyera que el hijo que Betsabé esperaba era suyo.

Pero Urías, en un acto de solidaridad con sus compañeros que estaban en el frente de guerra, no fue a su casa, sino que se acostó a las puertas del palacio.

Cuando le informaron al día siguiente de lo ocurrido, David dijo a Urías: “¿No acabas de llegar de camino? ¿Por qué no bajaste a tu casa?”. Invulnerable a la tentación, el guerrero respondió: “El arca, Israel y Judá habitan en tiendas; mi señor, Joab, y los servidores de mi señor acampan al raso, ¿e iba yo a entrar en mi casa para comer y beber y dormir con mi mujer?”.

El rey no se dio por vencido. Hizo quedar un día más a Urías en Jerusalén. Lo invitó a comer y, durante la comida, lo hizo beber hasta emborracharle, pensando seguramente que en su embriaguez acudiría por fin adonde su esposa. Pero al caer la tarde Urías no se dirigió a su casa, sino que volvió a acostarse a las puertas del palacio.

El monarca decidió entonces cambiar de estrategia. Y lo hizo de un modo brutal. A la mañana siguiente devolvió a Urías al frente de guerra, con una carta para el general Joab. La misiva, cuyo contenido ignoraba el emisario, decía: “Poned a Urías en el punto donde más dura sea la lucha, y cuando arrecie el combate, retiraos y dejadle solo para que caiga muerto”.

En cumplimiento de las órdenes del monarca, Joab envió a Urías a una batalla feroz en la que el ejército de Israel sufrió importantes pérdidas. Al ser informado por un mensajero del desastre militar, David montó en cólera, pero su furia se aplacó cuando supo que Urías figuraba entre los muertos. Informada de la muerte de su marido, Betsabé cumplió el duelo que prescribía la ley, tras lo cual el rey envió por ella y la hizo su mujer. Al cabo de un tiempo Betsabé quedó embarazada. Pero —señala la Biblia— “lo que había hecho David fue desagradable a los ojos de Yavé”.

Una tarde, el profeta palaciego Natán se presentó ante el monarca y le contó una historia sobre dos hombres, uno rico y otro pobre. El rico poseía muchas ovejas y vacas, mientras que el pobre no tenía más que una sola oveja, que era para él como una hija, ya que el animal había crecido junto a sus hijos “comiendo de su pan y bebiendo de su vaso y durmiendo en su seno”. Un día llegó un viajero a casa del rico, y éste, para no tocar a sus ovejas y bueyes, tomó la oveja del pobre para dar de comer a su huésped.

—Vive Yavé que el que tal hizo es digno de la muerte, y que ha de pagar la oveja por cuadruplicado, ya que hizo tal cosa sin tener compasión —exclamó encolerizado David al escuchar el relato.

—¡Tú eres ese hombre! —le replicó Natán. Ya continuación le soltó una dura reprimenda—: He aquí lo que dice Yavé, Dios de Israel: Yo te ungí rey de Israel y te libré de las manos de Saúl. Yo te he dado la casa de tu señor, y he puesto en tu seno las mujeres de tu señor, y te he dado la casa de Israel y de Judá; y por si esto fuera poco, te añadiría todavía otras cosas mucho mayores. ¿Cómo, pues, menospreciando a Yavé, has hecho lo que es malo a sus ojos? Has herido a espada a Urías, jeteo; tomaste por mujer a su mujer, y a él le mataste con la espada de los hijos de Ammón. Por eso no se apartará ya de tu casa la espada, por haberme menospreciado, tomando por mujer a la mujer de Urías, jeteo. Así dice Yavé: Yo haré surgir el mal contra ti de tu misma casa, y tomaré ante tus mismos ojos a tus mujeres, y se las daré a otro, que yacerá con ellas a la cara misma de este sol; porque tú has obrado ocultamente, pero yo haré esto a la presencia de todo Israel y a la cara del sol.

—He pecado contra Yavé —admitió David, en un acto de humildad.

A lo que el profeta le respondió:

—Yavé te ha perdonado tu pecado. No morirás; mas por haber hecho con esto que menospreciasen a Yavé sus enemigos, el hijo que te ha nacido morirá.

La maldición divina se cumplió al pie de la letra. El niño que parió Betsabé murió de una enfermedad siete días después de su nacimiento. La tragedia se cebó también en los demás hijos de David: Amnón violó a su media hermana Tamar, tras lo cual fue asesinado por el hermano de ésta, Absalón. Éste, a su vez, se sublevó contra el monarca, y murió a manos de los escuderos del general Joab. Antes de que la revuelta fuera aplastada, Absalón alcanzó a acostarse con las concubinas de su padre. Por último, poco después de la muerte de David, el sucesor, Salomón, mandó eliminar a su medio hermano Adonías.

Lo llamativo de la historia es que los dos protagonistas del adulterio no resultaron víctimas directas de su delito. Por lo menos Betsabé debió ser lapidada sin necesidad de testigos, pues su barriga delataba que había quedado encinta mientras su marido estaba ausente. Sin embargo, no corrió esa suerte. El rey David, a su vez, murió de muerte natural, lo cual no quiere decir que feliz: cuenta la Biblia que en sus últimos años tuvo un acceso de frío, y por más ropas que le ponían encima, no entraba en calor.

¿Qué significa esta historia? ¿Por qué la Biblia dejó constancia de un suceso tan grave como el adulterio del más grande de los reyes de Israel? ¿Por qué nadie borró de la obra semejante infamia? Para entenderlo, es preciso hablar una vez más de los entresijos políticos del Antiguo Testamento. Los dos libros de Samuel, donde aparece en su práctica totalidad la historia del rey David, fueron escritos hacia finales del siglo VII a. C. (casi cuatro siglos después de la monarquía davídica) por la fuente D. Este narrador se identificaba con el antiguo círculo sacerdotal de la ciudad de Siló, que tuvo un gran protagonismo durante el reinado de David, pero que fue expulsado por el sucesor de éste, Salomón, quedando desde entonces el poder religioso en manos exclusivas del sacerdocio aarónida.

No debe sorprender que el autor D aprovechara cualquier pretexto para enlodar a Salomón. ¿Y qué mejor que presentarlo como hijo de una adúltera? El problema es que, al denigrar a Salomón, el narrador ponía al descubierto el delito del rey David, a quien admiraba. Para resolver el impasse, presentó a David recibiendo con humildad la reprimenda del profeta Natán —lo que le mereció el perdón de Yavé— y purgando su pecado con grandes tragedias familiares. Pese a estos atenuantes, David sale manchado del episodio. Pero eso no importa. Tal como queda patente en su vasta obra, al narrador D sólo le interesaba presentar como perfecto a un monarca, su contemporáneo Josías, quien reinó poco antes de la caída de Jerusalén.

Los libros de Crónicas, que recogen de nuevo la historia de los reyes de Israel, no hacen ninguna mención del adulterio del rey David. ¿Una omisión involuntaria? De ninguna manera. Esos textos, como ya se vio, son obra de un sacerdote identificado con el círculo aarónida. Y un aarónida jamás hubiera presentado a su gran valedor Salomón naciendo de un adulterio.

Capítulo XIV
Putas callejeras, prostitución sagrada
Un oficio tolerado
En el antiguo Israel, el oficio de la prostitución era objeto de reprobación moral, pero no estaba legalmente prohibido. Cuando el legislador levítico dice: “No profanes a tu hija, prostituyéndola”, habría que entenderlo en referencia a ciertos ritos paganos que algunos expertos identifican con la prostitución sagrada, como se verá más adelante. Los narradores bíblicos llaman prostituta (zoná, en hebreo) a la mujer que se dedica al oficio, pero aplican también el término, con intención insultante, a toda mujer que mantiene relaciones sexuales fuera del matrimonio. Cuando Tamar queda encinta de un supuesto desconocido, y por lo tanto es sospechosa de adulterio, la gente informa a Judá de que su nuera se ha “prostituido y quedado encinta a causa de sus prostituciones”. La muchacha que no llegaba virgen al matrimonio era condenada a muerte por haberse “prostituido en la casa paterna”. También se prostituyen, según el lenguaje bíblico, quienes adoran a dioses de otros pueblos: en sus discursos alegóricos, los profetas presentan con frecuencia a Israel y Judá como putas que engañaban a Yavé con dioses rivales.

La ley mosaica achaca a las prostitutas —lo mismo que a las viudas y repudiadas— una condición de impureza ritual, al impedir que puedan ser esposas de sacerdotes. Algunos libros sapienciales tardíos contienen mensajes contra el oficio de la prostitución, pero, más que denigrar directamente a la meretriz o reclamar su proscripción, intentan persuadir al varón de que no recurra a sus servicios. “El que ama la sabiduría, alegra a su padre, el que anda con prostitutas, dilapida su fortuna”, dice el autor de Proverbios. “No te entregues a meretrices, no vengas a perder tu hacienda”, aconseja el Eclesiástico. En contraste con tales mensajes, una prostituta de nombre Rahab llegó a desempeñar un papel decisivo en la conquista israelita de Canaán, como se verá más adelante.


A la vera del camino
¿Cómo ejercían su actividad las meretrices en el antiguo Israel? ¿Cuánto cobraban por sus servicios? ¿Utilizaban algún tipo especial de indumentaria? El relato de Tamar y Judá, al que nos hemos referido varias veces en este libro, aporta algunos detalles interesantes sobre la práctica del oficio. Uno de ellos es que la prostituta se tapaba la cara con un velo. Según la narración, cuando Judá vio a Tamar “pensó que era ramera, porque cubría su rostro”. Otro es que la meretriz se exhibía a sus potenciales clientes colocándose a orillas del camino, a las afueras del pueblo, como hacen hoy las prostitutas en numerosas ciudades modernas. Cuenta la Biblia que Tamar “se sentó a la entrada de Enaím, en el camino de Tamna” para tender la celada a su suegro. El precio del servicio se discutía y podía abonarse en especie. “¿Qué vas a darme por entrar a mí?”, dice Tamar a Judá, y éste le ofrece un cabrito de su rebaño. La propuesta de Judá da una idea del precio del revolcón: la cabra era un animal muy apreciado por los israelitas, ya que proporcionaba leche y carne y servía para ofrecer holocaustos.

El problema con este relato es que queda la duda de si Tamar se disfrazó de simple meretriz o de prostituta sagrada. Según la narración, Judá la tomó por una zoná
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