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(ramera), pero más adelante, cuando manda a un amigo a pagarle el servicio, éste pregunta a los lugareños si han visto a una qdeshá (consagrada). Las tradiciones judía y cristiana, así como numerosos expertos, siempre han asociado ese término con la prostitución sagrada, lo que crea cierta confusión en esta historia.

Al margen de esta duda, cabe preguntarse si las prostitutas ejercían su oficio a las afueras de la ciudad o si lo practicaban también dentro de casas, como parece sugerirlo el relato de Rahab y los espías israelitas.


La meretriz que ayudó a conquistar Canaán
Poco antes de la conquista de Canaán, Josué, el sucesor de Moisés, encargó a dos de sus hombres que explorasen el territorio que se disponían a invadir. Los espías llegaron a Jericó y fueron a la casa de una prostituta llamada Rahab, donde pernoctaron. Enterado de la presencia de los forasteros, el rey de Jericó mandó decir a Rahab que los hiciera salir de su vivienda. Pero la mujer escondió a sus huéspedes en el terrado, entre unos haces de lino, y respondió al monarca que en su hogar habían estado unos hombres, cuyas identidades y procedencia ignoraba, pero al caer la tarde se habían marchado con rumbo desconocido. Los emisarios del rey salieron entonces en persecución de los espías fuera de la ciudad. Conjurado el peligro, la prostituta subió al terrado y dijo a los dos israelitas: “Os pido que me juréis por Yavé que, como yo he tenido misericordia de vosotros, la tendréis vosotros también de la casa de mi padre, y dejaréis la vida a mi padre, a mi madre, a mis hermanos y hermanas y a todos los suyos, y que nos libraréis de la muerte”. “Cuando Yavé nos entregue esta tierra haremos contigo misericordia y lealtad”, le respondieron los dos forasteros. Le entregaron entonces un cordón de hilo escarlata para que lo colocara en la ventana, de modo que los israelitas identificaran la casa en el momento de la conquista y no hicieran daño a sus moradores. A continuación, Rahab los ayudó a descolgarse con una cuerda por la ventana, “pues su casa estaba adosada a la muralla”, y quedaron así a salvo.

Más adelante, durante el asedio de Jericó, Josué comunicó a sus huestes que la ciudad sería consagrada a Yavé en anatema —lo que implicaba la muerte de todos sus habitantes—, pero recordó el pacto con Rahab. “Sólo Rahab, la prostituta, vivirá, ella y cuantos estén en su casa, por haber escondido a los exploradores que habíamos mandado”, dijo. Tras derribar las murallas de Jericó mediante el legendario toque de trompetas, los israelitas irrumpieron en la ciudad y procedieron a pasar por la espada todo cuanto había en ella: hombres y mujeres, viejos y niños, bueyes y asnos. En medio de la matanza, Josué dijo a los dos espías que habían explorado previamente el país que entrasen en la casa de Rahab y la hiciesen salir con los suyos. Los espías obedecieron la orden y pusieron a salvo a la meretriz y a su familia. Los invasores incendiaron la ciudad. Sólo salvaron la plata, el oro y los objetos de bronce y de hierro, que destinaron a engrosar el tesoro de la casa de Yavé. En cuanto a Rahab, el narrador dice que “habitó en medio de Israel hasta hoy, por haber ocultado a los enviados por Josué a explorar Jericó”.

De ese modo pasó Rahab a formar parte de la historia del pueblo judío. El Nuevo Testamento la convirtió también en una figura importante del cristianismo, hasta el punto de que el Evangelio de Mateo la cita como antepasada de Jesús. Para los padres de la Iglesia, el caso de Rahab demuestra que la salvación no está reservada sólo al pueblo de Israel, sino a todos los que reconocen la supremacía de Dios. En ese sentido hay que interpretar la Epístola de Pablo a los Hebreos, cuando dice: “Por la fe, Rahab, la meretriz, no pereció con los incrédulos, por haber acogido benévolamente a los espías”. La Epístola de Santiago va en la misma línea al afirmar: “Asimismo, Rahab, la meretriz, ¿no se justificó por las obras, recibiendo a los mensajeros y despidiéndolos por otro camino?”.

¿Por qué los espías israelitas fueron a parar justo a la casa de una ramera cuando entraron a explorar Canaán? En la Biblia hebrea, Rahab es descrita como zoná. Como ya se ha visto, la palabra significa prostituta, pero contiene al mismo tiempo la raíz zan, que significa alimentar o nutrir. A partir de esa doble acepción, algunos expertos sostienen que Rahab era una meretriz que al mismo tiempo regentaba un mesón o posada. Alguien podrá preguntarse: ¿Y no cabe la posibilidad de que fuera tan sólo una mesonera sin relación con la prostitución? No parece probable, ya que el narrador bíblico se hubiera preocupado por evitar las ambigüedades y los equívocos al describir el oficio de la mujer. El hecho es que, tanto para la tradición judía como para la cristiana, Rahab fue una prostituta.


Un juez hijo de prostituta
Lo dice sin rodeos la propia Biblia: Jefté, uno de los jueces más heroicos del período turbulento que siguió a la conquista de Canaán, era “hijo de una meretriz”. Jefté nació en el territorio de Galaad, en la Trasjordania. Cierto día abandonó su casa después de que sus medios hermanos, nacidos de la esposa legítima de su padre, le manifestaran que él no compartiría la herencia porque era hijo de “otra mujer”.

En el exilio, Jefté organizó una banda de asaltantes. Tiempo después, el territorio de Galaad fue objeto de un ataque brutal por parte del ejército ammonita. Los ancianos de la tribu, desesperados, buscaron a Jefté, seguramente atraídos por su reputación de excelente guerrero, y le propusieron que asumiera el papel de caudillo contra los agresores. Jefté les contestó: “¿No sois vosotros los que me aborrecéis y me arrojasteis de la casa de mi padre? ¿A qué venís a mí ahora, cuando os veis en aprieto?”. A pesar de todo, Jefté aceptó finalmente la propuesta e infligió una humillante derrota a los ammonitas. Durante seis años ejerció el cargo de juez de Israel y, al morir, recibió sepultura en su ciudad, Mispá, de la que se había marchado algunos años antes.

¿Por qué el narrador bíblico dejó constancia de que uno de sus jueces más notables fue hijo de una prostituta, en lugar de suprimir ese dato biográfico? Una respuesta podría ser que así ocurrió en la realidad, y que el autor, basado en testimonios orales o escritos, decidió reproducir fielmente unos hechos ocurridos varios siglos antes de su tiempo. También es posible que se trate de un relato alegórico sobre acontecimientos políticos sucedidos en Galaad. Jefté sería en realidad, más que un individuo, un grupo dentro de Galaad inclinado a adorar a dioses extraños, por lo cual se le consideró “hijo de una prostituta” y fue expulsado del grupo; pero más adelante, merced a una alianza guerrera, volvió a integrarse en la tribu con un papel de liderazgo.


Sansón y la meretriz de Gaza
A Sansón, uno de los jueces de Israel, se le recuerda sobre todo por su fuerza extraordinaria y por su romance con la pérfida Dalila, causante de su trágico final. Pero el héroe mantuvo relaciones con al menos otras dos mujeres, filisteas al igual que Dalila, una de las cuales ejercía la prostitución. Su relación con esta última es contada así en la Biblia: “Fue Sansón a Gaza, donde había una meretriz, a la cual entró. Se dijo a los de Gaza: ‘Ha venido Sansón’. Y le cercaron, estando toda la noche al acecho junto a la puerta de la ciudad; y se mantuvieron callados toda la noche con esta consigna: ‘Al despuntar la mañana le mataremos’. Sansón estuvo acostado hasta medianoche. A medianoche se levantó, y cogiendo las dos hojas de la puerta de la ciudad, con las jambas y el cerrojo, se las echó al hombro y las llevó a la cima del monte que mira hacia Hebrón”.

¿Por qué el autor bíblico incluyó en el libro de Jueces este episodio aparentemente marginal en que un juez israelita pasa la noche con una prostituta filistea? Es una de las tantas incógnitas que pueblan el Antiguo Testamento. Quizá el narrador pretendía tres cosas a la vez: contar alegóricamente la compleja relación que la tribu de Dan —a la que pertenecía Sansón— mantuvo con sus vecinos filisteos; presentar a estos como un pueblo disoluto proclive a la prostitución; y aleccionar a los israelitas sobre los riesgos de mezclarse con mujeres extranjeras: la inclinación de Sansón hacia las filisteas lo condujo a un terrible final. Y si eso ocurrió con un juez bendecido por Dios, qué no podría suceder a cualquier otro hijo de Israel que se aparte de la buena senda.


El juicio de Salomón
El libro primero de Reyes recoge el famoso juicio de Salomón, que ha pasado a la historia como paradigma de la justicia intuitiva, en contraste con la justicia de pruebas en que se basa el moderno derecho procesal. Quien más, quien menos, todo el mundo ha escuchado hablar del célebre pleito bíblico, del que proviene la expresión “solución salomónica”. Sin embargo, hay un detalle que suele ser poco recordado, y es que sus protagonistas eran dos prostitutas.

Las dos mujeres compartían casa y habían dado a luz con una diferencia de tan sólo tres días. Uno de los bebés murió al poco tiempo de nacer; el otro seguía vivo. Ambas mujeres aseguraban ser la madre del superviviente. Como ninguna daba su brazo a torcer, llevaron el litigio ante el rey Salomón. La primera en tomar la palabra sostuvo que el otro niño había muerto una noche aplastado por el cuerpo de su madre y que ésta, aprovechando que su compañera estaba dormida, había cambiado los dos bebés para quedarse con el vivo. “No, mi hijo es el que vive; es el tuyo el que ha muerto”, dijo la otra pleiteante. “No; tu hijo es el muerto, y el mío el vivo”, replicó la primera.

Mientras las dos prostitutas se enfrascaban en una agria discusión, el rey Salomón pidió que le trajesen una espada. Cuando la orden fue cumplida, dijo: “Partid por el medio al niño vivo y dad la mitad de él a la una y la otra mitad a la otra”. Una de las querellantes pidió que no mataran a la criatura y que se la entregasen a la otra mujer, mientras que ésta dijo: “Ni para mí ni para ti: que le partan”. Al escuchar ambas reacciones, el monarca ordenó que entregasen el niño a la primera: ella era su verdadera madre, pues prefería, por encima de cualquier otra consideración, que el pequeño continuara con vida.

El relato contiene una reprobación implícita a la prostitución, ya que el hecho de que las dos mujeres se disputen la maternidad de un recién nacido sugiere unas vidas degradadas y promiscuas. Sin embargo, el rey Salomón emite su veredicto sin entrar en consideraciones morales ni de ningún otro tipo sobre la actividad de las litigantes. Muchas personas utilizan hasta el día de hoy la expresión “solución salomónica” para describir una sentencia equitativa para las partes. En realidad, lo que hizo el rey Salomón fue plantear una solución aparentemente equitativa pero aberrante —partir al niño en dos— con el fin de calibrar la reacción de los litigantes y pronunciar una sentencia justa.


El hijo pródigo
¿Cuántas personas gastan buena parte de su dinero en prostitutas? La siguiente historia figura en el Evangelio de Lucas y se conoce popularmente como la leyenda del hijo pródigo. Un hombre tenía dos hijos. Cierto día el más joven le pidió su parte correspondiente en la hacienda familiar. El padre dividió el patrimonio entre los dos hijos, y el joven se marchó a una tierra lejana, donde “disipó toda su hacienda viviendo disolutamente”. Tras quedar en la ruina, empezó a trabajar para un hombre apacentando sus puercos, hasta que, recordando la buena vida que se pegaba en su casa, decidió regresar. Cuando su padre lo columbró en la distancia, corrió hacia él y, arrojándose a su cuello, lo colmó de besos. “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo”. Pero el padre ordenó a sus criados que le trajeran la túnica más fina y que le pusieran un anillo de oro en la mano y unas sandalias en los pies. Dio además instrucciones para que preparasen un gran banquete. “Comamos y alegrémonos, porque éste es mi hijo, que había muerto y ha vuelto a la vida”, dijo.

Cuando el hijo mayor regresó del campo y advirtió la algarabía, preguntó qué sucedía. Uno de los criados le contó que su hermano había vuelto y que el padre daba una fiesta en su honor. El hijo mayor se enojó y no quiso entrar en la casa. Cuando su padre le pidió que pasase, le recriminó: “Hace ya tantos años que te sirvo sin jamás haber traspasado tus mandatos, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos, y al venir este hijo tuyo, que ha consumido su fortuna con meretrices, le matas un becerro cebado”. El padre le respondió: “Hijo, tú estás siempre conmigo y todos mis bienes tuyos son; mas era preciso hacer fiesta y alegrarse, porque éste tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ha sido hallado”.


“Salario de perro”: la prostitución sagrada
A lo largo de toda su accidentada historia, Israel y Judá fueron sometidos a una fuerte presión cultural y religiosa desde las naciones vecinas. Los narradores bíblicos dan cuenta, con manifiesta indignación, de cómo llegaron a popularizarse en la sociedad israelita ciertos ritos que se celebraban en los “lugares altos”, en honor de dioses y diosas de otros pueblos. Dentro de esa invasión de paganismo, personas de ambos sexos denominadas qadesh (consagrado) o su femenino qdeshá ocuparon puestos en el templo con unos fines que no se precisan, pero que las tradiciones judía y cristiana, así como numerosos expertos, siempre han vinculado con la prostitución sagrada. De acuerdo con esta interpretación, en determinadas festividades había varones y hembras que prestaban sus servicios sexuales a los hombres de la congregación a cambio de un tributo para el templo. Las traducciones de la Biblia dan por válida esa hipótesis al utilizar términos como sodomita o prostituto para referirse al qadesh.

Los autores bíblicos dejan bien patente su aversión hacia los ritos extranjeros y, muy en especial, hacia los consagrados del templo. “Que no haya prostituta de entre las hijas de Israel, ni prostituto de entre los hijos de Israel”, clama el legislador deuteronómico. Y añade: “No lleves a la casa de Yavé ni la merced de una ramera ni el precio de un perro para cumplir un voto, que lo uno y lo otro es abominación para Yavé”.

Los libros de Reyes valoran a los monarcas de Israel y Judá en función de que hayan combatido o tolerado esos ritos. El primer monarca de Judá, Roboam, “hizo mal a los ojos de Yavé”, porque bajo su reino “edificáronse altos, con cipos y aserás [estatuillas de la diosa Aserá]” y “hasta consagrados a la prostitución idolátrica hubo en la tierra”. Asa, nieto de Roboam, hizo en cambio lo recto a los ojos de Yavé, porque “arrancó de la tierra a los consagrados a la prostitución idolátrica e hizo desaparecer los ídolos que sus padres se habían hecho”. Incluso despojó a su propia madre del título de reina porque “se había hecho una aserá abominable”. El hijo de Asa, Josafat, culminó la tarea de su padre y “barrió también de la tierra el resto de los consagrados a la prostitución idolátrica”. El gran rey Josías, a quien el narrador considera el único monarca que jamás se apartó de la senda de Dios, llevó a extremos de celo la lucha contra el paganismo y “derribó los lugares de prostitución idolátrica del templo de Yavé, donde las mujeres tejían tiendas para Aserá”. Esta última frase tiene una importancia enorme para los analistas, porque contiene la única referencia concreta a la actividad de una consagrada del templo.

Algunas corrientes modernas de investigación sostienen que ni la Biblia ni los testimonios existentes de culturas vecinas contienen la menor prueba sobre prácticas de prostitución sagrada. Las tabletas de arcilla halladas en Ugarit (actual Siria), que se remontan hasta el año 1300 a. C., informan de que los cultos cananeos anteriores a la llegada de los israelitas incluían personajes consagrados a los que también se denominaba qadesh o qdeshá, pero cuya función exacta no se precisa. Podía ser lisa y llanamente ayudantes en los oficios religiosos, como lo podría ser un monaguillo en la iglesia. La única ceremonia en la que se ha constatado un componente sexual explícito es la que se celebraba en Babilonia en el año nuevo para atraer la fertilidad al país. El rey contraía matrimonio simbólico con la diosa lunar Ishtar, representada por la sacerdotisa principal del templo. Antes de la consumación de la unión, la hieródula pronunciaba ante el monarca unas palabras cargadas de erotismo: “Esposo, amado de mi corazón, león, amado de mi corazón. Es grande tu hermosura, dulce como panal. Me has cautivado; deja que me acerque temblorosa a ti; deseo penetrar contigo en la cámara nupcial. Esposo, déjame acariciarte; mi caricia de amor es más suave que la miel. En la cámara llena de miel, león, déjame que te acaricie. Deja que gocemos de tu resplandeciente hermosura. Dile a mi madre que has gozado conmigo y te dará golosinas; mi padre te colmará de presentes [...]. Mi señor dios, mi Shu-Sin, acaríciame. Mi cuerpo es dulce como la miel, pon tu mano en él; pon tu mano en él cual capa, cierra en copa tu mano sobre él”. Sin embargo, de este ritual tampoco puede inferirse la existencia de prostitución sagrada. A lo sumo incluye un acto sexual muy concreto entre el rey y la sacerdotisa; y ni siquiera esto está probado documentalmente, ya que podría tratarse de una especie de representación teatral y no de un coito verdadero. Hay quienes sostienen que la prostitución sagrada no es más que un mito inducido por la retórica de los narradores bíblicos, que para enlodar a las religiones de las naciones vecinas equiparaban los cultos idolátricos con el adulterio, la lascivia y la prostitución.

Capítulo XV
Homosexualidad
“Su sangre caerá sobre ellos”
La homosexualidad del varón se considera en la Biblia una abominación y es severamente castigada. “Si uno se acuesta con otro como se hace con mujer, ambos hacen cosa abominable y serán castigados con la muerte; caiga sobre ellos su sangre”, establece el código legal del Levítico. En el Antiguo Testamento, salvo muy contadas excepciones, las leyes van dirigidas al varón, y en ese sentido se explica que no haya una prohibición expresa de la homosexualidad femenina. La única referencia al lesbianismo en toda la Biblia aparece en el Nuevo Testamento, en la Epístola de Pablo a los Romanos: “Por lo cual los entregó Dios a las pasiones vergonzosas, pues las mujeres mudaron el uso natural en uso contra naturaleza; e igualmente los varones, dejando el uso natural de la mujer, se abrasaron en la concupiscencia de unos por otros, los varones de los varones”. También al apóstol Pablo se debe la única mención del afeminado. “¿No sabéis que los injustos no poseerán el reino de Dios? No os engañéis: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los ebrios, ni los maldicientes, ni los rapaces poseerán el reino de Dios”, advierte en su primera Epístola a los Corintios.

Algunas asociaciones gays de Estados Unidos, empeñadas en conciliar su opción sexual con la fe religiosa, sostienen que el Antiguo Testamento no prohíbe la homosexualidad. Argumentan que la ley levítica hay que interpretarla en el sentido de que, en la relación entre dos varones, ninguno debe ser forzado a asumir el rol de mujer. Desafortunadamente, no parece ser esa la intención que tenía el legislador bíblico al establecer su prohibición.

Los dos únicos episodios explícitos de homosexualidad en la Biblia aparecen en un contexto de perversión, lascivia y maldad. Se trata del célebre episodio de Sodoma y Gomorra y la menos conocida historia del levita y su concubina, a la que se ha hecho mención en capítulos anteriores.


Sodoma y Gomorra
Después de establecerse en Canaán, Abraham y su sobrino Lot decidieron separarse debido a que empezaban a surgir disputas entre sus pastores. Lot se afincó en Sodoma, que con Gomorra formaba parte de una pentápolis (grupo de cinco ciudades) a orillas del mar Muerto. Abraham, a su vez, se estableció en Hebrón.

Un día se apareció Dios a Abraham, y le dijo: “El clamor de Sodoma y Gomorra ha crecido mucho, y su pecado se ha agravado en extremo; voy a bajar, a ver si sus obras han llegado a ser como el clamor que ha venido hasta mí, y si no, lo sabré”. Abraham intentó evitar que la furia divina cayera sobre las dos ciudades. En un intenso regateo arrancó a Dios el compromiso de no destruirlas si encontraba en ellas al menos diez hombres justos.

Dos ángeles de Dios llegaron a Sodoma para examinar la situación. Lot, el sobrino de Abraham, estaba sentado a la puerta de la ciudad cuando llegaron los dos ángeles de apariencia humana. Tomándolos por simples forasteros, los convenció de que pernoctaran en su casa. Después de cenar, cuando se disponían a acostarse, los hombres de la ciudad —“mozos y viejos, todos sin excepción”— rodearon la casa de Lot y le gritaron: “¿Dónde están los hombres que han venido a tu casa esta noche? Sácanoslos para que los conozcamos”. Ese conozcamos hay que entenderlo en su sentido sexual.

Lot salió al umbral, cerró la puerta a sus espaldas y dijo a la muchedumbre: “Por favor, hermanos míos, no hagáis semejante maldad. Mirad, dos hijas tengo que no han conocido varón; os las sacaré para que hagáis con ellas como bien os parezca; pero a estos hombres no les hagáis nada, pues para eso se han acogido a la sombra de mi techo”. Las palabras de Lot evidencian que el derecho de la mujer a su dignidad e integridad carecía de cualquier valor frente al deber de protección al huésped.

Los habitantes de Sodoma no cedieron, y empezaron a forcejear con Lot para entrar en la casa. Cuando ya estaban a punto de romper la puerta, los ángeles tiraron de Lot hacia adentro y, utilizando sus poderes sobrenaturales, dejaron deslumbrada a la turba, que se vio incapaz de encontrar la entrada de la casa. Mientras la multitud estaba cegada, los ángeles exhortaron a Lot a que huyera con su familia, porque Dios iba a destruir la ciudad. Lot y los suyos abandonaron a toda prisa Sodoma. Cuando se aproximaban a la vecina ciudad de Soar para encontrar allí refugio, “hizo Yavé llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego de Yavé, desde el cielo. Destruyó estas ciudades y toda la hoya, y cuantos hombres había en ellas y hasta las plantas de la tierra”. Mientras caía el feroz castigo, la mujer de Lot miró hacia atrás, desatendiendo una advertencia de los ángeles, y se convirtió en estatua de sal.

El relato de Sodoma y Gomorra ha contribuido durante siglos a alimentar una imagen depravada y brutal de los homosexuales. En la actualidad se sigue llamando “sodomitas” a quienes practican la homosexualidad o cualquier forma de sexo distinto al del hombre con la mujer. El diccionario de la Real Academia Española define del siguiente modo el término sodomía: “De Sodoma, antigua ciudad de Palestina donde se practicaba todo género de vicios deshonestos. / Concúbito entre varones o contra el orden natural”. Para las tradiciones judía y cristiana, el apetito homosexual de los habitantes de Sodoma constituía un síntoma de su degeneración, y quizá así lo tuviera en mente el propio autor del relato.

Sin embargo, leída con atención, lo que narra la historia es un intento de humillación, mediante la penetración anal, a un forastero por parte de todos los varones de un pueblo. La Biblia no dice que estos fueran gays; más bien los describe como una turbamulta de salvajes, ansiosa por vilipendiar a un extranjero. La historia, por tanto, refleja más el caso de un intento de violación masiva de tipo homosexual, que el de una relación homosexual natural y civilizada.

Es más: en ningún momento afirma la Biblia que el pecado de Sodoma y Gomorra haya sido la homosexualidad. La destrucción de las dos ciudades se atribuye más bien a otras causas. El libro de Deuteronomio dice que, cuando las generaciones futuras vean ciudades devastadas por Dios como lo fueron Sodoma y Gomorra, y pregunten: “¿Cómo es que ha dejado así Yavé esta tierra?”, se les contestará: “Es por haber roto el pacto de Yavé, el dios de sus padres, que con ellos hizo cuando los sacó de Egipto. Se fueron a servir a dioses extraños y los sirvieron, dioses que no conocían y que no eran sus dioses, y se encendió el furor de Yavé contra esta tierra”.

El profeta Isaías también se refiere a la destrucción de Sodoma y Gomorra. Hablando como intermediario de Dios, dice a ambas ciudades: “Lavaos, limpiaos, quitad de ante mis ojos la iniquidad de otras acciones. Dejad de hacer el mal, aprended a hacer el bien, buscad lo justo, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, acaparad a la viuda”. En ningún momento los reprende por actitudes homosexuales.

En su diatriba contra Judá, el profeta Ezequiel ofrece su propia versión del pecado de Sodoma: “Mira cuál fue la iniquidad de Sodoma, tu hermana: tuvo gran soberbia, hartura de pan y gran ociosidad ella y sus hijas. No dio la mano al pobre, al desvalido; se ensoberbecieron e hicieron lo que a mis ojos es abominable”. Tampoco se menciona la homosexualidad.


“Queremos conocerlo”
La historia del levita y la concubina, que figura en el libro de Jueces, es muy similar a la de Sodoma y Gomorra. A un levita que iba con su concubina y su siervo de regreso a su hogar, en territorio de la tribu de Efraím, le sorprendió la noche y decidió pernoctar en Gueba, ciudad perteneciente a la tribu de Benjamín. Cuando llegaron a la plaza, un anciano los invitó a hospedarse en su casa. Mientras se encontraban cenando y bebiendo, los hombres de la ciudad cercaron la vivienda y gritaron al dueño: “Sácanos al hombre que ha entrado en tu casa para que lo conozcamos”. El anciano salió y dijo a la multitud: “No, hermanos míos; no hagáis tal maldad, os lo pido; pues que este hombre ha entrado en mi casa, no cometáis semejante crimen. Aquí están mi hija, que es virgen, y la concubina de él; yo os las sacaré fuera para que abuséis de ellas y hagáis con ellas como bien os parezca; pero a este hombre no le hagáis semejante infamia”. Una vez más queda patente, en toda su crudeza, el menosprecio a la dignidad e integridad de la mujer, sobre todo cuando se trataba de proteger las del varón.

Como la turba no aceptaba la propuesta de su anfitrión, el levita tomó a su concubina y la echó fuera. Los habitantes de Gueba “la conocieron y estuvieron abusando de ella toda la noche, hasta la madrugada, dejándola al romper la aurora”. “Al venir la mañana —continúa el relato— cayó la mujer a la entrada de la casa donde estaba su señor, y allí quedó hasta que fue de día”. A la mañana siguiente, el levita abrió la puerta y la encontró “tendida en la entrada con las manos sobre el umbral”. Le dijo que se levantara, pero no obtuvo respuesta. La concubina estaba muerta.

En este relato, los habitantes de Gueba pretendían violar a un varón, pero terminan forzando a una mujer, lo que demuestra que la homosexualidad no constituye el elemento central de denuncia del relato. La tribu de Benjamín, a la que pertenecía la ciudad de los violadores, fue arrasada por la alianza de Israel en venganza por el crimen de la concubina, como ya se contó.


David y Jonatán: ¿más que amigos?
En una tempestuosa sesión del Parlamento israelí en 1993, la entonces diputada Yael Dayán, hija del mítico militar Moshé Dayán, abogaba por reconocer los derechos de los homosexuales. Durante su intervención, invocó el Antiguo Testamento para afirmar que el rey David había mantenido una relación amorosa con Jonatán. El escándalo no se hizo esperar. La diputada se había atrevido a proclamar, ni más ni menos, que la figura más importante del judaísmo junto al legislador Moisés y el patriarca Abraham había tenido, al menos en cierto momento de su vida, inclinaciones homosexuales.

La historia que dio lugar a la polémica figura en el libro primero de Samuel. Mucho antes de reinar sobre Israel, cuando era apenas un jovencísimo pastor de la tribu de Judá, David mató con una piedra de su honda a Goliat, el gigante filisteo que tenía amedrentado al ejército israelita. Admirado por la hazaña del muchacho, el rey Saúl lo hizo traer a su presencia para conocerlo. De ese modo lo conoció también Jonatán, hijo del monarca, tras lo cual “el alma de Jonatán se apegó a la de David y le amó Jonatán como a sí mismo”. Saúl retuvo en su corte al joven héroe. Entonces, prosigue el relato, “Jonatán hizo pacto con David, pues le amaba como a su alma, y quitándose el manto que llevaba, se lo puso a David, así como sus arreos militares, su espada, su arco y su cinturón”.

A partir de ese momento se desarrolló una intensa relación entre los dos muchachos, que no se vio interrumpida por el matrimonio de David con Micol, hija del rey. La solidez de la relación se puso a prueba cuando Saúl, celoso de la creciente popularidad de David, decidió deshacerse de él. Enterado de los siniestros planes de su padre, Jonatán salvó una y otra vez el pellejo de su amigo, ya fuera intercediendo ante el rey para que aplacara su rencor o ayudando a David a escapar de celadas.

Un día, mientras huía de las iras del rey, David llamó a Jonatán y urdieron un plan para saber de una vez por todas qué sentimiento albergaba el mudable monarca hacia su yerno. El plan era muy simple: al día siguiente era el novilunio, fiesta religiosa que señalaba el comienzo de cada mes. David, que de acuerdo con el protocolo debía sentarse a la mesa junto al rey, no acudiría a la ceremonia. En caso de que el monarca echara en falta su presencia, Jonatán le explicaría que había dado permiso a David para ir a Belén con su familia a ofrecer un sacrificio. Si el rey aceptaba de buena gana la explicación, significaba que su rencor había amainado. Si, por el contrario, se enfurecía, era señal de que la vida de David aún corría peligro. Jonatán comunicaría cualquier novedad a David en un sitio convenido por ambos.

El primer día del novilunio, Saúl no dijo nada sobre la ausencia de David. Al segundo día preguntó por él, y Jonatán le explicó que le había dado permiso para ir donde su familia a Belén. El rey montó en cólera y gritó a su hijo: “¡Hijo perverso y contumaz! ¿No sé yo que tú prefieres al hijo de Isaí [o sea, David] para vergüenza tuya y vergüenza de la desnudez de tu madre? Pues mientras el hijo de Isaí viva sobre la tierra, no habrá seguridad ni para ti ni para tu reino. Manda, pues, a prenderle y tráemelo, porque hijo es de muerte”.

“¿Por qué ha de morir? ¿Qué ha hecho?”, dijo Jonatán a su padre. Saúl, presa de la ira, blandió su lanza contra su hijo para herirlo, y Jonatán ya no tuvo ninguna duda de que su padre estaba decidido a acabar con la vida de David. A la mañana siguiente fue al campo, al lugar convenido con su amigo, y le contó todo lo que había sucedido. David huyó entonces definitivamente, tras una despedida muy emotiva: “Ambos se abrazaron y lloraron, derramando David muchas lágrimas. Jonatán dijo a David: ‘Vete en paz; que ya uno a otro nos hemos jurado en nombre de Yavé, Él estará entre tú y yo y entre mi descendencia y la tuya para siempre’”.

Más adelante, el rey Saúl y Jonatán perecieron en la batalla de Gélboe contra los filisteos. Aunque estaba enemistado con el monarca, David les compuso a ambos una dolida elegía. En ella dedica a Jonatán unas palabras cargadas de pasión. Dada la belleza del poema, vale la pena transcribirlo en su totalidad:
Tu gloria, Israel, ha perecido en tus montes;

¿cómo cayeron los héroes?

No lo propaléis en Gat;

no lo publiquéis por las calles de Ascalón;

que no se regocijen las hijas de los filisteos

y no salten de júbilo las hijas de los incircuncisos.

¡Montes de Gélboe!

No caiga sobre vosotros ni rocío ni lluvia,

ni seáis campos de primicias,

porque allí fue abatido el escudo de los héroes,

el escudo de Saúl, como si no fuera ungido con el óleo,

sino con la sangre de los muertos, la grasa de los valientes.

El arco de Jonatán jamás retrocedía,

la espada de Saúl nunca volvía de vacío.

Saúl y Jonatán, amados y queridos,

inseparables en vida,

más ágiles que las águilas,

más fuertes que los leones.

Hijas de Israel, llorad por Saúl,

que os vestía deliciosamente de escarlata,

y colgaba adornos de oro sobre vuestros vestidos.

¿Cómo han caído los héroes en medio de la batalla?

¿Cómo fue traspasado Jonatán en las alturas?

Angustiado estoy por ti, ¡oh Jonatán, hermano mío!

Me eras carísimo.

Y tu amor era para mí dulcísimo,

más que el amor de las mujeres.

¿Cómo han caído los héroes?

¿Cómo han perecido las armas del combate?
Quienes consideran que entre David y Jonatán hubo una relación homosexual esgrimen como pruebas centrales los últimos versos de esta elegía —“tu amor era para mí dulcísimo, más que el amor de las mujeres”— y las palabras del rey Saúl a su hijo en la fiesta del novilunio, cuando le reprocha que prefiera a David “para vergüenza tuya y vergüenza de la desnudez de tu madre”. Es como si Saúl hubiera descubierto o intuyera algo para él terrible en la relación de su hijo con David, ya que esas formulaciones verbales solían aplicarse en el contexto de prohibiciones sexuales.

Ahora bien, ¿es posible que la Biblia, donde se condena tan severamente la homosexualidad, sugiera que el más grande de los reyes de Israel incurrió en tal abominación? ¿Acaso el redactor final del Antiguo Testamento o las autoridades rabínicas posteriores no habrían podido suprimir los episodios más intensos si hubiesen siquiera sospechado que se prestaban a algún malentendido? En realidad, la cosa no es tan simple. Ya se ha visto que la Biblia no es un libro unitario, sino un conjunto de libros escritos por diferentes autores que representaban los más variados intereses políticoreligiosos. El autor de los libros de Samuel y Reyes, donde se cuenta la historia de David, sentía estimación hacia este rey, pero no le hubiera importado que saliera salpicado en uno que otro episodio, ya que, desde su punto de vista, sólo existió un rey perfecto, Josías, que reinó cuatro siglos después de David. Este narrador, conocido como fuente D, no tuvo ningún reparo en contar con pelos y señales cómo David adulteró con Betsabé y cómo mandó después matar a su marido para quedarse con ella. ¿Se puede decir algo peor sobre un ser humano? Junto a esto, ¿qué más da añadirle a su biografía un episodio pasajero de homosexualidad?

Las tradiciones judía y cristiana consideran la relación de David y Jonatán como paradigma de la más bella y profunda amistad que pueda unir a dos personas. Los seguidores de esta interpretación alegan que en la Biblia no aparece ninguna unión carnal entre David y Jonatán. Sostienen además que, de haber existido una relación homosexual entre ambos, el narrador se hubiera encargado de aplicar un castigo ejemplarizante al delito, como en el caso del adulterio de David con Betsabé, en el que el profeta Natán vaticina al monarca un futuro de desgracias. Hay quienes alegan, además, que mal podía David ser homosexual cuando era muy aficionado a las mujeres: además de Betsabé, tuvo siete esposas y una docena de concubinas. Este es, quizá, el argumento más débil, ya que una persona puede ser bisexual o al menos haberlo sido en algún momento determinado de su vida.

En fin, la discusión sigue abierta. Lo único que puede decirse con certeza es que David y Jonatán cultivaron una amistad tan íntima y sugerente que, casi tres mil años después, sirvió de argumento a una diputada israelí para defender en el Parlamento los derechos de los homosexuales.

Capítulo XVI
El más grande poema erótico
“Decíamos ayer...”
¿Qué hace un poema así en un libro como la Biblia? Es la pregunta que se hacen muchas personas después de leer el Cantar de los Cantares, una obra cargada del más vibrante erotismo en la que sólo se menciona una vez, muy de pasada y como un simple recurso literario, a Yavé. El poema, emparentado con los himnos talámicos que se solían componer en Oriente Medio con ocasión de bodas importantes, describe a una pareja de desposados entregada a unos deliciosos escarceos de amor.

La razón por la cual se incluyó el Cantar de los Cantares en el canon bíblico sigue dividiendo a los estudiosos. Unos sostienen que se tuvo exclusivamente en cuenta su sentido literal. De acuerdo con esta teoría, los sacerdotes y escribas habrían seleccionado esta hermosa pieza poética, que quizá gozaba de gran popularidad entre el pueblo, para proclamar el valor del amor dentro del matrimonio en su manifestación más terrenal. Al presentar el amor con naturalidad y de una manera totalmente desmitologizada, lanzaban un ataque implícito contra poderosas religiones rivales que concebían la vida amorosa y sexual a imagen de las relaciones entre divinidades de la fecundidad.

Otros sostienen que el Cantar de los Cantares consiguió su sitio entre los libros sagrados porque los que decidieron el canon vieron en él algo más que una exaltación del amor glandular. En esta corriente de opinión encaja la tradición rabínica, según la cual la obra tiene, además de su sentido literal, uno simbólico, que describiría la boda mística entre Dios y el pueblo judío, representados respectivamente en el poema por el novio y la novia. Esta interpretación fue adaptada al cristianismo por Hipólito y Orígenes en el siglo III, de modo que el Cantar de los Cantares se convirtió en la boda entre Jesús y su Iglesia. Finalmente, los protestantes lo ajustaron a sus propias exigencias, interpretándolo como la unión entre Dios y el alma del ser humano.

El recurso alegórico de presentar a Dios y sus fieles como un matrimonio no es extraño a la Biblia: algunos libros proféticos muestran a Dios como esposo de Israel, y a este pueblo como una mujer adúltera que recibe reproches y castigos por irse tras otros dioses-amantes. Sin embargo, lo que llama la atención del Cantar de los Cantares es que, a diferencia de los discursos proféticos, la alegoría no resulta tan evidente. Si un lector desprevenido leyese el Cantar de los Cantares sin saber que se trata de un texto bíblico, quedaría maravillado (o escandalizado, según el talante de cada cual) por su alto contenido erótico. Vería tan sólo a una pareja de recién casados entregada a un intenso juego sensual. En su Diccionario filosófico, Voltaire se burla de quienes interpretan el poema como una boda mística entre Jesús y la Iglesia: “Confesemos que la alegoría es demasiado fuerte, y que no se comprende qué podrá entender la Iglesia cuando el autor dice que su hermanita no tiene tetas y que si es un muro hay que construir encima de ella”.

Cualquiera que hubiese sido el motivo de su popularidad y su inclusión en el canon bíblico, lo único cierto es que el Cantar de los Cantares siempre ha estado rodeado de un halo de misterio y ha atraído durante siglos la atención tanto de piadosos como de legos. En ocasiones, esa fascinación ha llegado a provocar auténticos dramas humanos. El poeta místico español del siglo XVI fray Luis de León pasó cinco años en prisión por traducir el poema al castellano y comentarlo en su sentido literal para uso exclusivo de un amigo que no era capaz de leerlo en latín, única lengua en que estaba permitido por las autoridades. En el prólogo del manuscrito, a modo de justificación, el fraile agustino señalaba que el “sentido espiritual” del poema ya había sido abundantemente tratado por “personas santísimas y muy doctas”, de modo que él sólo trabajaría en “declarar la corteza de la letra ansí llanamente, como si en este libro no hubiera otro mayor secreto del que muestran aquellas palabras desnudas, y al parecer dichas y respondidas entre Salomón y su esposa”. En circunstancias nunca aclaradas, algunas copias del manuscrito empezaron a circular clandestinamente en España, y el Santo Oficio obró en consecuencia contra el autor de la traducción. Cuando se reincorporó a su cátedra en la Universidad de Salamanca después de cumplir su condena, fray Luis de León empezó la clase con la célebre frase: “Decíamos ayer...”.


¿Cuántas piezas tiene el puzzle?
En los textos hebreos más antiguos que se conservan de la Biblia, las frases o versículos se separaban entre sí mediante dos puntos y formaban párrafos de distintas extensiones. Estos a su vez se separaban unos de otros con un espacio en blanco o una letra a modo divisorio. La organización por capítulos como la conocemos hoy fue mucho más tardía. La concibió Stephen Langton, arzobispo de Canterbury, en el siglo XIII. La extensión de los capítulos no coincidía la mayoría de las veces con la de los párrafos antiguos, pero el sistema acabó siendo adoptado tanto por cristianos como por numerosas versiones bíblicas en hebreo.

Las versiones más viejas del Cantar de los Cantares presentan la obra en forma de prosa, con sus versículos y párrafos, y no como nos la muestran hoy en un formato convencional de poesía. De su lectura resulta fácil deducir que hablan varios personajes: el novio, la novia, un coro de mujeres (las integrantes del cortejo de la novia) y, tal vez, el propio poeta. Sin embargo, debido a que el texto original no especifica quién toma la palabra ni cuándo deja de hablar un personaje para que empiece otro, existen aún discrepancias a la hora de atribuir ciertos parlamentos. También sigue en discusión la estructura de la obra: la mayoría de los expertos entienden que no se trata de un texto unitario, sino de una suma de piezas poéticas, sobre cuyo número existen numerosas hipótesis. Ofrecemos una de las más extendidas, que recoge la New Internacional Version. Son cinco cantos o escenas, rematados por un clímax y unos fragmentos a modo de conclusión, que habría que leer de la siguiente manera:


Cantar de los cantares
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