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1

1. Cantar de los Cantares, de Salomón.
Primera escena

2. [La novia] ¡Béseme con besos de su boca!

3. Son tus amores más deliciosos que el vino, son tus ungüentos agradables al olfato, es tu nombre un perfume que se difunde; por eso te aman las doncellas.

4. Arrástrame tras de ti, corramos. Introdúceme, rey, en tus cámaras. [Coro] Nos gozaremos y regocijaremos contigo, y celebraremos tus amores más que el vino. ¡Con razón eres amado!

5. [La novia] Soy morena, pero hermosa, hijas de Jerusalén, como las tiendas de Cedar, como los pabellones de Salomón.

6. No miréis que soy morena: es que me ha quemado el sol. Los hijos de mi madre, airados contra mí, me pusieron a guardar viñas; no era mi viña la que guardaba.

7. Dime tú, amado de mi alma, dónde pastoreas, dónde sesteas al mediodía, no venga yo a extraviarme tras de los rebaños de tus compañeros.

8. [El novio] Si no lo sabes, ¡oh la más hermosa de las mujeres!, sigue las huellas del rebaño, y apacienta tus cabritos en las majadas de los pastores.

9. Al tiro de los carros del faraón te comparo, amada mía.

10. ¡Cuán hermosas están tus mejillas entre las guedejas, tu cuello con collares!

11. Te haremos pendientes de oro, con sartas de plata.

12. [La novia] Mientras reposa el rey en su lecho, exhala mi nardo su aroma.

13. Es mi amado para mí bolsita de mirra, que descansa entre mis pechos.

14. Es mi amado para mí racimito de alheña de las viñas de Engadi.

15. [El novio] ¡Qué hermosa eres, amada mía! ¡Qué hermosa eres! Tus ojos son palomas.

16. [La novia] ¡Qué hermoso eres, amado mío! ¡Qué agraciado! ¡Nuestro pabellón verdeguea ya!

17. [El novio] Las vigas de nuestra casa son de cedro; nuestros artesonados, de ciprés.
2

1. [La novia] Yo soy el narciso de Sarón, un lirio de los valles.

2. [El novio] Como lirio entre los cardos es mi amada entre las doncellas.

3. [La novia] Como manzana entre los árboles silvestres es mi amado entre los mancebos. A su sombra anhelo sentarme, y su fruto es dulce a mi paladar.

4. Me ha introducido en la sala del festín, y la bandera que contra mí alzó es amor.

5. Confortadme con pasas, reanimadme con manzanas, que desfallezco de amor.

6. Está su izquierda bajo mi cabeza y su diestra me abraza.

7. Os conjuro, hijas de Jerusalén, por las gacelas y ciervos del campo, que no despertéis ni inquietéis al amor hasta que éste quiera.
Segunda escena

8. [La novia] ¡La voz de mi amado! Vedle que llega saltando por los montes, triscando por los collados.

9. Es mi amado como la gacela o el cervatillo. Vedle que está ya detrás de nuestros muros, atisbando por las ventanas, espiando por entre las celosías.

10. Mi amado ha tomado la palabra y dice: “¡Levántate ya, amada mía, hermosa mía, y ven!

11. Que ya se ha pasado el invierno y han cesado las lluvias.

12. Ya se muestran en la tierra los brotes floridos, ya ha llegado el tiempo de la poda y se deja oír en nuestra tierra el arrullo de la tórtola.

13. Ya ha echado la higuera sus brotes, ya las viñas en flor esparcen su aroma. ¡Levántate, amada mía, hermosa mía, y ven!”.

14. [El novio] Paloma mía, (que anidas) en las hendiduras de las rocas, en las grietas de las peñas escarpadas, dame a ver tu rostro, hazme oír tu voz. Que tu voz es dulce, y encantador tu rostro.

15. ¡Cazadnos las raposas, las raposillas que destrozan las viñas, nuestras viñas en flor!

16. [La novia] Mi amado es para mí y yo para él. Pastorea entre azucenas.

17. Antes de que refrescase el día y huyan las sombras, vuelve, amado mío, semejante a la gacela o al cervatillo por los montes de Beter.
3

1. En mi lecho, por la noche, busqué al amado de mi alma, busquéle, y no lo hallé.

2. Me levanté y di vueltas por la ciudad, por las calles y las plazas, buscando al amado de mi alma. Busquéle y no le hallé.

3. Encontráronme los centinelas que hacen la ronda en la ciudad: ¿habéis visto al amado de mi alma?

4. En cuanto lo había traspasado, hallé el amado de mi alma. Le así para no soltarlo hasta introducirlo en la casa de mi madre, en la alcoba de la que me engendró.

5. Os conjuro, hijas de Jerusalén, por las gacelas y los ciervos, que no despertéis ni inquietéis al amor hasta que a éste le plazca.
Tercera escena

6. [Coro] ¿Qué es aquello que sube del desierto como columna de humo, como un vapor de mirra e incienso y de todos los perfumes exquisitos?

7. Ved: la litera de Salomón; sesenta valientes le dan escolta de entre los héroes de Israel.

8. Todos esgrimen la espada, todos son diestros para el combate. Todos llevan la espada ceñida, para hacer frente a los temores nocturnos.

9. Hízose el rey Salomón una cámara de maderas del Líbano.

10. Hizo de plata sus columnas, de oro su baldaquino, hizo su asiento de púrpura, recamado, (obra) dilecta de las hijas de Jerusalén.

11. Salid, hijas de Sión, a ver al rey Salomón, con la diadema de que le coronó su madre el día de sus desposorios, el día de la alegría de su corazón.
4

1. [El novio] ¡Qué hermosa eres, amada mía, qué hermosa eres! Son palomas tus ojos a través de tu velo. Son tus cabellos rebañitos de cabras, que ondulantes van por los montes de Galaad.

2. Son tus dientes cual rebaño de ovejas de esquila que suben del lavadero, todas con sus crías mellizas, sin que haya entre ellas estériles.

3. Cintillo de grana son tus labios, y tu hablar es agradable. Son tus mejillas mitades de granada a través de tu velo.

4. Es tu cuello cual la torre de David, adornada de trofeos, de la que penden mil escudos, todos escudos de valientes.

5. Tus dos pechos son dos mellizos de gacela, que triscan entre azucenas.

6. Antes de que refresque el día y huyan las sombras, iréme al monte de la mirra, al collado del incienso.

7. Eres del todo hermosa, amada mía; no hay tacha en ti.

8. Ven del Líbano, esposa, ven del Líbano, haz tu entrada. Avanza desde la cumbre del Amana, de las cimas del Sanir y del Hermón, de las guaridas de los leones, de las montañas de los leopardos.

9. Prendiste mi corazón, hermana, esposa: (prendiste) mi corazón en una de tus miradas, en una de las perlas de tu collar.

10. ¡Qué encantadores son tus amores, hermana mía, esposa! ¡Qué deliciosos son tus amores, más que el vino! Y el aroma de tus perfumes es mejor que el de todos los bálsamos.

11. Miel virgen destilan tus labios, esposa; miel y leche hay bajo tu lengua; y el perfume de tus vestidos, es como el aroma de incienso.

12. Eres jardín cercado, hermana mía, esposa; eres jardín cercado, fuente sellada.

13. Tu plantel es un vergel de granados, de frutales los más exquisitos, de cipreses y de nardos,

14. de nardos y de azafrán, de canela y cinamomo, de todos los árboles aromáticos, de mirra y de áloe, y de todos los más selectos balsámicos.

15. Eres fuente de jardín, pozo de aguas vivas, que fluyen del Líbano.

16. [La novia] Levántate, cierzo; ven, austro. Oread mi jardín, que exhale sus aromas. Venga a su huerto mi amado a comer de sus frutos exquisitos.
5

1. [El novio] Voy a mi jardín, hermana mía, esposa, a coger de mi mirra y de mi bálsamo, a comer de mi panal y mi miel, a beber de mi vino y de mi leche. Comed, colegas míos, y bebed, y embriagaos, amigos míos.
Cuarta escena

2. [La novia] Yo duermo, pero mi corazón vela. Es la voz del amado que llama. [El novio] ¡Ábreme, hermana mía, amada mía, paloma mía, inmaculada mía! Que está mi cabeza cubierta de rocío y mis cabellos de la escarcha de la noche.

3. [La novia] Ya me he quitado la túnica. ¿Cómo volver a vestirme? Ya me he lavado los pies. ¿Cómo volver a ensuciarlos?

4. Mi amado metió su mano por el agujero (de la llave) y mis entrañas se estremecieron por él.

5. Me levanté para abrir a mi amado. Mis manos destilaron mirra, y mis dedos mirra exquisita, en el pestillo de la cerradura.

6. Abrí a mi amado, pero mi amado, desvaneciéndose, había desaparecido. Mi alma salió por su palabra. Le busqué y no le hallé. Le llamé, mas no me respondió.

7. Encontráronme los centinelas que rondan la ciudad, me golpearon, me hirieron. Me quitaron mi velo los centinelas de las murallas.

8. Os conjuro, hijas de Jerusalén, que, si encontrarais a mi amado, le digáis que desfallezco de amor.

9. [El coro] ¿En qué se distingue tu amado, oh la más hermosa de las mujeres? ¿En qué se distingue tu amado, tú que así nos conjuras?

10. [La novia] Mi amado es fresco y colorado, se distingue entre millares.

11. Su cabeza es oro puro, sus rizos son racimos de dátiles, negros como el cuervo.

12. Sus ojos son palomas posadas al borde de las aguas, que se han bañado en leche y descansan a la orilla del arroyo.

13. Sus mejillas son jardín de balsameras, teso de plantas aromáticas; sus labios son dos lirios que destilan exquisita mirra.

14. Sus manos son anillos de oro guarnecidos de piedras de Tarsis. Su vientre es una masa de marfil cuajada de zafiros.

15. Sus piernas son columnas de alabastro asentadas sobre basas de oro puro. Su aspecto es como el Líbano, gallardo como el cedro.

16. Su garganta es todo suavidad, todo él un encanto. Ese es mi amado, ése es mi amigo, hijas de Jerusalén.
6

1. [El coro] ¿Adónde fue tu amado, oh tú, la más hermosa de las mujeres? ¿Qué dirección ha tomado tu amado, para ir contigo en busca de él?

2. [La novia] Bajó mi amado a su jardín, a los macizos de las balsameras, para apacentar en los vergeles y coger azucenas.

3. Yo soy para mi amado, y mi amado para mí, el que pastorea entre azucenas.
Quinta escena

4. [El novio] Eres, amada mía, hermosa como Tirsa, encantadora como Jerusalén, terrible como escuadrón ordenado en batalla.

5. Aparta ya de mí tus ojos, que me fascinan. Es tu cabellera rebañito de cabras que ondulan por las pendientes de Galaad.

6. Tus dientes, cual rebaño de ovejas de esquila, que suben del lavadero, todas con crías gemelas, sin que en ellas haya estéril.

7. Son mitades de granada tus mejillas a través de tu velo.

8. Sesenta son las reinas, ochenta las concubinas, y las doncellas son sin número.

9. Pero es única mi paloma, mi inmaculada; es la única hija de su madre, la predilecta de quien la engendró. Viéronla las doncellas y la aclamaron, y las reinas y concubinas la loaron.

10. ¿Quién es ésta que se levanta como la aurora, hermosa cual la luna, resplandeciente como el sol, terrible como escuadrones ordenados?

11. Bajé a la nozaleda para ver cómo verdea el valle, a ver si brota ya la viña y si florecen los granados.

12. Sin saber cómo, vime sentado en los carros de mi noble pueblo.
7

1. [Coro] ¡Torna, torna, Sulamita, torna, torna, que te contemplemos! [La novia] ¿Qué queréis contemplar en la Sulamita, danzando a doble coro?

2. [El novio] ¡Qué bellos son tus pies con las sandalias, hija de príncipe! El contorno de tus caderas es una joya, obra de manos de orfebre.

3. Tu ombligo es un ánfora en que no falta el vino; tu vientre, acervo de trigo, rodeado de azucenas.

4. Tus senos dos cervatillos, mellizos de gacela.

5. Tu cuello, torre de marfil; tus ojos, dos piscinas de Hesebón, junto a la puerta de Bat-Rabin. Tu nariz, como la torre del Líbano, que mira hacia Damasco.

6. Tu cabeza, como el Carmelo; la cabellera de tu cabeza es como púrpura real, entretejida en trenzas.

7. ¡Qué hermosa eres, qué encantadora, qué amada, hija deliciosa!

8. Esbelto es tu talle como la palmera, y son tus senos sus racimos.

9. Yo me dije: Voy a subir a la palmera, a tomar sus racimos; sean tus pechos racimos para mí. El perfume de tu aliento es como el de las manzanas.

10. Tu palabra es vino generoso a mi paladar, que se desliza suavemente entre labios y dientes.

11. [La novia] Yo soy para mi amado, y a mí tienden sus anhelos.

12. Ven, amado mío, y salgamos al campo, haremos noche en las aldeas;

13. madrugaremos para ir a las viñas; veremos si brota ya la vid, si se entreabren las flores, si florecen los granados, y allí te daré mis amores.

14. Ya dan su aroma las mandrágoras, y a nuestras puertas están los frutos exquisitos: los nuevos y los añejos, que guardo, amado mío, para ti.
8

1. ¡Quién me diese que fueses hermano mío, amamantado a los pechos de mi madre, para que al encontrarte en la calle pudiera besarte sin que me despreciaran!

2. Yo te llevaría y te introduciría en la casa de mi madre, en la alcoba de la que me engendró, y te daría a beber del vino adobado y del mosto de los granados.

3. Su izquierda descansa bajo mi cabeza, y su diestra me abraza.

4. Os conjuro, hijas de Jerusalén, que no despertéis ni inquietéis al amor hasta que a éste le plazca.
Clímax

5. [El coro] ¿Quién es ésta que sube del desierto apoyada sobre su amado? [La novia] Debajo del manzano te desperté, allí donde te concibió tu madre, donde te concibió la que te engendró.

6. Ponme cual sello sobre tu corazón, ponme en tu brazo como sello. Que es fuerte el amor como la muerte y son, como el “seol”, duros los celos. Son sus dardos saetas encendidas, son llamas de Yavé.

7. No pueden aguas copiosas extinguirlo ni arrastrarlo los ríos. Si uno diera por el amor toda la hacienda de su casa, sería sobremanera despreciado.
Conclusión

8. Nuestra hermana es pequeñita, no tiene pechos todavía. ¿Qué haremos a nuestra hermana cuando un día se trate de ella?

9. Si ella es un muro, edificaremos sobre ella almenas de plata; si puerta, le haremos batientes de cedro.

10. Sí, muro soy, y torres son mis pechos. He venido a ser a los ojos de él como quien halla la paz.

11. Una viña tenía Salomón en Baal-Hamón; la entregó a los guardas, que habían de traerle por su fruto mil siclos de plata.

12. Mi viña la tengo ante mis ojos. Para ti, Salomón, los mil siclos, y doscientos para los que guardan su fruto.

13. ¡Oh tú, que habitas en jardines, los compañeros atienden a tu voz: hazme oírla!

14. Huye, amado mío, semejante a la gacela o al cervatillo, por los montes de las balsameras.


Los comentarios
El Cantar de los Cantares empieza con una frase que atribuye la obra a Salomón, el sabio y opulento monarca que reinó sobre Israel en el siglo X a. C. Esta autoría constituye a todas luces una ficción, cuya finalidad sería conferir a la obra una pátina de antigüedad y autoridad: de acuerdo con los análisis filológicos e históricos, el poema —o más bien el pastiche de piezas poéticas, como ya se ha explicado— fue escrito hacia el siglo IV a. C., tras el regreso del exilio babilónico. Ello no está reñido con la posibilidad de que hubiera recogido y adaptado algunos pasajes, estampas o figuras de composiciones poéticas mucho más antiguas, incluso de la propia época del rey Salomón. El hecho de que en la Biblia hebrea el poema aparezca en la sección de los Escritos, que reúne los últimos textos incorporados al canon, y no en la de los Profetas, donde figura la historia de Salomón, refuerza el argumento de que la obra data de una época posterior a la del monarca.

Tras la identificación del supuesto autor comienza la primera escena. La novia expresa con ardor su anhelo de que el esposo la lleve a la cámara nupcial. El coro celebra con gran regocijo los acontecimientos. La ansiosa novia busca a su amado, y el coro la orienta. Se produce finalmente el encuentro y se entabla un apasionado diálogo entre la pareja que culmina con la unión corporal, como lo señala la novia: “Está su izquierda bajo mi cabeza y su diestra me abraza”. La desposada expresa su felicidad pidiendo a sus amigas que no “inquieten el amor”, en un estribillo que se repetirá al final de los poemas segundo y quinto.

Al comienzo del canto, la novia dice con algo de vergüenza que es morena, y aclara que el color de su piel se debe a que sus hermanos la obligaron a trabajar en las viñas. El recurso de presentar a la novia como una campesina quemada por el sol era típico entre los autores de himnos talámicos orientales, a quienes les gustaba describir a los recién casados con imágenes pastoriles. Durante los siglos en que asumieron que el Cantar de los Cantares era obra de Salomón, los exegetas bíblicos se basaron en el color de la piel de la novia para afirmar que el rey había dedicado el poema a la hija del faraón, una de sus setecientas esposas. Esta hipótesis se apoyaba también en otra frase del poema: “Al tiro de los carros del faraón/te comparo, amada mía”. Que el novio compare a su amada con una yegua parecerá chocante a algunos, pero entre los orientales este tipo de símiles era frecuente. Incluso en nuestros días los beduinos del desierto toman como referencia la camella para describir la hermosura femenina.

La segunda escena —en su práctica totalidad un monólogo de la novia— cuenta cómo el novio acude a la casa de su amada y, en uno de los pasajes más hermosos de la obra, le dice a través de la ventana que lo siga para disfrutar de la primavera. Sigue una especie de juego del escondite: la novia sale de noche a buscar a su amado por la ciudad y, cuando da con él, lo conduce a su casa y se entregan al amor.

La tercera escena se abre con un pequeño discurso del coro o del poeta que evoca la boda del rey Salomón: parece tratarse de un recurso poético para anunciar con gran pompa la llegada del novio. Seguramente la figura de Salomón despertaba imágenes de magnificencia en la mente de los israelitas. Sigue un encuentro entre los amantes, durante el cual el novio se deshace en elogios a su pareja. Los católicos ven una alusión a la Inmaculada Concepción cuando el novio manifiesta: “Eres del todo hermosa, amada mía; no hay tacha en ti”. Los judíos, a su vez, encuentran una referencia a Israel cuando dice: “Miel y leche hay bajo tu lengua”, expresión que aparece en el libro de Éxodo cuando Dios promete liberar al pueblo israelita de Egipto y conducirlo a una tierra que “mana leche y miel”. El encuentro desemboca en la unión carnal de la pareja (o la comunión de Dios con sus fieles, para el que quiera verlo así), expresada con la bella metáfora de la entrada del hombre en un huerto.

En la cuarta escena la pareja aparece de nuevo separada. El novio acude de noche a casa de su amada y le pide que lo deje entrar. Ella se muestra reacia, pues ya se ha quitado la túnica y lavado los pies. El novio no se da por vencido y mete los dedos por el ojo de la cerradura. La novia abre finalmente la puerta, pero su amado ya se ha marchado. Otra vez, como en el segundo poema, sale a buscarlo por la ciudad, pero en esta ocasión no sólo no lo encuentra, sino que los centinelas la golpean y le roban el chal. A continuación, la novia implora al coro que, si encuentra a su hombre, le haga saber que está enferma de amor por él. El coro le pide las señas del amor extraviado, y ella responde con una exaltación de la belleza de su amado, devolviéndole los elogios con que éste la ha colmado en el poema anterior. Culmina con una frase que ya le ha dedicado en el segundo encuentro: “Yo soy para mi amado, y mi amado para mí, el que pastorea entre azucenas”.

La quinta escena muestra a la pareja en un nuevo encuentro, en el que la novia invita a su amado a ir al campo, donde le entregará sus amores. “Ya dan su aroma las mandrágoras”, le informa, en referencia al fruto de propiedades afrodisíacas. En un pasaje cargado de intensidad poética, la muchacha dice a su novio que preferiría ser hermana suya para poder besarlo en la calle cuando le viniese en gana. El enigmático nombre Sulamita (Shulamit, en hebreo), que no aparece en ninguna otra parte de la Biblia, ha dado pie a todo tipo de conjeturas. Puede tratarse de una variante femenina de Salomón (Shlomó), si es que la intención del autor era hacer un juego de palabras para asociar a la novia con el famoso rey de Israel, cuya figura ya había evocado en el tercer poema como preludio de la llegada del novio.

Después de los cinco encuentros, en lo que parece ser el clímax de la obra, la novia equipara la fuerza del amor a la de la muerte y, en un admirable broche de oro, proclama su absoluta gratuidad: “Si uno diera por el amor toda la hacienda de su casa, sería sobremanera despreciado”.

El Cantar concluye con unos versículos de difícil interpretación, que algunos expertos agrupan en tres piezas diferentes. La primera parece una conversación entre los hermanos de la novia acerca del futuro de la muchacha, a la que ven como una niña. Ella les replica con orgullo que es una mujer con pechos “como torres” y les notifica que ha encontrado novio. El segundo fragmento podría ser una alegoría del harén del monarca israelita. Una voz dice que Salomón cedió sus viñas a sus guardas para que las trabajaran, a cambio de que le entregasen una suma fija de mil siclos. Pero la fiel esposa dice estar a cargo de una viña más pródiga —ella misma—, capaz de generar no sólo los mil siclos que exige el rey, sino doscientos más para los que guarden su fruto. En el último fragmento la novia insta a su amado a que huya, utilizando figuras que han aparecido a lo largo del poema: la gacela, el cervatillo, el monte de las balsameras.


Los lugares
El autor del Cantar de los Cantares menciona en la obra algunas ciudades o parajes naturales, ya sea para enmarcar el idilio o para describir con referentes geográficos la belleza de los amantes:

Cedar (Quedar, en hebreo). Más que un lugar, se trata del nombre de una tribu del desierto. Según una genealogía que aparece en el libro de Génesis, Cedar es el segundo de los doce hijos de Ismael, antepasado mítico del pueblo árabe. Sus miembros vivían en tiendas que se destacaban por su color oscuro. En el libro de Isaías se les describe como bravos arqueros.

Engadí (Ein Guedi). Situado en la costa occidental del mar Muerto, este lugar, cuyo nombre significa manantial del cabrito, ofrece una imagen de desolación; pero la presencia de arroyos naturales hacen de él un oasis. Fue uno de los sitios donde se refugió David cuando era víctima de las persecuciones del rey Saúl.

Sarón (Sharón). Llanura costera del actual Estado de Israel que se extiende desde Yaffo hasta el monte Carmelo. En el libro que lleva su nombre, el profeta Isaías le dedica este elogio: “Sarón será majada de ovejas y el valle de Akor corral de vacas para mi pueblo, los que me buscaron”.

Beter. El libro de Josué la cita entre las localidades asignadas a la tribu de Judá en el reparto de la tierra tras la conquista de Canaán. Todo parece indicar que se trata de la actual Betir, situada unos diez kilómetros al suroeste de Jerusalén, cerca de Belén.

Galaad (Guilead). Región situada al este del río Jordán, dentro del moderno Estado de Jordania. La palabra Galaad representaba algo excelso en la imaginación de los israelitas. “Galaad eras tú para mí”, dice Dios a la casa real de Judá. Además de sus abundantes pastizales, Galaad producía plantas aromáticas y bálsamos muy apetecidos por los egipcios. “Y levantando los ojos divisaron una caravana de ismaelitas que venían de Galaad, con camellos cargados de almáciga, sandáraca y ládano, que iban bajando a Egipto”, se lee en el libro de Génesis.

Amana, Sanir, Hermón. Montañas del Antilíbano que el autor del Cantar de los Cantares llama “guaridas de leones” y “montes de leopardos”, tal vez porque dominaban el camino que seguían en ocasiones los invasores de Israel. En el poema, el novio intenta encumbrar a su amada y darle prestigio al decirle que otee desde las tres cimas. El monte Hermón, actualmente bajo dominio israelí, es un sitio estratégico que domina las fuentes del río Jordán, el valle libanés de Beqaa y la llanura de Damasco.

Tarsis (Tarshish). Muchos expertos la identifican con Tartesos, ciudad al suroeste de España, en la desembocadura del Guadalquivir, donde los fenicios habían fundado unos mil años antes de Cristo una colonia. De acuerdo con el libro primero de Reyes, Salomón tenía una flota de barcos dedicada exclusivamente a Tarsis, que cada tres años volvía “trayendo oro, plata, marfil, monos y pavos reales”.

Tirsa (Tirtzá). Originalmente fue una ciudad cananea. Su príncipe aparece citado entre los vencidos por los hebreos al invadir éstos Canaán. Tras la división de Israel, fue durante medio siglo la capital del reino del norte, hasta que el rey Omrí creó en el año 875 a. C. su propia capital. En el Cantar de los Cantares el novio dice a su amada: “Hermosa eres, amiga mía, como Tirsa, encantadora como Jerusalén”, quizá como un homenaje nostálgico a las dos capitales del reino dividido. Los arqueólogos la identifican con Tel el-Farah, situado unos diez kilómetros al norte de Nablus, en Cisjordania.

Hesebón (Heshbón). Ciudad de las estepas de Moab. Estuvo en manos de Israel; luego la capturaron los moabitas. Los profetas Isaías y Jeremías profetizaron su ruina. No se sabe a ciencia cierta qué efecto tuvieron esas admoniciones. Varios siglos después, el autor del Cantar de los Cantares compara los ojos de la novia con el agua de las piscinas de Hesebón, seguramente porque la ciudad tenía unas piscinas admirables. En la Jordania moderna es la humilde Jeshbán, situada unos veinte kilómetros al suroeste de la capital Ammán.

Bat-Rabin (Bat-Rabim). El poeta llama con ese nombre a una de las puertas de la ciudad de Hesebón.

Líbano (Lebanón). Territorio de unos ciento sesenta kilómetros de largo por cuarenta de ancho que se extiende al norte de Palestina, paralelo a la costa mediterránea. Desde tiempos muy remotos, sus cedros han tenido fama universal. La palabra Líbano debía de sugerir ricas imágenes poéticas: en el Cantar de los Cantares, el novio dice a su amada que venga del Líbano; que el olor de sus vestidos es como la fragancia del Líbano; que su belleza es como las “aguas vivas” que fluyen del Líbano; que su nariz es como la torre del Líbano. A su vez, la novia dice a su amado que su porte “es como el Líbano, esbelto cual cedros”. Y el poeta señala que el rey Salomón tenía un palanquín de madera del Líbano.

Damasco (Damaseq). Antigua ciudad que ya aparece citada en textos del siglo XX a. C. Hacia el siglo X a. C. se convierte en la capital del importante reino de Aram, al que los redactores bíblicos llaman indistintamente Damasco. Aram fue sometida a tributo por el rey David, y recuperó su independencia plena tras la división del reino de Israel en 922 a. C. Su relación con los dos reinos israelitas surgidos de la división fue casi siempre tan conflictiva como la de los reinos israelitas entre sí. En el año 723 a. C., Aram fue aplastado por el ejército del imperio asirio, en la misma operación militar en que cayó arrasado el reino israelita del norte. Damasco es la capital del Estado moderno de Siria.

Carmelo (Carmel). Monte al norte de Israel desde cuya cima se domina la hermosa bahía de Haifa.

Baal-Hamón. Su única mención en la Biblia es la del Cantar de los Cantares. Nada se sabe sobre su emplazamiento.

Capítulo XVII
El lenguaje de los profetas
Jeremías
Entre los profetas bíblicos hay varios que se distinguen por utilizar un lenguaje cargado de referencias sexuales. Uno muy destacado es Jeremías, que empezó a profetizar en Judá en el año decimotercero del reinado de Josías, es decir, en 626 a. C. Tras un largo período de silencio, reanudó su actividad hacia el año 605 a. C., cuando el reino de Judá estaba siendo sometido a una fuerte presión por parte de los imperios egipcio y babilonio, que rivalizaban por la hegemonía en la región. Judá era todo cuanto quedaba del antiguo gran Israel. Éste se había dividido a la muerte del rey Salomón (922 a. C.) en dos reinos: el norteño —que se quedó con el nombre de Israel— y el sureño (Judá). El reino del norte, del que procedía la familia sacerdotal de Jeremías, había sido destruido en 722 a. C. por los asirios. Ahora le llegaba la hora a Judá, atrapada entre dos poderosos imperios y gobernada por reyezuelos ineptos. Jeremías era partidario de alinearse con los babilonios, pero no se le hizo caso. En 586 a. C., Jerusalén cayó aplastada por Nabucodonosor, emperador babilonio, y el pueblo de Judá fue conducido al exilio. Fue el desastre final. Poco antes de la hecatombe, una ola de refugiados partió hacia Egipto, arrastrando en su huida al profeta Jeremías, cuyo rastro se perdió en el país del Nilo.

La voz de Jeremías —y la de Ezequiel, como se verá más adelante— es desgarrada. Presagia el desastre de Judá, que seguirá los pasos de su hermana Israel. Ambos reinos han corrido su trágico destino por abandonar a Yavé y marcharse tras otros dioses. Israel y Judá son unas adúlteras y prostitutas sobre las que naciones extrañas vierten su semen. Así de duros se muestran los profetas. Sin embargo, sus discursos dejan una luz de esperanza para que Dios se reconcilie con sus dos esposas infieles.


“Y adulteró con la piedra y el leño”
“Y me dijo el Señor en tiempo del rey Josías: ‘¿Has visto lo que ha hecho Israel? Se fue por todo monte alto y bajo todo árbol frondoso para fornicar allí’. Yo dije: ‘Después de haber hecho todas estas cosas, vuelve a mí’. Pero no se volvió. Vio esto su pérfida hermana Judá. Vio que por todo cuanto había adulterado la rebelde Israel habíala despedido y dado el libelo de repudio, pero no temió la pérfida Judá, su hermana, sino que fue y fornicó ella también. Y sucedió que, por la ligereza de su prostitución, contaminó la tierra, y adulteró con la piedra y con el leño; y tampoco con todo esto su pérfida hermana Judá se volvió a mí de corazón, sino mentidamente, oráculo de Yavé. Y me dijo Yavé: ‘La apóstata Israel se ha justificado al lado de la pérfida Judá’”.


Ezequiel
El profeta Ezequiel era unos veinte años menor que Jeremías. Probablemente fue discípulo suyo. Sus discursos contienen elementos de la inflamada retórica sexual de Jeremías, incluido el recurso de presentar la relación entre Dios e Israel y Judá como un matrimonio tempestuoso. Ezequiel estuvo entre los deportados a Babilonia en el primer asedio de Nabucodonosor a Jerusalén, en 597 a. C. Cinco años más tarde empezó a profetizar en la comunidad del destierro. Lejos de allí, en la agonizante Judá, el anciano profeta Jeremías advertía desesperadamente al rey del inminente final si no cambiaba de política y se aliaba con los babilonios.


“Te hiciste simulacros de hombre”
“El día que naciste, nadie te cortó el ombligo; no fuiste lavada en el agua para limpiarte, no fuiste frotada con sal ni fajada.

”Nadie hubo que pusiera en ti sus ojos para hacerte algo de esto, compadecido de ti, sino que con horror fuiste tirada al campo el día que naciste. Pasé yo cerca de ti y te vi sucia en tu sangre, y, estando tú en tu sangre, te dije: ‘¡Vive!’.

”Te hice crecer a decenas de millares, como la hierba del campo. Creciste y te pusiste grande, y llegaste a la flor de la juventud; te crecieron los pechos y te salió el pelo, pero estabas desnuda y llena de vergüenza. Pasé yo junto a ti y te miré. Era tu tiempo el tiempo del amor, y tendí sobre ti mi manto, cubrí tu desnudez, me ligué a ti conjuramento e hice alianza contigo, dice el Señor, Yavé, y fuiste mía. Te lavé con agua, te quité de encima la sangre, te ungí con óleo, te vestí de recamado, te calcé piel de tejón, te ceñí de lino fino y te cubrí de seda. Te atavié con joyas, puse pulseras en tus brazos, y collares en tu cuello, arillo en tus narices, zarcillos en tus orejas, y espléndida diadema en tu cabeza. Estabas adornada de oro y plata, vestida de lino y seda en recamado; comías flor de harina de trigo, miel y aceite; te hiciste cada vez más hermosa y llegaste hasta reinar.

”Extendióse entre la gente la fama de tu hermosura, porque era acabada la hermosura que yo puse en ti, dice el Señor, Yavé. Pero te envaneciste de tu hermosura y de tu nombradía, y te diste al vicio, ofreciendo tu desnudez a cuantos pasaban, entregándote a ellos. Tomaste tus vestidos y te hiciste altos coloreados para prostituirte en ellos. Tomaste las espléndidas joyas que te había dado, mi plata y mi oro, y te hiciste simulacros de hombre, fornicando con ellos. Tomaste las telas recamadas y los cubriste con ellas, y les ofreciste mi óleo y mis aromas. También el pan que yo te diera, la flor de harina de trigo y el aceite y la miel con que te mantenía, se los ofreciste en ofrenda de suave olor. Eso hiciste, dice el Señor, Yavé.

”Y, a más de esto, tomaste a tus hijos y a tus hijas, los que habías engendrado para mí, y se los sacrificaste para que les sirvieran de comida. Te parecían poco tus prostituciones, y sacrificaste a mis hijos, haciéndolos pasar por el fuego. Y al cometer todas estas tus fornicaciones y prostituciones, no te acordaste del tiempo de tu mocedad, cuando estabas desnuda en tu vergüenza y te revolvías en tu sangre; antes al contrario, después de tantas maldades, ¡ay de ti!, dice Yavé, te hiciste en cada plaza un lupanar y en cada calle un prostíbulo, mancillando tu hermosura, entregándote a cuantos pasaban y multiplicando tus prostituciones.

”Te prostituiste a los hijos de Egipto, tus vecinos de gordos cuerpos, multiplicando tus fornicaciones para irritarme. Por eso tendí yo a ti mi mano, y te quité parte de la dote, y te entregué al capricho de tus enemigas, las hijas de los filisteos, que te aborrecen y se avergüenzan de tu desenfreno. No harta todavía, te prostituiste también a los hijos de Asiria, fornicaste con ellos, sin hartarte todavía. Multiplicaste tus prostituciones desde la tierra de Canaán hasta Caldea, y ni con todo esto te saciaste. ¿Cómo sanar tu corazón, dice el Señor, Yavé, cuando has hecho todo esto, como desvergonzada ramera dueña de sí, haciéndote prostíbulos en todas las encrucijadas y lupanares en todas las plazas? Y ni siquiera eres comparable a las rameras, que reciben el precio de su prostitución. Tú eres la adúltera, que, en vez de su marido, acoge a los extraños. A la meretriz se le paga su merced, pero tú hacías las mercedes a tus amantes, y les hacías regalos para que de todas partes entrasen a ti para tus fornicaciones. Ha sucedido contigo en tus fornicaciones lo contrario de las otras rameras, pues no te buscaban, y, pagando tú en vez de recibir paga, fuiste al contrario de las otras”.


Las hermanas Oholá y Oholibá
“Fueme dirigida la palabra de Yavé, diciendo: Había dos mujeres hijas de la misma madre. Se prostituyeron en Egipto al tiempo de la mocedad; allí fueron estrujados sus pechos y manoseado su seno virginal. Llamábanse Oholá, la mayor; su hermana, Oholibá. Fueron mías y parieron hijos e hijas. Oholá es Samaria; Oholibá, Jerusalén.

”Oholá me fue infiel y se enloqueció con sus amantes, sus vecinos, los asirios. Iban vestidos de púrpura, eran jefes y oficiales, todos jóvenes codiciables y que montaban caballos. Se prostituyó a ellos, la flor de los hijos de Asiria, y se contaminó con todos los ídolos de aquellos de quienes se enamoró. Tampoco dejó sus prostituciones con Egipto, porque eran los que se habían acostado con ellas en su mocedad y habían manoseado sus senos virginales y derramado sobre ella sus impurezas. Yo, por eso, la entregué en manos de sus amantes, en manos de los hijos de Asiria, de quienes estaba enamorada. Ellos descubrieron sus vergüenzas, le tomaron sus hijos y sus hijas, y a ella la hicieron perecer a la espada. Vino a ser famosa entre las mujeres por la justicia que en ella se hizo.

”Viendo esto Oholibá, su hermana, fue más estragada que ella en su pasión, y sus prostituciones sobrepasaron a las de su hermana. Encendiéndose en amor por los hijos de Asiria, jefes y oficiales, nobles vestidos magníficamente, caballeros en sus caballos, jóvenes todos y codiciables. Yo vi que se habían contaminado, que ambas habían seguido el mismo camino. Pero ésta fue más lejos en sus fornicaciones; vio hombres pintados en la pared, figuras de caldeos trazadas con minio, ceñidos sus lomos de sus cinturones, y tiaras de varios colores a la cabeza, todos con apariencia de jefes, figuras de hijos de Babilonia, de Caldea, su patria. Y en viéndolos, se encendió en amor por ellos, y mandó embajadores a Caldea, y entraron a ella los hijos de Babilonia, al lecho de sus amores, y la mancharon con sus impurezas, y ella se contaminó con ellos hasta hartar su deseo; hizo patentes sus fornicaciones y descubrió su ignominia, y yo me asqueé de ella, como me había asqueado de su hermana. Mas todavía acrecentó sus fornicaciones, trayendo a su memoria los días de su mocedad, cuando había fornicado en la tierra de Egipto. Y ardió en lujuria por aquellos lujuriosos, que tienen carne de burro y flujo de garañones”.


Oseas, el profeta que se casó con una puta
Oseas figura en la Biblia como el primero de los doce profetas menores. Su actividad se desarrolló en el reino norteño de Israel; comenzó bajo el reinado de Jeroboam II (785 a 745 a. C.) y se prolongó casi hasta el momento de la destrucción del reino, en 722 a. C. El libro que lleva su nombre narra una historia muy extraña. Dios ordena al profeta: “Ve y toma por mujer una prostituta y engendra hijos de prostitución, pues que se prostituye la tierra, apartándose de Yavé”. Oseas cumplió la orden. Tomó por mujer a una meretriz llamada Gomer y tuvo con ella tres hijos, a los que puso, por instrucciones de Dios, nombres simbólicos: Jezrael (Dios dispersará), Lo-Rajamá (No-compadecida) y Lo-Amí (No-mi pueblo). Más adelante, Dios le dice a Oseas: “Ve otra vez y ama a una mujer amante de otro y adúltera; ámala como ama Yavé a los hijos de Israel, a pesar de que se van tras otros dioses y se deleitan con las tortas de pasas”. El profeta compró la mujer por quince siclos de plata, un jómer de cebada y un letej de vino, y le dijo: “Has de estarte reservada para mí mucho tiempo, no te prostituyas, no te entregues a hombre alguno; también yo me reservaré para ti, porque mucho tiempo han de estar los hijos de Israel con rey, sin jefe, sin sacrificio y sin cipos”. Algunos expertos creen que el profeta sufrió realmente un gran fracaso matrimonial, y convirtió su experiencia en una alegoría de la relación entre Yavé e Israel. Otros replican que se trata tan sólo de una alegoría producto de la imaginación de Oseas.


“Que aleje de entre su pecho sus prostituciones”
“Potestad de vuestra madre, porque ni ella es mi mujer ni yo soy su marido. Que aleje de su rostro sus fornicaciones y de entre sus pechos sus prostituciones, no sea que yo la despoje, y, desnuda, la ponga como el día en que nació, y la convierta en desierto, en tierra árida, y la haga morir de sed. Y no tendré piedad de sus hijos, porque son hijos de prostitución. Su madre se prostituyó; la que los concibió se deshonró y dijo: ‘Me iré tras de mis amantes, que ellos me dan mi pan y mi agua, mi lana y mi lino, mi aceite y mi bebida’.

”Por eso voy yo a cercar sus caminos con zarzas y alzar un muro para que no pueda ya hallar sus sendas. Irá en seguimiento de sus amantes, pero no los alcanzará; los buscará, mas no los hallará, y se dirá: ‘Voy a volverme con mi primer marido, que mejor me iba entonces que me va ahora’. No ha querido reconocer que era yo quien le daba el trigo, el mosto y el aceite, y la plata que yo pródigamente le di, igual que el oro, se lo consagró a Baal.

”Por eso voy a recobrar mi trigo a su tiempo, mi mosto a su sazón, y me tomaré mi lana y mi lino, que habían de cubrir su desnudez, y voy a descubrir sus vergüenzas a los ojos de sus amantes. Nadie la librará de mi mano. Haré cesar todas sus alegrías, sus fiestas, sus novilunios, sus sábados y todas sus solemnidades. Talaré sus viñas y sus higuerales, de los que decía: ‘Es el salario que mis amantes me dan’. La reduciré a un matorral y la devorarán las bestias del campo. La castigaré por los días en que incensaba a los baales y, adornándose con sus anillos y sus collares, se iba con sus amantes y me olvidaba a mí, dice Yavé.

”Así, la atraeré y la llevaré al desierto y le hablaré al corazón, y, fuera ya de allí, yo le daré sus viñas y el valle de Acor como puerta de esperanza, y allí cantará como cantaba en los días de su juventud, como en los días en que subió de la tierra de Egipto. Entonces, dice Yavé, me llamará Ishí, no me llamará Baalí.

Las mujeres casadas israelitas utilizaban indistintamente las palabras ishí (mi señor) y baalí (mi dueño) para referirse al marido. Pero el segundo término evoca al dios fenicio Baal. De ahí la aclaración del profeta al afirmar, en tono alegórico, que una vez se produzca la reconciliación conyugal su esposa no volverá a dirigirse a él mediante una fórmula que recuerde a una deidad pagana.

Capítulo XVIII
La ley
Normas sobre sexo
La Torá (Enseñanza), como se denomina al conjunto de los cinco primeros libros de la Biblia, recoge más de seiscientas leyes sobre aspectos religiosos, sociales y familiares, que se concentran en tres grandes bloques: el código de la Alianza (capítulos 20 a 23 del libro de Éxodo), las leyes sacerdotales (casi todo el Levítico y algunos apartados de Números) y el código deuteronómico (capítulos 12 a 26 del Deuteronomio). Hay además otras instrucciones sueltas, como la de circuncidar a los varones a los ocho días de nacido, que figura en el Génesis. Aunque la tradición sostiene que el cuerpo legal lo dictó Dios a Moisés durante la travesía por el desierto hacia la Tierra Prometida —siglo XIII a. C.—, los investigadores bíblicos argumentan que los tres bloques normativos fueron redactados por distintos autores y en fechas muy posteriores a los tiempos de Moisés. Ello no se contradice, por supuesto, con que algunas regulaciones procedan de la época mosaica o se inspiren en códigos incluso mucho más antiguos, como el del emperador babilonio Hammurabi, del siglo XVIII a. C., que ejerció una enorme y prolongada influencia en la región.

Para una mejor comprensión de la composición y sonoridad de esas leyes, consideramos de interés presentarlas en su traducción literal al castellano. En esta tarea nos hemos apoyado en el excelente Antiguo Testamento Interlinear Hebreo-Español (Editorial Clie), de Ricardo Cerni. Para facilitar la lectura usamos los signos de puntuación convencionales.


Antes de la ley mosaica
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