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adam hombre en hebreo, utilizado aquí en el sentido de humanidad— y lo formó al mismo tiempo macho y hembra. A continuación bendijo a ambos, los invitó a procrear en igualdad de condiciones y les otorgó idéntica potestad sobre los demás seres vivientes.

Las cosas cambian en el segundo relato de la Creación. El hombre aparece ahora en primer lugar, lo que parece otorgarle un puesto de preeminencia. La mujer nace al final del proceso y de una costilla del macho, lo que insinúa una posición de dependencia. Además, Dios la crea como ayuda para el varón, con las connotaciones de servidumbre que ello implica. Todo sugiere que la mujer queda en una clara situación de desventaja. Sin embargo, una corriente moderna de interpretación bíblica sostiene que este segundo recuento de la Creación también consagra la igualdad entre géneros. Estos son sus argumentos:

El orden de aparición del hombre y la mujer se explicaría como un mero recurso literario. El autor aplica una técnica narrativa circular, muy común en la Biblia, que busca causar en el lector el mismo impacto con el comienzo que con el desenlace de la historia. Al dejar para el final la aparición de la mujer, el narrador habría pretendido realzar la magnitud del acontecimiento y otorgarle la misma relevancia que al surgimiento del varón.

Respecto a la procedencia de la mujer de la costilla del hombre, habría que verlo como un esfuerzo del narrador por crear un argumento vistoso. Hay que tener presente que el autor J era muy dado a las historias coloristas. La mitología acadia, mucho más antigua que la hebrea, contiene leyendas que asocian costilla con vida. El autor pudo inspirarse en alguna de esas historietas para transmitir un mensaje de igualdad e intimidad entre el hombre y la mujer, jugando con la circunstancia de que la palabra hebrea tsela significa costilla, pero también costado o arista. El mensaje sería que la mujer nace de un lado del hombre, no de su cabeza, lo que la haría superior, ni de sus pies, lo que la haría inferior. Las palabras que pronuncia el varón al ver por vez primera a su compañera —“ésta sí que es hueso de mi hueso y carne de mi carne”— reforzarían el argumento: en distintos pasajes del Antiguo Testamento, la misma frase es pronunciada entre varones como expresión de estrecha relación de parentesco o política, con compromiso de lealtad entre las partes. “Eres hueso de mi hueso”, exclama emocionado Labán al conocer a su sobrino Jacob.

En cuanto al surgimiento de la mujer como ayuda para el hombre, el texto original hebreo utiliza la expresión ezer kenegdó, que traduce literalmente “ayuda como-contra-él”. Ayudar no implica en sí mismo sumisión o servidumbre: casi todas las ayudas que cita la Biblia las proporciona una instancia superior. Y cuando el narrador añade que la ayuda es “como-contra” alguien, pretende recalcar el carácter de contraparte, no de sumisión.

Pero, al margen de estos argumentos, existe uno muy simple y de sentido común contra la hipótesis de que el segundo recuento de la Creación establece la subordinación femenina, y es que la subordinación será, precisamente, el castigo que Dios imponga más adelante a la mujer cuando coma del fruto prohibido, como se verá a continuación.


La Caída
Concluida la formación del mundo, el narrador J prosigue su historia y cuenta lo que ocurrió en el plácido jardín del Edén. Una astuta serpiente entró en escena y persuadió a la mujer de que probara el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. La mujer sucumbió a la tentación y ofreció el fruto al hombre, que también comió. Entonces, cuenta la Biblia, “abriéronse los ojos de ambos, y viendo que estaban desnudos cosieron unas hojas de higuera y se hicieron unos ceñidores”. Oyeron entonces a Dios, que paseaba por el jardín, y se escondieron. Dios preguntó al hombre dónde estaba, y éste respondió que se había escondido, temeroso de su desnudez. “¿Y quién te ha hecho saber que estabas desnudo? ¿Es que has comido del árbol del que te prohibí comer?”, le dijo Dios. Descubierto en la transgresión, el hombre echó la culpa a la mujer, que a su vez responsabilizó a la serpiente.

Enfurecido, Dios sometió a los tres a un juicio sumario y dictó sentencia. Al hombre lo condenó a ganar el pan con el sudor de la frente hasta que volviese al polvo. A la mujer la condenó a sufrir en la preñez y en los partos, y le añadió el siguiente castigo: “Para tu hombre será tu deseo, y él dominará en ti”. Después del juicio, cuenta el narrador, “el hombre llamó Eva a su mujer, por ser la madre de todos los vivientes”, y Dios los vistió a ambos con túnicas de pieles.

Seguidamente los expulsó del paraíso y colocó a la puerta de éste un querubín armado de una espada flamígera para custodiar el camino hacia el árbol de la vida, con el fin de que los condenados no pudieran comer de su fruto y acceder a la inmortalidad.


Nuevos roles
El mundo idílico de la Creación ha saltado en pedazos. Aunque el hombre no sale bien librado del juicio —aparece como un débil de carácter y un cobarde delator—, la mujer queda a partir de ahora, de modo inequívoco, en una posición de inferioridad. “Para tu hombre será tu deseo, y él dominará en ti”, la sanciona Dios. El varón estrena su poder poniéndole nombre a su compañera: Eva. Es posible que el narrador, desde su óptica machista, pretendiera fijar algún límite a la nueva autoridad del hombre; a diferencia de muchas traducciones, el texto hebreo no dice que el varón dominará a la mujer: el término que utiliza es yimshal, que significa gobernar o dar ejemplo y excluye la idea de despotismo.

La otra parte del castigo —“para tu hombre será tu deseo”— sigue siendo fuente de controversia. Es evidente que la sanción encierra algún tipo de sometimiento de la voluntad de la mujer a la del varón, pero no queda claro su alcance. La palabra hebrea que se traduce por deseo, teshuká, implica una inclinación intensa hacia algo o alguien, no necesariamente sexual. Por ejemplo, al comprobar el odio de Caín hacia su hermano Abel, Dios advierte al primero: “Para el mal será tu deseo”. Aplicado a relaciones de pareja, el término teshuká aparece sólo una vez más en toda la Biblia aparte del episodio del castigo a Eva y lo hace, paradójicamente, en una escena de gozosa sensualidad. “Yo soy para mi amado, y es para mí su deseo”, dice la novia en el Cantar de los Cantares. Y más curioso aún es que, en contra de lo que establece el castigo divino, aquí es la mujer quien se declara dueña del deseo del varón.

Más allá de estas consideraciones, el relato del narrador J no hace más que constatar, en clave mitológica, lo que era la situación subordinada de la mujer en su tiempo, atribuyendo esa subordinación no al proyecto original de Dios, sino a un fallo de la propia mujer. En la Biblia, la hembra ocupa un lugar secundario. Es propiedad de su padre y, luego, de su marido. No hereda, salvo que carezca de hermanos varones. No se le consulta para el matrimonio. No puede promover el divorcio. Tiene prohibido participar en oficios religiosos. Sus votos en el templo valen menos que los del hombre. Al mismo tiempo, y por contradictorio que parezca, la mujer no sale del todo mal librada en los relatos bíblicos. Hay juezas, como Débora; mujeres con enorme ascendencia sobre sus maridos, como la matriarca Sara y Betsabé; heroínas, como Judit. En el antiguo Israel, las mujeres no estaban encerradas en sus casas ni iban cubiertas de la cabeza a los pies como las afganas o muchas mujeres árabes de hoy. Las muchachas israelitas ayudaban en las tareas domésticas, participaban en labores de pastoreo y tenían ocasión de relacionarse con personas del otro sexo. En otras palabras, estaban subordinadas al hombre, pero —sin que sirva de consuelo— su vida era algo más llevadera que la de las mujeres en otras culturas.


¿Fue el sexo el pecado original?
De acuerdo con la literalidad de la Biblia, la primera pareja fue castigada por un acto de desobediencia y soberbia: por probar del fruto del bien y el mal y pretender así ser tan sabios como los dioses. En el siglo IV de nuestra era, san Agustín planteó que el pecado original —término acuñado dos siglos antes por Tertuliano— no se limitó a Adán y Eva, sino que se transmite de generación en generación a toda la humanidad mediante el acto de procreación y sólo se redime mediante el bautizo. Tan curioso planteamiento tomó derroteros insospechados y transmitió en ciertos ámbitos la idea de que el acto sexual fue el primer pecado de la humanidad, con todas las consecuencias nefastas que tal doctrina ha tenido para el normal desarrollo de la sexualidad de muchos seres humanos. A esa teoría contribuyó el hecho de que la primera reacción de Adán y Eva tras comer del fruto prohibido fue la toma de conciencia de su desnudez.

En realidad, difícilmente puede ser el sexo el pecado original, cuando el mismo Dios animó a la primera pareja a procrear y multiplicarse. La toma de conciencia de la desnudez no significa que el hombre y la mujer acaben de hacer el amor, sino que, al ganar capacidad de discernimiento entre el bien y el mal, saben que han cometido una falta grave y se sienten insignificantes y desprotegidos. La Biblia no dice que sientan vergüenza el uno del otro por su desnudez, sino ante Dios. La palabra hebrea que se utiliza aquí por desnudo —eirom— describe una falta de ropaje sin connotaciones sexuales. En el capítulo del libro de Levítico donde se abordan las relaciones incestuosas se utiliza otro término ervá— para la desnudez genital.

Algunas corrientes de pensamiento, en especial las vinculadas al psicoanálisis, consideran que en cualquier caso, más allá de lo que haya querido transmitir el narrador bíblico, la historia arrastra en el fondo un importante simbolismo sexual. La presencia de la serpiente como provocadora de la tentación aporta un elemento fálico al relato. Aunque la conciencia de desnudez de la primera pareja constituya una metáfora de la humildad y desprotección que sienten los pecadores, detrás de esa asociación habría un trasfondo inequívocamente sexual.


Capítulo II
Amor y seducción
“Embriáguente sus amores”
La Biblia utiliza la palabra hebrea ahavá para referirse al amor en general —entre parientes, entre amigos, entre Dios e Israel, entre hombre y mujer—, sin entrar en reflexiones filosóficas acerca de la naturaleza del sentimiento. El término, en sus distintas variantes, aparece algo más de doscientas veces en el Antiguo Testamento, de las cuales cerca de una treintena se refieren a relaciones de pareja. En los relatos en donde brota el amor entre un varón y una hembra, los narradores bíblicos suelen recalcar previamente que la mujer es hermosa, dando a entender que el aspecto físico femenino resulta un factor determinante, si no exclusivo, para provocar la fuerza de atracción en el hombre. Jacob, hijo del patriarca Isaac, había robado mediante un ardid la bendición paterna de primogenitura a su hermano Esaú. Huyendo de la furia vengativa de éste, se dirigió a la casa de Labán, hermano de su madre, en la lejana región de Padán Aram. Cuenta la Biblia: “Tenía Labán dos hijas; una, la mayor, de nombre Lía; otra, la menor, de nombre Raquel. Lía era tierna de ojos, pero Raquel era de bella figura y de bello parecer. Amó Jacob a Raquel, y dijo a Labán: ‘Te serviré siete años por Raquel, tu hija menor’”.

El amor se presenta en una atmósfera positiva si desemboca o se desarrolla en el matrimonio correcto, es decir, el que no vulnera las normas ni contraviene los intereses de Israel. A algunos incluso les sirve como alivio tras una desgracia, como a Isaac, hijo del patriarca Abraham, que al amar a Rebeca halló “consuelo por la muerte de su madre”. Los autores bíblicos resaltan con frecuencia el lado gozoso y concupiscente del amor al aconsejar a los jóvenes israelitas que se casen con mujeres de su propio pueblo y no con extranjeras. Dice el autor de los Proverbios:
Gózate en la mujer de tu mocedad,

cierva carísima y graciosa gacela;

embriáguente siempre sus amores y

recréente siempre sus caricias.
Cuando la relación afecta los intereses de Israel, el amor deja de ser mostrado en un contexto positivo, pero se le sigue denominando por su nombre: amor. El autor del libro primero de Reyes deja bien patente su tono de reproche al describir el siguiente pasaje sobre el rey Salomón y su conocido desenfreno pasional: “El rey Salomón, además de la hija del faraón, amó a muchas mujeres extranjeras, moabitas, ammonitas, edomitas, sidonias y jeteas, de las naciones de las que había dicho Yavé a los hijos de Israel: ‘No entréis a ellas, ni entren ellas a vosotros, porque de seguro arrastrarán vuestros corazones tras sus dioses’. A éstas, pues, se unió Salomón con amor”.

Por repulsivo que suene, el término amor se aplica incluso a deseos que conducen a actos de violación. Cuenta la Biblia que Amnón, hijo del rey David, amaba a su media hermana Tamar con tal pasión que la forzó sexualmente, tras lo cual la aborreció de tal modo “que el odio que le tomó fue todavía mayor que el amor con que la había amado”. Del jivita Siquem se nos dice que, después de violar a Dina, hija del patriarca Jacob, la amó y la pidió por esposa.

Cuando el hombre se siente atraído por la esposa de otro, y por tanto está en camino de incurrir en un delito de adulterio, los narradores bíblicos suelen describir el sentimiento con el verbo codiciar. El término refleja un deseo ansioso, aunque no siempre negativo, ya que Dios aparece en algunos pasajes codiciando ciudades que le son fíeles. “No codiciarás la mujer de tu prójimo”, advierte uno de los mandamientos. “No codicies su hermosura en tu corazón”, aconseja un hombre a su joven hijo para que no sucumba a los encantos de una casada, consciente de que ese desliz le puede acarrear la muerte. Otras veces los narradores no ponen nombre alguno al sentimiento de atracción, sino que, lisa y llanamente, se limitan a describir los hechos, como sucede en el adulterio del rey David. Cuenta el narrador que el monarca, una tarde en que paseaba por el terrado de su palacio, vio a una mujer “que estaba bañándose y era muy bella”. Mandó preguntar quién era y, cuando le informaron de que era Betsabé, esposa del soldado Urías, ordenó que la trajeran al palacio y yació con ella.

Aunque lo normal es que el amor resulte del contacto visual, también puede surgir de oídas, tal como narra el libro de Tobías. El piadoso Tobías y su acompañante Rafael, que era en realidad un ángel bajo apariencia humana, se acercaban a la ciudad de Ectábana, cuando dijo el segundo: “Hoy, hermano, habremos de pernoctar en casa de Ragüel, tu pariente, que tiene una hija llamada Sara. Yo le hablaré para que te la den por mujer, que a ti te toca su herencia, pues tú eres ya el único de su linaje; la joven es bella y discreta”. Tobías duda en un primer momento, y con motivo, pues ha escuchado que Sara está cautiva de un demonio que la ama y que ha matado a sus siete maridos sucesivos en la cámara nupcial. Pero Rafael tranquiliza a Tobías, recordándole el deseo de su padre de que se case con una mujer de su linaje y proporcionándole la fórmula para derrotar al demonio. Tras escuchar los argumentos de su acompañante, Tobías sintió un grande amor por Sara.

Por lo general, la Biblia da cuenta del sentimiento amoroso que surge en el varón. La mujer aparece como un sujeto pasivo que con su belleza desata en el macho el terremoto pasional. Un caso excepcional en este sentido es el de la hija menor del rey Saúl, que muestra su deseo por David, a la sazón un joven y valeroso guerrero adorado por las multitudes: “Micol, la otra hija de Saúl, amaba a David; lo supo Saúl y esto le agradó”. Las pretensiones de la muchacha le fueron comunicadas de inmediato a David, y la pareja se casó más adelante.


La química del amor
En algunas ocasiones, la Biblia menciona dos elementos para subrayar la intensidad del sentimiento amoroso. Del príncipe Siquem se nos informa que “su alma se apegó” a Dina después de violarla. A Tobías “se le apegó el corazón” a Sara una vez su compañero Rafael lo convenció de que no había peligro alguno para casarse con la endemoniada muchacha. “¿Cómo puedes decir que me quieres, cuando tu corazón no está conmigo?”, reclama con despecho la filistea Dalila a Sansón ante la resistencia del juez israelita a revelarle el secreto de su fuerza descomunal. Alma y corazón. Corazón y alma. Saber qué significaban esos dos elementos para los antiguos israelitas nos ayudará a comprender mejor cómo experimentaban los personajes bíblicos eso que hoy llamamos la química del amor.

El concepto que la civilización occidental tiene del alma como un componente espiritual del ser humano proviene de la cultura griega. Los antiguos israelitas veían las cosas de manera distinta. Para ellos, todos los seres vivientes, tanto las personas como las bestias, estaban compuestos de
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